domingo, 18 de agosto de 2024
lunes, 9 de noviembre de 2020
EL GATOPARDISMO DE BIDEN, por Telma Luzzani (para "Página 12" del 08-11-20)
Elecciones en Estados Unidos: el gatopardismo de Biden
Por Telma Luzzani
Nadie duda de que cuatro años de gobierno de Donald Trump fueron catastróficos para América latina. Desde la aplicación de una Doctrina Monroe recargada, anunciada en febrero 2018 por el entonces canciller Rex Tillerson en la Universidad de Texas, hasta el golpe de estado en Bolivia en noviembre de 2020. Desde la desembozada injerencia para que Mauricio Macri fuera reelegido presidente de Argentina, hasta el permanente acoso a Venezuela, incluyendo el intento de magnicidio contra su presidente, Nicolás Maduro, el 4 de agosto de 2018.
Pero ¿un gobierno de Joseph Biden será menos perjudicial para América latina? Si se observan las decisiones nefastas que, durante casi 40 años de carrera, el demócrata adoptó contra los intereses de nuestra región, se concluye que no.
Durante la Guerra de Malvinas, como senador presentó ante el Congreso norteamericano la resolución de apoyo de EEUU al Reino Unido. Cuando una periodista de la CBS le preguntó si “el Senado estaba involucrándose más en el bando británico, Biden respondió sin titubear: “Mi resolución busca definir de qué lado estamos y ése lado es el británico. Los argentinos tienen que desechar la idea de que EEUU es neutral”. Justificó esa parcialidad citando el acuerdo de EEUU con la OTAN (abril de 1949) pero olvidó un pacto previo, firmado entre todas las naciones del continente casi dos años antes (septiembre de 1947), el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que, en su artículo 3 dice claramente que “un ataque armado contra un Estado americano es considerado un ataque contra todos y en consecuencia el continente entero se compromete a ayudar”.
Hay abundantes pruebas del belicismo de Biden a lo largo de su extensísima carrera como senador (1973-2009). El caso más emblemático fue la guerra contra Irak en 2003, bajo el gobierno del republicano de George Bush Jr. En ese momento, los demócratas controlaban el Senado y según explica el columnista norteamericano, Mark Weisbrot, en The Guardian, “Biden hizo mucho más que simplemente votar a favor de la guerra”. “Como presidente de la comisión de relaciones exteriores del Senado, él debía elegir a los 18 expertos que analizarían el tema. Eligió todos a favor de la invasión y respaldó argumentos falsos como la existencia de armas de destrucción masiva y la presencia de Al Qaeda en Irak aunque el gobierno de Saddam Hussein era probadamente secular”. (https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/feb/17/joe-biden-role-iraq-war) Weisbrot concluye: “Biden debería explicar el rol que jugó en esa guerra desastrosa”.
En el sitito “The intercept”, John Washington analizó en detalle las políticas que, durante décadas, adoptó Biden para América latina y llegó a la conclusión de que difícilmente el demócrata vaya a revertir el daño que Trump hizo a la región. (https://theintercept.com/2020/04/18/trump-latin-america-foreign-policy-joe-biden/). Entre otras acciones ejecutadas por Biden, analiza el Plan Colombia (otro proyecto siniestro); sus vínculos con la DEA y sus presiones para que se aprobaran las reformas neoliberales en ese país.
En cuanto al tema de los migrantes, durante la campaña 2020, Biden se mostró dolido por los 545 niños, separados de sus padres, que siguen encerrados en las jaulas que mandó construir Barack Obama, cuando él era su vicepresidente. En 2014, no era tan compasivo. Según demuestra “The Intercept”, Biden se refirió públicamente a los nenes centroamericanos que estaban en la frontera méxico- norteamericana como “esa peligrosa oleada de inmigración”.
Por otra parte, hay que preguntarse si Biden, en el que caso de querer retomar la agenda en política exterior de Obama, está en capacidad de hacerlo. Aún en el caso de tener la correlación de fuerzas necesarias, parece difícil.
Trump asumió la presidencia de un imperio en declinación e intentó, como alternativa, un nuevo paradigma. Para eso, pegó un volantazo de 180 grados y encaró el cierre del ciclo abierto en 1945, cuando un EE.UU. victorioso construyó la arquitectura de un nuevo orden mundial que estructuró el mundo en las últimas siete décadas.
Hacia adentro y hacia afuera, Trump operó transformaciones profundas de difícil reversión. Sólo en política exterior rompió el acuerdo nuclear con Irán (según él “el peor de la historia de EE.UU.”); deshizo la aproximación con Cuba; rechazó el Acuerdo de París sobre cambio climático; se retiró de la UNESCO y rompió relaciones con la Organización Mundial de la Salud.
Una a una, Trump fue mellando las organizaciones internacionales de posguerra: sacudió los cimientos europeos de la OTAN (a diferencia de Biden se negó a apoyar la cláusula por la cual los socios de la organización se defienden mutuamente de agresiones externas); ninguneó el G7 y criticó fuertemente la inoperancia y burocracia de la ONU calificándola como “un club para pasársela bien”.
En el plano económico es tal vez donde el tsunami pegó más fuerte. Congeló los tratados económicos globalistas por considerarlos “horribles”; se retiró de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, entre EEUU y la Unión Europea); canceló el Transpacífico (TTP, acordado por Obama con 12 naciones) y reestructuró el acuerdo de libre comercio con Canadá y México. Alentó el Brexit y el quiebre de la Unión Europea. Dejó inoperante a la Organización Mundial del Comercio y en el Banco Interamericano de Desarrollo impuso, por primera vez, un presidente norteamericano.
En el plano diplomático y militar (sólo por nombrar algunos de los muchos cambios profundos) acordó con los talibanes en Afganistán y el Pentágono se está retirando tanto de allí como de Irak y Siria. Para Israel y Oriente Medio lanzó el polémico Acuerdo del Siglo para rediseñar la región. ¿Cómo volver atrás de todos esos cambios?
Biden asumirá como presidente de un país atravesado por diversas crisis internas, movilizaciones sociales que llegaron para quedarse y pérdida de liderazgo en un escenario internacional complejo. Esa es, tal vez, nuestra gran oportunidad. Aunque la naturaleza de las políticas demócratas no sea afín a nuestros intereses, esta coyuntura histórica puede ser la ocasión para retomar con entusiasmo nuestra agenda de integración y el destino que la Patria Grande se merece.
Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/304393-elecciones-en-estados-unidos-el-gatopardismo-de-biden
lunes, 15 de octubre de 2018
LAWFARE , EL NUEVO ENSAYO NEOLIBERAL, por Telma Luzzani (para "Caras y Caretas" del 01-10-18)
Los exitosos y progresistas líderes latinoamericanos de la década pasada sufren hoy los artilugios de una Justicia corporativa y funcional a los intereses de la derecha.
Lunes 1 de octubre de 2018
Por Telma Luzzani.
En el siglo XXI, cuando el neoliberalismo globalizado parecía imbatible, en los países del sur americano un grupo de presidentes demostró que, con las políticas adecuadas, un mundo de bienestar para las mayorías era posible.
Llegaron al poder respetando todas las reglas del juego democrático que las potencias de Occidente dicen defender. Presidentas y presidentes fueron elegidos y reelegidos con una avalancha de votos que, como mínimo, duplica la cifra que conquistan los líderes de la Casa Blanca o los primeros ministros europeos. Consiguieron logros extraordinarios: sacaron a millones de sudamericanos de la pobreza; desendeudaron sus países; obtuvieron el reconocimiento de la Unesco, que declaró a la región “libre de analfabetismo”, y de las Naciones Unidas, que la elogió como “única zona en el mundo sin guerras”; alcanzaron, a nivel doméstico, éxitos científicos y económicos sin precedentes, y todo eso sin las crisis ni los terremotos institucionales típicos de Sudamérica. La etapa de gobiernos progresistas fue el período de estabilidad más prolongado de nuestras repúblicas desde su nacimiento en el siglo XIX.
Ciertamente, para implementar esas políticas exitosas tuvieron que desafiar el descomunal aparato cultural que legitimaba la ortodoxia de mercado como el único modelo económico posible y el alineamiento con los Estados Unidos, la desunión de nuestros países y el abandono de la soberanía en política exterior.
Este fue el segundo gran laboratorio de Sudamérica de las últimas décadas. Podemos en España; el Partido Laborista de Jeremy Corbyn en el Reino Unido; Syriza en Grecia, y Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon siguieron con interés el proceso y lo incorporaron en sus políticas. El primer gran laboratorio había sido en 1973, en el Chile de Augusto Pinochet, cuando Milton Friedman y sus “Chicago boys” ensayaron, a sangre y fuego, el neoliberalismo. Luego ese modelo fue implementado globalmente, primero por Margaret Thatcher a fines de los 70 y por Ronald Reagan en los 80.
EXPERIMENTO
En el caso de las propuestas progresistas de comienzos del siglo XXI, el experimento aún no ha terminado. El desafío de estos presidentes al modelo depredador del conglomerado financiero-armamentista mundial y el hecho de que hayan demostrado, en la práctica, la viabilidad de los proyectos de equidad y bienestar les están haciendo pagar hoy un precio muy alto. La represalia del establishment está siendo feroz.
El pasado 11 de septiembre, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, ante la decisión judicial de proscribirlo como candidato a la presidencia, envió una emotiva carta al pueblo de Brasil en la que pide el voto para su reemplazante. “De hoy en adelante, Fernando Haddad será Lula para millones de brasileños. Hasta la victoria, un abrazo del compañero de siempre.” A pesar de no haber pruebas fehacientes de ningún delito, Lula fue condenado a doce años de prisión. Los jueces desoyeron también la recomendación de la ONU, que pedía se le permitiera competir en las elecciones del 7 de octubre porque aún faltan dos instancias en su juicio para saber si es inocente o no. Más aún, 40 por ciento de los brasileños quieren elegirlo presidente.
Pero, ¿vale de algo el deseo popular?¿Es casualidad que todos los presidentes progresistas estén siendo perseguidos por la Justicia y que los mandatarios de genealogía neoliberal, con crímenes de corrupción probados –Michel Temer (Brasil), Pedro Pablo Kuczynski (Perú), Enrique Peña Nieto (México) o Mauricio Macri, por poner unos pocos ejemplos– estén libres y en algunos casos sigan gobernando? La ex presidenta Cristina Kirchner y el ecuatoriano Rafael Correa son perseguidos por la Justicia. El presidente boliviano Evo Morales fue acusado de tener un hijo y no reconocerlo, lo que socavó sus posibilidades de triunfar en un referéndum que proponía su reelección. Pocos meses después se supo que el tal hijo no reconocido no existía, pero ya era tarde. Lo mismo sucedió con Dilma Rousseff, acusada por una supuesta irregularidad administrativa y llevada a juicio político en 2016. Al poco tiempo, la fiscalía brasileña determinó que “no hubo delito” y ordenó archivar la investigación. Era tarde, el Congreso de Brasil ya había votado su destitución.
Para el antropólogo John Comaroff, de la Universidad de Harvard, Lula es un claro ejemplo de lawfare, es decir, alguien que es víctima del abuso de la ley con fines políticos. Se trata de un nuevo campo de ensayo en Sudamérica que podría ser utilizado luego en otras partes del mundo. “La violencia de la ley sustituyó la violencia de las armas. Ahora con estos procesos judiciales se ataca la dignidad de las personas, se las borra, se las quiere desaparecer”, afirmó.
NO VUELVEN MÁS
¿Cómo opera el lawfare? Los medios de comunicación (incluyendo las redes) y el Poder Judicial (alternado en algunos países con el Legislativo) son su columna vertebral. Primero se “filtra” a la prensa un supuesto delito y se publican, todos los días y a todas horas, sospechas o noticias falsas que involucran al “enemigo político”. Este bombardeo mediático crea una sensación de presunción de culpa. Finalmente, esas noticias falsas se toman como base para realizar investigaciones policiales y demandas judiciales. Mientras tanto, en la opinión pública se consolida la idea de que el “sospechoso” es culpable y que la Justicia actúa con equidad.
El caso de Lula –la forma en fue llevado a la cárcel, los castigos a los que es sometido (como la prohibición de hablar) y las condiciones de aislamiento mucho más degradantes que las de cualquier asesino común o genocida de la dictadura– ha despertado cierta conciencia en gran parte del pueblo brasileño que lo quiere de presidente en 2019, aunque eso, por el momento, no será posible.
Esta etapa del laboratorio sudamericano de alta agresividad contra los líderes populares tiene dos objetivos: por un lado, la restauración e imposición total y definitiva del modelo neoliberal salvaje, y, por otro, la demonización y descalificación de los dirigentes y de sus políticas sociales para que nunca jamás regresen.
El politólogo Ernesto Calvo, de la Universidad de Maryland, describió en el artículo “Gaslighting y las FF.AA.” otro aspecto de los nuevos ensayos de laboratorio que se están realizando en Sudamérica y de los que tenemos que estar muy alertas. Se trata del atropello al sistema institucional y el ninguneo al Estado de derecho. Calvo analiza las “transgresiones” a las reglas de la democracia que ha realizado el presidente estadounidense Donald Trump desde que asumió el poder. Pero también alerta sobre los cambios que busca Mauricio Macri en la ley que diferencia Defensa y Seguridad para las Fuerzas Armadas argentinas. “Para quienes implementan esta nueva política, todo aquello que no ha sido explícitamente articulado en la ley puede ser transgredido. No hay límites que no puedan ser obviados si el poder quiere obtener un resultado”, asegura Calvo. Así se pueden deconstruir los principios de tolerancia política y dañar los pilares de la democracia, como la libertad de expresión, la independencia de los distintos poderes, la santidad del voto y el estatus constitucional del derecho de ciudadanía.
Publicado en:
http://carasycaretas.org.ar/#!/nota/lawfare-el-nuevo-ensayo-neoliberal-26171/
lunes, 28 de noviembre de 2016
EN TODAS PARTES, por Telma Luzzani (para "Tiempo Argentino" del 26-11-16)
Arriba: Los hombres pasan. Las ideas quedan.
Telma Luzzani
Sábado 26 de Noviembre de 2016
Fidel no se fue.
Nos dejó palabras y reflexiones para volver a ellos cada vez que la incertidumbre o la desorientación nos perturben el rumbo.
Fidel no se fue.
Vive en la revolución que cambió para siempre a Cuba, una isla a la que le esperaba un destino miserable.
De las muchas historias de vida que pude escuchar en La Habana, en plena década del '90 o "período especial", me impactó la de doña Mercedes. "¿Qué hubiera sido de mi vida sin Fidel?", dijo casi con pánico cuando le pregunté si aún en medio de tantas penurias seguía apoyando la Revolución Cubana. Mercedes, hija de peones de campo que servían a un terrateniente de la caña de azúcar, tenía 12 años cuando triunfó la Revolución. Y me dijo: "Yo veía con pánico cómo mi hermana mayor, que tenía 14, volvía llorando después de acostarse con el patrón cuando él lo exigía. Mi padre callaba y yo sabía que en poco tiempo me tocaría a mí. Éramos todos analfabetos, señorita. Y Fidel me salvó. Yo aprendí a mirar a los ojos sin vergüenza. Aprendí a leer y soy maestra. Mis hijos estudian y nadie los puede humillar. ¿Qué más puedo pedirle a la revolución?".
Vale la pregunta: ¿Qué hubiera sido Nuestra América sin Fidel? ¿Qué de la Revolución Bolivariana y del golpe de 2002 contra Hugo Chávez cuando el cubano le aconsejó: "No hagas como Allende, no te inmoles"? ¿Qué del ALBA y su cooperación centroamericana? ¿Qué de todos los avances soberanos en el siglo XXI? ¿Qué de los miles y miles en África y América que salvaron sus vidas o no quedaron ciegos gracias a la medicina cubana? ¿Qué de los que con el programa "Yo sí puedo" aprendieron a leer? ¿Qué de la Celac, la primera integración continental sin Estados Unidos y sin Canadá? ¿Qué de los acuerdos de paz en Colombia, sin el respaldo Cuba?
Hay quienes querrán decir que se acabó un ciclo.
Para ellos, hay una mala noticia: Fidel no se fue.
Como él mismo dijo alguna vez, refiriéndose al Che: "Un combatiente puede morir, pero no sus ideas. Él estará en todas partes, dondequiera que haya una causa justa que defender."
Publicado en:
http://tiempoar.com.ar/articulo/view/62643/en-todas-partes-por-telma-luzzani-periodista
domingo, 21 de diciembre de 2014
Hasta la victoria, siempre, por Telma Luzzani (para "Miradas al Sur" del 21-12-14)
Son muy conocidas las continuas y duras agresiones que la isla socialista recibió por parte de sus vecinos norteamericanos. Muchos cubanos claudicaron y se unieron al enemigo. La mayoría, en cambio, cerró filas y fue atravesando pruebas y sufrimientos que sólo superan mujeres y hombres con una dignidad y una autoestima de dimensión heroica. No hay muchos casos en la historia en que un pueblo y sus dirigentes demuestren –y ésa es la lección para el resto del mundo– que manteniéndose fieles a las convicciones, firmes ante las tentaciones y fuertes ante los padecimientos se logran los objetivos. El premio es el respeto mundial y el derecho a vivir como han elegido hacerlo, sin seguir los dictados de nadie.
No caben dudas de que existen además muchos otros factores que explican este hecho histórico: cambios en la correlación de fuerzas a nivel global, cuestiones internas de EE.UU., la presión que ha significado el apoyo mundial a favor de Cuba (algo que la diplomacia cubana fue conquistando palmo a palmo) y, por cierto, la América latina del siglo XXI que, en abierto desafío a Washington, consideró como uno de los puntos principales de su transformación el reingreso de la isla a la familia regional.
Primero fue el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), una organización contrahegemónica creada el 14 de diciembre de 2004 por decisión de Hugo Chávez y Fidel Castro, hoy integrada por once países.
Al año siguiente, fue la incorporación de Cuba a Petrocaribe, una alianza petrolera de intercambio opuesta a la economía de mercado, también creada por Chávez. Más tarde, en 2009, fue la decisión soberana de la mayoría de los países de la OEA de derogar aquella resolución de 1962 que expulsaba de esa organización a la isla por ser socialista. EE.UU., obviamente, se opuso a esa reparación histórica.
Finalmente, en diciembre de 2011, el presidente Raúl Castro junto a Chávez y el chileno Sebastián Piñera encabezaron la troika que dio vida a la Celac, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, integrada por todos los países del continente menos Canadá y Estados Unidos.
Como parte del ida y vuelta transformador, dos de los máximos logros del socialismo cubano –su medicina y el programa de alfabetización “Yo si puedo”– se irradiaron por toda la región. Hoy toda América latina celebra el acuerdo entre Washington y La Habana para restablecer relaciones.
¿Fue esta una decisión estratégica de la Casa Blanca y del establishment para frenar el progresivo aislamiento en el que sigue cayendo la potencia? ¿Fue una decisión más acotada del presidente Barack Obama y su partido dispuestos a jugar esta carta política en los dos últimos años de mandato?
La historia nos enseña que, más allá de las respuestas a estos interrogantes, no se debe confiar demasiado en los norteamericanos. En 2009, dos meses después de asumir, Obama reconoció ante el resto de los presidentes americanos la histórica arrogancia estadounidense y prometió un trato de respeto igualitario con la región. Fue en abril, durante la V Cumbre de las Américas llevada a cabo en Trinidad y Tobago. Sin embargo, semanas después Manuel Zelaya era derrocado en Honduras (junio) y la instalación de siete bases norteamericanas en Colombia (octubre) indignaba a Sudamérica.
Una lectura atenta del discurso del norteamericano del pasado 17 de diciembre nos obliga a ser cautos (aunque, nobleza obliga, también hay que subrayar que contiene valiosos reconocimientos al pueblo de la isla como los elogios a los médicos cubanos que combaten el ébola en África).
Obama, al anunciar los cambios “más significativos de la política estadounidense en más de cincuenta años” y admitir el fracaso para “promover el surgimiento de una Cuba democrática, próspera y estable” (eufemismo para referirse al fracaso de los innumerables intentos de EE.UU. de erradicar el socialismo y derrocar el gobierno de los Castro), propuso en realidad no un cambio de objetivos sino un cambio de estrategia.
Fue claro: “Vamos a seguir discutiendo temas relacionados con democracia y derechos humanos (…) apoyar al pueblo cubano y promover nuestros valores” e incluso “promover la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y respuesta a los desastres naturales”, es decir, Washington va a seguir interviniendo en la isla hasta cambiar su gobierno y su modelo.
Lo que Obama dijo es que no va a seguir utilizando herramientas que no han funcionado. Lo que calla es que su gobierno sigue aplicando las esas mismas herramientas (el ahogo, las sanciones, la desestabilización) a otros países hermanos como Venezuela.
Lo que Obama cree es que ha llegado la hora del “soft power”, de las telecomunicaciones, de la embajada en La Habana, de las tarjetas de crédito, de la inundación de bienes de consumo y de la presencia de los norteamericanos en la isla. Y que todo esto será más eficaz “para empoderar al pueblo cubano”. Lo que Obama ignora es la riqueza moral de ese pueblo.
Finalmente, el presidente de EE.UU. tuvo unas palabras para “su familia del Sur”, es decir, para nosotros. El mensaje no deja de ser preocupante. Primero, porque, con un doble discurso inaceptable, la potencia que hace muy poco admitió ante su pueblo ser violadora serial de los derechos humanos, se arroga ahora la facultad de pedirnos un “compromiso con la democracia y los derechos humanos”, desconociendo todo lo que nuestros países están haciendo en favor de la verdad y la justicia.
Segundo, porque Obama advirtió que este “cambio en la política hacia Cuba se produce en un momento en el que EE.UU. intenta un renovado liderazgo” sobre la región. Tercero porque enmarcó esa renovación en la próxima Cumbre de las Américas en Panamá. Y no debemos olvidar que esas cumbres, puestas en marcha por Bill Clinton en 1994, tuvieron como objetivo instalar el ALCA (derrotado temporariamente en la cumbre del 2005 en Mar del Plata).
“Todos somos americanos”, sentenció, como parafraseando la Doctrina Monroe. En un momento en que nuevas potencias aparecen en el horizonte y que aumenta su pérdida de influencia y liderazgo, EE.UU. necesita fortalecer su posición en el propio continente para, desde allí, mantener y acrecentar su hegemonía global. Para esto, como sucedió en el pasado, es fundamental para Washington contar con la sumisión absoluta de nuestros países. Es fundamental que, integrados y solidarios, los pueblos latinoamericanos continuemos por nuestro camino de autonomía, soberanía y paz.




