Kalaallit Nunaat…casi 2 millones de kilómetros cuadrados de
piedra y hielo. Un territorio al que los vikingos llamaron “Tierra Verde” como
un recurso de marketing para ayudar a su colonización (aunque hay poco verde
más allá de los uniformes militares). Un territorio olvidado de la mano de dios
y del rey danés, habitado por un puñado de inuits (lo que antes llamabamos
esquimales), con algunos daneses y mestizos: en total unos 59.000 habitantes.
El territorio sólo servía para poner algunas bases militares
pero claro, el crecimiento alocado del capitalismo global genera, por un lado,
una necesidad furiosa de recursos naturales, y Groenlandia al parecer tiene
petróleo, gas, tierras raras y un potencial minero impresionante debajo de la
nieve y el hielo, en lo profundo de la roca de las montañas.
Por otro lado, ese mismo crecimiento alocado produce la
mutación del clima, el famoso calentamiento global que está abriendo las rutas
marítimas árticas. Por el Ártico y Bering la comunicación entre el Atlántico y
las pujantes economías de Asia oriental es mucho más corta que por las rutas
tradicionales. Entonces todos se acuerdan de la fría y marginal Kalaallit
Nunaat, la "Tierras de los Hombres", con sus miles de kilómetros de costa ártica y su inexplotada reserva de
recursos naturales.
El rey Donald anunció que la necesitaban por una cuestión de
“seguridad nacional” -ya tienen bases y podrían tener más si quisieran. Copenhague
no pondría obstáculos a eso-, que la iban a conseguir como fuera, pagando o
invadiendo. Europa, en su patética impotencia y su agresividad de caniche está
muy ocupada queriendo aplicar el artículo 5 de la OTAN a Ucrania –que no es
parte de la OTAN- y deteniendo una invasión rusa “hasta Lisboa” –al ritmo de
avance que tienen en Ucrania los rusos pueden llegar a la capital portuguesa
para el 2200 o 2300-, pero se miran el ombligo cuando su socio les dice que le
va a robar Groenlandia a Dinamarca –que si es miembro de la UE-. Defienden el
derecho a la autodeterminación de los albaneses de Kosovo, pero les importa
poco lo que deseen los inuit de Kalaallit Nunaat o los rusos del este y sur de
Ucrania. Defienden la inviolabilidad de las fronteras de Ucrania pero cortaron
como una pizza a Yugoslavia, a Somalía y a Siria.
Mientras pasan estas cosas los caniches europeos ni siquiera
ladran…se reúnen con su papi, como diría Rutte, en Davos. Eso si…levantaron la patita y
vendieron algunos bonos del tesoro norteamericano, y entonces el Rey Sol
decidió que el costo de comprar el hielo podía resultar excesivo. Ahora, al
parecer, se va a conformar con obtener derechos soberanos sobre algunas bases,
mientras los caniches europeos siguen en su baile de disfraces.
Los caniches son perros raros. Gruñones, malhumorados, con
unos dientes impresionantes que pueden hacer muy poco daño, totalmente ajenos a
su realidad liliputiense. Son un símbolo perfecto de esta Europa del siglo XXI:
Canichelandia.
Y así, mientras el Rey Sol pretende ponerse unos zapatos que
le quedan grandes, los caniches bailan en Davos y Bruselas -recordando glorias
pasadas, tiempos en que eran importantes-, los hombres –y mujeres-
de Kalaallit Nunaat se preparan a sobrevivir a un nuevo imperio que asoma entre
las brumas de las montañas heladas.
¡No Pasarán!, nos dicen…
Adrián Corbella, 24 de enero de 2026