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miércoles, 9 de marzo de 2022

Aprender la unidad en la diversidad antes de que sea demasiado tarde, por Edgardo Mocca (para "El Destape" del 05-03-22)



05 de marzo, 2022

Aprender la unidad en la diversidad antes de que sea demasiado tarde


El problema principal del futuro argentino no es el acuerdo con el FMI que está a punto de tratar el Congreso: es el resultado de la elección de 2023. Y la alternativa no es entre este gobierno y un gobierno más audaz en las transformaciones. Es entre un gobierno del frente de todos (con la jefatura y la composición que se decida en su interior) o un gobierno de la derecha colonial.


La escena de la apertura de las sesiones parlamentarias es muy elocuente al respecto. El sello adoptado por la derecha para identificarse en el recinto fue la bandera ucraniana; ¿solidaridad con el pueblo ucraniano o alineación incondicional y ruidosa con la política exterior de Estados Unidos? Un gobierno de esa derecha – en cualquiera de las variantes que se preparan para expresarlo- no necesitaría recurrir a la letra del acuerdo con el FMI para desplegar un programa similar al que aplicó desde 2015 a 2018; el mismo programa, pero más veloz en su aplicación, según lo definió Macri ante una pregunta de Vargas Llosa hace algunos años.


¿Pero por qué se vincula de este modo la próxima discusión parlamentaria con la elección del próximo año? Porque sin la unidad electoral del frente de todos, la amenaza del triunfo de la derecha se convierte casi en una certeza. E incluso la unidad electoral no alcanzará si en el camino a la elección no tramita orgánicamente sus diferencias internas y establece reglas de juego políticas comunes. No sería la primera vez que una tramitación pobre de las diferencias permita la derrota del espacio peronista y el ascenso macrista; algo de eso hubo en 2015.


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¿Se juega el futuro del frente en la votación sobre el acuerdo con el Fondo? No, desde el punto de vista de un determinismo fatal (“si se vota distinto se rompe”) pero es muy evidente que la situación previa está caracterizado por cierto clima de tambores de guerra. Entre acusaciones mutuas de “traición” o de “irresponsabilidad”, será muy difícil construir un clima de certidumbre y confianza en la actual coalición de gobierno. Y, entonces, aún en el caso de que el frente permanezca, su prestigio y autoridad política habrán quedado muy debilitadas.


Quien esto escribe no tiene ni ha tenido nunca confianza en los acuerdos del país con el FMI. Aun así, es muy claro que el que firmó Néstor Kirchner en 2003 y el de Macri en 2018 tuvieron consecuencias muy diferentes. Y las diferencias no estuvieron en la letra escrita sino en la política: Néstor acordó con el fondo la “meta fiscal” del 3% del PBI de superávit, mientras el actual se compromete al equilibrio fiscal (sin superávit) en tres años. Es decir, la letra del acuerdo actual es más generosa que la del de 2003, la voluntad política termina primando sobre la letra de los acuerdos. La ignorancia de este postulado es propia de un economismo cerril. Que ignora la primacía de la política, la centralidad del poder respecto de las formas. No es el caso de la directora del FMI: según Infobae del 3 de febrero, Georgieva señaló que “el entendimiento alcanzado con la Argentina puede estar condicionado por la situación política del país”. Y manifestó, como para que no quedaran dudas del sentido de la frase que existen “límites para hacer cambios en la Argentina en los próximos años, dada la oposición de la parte radical de izquierda de la coalición peronista gobernante del país”. Es otro modo, un poco más moderado, de decir que el “éxito” del programa del fondo descansa en la expectativa del triunfo de una fuerza de derecha en las próximas elecciones.


Lo que claramente tiene a su favor la necesidad de preservar el frente de todos es que ninguno de los espacios que lo componen tendría chance alguna de ganar en 2023 sin el concurso de los demás. ¿Significa eso que la continuidad de la unidad está asegurada? Lamentablemente no, y el obstáculo consiste en que la política no es un juego lógico ni aritmético. Concretamente es posible que para alguno de los integrantes de la coalición sea peor el triunfo de uno de los socios que el de sus adversarios. Puede ser, en algún caso, el macartismo interno. Y en otro, la idea clásica del infantilismo de izquierda que dice “cuanto peor es mejor”. Cuesta entender esto último pero el enfoque tiene una larga tradición en la izquierda y una innegable presencia actual: es preciso que las contradicciones se agudicen y se hagan visibles para que se eleve la conciencia popular. Homero Expósito lo dijo con más belleza y en clave poética: “primero hay que saber sufrir”.


La preservación de un gobierno popular en la etapa que viene alcanza importancia estratégica. El mundo ha entrado en la etapa del declive de la unipolaridad de Estados Unidos. Asoman nuevos actores centrales en la disputa del orden mundial, se ensanchan los espacios para políticas nacionales y regionales discordantes con los mandatos de Washington. El próximo ciclo electoral en la región puede albergar la novedad del regreso de Lula a la presidencia de Brasil y del triunfo de la izquierda en Colombia, lo que unido a las victorias de Bolivia, Chile y Perú y a la exitosa resistencia de Venezuela a los intentos intervencionistas de Estados Unidos, conformaría un nuevo momento favorable a los procesos de integración regional. Integrados en la región, nuestros países pueden aspirar a un protagonismo en la escena del mundo multipolar.


Todo eso se juega alrededor del sostenimiento y fortalecimiento del Frente de Todos. Eso solo no asegura la victoria. Pero la ruptura es sinónimo de derrota. Y en ese caso desaparecerían todas las “heterodoxias” que, para el paladar negro neoliberal, tiene el texto del acuerdo. Sería muy bueno que no sea la “generosidad” de algún sector de Juntos por el Cambio la que garantizara la aprobación del acuerdo en el Congreso. Lo que no significaría la plena identificación de diputadxs y senadorxs con la letra del memorándum sino la voluntad de seguir juntos aún en la diferencia: unidad en la diversidad.



Publicado en:

https://www.eldestapeweb.com/opinion/frente-de-todos/aprender-la-unidad-en-la-diversidad-antes-de-que-sea-demasiado-tarde-20223519015?s=08

sábado, 9 de enero de 2021

Libertad a Amado Boudou



Para leer el documento firmado por Edgardo Mocca, Ricardo Aronskind y otrxs 👇🏽 https://s.docworkspace.com/d/AF9sf72GsqU2gNXJhKedFA

La adhesión es individual, firmar aquí 👇🏽

https://forms.gle/MuWsejGwBPrYG3xHA

jueves, 30 de abril de 2020

Médicos cubanos, derecha alborotada y agenda pos-pandemia, por Edgardo Mocca (para "El Destape" del 26-04-20)



Qué dicen los medios de comunicación y por qué Macri se acerca a la derecha intelectual en plena pandemia.

26 DE ABRIL, 2020 

Médicos cubanos, derecha alborotada y agenda pos-pandemia | Coronavirus
No se sabe si vendrán muchos o pocos médicos cubanos al país para colaborar en la lucha contra la pandemia. Serán muchos o pocos, vendrán ahora o dentro de un tiempo.  Lo único que se dijo desde el gobierno de la provincia de Buenos Aires es que no habría obstáculos para que vinieran, en caso de ser necesario. Parece bastante sensato todo…

        Sin embargo, la campaña contra “los médicos cubanos” ya está lanzada. ¿Por qué no tendrían que venir? Puede empezarse por el siempre desopilante Ricardo Roa : “Si algo se necesita son terapistas y los cubanos son generalistas en el mejor de los casos”, dijo en su columna en Clarín.  Es decir que se rechaza a los médicos cubanos porque son generalistas...Hablando en serio, lo que está clarísimo en estos días es el estado de irritación y agresividad en el que la derecha –a través de los grandes emporios mediáticos- ha entrado en los días del coronavirus.  En ese clima resucita un vocabulario macartista propio de los tiempos de la guerra fría.


El ex presidente Macri es el militante argentino más intenso de esa irritación y esa agresividad. No hay que olvidar nunca el clima que rodeó su acceso al gobierno en 2015. Era la gran oportunidad  de la derecha argentina de construir una referencia electoral duradera capaz de sostener el tránsito sin regreso al dominio irrestricto del gran capital local y global sobre el territorio argentino. Ahora Macri es, para la mayoría de los argentinos y argentinas, un pasado al que no se quiere volver. No dirige ni a su propio partido. De ahí en adelante los dos caminos que se le abren son el regreso pleno al mundo privado –con el riesgo de que debilitado políticamente, sus asuntos empresariales y judiciales empiecen a no funcionar de modo tan aceitado como hasta ahora-, o la pelea por permanecer en el centro de la escena política. En esa lucha política que ahora insinúa tiene que resolver un problema principal: la parte de su fuerza que tiene poder territorial ha decidido no apostar al envilecimiento del clima político en el contexto de una importante amenaza a la vida de muchos argentinos y argentinas. Por eso alrededor de Macri solamente permanece un puñado de ex altos funcionarios durante su presidencia, que lo secundan en su arremetida contra el gobierno. Gobernadores e intendentes han entendido que una oposición dura contra el gobierno podría distanciarlos irreparablemente del estado de ánimo popular y además Macri no es un compañero de ruta ideal en esta coyuntura. Habrá que ver cómo evolucionará la relación de fuerzas ente los legisladores de la derecha.

        Por eso Macri prefiere la cercanía con Vargas Llosa y el grupo de políticos e intelectuales que claman contra el populismo y sostienen una visión del mundo completamente funcional a los grupos poderosos del régimen capitalista con centro en el sistema financiero en el que hoy vive gran parte del mundo. Nada de intervención del estado, defensa irrestricta del “mercado”, rechazo de la redistribución, impulso de la precarización laboral son parte del santo y seña de este grupo. El enemigo es el  populismo, concepto que incluye a todos los gobiernos más o menos independientes de Estados Unidos y a las corrientes políticas, intelectuales  y sociales que desafían al neoliberalismo, incluido el papa Francisco. Desde esa trinchera el ex presidente argentino confía en reunir a la parte de la sociedad –hoy circunstancialmente muy pequeña- que está dispuesta a cualquier cosa con tal de derrotar al populismo. Hasta ahora la expresión de este núcleo duro ha sido de resonancias muy pobres: unos pocos caceroleros en reducidos espacios de la ciudad de Buenos Aires.

        Pero la apuesta de los halcones macristas está en la esperanza del desgaste del gobierno en un proceso que augura grandes dolores completamente inhabituales para la población. Ya la cuarentena es un escenario altamente sensible. Y ya nadie espera que sea una cuestión de días o de semanas como la ilusión de muchos pudo haber imaginado. Y nadie debería confundir un buen desempeño general del gobierno y el pueblo con la garantía contra pérdidas que serán costosas. Hemos entrado en un camino largo y doloroso. Propicio, por lo tanto para mechas que puedan atraer al incendio. El documento de Macri no le interesa hoy a casi nadie, pero nada asegura que no sucedan hechos que puedan ayudar a recuperar su imagen.

        El país va a ser más pobre en esta etapa. Por lo menos desde el punto de vista del PBI. Pero tal vez sea interesante pensar si no podemos ser más ricos después de esta experiencia. Claro que esto no vale solamente para nuestro país, pero es interesante pensar el futuro global desde nuestro modesto rango de influencia. Y el futuro no es “lo que nos pase” sino lo que estamos en condiciones de hacer y decidamos hacer. ¿Cómo seríamos más ricos y en qué sentido? Tendríamos que proponernos salir de la crisis más ricos en solidaridad, capacidad de acción colectiva, sentido de pertenencia nacional, conciencia sobre la realidad del país, capacidad crítica de nuestro propio modo de vida. Más ricos, políticamente, en el sentido más amplio y más elevado de la palabra.

        La derecha ha puesto a la libertad en el centro de su discurso. Y tal vez sea la libertad el gran centro de una discusión nacional y global. La civilización capitalista y neoliberal es el modo histórico más antagónico con la libertad y más antagónico con la vida. Es el reino de la libertad de las mercancías (que viajan por el mundo en su forma material o virtual, sin restricciones de ningún tipo). Pero no es la libertad de los seres humanos. Ni la libertad de las naciones. Es, por el contrario, el reino de los automatismos, de lo infinitamente igual aunque se vista de las más diversas formas. Es la civilización más desigual que ha conocido la historia. Nunca tan pocos se quedaron con tanto, nunca tantos se quedaron con tan poco.

        Estamos frente a una gran contradicción. El futuro depende de la acción colectiva. Y estamos en cuarentena. Hasta el punto que la cuarentena se convirtió en una forma de acción colectiva y hasta en un orgullo de pertenencia al sector de los que están obsesionados por salvar vidas (incluida la propia) y no al de aquellos “racionales” que quieren proteger los recursos materiales (que a veces ni siquiera son propios) a costa de poner en riesgo su vida y la de sus familiares. Defender la vida no es solamente evitar la muerte. Defender la vida también es sentirse parte de algo que nos excede, de una comunidad de sentido y de destino. Es defender derechos, defender libertades, defender proyectos personales y colectivos. Pero no podemos ocupar las calles. Ni hacer grandes asambleas barriales. Tal vez tengamos que adiestrarnos en la construcción de asambleas virtuales (de hecho las hay y en números importantes) y contribuir desde ahí a elaborar la agenda nacional pos-pandemia para actuar en un mundo que ya no será el mismo.

Publicado en:
https://www.eldestapeweb.com/nota/medicos-cubanos-derecha-alborotada-y-agenda-pos-pandemia-202042515180

viernes, 14 de febrero de 2020

Los desafíos políticos después de la derrota del macrismo, por Edgardo Mocca (para "El Destape" del 09-02-20)



09 DE FEBRERO


En el año 2019 la política argentina decidió que su asunto principal era la continuidad o no de la experiencia macrista. Hoy eso aparece como algo simple, sencillo, elemental. Pero nada se impone por la sutileza de los argumentos que lo sostienen. La decisión política opera desde el vacío, no hay reglas lógicas que funcionen como garantía de su éxito. La unidad del peronismo, de la oposición, de los que querían que el tiempo de Macri terminara no era un dato de la realidad. No estaba asegurado su sentido histórico por las encuestas que decían que las elecciones las decidía el centro indeciso. Puede ser que todo lo decida el centro indeciso, pero desde el punto de vista de la política, lo que importa es por qué el centro indeciso decide lo que decide. El hecho es que el fin de la experiencia  macrista fue la decisión política del país. De lo que estamos hablando hoy es cómo interpretamos qué es el fin de la experiencia macrista.

Por lo pronto, en el Frente de Todos conviven quienes apostaron a la resistencia al proyecto de Macri con quienes se movieron en las aguas del pragmatismo, quienes consideraron patriótico y democrático facilitar el avance de las decisiones centrales de su administración en aras de la solidez institucional. Como al pasar, digamos que algunas de esas decisiones –como la aprobación del acuerdo con los fondos buitre- fueron las que constituyeron los pilares del régimen macrista y muestran hoy en plenitud sus nefastas consecuencias. Es duro decirlo así, pero entre los que impulsaron el fin del macrismo y garantizaron el triunfo de la fórmula Alberto-Cristina están los garantes del regreso argentino a la órbita del poder financiero mundial en las peores condiciones. La cuestión es que admitir la centralidad de echar a Macri incluye la reconsideración del lugar político de muchos de quienes contribuyeron a su triunfo y a su fugaz consolidación. Así es la política real, la que no se deja explicar por los cuentos de hadas que sostienen el inevitable triunfo del bien sobre el mal.

Alberto Fernández es, por mor de la decisión anunciada por Cristina el 18 de mayo de 2019, el nombre de la síntesis de un dramático momento de la historia argentina, aquel en que sus fuerzas más avanzadas decidieron que el fin de la experiencia macrista era condición primera de cualquier idea de futuro independiente y democrático. Esa idea triunfó y la valoración de ese triunfo es central para el futuro de la patria: cualquier estrategia política que debilite esa decisión y esa victoria corre el riesgo de ser cómplice de un nuevo y particularmente intenso fracaso nacional.


Dijo el Coco Basile “yo paro bien a mis jugadores pero después la pelota se mueve y no se quedan en el lugar que yo los paré”. Metáfora potente de la política. Ahora hay una enorme cantidad de jugadores que asisten, forman parte, protagonizan, una historia cuyas derivaciones son imprevisibles. ¿Cómo definir una posición frente a problemas que se acumulan en tropel y obligan a definiciones dramáticas que afectarán al país por un tiempo mucho más amplio que el que protagonizaremos? Es muy difícil decir cómo. Pero es posible decir cómo no deberíamos definirnos. Y lo difícil –casi imposible- es hacerlo con abstracción de nuestros cálculos individuales. No hay nadie que no haga esos cálculos. Eso es lo que hace a la política una práctica diabólica que excluye a las almas bellas, más predispuestas a la autosatisfacción ideal que al barro del compromiso con la vida real. Por eso tiene tan mala prensa Maquiavelo. Por eso estamos tan expuestos a la tentación de hablar en nombre de intereses ideales para defender lugares personales o de grupo.

El gobierno argentino –el que todos hemos elegido- ha adoptado una actitud que procura restañar las heridas de la barbarie de los cuatro años precedentes, con una política de diálogo con fuerzas nacionales y globales que, de una u otra manera formaron parte de una línea de desarrollo cuya continuidad hubiera llevado a extremos desastrosos a la comunidad política argentina. Nada asegura el éxito de esa orientación. Como tampoco nada aseguraría el éxito de una apuesta a la polarización extrema entre los dos humores antagónicos de la sociedad argentina.

Claro que el modo en que se tramita esta compleja estrategia común, plural y democrática no puede ignorar el estado de ánimos de millones de argentinos y argentinas que rechazaron al macrismo desde antes de su victoria electoral. No son “minorías intensas” como gusta calificarlas una politología siempre dispuesta al coqueteo con los poderosos. Será muy difícil, en un futuro previsible, gobernar ignorando la voluntad de esos millones, cuya conciencia social y política quedó definitivamente marcada por la experiencia de los gobiernos de Néstor y Cristina. Y hay que asumir con humildad y con amplitud que la continuidad del régimen macrista en términos de persecución, prisión, censura y estigmatización es incompatible con la victoria popular del año 2019. Reconocer como válidas las operaciones político-judiciales que hoy mantienen en prisión a Milagro, a De Vido, a Boudou, a Delía y a muchos otros después de que la relatoría de la ONU  ha denunciado un plan sistemático de persecución política no puede ser una necesidad táctica. Es un grave daño a la unidad para terminar con el macrismo, porque es una validación del sentido central de ese oprobioso régimen derrotado recientemente en las urnas. ´

Lo que se insinúa es un complejo operativo político cuya base fundamental es la preservación y ampliación de la unidad alcanzada. Una inteligente captación del estado de ánimo social que permita transitar el terreno minado por la acción del neoliberalismo y una percepción muy aguda del mundo que nos rodea, de sus amenazas y de las posibilidades que entraña.


Publicado en:
https://www.eldestapeweb.com/nota/los-desafios-politicos-despues-de-la-derrota-del-macrismo--20202811550

miércoles, 1 de enero de 2020

Democracia y antipolítica, por Edgardo Mocca (para "El Destape" del 29-12-19)


La sociedad argentina observa a dos corrientes antagónicas, nacidas al calor del 2001: la rebelión plebeya al ajuste neoliberal contra las clases medias antipolíticas. 

29 DE DICIEMBRE, 2019

Es posible que las dos coaliciones que sumaron poco menos que el 90% de los votos en las últimas elecciones presidenciales hayan nacido con el estallido social de diciembre de 2001. No es difícil percibir en aquel incendio la existencia de dos “humores” frente a la crisis: uno plebeyo, que se rebelaba contra la violencia de las reformas neoliberales iniciadas en los años noventa con Menem y que, ya en el gobierno la primera Alianza,  habían sumido a los sectores populares en las más duras privaciones. Era, en ese sentido, un hito en las movilizaciones sociales que tuvieron en la rebelión popular de Cutral Co una referencia memorable. El otro humor era el de las clases medias y medias-altas que fueron la base de sustentación cultural de la Convertibilidad, que disfrutaron de los viajes al exterior y pudieron llevar muy fácilmente a su régimen de vida a algunos de los productos de la revolución técnica que trajo consigo lo que dio en llamarse la “globalización”. Este sector se movilizó contra el corralito; es decir no contra las políticas neoliberales sino contra el último círculo de su decadencia en el que asomó la amenaza a sus ahorros y a su patrimonio. Fugazmente ambos humores se encontraron: piquete y cacerola la lucha es una sola, se gritó entonces. Cuando el gobierno de Duhalde fue enderezando el averiado barco de la sociedad argentina las aguas se separaron.

    Menos de dos años después de aquel diciembre el país votó. Dos resultados vienen a cuento de esta hipótesis. Uno, el de la elección nacional que en un contexto de dispersión y debilitamiento de los partidos terminó eligiendo presidente a Néstor Kirchner ante la renuncia de Menem a disputar la segunda vuelta. El otro, el de la ciudad de Buenos Aires en el que Mauricio Macri, que había debutado cuatro años antes en las lides electorales ganaba la primera vuelta. Aun cuando fue derrotado en el ballotage por Aníbal Ibarra, la figura de Macri emergía en el centro de la escena política argentina.


    ¿Pueden pensarse esos nuevos liderazgos como vástagos políticos de aquellos humores sociales que estallaron en 2001? No hablamos, claro, de establecer un curso histórico predeterminado ni de simplificar el muy complejo ADN de cada una de las fuerzas que hoy organizan el antagonismo político en la Argentina. Pero no es aventurado establecer un linaje cultural que une a cada uno de los bloques que ganaron las calles de las grandes ciudades argentinas. En uno –el que desemboca en la experiencia kirchnerista- está la herencia plebeya y populista que nació en 1945 y que el menemismo no había logrado destruir. En el otro flotaba otra cultura “populista”, la de la antipolítica. 

    A la historia le gustan las simetrías: en Italia durante la posguerra floreció una experiencia que se autodenominó qualunquismo. Consistía en una mirada del mundo que se presentaba como la del hombre común, el “ciudadano de a pie”. Era la identidad del que no vivía de la política ni en sus adyacencias, sino que solamente contaba con su trabajo, con su sacrificio. Y su punto de conflicto era contra el estado. Contra los parásitos que vivían de su relación con las camarillas de ministros, diputados, senadores y otras corporaciones absolutamente improductivas e inservibles. No era un partido sino un movimiento contra los partidos, orientado a recuperar para “la gente” lo que la maquinaria burocrática del Estado les sacaba para alimentar vagos y recaudar votos. El qualunquismo fue el camino que tomó una parte importante de las masivas huestes del fascismo italiano después de la caída del régimen y la derrota bélica. Su buena estrella terminó cuando la democracia cristiana fue bendecida por el imperio como el dique de contención del partido comunista de Italia. La simetría histórica consiste en que entre los miembros destacados del grupo antipolítico estaba Giorgio Macri, abuelo del ex presidente. 

    Lo anterior adquiere sentido y significación cuando se mira la coyuntura de estos días. La gran fórmula política que exponen los enemigos existenciales del gobierno de Alberto y Cristina es, justamente, la antipolítica. Para resistir las insinuaciones redistributivas del nuevo gobierno, se emplea el recurso de siempre: el “gasto político”. La fórmula mágica para pagar la deuda externa, para satisfacer demandas de la Argentina destruida sistemáticamente por la experiencia macrista, dar pan a los hambrientos, recuperar la producción y el empleo es…la disminución del gasto político. Que el ajuste lo haga “la política”. La oposición no se hace desde un partido o coalición alternativa, desde un programa opuesto y un partido históricamente reconocible; se hace desde el repudio de la política como tal. Hay que decir que Macri debe su malhadada experiencia presidencial a esa subcultura. Eso fue lo que, después del resonante éxito de Massa en las parlamentarias de 2013 inclinó la balanza a favor del empresario. Fueron las masivas columnas caceroleras, las solidaridades con la “familia” judicial después del suicidio de Nisman, las marchas que reivindicaban la “libertad” para comprar dólares, las que encontraron su referencia en Macri. 

    Estamos hablando de una quiebra histórica en el sistema de partidos políticos argentinos. El bipartidismo peronista-radical ha sido desplazado por la lucha entre dos grandes coaliciones sociales que se ordenan en torno de relatos antagónicos del pasado y de imágenes ideales del futuro del país. Relatos que ciertamente han recorrido gran parte de nuestra historia, que han alcanzado un grado de sinceramiento y de intensidad y constituyen un desafío para la democracia argentina. El frente que gobierna ha producido un visible viraje de su lenguaje que se expresa en sus acciones. Propone a sus antagonistas el diálogo, habla de concertaciones, de pactos y de contratos, flexibiliza sus propuestas para lograr amplitud en sus respaldos. No hay dudas de que ese espíritu lo ha fortalecido en términos de respaldo popular. Sin embargo, los grandes emporios mediáticos – verdaderos termómetros de los humores de sectores decisivos del establishment nacional y global- siguen en pie de guerra.

    En una región conflictiva e inestable y en un mundo en el que están en juego las posiciones hegemónicas, Argentina se ha constituido en un punto de referencia para quienes creen posible un orden diferente y quieren transitar en esa dirección sobre la base de desarrollar la democracia y no de ignorarla. 

Publicado en:
https://www.eldestapeweb.com/nota/democracia-y-antipolitica-2019122811200

martes, 12 de noviembre de 2019

Palabras urgentes sobre Bolivia, por Edgardo Mocca (para "Página 12" del 11-11-19)

Arriba: "Camisas Negras" del Altiplano.
Por Edgardo Mocca
La ilegal destitución del presidente Evo Morales en Bolivia marca el fin de una época. Desde la recuperación democrática de Argentina en 1983, las fuerzas armadas no se habían presentado como actor decisivo en un proceso de ruptura del orden constitucional en América Latina. Está claro que hubo militares involucrados en los golpes de Honduras, Paraguay y Brasil. Pero no estuvieron al frente de modo abierto e institucional como en este caso.


En 1983 comenzó la recuperación de la ilusión democrática. Entonces se hablaba de la “transición” a la democracia. Era una doctrina de reforma institucional que asignaba lugar central a partidos y parlamentos, que concebía fuerzas armadas “institucionales” y apartadas del juego político. Era también una doctrina para la que la movilización popular era ruido pernicioso y las agendas redistributivas y anticoloniales de nuestros pueblos eran meros resabios del pasado que había que ir desplazando de la escena.

Aquella transición convivió con la teoría de los “dos demonios”. Bajo su reinado, todo el proceso de resistencia popular contra las fuerzas oligárquicas quedó reducido a sus expresiones más violentas y militaristas, ocultándose así la riqueza y la validez histórica de ese rico proceso de movilización. Cuando hoy se habla de volver a mirar ese pasado, aparece la intolerancia y el oscurantismo antihistórico de quienes pretenden degradar aquellas luchas a un gran malentendido intergeneracional. Lo cierto es que lo que hasta hace poco eran evocaciones fantasmales que había que exorcizar hoy retornan, vuelven a emerger en el escenario político. Las movilizaciones del pueblo chileno son ese retorno; la experiencia de la Unidad Popular chilena fue un faro en aquella circunstancia histórica con la experiencia del gobierno de la Unidad Popular presidido por el héroe y mártir Salvador Allende y hoy está presente en las multitudes que no cesan de ocupar la calle de las principales ciudades del hermano pueblo contra el sedicentemente exitoso neoliberalismo del régimen pospinochetista.

Cada vez está más clara la cláusula no escrita en ninguna carta magna pero plenamente operativa: el orden constitucional solamente es compatible con políticas respetuosas de las desigualdades acumuladas geométricamente en nuestras sociedades. Solamente es admisible en el marco del alineamiento firme detrás de la visión geopolítica estadounidense, de los intereses de la oligarquía financiera globalizada y del sometimiento a las nuevas formas particularmente intensivas del trabajo a la voluntad omnímoda de los grupos económicamente poderosos.

El derrocamiento de Evo es un mensaje claro. Pretende ser un nuevo Nunca Más. En este caso el nunca más de ellos. Nunca más insubordinación a los poderosos, nunca más pueblos empoderados (especialmente si no son blancos y hablan un correcto inglés), nunca más constituciones que pongan la vida, los derechos y la justicia en un plano axiológico superior a la propiedad privada y la seguridad jurídica del dinero.
Leer más El funcionario macrista que celebró el golpe contra Evo Morales | Claudio Avruj y su "me gusta" a una publicación de Guaidó sobre Bolivia

Es muy importante para los argentinos y argentinas reconocer este mensaje. Vamos a empezar una etapa nueva surgida de la voluntad popular clara y ampliamente expresada en las urnas. Una etapa surgida de las resistencias populares y de la lúcida interpretación de ese proceso ejecutada por quienes se pusieron al hombro el proceso de unidad contra el despojo clasista y la humillación nacional que significó el gobierno de Macri. Tenemos que sostener un proceso político claramente alternativo y antagónico a las políticas de estos últimos cuatro años. Tenemos que hacerlo con voluntad pacífica, con disposición al diálogo plural y constructivo. Y también con una clara e indoblegable decisión de que ningún poder fáctico, ninguna constitución no escrita, ninguna voluntad violenta ni desestabilizadora pueda desarrollarse en nuestra patria. Para eso hay que usar la ley. Para eso hay que legislar ahí donde pueda aparecer algún vacío jurídico que aliente el accionar ilegal y desestabilizador. Para eso hay que desplegar una gran capacidad de movilización popular. De nuestros trabajadores, de nuestras organizaciones sociales, estudiantes, profesionales, científicos. Del movimiento por la igualdad de género, por la plenitud del ejercicio de los derechos de todas y todos, en condiciones de autodefenderse de cualquier agresión.

Se terminó la etapa de la cándida confianza en el respeto por nuestra legalidad democrática, de parte de embajadas extranjeras y servicios de inteligencia de la gran potencia regional. De parte de supuestos “políticos” que viven en medio de carpetas serviciales y están siempre dispuestos a cumplir con deseos urdidos muy lejos de nuestra tierra. De parte de jueces absolutamente venales dispuestos a cumplir el papel de comparsa judicial de la desestabilización antidemocrática. Hay que replantear la mirada y la consecuente agenda geopolítica que confía en la voluntad pacífica y democrática de la CIA y desconfía de potencias que no practican la democracia liberal (¿cuál es la democracia liberal en la que se inspiró la OEA en estas horas trágicas para el pueblo boliviano). Hay que terminar con el mito del “régimen dictatorial” de Maduro, para comprender la dura crisis que atraviesa el hermano pueblo bolivariano como una consecuencia de la agresión sistemática de quienes se revelan en estas horas como cómplices y lacayos del ataque más cínico a la autodeterminación democrática del pueblo boliviano.

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/230389-palabras-urgentes-sobre-bolivia

lunes, 29 de julio de 2019

Intelectuales progresistas, por Edgardo Mocca (para "Página 12" del 28-07-19)

Imagen: Bernardino Avila

Entre los firmantes de la solicitada macrista hay algunos que figuraron en los noventa como del campo progresista

Por Edgardo Mocca


Entre los firmantes de la solicitada macrista publicada en estos días hay algunas personas que figuraron en los años noventa como pertenecientes al campo progresista. Eso es lo único que le da alguna importancia a la cuestión. Como quien escribe formó parte de aquella experiencia, es inevitable la sensación de algo así como un malentendido histórico. Y es obligatorio entonces despojarse, tanto como sea posible, de sensaciones que contaminen la reflexión con cualquier brote de resentimiento.

Para los progresistas de la solicitada el gobierno de Macri es una experiencia positiva. Nos alejó de los países en los que rigen regímenes autoritarios y violentos. Recuperó la división de poderes. Promovió el diálogo y la unión de los argentinos. Terminó con el abuso de poder y la práctica de la intimidación del adversario. Dicen, por ejemplo, que en la televisión de la época anterior había programas que estigmatizaban a la oposición, lo que insinúa que actualmente no miran mucha televisión. Lo más llamativo es que el texto lo firmen personas que dicen ser intelectuales. Como para precaverse, los firmantes (o los propios funcionarios que redactaron el texto y que entienden de política) dicen pudorosamente que no están del todo de acuerdo con el gobierno, que hay errores, que debe mejorarse: no hay, sin embargo, referencia a un solo aspecto concreto que pudiera considerarse un error y en el que pudiera mejorarse.

La verdad es que no tiene ninguna importancia cuáles son los errores que los intelectuales consideran que deberían corregirse: el texto no tiene intención alguna de intervenir críticamente en la realidad, es una simple toma de posición a favor del régimen. Como tal puede prescindir plenariamente de cualquier observación concreta; “somos macristas y nos la bancamos”, parece ser la única interpretación del hecho político.

Más interesante que la descripción del texto es hurgar en su lugar histórico, aunque la frase pueda parecer una exageración en la medida en que se refiere a un texto de una pobreza conceptual alarmante. Aún en el lugar común televisivo, en el recurso literario elemental para quien sabe que le está hablando a un público amigo, es posible rastrear las huellas de una querella política que tuvo, ciertamente, intérpretes y textos mucho más honrosos. La presencia innombrada en el texto es el peronismo. Aunque no tuviera ningún otro mérito, Macri merece ser apoyado porque es el nombre del antiperonismo. De un antiperonismo triunfante. Que es justo votar a su favor porque promete avanzar en la obra de destrucción que la democracia argentina necesita de modo definitivo y terminante: el fin de una identidad que constituye un insulto a la Argentina culta, productiva, abierta al mundo, civilizada.

Se ha dicho muchas veces que el peronismo es muy difícil de entender para personas que no hayan vivido en nuestro país. Tanto o más interesante, sin embargo, es la interrogación sobre el antiperonismo. ¿Es el antiperonismo una expresión exclusiva de la política conservadora? No es así: los firmantes del texto, por ejemplo, podrían exhibir muchos datos que sostengan su pretensión de pertenencia al mundo de la democracia, de los derechos humanos y hasta de posturas igualitarias en lo social. Pero tal vez allí esté la pista: la política no se define por un catálogo de definiciones y de intenciones ideales, la política es una posición de poder, ante el poder, dependiente del poder. La especificidad del peronismo es el cuestionamiento a las normas que organizaron el poder en la Argentina. Puede aceptarse que cuestiona no solamente las malas normas sino también algunas de las buenas. Que como todo igualitarismo está sometido al riesgo sobre los derechos individuales, sobre el mérito, sobre la competencia limpia. Sea, pero la discusión es aquí y ahora. Lo que ha gobernado el país en estos cuatro años no es una aristocracia de sabios y expertos empeñados en valorar el mérito y sostener la institucionalidad. Es una cleptocracia de especuladores financieros, de lavadores de dinero, de prepotentes, apretadores y violentos. Apenas llegó al gobierno Macri dictó un decreto para modificar la Corte Suprema. Después puso en marcha un proceso de apropiación de renta para amigos y aliados que incluyó tierras, vías aéreas, negocios financieros e inmobiliarios entre otros. Y el “proceso” incluyó extorsión, violencia, expropiaciones de facto como las que intentaron e intentan con empresas de la comunicación. Incluyó presos políticos, causas armadas, destitución fraudulenta de jueces, apriete a otros jueces para que apuren causas de interés faccioso.

No hace falta juzgar al macrismo en términos de doctrinas igualitarias o emancipadoras. Solamente con la comparación entre la campaña de 2015 y la realidad de estos cuatro años salta a la vista su condición fraudulenta y su disposición al empleo de recursos que estaban vedados al poder político desde la tragedia de los años de la última dictadura. La derecha autoritaria y su cobertura “progresista” operan por sustracción. Sustraen la discusión política y la reemplazan por frases sonoras: elogian la “recuperación institucional”. Han contribuido de modo militante al encubrimiento del atentado de la AMIA. Han montado un operativo delirante en torno al suicidio del fiscal Nisman y se niegan a incorporar el testimonio de quienes tenían a su cargo el control de las alertas rojas de Interpol. Manipularon la composición del consejo de la magistratura con métodos ilegales como la detención de hecho de un miembro de la oposición. Atacan la investigación del juez Ramos Padilla que es la fotografía más perfecta del funcionamiento del poder real en la Argentina (poder político, judicial, servicios, medios de comunicación, mafias parlamentarias). Escuchan ilegalmente conversaciones de miembros de la oposición. Tienen montado un tenebroso aparato de mentiras y ocultamientos con la utilización de “periodistas” que realizan tareas de inteligencia servicial. Tienen presos políticos: no otra cosa es lo que se ha perpetrado con la práctica infame de la prisión preventiva como herramienta de persecución y con la extorsión como forma de lograr “arrepentimiento. ¿Cómo puede calificarse todo eso como “fortalecimiento de las instituciones”?

En otros tiempos había en la Argentina un liberalismo democrático. Defendía derechos y criticaba arbitrariedades aunque no compartiera los móviles de sus víctimas. El actual “progresismo” ha desertado de esa tradición.

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https://www.pagina12.com.ar/208819-intelectuales-progresistas

lunes, 1 de julio de 2019

¿Fin de la grieta?, por Edgardo Mocca (para "Página 12" del 01-07-19)

30 de junio de 2019


La palabra grieta es en nuestro país el nombre que la maquinaria mediática le asignó a la confrontación política que hunde sus raíces en la crisis de diciembre de 2001 y alcanzó un alto grado de expresión pública en el conflicto agrario de 2008. ¿Qué significa el “fin de la grieta” que hoy pregonan algunos analistas? No es ni más ni menos que una interpretación del rumbo político abierto por la intervención pública de Cristina Kirchner a través de la cual lanzó la candidatura presidencial de Alberto Fernández. Se trataría, según este enfoque de abandonar la conflictividad radicalizada de los últimos años de gobierno de la propia Cristina e instalar en su lugar un discurso amigable y tolerante: de los extremos al centro.


La doctrina del fin de la grieta suele dejar a un costado de su análisis la coyuntura en la cual se produce el viraje de Cristina, es decir el empeoramiento de todos los indicadores sociales, económicos, políticos e institucionales durante los años del gobierno de Macri, la antesala de un nuevo derrumbe histórico en la que vivimos los argentinos de la mano del gobierno y su protector financiero y político, el gobierno de Estados Unidos, a través del Fondo Monetario Internacional. Como si los ajustes de una estrategia política pudieran hacerse desde fuera de una coyuntura concreta. En el mejor de los casos se reconoce el contexto en términos de “cálculos electorales”, es decir como un modo de ir en busca de votos moderados para asegurarse la mayoría. Todo esto es propio de un método formalista de análisis político. Se piensa a los partidos y a los líderes como maximizadores de beneficios al margen de cualquier definición sobre la idea de país en el que queremos vivir. El grado de conflictividad discursiva sería poco más que una variable de ajuste para optimizar el desempeño electoral. Claro que la elección forma parte del cálculo, en caso contrario estaríamos hablando de una política muy particular, que se desentendería del triunfo y de la lucha por el poder; no hay tal cosa en la política. El Frente de Todos –resultado central de la decisión de la líder– es un salto en la amplitud de las alianzas, incorpora un vasto arco de fuerzas que incluye componentes progresistas y del peronismo territorial, hasta hace poco reacios a aceptar el liderazgo de CFK. Y por más que ésta no sea candidata presidencial no sería prudente ignorar su centralidad en el mundo político opuesto a las políticas del actual gobierno. El giro táctico apunta por igual al triunfo electoral y a la creación de condiciones de gobernabilidad para lo que seguramente será un difícil tramo de nuestra historia. 

Los intérpretes del fin de la grieta y el “giro hacia el centro” suelen pensar el antagonismo argentino como un fenómeno de pura decisión política de quienes gobernaron entre 2003 y 2015. Suelen razonar como si no hubiera en la Argentina un bloque de poder altamente articulado que ha ejercido durante mucho tiempo un poder de veto extralegal contra cualquier experiencia que se planteara una distribución de la riqueza y los ingresos diferente a la que hoy funciona y toma la forma de un saqueo a la sociedad argentina. Tampoco entra en el análisis el marco regional y mundial en el que estamos discutiendo nuestro futuro los argentinos y las argentinas. Es decir se razona como si todo fuera igual que en diciembre de 2015 y lo único que hubiera cambiado fuera el humor político de Cristina, antes propenso al enfrentamiento y ahora dispuesto a la conciliación. 

Lo que está implícito para quienes celebran el fin de la grieta es que esta fue el resultado de un estilo de gobierno que propuso conflictos innecesarios y opuestos a la convivencia política. En la raíz de la grieta estaría el populismo radicalizado y nada tendría que ver con la dura respuesta del establishment marcada por el desafío sistemático a las decisiones de gobierno de aquella etapa y la sistemática persecución de climas de inestabilidad en la Argentina de entonces. El “extremismo” que se critica no es otra cosa que la experiencia del intento de hacer respetar la voluntad del electorado contra el empleo del poder fáctico concentrado –el de los grandes grupos económicos, sus medios de comunicación, sus jueces, sus servicios de información ilegales–. Es decir, todo lo que acaba de emerger a la superficie en la investigación de la pestilente práctica de las escuchas ilegales, la extorsión judicial, la canallada periodística y la complicidad parlamentaria y partidista que hoy se lleva a cabo en el juzgado de Dolores. ¿Nada tiene que ver todo eso con la famosa “grieta”?

¿Cuál es el extremismo que se adjudica a la experiencia de los gobiernos kirchneristas? ¿La renegociación de la deuda externa en condiciones nacionales dignas? ¿La recuperación de YPF, la de la aerolínea de bandera vaciada por delincuentes que cumplen condena en su país, España? ¿Los salarios que casi todos los años crecían por encima de la inflación? ¿El intento de democratizar la información, que hoy sufre la censura y el abuso de los medios poderosos? Está claro que la doctrina de la grieta y de su final ha hecho propio –aunque de modo algo vergonzante– la interpretación de los poderes fácticos de este país. Y que cree ver en la fórmula Alberto-Cristina una propuesta de regreso a la Argentina unida y sin antagonismos cuyos tiempos nos es muy difícil encontrar en el pasado, siempre que no los identifiquemos con  los tiempos del silencio forzado por el terrorismo de estado o los años “felices” en que el menemismo y la primera alianza forzaron el anterior intento de reestructuración neoliberal, con el concurso activo o pasivo de las élites de los partidos populares, domesticados por el pensamiento único y el fin de la historia. No hace falta recordar acá como terminó realmente esa historia.


Está claro que una derrota electoral del macrismo abriría una época nueva entre nosotros. Una oportunidad política para generar un nuevo contrato político-social sostenido en el sencillo principio central de que el país debe ser de todos y  todas y para todos y todas. Y está claro también que el estilo del candidato presidencial del frente puede ser muy funcional a la creación de un clima de conversación política capaz de fortalecernos como comunidad política pacífica y de aislar a los que invocan el apocalipsis cada vez que un gobierno enuncia la voluntad de hacer más justa nuestra convivencia social. Claro que para eso no alcanza con la voluntad de un presidente y de un sector sino la flexibilidad y el sentido nacional colectivo cuya ausencia frustró muchas oportunidades en la historia de nuestro país.

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https://www.pagina12.com.ar/203449-fin-de-la-grieta

lunes, 14 de enero de 2019

Unidad contra el macrismo, por Edgardo Mocca (para "Página 12" del 13-01-19)


Por Edgardo Mocca

La propuesta de la unidad amplia contra el macrismo suele provocar distinto tipo de objeciones. Está la banalidad que afirma que no es bueno que las uniones se establezcan “contra”, en lugar de “por”. Pero no existen generalidades de este tipo, la política solamente puede juzgarse aquí y ahora. Es en el propio campo desde donde se impulsa la unidad donde florecen objeciones y dudas. 

La más interesante y digna de ser discutida de esas dudas es la que objeta que la unidad amplia significa volver al centro de la escena a un conjunto de dirigentes que mucho tuvieron que ver con el ascenso y la consolidación del gobierno de Macri. El campo lo integran, centralmente, quienes aportaron a su triunfo electoral, quienes se sumaron a la estrategia de la guerra psicológico-mediática contra la ex presidente y quienes votaron las leyes fundamentales para modificar el rumbo del país en un sentido antinacional, antipopular y antidemocrático. El punto más fuerte que sostienen quienes desconfían de la unidad es que de lo que se trata no es de derrotar a un gobierno circunstancial sino a un proyecto de país, y que no está claro que esto sea así para algunos hipotéticos o reales aliados. De ese modo se llega a la conclusión lógica que podría estar gestándose una nueva etapa del curso neoliberal, administrado de otro modo desde el gobierno; un modo más realista, menos ideológico, más político y menos insensible al dolor social. 

Es una objeción legítima y tanto a quienes la sostienen como a quienes la refutan  no les queda más remedio que vivir los acontecimientos y no reemplazarlos por profecías. Y los acontecimientos en este país tienen una gravedad inusitada. Cualquiera sea la palabra clave que pudiera intervenir en un balance de época-industria, trabajo, desarrollo, justicia, educación, ciencia, independencia, democracia o cualquier otra de este repertorio clásico- termina evocando la existencia en el país de un nuevo régimen político. Es decir de una manera, diferente a la democrática, de ejercer el gobierno y administrar las consecuencias de sus actos. Es muy inusual el  espectáculo creado por el impresionante aumento de los servicios públicosperpetrado a fin de año y seguido de las largas vacaciones presidenciales y del desenfrenado intento mediático-político por hablar de cualquier cosa que no sea de la situación económica; a no ser que el tema sea la “quietud” del dólar después de sucesivas mega-devaluaciones. Los expertos dicen que el gobierno quiere crear todo el mal ahora, para virar a partir de marzo hacia un veranito preelectoral. No hace falta decir que es una apuesta temeraria. 

La experiencia macrista no es cualquier experiencia neoliberal. Su lugar histórico es muy relevante. En primer lugar porque es el gobierno del “cambio”, es decir del retroceso, del regreso a la Argentina normal después de un “paréntesis circunstancial” provocado por el “pequeño desperfecto” del derrumbe de 2001. Es decir que se trata de una experiencia refundacional y restauradora. La que tiene que mostrarle al “mundo” la viabilidad de una Argentina definitivamente vacunada contra el virus populista. La que va a revelar que con dosis adecuadas de mentiras, represión y cooptación se puede hacer lo que en otras épocas –incluidas las más violentas y menos legales– no se pudo hacer. Y en el panel de comando operativo están los cuadros del nuevo capitalismo argentino, los que no están contaminados por la vieja política, los que no pueden ser puestos en duda en cuanto a su cabal pertenencia al país decente. 

El macrismo es una realidad y es un símbolo. Es el símbolo de una victoria que se pretende definitiva y que intentará abrirse paso sin medir los costos. No respetará ningún mito. Ni el mito peronista, ni el sindical, ni el de los derechos humanos, ni mucho menos el de la democracia. Y lo que queda de la democracia es el voto popular. El mundo perfecto del nuevo régimen no incluiría una elección y mucho menos en estas circunstancias. Esto no significa un pronóstico de lo que va a ocurrir. Es el registro de un problema existencial: las elecciones (limpias) siempre se pueden perder. Y podría llegar la situación en que solamente la proscripción política o el fraude pudieran impedir la derrota electoral del gobierno. Parece demasiado dramático el relato pero hasta aquí el macrismo no se ha privado de nada en materia de producir daño político a sus opositores. No hay que olvidar que la “justicia” del régimen llegó a intervenir al Partido Justicialista. ¿No es eso una señal de voluntad política? La unidad contra el macrismo es también, entonces,  una unidad para que las elecciones tengan lugar y sean limpias.

La derrota del macrismo sería el desbarajuste del complejo dispositivo de poder armado durante todo el último tiempo que empezó antes de la victoria electoral de 2015. Que tiene su pata mediática, judicial, policial, publicitaria y servicial. La política del macrismo descansa en la articulación y el frenético funcionamiento de esos recursos. Claro que una derrota electoral no equivaldría al aplastamiento definitivo de esa maquinaria: lo definitivo no existe en la política. Pero negar que en el caso de que ese resultado se produjera, estaríamos ante un gran momento democrático sería insensato. 

A todo esto se suma una cuestión esencial. La correlación de fuerzas políticas en el interior de esa unidad es muy favorable a sus sectores más claramente defensores de un proyecto alternativo de país. Es cierto que, como en el tango, hay “caras extrañas” en el interior del impulso a la unidad. Pero justamente en esa heterogeneidad está la fuerza de ese impulso, porque es una heterogeneidad que está en la sociedad, como lo revelan algunas protestas de estos días, protagonizadas por gente que votó a Macri. Claro que esa heterogeneidad, tarde o temprano, dará lugar a la construcción de un punto de referencia central. Un punto que en política siempre está vacío, por más que haya muchísimos indicios de quién podría ocuparlo. Más aún, ese punto no es un nombre sino el lugar de una hegemonía. Es el lugar de un nuevo sentido común colectivo. 

No hay una lucha contra el neoliberalismo en abstracto. La lucha se libra siempre en la coyuntura, que es el tiempo en que los hombres y las mujeres vivimos y morimos. Impedir la continuidad de este régimen no es una cuestión menor, factible de ser subordinada a principios pretendidamente universales. Es la condición primera y fundante para el nacimiento de una etapa cualitativamente superior de la historia política argentina.

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https://www.pagina12.com.ar/168144-unidad-contra-el-macrismo

domingo, 3 de diciembre de 2017

Cristina, el movimiento obrero y la unidad de la oposición, por Edgardo Mocca (para "Página 12" del 03-12-17)


Dos acontecimientos de la última semana insinúan una fuerte influencia sobre el futuro político argentino: uno es la asunción de Cristina Kirchner como senadora nacional, el otro es la presentación multitudinaria en sociedad de una nueva coalición político-sindical dispuesta a enfrentar la contrarreforma social puesta en marcha por el Gobierno. El proyecto macrista tiene un solo modo de evolucionar en forma relativamente legal y pacífica y consiste en la normalización del sistema de partidos políticos en la Argentina. Es decir el manso regreso de la estructura justicialista al lugar de la alternancia política bajo el pacto de gobernabilidad neoliberal, cuyo primer y único punto dice que los negocios del capital concentrado y la condición geopolítica argentina plenamente alineada a Estados Unidos están por sobre cualquier interés social, nacional, productivo o de justicia social. 

Las vicisitudes de la reforma laboral, previsional y fiscal ilustran plenamente la cuestión. El punto central de la trilogía es la baja del gasto. Salarios e ingresos directos e indirectos más bajos, recortes del Estado nacional y baja de los gastos provinciales es la sencilla ecuación que avanza en medio de la alharaca de los consensos, la pacificación, la persecución de las mafias y la lucha contra la corrupción (brutalmente ejemplificada por Macri en el discurso posterior a la elección legislativa bajo la forma de ordenanzas con salarios muy altos). Si se baja el gasto político, se termina con la demagogia insustentable que consiste en mejorar las posibilidades de consumo de las familias trabajadoras y de sectores populares, y se abandona la aventura populista de recuperar los ahorros jubilatorios para el conjunto de la sociedad, entonces los grandes capitalistas globales se sentirán contentos y tranquilos y entenderán que Argentina ha regresado al mundo. En los tiempos de la posverdad no hacen falta argumentos ni respaldo histórico para esa utopía neoliberal. La clave está en la combinación de un despliegue inédito de la maquinaria publicitaria pública y privada con el ejercicio sistemático de la extorsión política; es así como se alcanza algo que no termina de ser una ilusión pero ocupa su lugar funcional: la demanda de una vida más tranquila, donde cada uno se coloque “en su lugar” y se termine tanto alboroto político. 



El apoyo al macrismo no es mayoritario pero sí predominante. La razón que suele esgrimirse es la falta de unidad de la oposición. Matemáticamente es cierto, pero la eficacia política de esa apelación es muy problemática si no se aclara cuál es el sentido de esa unidad. Por ahora en la representación política institucional no se advierten los puntos centrales de una unión. La votación en el Senado sobre la reforma previsional y el “pacto fiscal” ratifica la sumisión al oficialismo de un sector político que jura en los estudios de televisión su oposición a la política en curso, pero una vez en el recinto lo abandona todo en el altar de la “gobernabilidad”. Eso no quiere decir que el propósito de la unidad sea equivocado; solamente significa que la unidad será, si llega a ser, el resultado de una tensión interna y de la relación de fuerzas que de ella emerja y no el fruto de una exhortación a la unidad, por sincera y apasionada que esta sea. La cuestión, según algunas opiniones, se dirime en un virtuoso consenso entre peronistas. La condición peronista aparece como un elixir milagroso que borra todas las contradicciones con el solo expediente de agitar una doctrina y apelar a la memoria de los padres fundadores. En el contexto de esa apelación la figura de Cristina Kirchner aparece como un problema -más bien como el problema- para avanzar en esa reunificación. Es toda una curiosidad esa perspectiva, porque se está hablando de la dirigente peronista que tuvo el resultado más importante en los comicios de octubre. ¿De qué se trata entonces? Según quienes así piensan, de lo que se trata es de no volver al pasado. Y aquí está la cuestión fundamental: ¿a qué pasado no se quiere volver? La pirotecnia mediático-judicial-gubernamental llena esa incógnita con el espectáculo de la persecución de funcionarios del anterior gobierno, pero solamente de los que siguen reivindicando su pertenencia a los anteriores gobiernos; los que abandonaron el barco no tienen ningún problema, son unánimemente ajenos a la cuestión de la corrupción. En una conversación política que se pretende razonable esa identificación del pasado con la corrupción no tiene la más mínima seriedad; aceptarla significaría pasar a entender la corrupción como un fenómeno consustancial a un solo sector político. La excelente nota escrita recientemente por José Massoni en la revista virtual Horizontes del Sur refuta de modo contundente esa zoncera, con un balance de la relación entre capitalismo financiarizado y corrupción que es incontestable. Las guaridas fiscales son la entraña misma de la corrupción fiscal y del delito financiero mundial; la presencia de funcionarios macristas y de empresarios cercanos al Presidente es una constante en todas y cada una de las revelaciones sobre el funcionamiento de esas mafias. Mientras tanto la propuesta de Unidad Ciudadana para que se haga una auditoría de la obra pública en los últimos años no ha sido tomada en cuenta y bien podría ser uno de los ejes del programa opositor en lo que constituiría la expresión de una voluntad real de lucha contra la corrupción. 

El problema de la vuelta al pasado no es la corrupción. Es que una parte del sistema político que apoyó los gobiernos anteriores al actual no quiere verse nuevamente arrastrado por la dinámica del antagonismo político. No quiere volver a ser estigmatizado por los medios y molestado por el Poder Judicial. Prefiere una política “razonable”. Rechaza el conflicto con los poderes fácticos, está convencido de que la soberanía y la justicia social no pueden ser sostenidas si se quiere seguir formando parte del mundo, es decir prefiere formar parte de una clase política a salvo del conflicto y de las crisis. ¿Qué significado tiene la condición peronista para este sector? No puede decirse que ninguno. El peronismo es una poderosa seña de identidad y para la mayoría de los actores de la oposición es la única carta de victoria en un futuro próximo. Y eso es efectivamente así; negar la importancia del peronismo en el futuro de un reagrupamiento opositor puede ser muy grato a progresismos testimoniales pero no a quienes quieren llegar al poder; el peronismo será un objeto central de la disputa política principal desde aquí a 2019. Esto es esencial para el sector del personal político que no se resigna a guarecerse en el paraguas amarillo del “cambio”. ¿Pero es el problema principal de la mayoría que no votó a Cambiemos en octubre?

Las mesas de arena del peronismo no se desarrollan en el vacío político. Están envueltas en un determinado clima social, las agita la atmósfera económica que hoy está atravesada por la incertidumbre del futuro en un contexto de una política de apertura económica, endeudamiento brutal y redistribución regresiva del ingreso cuyas consecuencias ya conocen los argentinos por haberlas vivido dramáticamente en un pasado no muy lejano. En estos días las aguas del peronismo están particularmente agitadas. Son peronistas una buena parte de los gobernadores que sufrirán en sus provincias los efectos de ajustes a los cuales decidieron no oponerse por motivos que no siempre ni en todos los casos habrán sido, seguramente,  los de la razonabilidad de la propuesta del gobierno nacional. Son peronistas la cúpula cegetista y una buena parte de los cuadros representativos en el ámbito sindical y social, así como una proporción importante de los trabajadores, jubilados y beneficiarios de planes sociales afectados por el recorte dictado por el FMI y adoptado de modo esperablemente alegre por la administración nacional. Lo que está pasando del otro lado de la pared de los recintos institucionales debe ser muy tenido en cuenta por los decisores políticos: no sería la primera vez que los cálculos del consenso y la armonía entre los partidos es arrasada por el huracán de la crisis.

Por eso el significado de la asunción de Cristina y del nuevo reagrupamiento sindical. No porque haya entre ellos un vínculo formal; esa remisión sistemática de cualquier conflicto a la presencia de la ex presidenta suele ser obsesivamente utilizada por el macrismo en su tarea de construir un nuevo enemigo interno. Una tarea, dicho sea de paso, en la que se están superando peligrosamente las vallas del Estado de Derecho. Según la vicepresidenta, las poblaciones mapuches tienen ahora que probar su inocencia respecto de la delirante imaginación oficial que las presenta como grupos de terroristas vinculados a todo lo que pone en peligro al mundo global; por el contrario las fuerzas de seguridad deben ser eximidas de todo compromiso legal en el cumplimiento de sus finalidades represivas. Cuando de por medio ya hay muertos por la violencia estatal, habría que evitar que las palabras sigan sembrando las semillas del odio y el resentimiento. Son experiencias recurrentes en nuestra historia a las que no convendría regresar. Pero más allá de esa imaginaria presencia de Cristina en cada conflicto, es indudable que su figura es hoy un punto de referencia principal de todo lo que sufre y de todo lo que resiste políticamente el rumbo actual. Y el nuevo agrupamiento sindical es también una extraordinaria novedad política. Se presenta en sociedad como la recuperación de una añeja tradición sindical que se remonta a los congresos de Huerta Grande y La Falda, de la CGT de los argentinos, de los 21 puntos de Ubaldini y del MTA en la época del neoliberalismo menemista. Se constituye como un actor relevante en lo sindical y también en lo político. El gesto crítico e independiente respecto del triunvirato cegetista es un acto de rebeldía contra el uso de la palabra unidad, esgrimida como justificación de la inacción frente a los atropellos. Este agrupamiento mostró su potencial en la Plaza de los dos Congresos y es el alma de un nuevo proceso de unidad, el que tiene que articular los conflictos contra la prepotencia del poder económico, de la camarilla judicial antirrepublicana, de los grandes medios y de quienes toman las decisiones políticas. No habrá unidad de la oposición política que pueda ponerse al margen de procesos como el que acaba de nacer en el movimiento obrero. 

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domingo, 26 de marzo de 2017

Unidad: ¿para el antagonismo o la alternancia?, por Edgardo Mocca (para "Página 12" del 26-03-17)

"La unidad política es unidad de lo diverso. La construcción de un campo ideal propio refractario a cualquier disenso o actitud crítica suele presentarse como pureza de principios pero no es más que la retórica del sectarismo. La unidad es más exigente y contradictoria que el encierro en las propias certezas. "
Edgardo Mocca






Antagonismo o alternancia: así está planteado el dilema actual de la política argentina. La palabra antagonismo tiene una mayoritaria mala prensa y es sistemáticamente demonizada por la academia oficial. Sin ir más lejos, el núcleo duro del neoliberalismo argentino –que hoy incluye una vertiente progresista– ha hecho del antagonismo y de su rechazo el centro de su discurso conmemorativo del aniversario del golpe de 1976. Si no se logra la demonización del antagonismo es difícil presentar el cuadro de aquellos días como el resultado de una guerra entre demonios, en la cual el demonio victorioso cometió algunos abusos repudiables. El Nunca Más deja así de ser el cierre del capítulo del terrorismo de Estado y pasa a convertirse en la definitiva condena de cualquier proyecto político que se constituya como tal sobre la base de un antagonismo político. Es curioso porque en este discurso se enrolan muchas personas que dicen ser peronistas o radicales. ¿Cómo se hace para contar la historia de los dos grandes partidos argentinos sin hablar de causa y de régimen, de pueblo y de antipueblo? Claro, el antagonismo argentino no tiene siempre el mismo nombre y la misma forma política, pero no puede dejar de rastrearse una huella histórica de los antagonismos argentinos. Al menos, hay una importante tradición política e intelectual que reconoce este linaje y hay además un parentesco innegable entre los movimientos nacionales-populares de nuestra historia. Suele decirse que el antagonismo es violento. Algún día habrá que reconocer que los momentos violentos de nuestra historia se asocian fundamentalmente al intento de borrar el antagonismo a fuerza de terror estatal.
En los últimos años reapareció el antagonismo político en el país. No es que no hubiera habido diferencias y contradicciones durante los gobiernos democráticos anteriores al kirchnerismo. Pero la construcción de un polo nacional-popular y democrático con capacidad de ganar y conservar el gobierno no había estado en la agenda hasta 2003, o, para decirlo con más precisión, desde el levantamiento patronal-agrario del otoño-invierno del año 2008. Como no ocurría desde hacía muchísimo años quedó dibujado en ese episodio el arco de fuerzas sobre el que se sostiene un determinado régimen imperante en el país desde 1983. Es un régimen porque es una manera específica de ejercer el poder sin violentar formalmente las reglas de juego constitucionales y legales pero poniendo en movimiento los recursos materiales e institucionales para la defensa de un círculo concreto de intereses. Desde entonces, las empresas oligopólicas de la comunicación, el sector más corrupto del Poder Judicial y los grandes grupos económicos concentrados fueron ocupando el rol de reguladores del conflicto y de muros defensivos de los negocios del gran capital local y multinacional que antes ocuparon las fuerzas armadas. En el sentido común predominante la reaparición de los antagonismos es una mala noticia: crea tensiones, enfrenta a las familias, a los grupos de amigos… Nada de eso puede negarse pero también hay que convenir que hoy advertimos todo lo que hemos perdido en términos materiales y culturales desde que se impusieron electoralmente los enemigos del conflicto político.
La voz de orden contra el antagonismo es la alternancia. Lo ideal para el relato de la Argentina “reconciliada” sería una experiencia en la que el gobierno rotara entre dos o tres partidos que discutieran y se pelearan mucho pero una vez en el gobierno respetaran invariablemente las reglas de juego del “libre mercado” y garantizaran la “seguridad jurídica” de los grandes negocios locales y globales. Así funciona, dicen con razón los partidarios de la alternancia, en gran parte del mundo. Lo que no dicen es que ese régimen se está resquebrajando en todas partes. Que crecen, por derecha y por izquierda, fuerzas que cuestionan el péndulo conservador-progresista y lo equiparan a una casta que secuestró la política y le sacó a los ciudadanos su derecho a decidir sobre la vida del país. Los neoliberales argentinos añoran y reivindican una fórmula política que agoniza mundialmente: lo certifica la experiencia de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, España, entre otros muchos países del mundo.
El plan para restablecer la normalidad política neoliberal del país –con alternancia incluida– está atravesando enormes y crecientes dificultades. El mes de marzo, que todavía no terminó, ha tenido registros muy contundentes de esas dificultades: actos obreros, movilizaciones femeninas, conflictos sindicales, memorias populares masivamente compartidas, han sumado más de una vez centenares de miles de personas en las calles del país, principalmente en su ciudad capital. Se multiplican los conflictos de empresas y de gremios, crece el impacto nacional y mundial del reclamo por la libertad de Milagro Sala y otros presos políticos de Morales y de Macri. Y la política se mueve al compás de ese cuadro de situación profundamente transformado. Las encuestas muestran el retroceso del macrismo en la mirada popular: al retroceso y las dificultades económicas se suman los escándalos de corrupción al máximo nivel del gobierno. No parece el mismo país que en los meses iniciales del gobierno en el que solamente las plazas populares, habitadas por un entusiasmo insólito entre los partidarios de una fuerza política recién derrotada, desentonaban en un cuadro de expectativas públicas y defecciones políticas que auguraban salud y larga vida para el proceso de “normalización nacional”.

La gran cuestión es cómo la política formalmente organizada reacciona frente a este nuevo cuadro. Como es habitual desde hace unas cuantas décadas, el centro de la atención está colocado en el peronismo. En ese territorio las voces que proponían la “renovación” del movimiento, comprendida como la clausura total y definitiva de la experiencia kirchnerista, suenan hoy con menos potencia. De la centrifugación de fuerzas parlamentarias que buscaron abrigo en la promesa de desalojo de la anormalidad kirchnerista de todas sus posiciones, se pasó a un estado deliberativo que se extiende más allá de los límites formales del Frente para la Victoria. Este clima ha dado lugar a múltiples iniciativas signadas por el lema de la unidad del peronismo, que se fue extendiendo a otras fuerzas factibles de confluir en una alternativa al macrismo. Ahora la cuestión en disputa no es la necesidad de la unidad sino su contenido, sus formas y sus límites. En el plano de las declaraciones y los documentos no parece haber demasiada diferencia en cuanto al sentido de la unidad: diferentes estructuras del PJ, la CGT, el grupo político que se inspira en los documentos del Papa y de Perón, los movimientos sociales, sindicales y culturales han ido delineando un programa de hecho que incluye defensa de la industria nacional, mejoramiento del salario, paritarias libres, no a la represión y judicialización de la protesta social, recuperación de la soberanía nacional, reapertura de planes y programas de desarrollo social, educativo, científico y cultural.
Es muy difícil pensar en un proceso político de transformación en todos esos aspectos, sistemáticamente agredidos por el gobierno de Macri, sin establecer un nexo orgánico entre esa plataforma y la experiencia de gobierno entre los años 2003 y 2015. Claro que es un nexo crítico, no la imposible pretensión de volver el tiempo para atrás. Sin embargo, lo que puede apreciarse en muchas de las propuestas que van surgiendo de las fuerzas que se colocan en el cuadrante popular de la política es una tendencia a incluir hacia el futuro muchas de las cuestiones que la experiencia kirchnerista no resolvió o no profundizó lo suficiente, más que inclinaciones moderadoras respecto de esa misma experiencia. De modo que el programa podría ser el de un capítulo superior de la experiencia de un gobierno popular. Los problemas de la unidad son muchos. En el centro están los enconos que acumula toda experiencia de gobierno tensa y prolongada en el tiempo y de los que el kirchnerismo no fue la excepción. Inmediatamente al lado de los enconos aparece el problema de las expectativas personales y de los grupos de pertenencia. La puesta al costado de estas cuestiones es un acto necesario de moral política porque lo contrario significaría simplemente que se ponen aspiraciones personales y particulares por encima del interés nacional. Se dirá que esto es lo más común en la política, pero en el contexto en el que vivimos puede constituirse en una conducta grave y dañina. Está en juego la defensa y fortalecimiento de una alternativa real a las políticas que están en curso y no el armado de una herramienta para alternar armoniosamente en la administración de un pacto, nunca escrito pero plenamente operativo, que asegura que la democracia no se convierta en un desafío para los sectores privilegiados de la sociedad.

La unidad política es unidad de lo diverso. La construcción de un campo ideal propio refractario a cualquier disenso o actitud crítica suele presentarse como pureza de principios pero no es más que la retórica del sectarismo. La unidad es más exigente y contradictoria que el encierro en las propias certezas. Es imposible decir de antemano cuáles son los límites necesarios de la unidad para que ésta no se convierta en el nombre de un reacomodamiento personal o grupal para conseguir, reproducir o recuperar lugares dentro del sistema político. En principio, no hay que alejar los ojos ni los oídos de lo que dice la calle; la unidad que surja será eficaz si se alimenta de la voz del pueblo, a la vez que la sostiene y la proyecta en una estrategia transformadora, inteligente y flexible. Las multitudes de marzo y los millones de argentinos que comparten sus demandas y horizontes serán los testigos y jueces de lo que finalmente surja de la deliberación de los actores políticos.




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