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lunes, 9 de abril de 2012

Gobiernos populares y posdemocracias, por Paula Biglieri (para “Tiempo Argentino” del 08-04-12)


Arriba : Nosotros y ellos. La gente se moviliza, en América y en Europa, con motivaciones muy distintas.

Consenso de Washington

Las experiencias europeas contrastan con las latinoamericanas. La crisis económica sólo empujó un reforzamiento del recetario de Washington.

La hegemonía del Consenso de Washington impuso mundialmente dos principios a seguir: economía de mercado y democracia liberal; que fueron acatados como verdades incuestionables por todo aquel que apreciara ser considerado como parte de la modernidad occidental globalizada. Frente a la caída del Muro de Berlín y el concomitante desmoronamiento del bloque soviético, el triunfo del capitalismo se presentaba como evidencia incontrastable de lo que era un modelo que funcionaba de manera racional dentro del orden de las posibilidades dadas. Mientras que la irracionalidad y la fantasía de una utopía imposible de alcanzar quedaba del lado del fracaso comunista. Así, quedaba sellada la alianza entre el neoliberalismo y la democracia representativa, en donde la economía adquirió absoluta primacía por sobre la política. Es decir, se privilegiaba al mercado en tanto que se lo consideró un espacio organizado por una serie de reglas probadamente fundamentadas. Mientras que la política –en tanto espacio siempre generador de excesos– quedaba relegada a un ámbito de acción limitado de manera tal que no fuera fuente de demandas e intentos de aplicación de políticas absurdas que distorsionara el funcionamiento adecuadamente racional del mercado.

Así, en el plano económico se dictó disciplina presupuestaria, liberalización financiera y comercial, apertura a la entrada de inversiones extranjeras directas, privatizaciones, desregulaciones, garantía de los derechos de propiedad, etcétera. En el plano político se estableció que la democracia liberal es solamente un marco de procedimientos para la elección de gobernantes y una serie de instituciones que limitan, constituyen y hacen efectivo el juego político, mientras que la creciente complejidad de la economía impone la necesidad de una tecnocracia, es decir, el gobierno de los expertos con saberes científicamente garantizados por prestigiosas universidades del primer mundo. De más está decir que ningún conato de participación directa era bienvenido. En este sentido es que la aplicación del recetario de Washington a escala mundial ha traído dos tipos de consecuencias. Una ligada a los supuestos económicos y otra a los políticos. Respecto del primer tipo, sobradamente conocemos lo que el neoliberalismo nos dejó: concentración de la economía en manos de unos pocos, especulación financiera, altas tasas de de-sempleo, empobrecimiento general de la ciudadanía, ajuste de salarios, jubilaciones y pensiones, recorte de derechos laborales y sociales, etcétera. Al día de hoy podemos decir que son una constante a lo largo y ancho del globo, en donde la hegemonía neoliberal logró imponerse. Respecto del segundo tipo, las consecuencias políticas no han resultado homogéneas. Por el contrario, frente a la crisis extendida del neoliberalismo, dos grandes variantes –que además pueden ubicarse geográficamente– parecen haber surgido como respuestas: por un lado, las experiencias latinoamericanas y, por otro, las experiencias europeas.

Las experiencias latinoamericanas han estado signadas por el surgimiento de gobiernos populares cuyo rasgo fundamental ha sido el retorno de la primacía de la política y se anclaron en el principio de que en la democracia sólo la participación popular es fuente legítima desde donde y hacia donde deben emanar las políticas públicas. Así fue que la figura del pueblo volvió a ocupar el centro de la escena política y es este el que debe tener el control de la cosa pública. El ejercicio de la soberanía popular fue lo que permitió romper el corset de la “objetividad” del Consenso de Washington. Vox populi, vox dei, los plebeyos desplazaron a los expertos. Este es el espíritu presente, por ejemplo, en la reformas constitucionales de Ecuador y Bolivia y la estatización de los hidrocarburos y referéndum, en las expropiaciones y plebiscitos de Venezuela, en la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la estatización del sistema de las AFJP y la reforma de la carta del Banco Central en la Argentina, etcétera.

Las experiencias europeas contrastan con las latinoamericanas. La crisis económica sólo empujó un reforzamiento del recetario de Washington en el plano político. Acotar cada vez más el espacio del juego político para que no se produzcan desbordes del modelo. Delegar cada vez más las decisiones en expertos para que apliquen medidas “racionales y hagan lo que objetivamente se debe hacer”, no vaya a suceder que algún político ose responder a alguna demanda “alocada” imposible de absorber dentro de este esquema. El ejemplo aquí es el griego Papandreu, quien se atrevió a llamar a un plebiscito para consultar a la ciudadanía respecto de las políticas de ajuste y no sólo terminó dando marcha atrás con la medida sino que renunció como primer ministro. No es casual que lo haya sucedido el experto Papademos (ex vicepresidente del Banco Europeo). También vale de ejemplo el caso del experto primer ministro Monti de Italia (entre otras cosas ex asesor de Goldman Sachs). Salirse del modelo establecido resulta entonces irracional. Pero la única forma de mantenerlo es reduciendo los cotos de soberanía. Y aquí va el ejemplo de la renuncia a la soberanía monetaria por parte de los Estados a favor del Banco Europeo. En este contexto de imposible salida quizás deberíamos comenzar a considerar la hipótesis que Europa ha entrado en una posdemocracia. ¿En dónde ha quedado el ejercicio de la soberanía popular en Europa? Los inventores de la democracia parecen ahora estar ahogándola.

Finalmente cabe preguntarse: ¿por qué unos han tomado un camino y otros, otro? La respuesta la podemos encontrar en que en Latinoamérica el descontento generalizado ante la crisis económica desató una extensión horizontal de demandas que pudieron ser canalizadas verticalmente en una articulación política. La referencia es el caso argentino con la crisis de 2001 (extensión horizontal de demandas) y la llegada de Kirchner a la presidencia (absorción vertical de esas demandas por la política). En contraste, lo acontecido hasta el momento en Europa ha sido la proliferación de demandas de manera horizontal sin ninguna articulación política que les dé una respuesta. Más aun, el problema de los indignados es su postura antipolítica, su rechazo a disputarle el poder a la hegemonía instalada. Así las cosas es que hoy en Latinoamérica podemos hablar de gobiernos populares y en Europa de posdemocracia. Veremos cómo continúa la historia.

Publicado en :

http://tiempo.infonews.com/2012/04/08/editorial-72562-gobiernos-populares--y-posdemocracias.php

domingo, 25 de marzo de 2012

¿El kirchnerismo es peronismo?, por Paula Biglieri (para “Tiempo Argentino” del 25-03-12).


Preguntar una vez más

Hoy vivimos en el kirchnerismo una nueva presentación del peronismo que ha vuelto a ligarlo con la centralidad del Estado y la preferencia de lo público y el trabajo por sobre lo privado y el capital.



por Paula Biglieri

Creemos que tenemos el derecho de decirle a nuestro gobierno qué es el peronismo y exigirle que cumpla con la doctrina del peronismo”, afirmó Hugo Moyano hace un tiempo atrás. La frase llegó en tiempos de distanciamiento con el gobierno nacional y se sumó al discurso de la recurrente sospecha sobre si el kirchnerismo es verdaderamente peronismo o no. Volvamos entonces sobre la remanida pregunta: ¿El kirchnerismo es peronismo?

Si consideramos los significantes a partir de los cuáles se ha articulado la identidad peronista, a saber: justicia social, soberanía política e independencia económica, encontramos que desde el mismísimo contexto inicial de su enunciación –aquel de la década del ’40– siempre han estado en discusión. Simplemente porque nunca un contexto agota el sentido del signo, su fuerza ruptural permite que sea citado en distintas situaciones, por lo tanto, lo que tenemos es una inagotable resignificación. Nunca su clausura. A modo de poder expresarme claramente vale la pena traer un ejemplo de la tradición política occidental: la democracia. Su contexto inicial de enunciación fue la democracia griega, sin embargo, seguimos hablando de democracia aunque su versión representativa –nacida en el siglo XIX– poco o nada tenga que ver con el modelo inicial griego. Aunque hoy en día tengamos una democracia de masas, con un cuerpo de ciudadanos que se ha expandido enormemente y los esclavos ya no sean esclavos; aunque la escala de la democracia se haya transformado radicalmente; aunque tengamos partidos políticos y un formato representativo y no la asamblea permanente de los ciudadanos, etcétera seguimos hablando de democracia. Entonces el contexto inaugural no agota al concepto. De la misma manera y volviendo sobre el peronismo podemos decir que siempre ha habido una polémica acerca de su sentido, que siempre ha sido objeto de disputa política, que en cada una de sus distintas presentaciones ha adquirido diferentes interpretaciones. Es decir, nunca ha habido una forma pura, prístina, fijada de manera clara e unívoca sobre su sentido. En otras palabras, el peronismo –como cualquier identidad– nunca alcanza la transparencia consigo mismo.

Ahora bien, podemos preguntarnos: ¿Cómo se ha expresado esta polémica sobre el sentido de los elementos que definen al peronismo a lo largo de los últimos años? Básicamente a través de la contraposición entre izquierda y derecha o progresismo y conservadurismo. Hay dentro del peronismo un proyecto político conservador y otro proyecto político progresista. Si lo que condensa una serie de pluralidades es, por ejemplo, el elemento justicia social, la disputa política es por el sentido que se le adosa a ese significante. Todo el mundo dentro del universo peronista está de acuerdo con ese significante, más: ¿qué entendemos por justicia social? ¿Cómo podemos alcanzarla? Allí está la disputa política: ¿Consideramos al mercado como asignador eficiente de los recursos o entendemos que es el Estado el que debe intervenir activamente? En este sentido, la dicotomía entre izquierda y derecha sigue vigente, porque la dicotomía capital–trabajo también lo está. Entonces, ¿qué privilegiamos el Estado sobre el mercado o viceversa? ¿Lo público o lo privado? ¿El trabajo o el capital? Estas opciones atraviesan el debate político actual de las democracias occidentales, del escenario político argentino general y del peronismo en particular.

En la década del ’90 todos sabemos qué lado de estos pares binarios prevaleció. Baste el ejemplo de Carlos Menem en oportunidad de la campaña para su reelección. Allá por el año 1995 se instalaba la demanda por combatir la desocupación. La respuesta, desde el peronismo, fue que para absorber tal demanda era necesario que la lucha en contra del desempleo estuviese aunada con la necesidad de modernizar y flexibilizar las leyes laborales, en pocas palabras, con la necesidad de recortar los derechos laborales para generar más empleo. Modelo neoliberal. Derecha.

Hoy vivimos en el kirchnerismo una nueva presentación del peronismo que ha vuelto a ligarlo con la centralidad del Estado y la preferencia de lo público y el trabajo por sobre lo privado y el capital. Desandar el modelo neoliberal. Izquierda. Pero el kirchnerismo también expresa una versión del peronismo anti statu quo a través de la interpelación por la igualdad que polemiza con expresiones –también actuales–como la del conservador católico Urtubey o en ciertos aspectos Gioja. Puntualmente me estoy refiriendo a la ley de matrimonio igualitario.

Pues bien, en todo caso, la doctrina peronista es siempre fuente de disputa. El que dice que es el peronismo es quien logra abrocharle un sentido –ya hemos visto que siempre es parcial– y ese será quien haya triunfado políticamente al menos por un cierto tiempo.

Publicado en :

http://tiempo.infonews.com/2012/03/25/editorial-71299-el-kirchnerismo--es-peronismo.php