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jueves, 6 de mayo de 2021

Brasil: el abrumador consenso en torno a políticas que no funcionan, por Eduardo Crespo (para "Diagonales" del 17-03-21)

 






Se propagan las señales de desindustrialización y hay indicios crecientes de un Estado fallido, de una estatalidad en default



Récord de muertes por Covid-19 en las últimas 24 horas, un sistema privado de salud en San Pablo que colapsa y clama desesperado por camas en hospitales estatales, centros de salud públicos con varias cuadras de infectados en la cola para ser atendidos, una nueva variante del virus de origen nacional más contagiosa y letal (incluso en jóvenes) y que re-infecta a quienes ya se habían contagiado con la cepa anterior, pacientes de otras enfermedades o incluso accidentados que mueren en sus hogares porque no pueden recibir atención en un sistema desbordado, gobiernos municipales y provinciales que apelan a desesperados toques de queda y lockdowns para forzar aislamientos, una economía abatida por la pandemia que agrava una depresión de años, devaluación monetaria y encarecimiento de alimentos y combustibles, una población cada vez más desesperada y aturdida por mensajes contradictorios, un Gobierno Federal que hasta hace pocas semanas atrás combatía las vacunas y el uso de barbijos. Todos los ingredientes de un descalabro general están presentes hoy en Brasil.  


En este escenario comienzan a despegarse algunas de las piezas que componen la coalición gobernante. Quizás la noticia más sobresaliente es que miembros de la Corte Suprema de Justicia anularon los juicios contra Luiz Inácio Lula da Silva y defenestraron a su antiguo verdugo, el juez y ex Ministro Sergio Moro, lo que significa que Lula eventualmente podría postularse como candidato en las elecciones presidenciales de 2022. En este estado de anarquía tampoco debería sorprender que Lula esté encabezando otra vez las encuestas de opinión pública. La popularidad de Jair Bolsonaro, en cambio, cayó a los niveles más bajos desde el inicio de su gobierno. Llamativamente había subido meses atrás, en buena medida debido al auxilio de emergencia dispuesto por el Congreso Nacional (600 reales por grupo familiar que llegaron a alcanzar a casi la mitad de la población). Desde que el auxilio fue interrumpido la situación social y política entró en ebullición. Se espera que en abril parte del auxilio sea restituido pero con montos menores y con recortes fiscales compensatorios en diferentes áreas de la Administración Pública.


También desde el poder judicial se estrecha el cerco contra el Presidente y su familia – sus cuatro hijos varones están procesados por delitos varios -, así como aliados del gobierno, como el encarcelamiento del diputado oficialista Daniel Silveira, quien promovía un auto-golpe y la detención de los jueces de la Corte Suprema. Destacados miembros del establishment político y económico abiertamente comienzan a defender la posibilidad de un juicio político contra el Presidente y hasta reconocen que un eventual tercer gobierno de Lula sería preferible al desgobierno de Bolsonaro. En este escenario algunos sectores del Congreso, como el denominado ‘Centrão’ (partidos y representantes del ‘Centro’) que recientemente se habían aproximado al gobierno podrían comenzar a despegarse. El principal apoyo con que cuenta Bolsonaro son las fuerzas armadas. Más de mil militares integran el gobierno, así como policías y numerosos representantes de grupos paramilitares. Difícilmente estos sectores aceptarán pasivamente dar un paso al costado si el escenario continúa deteriorándose, por lo que no debe descartarse una crisis institucional.


Más allá del desconcierto de las últimas semanas y de lo que pueda ocurrir con la pandemia y las elecciones de 2022, el cuadro brasileño futuro luce sumamente enrevesado. Debe entenderse que Bolsonaro es a la vez causa y consecuencia del actual colapso. Nunca un candidato de características tan estrafalarias habría ganado las elecciones en tiempos normales. La derecha tradicional no logró instalar en su electorado un discurso sensato que lo represente, la mayor parte del empresariado y del sector financiero apoyó a Bolsonaro en 2018 como “el mal menor” para evitar un nuevo triunfo del PT, con la promesa de que una agresiva política de liberalización y privatizaciones sería implementada bajo el comando de Pablo Guedes, el cada vez más desprestigiado Ministro de Hacienda. El PT y los distintos sectores de la izquierda, en especial después del malogrado segundo gobierno de Dilma Rousseff, tampoco lograron hacer pie ofreciendo una alternativa superadora. Luego una combinación de campaña sucia, guerra mediática y lawfare terminaron allanándole el camino a la ultraderecha evangelista y paramilitar.


La política brasileña enfrenta contradicciones difíciles de superar. Por un lado, la inmensa mayoría de la clase dirigente adhiere al consenso neoliberal dominante. En torno a este programa convergen desde empresarios y banqueros hasta políticos, militares y académicos. Nada que recuerde al viejo desarrollismo de postguerra y las políticas de sustitución de importaciones está en la agenda política de Brasil desde la década de 1980. En Brasil el neoliberalismo se convirtió en una política de Estado. Incluso el PT no se opone abiertamente a esta orientación, sino que busca conciliarla con cierta dosis de  justicia social y mejoras distributivas moderadas. Por otro, los principales actores económicos ni siquiera están dispuestos a aceptar las políticas de “conciliación de clases” defendidas por el PT, incluso cuando éstas no buscan torcer el rumbo general. Pero a este cuadro se agrega una contradicción aún más rotunda: aunque estas políticas puedan contar con una  aprobación casi unánime, en la práctica no arrojan resultados sostenibles. Desde el año 2015 se adoptaron todas las políticas exigidas por los principales actores del poder económico. Se impuso un severo ajuste fiscal, fue implementada una reforma constitucional que establece un límite estricto a los gastos gubernamentales, se reformaron leyes laborales, fue aprobada una reforma al sistema de jubilaciones y pensiones, se impulsaron privatizaciones. Sin embargo, y precisamente a consecuencia de estas políticas, el PBI per cápita de 2019 (antes de la pandemia) era  aproximadamente un 7% inferior al de 2013, el desempleo abierto pasó de 6% en 2014 a más del 14% en 2019, la inversión cayó a mínimos históricos, se propagan las señales de desindustrialización y hay indicios crecientes de un Estado fallido, de una estatalidad en default, en amplias porciones del territorio. Teniendo en cuenta el tamaño de la población y la economía brasileñas, estas tendencias no podrán revertirse sólo con exportaciones. Se requiere de un impulso doméstico que difícilmente podrá aparecer de insistirse en este rumbo. El drama brasileño tiene por base un abrumador consenso en torno a políticas condenadas al fracaso en cualquier país de dimensiones continentales.


- Eduardo Crespo, Profesor de la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ) en Brasil y de la Universidad Nacional de Moreno UNM) en Argentina. 


 


Diagonales - 17 de marzo de 2021


Publicado en:

http://www.iade.org.ar/noticias/brasil-el-abrumador-consenso-en-torno-politicas-que-no-funcionan

viernes, 4 de diciembre de 2020

EDUARDO CRESPO: "Estos rugbiers, al igual que Maradona, tienen conciencia de clase"


 Gente como uno

Publicado en:

https://twitter.com/ecres70/status/1334507082528264199




jueves, 26 de noviembre de 2020

EL DIEGO ERA MUCHO MÁS QUE UN JUGADOR DE FÚTBOL, por Eduardo Crespo

 


Esas frases que sólo podían salir de la boca de Diego


Publicado en:

https://twitter.com/ecres70/status/1331891894083784704?s=08

lunes, 20 de julio de 2020

La trayectoria rioplatense: Términos de intercambio y complejidad económica, por Eduardo Crespo, Marcelo Muñiz y Fernando García Díaz (para "El País digital" del 19-07-20)

19 de Julio de 2020


OPINIÓN. ¿Los fundamentos del declive argentino surgieron de la nada o fueron el resultado de condiciones previas?

  
Por Eduardo Crespo, Marcelo Muñiz y Fernando García Díaz

(Integrantes del Grupo Geopolítica y Economía desde el Sur Global). 

Cuando se analiza la Argentina, es un lugar común que pasó de ser uno de los países más ricos del mundo en los inicios del siglo XX para luego declinar hasta los días de hoy. Si bien el momento preciso en que se habría perdido la brújula es objeto de acaloradas controversias, la mera constatación del hecho fundamenta las más insólitas interpretaciones sobre cuales debieron ser los ‘errores’ que condujeron al fracaso o en qué habrían consistido las políticas desencaminadas. Tampoco faltan controversias metodológicas y conceptuales. ¿Los fundamentos del declive surgieron de la nada o fueron el resultado de condiciones previas? Por ejemplo, la lectura liberal dominante suele asociar el declive al surgimiento del peronismo, interpretado como un shock histórico, un acontecimiento inexplicable en base a las condiciones históricas precedentes. No habría sido el resultado de una evolución histórica gradual, como los que apunta el neo-darwinismo en biología (1), sino una condición surgida a partir de un salto discreto, como el “Equilibrio Puntado” defendido por Stephen Jay Gould (2). Hoy las interpretaciones basadas en acontecimientos repentinos cuentan con bastante aceptación, especialmente en los estudios de “Historia medioambiental”. Hay cierto consenso de que los dinosaurios desaparecieron debido al impacto de un meteorito y varios estudios recientes apuntan que la caída del Imperio Romano y las catástrofes demográficas de los siglos XIV y XVII fueron facilitadas por fluctuaciones climáticas ocasionadas a causa de volcanes e irregularidades de la radiación solar (3). ¿Podemos interpretar la trayectoria argentina en términos parecidos? Nuestra interpretación es que no se precisa postular ningún evento catastrófico ajeno a nuestra historia y ubicación geográfica.  

Debe entenderse el papel excepcional que desempeñaron en la economía mundial territorios como al argentino a partir del último cuarto del siglo XIX. Como apunta Williamson (4), América Latina, y todo aquello que luego se convertiría en el llamado “tercer mundo”, experimentaron un boom en sus términos de intercambio. Europa demandaba alimentos y materias primas en proporciones inéditas y ofrecía manufacturas a precios de remate. El dramático abaratamiento de los productos industriales era la consecuencia de los aumentos de productividad provocados por la revolución  industrial, incluido la rebaja de los costos de transporte que provocaron los ferrocarriles y los barcos a vapor (5). Esta modificación de precios relativos tuvo efectos diferentes en cada región. Para las sociedades asiáticas fue una catástrofe. La apertura al comercio internacional - en general forzada mediante las armas de Occidente – terminó con sus manufacturas. La relación entre sus recursos naturales y el tamaño de sus poblaciones, por su parte, impedía cualquier inserción exitosa como exportadores especializados en materias primas o alimentos. En 1800 ⅓ de las manufacturas del mundo se producían en China y ¼ en la India. Cien años después sus participaciones se habían reducido a 6,2% y 1,7% respectivamente (6). En América Latina, en cambio, los resultados fueron más favorables. No había una base manufacturera equivalente a la asiática a ser desmontada. Contaba con abundantes recursos naturales y reducida densidad demográfica. Sin industrializarse ni alcanzar la sofisticación tecnológica y capacidad de innovación de Europa o Estados Unidos, esas condiciones fueron suficientes para alcanzar condiciones de vida y niveles de ingreso per cápita superiores a las asiáticos incluso hoy día.

Argentina y Uruguay fueron los países más favorecidos por esta tendencia. No olvidemos que estas condiciones fueron las que facilitaron la consolidación de sus estados nacionales. Dotados con tierras aptas para cultivos templados, fronteras al principio ilimitadas, baja densidad poblacional y un boom de términos de intercambio, en 1930 ambos superaban los PBI per cápita de Alemania, Noruega, Finlandia, Austria y Japón. Uruguay contaba con unos 4300 dólares per cápita y Argentina con 4080, mientras que Alemania, por ejemplo, alcanzaba los 3970. ¿Podemos concluir que Uruguay y Argentina eran países más desarrollados que Alemania? ¿La trayectoria posterior de la “Suiza de América Latina” también debe atribuirse a un shock populista? Hasta la llegada de Hitler al poder en 1933, Alemania tenía más premios nobel en ciencia que Estados Unidos e Inglaterra sumados. Junto con el primero lideró la segunda revolución industrial. Allí tuvieron lugar los avances de la química que hoy ayudan a alimentar aproximadamente un ⅓ de la población mundial y que revolucionaron las condiciones sanitarias del planeta. Al primer automóvil lo construyeron alemanes y fueron de esa nacionalidad las principales figuras de la física del siglo XX (7). ¿El lector recuerda alguna innovación rioplatense de aquellos años?  

El PBI per cápita no puede captar estas condiciones, si bien cualitativas, fundamentales en el largo plazo. Cuando se tiene en cuenta la complejidad tecnológica, las trayectorias económicas parecen responder a factores comprensibles. Aunque los indicadores para estimar complejidad sean limitados y no dispongamos de estadísticas que abarquen todo el siglo XX, existen aproximaciones metodológicas que, al menos desde la década de 1960, parecen anticipar bastante bien las trayectorias futuras. Entre ellas puede mencionarse el índice de complejidad económica, que busca cuantificar el grado de desarrollo del entramado productivo (8). 

En términos de PBI per cápita, por ejemplo, Argentina en 1962 se ubicaba 16º, con 5677 USD per cápita, mientras que Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes lideraban el ranking (Qatar incluso duplicaba el PBI per cápita estadounidense). Japón todavía se encontraba por debajo de Argentina, con 4800 USD, Corea del Sur, con 1245 USD, se colocaba en la posición 64 y China, con 141 USD , en el puesto 92, entre los más bajos junto a varios países del África Subsahariana. Pero en términos de complejidad los petroleros se encontraban en posiciones muy bajas. Japón, Corea del Sur y China, en cambio, ya superaban a la Argentina: Japón se ubicaba 8º, Corea del Sur 23º, China 30º y Argentina 64º. En otras palabras, aunque Japón, Corea del Sur y más tarde de China, por motivos geopolíticos ausentes en América Latina, contaron con el fundamental apoyo económico estadounidense, sus niveles de complejidad ya eran significativamente superiores a los latinoamericanos. No debería sorprender que Japón y Corea del Sur hayan superado los PBI per cápita de nuestros países, así como China hará lo propio en breve. El caso de los petroleros, en cambio, es paradigmático. Los PBIs per cápita de Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Kuwait y Qatar son hoy significativamente inferiores a los que registraban en 1973. El punto de inflexión no coincide con shock populista alguno, sino con un pico de sus términos de intercambio debido a las fluctuaciones del precio del crudo.


Gráfico 1. Evolución del índice de complejidad, países seleccionados 1962-2014



Fuente: Elaboración propia en base a Comtrade



Estas diferencias quedan de manifiesto cuando se examina la composición de las canastas exportadoras. Japón y Corea del Sur ya registraban ventajas significativas en manufacturas industriales desde comienzos de los 60s, en contraposición a la especialización primaria de la Argentina y Uruguay.


Gráfico 2. Ventajas manufactureras de la Argentina, Corea del Sur y Japón 1962-2014





Fuente: Elaboración propia en base a Comtrade. 



Nota: el gráfico muestra la proporción de manufacturas (capítulos cinco al ocho de la Clasificación Internacional Estándar del Comercio) en el total de bienes en los cuales el país es "intensivo" en exportaciones. Asimismo, definimos la canasta de bienes exportados de manera intensiva considerando las posiciones que poseen mayor participación en la canasta exportadora del país que en la canasta exportadora promedio mundial.


Las coyunturas favorables no duran para siempre. Aquella que favorecía al Río de la Plata en las primeras décadas del siglo XX, tampoco. Los países ajenos al desarrollo tecnológico y que funcionan en base a la exportación de unas pocas materias primas con reducidas barreras a la entrada, a la larga son comparativamente pobres. Argentina y Uruguay no fueron excepciones. Eran circunstancialmente ricos y estructuralmente subdesarrollados. Aprovecharon el viento a favor, debe concederse, para alfabetizar, importar infraestructuras europeas y darle a Buenos Aires y Montevideo cierta arquitectura y aspiraciones parisinas. Pero cuando estas condiciones cambiaron, luego de la crisis de la década de 1930, al igual que toda la región, debieron embarcarse en complicados procesos de sustitución de importaciones que buscaron aumentar la complejidad y  diversidad de sus actividades productivas. Los resultados desde entonces fueron dispares y el tamaño absoluto de las economías parece haber jugado un papel determinante, quizás debido a la oportunidad de aprovechar economías de escala. Fue así como hasta mediados de los setenta Brasil, México y Argentina, en ese orden, cosecharon los mejores resultados. Brasil multiplicó su PBI por cápita por 4, México por 3 y Argentina por 2.

Desde entonces, en cambio, la fortuna de los países se revirtió. Los procesos de apertura, desregulación y liberalización financiera, modificaron las tendencias observadas en los años de la ISI. Las economías que alcanzaron mayores niveles de industrialización y complejidad, en especial otra vez Brasil, México y Argentina, registraron peores resultados en materia de crecimiento (9). Los países que quedaron relegados a las actividades más simples, como Chile, Perú, o incluso Uruguay, en cambio, en general tuvieron performances más auspiciosas. Estas evidencias quizás respondan otra vez a un nuevo ciclo de términos de intercambio e incentivos oriundos del comercio internacional. Así como la Revolución industrial europea y la apertura forzada por el “imperialismo de libre comercio” (10) provocaron la desindustrialización de las entonces complejas economías asiáticas en el siglo XIX y tuvieron efectos comparativamente favorables en América Latina, la presente Revolución Industrial en Asia, unida a las fuerzas neoliberales y aperturistas globales, comprometen la residual complejidad de las mayores economías latinoamericanas, así como colocan una presión creciente sobre amplios sectores productivos de Europa y EEUU. Competir con los estándares organizativos, las escalas de producción y la capacidad de planificación estatal chinos, no parece tarea sencilla para ninguna industria del mundo. Las economías más simples y complementarias, sean latinoamericanas e incluso africanas, en cambio, parecen haberse acomodado mejor a la tendencia. Quizás las protestas en Chile del año pasado muestren también el límite social de estas inserciones. Sin embargo, esta es una de las razones que explican, interpretamos, la denominada “trampa del ingreso medio”, según la cual varias de las economías que en su momento alcanzaron niveles de desarrollo y complejidad promedios ahora parecen haberse estancado (11).

Dado que el comercio internacional suele favorecer a algunos sectores y perjudicar a otros, la economía política de estas transformaciones suele ser bastante cristalina (12). Desde David Ricardo sabemos que el libre comercio aumenta la rentabilidad del capital (al menos en aquellas actividades que sobreviven a la competencia) y abarata los bienes de consumo para aquellos que conservan sus empleos. De allí provienen las voces que defienden la apertura, los acuerdos de libre comercio y las inconveniencias de la intervención estatal. Cualquier política que recuerde los tiempos de la ISI, o promueva ciertos sectores, es estigmatizada como arcaica, aislacionista, distorsiva y corrupta. En el mejor de los casos, los gobiernos deberían gestionar el tipos de cambio y mantener bajo control las cuentas fiscales. Debe recordarse, no obstante, que la clave del desarrollo radica en la complejidad productiva. Ningún milagro de precios relativos revirtió las asimetrías surgidas a fines del siglo XIX entre países con organizaciones productivas complejas y países de estructuras simples y reducida diversificación. Los pocos que con ayuda externa - recibida por relevancia geopolítica y no por gestos de obsecuencia- consiguieron desarrollarse, fueron aquellos que lograron derribar barreras a la entrada (y crear las propias) desarrollando sus capacidades científicas y tecnológicas. Las condiciones materiales de vida de la población no dependen tanto de la suerte como del desarrollo de las fuerzas productivas. Debería ser evidente, aunque sea necesario recordarlo.



Sobre los autores

Eduardo Crespo es profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y de la Universidad Nacional de Moreno (UNM).

Marcelo Muñiz es profesor de la Universidad Nacional de Moreno (UNM) y de la Universidad del Salvador (USAL).

Fernando García Díaz es economista de la UBA. 



Notas 

1. Enfoques como los ofrecidos en el clásico best seller “El Gen Egoísta” de Richard Dawkins, editorial Salvat, 2000.

2. Stephen Jay Gould “Punctuated Equilibrium”. Belknap Press of Harvard University Press, 2007.

3. Kyle Harper “The Fate of Rome. Climate, Disease, and the End of an Empire”. Princeton University Press, 2017 y John L. Brooke “Climate Change and the Course of Global History”, Cambridge University Press, 2014.

4.  Jeffrey Williamson “Trade and Poverty. When the Third World Fell Behind” MIT, 2011.

5. Ronald Findlay & Kevin O’Rourke “Power and Plenty”, Princeton University Press, 2007. 

6. Paul Bairoch “International industrialization levels from 1750 to 1980”. Journal of European Economic History 11:269–331, 1982.

7. Peter Watson “The German Genius: Europe's Third Renaissance, the Second Scientific Revolution, and the Twentieth Century” Harper, 2010.

8. El índice de complejidad económica surge de la metodología propuesta por Hidalgo & Hausmann. En dicho marco, se entiende por "complejidad" económica al despliegue de las fuerzas productivas en sentido amplio, siendo éste aproximado mediante un análisis de la diversidad y la sofisticación de la canasta exportadora de cada país. Los detalles pueden consultarse en Hidalgo & Hausmann, "The building blocks of economic complexity", PNAS, 2009. Ver también Hausmann, R., Hwang, J. & Rodrik, D. What you export matters. J Econ Growth 12, 1–25 (2007). https://doi.org/10.1007/s10887-006-9009-4. 

9. Debemos esta observación al profesor Esteban Kiper.

10. Gallagher, John and Ronald Robinson. "The Imperialism of Free Trade," The Economic History Review, 1953.

11. Barry Eichengreen, Donghyun Park, Kwanho Shin “Growth Slowdowns Redux: New Evidencie on the middle-income trap”. https://www.nber.org/papers/w18673. 

12. Ronald Rogowski “Commerce and Coalitions. How Trade affects Domestic Political Alignments”. Princeton University Press, 1990.

Publicado en:
https://elpaisdigital.com.ar/contenido/la-trayectoria-rioplatense-trminos-de-intercambio-y-complejidad-econmica/27614?s=09

domingo, 10 de mayo de 2020

El falso dilema entre salud y economía, por Eduardo Crespo y Ariel Dvoskin. (para "El País Digital" del 08-05-20)


 Para que la humanidad eluda su extinción será necesario que el capitalismo se reforme o desaparezca, plantean los economistas Eduardo Crespo y Ariel Dvoskin.

  
Por Eduardo Crespo (UFRJ, UNM) y Ariel Dvoskin (CONICET-IDAES/UNSAM)



A raíz de la pandemia del Covid-19, diversos analistas, especialmente en medios de comunicación, plantean la disyuntiva salud o economía. Los voceros “pro mercado” proponen terminar con el aislamiento. Aducen que las potenciales víctimas que acarrearía el retorno de las actividades son un costo indeseado pero más que compensado por los efectos catastróficos que la continuidad de la cuarentena tendría sobre el empleo, la solvencia de empresas, las cadenas de pago, la confianza de los inversores frente un país que está renegociando su deuda externa. Después de todo, arguyen, las gripes comunes causan víctimas fatales todos los años y no por ello se dispone el cese de la actividad económica. Desde el progresismo responden que la prioridad es la salud de la población, y apelan al lema “el PBI perdido puede recuperarse, las vidas no”, aprobando de esta forma la validez del dilema que instalan los primeros. Serían entonces causas de naturaleza estrictamente “moral” las que justificarían la decisión de optar por la salud relegando así la economía.    

Ambas posiciones pierden de vista que la salud es un bien ‘básico’ o ‘necesario’ en el sentido otorgado por los economistas clásicos (ver nota 1). Un bien de este tipo participa, directa o indirectamente, en la producción de todos los otros bienes del sistema económico. A diferencia de los bienes de ‘lujo’, es decir, aquellos que no son necesarios para producir otros bienes, sin básicos no es posible elaborar ninguna mercancía. Debería ser claro por qué el sistema de salud, así como la agricultura o la energía, brinda bienes de este tipo. Sencillamente se necesitan “trabajadores sanos” para realizar cualquier actividad productiva. Sin ellos no es posible ninguna producción.

El costo de retomar la actividad económica no equivale únicamente a los directamente afectados, incluidas las víctimas fatales, como aducen quienes defienden posiciones progresistas. El verdadero costo incluye un eventual colapso del sistema de salud que también comprometa otras actividades básicas, como la provisión de energía, luz eléctrica, agua, alimentos. La necesidad del aislamiento no es sólo una cuestión moral, sino, esencialmente, una necesidad eminentemente económica.      

La respuesta progresista centrada en las motivaciones morales del aislamiento es atendible pero limitada, porque implícitamente asume que la salud es un bien de lujo, prescindible para el resto de las actividades económicas. No sorprende que esta limitación sea aprovechada por los voceros del mercado, quienes hábilmente apelan al argumento sentimental que coloca a los más pobres, especialmente los trabajadores informales, como las principales “victimas” del aislamiento. “Quien tiene el sustento asegurado”, argumentan, “pueden darse el lujo de quedarse esperando cómodo en su casa… En cambio, quienes tienen que ganarse el pan todos los días, quienes tienen hijos para alimentar, no disponen de más alternativa que volver a sus trabajos”. Pocos responden algo que debería ser obvio para todos: la salud no es un (bien de) lujo. Si el trabajador de turno, muere, o agoniza, nadie le dará de comer a sus hijos, especialmente si se imponen los criterios de los voceros del mercado. Si colapsa el sistema de salud arrastrando consigo otras actividades básicas, ni siquiera dispondrán de las condiciones materiales mínimas para volver a sus actividades.  

Esta constatación deja abierto el interrogante de cómo asegurar la subsistencia de quienes no cuentan con ingresos fijos y evitar la ruptura generalizada de contratos por la interrupción de la cadena de pagos. ¿Es imposible en el capitalismo atender estas urgencias sin condenar a la muerte a miles, quizás millones, de personas y comprometer incluso la provisión de bienes y servicios básicos por el colapso de los sistemas de salud? ¿Era tan frágil el sistema a fin de cuentas? Interpretamos que la respuesta es negativa. Existen sobrados indicios de que el capitalismo fue una adaptación organizativa a la omnipresencia de la guerra y a las restricciones ambientales de la Europa pos-medieval, casualmente el escenario que siguió al gigantesco desastre de la Peste Negra (1346-1351) (ver nota 2). El capitalismo desde entonces enfrentó innumerables cataclismos como las guerras religiosas y los desastres ambientales en el siglo XVII y las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. Después de la segunda guerra mundial, bajo el liderazgo norteamericano, fue organizado en escala global con el cometido de enfrentar a la URSS en una competencia que involucraba, además de la carrera militar, la obligación de que la prosperidad también alcanzara a las capas más humildes de la población, un arma ideológica en la lucha contra el comunismo que resultó ser más eficaz que misiles y bombas atómicas, máxime teniendo en cuenta que dicha prosperidad – al menos en las fronteras calientes de Europa y Asia- fue sin dudas mayor que en el bloque rival. Eran los tiempos de la “era de oro del capitalismo”.

Ese capitalismo habría enfrentado el Covid-19 sin mayores inconvenientes. Recuérdese que la tasa de mortalidad de esta pandemia ronda el 1% de los infectados. No son los números devastadores de la Peste Negra y los gérmenes que diezmaron a las poblaciones originarias de América en los tiempos de la conquista. Pero el capitalismo neoliberal no fue organizado para enfrentar a la URSS ni para seducir a los trabajadores ante una alternativa comunista. Cuando daba sus primeros pasos, la URSS y sus satélites lucían como ilusiones frustradas. El capitalismo neoliberal, al contrario, nació para morigerar expectativas salariales e inclinar la balanza del poder social en favor de los propietarios. Para comprobarlo basta observar cómo evolucionó la distribución del ingreso allí donde imperó sin restricciones. Para este capitalismo, algo tan sencillo como subsidios temporales para garantizar la subsistencia de trabajadores informales y evitar la quiebra de Pymes, o la sanción de impuestos extraordinarios para las grandes fortunas, son medidas al parecer inalcanzables y que colocan a una parte de la ciudadanía en pie de guerra. Medidas mucho más ambiciosas fueron aceptadas sin mayores reparos ideológicos cuando se organizaron las economías de guerra que soportaron las grandes conflagraciones militares del siglo XX. El historiador Walter Scheidel (Ver nota 3) considera que la segunda guerra mundial fue el principal “Nivelador” que facilitó la distribución progresiva del ingreso en Occidente.

El capitalismo neoliberal, en cambio, semeja un castillo de naipes ante el desafío de una pandemia de efectos comparativamente leves. ¿Sobrevivirá el neoliberalismo a la pandemia? Seguramente, pero el Covid-19 puso al descubierto su debilidad esencial. Desde ahora será cada vez más evidente que esta organización social es incapaz de enfrentar con eficacia los desafíos planetarios que nos depara el futuro. Aunque los desencadenantes últimos del Covid-19 aún son inciertos, no es improbable que sea la punta del iceberg del calentamiento global, la reducción de la diversidad biológica y la planetaria alteración de ecosistemas. Para que la humanidad eluda su extinción será necesario que el capitalismo se reforme o desaparezca.

Notas:

1. La tradición de la economía política clásica se remonta en Inglaterra a William Petty y en Francia a François Quesnay, culminando en las obras de Adam Smith y David Ricardo. Karl Marx también fue un heredero de esta tradición, mientras que en el siglo XX contó con varios seguidos, como Piero Sraffa , Pierangelo Garegnani y Krishna Bharadwaj, entre otros.  

2. Patel, Raj; Moore, Jason W.A History of the World in Seven Cheap Things: A Guide to Capitalism, Nature, and the Future of the Planet. University of California Press, 2017.

3. Walter Scheidel “El Gran Nivelador” Editorial Crítica 2019.

Publicado en:
https://www.elpaisdigital.com.ar/contenido/el-falso-dilema-entre-salud-y-economa/26828

lunes, 4 de abril de 2016

LA FALACIA DEL EQUILIBRIO GENERAL, por Eduardo Crespo (para CASH del 03-04-16)

COMENTARIOS A LA EXPOSICION DE FEDERICO STURZENEGGER EN LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS ECONOMICAS


Más allá de la popularidad de las versiones simplificadas que utilizan los manuales, en términos estrictamente analíticos la teoría del equilibrio general sigue siendo un fracaso. El atraso en cuestiones teóricas del titular del BCRA.

 Por Eduardo Crespo *

Pocos días atrás, el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, realizó una exposición en la Academia Nacional de Ciencias Económicas bajo el título “El uso del concepto de equilibrio general en su aplicación a la política monetaria”. Sturzenegger aboga por la utilización de un enfoque metodológico fundado en la teoría marginalista del equilibrio general, que considere los problemas económicos teniendo en cuenta “todas las implicancias y efectos colaterales que podrían tener”. Rechaza con ironía el uso generalizado de enfoques basados, según su opinión, en la ‘falacia’ del ‘equilibrio parcial’, que extrae conclusiones equivocadas a partir del análisis aislado de ciertos ajustes.

Alfred Marshall, creador de la metodología del equilibrio parcial, advertía la dificultad para extraer conclusiones precisas y generales a partir de las ‘largas cadenas de razonamientos” y complejos ajustes implicados en la metodología del equilibrio general. La historia le dio la razón. Pasaron ya 142 años desde la publicación, en 1874, de la primera versión del equilibrio general por León Walras. Sus cultores, incluso valiéndose de supuestos heroicos e instrumentos matemáticos cada vez más sofisticados, aún no pudieron demostrar que de existir un equilibrio de este tipo las economías efectivamente tenderían hacia allí. Tampoco pudieron demostrar que este equilibrio sería estable y ni siquiera único. Más allá de la popularidad de las versiones simplificadas que utilizan los manuales, en términos estrictamente analíticos la teoría del equilibrio general sigue siendo un fracaso.

Pero el propósito de Sturzenegger es otro. En su presentación no discute temas abstractos. Trata de la política monetaria de todos los días. A modo de ejemplo, para el presidente del Banco Central un aumento de las tarifas de energía no debería generar inflación. ¿Por qué? Porque las ‘familias’ enfrentan una ‘restricción presupuestaria’ basada en un ingreso nominal fijo. En palabras suyas: “en el ejercicio mental que proponemos, hay un precio que sube. Pero por otro lado incorporamos al análisis la restricción presupuestaria que enfrenta la familia. Esa restricción presupuestaria se basa en que las familias tienen un cierto ingreso nominal, que no cambiamos (…) y ese es el ingreso que las familias tienen para gastar en todos los bienes. Entonces cuando un precio sube, es claro que la restricción presupuestaria implica que se puede gastar menos en los otros bienes, y que el precio de estos bienes debería bajar. El resultado final, si asumimos que la demanda por saldos reales no cambia, es que los precios finales, en promedio quedan constantes. En este caso (...) los efectos de las tarifas sobre los precios seria nulo.”

El primer error es desconocer que la energía no es demandada únicamente por familias. También la demandan empresas, que normalmente trasladan los aumentos de costos a precios. Pero el problema principal está en la lógica del argumento. Si los precios de los ‘factores de producción’ no se modifican, es decir, si los salarios y la remuneración del capital en términos monetarios siguen siendo los mismos, ¿por qué deberían reducirse los precios de las otras mercancías cuando se reducen sus demandas, incluso cuando suben los costos por el encarecimiento de la energía?

Por lo visto Sturzenegger imagina que los bienes “caen del cielo”, ya que parece desconocer que su producción conlleva costos. ¿Acaso las empresas aceptarían vender a pérdida? Incluso si admitimos esta extraña posibilidad como solución de corto plazo, es de esperar que pasado cierto tiempo la oferta por estos productos se reduzca y sus precios aumenten. El razonamiento de Sturzenegger podría funcionar en una subasta de muebles usados, pero nunca en una economía capitalista moderna donde las mercancías se reproducen en forma regular. El único modo de reducir los precios finales sería a través de una caída de los precios de los ‘factores’, en otras palabras, si se contraen los salarios y/o las ganancias de las empresas. Pero esto es precisamente lo que cuestiona el presidente del Central al negar los efectos inflacionarios de la suba de tarifas. Por otra parte, ¿qué debería suceder cuando quienes perdieron al principio reclaman luego una recuperación del poder adquisitivo perdido? ¿Qué ocurre, por ejemplo, si existen paritarias?

Todo el razonamiento del banquero central se basa en la presunta existencia de un stock fijo de moneda milagrosamente controlado por la banca central (es decir, por él mismo) que impediría se lleven a cabo transacciones más allá de un monto monetario fijo. Esta sería la situación normal, según sus palabras, exceptuando se modifique la “velocidad de circulación del dinero”, contingencia que en su opinión ‘rara vez’ ocurre. El presidente parece desconocer que los agentes públicos y privados, en especial los bancos, diariamente lanzan a la circulación –o retiran de ella– una enorme variedad de activos monetarios, con independencia de los Bancos Centrales. Toda vez que un banco concede un préstamo ‘emite’ moneda. Los sistemas de crédito de las economías modernas, donde las innovaciones financieras son la regla, no guardan ninguna relación necesaria con la pequeña porción de activos monetarios que controlan las bancas centrales. En la actualidad este es un hecho universalmente aceptado por la mayor parte de la literatura internacional, con excepción de aquella que circula en las desactualizadas universidades argentinas.

Frente a un proceso inflacionario, lo que usualmente ocurre es que las empresas demandan mayores volúmenes de crédito, los Estados nacionales, provinciales y municipales precisan más dinero para cumplir con sus obligaciones y los bancos -públicos y privados- a la larga precisan hacerse de mayores reservas, lo que obliga a los Bancos Centrales a proporcionarlas, para evitar el colapso del sistema. La inflación genera emisión. Si bien el presidente del Central parece admitir este mecanismo cuando alude al ‘dinero pasivo’, rápidamente pasa a otros ejemplos más afines al rancio monetarismo que domina toda su exposición. En términos empíricos llama la atención que el presidente del Banco Central subestime, como en efecto lo hace, los efectos inflacionarios del tarifazo, la quita de retenciones y la reciente devaluación. En un país que sigue sin contar con cifras oficiales es normal que se diga cualquier cosa sobre la inflación, sus causas y sus remedios. Lo grave es que el presidente del Banco Central no sea una excepción a esta regla.

Luego plantea una llamativa relación entre el ahorro y la inversión: “los países que ahorran mucho no son países con falta de demanda crónica, sino con altas tasas de inversión. Si fuera cierto que el ahorro no genera demanda agregada, China debería ser el país mas recesivo del mundo”. De esta frase se deduce que el banquero central desconoce una identidad contable elemental: para la economía en su conjunto siempre el ahorro es igual a la inversión. La inversión efectiva puede diferir del hipotético ahorro de plena ocupación, nunca del ahorro efectivo ex post. También parece desconocer la teoría keynesiana. El punto no pasa por identificar la inevitable correlación estadística entre el ahorro y la inversión. Para un macroeconomista la cuestión pasa por saber la dirección de causalidad. Es decir, si el primero determina la segunda o viceversa. Para Keynes la inversión determina el ahorro al modificar el nivel agregado de ingreso. Cuando se cumplen 80 años de la publicación de la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, es preocupante que el presidente de nuestro Banco Central desconozca su contribución principal.

Este desconocimiento se hace aún más notorio en el siguiente pasaje: “otro ejemplo muy común, tiene que ver con el plan Procrear. Según sus impulsores son programas que generan una gran expansión en la demanda agregada, pero lo que nunca se toma en cuenta es que la utilización de los recursos para ese fin los detrae de otro lado (…) Es que lo que se aumenta por un lado se saca por otro”.

La idea de que toda utilización de un recurso en cierta actividad implica su retiro de otra, parte del supuesto de que los recursos siempre están plenamente ocupados en su máximo nivel de eficiencia. Domina el pleno empleo, los recursos son ‘escasos’. La economía para Sturzenegger se auto-regula por mecanismos que funcionan a la perfección. Así, por ejemplo, podríamos concluir que el Conicet y las universidades públicas, no hacen más que detraer científicos a McDonald’s, remiserías, rotiserías de barrio y universidades del exterior. En este mundo de ensueños macroeconómicos no existe el desempleo, el subempleo, la sobre-calificación, los movimientos migratorios. La oferta de recursos nunca responde a los movimientos de la demanda agregada. Tampoco se observan las innumerables estrategias de supervivencia de la economía informal, donde millares de personas sobreviven en actividades de ínfima productividad.

Si las economías reales se desempeñasen así, los economistas, como el propio Sturzenegger, serían innecesarios. En efecto, en un mundo sin enfermedades los médicos serían redundantes. Pero las enfermedades, como los problemas económicos, existen. En la vida real el empleo de un recurso en cierta actividad contribuye al empleo de otros recursos en otras actividades. Esto se conoce como “efecto multiplicador”. El trade off entre usos alternativos es una falacia del equilibrio general.

* Economista.
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