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lunes, 13 de abril de 2015

NISMAN EN LA ERA DE LOS GOLPES BLANDOS, por Rubén Dri (para "La Tecl@ Eñe" de abril de 2015)





Luego de una década de transformaciones que produjeron los gobiernos kirchneristas, y de sucesivos movimientos destituyentes como corridas cambiarias y “levantamiento” de las policías de todo el territorio, que no produjeron los resultados buscados, se les presentó a las fuerzas externas e internas, una ocasión que  vieron como precisa para producir una verdadera “Blitzkrieg” contra el gobierno de Cristina. El “héroe” elegido para tamaña hazaña fue Alberto Nisman, fiscal que debía investigar el atentado a la AMIA, pero que siguió los dictados de los gobiernos de Estados Unidos e Israel. Nisman, una verdadera “quinta columna”.


Por Rubén Dri*

(para La Tecl@ Eñe)
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Ilustración: Luis Felipe Noé
La primera década del siglo XXI fue, para gran parte de los pueblos latinoamericanos, el resurgir de las cenizas del incendio que fue la década del 90 bajo la hegemonía absoluta del neoliberalismo pergeñado en las oficinas de Washington. Mientras el imperio desplegaba sus fuerzas de destrucción masiva en las regiones del Medio Oriente y alrededores, y se embarullaba en un laberinto sin salida, en América Latina se abría paso una nueva experiencia, la de gobiernos populares.

En nuestro país el neoliberalismo, implementado en su mayor parte con la legitimación peronista, y llevado a su culminación con la concurrencia del radicalismo y sectores denominados “progresistas”, derrapó definitivamente en la pueblada, o las puebladas, del 19-20 de diciembre de 2001, y días sucesivos.

La ciudad de Buenos Aires cambió radicalmente de aspecto. En lugar de los coches que diariamente obstruían las diversas arterias, una oleada de de asambleas y de marchas llenaba las calles que parecían caminos transitados por verdaderos hormigueros humanos. Sectores populares de diversos niveles, sectores clase-medieros, trabajadores, desocupados, villeros, amas de casa, se reunían, discutían, caminaban.

Una marea de seres humanos, una “multitud” diría Negri,  que creía descubrir en ella al nuevo sujeto de la liberación, inundaba todos los espacios públicos y echaba de ellos a todo sujeto que oliese a alguna estructura política. El tsunami que arrasó con el neoliberalismo se llevó puesta también a la política. Parecía imposible pasar de la primera negación, o en otras palabras, de la destrucción.
Pero en el 2003, desde las frías estepas patagónicas del sur apareció un hombre de aspecto nada atractivo y de nombre raro y difícil, que vino a rescatar la política como instrumento fundamental de liberación y ponerla en manos del pueblo. Se sumaba así Argentina a la etapa de la reconstrucción de la patria Grande Latinoamericana, que había comenzado la Venezuela Bolivariana en 1994.
Nuevos aires latinoamericanos que retomaban las banderas de Artigas, San Martín, Bolívar, Sandino, truncadas por la agresividad del imperio británico en primer lugar, y norteamericano después.

En nuestro país resonaban en esta reconstrucción las proclamas de Perón: “Una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana” que se traducían en Venezuela como el “socialismo del siglo XXI; en Bolivia como el  “socialismo comunitario”, en Ecuador, como la “revolución ciudadana”, entre nosotros como “crecimiento con inclusión” y en todos como al sociedad del “buen vivir”.
Momento señero de este proceso fue la Cumbre de Mar del Plata en el 2005, y más precisamente el 4 de noviembre de ese año, cuando el gran Hugo Chávez habló de las palas que habían traído para enterrar al ALCA, exclamando ¡ALCA, ALCA, al carajo!
Mucho se avanzó en la década, tanto en el nivel teórico, de conciencia, como en el práctico, de materialidad. Por una parte, en la convicción de que era posible liberarse de las garras imperiales y construir desde uno mismo, desde las bases, desde la propia historia. Por otra, en la puesta en marcha de iniciativas y estructuras como Mercosur, Unasur, Celac, Alba. La Patria Grande es un sujeto que asoma, que se afirma, que se muestra.

Está claro que semejante osadía no iba a ser permitida por el imperio que veía de esa manera cómo su “patio trasero” se transformaba en un amplio espacio de vida y libertad. Como quien despierta de un sueño abrió los ojos y vio que estaba siendo desalojado de donde hasta no hacía mucho era amo y señor. Como en una pesadilla vio que “Cuba” se extendía por toda América Latina.
No podía ser, no lo podía permitir. Inmediatamente reactivó la IV Flota (en el 2008, precisamente cuando sus aliados, las corporaciones agrarias, cortaban las rutas con prepotencia inusitada, queriendo hacer girar las ruedas de la historia hacia atrás), activó las bases que tenía en suelo latinoamericano e implantó otras y comenzó a aplicar lo que ya había teorizado, los “golpes de Estado” denominados “blandos”.

Estados Unidos tiene la perentoria necesidad de “recuperar” la parte de dominio sobre el “patio trasero”, tarea para la cual cuenta con preciosos aliados internos de los países que constituyeron dicho patio (en nuestro caso, las grandes corporaciones económicas y mediáticas y “políticos” que forman parte del conglomerado de la oposición)  y externos como los Fondos Buitre y el Estado de Israel.
Para un análisis de la marcha del proceso golpe-blando en nuestro país, es fundamental no perder de vista los sucedido en el 2008 con el denominado “conflicto del campo”, en el que el accionar de los sectores golpistas, generalmente denominados “destituyentes”, tuvo como efecto “no deseado” la clarificación de los campos antagónicos, una realidad siempre actuante en nuestra historia, desde el 25 de mayo de 1810, aunque muchas veces lo haga de manera subterránea.
El golpismo de la movilización campestre fue confesado claramente por algunos pesos pesados de sus participantes, como Biolcati, el entonces presidente de la Rural en diálogo con un golpista de toda la vida, como Grondona, y Buzzi, el entonces presidente de la Federación Agraria.

Es necesario aclarar, sin embargo, que la lógica del “golpe blando” no responde a la “Blitzcrieg” o a la sola “guerra de movimiento” del golpe duro. Combina “guerra de posición”, guerra de trincheras, negociaciones. Por otra parte siempre tiene un objetivo de máxima, la destitución del gobierno y su reemplazo por otro que responde a los intereses de las fuerzas destituyentes.
Pero hay también objetivos de mínima que se sintetizan en lo que el golpista Buzzi expresó cuando se daba el movimiento destituyente de las corporaciones agrarias, el “desgaste” del gobierno que, a la larga, debe terminar con su sustitución, ya sea por un golpe propiamente dicho, o por elecciones que el gobierno finalmente pierda.
Después de una década de transformaciones que produjeron los gobiernos kirchneristas, y de sucesivos movimientos destituyentes como corridas cambiarias y “levantamiento” de las policías de todo el territorio, que no produjeron los resultados buscados, se les presentó a las fuerzas externas e internas, una ocasión que  vieron como precisa para producir una verdadera “Blitzcrieg” contra el gobierno de Cristina.
El “héroe” elegido para tamaña hazaña fue un tal Alberto Nisman, fiscal que debía investigar el atentado a la AMIA, la mutual judía, fiscal argentino, pero que en la investigación seguía los dictados de los gobiernos de Estados Unidos e Israel. Nisman, una verdadera “quinta columna”.

La geopolítica de esos dos Estados obligaba al “obediente” fiscal a dirigir la investigación (¿se puede llamar a eso “investigación?) contra Irán, dejando fuera de juego tanto la pista Siria como la local. Eso imponían los intereses de las dos potencias citadas a las que Nisman obedecía.

Como las respectivas cancillerías de Argentina e Irán habían firmado un memorándum de entendimiento para que los ciudadanos iraníes acusados del atentado pudiesen ser indagados por el fiscal argentino, vieron la oportunidad de utilizar ese instrumento como prueba del compromiso del gobierno de Cristina de exculpar al “terrorista” gobierno iraní del atentado.
A esa oportunidad se le agregó otra o, en realidad “la” oportunidad de ligar el “terrorismo” del gobierno de Cristina con el “terrorismo” del gobierno iraní. Esa oportunidad se llama “Charly Hebdo”.  

El terrorismo ya no se limitaba a las regiones orientales, sino que se hacía presente en el centro de Europa, provocando una masiva reacción que se manifestó en multitudinarias marchas. “Todos somos Charly” y “yo soy Charly” estaban gravados en las pancartas y en los pechos. ¡Todos contra el terrorismo!
Nada más oportuno que remachar ese hierro candente. Alberto Nisman, el que teóricamente investigaba el atentado a la AMIA, se encontraba de vacaciones en Europa. Había que hacerlo volver inmediatamente y hacer pública una denuncia de encubrimiento del terrorismo en el que habría incurrido la presidenta.  El terrorismo que había masacrado al equipo de Hebdo, era protegido por la presidenta.

Pero en realidad la bomba resultó un inocente petardo. Tanto es así que  jueces, fiscales y abogados se llamaron a silencio. Las “amigas diurnas” del fiscal se encargaron de inflar la denuncia y anunciar con bombos y platillos que Nisman se presentaría en el congreso para presentar la denuncia contra la presidenta y responder a las sin duda “amigables” preguntas de la oposición al gobierno.
La movida fracasó cuando el Frente para la Victoria exigió que la presentación de Nisman fuese pública. Un verdadero tembladeral en las fuerzas golpistas, porque la denuncia del fiscal era un verdadero “mamarracho”, como dijera Aníbal Fernández. Los frentistas para la victoria ya paladeaban un verdadero festín.

Ese fracaso preanunciado es el que explica la muerte de Nisman. Puede ser un suicidio, que es lo más probable, o un homicidio. Nada cambia en cuanto al motivo de su muerte. Debía morir porque de esa manera se mataban dos pájaros de un tiro. Por una parte, se evitaba el bochorno de la presentación de una denuncia contra la máxima autoridad política que en realidad era la acusación de haber cometido algo que puede ser cualquier cosa menos un delito. El juez Rafecas le dio el “responso” a la acusación.
Por otra parte, y esto es lo fundamental, se podía acusar a la presidenta de haber mandado asesinar a quien había tenido el valor de denunciarla como protectora del terrorismo. Más, como quien había transformado al Estado en un Estado criminal. Es lo que se hizo. Clarín, La Nación, Perfil, los Canales de Televisión, las radios, batieron el parche sobre el asesinato promovido por la “yegua” y la valiente denuncia de Nisman que alcanzaba, de esa manera, la estatura de los grandes héroes.

La confección de la estatua de héroe se hizo el 18F  con una multitudinaria marcha bajo la lluvia. Como se sabe las estatuas de barro no resisten el agua. Se disuelven. Eso pasó con Nisman. No se alcanzó a terminar la estatua que ésta comenzó su disolución bajo la persistente acción del agua que se presentó en las figuras de “malversación de caudales públicos, cohecho y peculado”.
Y como frutilla para el postre de la clase media gorila cuyos integrantes ostentaban el “yo soy Nisman”, aparecieron las “amigas de la noche” que sacudieron sus “almas bellas”, impolutas. Miguel Rep graficó la escena de los carteles “Yo soy Nisman” yendo a parar al tacho de basura.

¿Qué queda, pues, de la bomba que debía hacer saltar por los aires el gobierno de Cristina? Quedan las dudas que se sembraron. Para que no se disipen hay que mantener las dos causas, la de la falsa denuncia y la de la muerte del fiscal.  Pollicita, y Moldes por una parte, y Arroyo Salgado, por otra, están en la tarea.

Hasta aquí habíamos llegado el 24 de marzo en nuestras reflexiones, cuando se produce el fallo de la Cámara I de la Cámara Federal que manda la denuncia de Nisman al “agujero de la nada más absoluta” en la que  ya se habían perdido los ilustres Pollicita y Moldes y ahora los acompaña  el gran Joaquín Morales Solá. Seguirán los esfuerzos para mantener en pie la denuncia, a pesar de la advertencia hecha por la Cámara en el sentido de que “los estrados penales no son las tablas de un teatro ni sus expedientes el celuloide de una película, o que una persona deba quedar sometida a los influjos de un proceso criminal sin otra razón más que la publicidad de su figura”.
       
Buenos Aires, 26 de marzo de 2015.


*Filósofo, teólogo, profesor e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Publicado en:
http://lateclaene6.wix.com/revistalateclaene#!-dri-rubn/c1f0j

jueves, 8 de noviembre de 2012

La era de los golpes suaves, por Rubén Dri (para “La Tecl@ Ñ” y “Mapacheatack” 08-11-12)





 La primera década del presente siglo se ha caracterizado en nuestro continente latinoamericano por el avance de los procesos nacional-populares que irrumpen en la escena pública, conducidos por sus líderes. ¿Puede el imperio permitir este avance en lo que siempre consideró su patio trasero? De ninguna manera. El modo tradicional de intervenir que tuvo el imperio frente a los procesos populares como los señalados fueron los golpes militares. Al no ser viable en el momento actual el clásico golpe militar, o sea, el golpe “duro”, se hizo necesaria la reformulación del  golpe y el resultado fue la formulación de lo que se denomina “golpe blando o suave”, el cual posee múltiples variantes.

Por Rubén Dri*
               
                
              La primera década del presente siglo se ha caracterizado en nuestro continente latinoamericano por el avance de los procesos nacional-populares que irrumpen en la escena pública, conducidos por sus líderes. Enfrentan las recetas neoliberales y se plantan con hidalguía y orgullo frente a la dominación imperial.  El proyecto imperial del ALCA que hubiese significado la imposibilidad de proyectos nacionales independientes del imperio, que hubiese ahogado nuestras nacientes o renacientes industrias, se cernía sobre los pueblos latinoamericanos como una maldición decretada por el destino.
                Pero lo que parecía imposible se hizo posible por la voluntad política de algunos líderes populares como Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Lula y Rafael Correa. El ALCA quedó sepultada en las aguas del Atlántico marplatense. Fue la primera victoria de importancia que los pueblos de la Patria Grande logran frente a la dominación imperial.
                ¿Podía el imperio permitir este avance en lo que siempre consideró y en gran parte fue, su patio trasero? De ninguna manera.  Para que no quedaran dudas al respecto activó la IV Flota encargada de vigilar todo el continente. De ella afirmaba Fidel que “sus jefes políticos explican que tendrán bajo su responsabilidad a más de treinta países, cubriendo 15,6 millones de millas cuadradas en las aguas adyacentes de Centro y Sudamérica, el mar Caribe y sus doce islas, México y los territorios europeos en este lado del Atlántico”. Sembró  el continente de bases militares, algunas de ellas camufladas como centros de servicios de distinto tipo.
                La manera tradicional de intervenir que tenía el imperio frente a los procesos populares como los señalados se hacía mediante los golpes militares. Pero en esta etapa no son posibles o su implementación conlleva un costo político demasiado alto. ¿Renunciará por tanto el imperio a la utilización de esa herramienta? De ninguna manera, porque los golpes de Estado pertenecen a la lógica de la dominación imperial.
                El golpe de Estado tiene como finalidad interrumpir un proceso democrático popular que siempre termina chocando con los intereses de las corporaciones imperiales. Al no ser viable por el momento el clásico golpe militar, o sea, el golpe “duro”, se hizo necesaria la reformulación del  golpe.  A esa tarea inmediatamente se entregaron las usinas  de la CIA.
                El resultado fue la formulación de lo que se denomina “golpe blando o suave” que posee múltiples variantes. El adjetivo “suave” –soft- alude a la no utilización de las Fuerzas Armadas por lo menos en la manera como tradicionalmente se hizo. Se lo utilizó con éxito en Georgia contra Eduard Chevarnadze y en otras partes de Europa, combinándolo con golpes no sólo duros, sino “durísimos”, como el que le propinó a Livia, sin límite alguno en el uso de la fuerza destructiva.
                El golpe suave  no se da “de golpe”, no es un acto aislado o repentino,  sino que se implementa mediante un proceso que va pasando por diversas fases en las que se intercalan o suceden: promoción del descontento,  desabastecimiento, paro patronal, manipulación del dólar, acusación de totalitarismo o dictadura, movilización callejera, generalización de todo tipo de protestas, cacerolazos, acusaciones de corrupción, persistentes campañas de desaliento, por citar algunas de las más usuales y conocidas.
                Entre los medios utilizados figura, como no puede ser de otra manera, la descontextualización y tergiversación de los discursos del o de la presidenta y de sus funcionarios, aunque ello lleve a descuartizar el lenguaje, al que se le quita todo recurso a la ironía y a la metáfora. Por varios días consecutivos se propaló por todos los medios que la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo que había que tenerle miedo. Fueron en vano las explicaciones hechas frente con la repetición constante. Incluso un dirigente que ostenta todos los rasgos de la “seriedad” y el equilibrio como Hermes Binner, que después de escuchar el audio en el que claramente se escuchaba que la presidenta se refería a  los funcionarios que había elegido, siguió repitiendo, sin que se le moviera un músculo de la cara que la presidenta había dicho que  “había que tenerle miedo”.
                No creemos que la intencionalidad de Binner sea golpista. Ni sus antecedentes políticos, ni su actuación en la actual coyuntura hacen presumir  tal intencionalidad, pero su interpretación de los dichos de la presidenta entra en el entramado golpista de la oposición a la que él pertenece. En política no es la “buena voluntad kantiana” la que interesa sino los “hechos” con toda su densidad política.
                Por otra parte, la repetición constante, sin tegua, en todos los medios hegemónicos de que la presidenta había dicho que había que tenerle miedo, instaló dicha afirmación como una verdad perteneciente al sentido común.
                En cuanto a la ironía, viene a cuento lo que decía Federico Schlegel en el sentido que “la filosofía es la auténtica patria de la ironía, a la que podríamos definir como la belleza lógica: pues donde quiera que se filosofa en diálogos orales y escritos, y en general de manera no totalmente sistemática, se debe ofrecer y exigir ironía” y si hablamos de poemas, los hay “que exhalan por doquier universalmente el divino hálito de la ironía”.
                Narra Marcos en su evangelio, que los escribas  al ver que Jesús comía en la misma mesa con “publicanos y pecadores”, le reprochan tal comportamiento, a lo que Jesús les dice: “no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores”.  Los escribas en cuestión pertenecían al movimiento de los fariseos que se caracterizaban por creerse los puros, sin pecado. La respuesta de Jesús es claramente irónica. Para los “puros”, los que se creen tales y desprecian a los demás, pera esos él no ha venido.
                Pero la ironía no pertenece sólo al lenguaje bíblico, filosófico o poético. El lenguaje común, el de la calle, está plagado de ironías y metáforas. Si así no fuere, se reduciría a una repetición mecánica como hacen los loros. El discurso de la presidenta presenta siempre una rica veta irónica. No se necesita haber pasado por la universidad para captarlo, pero sí buena voluntad, o por lo menos, no torcer el discurso. ¿Cómo puede ser entonces que el rector de la universidad de la Matanza no entienda la ironía de la frase en la que Cristina les dice a los alumnos de Harvard que no estaban en la Matanza?
                En América Latina el golpe blando fue implementado con suerte diversa. Triunfó en Honduras y Paraguay y fue derrotado en Venezuela, Bolivia y Ecuador. En Argentina el proceso desestabilizador que precede al golpe todavía no ha dado los resultados apetecidos.
En el golpe de Honduras, según  los dichos de Hillary Clinton, se aplicó el “poder inteligente”, de manera que podemos hablar de “golpe inteligente” como variante del “golpe suave”.  Decía Hillary: “Debemos utilizar lo que se ha llamado smart power, el rango completo de herramientas que están a nuestra disposición –diplomáticas, económicas, militares, políticas, legales y culturales-  escogiendo la herramienta correcta, o combinación de herramientas, para cada situación. Con el smart power la diplomacia sería la vanguardia de nuestra política exterior”.
Hubo en ese golpe una alucinante secuencia de hechos que muestran el entramado del golpe inteligente: Obama condena el golpe; su embajador en Tegucigalpa se reúne con los golpistas; Hillary afirma que Washington no quiere meterse ni influir; Washington impone la mediación de César Arias; Washington sigue financiando al régimen golpista; Washington controla las Fuerzas Armadas hondureñas a través de la base militar de Soto Cano; el lobby de Washington redacta el acuerdo de San José; la Casa Blanca “persuade” a los hondureños de que deben aceptar el acuerdo; el avión que desterró a Zelaya salió de Soto Cano en presencia de los militares yanquis.
                   De manera que el imperio estaba perfectamente  al tanto del golpe, financian a los involucrados, ayudan a sacar a Zelaya del país y terminan utilizando a la OEA como fachada para imponer su agenda. La salida de Honduras del ALBA muestra la verdadera finalidad del golpe.
                Se da en este golpe una combinación de la embajada yanqui, sin la cual ningún golpe se produce, el ejército, el cual, a diferencia de los golpes duros no se queda con el gobierno, la Iglesia Católica, la legislatura y el poder judicial. En el caso paraguayo se da una combinación semejante: embajada, Iglesia Católica, legislatura, poder judicial. Pero en ninguno de ambos casos se podría haber dado el golpe sin la preparación previa de una serie de actos como los ya señalados.
                El golpe suave fue derrotado, como hemos dicho, en Venezuela, Bolivia y Ecuador. En Venezuela y Bolivia  fue fundamental la movilización popular y, en el caso específico de Bolivia, el apoyo masivo de los países latinoamericanos, miembros de la UNASUR. El caso ecuatoriano presentó  la novedad de la participación protagónica de la policía, variante a tener en cuenta, debido a la dificultad de la intervención militar. En Argentina no es desatinado pensar que tanto la policía como prefectos y gendarmes puedan ser utilizados en la intentona golpista.
                 Pero en todos los casos, la última etapa, la que desencadena el golpe, fue precedida por un proceso más o menos largo de acciones destituyentes.
                En Argentina, desde el conflicto con las corporaciones agrarias, en el 2008, se puso en marcha el proceso golpista. Ello se vio claramente tanto en las acciones como en las declaraciones. Buzzi, el líder de la Federación Agraria, aclaró que la búsqueda era el “desgaste” del gobierno y la dupla Biolcati-Grondona festejaban la próxima caída del gobierno y la asunción del vice, el traidorzuelo, Cleto Cobos.

                
                      Las campañas destituyentes no necesariamente deben culminar en el golpe. De hecho muchas veces no pueden hacerlo, como hemos visto y otras, no tienen necesidad de llevarlo a cabo, en la medida en que el debilitamiento al que han llevado al gobierno, lo torna innecesario.
                Todo gobierno popular es sometido a campañas destituyentes que, como meta final, apunta al golpe de Estado. Ello, repetimos, pertenece a la lógica imperial. No nos debe extrañar, pues, que el gobierno de Cristina sea sometido a una impiadosa campaña destituyente que, naturalmente se niega. Basta leer Clarín. La Nación, Perfil; ver los Cables del monopolio; escuchar a Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona,  y demás voceros de dicho monopolio para comprobarlo fehacientemente. Actos como el bochornoso teatro montado en Harvard cundo la visita de la presidenta; el cacerolazo, lleno de odio del 13 de septiembre, el proyectado para el 8 de noviembre; el levantamiento de prefectos y gendarmes, son eslabones del proceso golpista.
El proyecto de máxima es terminar con la destitución de Cristina, pero siendo ello prácticamente imposible por la aprobación de su gobierno por más del 54% y el apoyo de la comunidad latinoamericana, entre otros factores,  se busca el de mínima, el desgaste para imposibilitar el avance del proyecto nacional, popular, latinoamericano que, con el triunfo de Chávez en las recientes elecciones presidenciales en Venezuela, ha recibido un gran impulso.
                
*Filósofo, teólogo y docente

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