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viernes, 24 de julio de 2026

¿CUÁNTOS AFROAMERICANOS APARECEN EN LOS BILLETES DE USA?


 Capitana del Ejército María Remedios del Valle, Madre de la Patria


María Remedios del Valle y Manuel Belgrano en el billete de 10.000 pesos

Gabriel Soglio

@GabrielSoglio1


22 jul.

En Argentina tenemos en el billete de $10.000 pesos a María Remedios del Valle: afroargentina, heroína de la Independencia, capitana del Ejército del Norte y llamada por Manuel Belgrano “Madre de la Patria”.


Samuel, ¿cuántos afroamericanos aparecen en los billetes de USA?






INFORMACIÓN RELACIONADA:

 María Remedios del Valle


domingo, 20 de noviembre de 2022

NO PASARÁN, por Adrián Corbella



Las cadenas con las que se bloqueó el Río Paraná en La Vuelta de Obligado


En 1824, un ejército sudamericano (venezolanos, colombianos, ecuatorianos, argentinos, peruanos, bolivianos) comandado por los generales venezolanos Simón Bolívar y Antonio José de Sucre venció a los españoles en JUNIN (agosto) y AYACUCHO (diciembre). Quedaba garantizada la independencia de Perú y Bolivia. Y España quedaba afuera de la América del Sur.

Por esos años los europeos se quedaron casi sin colonias, conservando posesiones pequeñas; las pérdidas eran dramáticas:  Francia había perdido Canadá y Haití; Inglaterra no había podido evitar la independencia de Estados Unidos; España se había quedado sin todo un continente, conservando apenas las Antillas mayores, y  Portugal había perdido Brasil. Europa conservaba muy pocas colonias en 1825. Pero de inmediato los europeos comenzaron a buscar nuevas posesiones en otras partes del mundo: África, Asia, Oceanía. Para las potencias más fuertes, Inglaterra y Francia, las nuevas repúblicas latinoamericanas también eran platos apetecibles como nuevas colonias, países ricos en recursos a los que veían como conquistables.

Los europeos se van a lanzar por esos años a diversas aventuras coloniales, algunas exitosas, y otras terminadas en estruendosos fracasos.

Francia comenzó en 1830 la conquista de Argelia, que se extendería luego a diversas partes del continente africano; finalmente lograría en el siglo XX dominar un tercio del mismo.

Los ingleses lucharon entre 1839 y 1842 una curiosa guerra “por el libre comercio” en China, que ganaron. Lo extraño es que esos comerciantes a los que Inglaterra defendía les vendían a los chinos una droga altamente adictiva como es el opio. Fue una guerra en defensa del narcotráfico. Los imperios no tienen moral; tienen intereses.

En la década de 1860 Francia invadió México y le impuso a este país un Emperador europeo. La aventura colonial francesa del Segundo Imperio Mexicano terminó mal, con el Emperador Maximiliano fusilado por las fuerzas republicanas mexicanas del Presidente Benito Juárez, pero muestra que el apetito europeo por nuevas colonias era realmente voraz.

En este mundo tan particular fue líder de la Confederación Argentina don Juan Manuel de Rosas durante más de veinte años.

Rosas es en Argentina una figura polémica, con claroscuros. No nos interesa atacar o defender la figura de Rosas, sino destacar un aspecto puntual de su labor: la defensa de la soberanía.

Rosas luchó mucho contra sus opositores, y éstos en varias oportunidades pidieron ayuda a esas dos potencias imperiales que andaban ensangrentando el mundo en busca de colonias: Inglaterra y Francia.

Primero una flota francesa y luego una anglofrancesa invadieron el Río de la Plata. Es como si hoy te invadiera una flota ruso-norteamericana. 

Esas banderas que se paseaban triunfantes por China, México, India o África no pudieron contra las fuerzas de la Confederación Argentina. Debieron retirarse humilladas. Esta es puntualmente la causa por la que José de San Martín le legó su sable por testamento a Juan Manuel de Rosas.

Un hecho simbólico de esta lucha fue la batalla de la VUELTA DE OBLIGADO, luchada el 20 de noviembre de 1845, en las que las fuerzas argentinas enfrentaron a la flota más poderosa del mundo con cañones antiguos y una cadena con la que bloquearon el rio Paraná.

Lo curioso es que en términos militares la batalla se perdió. Pero la guerra se ganó, porque los europeos fueron hostigados en todos lados, hasta que debieron retirarse. Nadie derrota a un Imperio por ser más fuerte. Se le derrota cuando se le demuestra que no está en condiciones de pagar el precio de una victoria, cuando las pérdidas del ganador son tan masivas que la victoria se transforma en derrota.

Hay muchos ejemplos de esta forma de luchar. Así derrotaron, por ejemplo, los vietnamitas a los Estados Unidos. El propio Ho Chih Minh dijo que si necesitaban morir diez vietnamitas por cada norteamericano abatido, ellos estaban dispuestos a pagar el precio, pero Estados Unidos no lo estaba. El Imperio perdió.

Pero la Vuelta de Obligado se parece más a las Termópilas, esa batalla de la antigüedad en la que un puñado de griegos le demostraron a un monumental ejército persa que no iba a poder. Que podían ganar una batalla, pero no la guerra. Y se lo demostraron muriendo.

Lo mismo le pasó a Inglaterra en La Vuelta de Obligado: ganaron la batalla, perdieron la guerra.

Los ingleses y los franceses, las dos grandes potencias de la época, se retiraron derrotados, sin haber logrado ninguno de sus objetivos, y firmando acuerdos de paz humillantes. Rosas obligó a los ingleses a desagraviar la bandera argentina con 21 cañonazos, algo que los europeos solo hacían entre ellos, entre pares, jamás con un país ignoto ubicado en el fin del mundo.

Los que habían podido con China no pudieron con la Confederación Argentina de Juan Manuel de Rosas. 

Por eso hoy recordamos a los héroes que enfrentaron a los dos imperios más poderosos de la tierra con lo único que tenían: su sangre.


El sable corvo que San Martín le legó a Rosas


"LOS ARGENTINOS NO SON EMPANADAS QUE SE COMEN SIN MÁS TRABAJO QUE ABRIR LA BOCA"; 
GENERAL DON JOSÉ DE SAN MARTÍN, MAYO DE 1846.



Adrián Corbella

19 de noviembre de 2022


sábado, 10 de septiembre de 2022

Encarnación, Juan Manuel y la pasión en tiempos de cólera, por Daniel Giarone (para "Telam" del 21-02-22)

 


Juan Manuel y Encarnación. Ilustración para Télam de Osvaldo Révora.

 AMORES QUE HICIERON HISTORIA


Durante 25 años compartieron la vida, el amor y la política. Él a nadie quiso más que a Encarnación. Ella fue ladera y aliada incondicional de Juan Manuel. Tuvieron tres hijos y criaron uno más, adoptado. La muerte prematura de Encarnación los separó y él la sobrevivió 40 años.



POR DANIEL GIARONE

21-02-2022 



El historiador Vicente Fidel López describía a Juan Manuel de Rosas como un macho alto, hercúleo, de semblante rubio, ojos azules y hermosa figura, que tenía un ‘no sé qué’, que avasallaba. Los unitarios decían que Encarnación Ezcurra era una hembra parda, fea y de facciones viriles, apodándola incluso “la mulata Toribia”, en alusión a una cuchillera de la época acusada de matar a varios hombres.


Pero por debajo del odio y de la historia, también de las víctimas y de los victimarios, corría un amor apasionado e incondicional. Una historia que convirtió a Juan Manuel y Encarnación en protagonistas insoslayables de la Argentina en disputa, esa que empezó a nacer apenas se apagaron los sones de la Revolución de Mayo.


Una historia que a la par de colectiva es de a dos, de dos “almas gemelas”, acorde al romanticismo que reinaba en la época. Lucio V. Mancilla, dirá: “La encarnación de aquellas dos almas fue completa. A nadie quizás amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella”. Pero en el amor, tal vez más que en la política, los buenos no siempre ganan ni las pasiones alcanzan para cambiarlo todo.


Es que Juan Manuel, que por donde camina a saltos esta historia ya tenía 20 años, y Encarnación, que en los salones no le daban más de los 18 que tenía, se enamoraron de una vez y para siempre. Aún sin considerar que aquel muchacho que había mostrado valor y heroismo en la resistencia a las invasiones inglesas de 1806 y 1807, que mandaba con carisma implacable en campos propios y ajenos, ese muchacho, decíamos, debería enfrentar la voluntad de su madre.


Pero Juan Manuel y Encarnación tenían un plan, como plan tuvieron para casi todo lo que ocurrió después en Buenos Aires, como plan tuvieron en la vida que finalmente llevaron juntos hasta los umbrales mismos de la muerte.

 

Una carta “olvidada” por ahí



Doña Agustina Josefa Teresa López de Osorio era una mujer de caracter fuerte. Eufemismo para designar autoritario, rígido, implacable. En 1789 se casó con León Ortiz de Rosas, un oficial español que estuvo demasiado tiempo cautivo de los indios. Gobernó las estancias de la familia manteniendo a raya a peones, gauchos e indios. Tuvo diez hijos, el segundo de ellos Juan Manuel, con quien desde un comienzo mantuvo una relación conflictiva.


Cuando Juan Manuel le dijo a mamá Agustina que se había enamorado de Encarnación (integrante de la alta sociedad porteña, para escándalo de los unitarios) y que se casarían inmediatamente, ella ni siquiera levantó la vista de lo que estaba haciendo. “Ni lo sueñes”, sentenció.


“¿O acaso no fue Rivadavia el que acalló el voto de los pobres? Ni mulatos ni paisanos ni iletrados. Ay, querido Juan Manuel, como te necesito aquí, a mi lado”


La negativa materna era imposible de torcer para quien algunos años después se convertiría en un caudillo fuerte y al que no le temblaba el pulso en un país que todavía buscaba una forma de organización y un lugar en el mundo.


El carisma y la voz de mando de Juan Manuel no alcanzaban con su madre. Entonces, la flamante pareja tuvo una idea brillante, que escandalizaría a la pacatería de la época. El joven Rosas "olvidó" una carta de Encarnación sobre una mesa, donde ella le confesaba que estaba embarazada.


Como nada escapaba al control de mamá Agustina está tomó la carta y la leyó. Así comprendió que saber demasiado puede tener consecuencias indeseadas: volvió sobre sus pasos y consentió el matrimonio de su hijo.



Juan Manuel y Encarnación se casaron el 16 de marzo de 1813 y el “embarazo” fue uno de los más largos de la historia. Finalmente, tuvieron tres hijos: Juan Bustista (quien nacería 14 meses después de la amañada carta); María de la Encarnación (quien falleció el día después de nacer); y Manuelita Robustiana (cuya actividad política junto a su padre la convertirá en la heredera política de su madre).


Además, Juan Manuel y Encarnación adoptaron (y criaron como propio hasta los trece años) al recién nacido Pedro Pablo Rosas y Belgrano, hijo de Manuel Belgrano y su amante, María Josefa Ezcurra, hermana de Encarnación, que lo acompañó en la campaña con el Ejército del Norte.


Ni los años ni los nietos aflojaron a mamá Agustina, quien mantuvo una relación tensa con su segundo hijo. Juan Manuel dejó la casa de sus padres dando un sonoro portazo, abandonó la administración de las estancias de la familia y modificó su apellido. Ya no sería Ortiz de Rozas. Se llamaría, simplemente, Rosas.


En la calle codo a codo



“Unitarios, siempre se persignan ante la fuerza. Ellos lo escribieron: impondremos la unidad a palos. Nosotros, los discípulos de Artigas, los que soñamos la Patria Grande, no fuimos los fusiladores de Dorrego; Rivadavia sembró la cimiente unitaria, la violencia de desarmar el ejército de nuestro amigo José de San Martín”.


“Qué otra cosas que violencia puede oponerse a la violencia ¿O acaso no fue Rivadavia el que acalló el voto de los pobres? Ni mulatos ni paisanos ni iletrados. Ay, querido Juan Manuel, como te necesito aquí, a mi lado”.   


“Las unitarias, querido amigo. Las unitarias van detrás de los maridos y de lo que se cuchichea en los salones. Ellas tienen la monarquía en la cabeza, entre las piernas, y en esa manera de dirigirse a la pueblada. Siempre mandando y nunca dando ni prometiendo nada”.


“A ellas no les gusta ser del pueblo y al pueblo no le gusta tanta doña afrancesada. El pueblo es otra cosa: el pueblo es Federal, el pueblo es mondongo, candombe, mozambique, molembós y, desde luego, balazos y cuchilladas, y yo, soy del pueblo. Las unitarias nacieron para esconderse en la frontera. Y yo nací para mandar entre los míos. Y los mios me obedecen y los ajenos me temen”.  


Así escribía Encarnación; una mujer de carácter fuerte, una mujer impetuosa que podía llegar a ser impiadosa. Así le escribía Encarnación a Juan Manuel en 1833, cuando este participaba de la Campaña del Desierto y ella militaba su vuelta al gobierno en Buenos Aires. Así escribía una mujer que era protagonista de la política cuando ésta era patrimonio exclusivo de los varones.


Las pasiones no se mezclan, son una sola. Y la de Encarnación era Juan Manuel y la de Juan Manuel era Encarnación, y la de ambos era la política, era la Argentina desgarrada por los enfrentamientos entre unitarios y federales que siguieron a la independencia de España.


Somos mucho más que dos



Rosas fue proclamado gobernador de Buenos Aires por la Legislatura el 8 de diciembre de 1829. Era el fin de una década de enfrentamientos, donde con el último directorio se habían disuelto los poderes nacionales y las guerras civiles que enfrentaba a al puerto con las provincias parecían menguar, aunque finalmente se extenderían hasta la segunda mitad del siglo.


Juan Manuel gobernó hasta 1832 con Encarnación como ladera, compañera y aliada, mientras la disputa entre las provincias demoraba la organización nacional. Su gobierno contribuyó al progreso de Buenos Aires y a la pacificación de la frontera con el indio.


Aquel mismo año Rosas fue reelecto por la Legislatura, pero decidió dar un paso al costado para construir nuevas condiciones que le permitieran enfrentar a una oposición férrea y decidida a terminar con él; Juan Ramón Balcarce, un federal no rosista, asumió el gobierno.


Alejado del gobierno, Rosas coordinó con las provincias de Mendoza, San Luis y Córdoba la llamada “Campaña del Desierto”, con el objetivo de avanzar sobre la frontera de los territorios dominados “por el indio”. La política de Rosas hacia los pueblos originarios alternó tratados de paz, reconocimiento y exterminio.


Pero en Buenos Aires pasaban cosas. Y en casi todas ellas estaba Encarnación. Mientras el prestigio de Rosas crecía gracias a su protagonismo en la frontera el enfrentamiento interno entre los federales condujo a la Revolución de los Restauradores. Así una sublevación popular (alentada por Encarnación) terminó con el sitio de la ciudad, la renuncia de Balcarce y el camino allanado por el regreso de Juan Manuel al poder.


El protagonismo de Encarnación incluyó también la formación de la Sociedad Popular Restauradora, auténtico brazo político del rosismo que tuvo en La Mazorca su expresión militar.


Heroína de la Federación



Rosas volvió al gobierno en abril de 1835 en un país sacudido por el asesinato de Facundo Quiroga y donde recrudecía la violencia política. Después de ser designado por la Legislatura, el Restaurador recibió el respaldo popular a través de un plebiscito.


Con plenos poderes y un liderazgo imponente, Juan Manuel gobernaría hasta 1852, cuando fue derrotado en la Batalla de Caseros. A su lado, como mujer y como militante política, estuvo Encarnación, ya proclamada “Heroína de la Federación”.


Pero la muerte no entiende de amores, oportunidad ni títulos y le arrebató la vida el 20 de octubre de 1838. Encarnación Ezcurra solo tenía 43 años, 25 de los cuales compartió con Juan Manuel de Rosas. 


Los restos de Encarnación fueron acompañados por unas 25.000 personas, la mitad de la población porteña de aquel entonces.



Cuando Juan Manuel supo de la muerte de su esposa se encerró con el cadáver y, sosteniéndola en brazos, lloró en soledad. Los funerales se convirtieron en un acto político y popular sin precedentes.


El cortejo fúnebre unió el Fuerte de Buenos Aires (sede del gobierno y ubicado en el mismo sitio que hoy ocupa la Casa Rosada) con el Convento de San Francisco (hoy Belgrano y Defensa), del cual Encarnación era devota. 


"PARECÍA DORMIDA"

En 1925 la familia de Ortiz de Rosas decidió trasladar el cuerpo de Encarnación Ezcurra del mausoleo Máximo Terrero a la bóveda que poseía en el cementerio de la Recoleta. Pero las cosas no ocurrieron como se esperaba. Después de 87 años el cuerpo estaba intacto.


“Al abrirse el ataúd vimos que el cuerpo de doña Encarnación estaba intacto, incorrupto, tal como si acabara de morir. Los cabellos, la piel de la cara y de las manos, conservaban su integridad, lo mismo que el resto del cuerpo”, contó años más tarde el obispo Marcos Ezcurra, presente en la ceremonia. “Si parecía dormida”, asumió el religioso.


“Hasta las flores secas podían reconocerse con facilidad. Muchos parientes se llevaron, como recuerdo, algunas… No pudo utilizarse la urna para sus despojos. El cadáver fue inhumado por segunda vez, tal como estaba… Allí, a través del cristal, puede verse el rostro intacto todavía", recordó.




El cuerpo fue acompañado por unas 25.000 personas, la mitad de la población porteña de aquel entonces. Juan Manuel dispuso dos años de luto. Él todavía tenía un largo camino por delante. Pero ahora debió recorrerlo en soledad.


Rosas moriría el 14 de marzo de 1877, casi 40 años después que Encarnación, en el exilio inglés y con su hija Manuelita al lado. Una mujer, otra mujer, que lo acompañó en su apuesta por cambiar la historia.



Publicado en:

https://www.telam.com.ar/notas/202202/583847-rosa-encarnacion-ezcurra-amores-historia.html

martes, 23 de noviembre de 2021

El FMI y la Vuelta de Obligado, por Pacho O’Donnell (para "Página 12" del 22-11-21)

 


Por Pacho O’Donnell

22 de noviembre de 2021 


No es banal ocuparnos de las patrióticas negociaciones que Juan Manuel de Rosas sostuvo con las poderosas potencias agresoras en 1845 en estos tiempos en que también debemos enfrentar acuerdos con el FMI y acreedores privados en los que se impone sostener los intereses nacionales tantas veces bastardeados por negociadores compatriotas, los deletéreos “socios interiores”, al servicio de intereses ajenos a los que hacen al bienestar de nuestro pueblo.


El 2 de julio de 1846, el barco que conducía al enviado británico Thomas Hood, cuyo sugerente nombre era “Devastation”, atracó en el puerto de Buenos Aires. La Corona británica lo había designado para lograr un acuerdo lo más digno posible con Rosas y así retirarse de esa Guerra del Paraná tan desafortunada que había comenzado con el combate de la “Vuelta de Obligado”.


Las condiciones que traía en su maletín eran:


1. Rosas suspendería las hostilidades en la Banda Oriental, que desde hacía años sitiaba para recuperar esa riquísima provincia que tan desaprensivamente los unitarios rivadavianos habían entregado obedeciendo los designios de Gran Bretaña.


2. Se desarmarían en Montevideo las legiones extranjeras (sobre todo francesas y mercenarias) que se oponían al sitio de la Confederación. Francia consideraba a la banda Oriental como un “protectorado” propio.


3. Se retirarían las divisiones argentinas del sitio.


4. Efectuado esto se levantaría el bloqueo británico al puerto de Buenos Aires, devolviendo la isla de Martín García y los buques secuestrados “en lo posible en el estado en que estaban”. Entre ellos estaba la apresada escuadra capitaneada por el almirante Brown.


5. Se reconocería que la navegación del Paraná era exclusivamente argentina “en tanto que la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río”.


6. Habría amnistía general en Montevideo, debiendo excluirse a “los emigrados de Buenos Aires cuya residencia en Montevideo pudiese dar justas causas de queja”, en referencia a los unitarios que habían colaborado con la intervención europea.


7. Sería desagraviado el pabellón argentino con 21 cañonazos.


Era una claudicación británica, lisa y llana. Poco y nada quedaban de los presuntuosos ultimátums subrayados por cañonazos de meses atrás.


Pero Rosas exigió que el bloqueo se levantase sin esperar el desarme de las legiones extranjeras y el consiguiente retiro de la división argentina. Entendía además que la frase “en tanto la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río” encerraba la posibilidad de una inaceptable independencia entrerriana, lo que había sido una de las intenciones de la invasión de las armadas anglofrancesas. También argumentó que el acuerdo debía ponerse a consideración del general Oribe, presidente uruguayo según la Confederación, de quien las fuerzas argentinas serían solo “auxiliares”.


Hood aceptó las imposiciones argentinas y el 18 de julio se firmó un acuerdo que el Restaurador reivindicaría en cada una de las futuras negociaciones con las naciones europeas. Francia rechazó el acuerdo, que demasiado se parecía a una rendición, acosada por reproches de los chauvinistas del Parlamento que no aceptaban la humillación sufrida. Todavía les dolía el fracaso del bloqueo al puerto de Buenos Aires en 1838. Gran Bretaña fue solidaria con su aliada.


Decidieron entonces probar con sus mejores diplomáticos: Londres eligió a John Hobart Caradoc, barón de Howden, miembro distinguidísimo de la Cámara de los Pares; por Francia iría nada menos que Alejandro Florian Colonna, conde de Walewski, hijo de Napoleón el Grande.


Arribados al Río de la Plata en mayo de 1847 anuncian al canciller de la Confederación, Felipe de Arana, que han viajado para poner en vigencia las bases Hood adaptadas a las formalidades de estilo de la diplomacia europea. Pero Rosas desconfía. Cuando le son presentadas las actas reacciona con furia: “Los proyectos dirigidos por SS.EE. los señores ministros diplomáticos están tan alejados, son tan diferentes de las bases Hood, como el cielo lo es del infierno”.


El protagonismo de los diplomáticos europeos lo asumiría el barón Howden. Se propuso causar una buena impresión en los porteños por su informalidad y franqueza organizando cabalgatas a Santos Lugares acompañando a Manuelita Rosas y vistiéndose como paisano con poncho y sombrero de ala corta. Montaba caballos con la marca del Restaurador que ensillaba con recado y apero criollos. Manuelita había ya desempeñado tareas de seducción en beneficio de estrategias de su padre. Así lo había hecho antes con el embajador francés Mandeville, esposo de Mariquita Sánchez, durante el bloqueo de 1838 y lo haría ahora con el barón. Lo de Howden fue un auténtico “flechazo” y no tardó en convertirse en el cotilleo de Buenos Aires. El 24 de mayo de 1847, cuando ella cumplió treinta años, le dirigió una ardiente nota: “Este día jamás se irá de mi memoria ni de mi corazón”. Los exiliados en Montevideo y los opositores en tierra argentina seguían con comprensible inquietud los avatares del romance entre la “princesa federal” y el barón inglés.


Las negociaciones no avanzaban porque detrás de la falacia del “lenguaje diplomático” Inglaterra y Francia no eran garantes de la independencia del Uruguay, lo que para el acertadamente suspicaz Restaurador significa ba que muy pronto se reanudarían los intentos de anexión por parte de Brasil. Tampoco aceptaba suprimir el desagravio al pabellón argentino, “estipulación esencial porque a ese saludo circunscribía el gobierno argentino las satisfacciones debidas al honor y soberanía de la Confederación ultrajada por una intervención armada que capturó en plena paz la escuadra argentina, se posesionó por la fuerza de sus ríos, invadió el territorio y destruyó vidas y propiedades en una serie de agresiones injustas”, como escribiría el muy elogiable Arana.


Otro punto clave: que se mencionara expresamente el rechazo a la posibilidad de una independencia de la República de la Mesopotamia (las Misiones, Entre Ríos y Corrientes), uno de los objetivos de la invasión, sin escaparse con la frase “ley territorial de las naciones”. De ser ciertas las necias afirmaciones de quienes devalúan la gesta de Obligado y sostienen la teoría de la derrota nuestra, Argentina hubiera perdido el territorio de las provincias litorales. ¿Fue casualidad que años antes esos fueron los “Pueblos Libres” federales de Artigas que tanta inquietud trajeron a los unitarios porteños?


El 28 de junio, Rosas dio por terminadas las negociaciones por tratarse de temas gravísimos donde no podía andarse con “medias tintas”. No pareció casualidad entonces que el romántico ardor de Lord Howden se fuera calmando poco a poco y cuando, fracasada su misión pacifista, abandonó Buenos Aires el 18 de julio escribió a Manuelita desde el “Raleigh” una cariñosa carta de despedida, en la que la nombraba como “mi vida, mi buena y querida y apreciada hermana, amiga y dama”.


Inglaterra, ansiosa ya por terminar con el bochorno internacional insiste y tiempo después envía al prestigioso diplomático Henry Southern. Rosas, escaldado y deseoso de fijar sin rodeos las condiciones de lo que es indisimulablemente una capitulación enemiga, se niega a recibirlo hasta tener claras sus intenciones. Ello provocaría la indignación del primer ministro inglés Lord Aberdeeen el 22 de febrero de 1850 ante el Parlamento:


“Hay límites para aguantar las insolencias y esta insolencia de Rosas es lo más inaudito que ha sucedido hasta ahora a un ministro inglés. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la antesala de este jefe gaucho? ¿Habrá que esperar a que encuentre conveniente recibir a nuestro enviado? Es una insolencia inaudita”. Como si don Juan Manuel hubiera leído a Clemenceau: “Hay que hacer la guerra hasta el fin, el verdadero fin del fin”. Finalmente, mister Southern y el Restaurador firmarán el acuerdo que aceptaba todas las exigencias argentinas. Era la definitiva rendición.


 


Ante la emoción de porteñas y porteños apiñados en la ribera las naves de guerra enemigas se alejaron del río de la Plata saludando al pabellón de la Confederación Argentina con veintiún cañonazos. No estaría mal que al final de las negociaciones con el FMI, de marchar como esperamos, vuelvan a dispararse los veintiún cañonazos.



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/384239-el-fmi-y-la-vuelta-de-obligado

martes, 2 de noviembre de 2021

JUAN MANUEL DE ROSAS, LOS INDIOS Y LA VACUNA ANTIVARIÓLICA, por Oscar Sule (para "No me olvides" del 20-10-21





20 octubre 2011

PROEMIO


El trabajo que presentamos aborda uno de los aspectos puntuales de la política de integración con el mundo indígena desarrollado por Rosas durante sus gobiernos. Se sabe que entre el siglo XVI y el XIX, los estallidos epidémicos en las poblaciones indígenas fueron catorce y se calculan en más de dos millones y medio de indígenas el número de víctimas mortales que se cobró la viruela en lo que fuera el Virreinato del Río de la Plata. La viruela mató más indios que todas las guerras llevadas contra él. De allí que cobre importancia meritoria quien o quienes hayan intentado hacer algo por impedir la propagación del flagelo mortífero en estas comunidades.

Fue el presbítero Saturnino Segurola quien se dedicó con patriótico desvelo a la conservación y propagación del antídoto en Buenos Aires, a partir de 1805. Pero es en la época de Rosas que por iniciativa del entonces comandante de milicias y luego gobernador de la provincia de Buenos Aires se introdujo en algunas comunidades indígenas. Los lugares que fueron utilizados como las metodologías que empleó Rosas para inducirlos a la inoculación del antídoto, entre otros, son temas de esta pequeña monografía –desconocidos o silenciados en la historiografía argentina y en las ciencias médicas del país- que ponemos a consideración de las autoridades de este Congreso de Historia organizado en esta ciudad de San Miguel del Monte por su Intendencia, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.

EN LOS MEDIOS URBANOS Y SEMIRURALES


Si las epidemias de viruela hacían estragos entre los “blancos” que de algunas maneras poseían defensas orgánicas ya sean heredadas biológicamente (los descendientes de europeos eran portadores naturales de esas defensas porque sus ascendientes sufrieron en carne propia ese flagelo y otros durante los siglos XIV y XV en Europa) o por mejor alimentación, en el medio aborigen estas epidemias eran arrasadoramente mortales ya que no hubo ningún tipo de inmunización anterior y la dieta era de subsistencia (entre los “blancos” la mortandad llegaba a un 20 % y entre los indios un 80 %). La vacuna antivariólica descubierta por el Dr. Eduardo Jenner en Inglaterra llegó al país en 1805, poco meses después de su descubrimiento, e inmediatamente comenzó a aplicarse. Fue el sacerdote Saturnino Segurola quien con patriótico y humanitario esfuerzo conservó el específico, aprendió a inocularlo y se dedicó a su propagación con abnegado altruismo.


Esto no significa desconocer los méritos de los doctores Miguel O´Gorman y Cosme Argerich que se preocuparon también por la difusión de este específico. Incluso el virrey Sobremonte creó el primer conservatorio de la vacuna humana poniendo el mismo a cargo del destacado presbítero (GRAU, Carlos

A., “Datos nuevos sobre la vieja viruela” en “La Nación”, 9 de enero de 1944).


Hacia 1829 cuando Rosas llegó al poder, existían tres centros de vacunación en Buenos Aires, la Casa Central, la Casa Auxiliar del Norte y la Casa Auxiliar del Sur, dirigidas por el licenciado médico Justo García Valdés que desempeño con celo sus funciones hasta su fallecimiento en el año 1844, siendo reemplazado por el Dr. Saturnino Pineda (VISICONTE, Mario, “La cultura en la época de Rosas. Aspectos de la medicina”, Sellarés, Buenos Aires, 1978). Durante su gobierno se incrementó el suministro de la vacuna, llegando el servicio a los pueblos de la campaña bonaerense en la que los médicos de la policía también se ocuparon de aplicarla.


El 13 de mayo de 1830 el gobierno otorgó un sobresueldo al médico de la Policía de Campaña de la sección de Luján Dr. Francisco Javier Muñiz y una asignación para cada uno de sus ayudantes (Archivo General de la Nación, en adelante AGN, S.X.44.6.18). Este médico diez años después en su distrito de Luján, descubriría en los pezones de una vaca el cow-pox antivariólico, marcando un hito en la ciencia médica y ganando para ello desde entonces un prestigio y un reconocimiento a nivel mundial que sólo una obstinación historiográfica partidista intentó facciosamente de silenciar por tratarse de un descubrimiento científico efectuado en la época de Rosas.


El Dr. Muñiz debe ser también considerado un sabio en materia paleontológica como fue considerado en su época, habiendo hecho investigaciones trascendentes en fósiles exhumados de las márgenes del río Luján y en sus inmediaciones, consistente en osamentas de megaterios, gliptodontes y mastodontes que cuidadosamente clasificados y descriptos depositó en once cajones que los mandó en calidad de obsequio al propio Juan Manuel de Rosas el 21 de junio de 1841 (VENTURINI, Aurora, “Once cajones de huesos para el Restaurador” en “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas nº 38 enero/marzo de 1995”). La asistencia sanitaria de la vacuna antivariólica llegó también al pueblo de San Nicolás de los Arroyos, designándose para complementarla al Dr. Pedro Serrano hacia 1830 (AGN S.X.44.6.18). En Chascomús el administrador de la vacuna fue el Dr. Pablo Villanueva y en el Fuerte Federación (hoy ciudad de Junín) el Dr. Cuenca que con fecha 3 de mayo de 1837 le informó al gobernador Rosas lo siguiente: “…el médico del Fuerte Federación tiene el mayor gozo al anunciar a V. E. que tanto la tropa como el vecindario de este Fuerte ha cesado la enfermedad epidémica que reinaba (la viruela) y que son muy pocas veces molestados por algunas enfermedades esporádicas muy benignas…” (“La Gaceta Mercantil”, 7 de marzo de 1837). El licenciado médico García Valdéz administrador general de la vacuna en un informe del año 1836 invitaba a los pueblos de campaña a vacunarse expresando: “…se hace indispensable el citar el celo de los jueces de paz y los curas párrocos a fin de exhortar al vecindario para que se apreste a recibir el gran beneficio de la vacuna que con tanto empeño promueve nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes el Sor. Gobernador…” (“La Gaceta Mercantil”, 6 de marzo de 1837). Otros médicos en distintos fuertes y cantones cumplieron esta casi heroica tarea sanitaria como los destacamos desde 1832 en las poblaciones rurales de Quilmes, San José de Flores, Morón, Las Conchas, San Fernando y San Isidro (AGN S.X.6.2.2.). También hubo envíos a las provincias y nos remitimos al informe del licenciado médico García Valdéz del año 1838 (AGN S.X.17.2.1.).


EL SUMINISTRO ENTRE LOS INDIGENAS Y RECONOCIMIENTO DE LA SOCIEDAD JENNERIANA


No sabemos con precisión a partir de que fecha se inició la inoculación de la vacuna entre los distintos grupos indígenas. Si sabemos por el diario “El Lucero” del 4 de enero de 1832 que Rosas recibió una distinción de la Sociedad Real Jenneriana de Londres, institución oficial que tuvo entre sus objetivos, la divulgación y propagación de la vacuna antivariólica, el cultivar la memoria del sabio médico Eduardo Jenner que detectó por primera vez el antídoto, como así también al distinguir quienes la promovían.


Como lo consignamos en un capítulo anterior dicha institución científica puso en conocimiento del gobierno de la Confederación Argentina que su gobernador don Juan Manuel de Rosas había sido designado “miembro honorario” de esa sociedad: “…en obsequio de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la humanidad, introduciendo en el mejor éxito de la vacuna entre los indígenas del país…”. Si la información de esta distinción llegó al Río de la Plata en enero de 1832 es dable suponer que hacia 1831 o antes de la introducción de la vacuna en los medios indígenas ya era una práctica generalizada y un hecho conocido.


Saldías refiriéndose en una época inmediatamente después del parlamento que Rosas tuvo por el Tandil (circa de 1825 o comienzos de 1826) afirma: “…en esas circunstancias se había desarrollado la viruela en algunas tribus. Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera en que en menos de un mes recibieron casi todos el virus” (SALDIAS, Adolfo, “Historia de la Confederación Argentina”, vol. I, Edit. Juan Carlos Granda, Buenos Aires, 1967).

Es conocida también la información que suministra el embajador inglés en Buenos Aires Sir Woodbine Parish y que vuelca en el libro citado cuando relata que en uno de los tantos parlamentos efectuados por Rosas en la Chacarita de los Colegiales hacia 1831 suministró la vacuna a muchos indígenas que integraban la comitiva de caciques pampas y vorogas.


Manuel Gálvez en su obra conocida sienta un número estimativo de 150 vacunados. “La Chacarita de los Colegiales” para mayor información, fue llamada así por que fue la chacra del Colegio de San Carlos, lugar frecuentado en vacaciones por los alumnos de dicho establecimientos en sus proximidades a sus instalaciones donde eran recibidas las comitivas indígenas que venían a Buenos Aires a parlamentar y vender sus productos alojándose en ese lugar a veces durante mucho tiempo. Algunos indios terminaron por aquerenciarse, y también dicho lugar fue utilizado para detenerlos transitoriamente por razones de seguridad, no solamente en condiciones de rehenes con frecuencia para evitar confrontaciones o peleas que se suscitaban entre los mismos indios de distintas etnias rivales cuando venían a comercializar sus productos. Nunca fue lugar de calabozos de indios como algún historiador afirmara equivocadamente.


En su segundo gobierno y en circunstancias de otro parlamento también en la Chacarita de los Colegiales, Rosas invitó al vacunamiento de la comitiva indígena aceptando la mayoría hacerlo. Mario Visiconte, gran estudioso del tema contabiliza 49 vacunados en esa oportunidad (“Segundo Congreso Nacional de Historia de la Medicina Argentina”, Córdoba, del 21 al 24 de octubre de 1970, Separata de la “Semana Médica 77º Aniversario” y “La Gaceta Mercantil” del 6 de marzo de 1837).

Este capítulo de la vida de don Juan Manuel de Rosas que lo enaltece también ha sido virtualmente ignorado y si se lo conoce ha sido silenciado por la direccionalidad partidista de la historiografía “oficial”. De la preocupación de Rosas sobre el tema nos tiene al tanto una significativa y cuantitativa documentación ilustrativa.


En una nota del Dr. Saturnino Pineda del 17 de octubre de 1836 dirigida a Rosas le expresa: “…el día 3 de septiembre a las tres y media recibí de orden verbal de V.E. de asistencia médica (a una comitiva indígena afectados por la viruela) que me fue transmitida por el Sr. edecán coronel don Manuel Corvalán y no obstante de hallarme enfermo con el mayor contento y sin pérdida de tiempo procedí a su cumplimiento…”. Cuenta en larga explicación, “…el violento foco de contagio que significa la aglomeración de más de setenta individuos en un mismo lugar algunos con la misma viruela y declarada por lo que el día 9 del mes de que se hace referencia fueron vacunados de brazo a brazo 52 indios entre adultos y niños de ambos sexos para cuyo efecto se condujeron desde la Chacarita a la casa donde se hallaban alojados cuatro niños con vacuna de la más excelente. El 16 fueron reconocidos y en todos los se encontraron granos (reacción positiva) tan hermoso que juzgando por sus caracteres no pude menos que tranquilizarme…” (Ibídem. VISICONTE y “La Gaceta Mercantil”, del 19 de octubre de 1836). Rosas destacó dicho informe del Dr. Pineda en el mensaje dirigido a la Legislatura el 1º de enero de 1837. No fue tarea tan fácil la aceptación de la aplicación de la vacuna entre los indios como se pudiera desprender de la información suministrada por Saldías.


Incluso la población hispana criolla era renuente a dicha aplicación por prejuicios o simple desidia. Saturnino Segurola a la sazón Inspector General de Escuelas, el 22 de octubre de 1822 solicitó a la autoridad correspondiente el envío de un facultativo para una escuela de Quilmes aplicando el art. 31 del Reglamento General de Escuelas que por otra parte lo había confeccionado él, dicho artículo referido rezaba: “Los Preceptores no recibirán en la escuela niños que no estén vacunados apelarían a los padres que no quisiesen verificarlos, tomando las medidas que le dicten la jurisprudencia, para

cerciorarse de la verdad de esta operación” (Ibídem, VISICONTE).


Si existía prevención o renuencia en la población ante la pequeña incisión o tajo que un médico debía efectuar sobre el brazo de la persona para inocular la vacuna, es de imaginar la resistencia que deberá existir en el medio supersticioso del indio que consideraba la vacuna y la viruela gualichos procedente del huinca. Cuando una epidemia de viruela se abatía sobre una toldería, era práctica de los indios para librarse de ese gualicho matar a las indias más viejas.


En más de una oportunidad el mismo Rosas ante la inminencia de una matanza de pobres indias por esta cruel tradición, dio instrucciones a los comandantes del lugar para que con habilidad y sin violencia sustrajeran a esas indias con las promesas que el mismo Rosas arrojaría el gualicho de las viejas manteniéndolas en el poblado.


ALGUNOS METODOS QUE ROSAS UTILIZO PARA LA VACUNACION


El prestigio y la confianza que se le tenía permitió vacunar a los aborígenes. Para ello apeló a varios procedimientos: su propio ejemplo, haciéndose vacunar entre ellos; en presencia de varios caciques importantes mostraba la herida en la protuberancia consiguiente desnudándose el brazo y exhibiéndolo ante ellos. Después de comprobar que el mismo Rosas se sometía a la vacuna recién entonces consentían.


Otro procedimiento consistió en la explicación persuasiva como lo demuestra esta carta que Rosas le escribió a Catriel: “…Ustedes son los que deben ver lo mejor les convenga. Entre nosotros los cristianos este remedio es muy bueno porque nos priva de la enfermedad terrible de la viruela, pero es necesario para administrar la vacuna que el médico la aplique con mucho cuidado y que la vacuna sea buena, que el médico la reconozca porque hay casos en que el grano que le salió es falso y en tal caso el médico debe hablar la verdad para que el vacunado sepa que no le ha prendido bien, el grano que le ha salido es falso, para que con este aviso sepa que para el año que viene debe volver a vacunarse porque en esto nada se pierde y puede aventajarse mucho. La vacuna tiene también la ventaja de que aún cuando algún vacunado le da la viruela, en tal caso esta es generalmente mansa después de esto si quieren ustedes que vacune a la gente, puede el médico empezar a hacerlo poco a poco para que pueda hacerlo con provecho y bien hecho y para que tenga tiempo para reconocer prolijamente a los vacunados” (CHAVEZ, Fermín, La vuelta de Juan Manuel”, Edic. Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1991 o Edit. Theoría, Buenos Aires, 1991).


Obsérvese la sagacidad de Rosas, comienza expresando para que los cristianos es un buen remedio pero deben ser ellos los indios los que deben resolver, señala la importancia del médico porque es el que sabe como se administra la vacuna y entiende su evolución. Además es de inferir que un médico que puede entrar a una toldería para vacunar no solamente hará ese trabajo sino que intentará curar otras enfermedades, gripes, infecciones varias y otras dolencias que pueden ser controladas. Lo cierto es que Rosas facilitó la llegada de un médico a la toldería que de otra manera hubiera resultado imposible no sólo por la negativa de los jefes sino por las resistencias que hubiera presentado las machi y los adivinos de la tribu.


Hacia 1878 ya muerto Rosas en Southampton donde vivió su exilio en la extrema pobreza, durante la segunda campaña al sur efectuada por los oficiales de Roca, un oficial del coronel Villegas, llamado Solís en una de las incursiones llevadas en las proximidades de Malal (La Pampa) sorprenderá entre unas cortaderas nada menos que al famoso cacique Pincén (Pin-then, dueño del decir, hablar bien) y a un pequeño hijo que llevaba para protegerlo. Según relato del historiador Juan José Estévez en su importante biografía del cacique, el perrito que Pincén llevaba salió a torear al perro que de la partida, los ladridos de los canes alertaban a los soldados que creyeron estar en un escondrijo de punas; preparaban sus armas de fuego y el cacique al sentir “los aprestos para el disparo de armas de fuego, temiendo que su hijo sufriera daños se puso de pie y gritó ¡no tiren!” (ESTEVEZ, Juan José, “Pincén. Vida y leyenda”, Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1991).

Pincén fue llevado a la presencia de Villegas que le tenía un gran respeto y garantizó su vida y fue enviado a Buenos Aires alojado en el cuartel del batallón 6 de Infantería de Línea en donde lo visitaban personajes importantes como Roca, Estanislao Zeballos y otras personalidades para escuchar de labios del cacique sus hazañas en el desierto que al parecer salía relatar muy bien haciendo honor a su nombre. En uno de sus cuentos Pincén recordó que en su juventud llegó a conocer al gran cacique general argentino don Juan Manuel de Rosas, expresando: “…Juan Manuel ser muy bueno pero muy loco; me regalaba potrancas, pero un gringo nos debía tajear el brazo, según él era un gualicho grande contra la viruela y algo de cierto debió de ser porque no hubo mas viruela por entonces…” (ROSA, José María, op. cit. T. VIII). De ese recuerdo de Pincén parece desprenderse otra metodología para inducir a la vacunación un pequeño chantaje: iban los suministros pero después iba la vacuna.


EL DESCUBRIMIENTO DEL COW-POX EN UNA ESTANCIA


Ya asentamos un hecho que jerarquizó la medicina argentina como lo fue el descubrimiento de la vacuna por el Dr. Francisco Javier Muñiz en el distrito de Luján efectuado en la estancia de don Juan Gualberto Muñoz en la que de los pezones de una vaca extrajo la pústula de donde sacó la sustancia para la vacuna antivariólica. El descubrimiento fue protocolizado ante escribano público el 25 de septiembre de 1841 y tuvo gran repercusión en Londres ya que fue comentado auspiciosamente por el Instituto Jenneriano y por el periodismo inglés. Hasta esa época se creía en Inglaterra que el antídoto sólo era producido por las vacas de Gloucester, por las condiciones de humedad y otras variables climáticas que solamente se afirmaba, se daban en dicha localidad inglesa.


La distinción que había recibido Rosas de la Sociedad Jenneriana fue hecho extensivo al Lic. Médico Justo García Valdés, a los Dres. Saturnino Pineda, Francisco Javier Muñiz, Blas Azpiazu y los estudiantes de medicina próximos a recibirse Claudio Mamerto Cuenca y Francisco Rodríguez Amoedo, profesionales que se destacaron en el suministro de la vacuna antivariólica durante las épocas de Rosas y gracias a la atención que el gobernante dedica a esta delicada problemática. En una carta dirigida al Lic. Médico García Váldez el 15 de julio de 1832 puede comprobarse su reiterado interés por la propagación de la vacuna entre los indios: “…Sirváse Ud. hacer entender a la Sociedad Real Jenneriana entre lo más satisfactorios triunfos digno de su memoria deben enumerarse la propagación del virus de la vacuna entre los indígenas reducidos y sometidos al gobierno y aseguraba que tomando yo en sus honrosos trabajos la parte que puede caberme en mi actual posición, no perdonaré medio para que la institución de la vacuna sea conservada en este país con todas creces que dependan ya de mi autoridad ya de mi decisión personal…” (FERNANDEZ, Humberto “Francisco Javier Muñiz, Rosas y la prevención de la viruela” en “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas nº 42 enero/marzo 1996. Trabajo presentado al Congreso Nacional de Historia celebrado en Buenos Aires entre el 23 y el 25 de noviembre de 1995 y publicado en los Anales de dicho Congreso, T. I, p. 383).


LAS EPIDEMIAS Y LOS RECLAMOS IDEOLOGICOS


Entre los siglos XVII y XIX se produjeron y están documentadas todas las epidemias o pestes de viruela que hicieron estragos entre la población indígena. Dicha documentación señala los siguientes años fatales: 1615, 1620, 1638, 1642, 1660, 1728, 178, 1788, 1792, 1805, 1819, 1871, 1875 y 1881 (GRAU, Ibidem). Como se observa los períodos de frecuencia o reiteración de la peste son muy seguidos y por lo tanto muy breves los períodos libre de ella.


Entre 1615 y 1620 sólo hay 5 años de bonanza, entre 1620 y 1638 hay 18 años, entre 1638 y 1642 solo 4 años sin peste, etc. Sólo hay dos períodos que la epidemia mortal permite un respiro, entre 1728 y 1778 y entre 1819 y 1871, luego se reinicia el azote con una frecuencia aterradoramente breve. Esta información conduce por lo menos a dos conclusiones inequívocas:

1º) Entre 1615 y 1881 período que cubre 266 años, según el cálculo de historiadores y antropólogos, la viruela se cobró en sus catorce estallidos epidémicos más de dos millones de indígenas en lo que fue la gobernación, luego el Virreynato del Río de la Plata (actuales Argentina, Paraguay, Uruguay, sur de Brasil, Bolivia y Chile). Estimación que creemos exagerada pero que de todas maneras nos demuestra que la viruela mató muchos más indios que todas las guerras llevadas contra él.

2º) El período de mayor sosiego es el que se encuentra entre los años de 1819 y 1871, que alcanza a 52 años. No es ninguna casualidad que en este período transcurren los años de los dos gobiernos de Rosas en los que se suministró la vacuna entre los indios cuyos efectos sanitarios se prolongaron algunos años después de 1852. Después de Caseros, se retacearon o se olvidaron los abastecimientos a los indios y se abandonó toda política de integración, ¿…y la vacuna antivariólica…?, los “progresistas” triunfantes también se olvidaron de suministrarla.


La peste apareció con toda su virulencia en 1871, reiterándose en 1875 y en 1881…¡La generación del Ochenta funcionando a pleno…! Queremos hacer una última reflexión vinculada a este tema y dirigida a aquellos que en conocimiento de estos datos que expresan una catástrofe demográfica se valen de ella para denigrar a la Conquista española responsabilizando a España por traer pestes como la viruela.

El cargo es infantil. Con ese criterio deberíamos estigmatizar al Africa o sus habitantes de color de donde procede el SIDA o atribuir a los homosexuales la intención de exterminar a la humanidad por ser los transmisores del SIDA. Algunos indigenistas anacrónicos no advierten que si los españoles trajeron enfermedades, hubieron dolencias que a su vez los indios transmitieron a los españoles y por ellos a Europa misma que las desconocía. La frambesia o “bubas” o sífilis americana, el mal de Chagas, la parotiditis y otras fueron pestes americanas transmitidas a los españoles.


En el contacto de razas, en el intercambio de sangre, se produce inevitablemente un intercambio recíproco de enfermedades. Por otra parte, recordamos que las epidemias no comienzan en América a partir de su descubrimiento “códices mayas y mixtecas testifican la existencia de flagelos antes de la llegada de Colón, esas endemias, todo hace presuponer, develan el misterio de grandes centros poblacionales deshabitados o extinguidos entre los mayas antes del arribo español. En los idiomas indígenas caso de aztecas o incas habían vocablos que designaban enfermedades epidémicas” (PETROCELLI, Héctor B., “Lo que a veces no se dice de la Conquista de América”, Ediciones Didascalia, Rosario, 1992).


No está demás recordar que dos siglos antes de la Conquista de América, Europa también sufrió un derrumbe demográfico no menor al americano. La peste negra que asoló a Europa en el siglo XIV registró una mortalidad que alcanzó a un tercio de su población total.


De allí que el europeo del siglo XVI estuviera medio inmunizado ante la viruela, en su composición genética la tenía registrada. Mientras que el indio no. El hecho histórico como “cargo” a la Conquista de América, minúscula como otros que se hacen a la España católica de entonces, tiene más de escarceo ideológico que de reflexión histórica sustentable.


La problemática reside en la pregunta ¿qué se hizo ante esas enfermedades? España introdujo metodología médica, el hospital, todo tipo de medicamentos desconocidos en América para enfrentar las enfermedades nuevas o viejas. Rosas introdujo la vacuna antivariólica entre los indios de las pampas. Por el contrario, los conquistadores del norte americano regalaban a los indios frazadas infectadas del virus de la viruela. Allá se decía y era popular el dicho: “the best indian is the death indian” (el mejor indio es el indio muerto…). ¡Distintas metodologías de dominación! No obstante muchos indigenistas actuales estudian antropología en universidades de Norte América en donde ocultan su propia política de exterminio.


Actualmente conocemos algunos descendientes de caciques mapuches que concurren a congresos indigenistas financiados por fundaciones norteamericanas y la central socialista europea, que mantienen una hostilidad anacrónica verdaderamente cómica contra la España católica del siglo XVI y su proyección en América. ¡Cosa veredes Sancho faran hablar las petras…!



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lunes, 24 de febrero de 2020

Ministra de Kicillof destruyó al nefasto Gabriel Levinas por la polémica del cuadro de Rosas, por Alfredo Silletta (para "Info135" del 23-02-20)


23 febrero, 2020


Por Alfredo Silletta. 

La ministra de Comunicación de la provincia de Buenos Aires, Jesica Rey, cansada de la burda operación que montaron desde el macrismo contra la foto que compartió Axel Kicillof con un cuadro de Juan Manuel de Rosas, que le había regalado el presidente Alberto Fernández, salió a las redes sociales y desbarató la maniobra.

Los tuiteros PRO afirmaban que era una mentira que el presidente le hubiera regalado un cuadro cuando ya estaba en la Gobernación. La ministra publicó una foto con los dos cuadros, donde se explicó que el presidente decidió mandarle a pintar, con el mismo artista plástico, un nuevo cuadro, con los colores más vivos y un marco diferente al anterior. Rey, además de la foto, pidió “no perder tiempo en debates inútiles”.

Lo más insólito fue que el periodista Gabriel Levinas, un furibundo antiperonista, se sumó a la polémica en su red social y afirmó “que gastan dinero de los contribuyentes cambiando un cuadro de Rosas por otro igual”.  Allí nuevamente, la ministra le respondió que “¿Qué dinero?” ya que el cuadro fue un regalo del presidente Fernández.

Las redes sociales no lo perdonaron a Levinas.  Muchos le recordaron que se había “apropiado” de una serie de cuadros de León Ferrari que nunca le devolvió al artista. Por el caso hubo un juicio donde una sentencia obligó a Levinas a pagar el costo de once dibujos valuados cada uno en 8 mil dólares. Los tuiteros recordaron el caso y afirmaron que “el ladrón piensa que todos son de su condición”.

En esta insólita polémica, algunos intelectuales del llamado mundo progresista cuestionaron que el gobernador elija un cuadro de Juan Manuel de Rosas para su despacho. En la Argentina fue muy fuerte la tradición liberal en la educación, donde Rosas encarnaba la “primera tiranía” y Perón la “segunda tiranía”. Fue tan fuerte esa tradición que algunos historiadores importantes de la izquierda, como Milcíades Peña, tuvieron un esforzado desprecio por el rosismo y los caudillos argentinos. En aquellos años sesenta, tanto Jorge Abelardo Ramos como Rodolfo Puiggrós se encargaron de marcarle los puntos.

Lo que pocos conocen es que Kicillof tiene una fuerte admiración el “Restaurador de las Leyes”. En un viejo reportaje realizado por el colega Martín Pique, cuando todavía no era el candidato a gobernador del peronismo, Kicillof hablaba de la importancia que la provincia tenga una identidad bonaerense. “Uno va a Salta, por nombrarte una provincia, y te dicen “yo soy salteño”, pero en Buenos Aires nadie te dice “soy bonaerense”, por lo cual es necesario construir la identidad bonaerense.

Luego Kicillof reconoce que tiene simpatía por Rosas y ante la consulta del periodista si es rosista, responde: “Y, hay alguna simpatía. Es lo mismo que ser peronista, y el peronismo es muy amplio. Pero, en cualquier caso, me parece que sería interesante darle una fuerte identidad al ser bonaerense. Hay que buscarle la identidad a la provincia de Buenos Aires. Y esos rasgos de identidad existen. Aunque se hayan perdido. Pero están”.



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