Por: Luz Marina López Espinosa.
Alianza de Medios y Periodistas por la Paz
13 Julio 2013
I
Sí, Evo Morales, Edward
Snowden y Mohamed Mursi. Pero ¿qué le vamos a hacer si fue el mundo que
nos tocó vivir? No me refiero con esto a alguna perfidia que cobije
estos nombres. Sí y mucha en cambio, a la que alrededor de ellos, con
ocasión de lo que son y de sus acciones muestra el odioso poder que
gobierna el mundo. Ese que por disimular y para no llamar las cosas por
su nombre, él bautizó Nuevo Orden Mundial.
Evo Morales era un campesino humilde
y pobre que como el que más, representaba la cultura y la idiosincrasia
boliviana, una de cuyas expresiones más ancestrales es la hoja de coca
con sus significados medicinales, rituales, vivificadores y recreativos.
Ante la represión ordenada por los sucesivos gobiernos estadounidenses a
los sucesivos gobiernos bolivianos desde que comenzó esa retrasada
cruzada del siglo XX “la guerra contra las drogas”, las fuerzas
policiales y militares de Bolivia con la brutalidad y la corrupción que
les son propias en América Latina, al tiempo que se enriquecían con las
mafias que industrializaban la coca y la enviaban como cocaína a los
Estados Unidos, se dedicaban con saña a reprimir a los miles de
campesinos e indígenas que conforme su milenaria tradición, seguían
adeptos a la planta sagrada.
Y ahí es donde ese campesino e
indígena pobre y humilde aparece sin proponérselo por una confluencia de
circunstancias, encabezando la indignación y la resistencia de los
suyos, de su etnia zaherida, contra ese trato que ahora además se les
daba de forajidos, si hasta donde podían comprenderlo esa había sido su
forma de ser en una saga que se remontaba a la “prehistoria”. Y en ésta
donde tan mal les fue, los esbirros de Francisco Pizarro y Diego de
Almagro no los llamaron facinerosos. Infrahumanos apenas y que no tenían
alma, pero eso es otra cosa.
Fueron entonces muchos los
palos sobre las magras carnes de Evo, los garrotes policiales que se
placieron en su costillar, largos los días en hórridas prisiones, dignas
de quien sin atinar a entender cómo ni por qué, el imperio más poderoso
lo encumbraba considerándolo uno de sus más peligrosos enemigos. “¿Cómo
así, si yo tan pobre? ¿Cómo así?” se preguntaba y repetía incrédulo el
sencillo pero altivo campesino desde su lecho de tierra en el
maloliente calabozo. Ese Evo fue el mismo que entre marcha y marcha,
refriega y refriega, alegatos y proclamas salpicadas con la muerte, la
tortura y la cárcel para los protestantes, en un cruce feliz de caminos
resultó presidente de la República de Bolivia en nombre de los
menospreciados y los apaleados.
II
Después un tal
Snowden, Edward para sus familiares, muchacho aún -29 años- desconocido
para el mundo, que de pronto dio un respiro a Evo porque ocupó su lugar
en ser dolor de cabeza del momento del imperio más violento que haya
conocido el mundo. Ese muchacho paradójicamente hijo de él, típico joven
de allá, al servicio no sólo de su país como puede estarlo del suyo
cualquier médico o agrimensor, sino del Estado, pero no de cualquier
dependencia, sino de la más sensible, secreta y peligrosa, al punto de
hacerse inconfesable: de aquella desde donde se cuecen las grandes
conspiraciones contra los países, los hombres, las ideologías y aun las
religiones que los Estados Unidos consideren “inaceptables” en el nuevo
lenguaje diplomático que ya no lo es tanto. Y esa dependencia era la
Central de Inteligencia Americana, CIA.
Allí trabajaba y
servía el joven Edward al igual que miles como procesador y analista de
información, oficio que no obstante recalcárseles los hacía merecer bien
de su patria, debía ser muy sigiloso al punto que su función y aún la
identidad del patrón debían ser celosamente encubiertas. ¡Qué no decir
de las cosas que allí menaban! De los planes que fraguaban, los países
que espiaban -al parecer más amigos que enemigos-, las mentiras globales
que se construían, las guerras que se incubaban, noticias que se
creaban y las “armas de destrucción masiva” que se “descubrían” con el
inminente peligro de aniquilamiento del propio país que legitimaba una
guerra preventiva de exterminio del satánico agresor. En fin…
Pues
bien, Edward tal vez se asqueó de ello, se indignó de ver la mentira de
la causa a la que servía. Y el hombre, quizás con ancestros en los
padres peregrinos del Mayflower llenos de piedad e idealismo, sintió
que era mucho para él. Y que en el lugar donde estaba si bien salvaría
su cuerpo, de seguro, caviló, perdería el alma. Y se fue. Lleno de
secretos, de información “clasificada” –otro nombre pío-, llevando el
expediente escabroso de los horrores que le depara al mundo y en
particular a quienes se le opongan, a manos de la potencia militar que
reclama el derecho a mandar en él.
III
Y
descanse por unos momentos Snowden porque vino un ese sí más conocido
Mursi, Mohamed para sus familiares, que ocupó su lugar en ser el dolor
de cabeza del momento del imperio más violento que haya conocido el
mundo. Mursi llegó al poder como presidente de Egipto en unas elecciones
libres pero mediadas y controladas por los Estados Unidos cuando el
pueblo al costo de ochocientos muertos se levantó un día sí y otro
también durante meses exigiendo se fuera la descompuesta dictadura
militar que llevaba cuarenta años en el poder.
Como los
muertos eran tantos y el pueblo no parecía dispuesto a ceder, Estados
Unidos, que había convertido a Egipto, la nación árabe más importante y
poblada del mundo, en sumisa aliada suya y de Israel en una correlación
de fuerzas donde el enemigo eran los otros países árabes y Palestina
(¡!!), exigió entonces se fuera su valido el general Hosni Mubarak, cuya
continuidad en la presidencia resultaba impresentable ante el mundo. Y
ante lo inquebrantable del reclamo popular por democracia, Estados
Unidos autorizó se llamara a elecciones, condicionándolas a una
“transición pacífica y responsable” que traducía que el ejército de
Egipto, su ejército de ocupación en el país portentoso de la hermética
Esfinge, los arcanos de Tutankamón y el prodigioso Valle de los Reyes,
fuera el árbitro. Dicho sin finuras, que se hicieran elecciones,
nombraran presidente y todo lo que el populacho quisiera, pero que su
ejército se reservaría el poder efectivo. No iban los EE.UU a crear una
poderosísima fuerza a su servicio y de Israel, para por un arrebato
del insensato pueblo entregársela a quienes pudieran ser sus enemigos.
Dicho
y hecho. Se hicieron elecciones por primera vez en muchos años, y el
ganador fue la organización que más encarnaba los anhelos del pueblo de
libertad y democracia. Fue la Hermandad Musulmana, y presidente su líder
Mohamed Mursi, para gozo del mundo árabe que veía cómo otra implacable
dictadura, la más, se derrumbaba a golpes de pueblo. Asomaba el sol de
la democracia.
El nuevo régimen era notorio, comenzaba a
caminar bajo la férula y mirada inquisidora de los militares que ayer
masacraban a sus adeptos. La única concesión necesaria para que la
primavera no pareciera nublada a los ojos del mundo, fue la de permitir
juzgar por unos pocos crímenes a un Mubarak casi agónico, cuya reclusión
en un hospital militar equivalía a estar en casa.
Comenzaron
entonces nuevas manifestaciones esta vez contra el flamante gobierno,
una inusual primavera árabe, otra primavera egipcia pero al revés. Los
validos del antiguo régimen protestando contra el gobierno, reclamando
que se volviera al estado anterior que les favorecía. Hubo algunos
muertos, no muchos, aunque cualquier muerto es mucha muerte. Y los
militares -¡quién lo creyera!- le reclamaron adoloridos al presidente
Mursi porque había sangre en las plazas. En la de Tahrir para más señas.
El
ejército dio un insólito ultimátum al gobierno para que se plegara a
sus demandas. El “ultimátum” se cumplió, los militares dieron el golpe,
Mubarak ríe a mandíbula batiente desde su prisión de mentiras, y el
pelele civil que pusieron los militares para alegar que cuartelazo no ha
habido, juró cumplir la Constitución y decretó de inmediato su
suspensión. Así el régimen no es inconstitucional: “¿Cómo se va a
violar la Carta Magna si está suspendida?” Hasta razón tienen.
¡Pensar
que de Egipto tenemos los primeros testimonios históricos de formas
organizadas de gobierno, 9.000 años antes de nuestra era! Faraones y
todo, Cleopatras y Marco Antonios que sean, pero eran superiores a lo
actual. Se creían dioses, y el pueblo así los sentía de verdad. ¡Cómo
puede avanzar hacia atrás el mundo en cinco mil años.
IV. Epílogo
Evo Morales Edward Snowden y Mohamed Mursi:
Al
primero, jefe de Estado reconocido como tal por la comunidad
internacional, ocupando el solio que un día ocuparan el Padre Bolívar y
Antonio José de Sucre, a despecho de los protocolos diplomáticos y del
derecho internacional, cuatro civilizadas naciones, Francia, España,
Italia y Portugal le niegan permiso para que su avión cruce su espacio
aéreo y haga escala técnica en su suelo al regreso de visita oficial en
Rusia. ¿La razón? Tal vez en su nave tercermundista traiga de Moscú al
peligroso Snowden, y los Estados Unidos habían ordenado a sus aliados
que no lo permitieran. Así de pronto el vuelo sucumbiría, y el ancho mar
que separa al viejo del nuevo continente, guardaría para siempre los
secretos del espía retractado.
Al segundo, le desconocen la
legislación internacional sobre el derecho de asilo, el peligro
inminente de muerte y de tortura si es deportado a su país –razón que
hace obligatorio el asilo u otra figura equivalente-, así como la
libertad de conciencia que amparan desde la Constitución de los Estados
Unidos, hasta el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.
Todo al tiempo que las naciones y los gobernantes concernidos enarbolan
su discurso manido sobre el respeto al derecho internacional, las
libertades políticas y las garantías individuales, razón de su sistema
de gobierno.
Y el tercero, quizás el que peor pasa,
presidente depuesto y recluido en lugar desconocido. Entre tanto, las
potencias demócratas del mundo que accedieron hace poco más de un año a
la realización de elecciones ante lo indefendible de la tiranía
existente, saludan su derrocamiento y la felonía. Ninguna repudia el
hecho, no se convoca de inmediato el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas, ni impone éste sanciones económicas y militares que
mientras se decretan y como es de uso, aquellos países aplican
autónomamente. Sólo manifiestan las democracias de Occidente “alguna
preocupación”, “hacen votos”, “realizan un llamado”, “convocan a la
unidad”, “lamentan los muertos”, claman “porque ojalá no haya muchos” y
que claro, “en lo posible pronto se realicen elecciones donde se elija
un presidente”. Eso sí, que no sea el que el pueblo quiera. Que no sea
Mursi, ni de tal Hermandad. Uno más de nosotros. Ojalá Mubarak si es
que sus quebrantos de salud se lo permiten.
Tal el penoso estado de salud del mundo. Evo, Snowden y Mursi: tres personas distintas y una sola dictadura global verdadera.