Buen día! pic.twitter.com/4O4eKGWG7B
— KikeMasllorens (@KMasllorens) August 17, 2021
Este es un espacio de reflexión social, política Y cultural. TWITTER: @Mirandohadentro @adrianccorbella
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Nosotros suspendimos la marcha del 24 de marzo. Ese día había 385 casos confirmados, rondábamos los 80 nuevos casos diarios y había 6 fallecidos.— ari lijalad (@arilijalad) August 17, 2020
Ellos hicieron un banderazo con 294.569 casos confirmados, más de 7.000 nuevos por día y 5.703 fallecidos
Mirá que distintos somos.
¡Todos con barbijo hacia la batalla final! pic.twitter.com/9nB5Ig7PQz— Ernesto Resnik (@ernestorr) August 17, 2020
“Hoy tengo la oportunidad de homenajear a un hombre inmenso, el padre de este batallón de granaderos y granaderas. El Padre de la Patria”. El presidente @alferdez en el 170° aniversario del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín pic.twitter.com/3leV0ILjb6— Alberto Fernández Prensa (@alferdezprensa) August 17, 2020
“Hoy tengo la oportunidad de homenajear a un hombre inmenso, el padre de este batallón de granaderos y granaderas. El Padre de la Patria”. El presidente @alferdez en el 170° aniversario del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín pic.twitter.com/3leV0ILjb6— Alberto Fernández Prensa (@alferdezprensa) August 17, 2020
“Fue un hombre inigualable. Debería ser para todos un modelo de conducta a seguir. Su historia cuenta sobre la necesidad de reflexionar sobre lo que nos pasa como país”. El presidente @alferdez en el 170° aniversario del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín. pic.twitter.com/eyA6uDdnce— Alberto Fernández Prensa (@alferdezprensa) August 17, 2020
“Sólo 12 años estuvo en nuestro continente. La historia nos muestra un San Martín inmenso, preocupado por la independencia argentina y por la libertad de América Latina”. El presidente @alferdez en el 170° aniversario del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín. pic.twitter.com/yCXmZFYKtv— Alberto Fernández Prensa (@alferdezprensa) August 17, 2020
“Vivía preocupado porque América Latina se independice de quien entonces era el imperio español, y estaba convencido de que para lograrla solo bastaba el orgullo nacional”. El presidente @alferdez en el 170° aniversario del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín. pic.twitter.com/m75XlQxWx0— Alberto Fernández Prensa (@alferdezprensa) August 17, 2020
“Nunca aceptó ningún reconocimiento ni de Argentina, ni de Chile, ni de los peruanos. Le bastaba con hacerlos libres, con eso colmaba su espíritu y su gloria”. El presidente @alferdez en el 170° aniversario del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín. pic.twitter.com/Dh5qrt9DxD— Alberto Fernández Prensa (@alferdezprensa) August 17, 2020
“¿No los veis sobre México y QuitoCuando el 9 de julio de 1816 las Provincias Unidas de la América del Sud decidieron proclamar la independencia, la situación era complicada. Los rebeldes rioplatenses habían quedado casi solos. Los realistas dominaban casi todas las capitales virreinales; sólo el venezolano Simón Bolívar, que estaba comenzando el tercer intento independentista de ese país, quedaba como esperanza. Se hablaba de que los españoles estaban organizando una monumental flota que transportaría un enorme ejército realista a Buenos Aires (era cierto, pero el destino final fue Venezuela). En medio de esa situación tan difícil, surge la figura de don José de San Martín, quien comenzará a hacer en el Sur lo que el venezolano estaba haciendo en el Norte.
arrojarse con saña tenaz?
¿Y cuál lloran, bañados en sangre
Potosí, Cochabamba, y La Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto, y llanto, y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?”
San Martín "es admirado en mayor medida por aquellos con instrucción primaria (53%), mientras que Belgrano crece entre aquellos con instrucción universitaria (24 por ciento)".

Miradas al Sur. Año 5. Edición número 221. Domingo 12 de agosto de 2012
Por
Alberto Lettieri. Historiador
Al cumplirse 161 años de su muerte, nuestros conocimientos sobre San Martín como sujeto histórico son acotados. ¿Mason o clerical? ¿Republicano o monárquico? ¿Blanco o mestizo? ¿Americanista o espía al servicio de Inglaterra? Las controversias se reproducen con el paso del tiempo, sin que a menudo resulten concluyentes los argumentos presentados.
Nacido en Yapeyú en 1778, su familia se trasladó poco tiempo después a Buenos Aires, para emprender finalmente su regreso a España. Los datos biográficos son confusos e incompletos. La mayor parte de su vida permanece en las sombras. Sin embargo, apenas 12 años entre su retorno a Buenos Aires en 1812 y su retiro definitivo de la vida pública en Perú, en 1823, fueron suficientes para proveer de contenido a un mito que se originó en 1887 con la publicación de la Historia de San Martín y de la emancipación Sud-Americana, de Bartolomé Mitre, y que reconoce diversas reformulaciones entre 1930 y 1955 impulsadas por el revisionismo. A partir de su partida del territorio americano nuevamente las sombras se adueñan de su existencia hasta el momento de su defunción.
La construcción del mito. Fue en principio la pluma ágil y voraz del fundador de La Nación la encargada de delinear los rasgos del San Martín mítico, con la finalidad de proveer consistencia histórica al modelo sociopolítico del liberalismo oligárquico. Para ello, Mitre desarrolló un relato pedagógico y moralizador sobre la trayectoria de un héroe cuya finalidad excluyente identificaba con la independencia americana. Su San Martín no era un “político en el sentido técnico de la palabra”, sino un “hombre de acción” que prefería abandonar la lucha antes que derramar sangre de hermanos. De todas formas, esto no privó a su biógrafo de adjudicarle consideraciones sobre el modelo social y político coincidentes con la opinión de la oligarquía porteña. En efecto, Mitre se permitió aseverar que para San Martín resultaba “imprudente fiar al acaso de las fluctuaciones populares, deliberaciones que debían decidir de los destinos, no sólo del país, sino también de la América en general”, prefiriendo decidir “entre pocos lo que debía aparecer en público como el resultado de la voluntad de todos”.
El relato paradigmático de Mitre consiguió mantener su vigencia hasta el presente, aun cuando no faltaron nuevas formulaciones que lo pusieron en cuestión. En la década de 1930, un San Martín en el que se subrayaban sus rasgos militares, nacionales y, en ocasiones, su marcada fe católica, postulada por el revisionismo de la época, entró en competencia con la versión liberal y laica precedente. Los años del primer peronismo permitieron adicionarle una dimensión nacional y popular, que presentaba al general Perón como su heredero natural. Pese a sus contradicciones, liberales, revisionistas y peronistas coincidieron en presentar a San Martín como mito, despojado de encarnadura histórica.
Una vez cristalizadas estas construcciones, el interés historiográfico decayó, y sólo en los últimos años se reavivaron antiguas discusiones sobre su condición de agente inglés, su adscripción masónica o la autoría de su plan de operaciones. Desde el campo reaccionario Natalio Botana le reprochó no haber podido emular a Washington –“padre constituyente” y presidente de Estados Unidos–, y el paladín de los kelpers, el inefable Luis Alberto Romero (¡tan luego él!), puso en duda su compromiso con la causa nacional, definiéndolo como un liberal español.
Críticas y claves. Pese a todo, contamos con elementos de juicio que permiten descartar la tesis del apoliticismo de San Martín. Desde su llegada a Buenos Aires se advierte su interés por participar del juego político a través de la fundación de la Logia Lautaro, el desplazamiento del Primer Triunvirato y la convocatoria de la Asamblea del Año XIII.
Si bien es cierto que San Martín evitó tomar partido en las disputas facciosas, asumió con satisfacción la Gobernación de Cuyo y mantuvo fluida correspondencia con sus representantes en el Congreso de Tucumán, instándolos para concretar la sanción de la Independencia.
San Martín aseguraba que los pueblos debían regirse con “las mejores leyes que sean apropiadas a su carácter”. Por ese motivo, si bien mantuvo el sistema de gobierno cuyano heredado de la administración colonial, le impuso un dinamismo inédito. Protegió la manufactura local aplicando medidas proteccionistas sobre vinos y aguardientes, estimuló la creación de empleo y las mejoras salariales. Necesitado de hombres, dispuso la liberación de esclavos con el único compromiso de combatir hasta terminada la guerra, y garantizó derechos a los pueblos originarios
Su gestión instrumentó un fuerte control social, que incluyó la supervisión de correspondencia, la inspección de viviendas y una estricta vigilancia sobre el pago de impuesto. Se controló a los trabajadores por medio de una libreta de trabajo que debía ser firmada por el empleador, a quien se le exigía a su vez estar al día con los salarios.
Aun siendo un convencido monárquico, no dudó en definirse como “un americano republicano por principios e inclinación”, cuando le pareció conveniente. Este pragmatismo tenía límites precisos, ya que estaba subordinado al logro de sus objetivos: sancionar la independencia y garantizar la integración americana. Por esta razón demostró interés en alcanzar un acuerdo con Artigas y la Liga Federal para propiciar la unidad territorial en 1815, y no dudó en disponer en su testamento la entrega de su sable al “General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla”.
San Martín, hoy. La reconstrucción de esa dimensión histórica de San Martín permite poner en cuestión las construcciones míticas. Partidario de una drástica centralización política, sus acciones y reflexiones revelan una matriz común a la mayoría los caudillos federales: esto se advierte en su apuesta a un disciplinamiento de la mano de obra combinado con la expansión del trabajo y una justa remuneración; su preferencia por la autoridad monárquica, el orden fiscal y la garantía de justicia para todo el cuerpo social.
San Martín coincidía con Rosas al identificar a la guerra y la indisciplina de las clases propietarias como principales causas de la anarquía argentina, y como éste apostó a la subordinación de las clases acomodadas al poder político, la pacificación a través de la restricción de la actividad política y la concreción de la unidad territorial. Estas coincidencias se reflejaron, por ejemplo, en su apoyo a la celebración de acuerdos con Artigas, para garantizar la paz y la independencia, o bien en su alta valoración de la gestión del Restaurador.
Naturalmente, este San Martín real no ofrecía la encarnadura apropiada para dotar de consistencia histórica a un modelo liberal, porteñista y dependiente. Por esta razón el fundador de La Nación no dudo en despojarla de su contenido histórico, para luego soldarla en el bronce del ideario oligárquico. El desmonte de estas construcciones ideológicas y educativas que sustentaron un modelo injusto y excluyente constituye un compromiso moral e intelectual que venimos afrontando con el fin de construir las nuevas bases de sustentación de un modelo nacional, popular y democrático. En consonancia con esto, y debido al papel asignado dentro del panteón oficial, también en el caso de San Martín la tarea de la hora consiste en desmontar el mito y recuperar la historia.
Publicado en :
http://sur.infonews.com/notas/san-martin-entre-el-mito-y-la-historia

SAN MARTÍN : La otra cara de un héroe
Generación tras generación se ha contado una historia tergiversada basada en los conceptos del mitrismo que eligió presentarlo a la posteridad como un héroe digno de estar al lado de Rivadavia y de otros próceres unitarios.
Por:
Norberto Galasso
La Historia oficial nos enseñó que era el Padre de la Patria. Nos contó que nació en Yapeyú –aunque no nos dijo que hablase, además de castellano, el guaraní, propio de esa zona– que después estuvo dos años en Buenos Aires y al cumplir los seis, se fue con su familia a España. Mitre poco nos dijo sobre su estadía allí, salvo que a los once años ingresó al ejército español como cadete en Murcia, y menos aun nos relató datos fundamentales para conocerlo: dónde y qué estudió, si bailó y tuvo novia, si corrió peligros en muchas batallas, si lo deslumbró la Revolución Francesa de 1789 o la insurrección popular en la península ante la invasión napoleónica, en mayo de 1808. Nos recordó en cambio que sobresalió en las luchas de Arjonilla y Bailén y de repente, siendo teniente coronel de caballería de ese ejército en el que ya había peleado más de 20 años, nos dijo que decidió, de repente, regresar al Río de la Plata para sumarse a una revolución antiespañola que había estallado el 25 de mayo de 1810. ¡Qué hombre extraño!, ¿no es cierto?
Habiendo aprendido a leer, a sumar y restar, a conocer de la geografía y la historia españolas, impregnado de esa cultura, habiendo combatido largamente bajo la bandera española, acostumbrado a repetir refranes o giros lingüísticos hispanos, ¡venir a dar su vida peleándole al ejército del cual había formado parte tantos años! Pero lo hizo tan bien, enseñó Mitre, que merecía colocárselo junto a grandes patriotas como Rivadavia y otros próceres unitarios y colmarlo de halagos en las fiestas escolares. Él quería, según Mitre, liberar a los países de América del "yugo español" –al cual había defendido 22 años– y que cada uno se declarara país independiente, aunque no explica por qué razón se fue a pelear a Chile –en vez de defender a Buenos Aires acosada por los montoneros artiguistas– y después se hizo protector del Perú, como si fuera un apátrida, un aventurero o peor aun, un mercenario, pero sí nos señaló que hubiera hecho más proezas si no se hubiese cruzado en su camino un tal Bolívar que le quitó la gloria de dar el golpe final al ejército español en el Perú, maniobra de la cual fue víctima, dada su generosidad, que debe llevarlo a la condición de "Santo de la Espada" (según Ricardo Rojas) y no de ambicioso expansionista que quería unir a Hispanoamérica como aquel venezolano "pícaro y mujeriego".
Esta leyenda sobre San Martín fue repetida generación tras generación, puesto que Mitre había sido consagrado Padre de la Historia por la clase dominante y después lo sucedieron aquellos a los que todo "le vene" bien, con tal de estar en la Academia y tener espacios en los medios de comunicación (y a quien le acomode el sayo, que se lo ponga, sea liberal o revisionista "a la violeta").
Pero en 1997, Juan Bautista Sejean aterrizó en el tema sorpresivamente y publicó San Martín y la tercera invasión inglesa, sosteniendo que la única explicación de que un veterano del ejército español viniese al Río de la Plata a sumarse a una revolución antiespañola y, por tanto, a combatir al ejército al cual había pertenecido hasta pocos días antes, sólo puede residir en que fue sobornado por los ingleses, al pasar por Londres en 1811. Y lo sostuvo contundentemente: "Parece muy difícil afirmar que San Martín no fue un agente inglés" (pág. 129). Lo cual significa: el Padre de la Patria de los argentinos fue un agente inglés. ¡Qué osadía! ¿No es cierto? Pero no hubo refutación alguna por parte de academias, universidades y otras instituciones llamadas "de bien público", a tal punto que el mismo Sejean, al año siguiente publicó Prohibido discutir sobre San Martín, donde afirmó que había supuesto "que se iba a desatar un intenso y apasionante debate... pero no fue así. En forma unánime optaron por el silencio" (pág. 13 y 15). Para la misma época, alguien sostuvo que San Martín no era hijo de Gregoria Matorras sino de la guaraní Rosa Guarú y don Diego de Alvear, es decir: no sólo hijo extramatrimonial sino, además, hijo de india... Y esto provocó diversas refutaciones porque para buena parte de la gente "léida" de la Argentina es denigrante ser hijo de india, pero no lo es ser agente inglés. En verdad, quienes así piensan merecen tener un Padre de la Patria de nacionalidad inglesa y por supuesto es razonable que voten en las elecciones a los candidatos que promociona Clarín o concluyan en que las Malvinas son inglesas.
Sin embargo, tanto Mitre como Sejean –así como sus seguidores y asimismo, los revisionistas rosistas– habían caído en la maniobra mitrista, de tipo colonial. Formado en España, en lo cultural, como hombre y como político, y fuertemente influido por lo que él llamaba "El Evangelio de los Derechos del Hombre", es decir, la Revolución Francesa, San Martín era americano por nacimiento, pero muy hispano (por batallas, amores, estudios, en fin, sentimiento y pensamiento), un indohispano diríamos, un liberal revolucionario como los de las Juntas Populares de 1808 en España, como eran también los de las juntas populares liberales de América surgidas entre 1809 y 1811 (que ahora se sabe que no eran antiespañolas ni separatistas como pretendía Mitre, sino, como sostuvo Alberdi, constituían un amplio movimiento democrático de España y de América contra el absolutismo monárquico). San Martín regresó, pues, en 1812, no por soborno alguno (fue enemigo a muerte de Rivadavia que era la expresión de los ingleses), tampoco por "un llamado de las fuerzas telúricas" como se ha sostenido ingenuamente, ni tampoco en el caso de haber sido hijo de Rosa Guarú (pues junto con él asumieron las banderas democráticas de Mayo muchos españoles de nacimiento, como Larrea, Matheu, Álvarez Jonte, Arenales, Blas Parera y tantos otros), así como hubo americanos de nacimiento que sirvieron a los ejércitos contrarrevolucionarios del absolutismo (como Pío Tristán, Goyeneche, Michelena, Olañeta y tantos otros). Pero Mitre quiso, por sobre todo, mostrar una Revolución de Mayo antiespañola, separatista, por el comercio libre (y por tanto pro inglesa) y de ahí sus discípulos sacaron que San Martín (siendo como Moreno defensor del indio, expropiador, revolucionario) fuera el antecedente de Rivadavia, proclamado por Mitre "el más grande hombre civil de los argentinos" (por ser elitista, pro británico y antilatinoamericano). Y entonces los alumnos se confunden: no entienden a San Martín (quien admiraba a Bolívar y tenía en Europa tres retratos suyos, uno delante de su propia cama) metido en una revolución para remplazar un virrey por una Junta Popular, permaneciendo la región adherida a España hasta 1814 en que se hunde la revolución democrática española y entonces sí resulta necesaria la independencia de 1816, por la que San Martín bregó para no someterse a la monarquía (ahora se sabe que hasta 1814 flameó la bandera española en el Fuerte de Buenos Aires). La Biblioteca de Mayo, del año 1960, explica todas estas cosas, pero muestra la falsedad del mitrismo. ¿Y quién le pone el cascabel al gato, es decir al diario La Nación? Se ha repetido muchas veces lo que decía Homero Manzi: "Mitre se dejó un diario de guardaespaldas." Y Alberdi, Manuel Ugarte, José León Suárez, Augusto Barcia Trelles, Julio V. González y tantos otros que dijeron la verdad en distintos épocas, fueron lapidados por el mitrismo, amordazados. Sumidos en el más profundo de los silencios, convertidos en "Malditos".
Pero en esta época en que queremos ser nosotros mismos, no sumisos a la reina de Inglaterra ni al FMI de los yanquis, es preciso tener en claro quién era San Martín: era, junto a Bolívar, no sólo el Padre de nuestra Patria sino un Libertador que quería la América Latina que estamos gestando hoy con la Unasur, la CELAC, etc., y por eso, hay que decir bien alto que la OEA se ha muerto, enterrada en la misma fosa del mitrismo y de todos aquellos historiadores –sean liberales, "modernos" o revisionistas– que no se atreven a decir quién es el verdadero San Martín: nacional, en tanto le legó su espada a Rosas por defender la soberanía y fue enemigo de Rivadavia expresión del imperio inglés; latinoamericano, en tanto luchó por la liberación y unificación de varios países, admiró a Bolívar y respetó a los pueblos originarios a quienes llamaba "nuestros paisanos, los indios"; popular en tanto escribió "odio todo lo que es lujo y aristocracia"; intervencionista en economía (como lo demostró en Perú) y hasta expropiador (como lo demostró en Cuyo).
Con un Padre de la Patria con estas virtudes, ¿cómo no nos vamos a encaminar ahora hacia una América Latina libre, unida e igualitaria?
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