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sábado, 19 de abril de 2025

KAOS, por Sandra Russo (para "Página 12" del 19-04-25)

 

MAXWELL PUTIN Y SIEGFRIED TRUMP


Por Sandra Russo

19 de abril de 2025 


En el Superagente 86, la lucha era entre el ORDEN y el KAOS. Crecimos viendo en la tele blanco y negro lo que había. Inocentemente, sin ningún semiólogo a mano. Veíamos historias que nos contaban quiénes eran los buenos y los malos. La supresión de los matices siempre es un daño de observación.


Aquella fue una batalla cultural, como bien nos dejaron en claro Dorfman y Mattelart cuando ya éramos adolescentes, incluyó hasta al Pato Donald. Como generaciones debutantes, no la vivimos como tal, no nos dimos cuenta en la infancia. En la adolescencia, sin embargo, ese “darse cuenta” produjo un rechazo generacional – minoritario pero intenso- a productos como Fiebre de sábado por la noche. Travolta estaba todavía muy lejos de Tarantino. Había que divertirse. Mientras saqueaban y mataban, había que divertirse.


En los 70 esa revelación (que estábamos siendo asquerosamente manipulados), causó mucha revulsión. En cuarto año de la secundaria leí Un Mundo Feliz, de Huxley. A partir de entonces y durante mucho tiempo, no podía evitar, cuando iba al cine, captar las propagandas subliminales y me perdía la trama de la película. Era insoportable. Pero tal era la ficha cerebral que me había bajado: nunca más volví a leer el mundo y los hechos como antes.


Vimos muchos westerns en los que los indios eran indefectiblemente decapitadores de valientes pioneros. Esas caravanas eran figuritas repetidas los fines de semana. Caravanas llenas de mujeres con pañuelos en la cabeza y bebés en los brazos, todos rozagantes, familias que emprendían su quimera del oro, dispuestas a la aventura de la conquista. Lástima los indios. Se iban matando unos a otros en el camino pero la caravana llegaba gracias a los rifles. Rifles contra flechas. Esa clase de mierda cultural era la que nos entretenía. Crecimos creyendo que el que tiene un rifle y mata al que tiene una flecha o una piedra es el héroe. La info venía del país que beatificó al rifle.


El Superagente 86 era ya una fase superior. Fue posterior y en la industria también ya existían los woke aunque no lo sabían. Fijate vos, antes de Soros. El guionista del Superagente era Mel Brooks. Maxwell Smart y la Agente 99 fueron la puesta en ridículo de un modelo estándar de la guerra fría. La Agencia para la que trabajaban era CONTROL, así en mayúsculas como un letrero, y su lucha era contra KAOS.


Han pasado las décadas, ha habido guerras, masacres, engaños, desplazados, y últimamente miles de niños elegidos como blancos para los crímenes inexplicables, concebibles solamente desde el abismo de lo amoral, de la inmundicia ética. Esta última semana, la aparición de V. Canosa asociada a un show de difamación de un sector elegido para destruirlo, volvió a apelar a la pedofilia. Cómo les gusta hablar de pedofilia. Esta semana un diputadol de La LA misionero fue condenado a 14 años cárcel por pedofilia. Su hermano, también condenado, dijo que “no sabía que eso era un delito porque estaban en internet”. Eran videos de violaciones de menores. No sabía.


Hoy Trump caotiza el mundo de una manera aguda, vertiginosa, porque su gambito de dama es el aceleramiento. No da tiempo a la reacción. Hoy Maxwell Smart trabajaría para KAOS, porque Trump significa eso y es lo único que defecan las ultraderechas, allá y acá: KAOS.


Así como la barbarie era la civilización y viceversa, estamos viviendo una época invertida, controlada por invertidos, que hacen las canalladas más sorprendentes y viven con sus bajos instintos al aire, bajo la consigna de que lo que hacen ellos lo hacen los otros, eso vociferan sin parar. Pedófilos, pedófilos, acusa el sinvergüenza, él o su ensobrada.


Ahora nos imponen nuestra geopolítica. No es cualquier cosa incluso más allá de la capitulación soberana. Nos imponen, con el beneplácito del coleccionista de premios al pedo, que nos quedemos sirviendo a los regímenes de Estados Unidos e Israel ¿Saben qué quiere decir? Que seremos eventuales escenarios de bombazos. De ese tamaño es el sometimiento y el riesgo colectivo que implica este presidente al que una mayoría de traidores a la patria de dieron facultades delegadas.


Pero además, está más claro que el agua que el futuro está en China. Lo sólido está allá, en la planificación, en un Estado al servicio de todos los sectores, en el trabajo y la reinversión permanente en áreas estratégicas. En la búsqueda de socios y no de lameculos. Solo ciegos o fanáticos o vivos pueden ver hoy en Estados Unidos a una sociedad o un sistema deseable. Es un imperio roto y chorrea un líquido que hiede. 



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/819145-kaos

martes, 29 de agosto de 2023

Disfonía de un sentimiento, por Sandra Russo (para "Página 12" del 26-08-23)



Por Sandra Russo

26 de agosto de 2023

No podemos hacer otra cosa que tratar de entender el fenómeno Milei, o quizá el síntoma Milei. Hasta comienza una corriente para dejar de nombrarlo, porque hay temor de que se convierta en un fetiche. Ya lo es y mejor aceptarlo, porque la pregunta que tenemos que hacernos mientras analizamos a Milei es cómo hacemos, y cómo hace Massa –al que se lo ve muy ubicado en tiempo y espacio- para que los que no votaron entiendan que hay una voluntad política contundente de transformar esta realidad y dar las peleas necesarias.


Pero nada impide analizar este estupor, tan profundo que traspasa lo ideológico y es corporal. Somos nosotros en nuestros cuerpos los amenazados, y este desconcierto nos interpela tanto que nos hemos quedado fijados en el escalofrío del resultado.


Efectivamente, la ultraderecha y sobre todo ésta, viene a arrasar con una gama de emocionalidad positiva en los sectores populares especialmente, pero lo extiende a toda la sociedad. Es lo opuesto a la felicidad popular, que está compuesta por millones de bienestares individuales que se refuerzan recíprocamente. Esa es la sinfonía de un sentimiento. Lo que propone la ultraderecha es otra gama, la emocionalidad de la revancha, del frenesí de ira, de crueldad. La disfonía.


El resultado fue tan inesperado y tan horrible, y entre fenómeno y síntoma cambian tanto la mirada y las preguntas, que por primera vez experimentamos un extrañamiento político, con la pregunta recurrente ¿Qué es esto? ¿Quiénes somos? ¿Cómo algo tan descabellado puede pasar? ¿Cómo se puede castigar a alguien castigándose? Es que la ultraderecha lleva en sí el trauma, no sólo lo provoca. El lenguaje emocional de toda ultraderecha suprime la ternura. La reserva para los individuos, no llega al grupo y mucho menos a su idea de sociedad.


Lo escribía el sociólogo francés Francois Duvet en La época de las pasiones tristes: “El sentimiento político elemental de hoy es el desprecio”. El volumen enorme de los descartados del sistema fue convertido en sujeto político, porque aunque deteste la política la está haciendo. Porque eso es el núcleo de la mano de obra de la ultraderecha: los descartados. Sus jerarcas en cambio viven muy bien.


Como fuere, global y localmente, ésa es la trastienda subjetiva que acompaña a las privaciones de las grandes crisis económicas. La gente que sufre se alivia haciendo sufrir a otros. El núcleo emocional del totalitarismo.


A diferencia de su par Bolsonaro, Milei no llegó al podio con un arma larga en la mano, sino con brushing. En cambio, los dos cumplen con el requisito de ser toscos ventiladores y direccionadores de la ira.


Acá se lo elogia en televisión porque cuando recibe un regalo se le llenan los ojos de lágrimas. La televisión, como soporte, todavía no asumió que en sí misma es un multiplicador general de sentido -es decir que no asumió su responsabilidad social y nunca lo hará- y analiza a Milei en todas sus fases humanizantes, posponiendo las deshumanizantes, que son las que forman parte de su coronación como outsider, aunque no lo es. La novia que imitaba a la hermana y a Cristina es otro síntoma.


Pero el outsider es un insider a más no poder, en su nueva y máxima expresión de un anarcocapitalismo financiero del que hace muchos años hablaba Cristina en el G20, demostrando la cualidad de saber leer hacia adelante, cosa que el PJ nacional sigue sin reconocerle para desgracia del pueblo argentino .


Milei fue parido y alimentado por los circuitos profundos del poder real, por sus propias bestias, por los alocados y desequilibrados a los que temen sus propios socios. De lo único que es outsider es de la política, no del sistema. Milei es el sistema. Es la desnacionalización, la destrucción de todo tejido social, el sepulturero de la justicia social. Cómo Macri no iba a estar ahí, “por arriba de la cancillería”. Es lo de siempre, lo más viejo del mundo, la dominación.


¿Qué otra cosa quiere el sistema en el mundo pospandémico y en guerra, lleno de millones de desesperados en trauma, con inflación, con un dólar decadente y gobiernos incapaces de imponer políticas populares? Que estalle, el sistema quiere que estalle, que vuele todo por los aires, para comprar el mundo. El sistema quiere privatizar el mundo. Loteárselo entre ellos. Como Lewis al por mayor.


Quiere desnacionalizar el mundo, para que así como Milei dice que se pueden privatizar las calles, se puedan privatizar las rutas, las aduanas, las fronteras, todo lo que pueda suponer algún control. Esa es la libertad que avanza: la de comprarnos a todos como parte del fondo de comercio.


Sin embargo, haríamos mal, creo, en suponer que los que lo votaron forman parte de un complot. Sería una insensatez atroz de lectura. Ellos también hicieron síntoma. Y es que primero con Macri y después con este gobierno que tenía que hacer lo contrario, la política los dejó a su suerte.


Este gobierno, que asumió ya atrozmente atenazado por un préstamo ilegítimo en tanto fue político, y cuyos costos aceptó con un grado de naturalización insólito, defraudó. Porque la ilusión o la desesperanza están siempre vinculadas a las expectativas. Defraudar expectativas se paga muy caro.


El proceso desde abajo ya empezó. Ya comenzaron las asambleas feministas, para organizar el rechazo a una pesadilla que hace de la supremacía masculina una parte constitutiva, como en todos los siglos y en todas las latitudes: uno de los pilares del poder patriarcal es el tabú del deseo femenino. Las ultraderechas son restauradoras de los valores conservadoras de todos los tiempos, por eso nunca resultaron nada novedoso salvo en las aberraciones que se les ocurrieron. Su cultura se basa en hacer de un pueblo una turba.


 


Y sin embargo nos temen tanto que sacaron del juego a Cristina, que compraron a jueces y fiscales en todo el país, que son peones de embajadas extranjeras porque solos no pueden, y que no abandonan la idea de eliminarnos electoral, política o físicamente, como casi lo hacen con Cristina y Capucetti la va sacando baratísima. El otro día Leopoldo Moreau dijo: “Estamos en una instancia de ser patria o ser colonia”. La patria es la tierra de la esperanza. La colonia es la cuna del desprecio. 



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/582254-disfonia-de-un-sentimiento

lunes, 14 de agosto de 2023

Hay una chance, por Sandra Russo (para "Página 12" del 13-08-23)

 


Por Sandra Russo

13 de agosto de 2023


A fines de mayo llegué a Barcelona sin saber que el día anterior había habido elecciones autonómicas y municipales. Fue un derrumbe electoral del Psoe y Podemos, y un posicionamiento inesperado de Vox. El presidente Sánchez ese mismo lunes anunció el adelantamiento de las generales. “Quiero que se vea qué es en realidad Vox”, dijo. Fue un escándalo, las izquierdas se reconfiguraron no sin desgarro evidente, hubo una campaña urgente antifascista (de articular PP con Vox corrían riesgo, como aquí, el ministerio de las mujeres, como un rasgo machista distintivo de las ultraderechas, servicios sociales, garantías individuales y colectivas, la ley de memoria histórica, etc.). El resto ya se sabe: no pasaron.


Quiero decir: la sorpresa de estas PASO fue Javier Milei y la confirmación de que un personaje mediático que se postula como outsider pero representa al deep establishment se convirtió en un dirigente político con mucha más influencia de lo que era dable suponer hace muy poco. Hasta ayer, diría.


Pero hay que aprovechar cada minuto. Hoy lo sabemos. Hoy confirmamos que a un sector amplio del electorado le entusiasma lo políticamente incorrecto, quizá porque la política viene comportándose incorrectamente con él. Y que hay otro sector amplio del electorado que no vota, quizá porque se siente abandonado por todos.


Venimos de cuatro años de Macri y estos cuatro años fueron de un desgaste insoportable. Hubo pandemia, guerra, bla bla, ya sabemos. El desgaste de la interna y la vacilación presidencial permanente, pero sobre todo la interlocución invariables con el poder real y la falta de reacción y controles sobre los formadores de precios, la ausencia de medidas que modifiquen el día a dia de la gente común, la que no banca, la que ya no se banca vivir como vive, quizás haya una chance.


Si con algo se corrige este disparate es con política. No con macropolítica, que debe rendir sus frutos arrojando en la micropolítica todo lo posible y más. Se corrige con escucha y con comprensión histórica, que no la estamos teniendo. No comprendemos este país de hoy. Menos desprecio y más entendimiento ayudarían. La suma fija, por la que Cristina viene pidiendo hace 2 (dos) años, también.


Si la política deja de ser ese abstracto del que habla Milei, si nos decidimos a militar a un candidato que no nos satisface pero que es el único a esta altura que puede estar a la cabeza del campo nacional y popular, si nos tomamos octubre como una misión colectiva, en la que se diluyan las diferencias del panperonismo para hacer escudo, esto se puede frenar. Pero también hay que ser políticamente incorrectos, en un sentido propositivo que hable menos de nuestros valores y más de la necesidad ajena, que tenga ojos y oídos para los que ni siquiera llegan a la economía social, quizás haya una chance. Y que no pasen, porque si pasan, éste ya no será nuestro país.  



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/578381-hay-una-chance

domingo, 10 de octubre de 2021

El dolor de Héctor Timerman a la hora de la reparación, por Sandra Russo (para "Página 12" del 09-10-21)


El ex canciller Héctor Timerman.

Murió acusado de "traición a la patria"


Por Sandra Russo

9 de octubre de 2021


En estos días, y con toda razón, y por fin con justicia, se ha honrado el nombre del excanciller Héctor Timerman, que al dolor de su terrible enfermedad y perfectamente consciente de la trampa siniestra que le habían tendido a él y a la expresidenta el macrismo, la DAIA, los medios de presunta comunicación y los delincuentes ejecutores del lawfare, le sumó el dolor indecible de morir después de haber sido acusado de traición a la patria. Sólo mentes perturbadas por el odio podían pergeñar esa acusación contra el excanciller y la expresidenta. Después hemos visto otras parecidas, porque hay un goce de la impunidad y una obscenidad que los va empujando a mostrar que nada los detiene porque están absolutamente convencidos de que el dinero lo puede todo.


Todavía increíblemente hay que estar aclarando que los judíos argentinos no son israelíes. Que no son ciudadanos del Estado de Israel. Que son tan argentinos como los que tienen apellidos españoles o italianos. Sí, es increíble cómo un puñado de canallas como los que, por otra parte, hay en cualquier colectividad, hayan colaborado con la confusión que termina en malentendidos como ése, porque ellos sí operan en combinación no sólo con Israel, también con Estados Unidos.


Héctor Timerman sentía un profundo amor por su patria, la Argentina, a cuyo servicio estaba trabajando para intentar movilizar las capas geológicas de una causa vergonzosa. A los canallas trasnacionales una acusación como ésa, traición a la patria, quizá les resbale como un cubito que se desliza por su cinismo. Pero la entereza que Timerman mantuvo hasta el final, con ese plus de amargura por la condena que era ya esa acusación, es un dolor que debe ser colectivo. Debemos dolernos con él y su memoria.


A los que no estamos bajo el influjo de la banda de sonido que pasan todo el día casi mil medios en todo el país, a los que siempre supimos que la irrupción de Nisman en escena con esa denuncia absurda e indefendible era parte de un plan, a los que jamás dudamos de que la utilización de su posterior suicidio por quienes decían defenderlo era más mugre, más condición humana rebajada a su mínima expresión, también nos infligieron mucho daño.


Pasamos años impotentes, viendo cómo por un lado la escena era tan clara, tan armada, y viendo por el otro que había tantos mala leche y tantos oportunistas de micrófono que se creyeron ese cuento. Los vimos marchar un 18F, y mejor no repasar las fotos. Los vimos montar una horca con una muñeca que simulaba ser Cristina. Haber hecho verosímil para millones de personas lo absolutamente inverosímil es un don que tienen los medios hegemónicos; este gobierno parece que todavía no le ve los cuernos al toro.


El lawfare ha sido concebido para cancelar personas que molestan. El que hoy se atreve a decir que no existe, forma parte del lawfare. Así dejó a la Corte Suprema, que lo avaló: en este estropajo de trayectorias llenas de manchas y la zozobra de un país que carece de justicia.


Siempre que se tocan estos temas se habla de los protagonistas, que por supuesto son sus principales víctimas. Es hora de ampliar el foco. El lawfare ha sido concebido para que los pueblos carezcan de líderes. La atacada fue Cristina porque los enfrentaba. Hubieran atacado a cualquiera que lo hiciera. Pero fue ella.


Debajo de las primeras planas, debajo de la pirámide social, debajo de lo público, en millones de casas, hombres y mujeres de todas las edades fueron también dañados por mentiras como éstas. Tajearon su confianza, quebraron su fe en la política, los hicieron equivocar el diagnóstico incluso sobre su propia realidad y votaron a sus verdugos.


El daño que han hecho es inmenso. Debe ser así de inmensa la reparación. “El que las hace las paga”, decía Macri por aquel entonces. Es ahora.


Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/373617-el-dolor-de-hector-timerman-a-la-hora-de-la-reparacion

sábado, 28 de agosto de 2021

Evita, el exceso imperdonable, por Sandra Russo (para "Página 12" del 27-08-21)

 


Por Sandra Russo

27/08/2021


Hay un dato que hace de marco a una gran historia: la mortalidad infantil pasó de 90 por 1000 en 1943, a 56 por 1000 en 1955. La gran historia se ubica entre esos años, como un período en el que confluyeron multitudes en la experiencia de uno de los primeros Estados de Cuidado conocidos en este lado del mundo.


El desarrollo social se expandía bajo el ala de Perón, con Ramón Carrillo y la Fundación Eva Perón trabajando coordinadamente, amparando a niños y niñas, a ancianos y ancianas, a mujeres solas y mujeres trabajadoras, a huérfanos y estudiantes. Y en el centro estaba ella, cuyo ardor y afán reparador hizo brotar en un puñado de años cientos de Hogares Escuela, Albergues, Hospitales, colonias de vacaciones.


El 22 de agosto se cumplieron 70 años del día en el que ella decidió renunciar a los honores pero no a la lucha, y después de decirlo a la multitud, todavía guardando en secreto su enfermedad, recostó su cabeza en el hombro de su compañero, y sollozó. Nueve días después lo confirmaría por cadena nacional. Como con el presentimiento de un destino trágico que le daría poco tiempo, había trabajado a destajo y con el fanatismo que ella reivindicaba.


Así, fanática, irreverente, grosera y sin clase la habían mirado las damas de la Sociedad de Beneficencia que la visitaron al principio, en esa escena que incluyen todas las películas que hemos visto sobre ella: sobre esa escena es posible imprimir la parábola del Génesis sobre la que tantos autores han trabajado para dar cuenta de los dos modos distintos de ver al otro: la respuesta de Caín a Dios cuando le preguntó por Abel. “No sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.


En esa escena, cuando Evita les dijo a las señoras que hacían galas destinadas a los pobres que los pobres ya no las necesitaban porque tenían al Estado, les estaba diciendo que ella, en nombre del Estado, era la guardiana de sus hermanos y hermanas. Y su Fundación fue el instrumento para desparramar por todo el país, aceleradamente y sólo en una de sus otras responsabilidades, los Hogares para niños que después del golpe, cuando fueron inmediatamente desmantelados, le hicieron decir a Marta Ezcurra, la encargada del borramiento total de aquella experiencia de bienestar infantil, que el trato a los niños y niñas era “excesivo”.


Los niños de los hogares eran provistos de ropa nueva y hecha a medida cada seis meses, y en las alacenas de cada uno de ellos Ezcurra inventariaba vajilla de porcelana y cristalería checa, menúes que incluían carne tres veces por semana, juguetes a granel y todo lo necesario para ese “plus” que a la oligarquía le parecía imperdonable; el odio brotó todavía más al tener el detalle de cómo vivían los huérfanos, porque ese exceso siempre fue el tabú: a los pobres estaba bien darles retazos de lo que ya no servía, o lo estrictamente necesario para la supervivencia. Evita sin embargo dejó ese legado inmaterial que sobrevivió a la feroz destrucción de su obra: su anhelo era dar siempre un poco más.


Todo fue destruido: los colchones y las frazadas fueron quemadas en los patios de los Hogares, delante de los chicos. La cristalería y la vajilla fueron arrojadas al río. La misión era borrarlo todo, hacer de cuenta que eso jamás había ocurrido.


El legado inmaterial, sin embargo, quedó grabado a fuego en la memoria colectiva. La experiencia de la felicidad popular, el Estado yendo ya no a la estadística sino a los cuerpos concretos de varias generaciones que por primera vez gozaron del privilegio de ser los primeros. Evita lo pensó y lo hizo así, con una desmesura proporcional a la injusticia, con ese deseo ciclópeo de reparación del dolor, con esa terquedad que se le hizo pagar incluso después de muerta. Tal era su poder: ella significaba la posibilidad de la alegría que no se contentaba con lo necesario y se abría a más, a darles más, a que la riqueza, instrumentada a través del Estado, derramara por una vez entre los de abajo.


De “damas” como aquellas, emparentadas con los que pocos años después dejaron caer bombas sobre civiles que cruzaban la Plaza de Mayo, proviene el linaje de los que hasta hace muy poco, declaraban con mirada vidriosa que el peronismo en su versión reciente (2003-2015) había “engañado” al pueblo haciéndole creer que trabajadores formales o informales “tenían derecho” a comer lomo, o a comprarse un celular o zapatillas, o a irse de vacaciones. No es que llegó a lograrlo, faltaba. Pero la demanda no era declarada ilegítima, como hace la derecha en cualquier época. Aquellas “damas”, aquella Ezcurra es también Awada hablando de sus donaciones de retazos o Vidal diciendo que nadie que sale de la pobreza llega a la universidad, o Larreta mandando viandas vencidas a los comedores escolares.


 


Son los mismos. No importa lo que digan, importa lo que son. Hace dos siglos que son los mismos. Los que por un lado creen que la felicidad popular es un “exceso” que debe extirparse de cuajo, y del otro los que, inscriptos en la vertiente social que abrieron Perón y Evita, creen que el Estado se debe a los débiles, y que el poder sólo es útil si sirve para hacerle de guardián al hermano.



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/364401-evita-el-exceso-imperdonable

domingo, 15 de agosto de 2021

El eterno presente de la derecha: Entre la mentira y la verdad, por Sandra Russo (para "Página 12" del 13-08-21)

 


Por Sandra Russo

13/08/2021



La mayoría de las buenas personas intentan casi siempre, en los momentos importantes, decir lo que piensan o creen; buscan las palabras más aproximadas, las que más se acerquen a lo que quieren expresar. Pero para que eso suceda, esa buena intención y ese afán de intentar hacer coincidir lo que se dice y lo que se hace o se cree, esas buenas personas, primero, deben creer en algo; segundo, deben querer que los demás se enteren en qué creen; por lo tanto, deben tener ideas que no dañen a los demás y puedan, siendo dichas, no agredir a quienes se dirigen; y tercero, en este esquema bastante tosco, deben tener la voluntad de hacer públicos sus objetivos y esos objetivos, por lo tanto, deben ser confesables.


Se trata de un valor: que la palabra y la acción se correspondan. Pero como todos los valores, está en equilibrio inestable para mucha gente, incluso la que consideramos “buena gente”. Porque tampoco nadie se pasa la vida diciendo todo el tiempo lo que cree ni abriéndose ante conocidos y desconocidos que se le crucen en el camino.


Uno de los primeros tópicos problemáticos en los talleres de escritura con quienes se inician en la narrativa son los diálogos. Primero suelen ser lineales, como si efectivamente todo el mundo dijera lo que piensa o cosas que reflejan sus pensamientos generales sobre el mundo. Y esos diálogos no funcionan. La mayor parte del tiempo, las personas retienen por algún motivo (¿pudor, piedad, malicia, interés, cinismo, especulación, falta de autoestima, falsedad, delicadeza y muchas más motivaciones) lo que creen o sienten, y dicen otra cosa.


Todo ese amplio abanico de matices de relación entre ser y decir se diluye en muchos diálogos en los que se olvida que el lenguaje es un bote en el que nos abrimos paso hacia los otros, de modo que es el otro circunstancial, y nuestra idea de él, el que en buena parte define lo que se dice o lo que se opta por callar. No todo el mundo respeta a los otros.


En una entrevista radial, el sociólogo Daniel Rosso observaba esta semana, refiriéndose al panorama electoral, que los sucesivos armados de esa fuerza que inventó Mauricio Macri tienen una suerte de “obsolescencia programada”, como todos los proyectos neoliberales, incluso el que encabezó Carlos Menem y el que lo sucedió, con De la Rúa presidente.


Pueden ser permeables y gozar de la adhesión en un momento determinado del favor electoral, pero “no pueden ser reutilizables”. Sencillamente porque todos los proyectos neoliberales causan dolor, llevan implícita la corrupción, reprimen las luchas por las reconquistas de los derechos que quitan. El neoliberalismo se debe a sí mismo ese perpetuo reciclaje. Vidal fue tan clara diciendo que es inútil abrir universidades en el conurbano porque “ya sabemos que los pobres no llegan a la universidad”. Y si se trata de los gobiernos neoliberales, es cierto. Pero lo dijo en el Rotary. Nunca hubiera dicho eso en un acto público.


El neoliberalismo macrista ahora choca con la ultraderecha neoliberal desinhibida que va mucho más allá que ellos, los que cuando se dicen libertarios ocultan que son simples herejes fiscales. Y esa otra ultraderecha --porque el macrismo, con el contrabando de armas a Bolivia más todo lo que ya sabemos, se inscribe ahí-- es peligrosa para ellos. Lo que no tiene el macrismo es anclaje histórico (admitido). Se instalan en un perpetuo presente, sin héroes nacionales, sin Malvinas que recuperar ni compatriotas muertos en ellas y en todo el país, después, cuando otros neoliberalismos desmalvinizaron a la opinión pública. Ni Amejchet ni Sarlo inventaron nada con su provocación. Es la vieja raigambre desmalvinizadora neoliberal, pero no se nota porque ellos actúan como si no existiera el pasado.


Las fuerzas populares no surfean sobre el presente tratando de dejar contentos a los conductores del prime time. Hacen política para voltear alguna vez la estatua del colonizador. Cualquier colonizador, de otro siglo o de éste. Porque el neoliberalismo desde hace medio siglo es un proyecto de desmemoria en cuya entrada hay un cartel que reza “los políticos son todos iguales”.


No lo son. El aparato de acción psicológica de la ultraderecha usa la política para otros fines. Así que dice cualquier cosa, y cuanto más disparatada, cruel, imbécil que sea lo que digan, tienen rating. En eso se ha convertido ese soporte: en una fábrica de confusión que es caldo de cultivo para gente que repite lo que no entiende.


Por ahí, por ese presente perpetuo y falso que impone su propio y necesario negacionismo de sí mismo, entra el neoliberalismo en su faceta neofascista: en ese regalo del tiempo presente, vuelto esperpento televisivo, promete Disneys diversos que jamás se harían realidad. Lo hace porque no podría hacer otra cosa. ¿Qué debate serio podrían dar?


La historia no cumple la función de la diversión. En algún formato podría serlo, pero la historia no está allí para divertirnos, sino para entender la concatenación de hechos y sus resultados y sus consecuencias. Los macristas borraron a los héroes nacionales de los billetes porque la historia les estorba y prefieren su formato de hamburguesa con papas recién fritas. La otra ultraderecha, la sacada, que terminará siendo su aliada, sí es capaz de reivindicar a monstruos. Unos y otros tributan a los monstruos, pero unos lo disimulan y los otros vuelven su defecto virtud: la reivindicación del horror es su forma de alza, de falsa irreverencia, su falsa manera de ser contestarios.


Haría bien el Frente de Todos en apelar a su propio electorado como multiplicador de su comunicación. Tiene ese capital que las fuerzas elitistas no tienen, por eso pagan trolls. Haría bien en dejar florecer campañas silvestres, perfilarse en base a la ampliación ciudadana de mensajes sencillos, de estéticas de todos los grupos y corrientes que lo integran, de lenguajes mezclados y entrelazados que expresen lo que sus candidatxs dicen, pero en la maraña aviesa que les han creado. Esta vez no se apoya solamente votando. También se apoya comunicando.


Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/361426-el-eterno-presente-de-la-derecha-entre-la-mentira-y-la-verda

domingo, 18 de julio de 2021

La verdad de Cuba, por Sandra Russo (para "Página 12" del 17-07-21)


 La verdad de Cuba. (Fuente: EFE)


Por Sandra Russo

17 de julio de 2021


Estamos un poco nerviosos, bastante chispeantes por la cerveza, y acabamos de hacer una pendejada, pero la única pendeja soy yo, que tengo 25. Ellos dos son mucho mayores, ya son periodistas conocidos, uno de ellos legendario. Tratamos de no mirarnos para no reírnos, pero no nos sale y nos tentamos. Hicimos hace un rato una ronda entre cinco para decidir quién se subía a la tarima de esa vereda del barrio periférico de La Habana, para agradecerles a los vecinos el recibimiento apabullante que nos acaban de dar.


Es que todo fue muy rápido. Hace ya casi dos semanas que estamos en Cuba recorriéndola en una Van, con dos choferes que son veteranos de Angola y con los que después de 5000 kilómetros tenemos trato casi de parientes. Esta mañana volvimos a La Habana porque es hoy el día en el que se cumple el aniversario por el que fuimos invitados: hace 35 años se crearon los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que son en realidad cada manzana de cada barrio de cada ciudad de la isla.


Hoy en la Van, apenas entramos a la ciudad, preguntamos qué haríamos a la noche, y nos dijeron “nada, cenan en el hotel”. Es que la invitación había sido a propósito del aniversario de los CDR, pero consistía en conocer el país de punta a punta. El festejo en cada comité esa noche era colectivo pero al mismo tiempo íntimo: los vecinos que se conocen de toda la vida saldrían a festejar en las calles de sus barrios su organización, nos dijeron, que en tiempos tensos incluían la defensa militar de la isla, pero que ahora funcionan como el cuidador de la manzana, donde se sabe si en la cuadra hay una o más embarazadas que eventualmente necesiten un médico, si algún viejo vive solo, o es el lugar a los que acuden todos los que tienen algún problema.


No estaba contemplado que nosotros, cinco periodistas argentinos, fuéramos a ningún festejo porque los CDR no estaban para ser mostrados. Nosotros, que nos habíamos conocido en Ezeiza, pasamos los primeros días divididos en dos grupos (tres a favor, dos en contra --de Cuba--), pero con el trajín del viaje nos hemos llevado bien. Uno de los “en contra” dijo en la Van que queríamos ir esa noche a algún festejo. Los otros le decíamos que no, que estaba bien así, que los dejáramos tranquilos. El que insistía era un tipo de un diario del sur muy de derecha, cuyos dueños habían estado involucrados en crímenes de lesa humanidad. En ese entonces eso no se decía así. La democracia tenía un par de años. Pero en Ezeiza ese periodista se había confesado suelto de cuerpo, cuando los demás nos extrañamos de que lo hubieran invitado y se lo dijimos. “Voy a conocer, pero después voy a decir toda la verdad”, nos dijo, como si ya conociera Cuba y como si ya supiera cuál era la verdad que contaría. Los demás resoplamos. Era un anticubano redomado.


Esta tarde, uno de los choferes atendió su reclamo, pero dijo que él no podía resolverlo. Que tenía que consultar. Que debería ser cualquier otro CDR pero no el de su barrio, porque eso podría ser tomado como una “influencia” que nadie deseaba. Consultó y le pasaron al rato los datos de una manzana de un barrio cualquiera.


A la nochecita llegamos, después de más de media hora de viaje. Bajamos de la Van; los “a favor” sentíamos vergüenza ajena porque estábamos interrumpiendo con nuestra presencia un festejo que no era para nosotros. Sin embargo, apenas entramos al barrio, vimos un pasacalle hecho a las apuradas que decía “Bienvenidos hermanos argentinos”. Y del otro lado vimos a un centenar de hombres, mujeres y niños y ancianos aplaudiéndonos y festejándonos.


Esa gente sencilla vino a saludarnos. Nos hundimos en un mar de brazos, abrazos, besos, caricias en el pelo, carcajadas. Nos habían preparado la mesa de honor. Nos llenaron de regalos: los niños habían hecho manualidades para nosotros, muñecos, maderas pintadas, collares de piedritas, dibujos con marcadores. Llenaron nuestra mesa con todos sus manjares caseros de frijoles, aguacates, boniatos rellenos, ensaladas de hojas verdes amargas y rociadas con un aceite perfumado de pimiento.


Y después empezó el espectáculo. Vimos subir a diez niños que se pararon en fila sobre la tarima y comenzaron a recitar muchas estrofas del Martín Fierro, más de las que yo sabía, más de la que cada uno de nosotros memorizaba. Las habían aprendido esa tarde, cuando les llegó la noticia de la visita. Y esas vocecitas diciéndonos lo que era nuestro y no sabíamos fueron en cuestión de segundos perforando nuestra emoción. Terminamos aplaudiendo y temblando porque toda esa fiesta que era de ellos nos la estaban cediendo.


Había que agradecer. Nos juntamos los cinco y decidimos que por supuesto el indicado para subir a la tarima era el del diario del sur, el que creía que sabía la verdad. El otro “en contra” no era tan rígido: había votado lo mismo, muerto de risa, porque era el que mejor sabía el encono y la bilis que el del sur había traído ya puesta.


Ahora el del sur ya está arriba de la tarima. Lo miro a Enrique Sdrech y lo miro a Ariel Delgado, los miembros de mi grupo “a favor”. Nos tentamos porque si a nosotros ese amor nos ha abrumado, sospechamos que a él también, pero sabemos que lo corroe una aversión intensa. Hicimos una pequeña trampa justiciera designándolo delegado. Que hable y que agradezca, si lo vimos sorprenderse, dejarse abrazar y conmoverse con el recitado de los niños. El toma el micrófono que acopla.


Lo vemos transpirar, su camisa está empapada. Nos mira y le hacemos gestos de “vamos para adelante”, y volvemos a reírnos a carcajadas. Pero cuando comienza a hablar, le escuchamos dar las gracias, y apenas termina con lo de rigor agarra más fuerte el micrófono y se lo acerca a la boca, y parece a punto de una arenga inflamada. Los miro a Enrique y a Ariel. Ya no nos tentamos, estamos expectantes porque no sabemos qué podrá salir de su boca.


Aspira el aire y hace abanico con las manos antes de empezar a hablar otra vez, pero ahora en un tono más alto y sin hilván, con mala gramática pero con entrega. Lo que dice es que los pueblos nunca deben separarse, que la gente de Cuba es maravillosa y que nunca pensó vivir una noche como ésa, hermanos cubanos, siempre los voy a llevar en mi corazón, dice golpeándose el pecho. Después se pone a llorar, y ahí van los niños a rodearlo, a abrazarlo, a llenarlo de besos otra vez.


Con Enrique y Ariel nos deshacemos de felicidad entre lata y lata de cerveza. “Fue un aporte”, dice uno. Después los vecinos nos sacan a bailar a los tres. Sólo los muy ancianos se quedan en sus sillas. Lo demás es fiesta pura, familiar, vecinal, de cadera y hombro, de cuerpos y ánimos dispuestos a divertirse en ese pequeño punto del planeta en el que los vecinos de una cuadra celebran su modo de vivir.



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https://www.pagina12.com.ar/355302-la-verdad-de-cuba

domingo, 9 de mayo de 2021

La democracia en peligro, por Sandra Russo (para "Página 12" del 08-05-21)


Una coreografía que se repite aún en medio de la pandemia


Sólo los fascistas pueden querer sacar ventaja electoral de las muertes. Quizá la jugada siniestra de querer limar la autoridad presidencial tenga su boomerang: obliga al pueblo, dirigentes y funcionarios a volver a pensar en las capacidades transformadoras de la democracia.


Por Sandra Russo

08 de mayo de 2021


Esta semana y por el fallo de la Corte Suprema se me pasaron por la cabeza ráfagas de recuerdos de nuestra democracia, que tiene de vida poco más de la mitad de la mía.


La agitación transpirada saltando en la columna del PI, en l983, después del cierre de campaña en Once. La juventud. Mire mire qué locura, mire mire qué emoción, se acabó la dictadura la reputamadrequelorreparió. Las fiestas callejeras, el auge del Centro Cultural San Martín. El primer programa de La Cigarra, que conducía María Elena Walsh.


Los primeros sobresaltos, después. La imponencia del Juicio a las Juntas, primero, y después el levantamiento. La movilización. La frase de Alfonsín que me gusta recordar entera: “La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”. Lo tomamos a mal, muchos años, pero estaba resurgiendo el valor de la vida, aunque no nos diéramos cuenta.


Y después la remarcación enloquecida de los precios. El mercado pegándole puñaladas a la democracia y la Sociedad Rural abucheando al Presidente. Empezaban a limarlo hasta que lo echaron anticipadamente.


Ya había desencanto democrático, pero ni por las tapas comparable al que sobrevino cuando apareció Carlos Menem y lo subió al palco a Alsogaray. Allí comenzó el descrédito. Fue entonces que la democracia nos empezó a parecer inútil, una farsa, un aparato de opresión a los sectores populares, a muchas clases medias y al aparato productivo.


Era el neoliberalismo, que siempre entra camuflado en el bolsillo de los inescrupulosos. Tardamos mucho en darnos cuenta. Cuando ganó la Alianza nos parecía que nos habíamos alejado de nuestros males, pero Clarín pidió que volvieran a poner a Cavallo en el Ministerio de Economía y De la Rúa le hizo caso. No nos agarramos de las mechas. Estábamos hechizados. Recién después del estallido que se llevó decenas de vidas y en medio del fuego que calentaba las esquinas en las que lo rodeaban los vecinos, nos bajó la ficha de que el neoliberalismo había entrado con Menem y se había quedado con De la Rúa, y que ya no importaba si ganaban los radicales o los peronistas, porque los ajustes venían con todas las indicaciones de desgracias con cada préstamo.


La democracia seguía siendo un artefacto descompuesto. La política fue fácilmente estigmatizada. Eran muñecos de torta que decían lo que no pensaban y hacían lo que no decían. Hasta el 2003.


Y entonces Néstor hizo de pronto que la democracia, esa anciana de espalda vencida en su derrota, rejuveneciera con un esplendor que nos dejó boquiabiertos. La política podía servir para transformar la realidad. Si las mayorías, si los sectores populares eran representados por el poder político, y si ese poder les daba aunque fuera un poco de felicidad, la democracia era otra cosa.


Fue algo poderoso, vigoroso y tan potente, que cuando llegaron a haber cinco o seis países de la región en esa sintonía, el imperio comenzó a ejecutar su nuevo Cóndor, que era voltear gobiernos a través de las propias instituciones. Poniendo en el poder político a los representantes del poder real. Apoderándose del Estado, atacando ilegalmente a todos los líderes populares, persiguiéndolos judicialmente a través de fiscales y jueces entrenados para eso. Los corruptos y corruptores decían y siguen diciendo que “luchan contra la corrupción”. Lo hacen por plata.


Con Cristina mostraron, ya en sus dos gobiernos y después, los dientes con los que creen que hay que morderla a ella, y no lo logran, porque hacen fuerza y no perforan nunca el vínculo que existe entre esa mujer y los millones de personas que durante sus gobiernos vivieron lo mejor de sus vidas, y que experimentaron la democracia, además, como un modo de no vivir en soledad.


Hoy la democracia está de nuevo en peligro, se conoce la hilacha y se ven los vínculos, se repite la coreografía, justo en medio de la pandemia, lo que los hace fascistas. Sólo un fascista puede querer sacar ventaja electoral de la muerte.


Ya sabemos que hay fricciones en el Frente de Todos y hay cuestiones importantes en las que cada sector se va a frustrar. Pero saltando por arriba, como hizo Néstor, quizá esta jugada siniestra de querer limar la autoridad presidencial tenga su boomerang. Porque nos obliga, a nosotros como pueblo y a los dirigentes y funcionarios como tales, a volver a pensar en la épica de la democracia, en sus formidables capacidades transformadoras.


Lo vivimos y sabemos que esas virtudes sólo llegan cuando se dan las peleas. Que son duras y a veces parecen imposibles de remontar. Pero es que ésa es la épica: el poder político emancipador siempre será David mientras del otro lado Goliat compra a todos los comprables y convence a millones de que la mentira es la verdad. La épica son las pruebas que hay que pasar y el coraje que tendremos que tener. Del lado popular uno huele que hay ganas. Los principales dirigentes del FdT lo primero que hicieron fue mostrarse juntos. Así tenemos que estar. No se trata sólo de un gobierno: se trata de que no nos arrebaten la sagrada herramienta de la democracia representativa, porque hoy, tal como está el mundo, lleva ese nombre lo más parecido a la revolución. 

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https://www.pagina12.com.ar/340362-la-democracia-en-peligro

lunes, 15 de marzo de 2021

El vehículo que movilizó a quienes agredieron al Presidente pertenece a la Policía de Chubut, por "El Ágora digital" del 14-03-21

 


14 de marzo de 2021

La periodista Sandra Russo reveló que el automóvil en el que llegaron los encapuchados que ayer atacaron a piedrazos la camioneta en la que se transportaba el presidente en Chubut, pertenece a la división Investigaciones de la Policía de la provincia.


El auto del que salieron ayer los capuchas tira piedras contra el presidente tiene patente q corresponde a la policia de…


Publicado por Sandra Russo en Domingo, 14 de marzo de 2021



El dato pudo corroborarse a partir de una fotografía de la patente del rodaado y las bases de datos de los vehículos de la fuerza policial chubutense.


Según publicó el Cohete a la Luna, el vehículo es reconocido por vecinos de Esquel, quienes dan cuenta que durante el anterior gobierno, la división de Investigaciones operaba en conjunto con Gendarmería.


Se trata de la fuerza de choque de la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, la única dirigente nacional de Juntos por el Cambio que no condenó el ataque.


Los incidentes se dieron cuando un pequeño grupo de personas comenzó a arrojar piedras contra la camioneta en la que circulaba el presidente Fernández.



Se trataba de un vehículo de Parques Nacionales en la que se movilizaba luego de encabezar una reunión en el Comando de Operaciones en el Centro Cultural Lago Puelo, donde se tomaron definiciones sobre el combate del fuego.


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https://elagora.digital/agresion-bolson-presidente-policia-chubut/#.YE4_fB5KiM8

jueves, 26 de noviembre de 2020

El antihéroe de Fiorito, por Sandra Russo (para "Página 12" del 25-11-20)



Por Sandra Russo


El tuvo un don de esos que no se aprenden ni se estudian ni se manejan. Tuvo un solo amor incuestionable e incuestionado a lo largo de toda su vida, el que le dio la estabilidad que nada ni nadie más le dio: su relación con la pelota, ni siquiera con el fútbol, con la pelota. Entre sus piernas, no importaba si era en un equipo de ligas mayores o el eterno recuerdo de la primera que tocó con los pies en una cancha de barro cuando en Fiorito y al mismo tiempo, se daba cuenta de que su madre pasaba hambre para que él comiera.


Diego Maradona fue otro tipo de Gardel argentino: quizá sea muy pronto el Gardel de otras generaciones. Una metáfora del grande, del insuperable, del mejor. Y fue el mejor porque puso su inigualable vínculo con la pelota, a lo largo de los años, al servicio de causas que le parecieron justas.


Fue el mejor, además, porque aunque su vida haya trascurrido entre lujos inimaginables para cualquiera de nosotros, también su pesadilla de fama atronadora y oportunistas, vividores y trepadores, hijos no reconocidos o reconocidos tardíamente, drogas regadas por entornos de los que nunca supo resguardarse, debilidades profundas y dolorosas como fracturas expuestas, crisis existenciales y luchas a brazo partido contra su inestabilidad emocional, Maradona se mantuvo Maradona y si se recorre su ascenso y su descenso vital, lo que lo caracterizó fue que nunca abandonó a aquella primera pelota que encontró en el origen.


Así son los mitos y él ya entró en el panteón de los grandes mitos argentinos, los que el marketing es incapaz de inventar y el coucheo ignora cómo producir. El amor popular por Maradona no es un regalo: se lo ganó él, sacando pecho, admitiendo delante de millones de personas sus quiebres y sus errores, y resumiendo su mejor bandera, su única biblia y su hoja de ruta: la pelota no se mancha.


No abundan quienes se animan a ese tipo de fidelidades desde que tienen uso de razón hasta que mueren. No fue perfecto ni fue tampoco y apenas el mejor jugador de fútbol, o el más querido, o el que más alegrías les regaló a los corazones de sus compatriotas. Fue un fenómeno surgido del pliegue del hambre y la carencia, y soportó como pudo los desafíos de tanto éxito. A su manera, se alistó entre los que fracasan al triunfar, quizá porque algunos se preparan desde su nacimiento para el éxito, pero él salió de donde se entrena a los pibes para soportar la intemperie.


Maradona fue hasta el final un hombre que supo de dónde venía. Muchas veces pareció no saber a dónde iba, arrastrado por las disputas y los celos y las ambiciones de la corte de los falsos milagros que lo rodeaba. Pero él siempre supo de dónde venía, incluso cuando el oro chorreaba por las alcantarillas de su alma. Su poética relación con la pelota y su conciencia del origen lo hicieron único. Un antihéroe argentino que parecía inmortal, ha muerto. No sé a quién llora el mundo. En la Argentina, lloramos la muerte del pibe que salió de Fiorito.   


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sábado, 14 de septiembre de 2019

LA ALEGRÍA, por Sandra Russo (para "Página 12" del 14-09-19)


“El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza.”
Arturo Jauretche(1901-1974)


Por Sandra Russo



Recién durante el macrismo resonó de un modo seco y cortante, en el interior de cada cual, la frase de Jauretche que repetimos mil veces en los últimos años: “Los pueblos deprimidos no vencen”. Ya no se trataba solamente de la demonización, de las mentiras, de los malos tratos en las calles, de las difamaciones en los grandes medios, como cuando esa idea fue reflotada, en el primer gobierno de Cristina, junto a otras que más o menos decían lo mismo: te vencen si te quebrás, te vencen si les creés que no valés nada, te vencen si te aislás.

Estos últimos años hemos sido sopapeados de lo lindo. Nos han pegado en el estómago mil veces, y a millones les han vaciado el estómago porque fue un detalle en el que no pensaron. Habían hecho las cuentas y les daban perfecto: vendían todo y se lo quedaban ellos. Si en el interín había proliferado el hambre, la indigencia, las enfermedades, los desgraciados, los sin techo, en fin, si en el interín se desindustrializaba el país y se secaba de dinero el mercado, y nadie consumía, y los despidos eran a mansalva... pensarlo lo deben haber pensado porque es una contraindicación lógica del modelo que implantaron. Pero las personas nunca les importaron. Ellos creen que la vida es básicamente una transferencia. Primero de los pobres hacia los ricos. Y después de los ricos al exterior.

Se distrajeron un poco cuando se olvidaron que esas mismas personas que hambrearon y humillaron a destajo después son las que votan. Y ahora están como si de verdad los hubiera agarrado una tormenta tropical con vientos de doscientos kilómetros por hora. Como si no lo pudieran creer. ¿Puede ser cierto que pensaran que la villa 31 los votaría porque asfaltaron un pedazo? Ellos creen que los pobres de verdad se deslumbran por cualquier cosa que les regalen, como el relato de “los indios” con Colón. “Las zapatillas blancas” de las que habló Vidal dan una idea del pueblo que tienen en mente: piensan en abstracto, piensan en una mamá orgullosa de las zapatillas blancas gracias al asfalto, como en aquellas propagandas que hacía Fabián Gianola de algún jabón en polvo que dejaba los zoquetes relucientes. No se les ocurrió que era la misma mujer que podría ponerle zapatillas blancas a sus hijos la que no puede darles la leche del desayuno, ni el almuerzo, ni la cena. La que no puede darles nada, porque se lo quitaron todo. No se les ocurrió que los negocios que hicieron con infraestructura, y los miles de remiendos de las calles de las que fuimos testigos, serían el espacio público de un pueblo triste, sin ganas de seguir intentando buscar trabajo o terminar los estudios, y que esa infelicidad rumiaría sus nombres, pero acá nadie cree que si le va mal es porque así es la vida. Acá no pudieron extirpar la política, que en los sectores populares y en muchos sectores medios se llama peronismo. No conectaron.

Lo que no deja de provocar cierta autoadmiración colectiva es esta nueva mirada que nos estamos dando. Lo dije y escribí siempre que pude en estos años: no nos creamos que estamos quietos. No nos creamos que nos hicieron bolsa. No nos creamos que somos lo que ellos dicen que somos, porque mienten. Somos algo mejor, somos un pueblo que cree en lo maravilloso, que es la felicidad y la igualdad. Aunque los grandes medios nunca en estos años nos ofrecieron esa imagen, no hubo un solo día en que en este país, que se puso peligroso, en varios lugares distintos, ciudadanos en grupos más chicos o más grandes no salieran a la calle, a protestar y a tejer entre ellos vínculos que hoy perduran. Hubo centenares, miles de manifestaciones a lo ancho y a lo largo del país, por muchos motivos. Incesantes. Bajo cero o con cuarenta grados. Apaleados o invisibles. Sobraban los motivos. Muchas veces eran varios por día. La movilización popular fue por goteo y fue inabarcable.

Lo hicimos con lo que pudimos. De a veinte, de a miles, de a cientos de miles, cuando todavía ni asomaba una ínfima certeza sobre la opción electoral que se armaría. Fuimos estrictamente conscientes de aquella frase de Cristina, esbozada varias veces de diferentes maneras: éramos nosotros mismos los que teníamos que hacernos cargo de las demandas, ser en ese momento de orfandad y dispersión nuestros propios dirigentes. Y las demandas fueron miles, desde las económicas hasta las culturales, como la explosión del feminismo popular, como los diferentes grupos de vecinos que pelean contra las fumigaciones, como los discapacitados que reclaman sus pensiones, como los jubilados o los deudores UVA o los inquilinos o los despedidos o los precarizados o los reprimidos. Nadie se quedó esperando que le dijeran qué hacer.

Si hoy podemos bailar en las calles, si hay una amalgama que nos dice que hay prioridades inexcusables para mujeres y varones de bien, si olemos la fraternidad de la lucha y compartimos la esperanza de recuperar el país para recuperarnos a nosotros mismos, es porque lo que queremos es ese territorio material de la patria pero también el territorio inmaterial de la alegría que se comparte por algo que nos excede y nos desborda a cada uno. Esa es la enorme diferencia con el 2001. Aquella crisis nos encontró perforados por la antipolítica después de desencantos sucesivos. Hoy ya sabemos que en ninguna parte del mundo hay ningún partido que se presente como “neoliberal”. Ya sabemos que son un virus y que el problema de fondo tampoco es Macri, sino las políticas que trajo. Pero también seguimos siendo ese pueblo que perdió demasiados hijos y quiere vivir en paz, y tenemos apego por la democracia sólo porque sabemos que la política en manos de personas con coraje de representación, es un arte y es noble.

No lograron romper las redes políticas, sociales, sindicales y culturales que nos unen. Han sido puestas a prueba y no sólo han resistido sino que han nacido nuevas, miles de nuevas redes de conexión real que cada cual mantiene con uno o varios colectivos al mismo tiempo. No lograron alejarnos de la idea de que la única herramienta para derrotarlos es la política. Las nuevas generaciones llegan muy politizadas aunque han remixado su folklore y nos regalan su fuerza y su creatividad. Tenemos un generador de alegría que no todos los pueblos tienen. Un motor adentro que nos impulsa a arrancar una vez más. Porque tenemos la experiencia de la felicidad colectiva y creemos, con fe y con herejía, que finalmente la lucha siempre es para que se reparta el pan.   

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sábado, 17 de agosto de 2019

EL DISCURSO DE LA SUPREMACÍA, por Sandra Russo (para "Página 12" del 17-08-19)


Por Sandra Russo


El lunes pasado, cuando Macri, en su primer discurso, acusó al electorado de la corrida cambiaria por la que ahora es denunciado su gobierno, él mismo y con su furia rasgó el velo que casi todos estos años, salvo en los lapsus, lo preservó. Lo vimos a través de ese tajo que el resultado electoral le hizo a su máscara. Aunque lo que decía era incoherente y antidemocrático, irresponsable y psicópata, un rayo tranquilizador surgía de esa imagen parlante, de ese hombre destemplado que mordía bilis mientras fabulaba que “el mundo” nos daba la espalda de antemano por cómo habíamos votado. Ese rayo leve pero insisto, extrañamente tranquilizador, provenía de estar viéndolo por fin, viéndolo a él, y no al holograma coucheado al que estamos acostumbrados.

Después, ya de nuevo en personaje, dijo que no estaba enojado con los votantes (ya estaba de nuevo en campaña, de modo que lo que hizo no fue exactamente disculparse con el peronismo o el Frente de Todos, sino avisarles a los no peronistas que ya no aguantan más esta sangría y que votaron a Alberto Fernández que “que los valora”, que “piensa que su futuro”, ese que él viene forjando con tanto ahínco, y a cuya localización se accederá “cuando terminemos de cruzar el río”. Ahí ya estaba atajado y atajando, como siempre, con algún as bajo la manga (algo posiblemente ilegal), y el efecto de repulsión volvió a su curso normal. Después vimos en quién se repaldará hasta octubre: en la sacerdotisa del odio que piensa “dar una paliza” electoral sumando a los esquiadores.

Apareció enseguida la interpretación de ese cambio abrupto e ilógico del discurso (no había querido ofender, estaba enojado con él mismo por no haber hecho más, no había podido dormir, etc.), como parecido o asimilable al del golpeador que primero te faja y a los dos días te llora arrodillado diciéndote que estaba nervioso, que había sido un mal día, que nunca más te va a pegar. Y es cierto que en algunos aspectos el círculo de la violencia era reconocible, pero también era reconocible en el o la psicópata a secas, esos seres sin culpa que siempre la trasfieren a sus víctimas y lastiman sin alterarse. Después de todo, los golpeadores son un subgrupo entre los psicópatas.

Pero hay más variaciones. Preferiría asimilarlo aquí a otro discurso, que es el que Cambiemos camufló todos estos años, embadurnándose con una posmodernidad ya pasada de época, con globos y piletas dibujadas en el cemento, con bigotes de disfraces, con terapias provenientes de California y toda esa levedad que conocemos. Con frases hechas, con lugares comunes, con un relato pueril aunque miles de veces multiplicado en sus aparatos de difusión, Cambiemos logró esconder casi todo el tiempo su verdadero discurso, que es el de la supremacía. Ese discurso general de la supremacía ha sido el que sostuvo en el poder, en distintos tiempos, a pequeños grupos que lograron fabricar artefactos políticos entrelazados con la profunda y única convicción de esos pequeños grupos: por decisión divina, “natural”, de linaje, de raza, de clase o de religión, esos grupos gobernaron para sí mismos, amparados psíquicamente en su propia superioridad por sobre el resto de la población. Reyes, zares, tiranos, dictadores, autócratas, emperadores, a lo largo del tiempo, ejercieron ese juego mental de supremacía, fetichizaron su derecho al poder, y para mantenerse en él llevaron adelante cientos de desastres y masacres.

El Pro es un partido político creado para ganar elecciones, no para perderlas. Su objetivo no es influir en la vida del país, sino ejecutar un plan de negocios de alta intensidad, que un triunfo popular aborta. Nunca Macri podrá mejorar en nada la vida de los ciudadanos, porque el Pro es un rejunte supremacista, que no puede decirlo pero que observa a la sociedad argentina, a todos los sectores que ellos mismos no ocupan, como un conglomerado molesto de seres inferiores que insisten en vivir como si tuvieran el derecho de hacerlo. Con viejos que tienen ahora la mala costumbre de vivir mucho. Con niños que no paran de nacer y a los que hay que vacunar y darles algo de comer en las escuelas, aunque hayan cerrado miles de ellas y hayan despreciado a los docentes y a los científicos y a los artistas. Con discapacitados que quieren cobrar pensiones y portadores de VIH que quieren recibir sus cócteles.

Ellos nos miran como si fuéramos un circo lleno de fenómenos. El fénomeno humano que el supremacista argentino más rechaza, la síntesis de su revulsión tanto ideológica como estomacal es un estereotipo llamado “negro de mierda”. Se equivocaron las clases medias que comparten esa revulsión –que no es espontánea ni azarosa, sino el fruto de una lenta construcción política y cultural iniciada en el siglo pasado -, cuando creyeron que el supremacista podría a los rubiecitos con empleo en blanco y hogar de chalecito a dos aguas en su propio conjunto. Nunca se encimaron los conjuntos de las clases medias y los del supremacista. No estaba previsto. No resultaría lógico desde la perspectiva del supremacista. Ellos, sea los que portan apellidos o enormes fortunas amasadas en el borde o del otro lado de la ley, son un ínfimo club de campeones de no se sabe qué, que creen que pueden usar a un Estado nacional para su exclusivo beneficio.

Lograron victorias electorales gracias a que nadie en los grandes medios refutó nunca sus mentiras. Lograron que a muchos trabajadores con ansias locas de ascender socialmente se les nublara la razón y creyeran que Macri venía a traerles alegría. Trajo dolor. Dolor a destajo. Lo único que el supremacista tiene y da de buena gana a los seres de los estamentos inferiores es dolor. Disfruta provocando ese daño, porque proyecta en el dolor que causa su propia estatura. Como Bolsonaro o Trump. Se siente más fuerte y seguro cuando tiene las riendas cortas. La oscuridad en la que pone al pueblo redirige las luces al palacio.

Esa es la verdadera lógica de Macri y la de su discurso de superioridad, tan absurda en alguien tan poco dotado. Lo único que tiene es dinero. Macri es el que vimos por el tajo de su máscara. Ese que querría fulminarnos y tener a su disposición un país de zombies que se dejen de organizar política, sindical o socialmente. La tarea cultural profunda del macrismo apuntó a eso. A introyectar la idea de que vinimos al mundo a sufrir.



Pero no encontró un país cómodo para desarrollar su proyecto. Hay países alrededor de la Argentina en los que esa tarea fue sangrienta pero cumplida. Aquí los supremacistas se chocan de cabeza contra distintas tradiciones pero sobre todo con la que amparó y dio derechos a los “negros de mierda” que la elite tanto detesta. Es gracias al peronismo que en lo profundo de la argentinidad late ese impulso de supervivencia. Nuestro pueblo sabe mirar a los ojos al patrón o al supremacista, y reclama y no se cansa de reclamar generación tras generación una vida dichosa.     

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