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domingo, 23 de agosto de 2026

Murió la verdad. Murieron los hechos. Murió la verosimilitud, por Dante Augusto Palma

 



Durante 18 años, Jean-Claude Romand hizo creer a su familia y amigos que era médico e investigador de la OMS en Ginebra. La realidad era bastante diferente: había abandonado los estudios de medicina, no tenía trabajo y pasabas sus días vagando, en coches, plazas, tomando café, leyendo el diario. Se sostenía estafando con dinero a amigos y familiares a los que convencía de realizar supuestas provechosas inversiones. Diversas circunstancias hicieron que su gran mentira estuviera a punto de descubrirse y allí tomó una decisión estremecedora: asesinó a su mujer, sus dos hijos y sus padres. Luego intentó suicidarse incendiando la casa, pero en este caso falló y llegó a ser rescatado. Con esta historia, Emmanuel Carrére creó su famoso libro El adversario.  


Jason Arday se suicidó el 14 de agosto. En este caso, afortunadamente, no atentó contra su familia, pero es de suponer que no pudo soportar el escarnio público que lo atravesaba tras conocerse flagrantes mentiras sobre las cuales había construido una vida profesional y pública. 

Arday era un profesor de Cambridge que era presentado por las autoridades como el académico negro más joven en alcanzar el estatus de profesor en aquella casa de estudios. Pero su arribo a Cambridge fue el corolario de un largo proceso que comenzó con apariciones en medios de comunicación siempre como ejemplo de resiliencia y superación. Sin ir más lejos, fue seleccionado para portar la antorcha olímpica en Londres 2012 porque su ejemplo era inspirador y son incontables sus participaciones en entrevistas en la BBC, por ejemplo. Es que la historia de Arday era de película: afirmó ser diagnosticado con autismo a los tres años, no poder hablar hasta los 12 y haber aprendido a leer y escribir a los 18 años. Además, se presentaba como un eximio atleta que llegó a correr 30 maratones en 35 días, nueve de ellas, con una pierna fracturada, siempre con afán benéfico por el cual habría conseguido recolectar cinco millones de libras. Arday era el emblema perfecto para el discurso hegemónico progresista y, su llegada a Cambridge, la coronación y una forma de expiación cultural: el negro neurodivergente que se supera y se realiza en esta tierra que brinda oportunidades iguales a todos, más allá del color de piel. Un presente ficticio para enterrar una historia de colonialismo y discriminación real.   


Además de la poco creíble lista de padecimientos ya enumerados, Arday afirmó haber participado de un programa de TV de los años 60 cuando él nació en 1984; haber sido profesor invitado en universidades de Escocia, Estados Unidos y Sudáfrica, además de profesor honorario en Durham University, cargos que fueron desmentidos por las respectivas casas de estudio. Aparentemente también sería falsa la obtención de un master en psicodynamic counselling, como así también habrían sido inventadas supuestas amenazas contra él y su familia (la colocación de cabezas de cerdo en la puerta de sus padres, amenazas racistas, un stalker y otros episodios que The Free Press investigó sin conseguir evidencia policial o documental que lo avalen).  


Sin embargo, claro está, semejante inverosímil historia llamó la atención, especialmente en el ámbito académico, y empezaron a circular rumores de plagio además de dudas acerca de los cargos y logros expuestos en su currículum. En lo que se puede reconstruir, en 2025, el periodista Jack Grove, de Times Higher Education, investigó acusaciones de plagio, pero su investigación no llegó a publicarse tras la intervención de los abogados de Arday. En este caso, el niño prodigio, encarnación de la bondad en el mundo, actuó con toda la fuerza de la ley para censurar la investigación que avanzaba en su contra. Asimismo, en julio de 2026, el académico Nathan Cofnas hizo públicas nuevas acusaciones de plagio. Los antecedentes de este académico, señalado como supuesto confeso antisemita, rápidamente sirvieron para que Arday y quienes lo defendían instalaran la idea de una persecución racista, pero abrieron la puerta para que algunas de esas acusaciones fueran investigadas y ampliadas posteriormente por The Times. Allí el caso explotó y desencadenó los hechos: Cambridge se vio obligada a anunciar una nueva investigación sobre Arday y su trayectoria académica, él renuncia a su cargo, y, algunos días después, se mata. 


Comencé comparando el caso de Romand con el de Arday, justamente porque resultaban incomparables. En el primer ejemplo, alguien puede sostener una mentira así durante 18 años en un mundo sin redes y viviendo una vida anónima donde su universo es el universo de su familia y amigos. Es insólito que hubiera podido sostener una mentira tanto tiempo, pero es verosímil y, de hecho, logró hacerlo. Pero el caso de Arday es distinto: cualquiera que leyese sus historias se daría cuenta rápidamente de que es un fabulador, con el agravante de que estas historias eran públicas, tanto como sus antecedentes profesionales, etc. Arday mentía y la mentira estaba expuesta todo el tiempo. Es más: la fábula debía ser evaluada por instituciones que poseen los más altos estándares. Y sin embargo… la farsa continuó.  

Mi sospecha es que esto es posible porque no solo ya han muerto la verdad y los hechos: también ha muerto ya la verosimilitud. En otras palabras, ya sabemos que en esta era donde el lenguaje crea realidad y hablar de verdad es fascista, los hechos son los que indican el algoritmo y los que confirman prejuicios. Pero la defensa cerrada e insólita que el mundo woke está haciendo de Arday demuestra que también la verosimilitud y la sensatez se han sacrificado en aras de la ideología. La realidad no podía arruinar una bella historia, incluso cuando se tratara de una mentira.    


Así, no solo durante el proceso circunscribieron todo a un ataque de la derecha racista, sino que, tras la muerte, hablan de una confabulación desde los medios de comunicación contra Arday, una víctima sensible que no pudo soportar el acoso. El delirio llega a tal extremo que a la movilización pública en Trafalgar Square para honrar su memoria, se le puede agregar una petición en Change.org titulada: “Proposal for Arday’s Law: a limit to articles published on one person within a timeframe.”

La propuesta pide acción legislativa para limitar el número de artículos periodísticos que pueden publicarse sobre una misma persona dentro de un período determinado. El argumento es que una concentración excesiva de cobertura puede producir una presión pública desproporcionada y daños personales. Si pensamos que se trata de una iniciativa marginal de usuarios con tiempo libre adoradores de un fascismo progresista en nombre del bien, deberíamos indicar que el 18 de agosto hubo una declaración de apoyo a la propuesta publicada en la página oficial de Amnesty International UK, firmada conjuntamente por sus redes de Disabled People's Human Rights, Student Action, Anti-Racism, Feminist y Queer Rights. 

El número mágico que anda circulando es el expresado por Diane Abbott quien indica que entre el 24 de julio y el 14 de agosto se publicaron 249 artículos sobre Arday en 15 grandes medios británicos, y que 188 aparecieron durante los nueve días posteriores a su renuncia, entre el 5 y el 14 de agosto. 


Hace tiempo que el progresismo, embanderado en su supuesta lucha contra los lenguajes de odio, coquetea con la censura contra todo aquel discurso que señale a los propios, pero no deja de ser curioso que sea ese mismo progresismo el que exija un límite al acoso y a la cacería sobre una persona. La razón es que ha sido el propio progresismo, y no la derecha, el impulsor de la cultura de la cancelación y de la muerte civil de personas bajo la lógica del ataque en forma de enjambre mediático-cibernético. Y, sí, claro, esa dinámica es la que ha provocado innumerable cantidad de suicidios a pesar de que en muchos casos se trataba de acusaciones falsas.


Pero, a favor de Arday: ¿cómo alguien no va a fantasear con plagiar y mentir sobre un número delirante de proezas si, desde la derecha se habla de hechos alternativos y, desde la izquierda, se ha instalado que la realidad y la identidad de las personas depende del lenguaje y la percepción. Dicho de otro modo, si podemos crear cosas con palabras, si puedo ser algo solamente por decir que lo soy, ¿por qué no voy a ser doctor sin haber hecho una tesis? ¿Por qué no voy a correr nueve maratones con la pierna quebrada? 

Es más, si la meritocracia ya no existe y solo hay cupos identitarios, ¿qué sentido tiene llenar un CV con logros profesionales? A nadie le importa el doctorado de Arday: él estaba ahí por no ser “hegemónico”, y por haber dicho que hacía caridad, que fue diagnosticado con autismo, que tuvo dificultades para hablar, leer y escribir, etc. Los CV devienen así listas de padecimientos y no de logros. De las tesis, los libros, etc., nos interesa solo la identificación del tesista. Los concursos ya no evalúan conocimientos sino biografías. El varón blanco heterosexual es malo; todo lo otro es bueno, está en la verdad y nunca miente. Por eso no se puede admitir la mentira de Arday: porque identitariamente le está vedado la mentira, en este caso, por ser negro, pero lo mismo le hubiera ocurrido si perteneciera a otra “minoría”. Las minorías no mienten. Por eso es tan importante calificar como tal.    


Y ahora un párrafo para las instituciones. Claro que la responsabilidad es de Arday, pero aquí hubo todo un sistema que le dio lugar, que lo encumbró a pesar del delirio que presentaba, que lo protegió y que va a hacer de él un mártir para no dar el brazo a torcer, para no desnudar que todo este gran delirio colectivo es responsabilidad de las instituciones, las encargadas, por definición de dotar de racionalidad al orden social. Locos, mentirosos, psicópatas han existido siempre, pero las instituciones tenían los anticuerpos para detectarlos y ubicarlos donde merecen. Ahora hay un sistema que los protege, los encumbra y, por ello mismo, los incentiva porque, con el apoyo institucional, también obtienen legitimidad social. Si la mentira no tiene costo social ni jurídico y hasta puede llevar a la persona en cuestión a gozar del beneficio del reconocimiento social, estamos ante un escenario demasiado tentador para determinado tipo de personalidades y enormemente dañino si de lo que se trata es de construir un universo común con la justicia, la igualdad y la paz social como pilares. 


Si ni siquiera lo verosímil puede formar parte de una discusión común y funcionar como base de acuerdo para el debate entre polos, episodios como este confirmarán una y otra vez el avance demencial del relativismo posmoderno que ya se había cargado la verdad y luego había secuestrado a los hechos para someterlos al arbitrario terreno de la pura interpretación y el lenguaje creador. Cada evento será un disparador de los marcos que representan a los polos y cada uno jugará su batallita en la guerra cultural donde todos quieren convencer, pero nadie acepta poder ser convencido.

jueves, 6 de agosto de 2026

Javier Milei: ¿El Showman que ya cansó?, por Dante Augusto Palma


 Diego Capusotto en el personaje de Peter Conchas, el showman que ya cansó


En un sketch del ya mítico programa de humor absurdo, Todo por 2 pesos, Diego Capusotto representaba una suerte de comediante que, con diversas estrategias intentaba hacer reír a una audiencia que, poco a poco, iba enardeciéndose. El resultado siempre era el mismo: pasados unos segundos, el nivel de la actuación era tan pobre que empezaba a recibir huevazos, tomatazos y todo tipo de agresiones.

El sketch se presentaba como “Peter Conchas, El showman que ya cansó”, y siempre viene a mi mente cuando alguien que sobresale por algún tipo de performance abusa de ella hasta perder la potencia inicial. Tomando en cuenta los últimos exabruptos de Milei en Brasil, ¿es, nuestro presidente, un showman que ya cansó? 


Alguien dirá que es una característica de su personalidad y una fiel representación de la estética y los tipos de liderazgos de las nuevas derechas. Incluso podría agregarse que ha sido también por ese tipo acciones, y no a pesar de ellas, que logró posicionarse como candidato y luego triunfar en las elecciones. A todo esto respondería afirmativamente. La pregunta, en todo caso, es si aquello que circunstancialmente lo llevó a la victoria y a sostener un apoyo considerable de parte de la ciudadanía, es también aquello que podría horadarlo. Si este fuese el caso, la historia reciente estaría brindando jugosos ejemplos para comprender que lo que sirve para ganar, no necesariamente sirve para gobernar (Frente de Todos); y que lo que sirve para ganar y, en parte, para gobernar, quizás no alcance para reelegir. 


Esta semana, leía distintas notas que se hacían eco de un fenómeno que, a priori, parece contradictorio, pero puede que, en el fondo, no lo sea. Un creciente emprendedurismo de las clases bajas que ya no esperan nada del Estado (particularmente creciente entre mujeres) y una encuesta donde jóvenes de sectores bajos afirmaban mayoritariamente ser capaces de resignar salario y tiempo a cambio de un empleo en blanco. Aun tomando estos datos con pinzas, pues a primera vista parecerían contradecir cierta tendencia mundial, lo cierto es que mostrarían que el hecho de que alguien rechace al Estado como proveedor no significa que rechace la estabilidad como valor. En otras palabras, los más vulnerables se han hartado del clientelismo (en el mismo sentido que lo plantea Milei), pero eso no significa que celebren la precarización y la intemperie (como Milei parece proponerles en nombre de la libertad). La diferencia entre ser emprendedores porque quieren o porque es lo único que pueden, se torna aquí difusa.

 

Extrapolado al ámbito político, no estamos descubriendo nada, entonces, si afirmamos que, aun en estos tiempos de excesos de estímulos, precarización y déficit de atención, se sigue buscando estabilidad. En este punto, la lectura que haga el gobierno es clave para su futuro. Analicemos el porqué.  


En Milei, formas y contenido iban de la mano y conformaban un combo eficaz para la denuncia: la casta es formal, adusta y seria; y en lo que tiene que ver con los resultados, distintos gobiernos empobrecieron cada vez más a los argentinos, supuestamente, utilizando las mismas recetas. Pues entonces, sacudamos lo dado desde las formas (insultos, exabruptos, extravagancias) y también desde el contenido (propuestas radicales desde lo económico con reivindicación de figuras, en su mayoría, menores y marginales). 


Algo similar se observa en casi todos los líderes de las nuevas derechas: el combo “forma más contenido radical” ha demostrado ser efectivo en las urnas. Sin embargo, les comentaba, la lectura del gobierno de Milei es clave en este sentido, especialmente porque, sospecho, pueden estar haciendo el diagnóstico equivocado. En otras palabras, detrás de las formas estridentes y un contenido, por momentos, delirante e impracticable, incluso por los ortodoxos, hay buenas razones para suponer que el apoyo al gobierno de Milei se debe, sobre todo, a la estabilización de la inflación. Todavía es alta (de hecho, está más alta que en el último gobierno de Cristina) pero, al menos, parece controlada. Eso da un mínimo de previsibilidad tal como sucede en los países normales. Esa estabilidad, subestimada por las últimas versiones del peronismo, es muy importante, lo cual es una obviedad, pero es necesario resaltarlo, no sea cosa que se le siga olvidando a los líderes de la oposición que nunca hablan de ello (por cierto, ¿alguien sabe cuál es el plan de CFK y Kicillof para bajar la inflación? Y ya que tanto insisten con instalar a Bregman, probablemente, para minar a Kicillof, ¿alguien conoce el plan de la candidata trotskista para llevar la inflación a un dígito anual?   

Si la hipótesis es correcta, y lo que principalmente se valora de Milei es la estabilidad antes que su radicalidad en las formas y en el contenido, el gobierno podría estar equivocando su lectura política. Porque es cierto que, al momento de elegir presidente, la gente compró salto al vacío antes que más de lo mismo, pero de ahí no se sigue que haya comprado un permanente salto al vacío. 


Hay bastantes pruebas en este sentido más allá de que el caso argentino tenga sus particularidades. En otras palabras, las sociedades pueden aceptar e incluso celebrar una política de la excepcionalidad, la transgresión y el sobresalto. Son más tolerantes a ello cuando esa dinámica provoca resultados o, como en el caso argentino, cuando, más que los resultados, en un inicio, la figura de Milei encarnó el voto de castigo y revancha contra los privilegiados (que en la guerra de pobres contra pobres fueron más los empleados estatales que los ricos). 


Pero, finalizada la época de la revancha o, en todo caso, llevada a un segundo plano en detrimento del bienestar individual, la sociedad está evaluando de manera dispar los resultados del gobierno. Hay mayor estabilidad, pero la economía no arranca, los sueldos no alcanzan, el crecimiento es muy desparejo. 

Por otra parte, esto ni siquiera es un problema de Milei en particular, sino lo propio de, al menos, la política contemporánea: el exabrupto en Milei funcionó como señal de autenticidad. En una época donde el único mandato es ser fiel a uno mismo, (Freud ríe desde su tumba en este momento), esa presunta autenticidad generó identificación: este loco está tan loco y enojado como yo. Me representa. Pero la transgresión funciona mientras conserve su capacidad de transgredir. Por eso es tan afectiva para denunciar al poder cuando se está lejos del mismo, pero mucho menos cuando se accede al gobierno. Es que una vez allí, la gente deja de exigir transgresión y pasa a implorar responsabilidad.


Asimismo, me permito repetir la figura del péndulo: Milei captó bien esa predisposición del electorado a reemplazar el “que se vayan todos” por el “que venga cualquiera”, pero las sociedades no van siempre en la misma dirección. De la misma manera, un conato de espíritu anarcocapitalista en los sectores bajos que históricamente apoyaron al peronismo, no necesariamente es una tendencia que haya llegado para quedarse (más bien parece no haber durado ni dos años, si tomamos en cuanta los resultados de 2025). De modo que, es posible que la respuesta a Milei sea una radicalidad opuesta pero quizás puede ser una exigencia de moderación lo cual es, también, un opuesto a la radicalidad. 


La provocación permanente necesita ser renovada constantemente. Paradójicamente, Milei parece preso de una inflación de exabruptos que devalúa cada una de sus provocaciones. Volviendo por un momento a la TV, es como ese capítulo de los Simpsons donde Bart se hace famoso por una frase idiota “(Yo no fui”) y luego todo el mundo le exige “Di lo tuyo” y “Haz tu gracia”. Algo de eso se vio en su presentación en Brasil: le pusieron la canción de La Renga, él saltaba y arengaba y la gente abajo apenas si lo filmaba con su celular; algo así sucede aquí cuando estamos esperando que haga su gracia de voz de Alf al grito de ¡Viva La libertad, carajo!


Es imposible augurar si Milei será reelecto. Los números lo muestran como un candidato competitivo mientras la oposición navega en su indecisión. Pero lo que puede generar identificación y cierta legitimidad es mucho más eficaz como excepción que como régimen. Ninguna sociedad puede vivir en el sobresalto permanente ni lo desea. En determinadas circunstancias puede apoyar ese orden de cosas, pero luego exige otra cosa. 


No creo que Milei gane o pierda porque insulte a Lula o haga alguna payasada. En todo caso, su reelección corre riesgo si su dogmatismo y sus características de personalidad no le hacen ver que las sociedades cambian velozmente y que las exigencias y las necesidades nunca son las mismas. Es lo que le pasaba a Peter Conchas, el único que no se había dado cuenta que su show podía cansar; el único que no se había dado cuenta que su show, quizás, ya ni siquiera era necesario.










domingo, 19 de julio de 2026

¿Es Messi mejor que nosotros?, por Dante Augusto Palma




El enfrentamiento con los ingleses me recordó tres cosas que bien podrían entrelazarse: la primera pertenece a lo que podría llamarse la “sociología del deporte”; la segunda, un breve ensayo de Borges llamado “Nuestro pobre individualismo”; y la tercera es una reflexión comparativa sobre el significado del héroe. 


Por supuesto que existen contraejemplos, pero hay una idea general que se puede tomar como punto de partida: Inglaterra y Argentina expresan dos maneras antagónicas de entender el fútbol. Probablemente esto podría extrapolarse a la vida también, pero enfoquémonos en el deporte. Estas formas antagónicas no convierten necesariamente a unos en mejores que otros. Asimismo, puede que esta observación incomode a ciertos sectores progresistas y de izquierda al tiempo que invoque una sonrisa irónica del libertarianismo. 

Conceptualmente hablando, la idiosincrasia del fútbol inglés se ha basado en la idea disciplina táctica, sacrificio colectivo y en priorizar el sistema sobre la individualidad. Los equipos ingleses (insisto, en general) funcionan como máquinas donde los jugadores son figuras intercambiables porque lo que destaca no es la diferencia sino su rol en el engranaje. Claro que han tenido y tienen figuras que se destacan, pero la prioridad es el equipo y el énfasis está puesto en el orden del funcionamiento colectivo. 

El imaginario del fútbol argentino es completamente distinto. Se prioriza el crack, se sueña con llevar la 10, se idolatra la gambeta, esto es, la gesta individual que rompe el engranaje. Hay decenas de casos de buenos equipos, pero incluso en el recuerdo nos posamos en “la figura”, el que rompió el esquema: es Maradona, es Messi y son cada uno de los jugadores del barrio y la placita que sobresalen. Si los ingleses se enfocan en la organización y el control de las variables, el argentino busca la improvisación, la creatividad, lo cual se produce con talento natural y, también, por qué no, con algo de picardía. 


Si lo comparamos con la filosofía de la antigüedad, el argentino es el héroe homérico, aquel que sobresale por encima del resto, el que logra vencer a monstruos, se enfrenta a los dioses y alcanza límites sobrehumanos. Es el que va al frente solo porque cree haber nacido para ser protagonista. Le puede ir mal o bien pero su heroicidad está en esa decisión de enfrentarse al poder aferrado al San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles. Los espartanos, en cambio, proponen una lectura radicalmente opuesta cuando perfeccionan el cuerpo de los hoplitas, muy efectivo en la batalla. Para el que no lo recuerde, al momento de la confrontación, los hoplitas formaban un bloque homogéneo, hombro con hombro. Ninguno podía romper las filas. Es más, el héroe era el que entendía su rol y no el que se destacaba, de aquí que el fin no fuera sobresalir, sino fundirse en esa homogeneidad. En otras palabras, la protagonista era la falange y no los individuos que la conformaban y se entendía que 300 tipos unidos serían mucho más eficaces que 300 individuos sueltos que vayan a ser “su heroica”. 


Esto nos conecta con Borges cuando en el texto citado indica que los argentinos somos individuos antes que ciudadanos porque no nos identificamos con el Estado. La contraposición con el cine y la literatura es clara, de aquí que Borges nos recuerde que en los films de Hollywood es cierto que hay un hombre que se destaca (el típico caso del detective que se corta solo guiado por su intuición incluso contra la institución y la burocracia). Pero en todo caso se destaca y rompe con el orden solo para recuperarlo. En el ejemplo dado, el detective resuelve el caso y atrapa al criminal, pero para entregarlo a la policía, al sistema (la mayoría de las películas terminan con el criminal apresado por el detective para que cinco segundos después suenen las sirenas de la policía). Esa acción, según Borges, sería impensable en un argentino porque la amistad es una pasión y la policía es considerada una mafia. De aquí que sería visto como una canallada y que no sea casualidad que, desde chicos, se nos enseñara, antes que el progresismo de cristal fuera hegemónico, que se puede ser cualquier cosa menos “botón”, y que hay cosas que se deben arreglar entre las personas, sin participación externa, sin el Estado metiéndose, sin burócratas.   

Dice Borges: 


“El mundo, para el europeo, es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino, es un caos. (…) En general, el argentino descree de las circunstancias. (…) Su héroe popular es el hombre solo que pelea con la partida, ya en acto (Fierro, Moreira, Hormiga Negra), ya en potencia o en el pasado (Segundo Sombra). Otras literaturas no registran hechos análogos”.


En “Nuestro pobre individualismo” Borges no es taxativo al momento de explicar por qué los argentinos seríamos así. Es un texto escrito en 1946 en el contexto de la llegada del peronismo, al que nunca nombra, pero el cual es visto como una forma de colectivismo similar al que para él conformarían el comunismo y el nazismo. Afirma, además, que quizás seamos individualistas por los sucesivos malos gobiernos o, exhibiendo su individualismo metodológico y su anarquismo conservador, porque la idea de Estado mismo es una “inconcebible abstracción”. 

Incluso hacia el final, especula con que el avance de los colectivismos, lejos de afianzar una pertenencia nacional, podría provocar el efecto contrario, algo que, pareció confirmarse en los últimos años en Argentina. 


Para concluir, y retomando nuestro eje, cuando escribo estas líneas todavía no se ha jugado la final, pero si algo les faltaba a estos muchachos para hacer historia, y a Messi en particular, era ganarles a los ingleses. Lo hicieron con talento y también con el carácter y la picardía amateur que da el potrero y que no se aprende de grande. Incluso perdiendo la final ya son héroes aunque, también hay que decirlo, son héroes porque han ganado todo en los últimos años, y eso es también muy propio de los argentinos: no hay lugar para Cebollitas subcampeón. 


Después vendrán las interpretaciones sociales y políticas, y cada uno expondrá desde su sesgo que la selección es maravillosa y que siente una gran identificación, curiosamente, porque representa los valores que el analista sesgado quiere destacar en esa batallita zonza y diaria por confirmar sus prejuicios. Es más, el mismo analista intentará decirnos que esos valores representan a los argentinos cuando, quizás, ni siquiera lo representen a él.  


Creo que fue Menotti el que dijo “se juega como se vive”. También podría parafrasearse la frase y afirmar “somos como jugamos”. Tomando en cuenta que vivimos bastante como el culo y que muchas veces ni siquiera sabemos lo que somos, dejo abierta la pregunta acerca de si una selección tan exitosa genera semejante identificación porque acaba funcionando como un ideal aspiracional, esto es, porque ha demostrado ser mucho mejor que nosotros.

lunes, 18 de mayo de 2026

El peronismo vive (es la sociedad que representaba la que no existe más), por Dante Augusto Palma

 



Algunos meses atrás, a propósito del nuevo libro del filósofo de origen coreano Byung-Chul Han, Sobre Dios, resumíamos el eje del texto a partir de su idea más potente: no es que Dios haya muerto.

El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Vinculado a la siempre anunciada inminente muerte del peronismo, esa inversión de los términos producida por Han me llevó a preguntarme, en términos análogos, si, más que una muerte del peronismo, la llegada y permanencia de Milei expresaba que lo que ha muerto es la sociedad a la que el peronismo representaba.     

 

Si esta hipótesis es correcta, lo que estamos analizando como causa, sería más bien el efecto de un proceso subterráneo que pocos supieron/quisieron ver. La ley laboral aprobada este verano, por ejemplo, no sería el puntapié para el inicio de una nueva Argentina, digamos, en la que los trabajadores “ya no tienen derechos”, sino la expresión, en la letra de la ley, de lo que en buena medida venía ocurriendo, esto es: cada vez son menos los trabajadores formales que gozan de esos derechos.

 

 De aquí que cayera en saco roto una campaña bajo el lema “vienen por tus derechos” dirigida a ciudadanos que carecían de los mismos. Y algo peor: no solo esa campaña fue vista con impavidez por los presuntos destinatarios, sino que fue interpretada como lo que probablemente haya sido: un slogan que hablaba de “derechos” para no hablar de “prebendas”, llevada adelante por quienes, justamente, no querían perderlas. Ya es un lugar común pero cuando la gran mayoría de los argentinos tiene más de un trabajo porque el trabajo ya no garantiza dejar la pobreza; cuando los sindicatos a duras penas son capaces de resistir un fenómeno que, en alguna medida, los trasciende y tiene que ver con las transformaciones que el nuevo capitalismo impuso en el mundo del trabajo (por no hablar de lo que vendría ahora con la IA), es difícil que un discurso que hable de los trabajadores como columna vertebral represente algo (o represente mayorías).  

Algo parecido podría decirse de la exigencia del fin de la inflación, que a quien más jode es al que no llega a fin de mes y no a quien, con capacidad de ahorro, puede anticipar gastos. Seamos buenos: la inflación no es un problema en el mundo. Solo un selecto grupo de países de tercer o cuarto orden la padece. Adjudicarlo a empresarios malignos es cándido y ofende la inteligencia, no porque Argentina carezca de ellos, sino, justamente, porque empresarios hijos de puta hay en todo el mundo, pero solo hay inflación en Argentina. Por cierto, el problema ya existía con CFK, más allá de que las paritarias, como mínimo, emparejaran. La gente así lo entendió y lo entendió antes que el peronismo, al menos antes que el sector que ha hegemonizado al peronismo y cree que defender a CFK es no exponer que también había problemas que no necesariamente obedecían a “Los Buitres”. 

 

En la misma línea, la necesidad de una política de seguridad más punitivista como respuesta al flagelo de la inseguridad y la violencia social, tampoco es el origen de un proyecto distópico diseñado por Milei y Peter Thiel, sino un reclamo mayoritario de los sectores populares que son quienes más la sufren.

 

Por último, y la lista no es exhaustiva, claro, los denominados “planes sociales” no eran criticados solo por la derecha y la clase media tilinga. También eran mal vistos por los laburantes que asocian ingresos con esfuerzo y con trabajo; también con el mérito, por cierto, para horror del mundo progre que quiere convencerlos de que la meritocracia es fascista y de que la única carrera que debemos correr es la carrera por demostrar quién es más víctima de algo. Por cierto, estos valores se hicieron carne en los sectores populares por el peronismo y no por leer a Max Weber y el espíritu del protestantismo.  

¿Que la sociedad haya cambiado supone que las políticas públicas y el discurso hiperideologizado de Milei cesarán en su intento de moldearla o seguir transformándola en la línea de su pensamiento? Claro que no y, en todo caso, si puede lograrlo es algo que se verá con el tiempo. A lo que voy es a que si ese discurso hoy puede permear en un importante sector de la población, es porque existió una transformación previa que fue la condición de posibilidad para la llegada de Milei.

 

 Entonces, es cierto que en su delirio místico el presidente tiene pretensiones refundacionales, pero, ayudado por el fracaso de los dos gobiernos inmediatamente anteriores, en especial, el que le precedió, el “que venga cualquiera” como reemplazo del “que se vayan todos”, fue el sentimiento que se canalizó a través de Milei, es decir, fue un sentimiento previo a su arribo a la administración.

 

 De aquí que llame la atención cuando uno escucha “vienen a destruir la Argentina”. Es probable que así sea, pero semejante título no debe hacernos olvidar que la Argentina ya estaba “bastante” destruida. Claro que merecería más elaboración, pero como síntesis: cuando en plena pandemia, el gobierno del Frente de Todos lanza el IFE para aquellos ciudadanos que no recibían ingresos/ayudas estatales formales, y, de repente, aparecen casi 10 millones de personas a exigirlo, es difícil seguir sosteniendo que sos el gobierno del Estado presente, pero, sobre todo, es de miope no darse cuenta que algo está roto y que el modelo de sociedad al que ese discurso pretendía interpelar, ya no existe más. 

 

A tal punto podría decirse que la sociedad ha cambiado, que fue especialmente el progresismo quien más impulsó una ingeniería social basada en la idea de que “todo es cultural” y de que, cuando la ideología y la realidad chocan, la que debe adaptarse es la realidad. A esta altura, y con todo lo transitado, es casi un episodio menor, pero recordemos que había sectores que, desde oficinas del Estado, es decir, de arriba hacia abajo, intentaban imponer que debíamos hablar con la E y que, en caso de no hacerlo, estábamos contra los derechos humanos. 

 

Para finalizar, de lo dicho hasta aquí parece seguirse un llamamiento al surgimiento de un ala, llamemos, “liberal” del peronismo. Pero no es el caso, o no es la única interpretación posible. Entre la rigidez ideológica y la genuflexión absoluta al estado de cosas con fines electorales, hay un sinfín de caminos intermedios. El propio Perón entendía que, aunque sin renunciar a los principios, la doctrina debía actualizarse.

 

De modo que, si de llamamiento se trata, en todo caso, que sea una apelación a tratar, primeramente, de comprender el mundo y comprender la sociedad a la que se pretende representar. Esto no supone ser vehículos de unos valores de mierda o aceptar que los valores de una sociedad son buenos per se. De hecho, la representación, para bien o para mal, no es un espejo de los representados, tiene también un resto que permite al representante proponer, guiar y, eventualmente, transformar, idealmente, a través de la persuasión.

 

Pero el primer paso es comprender lo que se quiere representar. Si esto no sucede, el peronismo podrá continuar, pero le seguirá hablando a una sociedad que ya no existe más.

 



 

lunes, 27 de abril de 2026

Todos somos fascistas (para la generación que viene), por Dante Augusto Palma

 



Seguramente habrá sido un proceso largo y paulatino pero un día nos dimos cuenta que ya a nadie le interesaba entender el mundo. Y no es que se siguieran a Marx para tratar de transformarlo; más bien, de lo que se trataba era simplemente de confirmarlo, suponiendo por tal, reafirmar la manera en que cada uno de nosotros interpreta ese mundo. Sobra la bibliografía con estudios acerca de los sesgos y el modo en que los prejuicios operan en nuestra interacción con la realidad y podría decirse que se trata de una verdad harto evidente. Sin embargo, actuamos como si no fuera así, como si a través nuestro se expresara la verdad, la neutralidad, la objetividad. 

El escenario es más dramático cuando el algoritmo ya es lo suficiente preciso para darnos a cada uno el mundo que deseamos: todos ya leemos nuestro diario de Yrigoyen y nuestras conversaciones son ficciones, una apariencia de intercambio que es más persuasiva en la medida en que los monólogos no se superpongan, fenómeno cada vez menos frecuente, por cierto. 


Milei se cae porque el pueblo ya no lo soporta; perdió Orbán y es el fin de la derecha; los iraníes están ganando la guerra; los kukas no vuelven más; la inflación es un fenómeno estrictamente monetario; vivimos una infectadura… No hay diferencia entre análisis y deseos. La verdad “se milita”; “donde hay un sueño, nace un derecho”; “hechos en lugar de interpretaciones”, dice el intérprete oficial que arriba por sus propios medios a las mismas conclusiones a las que siempre arriba el Gobierno que lo pauta.  


No importa si Milei tiene los mismos números de aprobación que cuando ganó la última elección; si el sucesor de Orbán pertenecía a su partido hasta hace un par de años y solo se diferencia de él en su discurso anticorrupción; si es evidente que aunque los planes de Trump no se hayan realizado en su totalidad, faltamos a la verdad si decimos que está “perdiendo la guerra” cuando su poder de destrucción ha quedado de manifiesto; si los kukas que no volvían más volvieron en 2019 y te ganaron en primera vuelta; si el gobierno reconoce que la inflación crece por otras razones, o si la palabra “infectadura”, lejos de describir las restricciones a la circulación durante la pandemia, solo sirve como un preciso identificador de imbéciles. 

Nada de esto importa, pero sí arroja una curiosidad: estamos muy seguros de nuestras posiciones, pero todo el tiempo tenemos que estar consumiendo las noticias que confirmen que estábamos en lo cierto. La predisposición a ser convencidos por una mirada alternativa es cosa del pasado; todo argumento opuesto al nuestro es una agresión. Y, claro está, nos da ansiedad. 


Lo paradójico es que somos los herederos de los filósofos de la sospecha, aceptamos toda teoría, cuanto más conspirativa mejor, porque nos hace, supuestamente, más sagaces y dudamos de todo menos de una sola cosa: nosotros mismos. Todo debe ser puesto en tela de juicio; hasta lo más claro esconde algo por detrás que hay que develar; pero nosotros no; nosotros somos transparentes, cristalinos, espejos de lo real. Todo el mundo puede ser manipulado menos nosotros, especialmente cuando se trata de la identidad. Allí nadie se equivoca: el Hombre del siglo XXI vive en la Matrix para todo menos al momento de saber quién es, que es lo único que importa o que, sin duda, importa más que lo que hace. Podríamos decirlo así, incluso: lo que hace ya está determinado por lo que es. Por ello para saber si es bueno o es malo no importan las acciones, sino si es hombre o mujer, blanco o negro, heterosexual u homosexual, de izquierda o de derecha, etc. 

Además, somos muy especiales a punto tal que consideramos vivir en tiempos igualmente especiales, para bien o para mal. Por ejemplo, creemos que todo empezó con Internet y las redes sociales: antes no había odio, ni polarización, ni violencia; antes la gente no era boluda, votaba bien y nunca decía estupideces. Incluso antes de la posverdad, no existía la mentira y previo a la aparición de la IA, los desempeños escolares eran ejemplares.


Sin embargo, y a pesar de que, por pertenecer a las generaciones actuales, disponemos de la mayor cantidad de información, con archivos que no encontraríamos ni en la Biblioteca de Babel, somos la generación con menor perspectiva histórica. No importa si somos de izquierda, centro o derecha, este presente absoluto sin historia explica la creencia de que los males del mundo empezaron con Internet, como así también que aquello que se considera “pasado” debe ser evaluado con la moral del presente. ¿Resulta contradictorio decir que se vive en un presente absoluto y al mismo tiempo mencionar al pasado? No, justamente porque el pasado solo está allí como una extensión del presente y esa es la razón por la cual se cree que puede ser evaluado por nuestra cosmovisión actual. El pasado es algo que pasó antes pero que es presente. Será gracioso cuando las generaciones por venir piensen lo mismo y nos evalúen a nosotros con la moral de ellos. Allí podremos comprobar esto de que todos somos fascistas para la generación que viene. 


Como ya no hay pasado, un evento repetido puede ser visto como novedoso. De aquí que, además, estemos diariamente decretando vivir en un tiempo original donde a cada momento pasan cosas increíbles. Lo lamentamos por nuestros abuelos, pero a cada instante somos testigos de hechos que consideramos históricos. Es tanta la excepcionalidad que hemos perdido la noción de normalidad: los cisnes son todos negros o de colores, pero si aparece uno blanco habrá que sospechar. Borges decía que era absurda la existencia de los diarios porque eso suponía que había hechos dignos de ser mencionados cada 24 horas, demanda excesiva para una realidad que tiene que ocuparse de muchas cosas. Por ello indicaba que los periódicos debían ser “imperiódicos” y aparecer cuando haya algo importante para comunicar: una guerra, un descubrimiento, la publicación de un gran libro. Para nosotros, en cambio, los diarios ya nacen viejos y nuestros “periódicos” son plataformas que se actualizan constantemente. En general no dicen nada ni aportan novedad alguna. Pero compiten por llegar primero, aunque más no sea, llegar primero a noticias que no son tales, a eventos que, de tan triviales, les haríamos un favor si los omitiéramos.   


A propósito, esta semana se publicó una encuesta de Giaccobe y Asociados donde se consultaba cuál era el gobierno más corrupto desde el regreso de la democracia: ganó el de Cristina con el 44,4%, seguido por el de Milei con 31,3%. Allá a los lejos quedó el impoluto gobierno de Menem con 8,4%. Giaccobe tuvo que salir a explicar que, en realidad, la gente no vota la consigna, solo elige su principal enemigo del presente: los antiperonistas eligen a CFK como la más corrupta y los kirchneristas hacen lo propio con Milei. Una prueba más de que el pasado no existe sino como extensión del presente y un aporte decisivo a preguntarnos para qué carajo se hace una encuesta tan zonza. 


Con todo, digamos, hay cierta coherencia: Giaccobe y Asociados es la misma consultora que desde 1995 hace, para Perfil, la encuesta de los 100 personajes más influyentes del año que, en el 2025, como siempre, arrojó resultados elocuentes, a saber: Jonatan Viale es más influyente que Teresa de Calcuta y Xi Jinping; Jesús es menos influyente que Corina Machado y Adorni le saca 37 puestos de diferencia a quien debe ser un influencer o un participante de Gran Hermano cuyo nombre es Jorge Luis Borges.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Grabois, lumpenaje y burocracia kirchnerista, Dante Augusto Palma

 



Los últimos días del año sorprendieron con una escalada de conflictos en los municipios de Quilmes y Lanús. Los primeros, reivindicados por Juan Grabois, fueron protagonizados por miembros de una agrupación a la que éste pertenecía y giraron en torno de una ordenanza municipal que, entre otras cosas, buscaba regular la actividad de los trapitos; en el caso del municipio gobernado por Julián Álvarez, manifestantes del Movimiento Evita de Lanús lideraron un reclamo por mejores condiciones laborales, prendieron fuego un árbol de navidad y generaron incidentes varios. Que los conflictos hayan sucedido en días consecutivos contra dos municipios gobernados por La Cámpora y azuzados por agrupaciones que están en la vereda opuesta en la interna peronista, impulsó acusaciones cruzadas, especialmente entre Mayra Mendoza y Grabois. 


No hay espacio aquí para desarrollar todo el proceso que derivó en el surgimiento de los movimientos sociales, los piqueteros y lo que se intenta denominar “economía popular”, sin que nadie sepa bien de qué se trata eso, pero sin duda que, para un espacio como el peronismo, cuya columna vertebral ha sido el movimiento de los trabajadores organizado, los coletazos del neoliberalismo, dejando fuera del sistema a millones de personas, obligó a ampliar la mirada y los conceptos. 


A su vez, no se trató solo de un problema del peronismo: el Estado, incluso en administraciones como las de Macri o Milei, continuó con políticas de ayuda social a sectores vulnerables que, en el mejor de los casos, subsisten con empleos precarios e informales (no olvidemos que, sin ir más lejos, el gobierno de Milei mejoró en términos reales las partidas de la ayuda social y que al Movimiento Evita y al propio Grabois se los acusó, con razón, de pactar con Carolina Stanley).


En la medida en que el peso de estas organizaciones fue creciendo y la dinámica del piquete se transformó en parte del paisaje cotidiano, desde el kirchnerismo, en general, se encuadraron esas manifestaciones como parte del derecho a la protesta, mientras que desde la derecha se hizo énfasis en dinámicas clientelísticas y en la necesidad de garantizar la libre circulación. Aunque en Argentina todos los debates permanecen abiertos, hay que reconocer que la evidencia fue abrumadora a favor del gobierno de Milei en este punto: los piquetes se acabaron cuando el Estado cortó los mecanismos de financiación directa e indirecta que esas agrupaciones y sus dirigentes recibían del dinero de los contribuyentes. Era más fácil que cagar a palos a todo el mundo: había que cortar el chorro de guita y ya. Se acabaron los piquetes. Sonará triste pero la derecha tuvo razón en este punto. 


Otra cosa es el elemento simbólico y esa romantización del lumpenaje que el kirchnerismo y sectores de izquierda reivindican. A favor de ellos, habría que decir que se trata en parte de un fenómeno mundial: ser (presuntamente) marginal, comportarse de ese modo y cantar como tal es cool y aspiracional, supone abrazar una identidad recia, sufriente y antisistema cuando el propio sistema devino antisistema. No es la única contradicción del modelo hegemónico: pensemos si no en ese doble movimiento que presenta a las mujeres como víctimas esenciales a la vez que empoderadas para poder decir con Shakira “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”. 


En el caso del peronismo en particular, la romantización llegó a tal punto que se realizaron maniqueas contraposiciones entre una supuesta cultura solidaria y de buenos valores existente en las villas, frente a la siempre demonizada y supuestamente hiperindividualista clase media, por cierto, aquella en la que podemos encontrar una importante base electoral del kirchnerismo, especialmente si pensamos en algunas franjas profesionales de entre 35 y 50 años. Aquí no sabemos cuál fue el huevo o la gallina pero lo cierto es que el propio peronismo adoptó como tal la caricatura que la oposición gorila hizo de él, y acabó tergiversando todo: el que no labura es siempre una víctima; la meritocracia es mala palabra; los delincuentes no tienen responsabilidad porque son hijos de la desigualdad; la masculinidad es tóxica; la heterosexualidad es violencia; criticar que se gasta más de lo que entra es de derecha; la inflación no es un problema, etc. Aquí estamos lejos de defender la imagen nostálgica del peronismo como respuesta sagrada a los problemas del presente, pero, ¿a quién se le puede ocurrir que eso es peronismo? Sí, efectivamente, solo se le puede ocurrir a un antiperonista y a alguien que reivindica el peronismo, pero no entiende lo que es. 


A propósito, veía un recorte de una entrevista a Juan Grabois hecha por Tomás Rebord en el que el primero se autopercibía (SIC) como “un humanista revolucionario con influencias peronistas, cristianas, de distintas corrientes teológicas, marxistas, autonomistas, aceleracionistas”.


Por suerte aclaró que quizás no estaba caracterizando bien el término aceleracionista cuando Rebord lo interrumpió diciendo que no podía ser todo eso y aceleracionista a la vez, pero digamos que Grabois es capaz de encarnarlo casi todo, incluso tradiciones o perspectivas cuyo significado es incapaz de explicar. 


El comentario acerca de Grabois quedaría en la mera anécdota si no fuera el propio kirchnerismo el que le diera espacio a pesar de estar demostrando en todo momento que, con un poco de poder, arrasará lo poco que queda de éste, y no lo digo por estos hechos menores en las municipalidades, sino porque en Grabois aparece la apuesta de una radicalidad outsider por izquierda, lo opuesto a Milei pero que comparte con el ultralibertario esto de ser alguien de afuera que, ante la institucionalización y burocratización de los pibes que venían por la liberación, encarna el que viene a patear el tablero por izquierda, tal como Milei lo hizo por derecha. El kirchnerismo lo levantó para joderlo a Massa, le dio más de lo que merecía en las últimas listas y ahora Grabois les está tocando la puerta en un proceso que era más que previsible. Y, sobre todo, está corriendo por izquierda a La Cámpora, especialista en correr por izquierda.


 Lo hace desde una posición pseudo troska, sobreactuando la liberación de “compañeros” tras un par de horas en cana por hacer quilombo, tratando de garcas a los exjóvenes de La Cámpora y creando el oxímoron de “trabajadores cuidacoches”. Pero en ese escenario, La Cámpora tiene que salir a defender la propiedad privada y los derechos del vecinito que no quiere más extorsiones de unos tipos que presentan como laburo cobrarte por dejar tu auto en la vía pública. Se trata de un cambio que yo celebro y una muestra de la responsabilidad que supone gobernar un municipio, pero si lo hiciera Jorge Macri lo acusarían de crear una ciudad para pocos y de utilizar una pedagogía de la crueldad. 


En los próximos dos años veremos si Grabois, promovido por el kirchnerismo, acaba deglutiéndolo acusándolo de ser una casta de burócratas que creció bajo el paraguas de contratos y cajas. No le va a faltar razón en buena medida. También veremos si los electores acabarán abrazando ese mejunje de tradiciones y valores que Grabois dice encarnar aunque no pueda ni siquiera explicar bien de qué se trata y quizás solo sea el disfraz detrás del cual se esconda un proyecto político personal basado en una voluntad de poder con delirios místicos y en formato misión divina. Se trata de la misma lógica que expresa Milei de modo que no debería extrañar que ese eventual enfrentamiento ya no se dé en términos políticos sino en términos morales: el Bien contra el Mal. 


¿Hace falta decir que cuando la moral reemplaza a la política las cosas terminan mal? La seguimos el año que viene. Tengan todos un muy buen 2026.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Sin 20 de diciembre, sin trabajadores, sin pueblo. por Dante Augusto Palma






Los que siguen este espacio recordarán una columna en la que interpretaba la llegada de Milei como el paso del “Que se vayan todos” al “Que venga cualquiera”. Si esta hipótesis es correcta, Milei no sería la pospolítica, ni la superación de un largo proceso de crisis de representatividad sino más bien el último eslabón de una cadena que nació el 20 de diciembre de 2001, hace exactamente 24 años. En terminología nietzscheana y permítaseme el salto, Milei no sería el Superhombre sino, justamente, el Último Hombre, un emblema decadente del nihilismo que aparece cuando nos enteramos que Dios, es decir, los grandes relatos y los fundamentos últimos dadores de sentido, ha muerto. 


Si de citas extemporáneas se trata, el caso de Milei podría leerse a la luz del mítico fragmento final del Batman de Nolan cuando el personaje de Oldman afirma que Batman no es el héroe que merecemos pero sí el que necesitamos. Al menos así puede que lo entienda buena parte de la política y el poder real: el loco que llevará adelante las reformas que el país supuestamente necesitaba y cargará con todo el costo político para que, luego, una figura de la casta que no tuvo las agallas de ir a fondo, saque rédito de la devastación. 

Ahora bien, si nos detenemos en la efeméride del 20 de diciembre, cabría decir que más de 20 años después ni siquiera ha quedado esa ritualidad de la violencia y el estallido que teñía cada diciembre de los años posteriores.


 Afortunadamente, claro. Sin dudas, la reconciliación con la política que operó en una parte de la población alrededor del kirchnerismo, y la politización por oposición a ese proceso que operó a partir de la crisis de 2008, fue borrando esa sensación de que todo daba lo mismo. Al contrario: hubo una repolitización que probablemente se pasó de la raya y que generó conflictos en todas las familias, en aquello que, a falta de un concepto mejor, se llamó “la grieta”. 


Sin embargo, claro está, el agotamiento del kirchnerismo y los fracasos de Macri y el gobierno de Alberto, hicieron resurgir el espíritu de principios de este siglo, aunque, en este caso, como suele ocurrir, ya ni siquiera con violencia sino apenas con desencanto. De votar a Homero Simpson y poner la feta de salame a no ir a votar. Como nada puedo hacer, puteo, pero en casa, como pedía Alberto. 


Es un clásico decir que todos recordamos dónde estábamos cuando sucedieron los grandes eventos. Aunque no se trate más de una anécdota personal, déjenme contarles que, en mi caso, yo estaba, como todos los 20 de diciembre, cumpliendo años.


 No menciono esto para recibir las felicitaciones del caso, sino para contarles una sensación que con el tiempo pude resignificar. En aquel 2001, me preparaba para recibir amigos y familiares como de costumbre y no fue hasta que salí a la calle que empecé a tomar magnitud de lo que sucedía, a pesar de que estaba siguiendo atentamente los hechos a través de la televisión desde la noche anterior, en la que había renunciado Cavallo. Es que los autos en el barrio estaban dados vueltas y el Mc Donald’s y el Blockbuster ardían. Yo llevaba las botellas de cerveza vacías al chino cuando me encontré con todo ese escenario. Recién allí pensé que quizás era una buena idea postergar la celebración. 


Naturalmente, de esa anécdota se puede inferir que quien escribe estas líneas vivía en una burbuja. Sin descartar esa opción, me inclino por otra mirada, más dramática, incluso para mí. Me refiero al hecho de cómo nos habíamos acostumbrado a esas escenas, a las renuncias de funcionarios, a las crisis, a que se queden con la guita, a que te caguen a palos. Frente a esa sucesión de eventos ya comunes, el cumpleaños, que sucede cada 365 días, era lo verdaderamente novedoso. Naturalmente, ese día fue emblemático por los muertos y por la renuncia de un presidente que asumió ausente, pero estábamos confortablemente adormecidos como la rana en el agua hirviendo. 


Muchas veces solemos caer en la tentación de comparar nostálgicamente esos tiempos de lucha con la pasividad actual. Y no es justo decir que añoramos lo que nunca jamás sucedió, para seguir con las citas, pero sí resulta importante señalar que el país ha cambiado mucho. 


Perdón por la segunda autorreferencia, pero aquí también hemos mencionado una y otra vez que la Argentina del 2025 no es ni siquiera la del 2015, algo que el kirchnerismo no entiende. En este sentido, y a propósito de estar discutiendo una vez más una reforma laboral, encontramos un panorama de aquello en lo que nos hemos convertido hoy: una CGT deshilachada, pero movilizante y una oposición de dirigentes políticos que no hace pie frente a un gobierno que avanza como elefante en el bazar. 


Y lo diré de manera provocadora aunque sea falso: el trabajador no existe más, no, al menos, tal como lo conocíamos. No se trata de un fenómeno argentino donde el nivel de sindicalización todavía alcanza niveles relevantes en algunos sectores comparado con buena parte del mundo. Pero podría decirse que aun cuando sea muy importante discutir políticas que favorezcan la formalización o parar la industria del juicio sin que ello derive en la profundización de la precarización del trabajador que se ha dado de hecho, la fragmentación y descomposición de esa identidad que fue la columna vertebral del peronismo es evidente. Si la política le habla a Twitter, cuando escuchaba algunos de los discursos de la CGT, sin fisuras, aunque obvios, me preguntaba a quién le hablaban o, en todo caso, cuántos oídos son receptivos a ese discurso más allá de los afiliados y de aquellos trabajadores que, estando en blanco, lamentablemente, empezaron a ser vistos como privilegiados, especialmente a partir de la pandemia. 


Y es cierto que uno no se lo puede pedir a la CGT pero estamos a un paso de que la IA pueda dejar a la mitad de la población mundial sin trabajo y la única respuesta frente a eso es la receta de la industrialización de un país y un mundo que, si no son los del 2015, menos van a ser los de los años 70; o, por izquierda, una renta básica universal que, como siempre, está más preocupada en redistribuir que en crear la riqueza; o, por derecha, algún tipo de solución altruista de los CEOs de Silicon Valley para mitigar un potencial desorden mundial de consecuencias impredecibles. 


Y permítaseme aquí una segunda provocación, también, en parte, falsa, pero provocación al fin: o bien aceptamos que el pueblo, sea lo que fuere, no existe más, o bien admitimos que el pueblo (o buena parte de él) votó a Milei y que el anarcocapitalista es un líder popular, más allá de que en las elecciones de 2025 el voto pareció reacomodarse en un sentido más clásico y el apoyo a “el león” provino más de clases medias y altas. 


Si el progresismo todavía no se dio cuenta que es el hijo predilecto del liberalismo y que ha profundizado la fragmentación y la conflictividad social detrás de todo su sermón inagotablemente buenista de la empatía contra la pedagogía de la crueldad, cabe mencionar que, aun con toda la buena fe del mundo, tampoco la respuesta parece clara del lado de los que afirman que “hay que volver a Perón” cuando probablemente Perón los esté mirando desde el futuro diciendo “muchachos, las cosas cambiaron de tal modo que ni siquiera sé si alcanza con una actualización doctrinaria”. 


No se trata de hacer borrón y cuenta nueva; menos de despreciar la memoria y los hitos populares que construyeron la Argentina de hoy, con sus pro y sus contra. Pero se hace urgente pensar algo nuevo. El mundo y la Argentina están cambiando demasiado pronto y nosotros estamos pensando demasiado lento.





domingo, 14 de diciembre de 2025

Rebord, Rosemblat y Dante Presidente, por Dante Augusto Palma




En los últimos días, impulsado desde algunos sectores del sindicalismo y la política, comenzó a circular la posibilidad de que el pastor evangélico Dante Gebel sea candidato a presidente en 2027. Consultado por Mario Pergolini, el propio implicado no descartó esa posibilidad de modo que cabría prestarle alguna atención puesto que posee seguidores, eventuales importantes aportantes económicos y un discurso pretendidamente ecuménico alrededor de la espiritualidad, tal como mandan los tiempos. A propósito, dado que la imaginación no abunda, tampoco debiera extrañar que se tratara de algún sueño trasnochado a partir de que el evento que el pastor vino a presentar se llama PresiDante, haciendo un juego de palabras con su nombre, y que allí se lo puede ver con la banda presidencial. En todo caso, el tiempo dirá. 


Hace algún tiempo circuló, y gracias a alguna información de fuente confiable podría confirmarlo, que el peronismo de la ciudad, de la mano de Juan Manuel Olmos, está detrás de una suerte de “proyecto streamer”, una renovación de candidaturas que pueda romper el techo al que parece condenado el peronismo citadino, y que podría recurrir a figuras como Tomás Rebord y Pedro Rosemblat. Este último ya había pretendido un salto a la política y el primero, presumo, pareciera estar allí resolviendo un dilema interno entre una vida como artista y un salto a la política. Ambos son jóvenes, muy exitosos en sus respectivos proyectos y han hecho mucho más por instalar discusiones autocríticas al interior del peronismo/progresismo que la dirigencia política que ahora pretende sumarlos a sus filas. 

Comparar a Gebel con Rebord y Rosemblat es injusto para los tres, pero los menciono aquí porque pareciera que desde diferentes espectros ideológicos se renueva esta tentación muy poco novedosa de apelar a figurar extrapartidarias, “famosos”, como solución a la crisis de representatividad. Y sobre este punto vale una aclaración: Rebord y Rosemblat tienen formación política por encima de la media. Sin embargo, no se está pensando en ellos por esa razón, sino por su éxito en redes y su visibilidad. No es culpa de ellos, pero la razón por la que se los elige es por méritos que no tienen que ver estrictamente con su eventual proyecto o mirada acerca de la política. La demostración es que son ellos, pero podría ser cualquiera: veamos si no el caso de Lali Espósito a quien nos quieren vender como la nueva Evita por haber hecho una canción con un estribillo pegadizo y un mensaje velado contra el presidente. La vara está baja. 

Pero más allá de ello, a continuación, quisiera proponerles reflexiones personales acerca de este fenómeno y si en ellas les suena algo del filósofo Byung Chul-Han, sea acompañando su perspectiva, sea criticándola, están bien orientados.


En primer lugar, digamos que, si es cierto que el neoliberalismo convierte al sujeto en un emprendedor, un “creador de sí mismo”, esto es, alguien que está encargado de gestionar su propia imagen y su rendimiento, es natural que esto produzca nuevos tipos de actores políticos. En otras palabras, el político deja de ser un representante de una parte para devenir un autogestor, ni siquiera de su rol en el debate público, sino simplemente de su presencia mediática. Este político performático está más preocupado por el recorte viral de sus alocuciones que por otra cosa, es Julia Strada pidiéndole a su fotógrafo oficial que le saque la foto con cara de valiente señalando con el dedo a un policía. 

Ahora bien, si el político devino un producto, el votante se transforma en un consumidor con derechitos económicos de consumidor y no con derechos de ciudadano. Se transforma así en un usuario de la política como quien consume un servicio, o sea como quien puede entrar y salir, suscribirse y darse de baja.


Asimismo, elegir entre los famosos de este tiempo, le permite a la política entrar en la disputa por el recurso más escaso del capitalismo hoy: la atención. Y hace bien, por cierto, porque vaciada de sentido, de valores, de proyecto y de comunidad, lo único que le queda es salir a disputar como un producto más en el mercado. De aquí que no sea casual lo bien que les va a los outsider, con Milei a la cabeza, puesto que la propuesta más delirante suele ser la más efectiva si de atraer la atención se trata. De hecho, no me van a decir que entre un discurso de Taiana y un recital de Milei ustedes van a elegir lo primero. 


En este punto, la vieja política suele hacer una extrapolación bastante lineal y burda que muchos influencers creen o eligen creer: muchos likes son muchos votos, muchos seguidores son base electoral y la cantidad de visualizaciones y repeticiones son capital político. Este último, entonces, no tiene que ver ya con valores sino con la posibilidad de tener un mensaje o una imagen viralizable. Si es viral, es bueno.


El nuevo político influencer no es guiado por el pueblo sino por el algoritmo o, lo que es peor, cree que el algoritmo es el que está representando al pueblo. Queda atrapado en un narcisismo algorítmico que no representa intereses partidarios sino los deseos y aspiraciones individuales de unos votantes que son seguidores, en su mayoría pasivos, como quien sigue a su ídolo en la música o en el fútbol como figura inalcanzable. No se trata de crear comunidad sino idolatría. Es el Pitu Salvatierra jurando por Futurock, es decir, por la empresa para la que trabaja; es Mayra Mendoza tatuándose a Néstor y a la tobillera. Dicen que es político pero es solo personal. 

Y sobre todo: no hay tiempo. Las unidades básicas ya no forman cuadros, de modo que hay que echar mano a los emprendedores de su propia imagen que, devenidos candidatos, ya están construidos como producto, listos para ser consumidos por derecha, por izquierda o por centro. 


Asimismo, los famosos de hoy cumplen con el ideal de autenticidad tan requerido en la actualidad, el principal insumo de la antipolítica, porque la política es asociada a la opacidad, lo turbio, la hipocresía; al fin de cuentas, “la rosca” representa lo que se hace por detrás en un tiempo de tiranía de la transparencia, de obligación de mostrarlo todo, y con “todo” no me refiero solamente a las cuentas públicas sino a lo que concierne a nuestra identidad y nuestra vida privada. Podría decirse, incluso, que el influencer (o la mayoría de ellos) no tiene otro valor que la autenticidad y es lo único que se le exige, por más que en su cuenta muestre una riqueza que no tiene y sus autos de lujo sean alquilados, que venda canjes berretas o se saque fotos con filtros contra las arrugas, la papada y la cintura de lavarropa. En todo caso, aun cuando sea artificial y/o pelotudo/a lo que importa es que sea auténticamente artificial y/o pelotudo/a. Eso es lo que genera identificación y esa conexión es central en política.  


El famoso genera además dos sentimientos contrapuestos, pero que coexisten con efectividad similar: por un lado, su positividad pre o pospolítica lo lleva a sobrevolar los conflictos, estar por encima de ellos, y con ello fantasear con ser el candidato de todos, capaz de unir. El caso de Gebel es claro en ese sentido: el pastor evangelista que no es de izquierda ni de derecha y es capaz de juntar a todas las partes en esa fantasía del pueblo unido en pos de vaya a saber qué cosa.  


Pero, por otra parte, es cierto que, en los últimos años, el famoso, aun cuando no intervenga en política, genera una división: todos tienen sus likes pero también sus haters. En este sentido, reproduce lo que parece haberse instalado en todo el mundo: polarización y sobre todo una polarización constante sobre toda temática. Todo es opinable, sobre todo hay que opinar y el debate público se transformó en un debate del minuto a minuto como un muro de Facebook o un chat de Youtube donde se reparten likes y odios por doquier.


Sin embargo, a no confundirse: la negatividad de los odios es funcional a la necesidad de circulación y viralización de la que hablábamos antes: lo que importa es que atraiga la atención y lo que genera odio atrae mucho más que el amor. 


En todo caso, uno de los problemas que se plantea es lo que sucede cuando el influencer pasa a ocupar un cargo de responsabilidad, y aquí, obviamente, eximo a los tres mencionados pues ninguno de ellos ha dado el salto formal todavía. 


Es que no se puede gobernar bajo la lógica de los likes y la dopamina como lo hacen muchos de nuestros actuales dirigentes que testean sus iniciativas en Twitter y estudian guiones para que el asesor pagado con nuestros impuestos haga el recorte viral de 30 segundos.


 Asimismo, y esto se vio claramente en la insólita discusión acerca de si la cuenta de Twitter le pertenece al Javier Milei ciudadano o al Javier Milei presidente, la confusión entre lo público y lo privado está a la orden del día. No hay mediación, no hay investidura, no hay institucionalidad: todo está afuera e igualado en la horizontalidad de la red. 


Para finalizar, digamos que, si la política del futuro va a ser la política que reproduzca la lógica de los influencers y el único “valor” será cuán conocido es el sujeto en cuestión, no debería llamar la atención que la política se reduzca a la autenticidad del yo que gobierna por sobre cualquier proyecto político. En Milei esto es claro: el gobierno de Milei es Milei; el mileismo es Milei. Allí no hay proyecto, en todo caso una misión personal en clave de delirio místico que empieza y termina en Milei. Y no debería sorprendernos porque no es el único: simplemente sobresale porque es el que llegó. 


Visible, autoconstituido, performático, expuesto, auténtico preocupado por la atención antes que por la deliberación. 

El candidato influencer, aun cuando pueda tener buenas intenciones y una sólida formación, queda preso de una lógica que lo excede y que indefectiblemente lo aleja de cualquier proyecto colectivo.





domingo, 7 de diciembre de 2025

¿Hacia un peronismo populista y antiwoke?, por Dante Augusto Palma



“Se terminó lo woke. Es el turno de la rabia”, era el título de la nota que algunos días atrás publicara James Carville en The New York Times y que se viralizara casi de inmediato gracias a la controversia generada en el espacio progresista. https://www.nytimes.com/2025/11/24/opinion/democrats-platform-economic-rage.html


Carville es un octogenario asesor del partido demócrata estadounidense que alcanzó notoriedad tras ser el estratega que llevó al triunfo de Clinton en el 92, proceso que tan bien ha sido retratado en el documental The War Room. 


No es la primera vez, por cierto, que Carville ataca al wokismo. Recuerdo, por ejemplo, una conversación que éste tuviera con Bari Weiss en The Free Press, a fines de 2023, https://www.thefp.com/p/james-carville-says-wokeness-is-over-209 cuando ya se empezaban a discutir los pro y los contra de una eventual nueva postulación de Biden. 


En aquel reportaje, Carville afirmaba que “lo woke” se había “acabado”, lo cual era una sentencia que, en realidad, escondía una prescripción: lo woke no se había acabado, pero debía acabarse si es que los demócratas querían ganar la elección. 


Allí Weiss le pregunta cómo fue que el partido demócrata pasó de ser el partido de la gente común y la clase trabajadora para transformarse en el espacio de los votantes educados, de élite y algo mayores. Carville reconoce el fenómeno y acepta que han perdido predicamento en el “interior”, en particular entre los votantes blancos, no solo por abandonar la agenda de los trabajadores sino por el desprecio expuesto hacia ellos, desprecio expresado desde un pedestal de presunta superioridad moral.


 Aun así, Carville reniega y se pregunta por qué el partido republicano no paga el precio de tener un 65% de terraplanistas en su partido mientras que el partido demócrata sí paga el precio por las posiciones de los liberales progresistas que apenas alcanzan un 10% dentro del espacio. Frente a ello, Weiss responde que quizás se deba a que ese 10% controla las editoriales, las producciones de Hollywood, las empresas mediáticas y todas las instituciones creadoras de sentido en Estados Unidos. Es decir, son pocos, pero claramente hegemónicos. 


En este intercambio, Carville insiste en que el wokismo se había acabado y que estaba reducido a Fundaciones o a algunos radicales ruidosos, pero no mucho más, agregando que la gente ya había dado vuelta la página a todo ese palabrerío victimizante de apropiación cultural, quitarle fondos a la policía, reafirmar identidades como si de una competencia se tratara, etc. 


En todo caso, aun si no se tratara de una prescripción y efectivamente estuviéramos frente a una retirada, al menos si lo comparamos con el momento de auge, lo cierto es que Trump y la derecha en distintas partes del mundo se sirvió del wokismo, o de lo que queda de él, para azuzar su batalla cultural. Era demasiado tentador y un blanco fácil, por cierto. 


Así es que dos años después de aquella conversación, Carville vuelve a la carga decretando la nueva muerte del muerto, pero agregando ahora una ruta de acción novedosa: los demócratas debían adoptar una suerte de discurso populista económico. Basta de moderación, posibilismo y sistema de reglas. Juguemos con las armas que al enemigo tan buen resultado le han dado. 


Para Carville, los últimos resultados en las elecciones locales en Estados Unidos, con Mamdani a la cabeza, muestran que Trump no ha podido mejorar la situación económica de la mayoría de estadounidenses y que eso siempre se transforma en ira contra el partido de gobierno. Y allí patea el tablero: dice que, a sus 81 años, a pesar de ser reconocido como alguien centrista, considera que hoy el partido demócrata debe promover la plataforma económica más populista desde la Gran Depresión. Es hora de pasar a la acción de manera agresiva y sin complejos, afirma; insuflar la furia, especialmente de esos sectores rurales que los demócratas han perdido. Y allí recoge una encuesta por la cual el 70% de los estadounidenses considera que el partido demócrata estaría desfasado respecto a sus propios votantes por el hecho de haber abrazado una agenda social identitaria antes que económica. 


Carville, además, indica que el partido demócrata ya no puede ser el partido con un tufo a absolutismo moral y que debe avanzar con medidas simples y efectistas: subir el salario mínimo a 20 dólares la hora, matrícula universitaria pública gratuita, expandir los subsidios para disminuir los costes de los servicios y convertir el cuidado infantil universal en un bien público. 


La razón por la que traigo a colación este análisis de Carville es porque parece estar describiendo el mismo proceso por el que aquí atravesó y atraviesa el peronismo/campo popular/progresismo.


En otras palabras, aun a riesgo de repetición, pues es una pregunta que regresa una y otra vez, el estrepitoso fracaso del posibilismo albertista trabado desde adentro por el internismo del oficialismo opositor kirchnerista, hace que las preguntas de Carville tengan sentido también en Argentina. ¿Y si en vez de acusar de fascistas a todo el que no repite el canon biempensante, el espacio opositor, eventualmente con una figura outsider, una némesis de Milei, avanzara con una agenda económica que patee el tablero? Ni siquiera estamos diciendo que sea lo mejor para la Argentina. De hecho, Carville no dice que sea lo mejor para Estados Unidos, pero quizás sea lo mejor como estrategia para ganar una elección. 


Aclarando que no se trata de una propuesta de este escriba, a quien le preocupa ganar elecciones pero, sobre todo, cómo gobernar bien, esta salida populista y radical en lo económico sería una consecuencia lógica de un tiempo en que lo que garpa es el ataque a la burocracia y al statu quo, a lo cual hay que agregarle particularidades locales: en los últimos 10 años, el kirchnerismo, en la medida en que se radicalizaba ideológicamente, paradójicamente, (o no tanto), debía recurrir a figuras cada vez más moderadas, incluso a figuras antikirchneristas que protagonizaron y protagonizarían hechos bochornosos contra el kirchnerismo: Scioli, Alberto y Massa. Y no le fue para nada bien con esa estrategia. 


Y mientras los progres hacen las políticas públicas e interpretan que “lo personal es político” significa que el Estado arregle con dinero los problemas personales de los progres, de lo que se trata es de romper las reglas y denunciar que eso es el sistema. Porque hay que repetirlo una vez más: hoy, al sistema, lo componen quienes dicen estar contra él.


Para finalizar, entonces, digamos que, dado que el progresismo que hegemoniza el espacio popular y al movimiento anteriormente conocido como peronismo, reacciona como un eco a las modas de las universidades americanas y a la estudiantina podemita, hoy experta en tabernas y cargos en Europa, no debería extrañar que, de repente, se acuerden que un peronismo que no le mejora económicamente la vida a las mayorías está condenado a ser el ganador moral que pierde todas las elecciones. 


Con dirigentes locales desnortados, quizás, paradójicamente, la solución provenga de ese norte que impuso el wokismo y que, ahora, ante su fracaso, decreta, prescribe, (o necesita), acabar con él.