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lunes, 17 de febrero de 2025

¿Ahora sí hay un Gobierno herido en el ala? , por Eduardo Aliverti (para "Página 12" del 16-02-25)




Por Eduardo Aliverti

16 de febrero de 2025 



El cripto-escándalo pone una pausa, de derivaciones finales desconocidas, en la marcha fanfarrona de los Milei. Por primera vez en lo que va de su gestión, quedaron arrinconados y sin mayores recursos para defender al Presidente con efectividad.


En el propio Gobierno están estupefactos, claro que no por razones morales ni cosa que se le parezca. Excepto por la hermanísima, nadie estaba al tanto de una barrabasada inenarrable y de cuya repercusión se enteraron por las redes. Simplemente, en ésta no encuentran la forma de proteger al engendro presidencial. El hecho no tiene antecedentes mundiales: un jefe de Estado promocionando la estafa con una moneda trucha, que ya era asaz sospechosa. Shitcoin, en la jerga de ese mundo. Y después, el mismo aspirante al Premio Nobel de Economía diciendo que “no estaba interiorizado” para que, a las pocas horas, apareciera la confesión uno de los creadores de Libra, Hayden Mark Davis: “Soy asesor de Javier Milei”.


El índice inflacionario de enero había vuelto a envalentonar al Gobierno, sin que importara el costo de una medición desactualizada, ni el achicado poder adquisitivo de las mayorías, ni el panorama turbulento por los valores artificiales de la macroeconomía.


Los últimos días, para (no) variar, fueron pletóricos en la impresión de que nada conmovía al andar oficial. La agenda publicada muestra un sinfín de episodios que deberían hacer mella en la credibilidad de los hermanos, de los triángulos o cuadriláteros del diseño institucional, de sus cómplices que se revisten de dialoguistas e, incluso, de factores de poder que empiezan a mirar con inquietud el horizonte financiero.


Sin embargo, ¿qué porción de esa agenda influye realmente en el ánimo popular? ¿Cuál es el interés masivo que se le dispensa? ¿Cambian esas preguntas tras el escándalo?


Apenas como hipótesis de entrecasa, o no, podría afirmarse que el Gobierno no está ganando, necesariamente, lo que las propias usinas oficiales denominan “batalla cultural”. Hasta las encuestas de consultoras amigables con Casa Rosada revelan que no es una generalidad el número de argentinos dispuestos a confiar en el abandono global del Estado, ni en la agresión contra las políticas de género, ni el reversionado de las relaciones carnales con Estados Unidos, ni en los etcéteras del extremismo presidencial en esos sentidos. Las mismas elecciones advirtieron eso, vamos: 56 a 44 por ciento no es una diferencia aplastante.


Pero sí se diría que los extremistas van ganando la batalla por el corto plazo de las sensaciones alrededor de la economía.


Por supuesto, puede considerarse que eso es, precisamente o también, una victoria cultural. ¿Por qué? Porque se basa en la pérdida de memoria o registro de masas. ¿Y eso llega hasta dónde con cuáles probabilidades de reversión para que un eventual recupero no llegue tarde? Más incógnitas de muy complicada respuesta.


De ser por lo estrictamente económico y por esa “macro” cuya salud obsesiona a niveles de excluir toda otra variable, sirve por ejemplo una sencilla y eficaz provocación que disparó Emmanuel Álvarez Agis.


Si el inversor que pone plata en Vaca Muerta ve que Miami está lleno de argentinos diciendo “dame 4”, y después mira que el Banco Central está vacío de reservas, dirá que esto no aguantará. Mejor espero a una devaluación y meto ahí, concluyó el economista.


Es el dos más dos son cuatro de la memoria perdida, a sabiendas, por impotencia o por inconsciencia social. Y de ahí, para arriba y para abajo, es que el Gobierno va ganando. Nadie sabe hasta cuándo.


Luego, las reacciones frente a los (des)propósitos gubernamentales pasan de largo excepto por aquello de las minorías intensas, alguna franja comunicacional minoritaria, “militancia” en redes y foros.


Bajo presiones, amenazas y decisión oficiales, se censuró una actuación artística en lo que fue el más emblemático de los campos de concentración. La Ficha Limpia resultó votada en Diputados por varios o muchos de los personajes más sucios de nuestra política. Después de consecuencias devastadoras, el nuevo subsecretario de Ambiente admitió que el Gobierno falló en la prevención de los incendios patagónicos y, alegremente, unas horas más tarde dijo que lo que dijo fue por falta de información. La Comandante Pato, con gorra a la usanza, inauguró un alambrado en el límite con Bolivia y a la media hora removieron el palo porque, créase o no, aparecieron además unos presuntos propietarios de la tierra reclamando indemnización. Y el proceso licitatorio por el dragado de la llamada Hidrovía quedó anulado, en medio de un cruce de acusaciones por aprietes y negociados, de la noche a la mañana.


¿Alcanza o seguimos?


Un dicho relativamente extendido señala que, en Argentina, la política empieza en marzo.


Ese aserto quedaría relativizado porque hace rato que las convulsiones se producen durante todo el año, y así lo ratifica este verano si es por las polémicas encendidas y potenciadas desde las guerrillas digitales. Pero puede concederse que los indicios se transforman en grandes batallas con el comienzo formal de temporada, y mucho más al tratarse de un período electoral.


¿Habrá grandes novedades respecto de lo que señalan las perspectivas?


Salvo por la incertidumbre profundizada sobre cuánto durará el espejismo de estabilidad económico-financiera, momentáneamente nada semeja conmover a los dos grandes bloques. El tuiteo de Jamoncito siembra la duda hacia delante.


Por un lado, el bloque de un gobierno que parece (¿parecía?) firme al asentarse en la baja inflacionaria, así como en la determinación con que manifiesta, y ejecuta, toda barbaridad imaginable.


Por otro, el de contendientes que no aciertan a estructurar las ideas alternativas.


La diferencia es que el primero se aferra a su manual como única opción. Nadie, con sano juicio político, puede suponer que los libertaristas serían capaces de retroceder. Están plenamente confiados en sus salvajadas. De hecho, ni siquiera les provoca algún estremecimiento la sucesión espectacular de funcionarios echados o renunciados casi a diario. Al contrario. Lo exhiben hasta con deleite, cual muestra de impunidad.


En cambio, y éste sería al menos un amago de buena noticia, asimismo a nadie se le ocurre que el disperso bloque rival puede permanecer así indefinidamente. Acerca de eso, y cuando encima hay elecciones a la vuelta de la esquina bien que de medio término, cabría esperar un piso de consenso.


¿Cuánto más de ombliguismo, de ausencia para referenciarse en liderazgos renovados, de falta de impulso a fines de trabajar con vocación de unidad? Resuenan como desafíos de fórmula, esquemáticos, pero es que tampoco se escuchan apelaciones dirigenciales que convoquen a encararlos.


La gente enojada, que es un montón, está harta de que todo empiece y termine en putear a Milei cuando, como si poco fuera, él y los suyos demuestran soberbia para redoblar apuestas.


El astillamiento en varios pedazos del peronismo santafesino, que además afronta la votación de una reforma constitucional, es un síntoma muy malo. Sin que vaya en perjuicio del respeto por las características y decisiones distritales, hechos como ése radican igualmente en la carencia de una conducción nacional que estipule lineamientos nodales.


Otro tanto cabe argüir acerca de la inmensa mayoría de las provincias. Mandatarios y referentes parlamentarios quedan expuestos al arbitrio de las extorsiones y favores del gobierno central. También de sus agachadas.


Así, la medida de qué sucederá estará dada, en relación directamente proporcional, por el grado de alianzas efectivas que sepa tejer una cabeza hoy desmembrada. Y no es, únicamente, cuestión de tejidos partidarios (para usar un convencionalismo demodé, siendo que los partidos, hace demasiado, ya no quieren decir nada ni en materia organizativa ni en orden conceptual).


Hablamos de entretejidos sociales, sectoriales, intelectuales. Y empresarios, cómo no. ¿O acaso no se suman día a día los conglomerados de pymes y franjas productivas que sufren el escenario desde la lona? ¿Todo el entramado industrial, por caso, es un antro de cipayos dedicado a la especulación financiera? ¿Todo? ¿Ninguno estaría dispuesto a escuchar, al menos, alguna idea superadora del final archisabido de esta película?


Martín Caparrós posteó una afirmación desafiante. Fue previa al cripto-escándalo, pero le cae a éste como anillo al dedo. “Humilla que te maneje un tonto. Una cosa es un malvado inteligente. Otra es un malvado poderoso. Pero la subsistencia de un malvado que no es inteligente ni poderoso sólo depende de la sumisión de sus súbditos”.


Sea cual fuere el adjetivo que corresponda al malvado, tal vez podría agregarse que su subsistencia también depende de quienes, en condiciones para enfrentarlo, no concretan hacia eso todo lo posible.


No puede saberse cuál será el desenlace del escándalo. Pero quizás, sólo quizás, sirva para despertar conciencia en tanta gente obnubilada.



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/804402-ahora-si-hay-un-gobierno-herido-en-el-ala

domingo, 22 de septiembre de 2024

MARTÍN CAPARRÓS Y EL VIDEO DE TERROR DE MILEI


Fuerte con la débiles, débil con los fuertes

 

 




miércoles, 22 de noviembre de 2023

LA ARGENTINA, OTRO PAÍS, por Martín Caparrós (para "El País" 20-11-23)

 



Anoche la Argentina se volvió otro país. O, quizás, el que ya era y muchos no supimos reconocer a tiempo. Yo no lo supe reconocer a tiempo: solía creer en el mito del país casi educado, casi solidario, casi inteligente, con cierto orgullo pese a todo. La Argentina ha terminado de demostrar que es, ahora, un país desesperado, porque hay que estar desesperado para votar a un señor que dio tantas muestras de su desequilibrio y su ignorancia –que, además, tantos consideraron valores positivos. En ese país nuevo ser agresivo, limitado, insultar y amenazar se apreciaron como signos de “autenticidad”. Y anoche ese país, por pura desesperación, puro despecho, decidió que lo condujera ese personaje pequeño y caricaturesco sin más recursos que dos o tres eslógans, unos cuantos gritos.


Anoche la Argentina se volvió ese país: uno cuya máxima autoridad será, por decisión de 14,5 millones de sus ciudadanos, este señor mentiroso, inestable, fanático y primario. Aunque parece que ni siquiera lo decidieron esos ciudadanos. El señor mentiroso ya había explicado hace unos meses que Dios le había anunciado, a través de su perro muerto, que sería presidente. Sucedió: su triunfo es la prueba definitiva de la existencia de Dios y de la existencia del perro e, incluso, de la existencia de Javier Milei.


El señor Milei dice que es de ultraderecha. O dice que es “anarco-capitalista”, otra mentira: el anarquismo está contra toda forma de poder, político, económico, religioso, genérico, racial; el capitalismo es la consagración del poder del dinero. Se puede ser anarco o ser capitalista: los dos a la vez es imposible.


Pero el señor Milei no ganó las elecciones porque su programa –que nadie conoce bien, que fue cambiando sin parar– haya seducido a millones. Las ganó porque los argentinos llevan demasiado tiempo subsistiendo apenas, sin esperanzas a la vista, y él consiguió representar el odio de sus compatriotas por la clase política que condujo el desastre. La Argentina de ahora vive cohesionada por un mito: que hay unos malos muy malos que la arruinan. Para unos los malos son unos, para otros son otros, pero la ventaja del Mito de los Malos es que excluye cualquier culpa propia. 45 millones de personas se sienten expoliadas y engañadas por unos pocos miles, y no se les ocurre pensar que quizá tengan alguna responsabilidad en todo eso; es más fácil culpar a esos políticos –que ellos mismos eligieron, por supuesto.


Así que, en ese país donde la gran mayoría quería votar en contra, nadie pareció más contrario que el señor Milei. El señor Milei consiguió convertirse en el símbolo del odio. Durante buena parte de su campaña su propuesta fue simple: hay que romper todo, hay que romper todo, hay que romper todo, hay que romper todo –y yo soy el que puede hacerlo porque soy el más violento, el rey de la selva, el León, como se hacía llamar. Y tantos lo siguieron, adoradores de la motosierra, aunque la mayoría no tuviera claro qué haría este rey para solucionar sus sufrimientos.


(El señor Milei representa la continuidad de una línea que ya ha durado décadas. Sin ideas, sin debate, sin futuros, la Argentina se volvió un país reaccionario: un país donde cada gobierno hace tantos desastres que el siguiente asume para reaccionar contra ellos, deshacerlos. El gobierno de Alfonsín llegó para deshacer el entramado asesino de la dictadura; el gobierno de Menem, para deshacer el caos económico de la hiperinflación alfonsinista; el gobierno de de la Rúa, para deshacer la corruptela menemista; el gobierno de Kirchner, para deshacer el desastre neoliberal antiestatista; el gobierno de Macri, para deshacer el tinglado corrupto-clientelar del kirchnerismo; el de Fernández para deshacer la pobreza macrista, y ahora el de Milei para deshacer la miseria peronista y de todos los demás y, ya que está, el Estado. El problema de cada uno de esos gobiernos surge cuando se les acaba ese breve lapso de la reacción: cuando empiezan a aplicar sus propias recetas preparan, con sus desastres, la reacción siguiente. Un país reaccionario es un país sin proyecto, hecho a manotazos, deshecho a manotazos, un país calesita.)


No sabemos mucho del señor Milei. Pese a todos los escrutinios ignoramos quién es, qué quiere y, además, lo cambia todo el tiempo. En estas últimas semanas se dedicó a contradecir casi todo lo que había dicho en los meses anteriores –lo que lo había llevado hasta ese lugar– para moderarse y seducir a los votantes de buena familia que temían sus desmanes. Entonces negó que quisiera terminar con la educación pública, la salud pública, los subsidios a los servicios públicos, el peso argentino, el Banco Central, el aborto, la educación sexual, los derechos laborales y tantas otras cosas. Y, tras una larga campaña basada en condenar a la casta, terminó aliado con lo más rancio de ella. O mentía antes o miente ahora, como lo hizo en su discurso de celebración de la victoria, donde repitió sus mentiras más clásicas. Que la Argentina era la “primera potencia mundial a fines del siglo XIX”: nunca lo fue. Que ahora está 130 en el ranking económico: ronda el puesto 40. Y que con él el país volverá a ser una potencia: lo repite hasta el cansancio aunque tardará, dice, para lograrlo, 35 años. Seguramente pocos recuerdan que el último gobierno que trajinó ese eslógan –”Argentina Potencia”– fue el de Isabel Perón y José López Rega (1974-76), de triste memoria y violento final. Ojalá alguien se lo cuente.


En cualquier caso, el señor será presidente. Con un personaje tan mutante y falaz es muy difícil prever nada. Lo más sólido que tiene es su fanatismo: es un fundamentalista del mercado, alguien que cree que las relaciones humanas deben ser reguladas por la compra y la venta, y por eso le parece bien que, mientras haya un comprador y un vendedor, se trafiquen órganos humanos, niños, armas. Así se sintetiza su visión del mundo: las relaciones entre personas consisten en comprar y vender. O sea: que alguien gane lo que otro pierda, que una sociedad sea esa selva donde los más fuertes logran beneficios y los demás intentan sobrevivir. Es lo contrario de cualquier idea de solidaridad, de construcción de un espacio común donde todos colaboremos para vivir como nos merecemos. Es el individualismo más extremo, so pretexto de que el Estado es un instrumento para que los políticos nos roben. Lo es, demasiado a menudo: entonces corresponde sanarlo porque, lamentablemente, es la única forma que hemos sabido inventar para moderar los desequilibrios y respaldar a los que más lo necesitan. El fundamentalista, en cambio, propone destruirlo: eliminar cualquier interferencia en los negocios de los que hacen negocio.


Pero nadie sabe qué hará. El señor Milei tiene el Poder Ejecutivo y nada más: muy pocos diputados, ningún gobernador. Por no tener, tampoco tiene idea de cómo se maneja un gobierno. Lo ha dejado muy claro: ni la menor idea. Así que ahora la única esperanza es que, como buen político argentino, el señor Milei no cumpla nada de lo que prometió durante su campaña.


El señor Milei no tiene ni idea pero tiene una misión, un apostolado: es un fanático que tendrá que aprender a contener sus arrebatos. La paradoja es cruel: ahora, cuando consiguió todo este poder, deberá reprimirse. Ya empezó a hacerlo en la campaña, y habrá de hacerlo más cuando sea presidente. Sus opciones futuras, grosso modo, son dos: si hace algo de lo que dijo que iba a hacer, millones de personas y el peronismo y los sindicatos y los desocupados saldrán a la calle para impedirlo, y entonces deberá recurrir a la represión que prepara su vicepresidenta, Victoria Villarruel, hija y sobrina y nieta de militares más o menos asesinos, cuando anuncia que su gobierno –que solo habla de “reducir el Estado”– triplicará el presupuesto militar.


La otra opción es que no haga nada o casi nada de lo que anunció, que se choque con las paredes de su cargo, se vaya disolviendo, y entonces sus votantes desilusionados empezarán a reprochárselo, a pedirle cuentas, a abandonarlo poco a poco.


En las dos opciones cabe, pese a todo, una visión optimista: que el fracaso muy probable del señor Milei abra el espacio para que el gran descontento, el gran cabreo, se reúnan por fin en una fuerza crítica más o menos de izquierda que ofrezca mecanismos más solidarios, más justos, más reales para canalizarlos. O sea: recuperar el espacio que inesperada y desesperadamente ocupó Milei en el imaginario colectivo y llenarlo con propuestas que traten de solucionar esas necesidades, esa desesperación –y no con los delirios de un defensor de los que las causan y lucran con ellas.


Javier Milei mostró un vacío estrepitoso en la política argentina: el que representan esos millones que no quieren ni pueden vivir en este país y están dispuestos a cualquier cosa para cambiarlo, incluido votar a un delirante. Lo terrible no es que haya ganado Milei; lo terrible es que Milei se haya constituido en la forma de manifestar el rechazo a esta estructura fracasada. Pero parece claro que muchos de sus votantes no quieren esa sociedad que él les propone, con la ley de la selva como norma central. Allí, quizás, hay un espacio para buscar otros encuentros.


Ojalá lo puedan hacer, pero quién sabe. Es probable que, como tantas veces, me equivoque: al fin y al cabo estoy hablando de aquel país que conocía, no de este, que quiso entronar a un tronado. Aun así, incluso en este, creo que se vienen los tiempos más turbulentos que ha pasado una nación especializada en tiempos turbulentos. Ojalá no sean demasiado violentos, demasiado dañinos. No es fácil, ahora, Milei mediante, asegurarlo.


Publicado en:

https://elpais.com/argentina/2023-11-20/la-argentina-otro-pais.html