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martes, 27 de diciembre de 2022

"La opción Mbappé", por Raúl Muriete



¿Y si Francia ganaba el mundial? Además del trago amargo y la tristeza convertida en desgracia, hubiéramos sido sometidos bajo las lógicas del “modelo Mbappé”. Y no tiene que ver tanto por cómo él es individualmente, sino por lo que significa como objeto de mercado. La disputa no es sólo deportiva, sino también cultural. Dejemos de lado que todos los jugadores son todos ricos y que nosotros somos seres manipulados por la pasión. Elevemos un poco la discusión y dejemos la envidia de lado. Pensemos en términos mas globales, estructurales al fenómeno que estamos viviendo de la Argentina campeona, con millones y millones de fanáticos en todo el mundo, muchos de ellos países tan jodidos como el nuestro.

El mercado quería que aceptáramos de una buena vez por todas, el “modelo Mbappé”. Porque es preciso, arrogante, técnico, una maquinaria de perfección atlética, juventud mecanizada. En Mbappé las emociones están “aplanadas”. Sus expresiones como el puño cerrado o la risa gozadora, son casi siempre después de un acto de sometimiento del rival, especie de sentencia que aniquila. Cuando hace un gol, primero festeja solo, a lo Ronaldo. Como si todo fuera su propio y único mérito. Marca territorio de la competitividad. No agradece. No tiene sostén ni historia. Es una máquina que doblega. La máquina del capitalismo, representada en la aristócrata Europa.

Por otra parte, lo que representan los jugadores argentinos, es la antítesis de esta normalidad, de este modelo. Y eso molesta al poder, y molesta bastante. Lo vimos con los Países Bajos donde ellos comenzaron a buscar roña y nosotros ligamos las críticas por reaccionar. Ellos los caballeros y nosotros los salvajes por responder la agresión. Nos señalaban con el dedo: “estos argentinos”. Pero es cierto, son y somos bastante anormales, casi fuera de lugar, “mal educados'' según el poder y los cipayos locales. Las expresiones del Dibu son picarescas, cercanas a cierto delirio bufón, próximas al chiste. Los gestos de Mbappé son para humillar y someter, los del Dibu para distraer y descompensar. Los de Mbappé son potentes, los del Dibu un riesgo permanente.

La juventud de Enzo Fernández o la del defensor croata Gvardiol, el bebote enmascarado que quería frenar a Messi, generan ternura. Te dan ganas de animarlos. Te resulta familiar el éxito que puedan tener, te dan ganas de abrazarlos. Enzo juega con el ídolo, una locura total. Una cosa muy de realismo mágico latinoamericano. Gvardiol dijo que algún día le contará a sus hijos que Messi tuvo el honor de “pasearlo”. Después tenemos el “Topo Gigio” de Messi reivindicando a Román. Venganza poética todo el tiempo en este mundial. Pero vamos al caso Messi.

Messi es la opción familiar argentina enquilombada. En el palco familiar no entraba nadie más. Hijos, esposa, madre, padres, abuelos, primos, hermanos, sobrinos y sigue. No tiene muchas diferencias con Maradona, al que sin embargo, se le sumaban los amigos del campeón. Pero exceptuando esa diferencia, la semejanza estaba allí. Messi rompió la barrera de cierta prolijidad burguesa para ser auténtico, una autenticidad bien argenta por supuesto. Todo comenzó cuando, como no podía ser de otra manera, perdió el laburo. Lloró delante de todos, con su compañera a su lado alcanzando pañuelos y tragando bronca. Y ayer con su compañera besando la copa del mundo y él sacando fotos. Otra venganza poética. Messi nunca tuvo un cuerpo definido ni por el fitness ni por weight ni el rope training. Su cuerpo está al servicio de su magia. Ayer estaban en juego dos modelos. El del mercado y el del pueblo. Igual, no todos los argentinos somos iguales, están los mufas del mercado, cipayos locales que agitan la bandera del fracaso y el éxodo toda vez que pueden. Y los periodistas vende humos que ya sabemos quienes son. Por otra parte, no soy tan ingenuo de negar que Messi es una máquina de facturar publicidad. Pero para un buen liberal (que no lo soy), no debería ser algo malo, verdad? El hombre se gana su propio centavo. Pero en este mundial no nos importó eso. Los mufas dirán lo que quieran, pero por favor, reconozcan su amargura, reconozcan el sentimiento antipopular que tienen, porque la lucha no fue sólo deportiva, fue ideológica y cultural. Ayer Argentina fue pueblo, desborde, locura, fue el “abuela… la la la abuela” y todo lo demás.

El fútbol es el único entretenimiento de multitudes, de masas, que hace que los significados y los valores se muevan por la vía emocional. Es la dosis justa que nos regaló Messi y compañía, y por tanto, es increíblemente profunda, ontológica. Está al servicio de un placer porque nos saca de la común existencia y nos eleva al plano de la inmortalidad compartida. Si, compartida. Scaloni se encargó de repetirlo todo el mundial. Y esta es para mí la diferencia entre Francia y Mbappé, Europa y nosotros.

Menos mal que ganó el “desborde argentino”, pero no un “desborde despreocupado”, inocente. Sino una verdadera forma diferente de encontrar otros sentidos a la existencia, a la vida misma, que por un rato se deja de preocupar por lo cotidiano y se la juega por lo sensible, lo que decididamente nos hace estar vivos y nos eleva como colectivo. Que Argentina ganó su tercera copa mundial no es sólo la historia de un entretenimiento, sino la historia de una pasión. Van de la mano. Cómo te quiero Argentina.

No me dejes morir en otro país, carajo!


Profesor Raúl Muriete, licenciado en Ciencias de la Educación miembro de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco

domingo, 25 de diciembre de 2022

Messi: la identidad y el nuevo Dios, por Dante Augusto Palma

 




Año 2024. Tras los mensajes de usuarios y medios como el Washington Post que acusaban a Argentina de salir campeón del mundo sin tener negros en el equipo, Netflix inicia la filmación de la película que recordará la epopeya deportiva con una particular cláusula. Efectivamente, Messi será representado por una mujer afroamericana; Di María por un joven asiático con sobrepeso; el mediocampo del equipo será interpretado por hindúes y referentes de pueblos originarios, y el arquero Dibu Martínez por una mujer trans vegana. La realidad no tiene ningún derecho a desoír el nuevo canon de moralidad. 

Hablando de realidad y de películas, volviendo al año 2022, déjenme contarles una que vi la noche anterior a la final de la copa del mundo: What Do We See When We Look at the Sky? Se trata de una película georgiana estrenada en 2021 y dirigida por Alexandre Koberidze quien, aprovechando la invitación al festival de cine de Mar del Plata que se realizó en noviembre de 2022, se quedó en Argentina unas semanas más para ver el mundial. La anécdota viene a cuento porque el título de su película refiere al gesto de Messi cuando señala al cielo después de cada gol y porque la película cuenta una particular historia de amor con toques de realismo mágico que se desarrolla en el transcurso de un hipotético mundial en el que Argentina es campeón de la mano de su número 10. 

La trama es tan simple como asombrosa: un joven y una joven se cruzan casualmente varias veces hasta que deciden formalizar una cita. Sin embargo, el día anterior caen presos de una maldición por la cual a la mañana siguiente amanecerán convertidos en personas con otra apariencia física e incapaces de destacarse en lo que mejor hacían: medicina en el caso de la chica; jugar al fútbol en el caso del chico. Ambos acuden a la cita igualmente sin saber que el otro también cambió de apariencia y naturalmente nunca se encuentran. Sin embargo, otra vez la casualidad hace que coincidan en un mismo trabajo tiempo después. Pero lo que previsiblemente pensábamos que ocurriría no sucede y el reencuentro con sus verdaderas identidades, finalmente, se dará a través de una foto también casual que les toman como pareja hipotética para el casting de una película. Es que cuando la foto se revela, aparecen como eran originalmente y allí se “redescubren”. Ese final me llevó a pensar que, para el director, el cine y la fotografía serían capaces de ir más allá de las apariencias, de captar la verdadera identidad de las cosas. Para escándalo de Platón, el arte sacándonos del engaño de la caverna.  

Algo parecido sucede en buena parte de las intervenciones públicas, no solo en redes sociales sino entre periodistas consagrados cuando hablan del mundial: el equipo campeón como revelando una identidad popular oculta, una argentinidad que se expresa triunfante a través del arte del fútbol y de su artista principal: Messi. 

Todo empieza en la suposición de que parte de la liberación que lo lleva a Messi a ser campeón tiene que ver con haberse “maradonizado”. La prueba de ello sería el partido contra Países Bajos en el que un Messi como nunca se vio, arremetió contra el referí, el técnico y un jugador rival al que llamó “bobo”. 

Porque en el país del psicoanálisis estaba claro que, para “soltarse”, Messi debía “matar al padre”. Mascherano le había dejado la cinta de capitán y Maradona había fallecido dos años atrás. A partir de allí hemos visto el mejor Messi y, sobre todo, hemos visto al Messi ganador de la Copa América (tras haber perdido dos finales) y al Messi ganador de la Copa del mundo (tras haber perdido una final y, sobre todo, tras no haber tenido performances destacables en los torneos que disputara desde 2006).

¿Pero qué se está diciendo cuando se afirma que Messi se “maradonizó”? En realidad, lo que se indica es que Maradona representa el espíritu argentino, lo cual incluye garra, carácter pendenciero y jugar al límite de las reglas (incluso a veces por fuera de ellas). Al mismo tiempo Maradona es gambeta, finta, y eso es lo que siempre diferenció el fútbol argentino de la maquinaria inglesa que privilegiaba el colectivo por sobre lo individual. Maradona es el gol con la mano fuera de la regla y el gol más maravilloso de la historia gambeteando a siete ingleses. Todo en el mismo partido. Recordemos, por cierto, que Borges decía que el argentino era ante todo individualista y que veía en el Estado a su enemigo; y que en el mismo texto indicaba que a diferencia de los europeos que creen en el orden del cosmos, para los argentinos lo que hay es caos. Como generalización es falsa pero sirve para este ejemplo porque Messi también representa esa gambeta argentina impredecible y “caótica”. Pero al mismo tiempo Messi es el fruto de un laboratorio como el del Barcelona y de una historia de vida por la que dos terceras partes de la misma las ha transcurrido en España. Asimismo, está el carácter de las personas y Messi no es Maradona. Los que odian a Maradona por su compromiso político, muchas veces en la forma del exabrupto, sus excesos, contradicciones, etc. reivindican a Messi como el Dios bueno frente al Dios sucio. Son los que desde medios de comunicación de Argentina y Europa llamaron “vulgar” a Messi cuando se paró desafiante frente a Van Gaal. Se reproducía allí la idea de un Messi que había sucumbido al barbarismo de ese origen que la Europa blanca no pudo torcer. Y al mismo tiempo, los que idolatran a Maradona le reprochan a Messi que sea solo un jugador de fútbol, que sea una divinidad demasiado pulcra. ¿Qué es esto de una figura que no se posiciona políticamente y que no tiene escándalos sexuales? ¿Cómo puede ser que este argentino se haya casado con la noviecita del barrio de Rosario, Argentina, reivindique la idea de familia tradicional y haya decidido tener 3 hijos cuando la vida posmoderna nos invita a reemplazarlos por bull dogs franceses?

Lo curioso en esta disputa es que Maradona y Messi tienen cosas en común pero representan valores diferentes y eso choca con la idea de que representan la identidad argentina porque se supone que la identidad es una sola. Y no lo es o, en todo caso, podemos aceptar que la identidad argentina pero también seguramente la identidad de distintas naciones, tiene contradicciones y está lejos de ser monolítica. Todo eso junto somos los argentinos como un montón de cosas juntas son los españoles o los nigerianos. 

Pero lo que no quería pasar por alto es cierta hipocresía de los auscultadores de valores. Porque los valores que Maradona y Messi representan solo son destacados en la medida en que logran triunfar. En el caso de este último se habla de la persistencia, el coraje y el esfuerzo, a lo cual se le suma el trabajo en equipo, la sensatez y la mesura del entrenador, siempre con la palabra justa y medida tanto en la derrota como en el triunfo. Pero todo esto se destaca porque ganó. Si no estaríamos hablando de la falta de actitud y la poca argentinidad de Messi, y de la falta de liderazgo de un técnico inexperto. La diferencia estuvo en el arquero argentino despejando con un pie una pelota imposible en el minuto 123 de la final; o atajando los penales contra Países Bajos en lo que podría haber sido una eliminación temprana en cuartos. Esa es la delgada línea entre un análisis y otro. Y lo mismo con Maradona. Todo se destaca a través del triunfo. Son valores a resaltar solo en el éxito. Llamativo. O no tanto.

Y de repente llega el momento de la política. No hay nada más obvio que trazar analogías entre las características de un equipo y un deportista, y las características de un gobierno. De modo que ya lo sabemos: si los analistas son opositores y el equipo gana dirán que la selección de fútbol es el ejemplo que la política debería seguir; si son opositores y el equipo pierde dirán que es una radiografía del gobierno que tenemos. La misma lógica invertida se aplica a la prensa oficialista con el agregado de que, aunque resulte increíble, en este caso hubo munición pesada y hasta operaciones de prensa cruzadas para tratar de señalar que el expresidente de Argentina, Mauricio Macri, traía mala suerte. Lejos de dejar pasar la humorada, las usinas de medios de comunicación alineadas con el macrismo acercaban, después de cada partido, fotos en las que Macri estaba en la cancha como “prueba” de que él no era el factor de “mala suerte”. Hablando de suerte, digamos que, a diferencia de España, en Argentina, los expresidentes que gustan del fútbol no escriben columnas deportivas.  

Para finalizar, con Messi se dio un fenómeno extraño. Salvo unos cuantos medios y periodistas madridistas que no deben estar pasando su mejor momento, buena parte del mundo quería que Argentina triunfe por Messi. Incluso en Argentina había un especial énfasis en que éste era el torneo que había que ganar por Messi. Lo merecía él más que los argentinos. El triunfo en el epílogo de su vida profesional es el punto cúlmine para una carrera en que lo extraordinario fue habitual y un traspaso generacional jugado casi en un terreno metafísico. Si aquellos que contamos algunas canas ya tuvimos en Maradona a nuestro Dios, los que todavía no contaron 30 abriles merecían ver la coronación de una nueva deidad, propia, contemporánea. Un mojón para su hagiografía, el suceso a ser recordado nostálgicamente en el futuro con el orgullo de ser un testigo presencial. Es poder contar dónde estaba yo el 18/12/22 cuando vimos nacer un Dios en un deporte y en un país donde confluye lo mejor y lo peor y donde, al menos en lo que refiere al fútbol, se puede dejar de ser monoteísta.

jueves, 22 de diciembre de 2022

A proposito del mundial, las comparaciones y los futbolistas, por Fabián Ferrante

 





Sin demasiados prolegómenos, quisiera dejar mi opinión respecto de este asunto.

Pelé fue el más grande de los sesenta y parte de los setenta y Messi probablemente sea o haya sido el más grande de su época. Son jugadores de fútbol.

De hecho, en mi top 5 de futbolistas que he visto están 5º Beckenbauer, 4º Cruyff, 3º Messi, y 2º Pelé.

Diego Maradona está por encima de ellos y de cualquier otro. 

Porque hizo lo mismo que Pelé y otras cosas superiores, porque hizo lo mismo que Messi y otras cosas superiores, pero, a diferencia de los otros dos, no era apenas un jugador de fútbol: Era un HEROE.

Mientras Pelé y Messi juegan partidos de fútbol, Maradona libra batallas heroicas. 

Rodeado de burros en Argentinos Juniors, con un par de compañeros de jerarquía tanto en Barcelona como en Nápoles, con un equipo de jugadores locales en Mexico 86 y la armada Brancaleone en Italia 90: Maradona no hacía jugadas, lograba hazañas.

Todavía están estudiando qué clase de extraño remate hizo con la pelota del empate con Italia para que haya descripto la trayectoria que describió dejando sin asunto al arquero, que solo atinó a mirarla pasar. 

No hay explicación lógica para un tipo que recibe en el medio de la cancha un saque de arco rival y le pega de primera para clavarla en un angulo. 

Maradona entraba al area con 5 tipos colgados de los garrones.  A Maradona le partieron la pierna en España y el agresor ni siquiera fue expulsado.  Si le ocurriera eso hoy a Messi el delincuente presta declaración indagatoria en los vestuarios y se va del estadio esposado y con preventiva por flagrancia.

Pelé ganó el mundial del 70 integrando el mejor seleccionado de la historia, cuando el lobo Zagalo puso juntos a 5 números 10, Tostao, Gerson, Jairzinho, Roberto Rivelinho y Pelé.

Messi desde que debutó en primera jugó en una selección de cracks internacionales del equipo más poderoso del planeta.

Maradona jugaba con Carlitos Fren y sacó goleador a Bartolo Alvarez. Ganó el mundial 86 con Cucciufo, de Vélez, Brown del Deportivo Español, Batista de Argentinos Juniors y el "Ciruja" Garré, de Ferro.  

Aquellos a los que solo les gustan los jugadores de futbol pueden continuar haciendo comparaciones vanas. Reconocer el concepto de heroísmo en el fútbol no es para cualquiera.

PD: Como leo a muchos pelotudos que están diciendo "no vas a comparar Maradroga con Messi, un hombre familia, serio, etc etc" Si alguien toma en cuenta la vida privada de uno u otro o reclama ejemplos, les digo que yo estoy hablando de fútbol.

Porque el ejemplo que debe dar el futbolista es adentro de la cancha. Tiene que ser bueno, tiener que jugar bien y ser vivo, y ser un gran futbolista y, si fuera posible, un héroe.

Nadie admira al 3 de Patronato por su vida privada ejemplar.

Nadie admira a un futbolista mediocre porque tenga esposa abnegada, dos hijitos hermosos y pasea a sus perris. 

Es al revés. Se lo admira por lo que juega y, en algunos casos, aún A PESAR de una vida privada que solamente le perjudica la carrera deportiva.



por

Fabián Ferrante