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domingo, 13 de abril de 2025

Un juez la acusó de maltrato a una alumna judía de 15 años por solo nombrar el conflicto en Gaza, por Julián Varsavsky (para "Página 12" del 12-04-25)


La escuela de General Pico donde da clases la docente.. Imagen: Imagen web


 

Una docente secundaria condenada en La Pampa 

Solo respondió la pregunta de un alumno, contextualizando el conflicto. El padre de la chica ya la había amenazado por una clase de ESI difamándola por "feminista". 


Por Julián Varsavsky

12 de abril de 2025 


Una docente de la ciudad de General Pic, en La Pampa, Ana Cecilia Contreras, fue condenada por un episodio en el que los padres de una alumna judía la acusaron de "maltrato" a la adolescente por un mero comentario en una clase sobre derechos humanos, cuando alguien hizo una consulta sobre la masacre ocurrida en Israel el 7 de octubre de 2023. La condena implica una multa de $913.800 por "maltrato psíquico".


Según el juez Boga Doyhenard, "los comentarios ofensivos atribuidos a la imputada en la denuncia existieron en el contexto referido por la estudiante y sus compañeras". En la denuncia, el padre de la adolescente sostuvo que la docente, "aun teniendo conocimiento del origen israelí de su hija, de haber vivido su infancia allí, de tener familia y amigos en la zona del conflicto", afirmó que "el presidente de Israel es una persona de derecha y, por lo tanto, tenía ideas retorcidas; que lo que estaba haciendo el grupo Hamas estaba bien, acerca de la matanza de civiles e infantes; que todo el que vivía en Israel era un genocida o terrorista; y que todo era culpa del pueblo judío".


En diálogo con Página/12, la docente contó que los hechos fueron totalmente distintos: "Soy profesora de filosofía y doy materias en el área de sociales. Ese año, trabajábamos los 40 años ininterrumpidos de democracia en Argentina, dado que el Ministerio de Educación de La Pampa nos pidió profundizar en derechos humanos. Armé cuatro trabajos prácticos: el primero sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el segundo sobre la ONU, el tercero sobre terrorismo de Estado en Argentina y el último sobre memoria y negacionismo. Ese día, estaba dando el tercer tema. Para contextualizar, les expliqué que hay debates entre historiadores sobre si el terrorismo de Estado en Argentina puede considerarse un genocidio. En medio de la clase, una alumna preguntó si eso tenía relación con lo que pasaba en Medio Oriente. Los chicos empezaron a hablar de un video de TikTok que habían visto: era una imagen muy perturbadora, una chica herida en la fiesta cerca de Gaza. Todo había sucedido hacía muy poco, y les dije que, primero que todo, teníamos que determinar si la imagen era real, lo que les digo siempre cuando usan TikTok como fuente. Les expliqué que las guerras son complejas y que la situación en Gaza era trágica para todos los civiles."


—Recién entonces sucedió el episodio que originó el juicio.


—Sí, ahí comencé a explicarles que el país se había originado tras la caída del Imperio Otomano y que se trataba de una zona donde las principales religiones de Occidente tenían lugares sagrados, lo que generó (y sigue generando) numerosos conflictos. Y que el mapa de Palestina se fue reduciendo, mientras que el de Israel se expandió. Y que la tensión llegó a tal punto que, mediante resolución de la ONU, Palestina reconoció al Estado de Israel. Sin embargo, hasta la fecha, Israel no ha reconocido de manera recíproca a Palestina. En mi reflexión, mencioné lo trágico que resulta este conflicto para todos los involucrados. En las guerras, los civiles son quienes más sufren. La población palestina, en particular, es muy joven: hay muchos niños, y los niños no son terroristas. Esta realidad me parece profundamente triste. Nunca dejé de mencionar que, así como Israel tiene un presidente de ultraderecha —cuyo anuncio de respuesta tras el 7 de octubre evidenciaba el riesgo de genocidio y limpieza étnica (conceptos que profundizaron el año siguiente en Antropología)—, también se venía una oleada de antisemitismo en paralelo. En ese momento, mi alumna de origen israelí levantó la mano y dijo: 'Pero Hamas quiere eliminar todo lo judío'. Yo le respondí: 'Sí, en su carta fundacional está ese llamado'. Consideré en ese momento que había tenido espacio para decir lo que pensaba y que su profe se lo había ratificado. Luego de eso, pidió permiso para ir al baño y, para cuando retornó a los minutos, tocó el timbre. Cuando volví a mirarla, estaba abrazada a su compañera de banco, a la cual le pregunté: '¿Está todo bien?'. Y me dijo: 'Sí, profe, andá'. ¿Dónde está el hostigamiento en todo esto? ¿Y cómo terminé con una carátula de violencia psicológica sin que la fiscalía haya solicitado siquiera una pericia psicológica? Un caso basado en lo que sostiene su psicóloga y una cámara Gesell, que es un instrumento de recolección de un testimonio que tiene como objetivo no revictimizar, no una prueba certera de una situación."


Según Contreras, durante la cámara Gesell la chica dijo cosas que nunca pasaron: "que yo sabía que era judía y que la hostigaba por eso, que hablé mal de su hermana (que había sido mi alumna años antes), que cuestioné su religión porque le pregunté por qué no comía jamón durante meses de darle a algún compañero sus sanguches, e incluso inventó que le había dado un codazo. Nada de eso es real. Su padre ya tenía un historial de conflictos con la escuela. Quería ser presidente de la cooperadora, se metía en decisiones pedagógicas y antes había denunciado a otra profesora. En el juicio, una compañera de mi alumna declaró a mi favor, diciendo que el padre actuaba por rencor por una nota baja que le puse a su hija mayor años atrás. El juez dictaminó que yo 'justifiqué a Hamas' y apoyé la matanza de civiles israelíes. Pero lo único que hice fue confirmar un dato histórico: que en la carta fundacional de Hamas hubo un llamado a la violencia (que después se modificó). Estos son datos históricos comprobables; yo no di mi opinión personal ni defendí a ningún grupo. Ahora, mi condena se basa en testimonios manipulados. La familia mezcló todo: desde supuestas marchas feministas (que nunca organicé) hasta acusaciones de adoctrinamiento. Pero lo más doloroso es que una discusión pedagógica se convirtió en un juicio mediático. No sé cuánto debería enfatizarlo, pero esa alumna era, de hecho, una de mis alumnas más queridas (sus notas eran todos 10). No solo destacaba académicamente, sino que también era emocionalmente inteligente y muy afectuosa. Le encantaba hablar sobre el Medio Oriente."


—Usted había sido amenazada antes por el padre.


—Ya me había dicho que me iba a denunciar luego de una clase de ESI a la que asistió la hermana mayor y en la que se propuso la visualización de la película XXY. Ese año había un alumno muy maltratado por estar atravesando su transición, y por lo cual yo decidí trabajar identidad de género. Este conflicto se resolvió por los canales habituales que tiene la escuela para estos casos y quedó en el ámbito educativo, pero para el padre resultaron insuficientes y sostuvo que la próxima vez que pasara algo habría denuncia.


De alguna manera, a Contreras la acusan de politizar el aula. Ella se defiende diciendo que solo siguió las consignas del Ministerio: hablar de derechos humanos, democracia y memoria. Pero en un contexto donde cualquier debate se lee como toma de posición, "terminé siendo la cara de algo que no elegí; hoy, lo único que pido es que se respete la ley: que la justicia no invada las aulas, que los docentes podamos trabajar sin miedo y que las palabras no se conviertan en armas. Durante 13 años enseñé en espacios relativos a la filosofía y las ciencias sociales. Hoy no solo soy una profesora condenada, sino que mi caso sienta un precedente peligroso para todos mis colegas."


El juez contravencional de General Pico, Maximiliano Boga Doyhenard, condenó hoy a la docente Ana Cecilia Contreras a la pena de 60 días-multa, equivalente a $913.800, por ser autora de la figura de maltrato psíquico a una adolescente.


La sanción está prevista en el artículo 121, inciso 1° del Código Contravencional de La Pampa. En cambio, la absolvió de las contravenciones previstas en los artículos 95 y 96, inciso 3° del Código, por no haber acusación de la fiscalía.


El magistrado le impuso a la imputada una interdicción de cercanía respecto a la víctima (una alumna de cuarto año), consistente en la prohibición de toda forma de comunicación y/o contacto con ella —aunque ya no es docente y no la ve hace dos años— por el plazo de un año. Además, le aplicó una amonestación y la exhortó a que no vuelvan a repetirse "hechos de esta naturaleza".


Contreras quedó obligada a asistir al seminario "Convivencia y participación escolar: el proceso de una construcción grupal", propuesto como oferta formativa por el Ministerio de Educación, de carácter gratuito y dictado en forma virtual por la Universidad Nacional de La Pampa, de la cual es docente, "con la finalidad de modificar los comportamientos que han incidido en la realización de las conductas por los que fuera condenada".



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/817616-una-docente-secundaria-condenada-en-la-pampa

viernes, 24 de marzo de 2023

Dónde pararse frente a la guerra en Ucrania, por Julián Varsavsky (para "Página 12" del 23-03-23)

  


El dilema geopolítico de la neutralidad

Por Julián Varsavsky
23 de marzo de 2023

¿Cómo no empatizar con civiles ucranianos si les cayó un misil en su edificio en Dnipro matando a 45? ¿O con 500 niños muertos? ¿Cómo no repudiar la invasión, si uno rechaza que EE.UU. lo haya hecho en 34 países y tenga 750 bases militares fuera de su territorio?

Limitar este análisis a los ataques rusos trunca el abordaje borrando la gama de grises. La prensa dominante limita su cobertura y análisis a mostrar crímenes de Vladimir Putin, reduciendo la guerra a un guion hollywoodense de “buenos” y “malos” fácil de comunicar: “democracia” vs. “dictadura”.

Lula da Silva se atrevió a una nota disonante: “Rusia no debería haber invadido Ucrania. Pero no sólo Putin es culpable. EE.UU. y la U.E. también lo son”. Y rechazó enviar armas.

Militares y civiles ucranianos neonazis del batallón Azov fusilaron a prorrusos en esta guerra, ya desde 2014 cuando las repúblicas de Donetsk y Lugansk se declararon independientes para aliarse a Rusia. Nacionalistas en Odessa quemaron vivos en un edificio a 36 ruso-parlantes. Esos ultraderechistas reivindican a Stepan Bandera --aliado local de los nazis masacrando judíos-- y entraron al ejército ucraniano. El 2 de marzo de 2022 secuestraron al alcalde de Kremina en Lugansk y lo mataron (Anton Gerashchenko, asesor del Ministerio del Interior de Ucrania, dijo "un traidor menos”). Y hay evidencias de rusos fusilando o bombardeando civiles en Bucha y otras ciudades.

Según cada bando, el otro tiró la primera bala. Pero el problema excede a Ucrania: aquí luchan ya Rusia contra la OTAN --con EE.UU. a la cabeza-- y su aliada la Unión Europea, sin cuyas armas la guerra estaría terminada. Decir esto no implica ningunear a los ucranianos --¿cómo pretender que no se defiendan?-- sino entender que son usados por Occidente, que sedujo a su población y gobiernos para que se alineen política y militarmente con ellos, aunque eso generara una guerra. Y Rusia falló en seducirlos: primero Stalin con su represión y ahora Putin, generaron un fervor antirruso, equivalente al sentimiento antinorteamericano de tantos latinoamericanos.

EE.UU. testea armas en Ucrania sin muertos propios. Y sabe que las reglas geopolíticas de las superpotencias son las de la mafia: “si no respetás mi área de influencia, te ataco”. Cuando un Estado teme su supervivencia, negocia y cede si es débil. O ataca, si le da la talla. Lo segundo hizo Rusia, juicios al margen: si las bases con misiles nucleares de la OTAN siguen acercándoseles, uno lanzado desde Ucrania golpearía Moscú en 5 minutos (desde Rumania hoy son 10 minutos). Así los rusos no tendrían tiempo de activar defensas antimisiles y la batalla estaría perdida.

La Guerra Fría fue caliente en la periferia. Las potencias temían la doctrina de Destrucción Mutua Asegurada (MAD). Ninguna haría un primer ataque nuclear: la réplica la destruiría. Las prohibiciones tácitas entre potencias son regla de oro en las relaciones internacionales. Occidente las rompió avanzando en la zona del ex Pacto de Varsovia: Bulgaria, Hungría, Polonia, Chequia, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y Albania entraron a la OTAN. Tarde o temprano, habría guerra: Ucrania era la línea roja. Disuadido por la doctrina MAD, Biden no fue a la guerra. Pero mandó a los ucranianos: no influyó a Zelenski para que negociara, algo que suelen intentar si les conviene. Por ahora solo le entregan armas defensivas que postergan el final.

Desde 2014 Putin advertía a la OTAN que frenara y no lo escucharon. O sí, pero evaluaron útil un ataque ruso. El Kremlin está dando señas --o amagues-- de disposición a apretar el botón fatal. Sería razonable prestarle oídos: con el enemigo, siempre, hay que negociar. Y a tiempo.

Zelenski no buscó esta guerra en la que terminó siendo soldado de otro. La talla que le sobra de comediante le faltó como estadista: no supo acordar. Al mes de la invasión, el exprimer ministro israelí Naftalí Bennett logró un pacto entre Rusia y Ucrania que fue tumbado: “hubo una decisión legítima de Occidente de seguir golpeando a Putin y no negociar... bloquearon el acuerdo”, dijo.

Rusia violó el principio de territorialidad. A Zelenski le toca la máxima de que un buen general no va a una guerra que no puede ganar: aun expulsando a los rusos del Donbass, estos tienen un as atómico bajo la manga. Algún día negociarán y cada uno cederá algo. Ya antes de la invasión, Ucrania había perdido de hecho el Donbass con mucha población prorrusa. El futuro acuerdo de paz trazará una línea en el nuevo mapa, entre 200 y 500 kilómetros más al oeste o el este, respecto al anterior.

La clave será si Ucrania queda alineada con el bloque occidental o es neutral. Pero el país acabará devastado y endeudado con el FMI imponiendo privatizaciones y ajustes. Y lo peor: al menos 300 mil muertos, incluso sin hongo nuclear.

¿Tanto valía esa línea en el mapa como para no negociar con el vecino matón, optando aliarse con su enemigo americano --matón y seductor a la vez-- el cual, a la hora de la verdad, no puso el cuerpo?

¿Zelenski le advirtió a su pueblo lo que se venía? El actor se creyó el personaje de estratega militar --es un pop-star global pasando la gorra al mundo--, aunque llegó al poder con un discurso de pacificación. Ucrania acaso esté en su momento Malvinas: “vamos ganando”. Cuando paren las bombas y el fervor nacionalista, quizá les caiga la ficha de haber sido soldados de descarte para dos potencias ajenas a sus intereses.

Por la brutalidad de Putin, se perfila ya un gran ganador: EE.UU. Porque reflotó y cohesionó a la OTAN bajo su liderazgo --la que según Macron adolecía muerte cerebral--, recibiendo más pedidos de ingreso --Finlandia y Suecia-- y con una imagen renovada de “líder democrático” que nunca fue. Washington reactivó su industria bélica: el mundo se rearma y compra. Y se convirtió en el mayor exportador de gas a Europa, ante la salida rusa de ese mercado reorientándose a China. Las constructoras multinacionales se disputan el negocio de la reedificación de Ucrania. Es entendible que, en lugar de frenar la guerra, EE.UU. la haya dejado fluir.

En el teatro de operaciones batallan dos nacionalismos: uno liderado por un novato de poco manejo geopolítico. Y el otro, por un viejo lobo feroz de sangre fría. En la trastienda pugnan dos visiones imperiales, movidas por su voracidad económica y voluntad de poder: un imperio militar global contra un zar posmoderno y conservador, nostálgico del orgullo nacional desmembrado con la URSS. Putin --el emergente del capitalismo ruso-- no iba a ceder los meganegocios energéticos y minerales de su área de influencia --o patio trasero-- a Occidente: los reserva para sus “oligarcas” y el Estado.

 

Ambas potencias han usado fuerzas militares estatales y mercenarias --Grupo Wagner de Rusia y Blackwater de EE.UU.-- allanándole el camino a sus corporaciones en el tablero mundial. Mientras, dos pueblos hermanos --divididos por el patriotismo-- son carne de dron.

 

Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/534093-donde-pararse-frente-a-la-guerra-en-ucrania

lunes, 9 de abril de 2018

COREA DEL SUR NO ES UN MILAGRO, por Julián Varsavsky (para "CASH" del 01-04-18)

01 de abril de 2018

Un Estado muy fuerte, industrialización, extrema flexibilización laboral y conglomerados familiares. El papel de EE.UU.

El libro Corea, dos caras extremas de una misma nación analiza en un capítulo las causas y claroscuros del “milagro” coreano, una industrialización originada de un fuerte estatismo con planes quinquenales. ¿Es aplicable el modelo surcoreano en Argentina?


¿Por qué el neoliberalismo argentino admira el modelo económico del tigreasiático, pero cuando llega el gobierno genera desindustrialización? Las respuestas a ese interrogante se resumen a continuación, a partir del capítulo sobre la economía en la península coreana, publicado en el libro Corea, dos caras extremas de una misma nación (editorial Continente), de los periodistas Julián Varsavsky y Daniel Wizenberg. El primero viajó a la cara sur de la península y el segundo a la del norte, para luego intercambiar miradas.

Sur

El relato épico surcoreano arranca con una frase efectista: “Al terminar la guerra civil en 1953, Corea del Sur era uno de los países más pobres de la tierra y ahora es la 11º potencia económica”. La retórica del “milagro coreano” continúa con una catarata de datos: entre 1963 y 1995 el PIB se multiplicó por 12; entre los años 1982 a 1997 la producción industrial aumentó 450 por ciento. Y en 30 años pasaron de ser un país agrario, a una potencia industrial que es la segunda constructora naval del mundo, la tercera en electrónica, la quinta en automóviles y la sexta en siderurgia. Fue uno de los procesos de desarrollo económico más acelerados que se conozcan y los datos son, por supuesto, exactos. Pero se los debería completar con otros: tanta hiperproducción y explotación generaron la tasa de suicidios más alta del mundo desarrollado (28,1 por cada 100.000 habitantes). Y muchos de quienes fueron la fuerza laboral del “milagro coreano” trabajando en condiciones cercanas a la esclavitud en los años 50 y 60, llegaron a la vejez en la miseria, dado que recién en los años 80 se creó un régimen jubilatorio.

Lo que omiten los números fríos es tan significativo como lo que afirman. El simplismo de la mirada conservadora señala un nexo unívoco entre el crecimiento económico y las dictaduras militares que gobernaron por décadas a Corea del Sur, masacrando a decenas de miles de personas por persecución política. Pero esos regímenes autoritarios no fueron la causa sino una condición necesaria, entre otras, para aplicar una fuerte política antisindical con tasas altísimas de explotación, que se repitieron en muchos otros países sin generar el mismo desarrollo económico. 

Al terminar la guerra intercoreana, el gobierno del sur tuvo que reconstruir el país casi desde cero. Con el golpe del general Park Chung Hee en 1961, comenzó una política económica proteccionista, impulsando a una burguesía que se desarrolló a la sombra del Estado para reactivar el mercado interno.

Geopolítica

Hasta 1961, Corea del Sur recibió en carácter de donación 3100 millones de dólares por parte de Estados Unidos, una cifra muy alta para la época, un privilegio por estar en la frontera más caliente de la Guerra Fría. Esta política de apoyo económico y militar extranjero siguió durante décadas –una prerrogativa compartida con Israel y Taiwán– con un criterio distinto al de los préstamos condicionantes que suelen ofrecer organismos como el Fondo Monetario Internacional: una parte importante del “milagro coreano” se explica por el excepcional valor geopolítico de la península. Si su contexto geopolítico hubiese sido otro, el destino surcoreano podría haberse parecido al de Indonesia, Filipinas o Tailandia, países con bajo desarrollo y altos niveles de pobreza.

El otro factor determinante en el tipo de relación económica con Estados Unidos fue el hecho de que Corea del Sur no es rica en reservas energéticas ni commodities que despertaran el interés extractivo de las trasnacionales: esto hizo que los norteamericanos les permitiesen cierto desarrollo económico independiente.

Las políticas de planificación surcoreana fueron lo opuesto, en varios aspectos, a la teoría neoliberal promovida hasta hoy por el Banco Mundial, con el cual Corea del Sur no se endeudó durante su despegue. Tampoco recurrieron a inversión extranjera. Se hizo una reforma agraria con expropiación sin indemnización de latifundios japoneses –los coreanos sí recibieron pago–, lo cual contrarrestó el reclamo de los comunistas sureños, que eran populares después de la guerra y fueron exterminados.

La tierra se repartió en pequeñas parcelas y el Estado exigía a los campesinos venderle parte de la producción a precio bajo –dejándolos en la pobreza–, otra intervención estatal apartada de la idea de una “mano invisible” del mercado.

Para impulsar el desarrollo, se aplicó una política de industrialización por sustitución de importaciones, cerrando el ingreso al país de toda clase de productos extranjeros, salvo materias primas. El general Park nacionalizó el sistema financiero para engrosar el poderoso brazo estatal, cuya intervención en la economía fue a través de planes quinquenales: 1) Entre 1962 y 1966 se impulsó el desarrollo energético, textil y cementero. 2) Entre 1967 y 1971 se enfocaron en fibras sintéticas, petroquímica y equipos eléctricos. 3) Entre 1972 y 1976 se hizo eje en siderurgia, transporte, electrodomésticos y construcción naval.

Chaeboles

La punta de lanza fueron los chaeboles, esos conglomerados familiares diversificados como Hyundai, Samsung y LG, que recibían incentivos estatales como desgravaciones impositivas, legalidad para su sistema de hiperexplotación y financiamiento barato o gratuito: la banca estatal facilitó la planificación de préstamos concentrados por rubro según cada plan quinquenal, y por grupo económico seleccionado para liderarlo. Estos pulpos diversificados desarrollaron una fuerte acción corruptora de los tres poderes republicanos y los militares, lo cual llevó en las últimas décadas a la mayoría de los líderes de los chaeboles a ser condenados por la justicia, aunque nunca cumplieron largos periodos de detención. El último de ellos fue Lee Jae-yong, Presidente de Samsung, cuyos nexos con la destituida presidenta Park Geun-hye, hija del general Park, los llevaron a la cárcel a los dos en 2017. El señor Lee fue liberado en febrero pasado, luego de pasar menos de un año preso.

En 1980 un obrero surcoreano cobraba el 10 por ciento que uno alemán y el 50 por ciento de un mexicano: la semana laboral era la más larga del mundo. Aún en los años 80, el Estado siguió interviniendo para desarrollar la industria automotriz con Hyundai a la cabeza, que comenzó a exportar a Estados Unidos. En 1997 la crisis asiática le puso techo a la economía local. Los pocos avances que había conseguido el movimiento sindical se derrumbaron con la aplicación de un paquete económico, esta vez sí, neoliberal a capa y espada: el PIB se derrumbó el 7 por ciento en un año. Los empresarios tuvieron otra vez las manos libres para despedir y bajar salarios, mientras el Estado se hacía cargo de la deuda privada de los conglomerados para convertirlas en un compromiso de todos.

América latina

Cuando el discurso del neoliberalismo pone de ejemplo para los países del Tercer Mundo al “modelo tigreasiático”, omite que aquellas políticas tuvieron poco de libremercadistas: eran más bien proteccionistas. Un ajuste neoliberal tradicional, por ejemplo, comienza con recortes al presupuesto educativo, mientras que en Corea del Sur los gobiernos financiaron la educación –que de todas formas no es gratuita y sí muy cara– para obtener mano de obra  calificada. Además aplicaron un estricto control de cambios para apreciar la moneda local y limitar la fuga de capitales.

Una vez que Corea del Sur tuvo una industria dominante en ciertos rubros, se abrió a las importaciones ya que esto no daña sus ventajas competitivas. Y promueve que los demás países hagan lo mismo, para exportarles sus productos Made in Korea. El sistema de flexibilización laboral con mínimos derechos para los trabajadores sí fue y es de corte neoliberal ortodoxo en Corea del Sur, y es lo único que realmente desean imitar los admiradores del modelo coreano en Sudamérica, generando aumento de la tasa de ganancia en distintos rubros de la economía, pero no industrialización.

En América Latina el neoliberalismo no genera los resultados de Corea del Sur, sino la contraria desindustrialización, tal como ocurrió durante la última dictadura militar argentina y los años del menemismo. Y esto resulta razonable, porque las políticas fueron muy distintas.

Proponer a un país el modelo coreano implica, entre otras cosas, altos niveles de autoritarismo, incompatibles con una verdadera democracia. Nuestro contexto geopolítico es distinto al de Corea del Sur: no hay un interés muy especial de Estados Unidos en la región sudamericana –salvo en Venezuela– y nuestra relación con los organismos financieros internacionales se plantea de forma distinta a la surcoreana. Para que el resultado de nuestro neoliberalismo pueda parecerse en algo a Corea del Sur, el primer paso serían políticas industrializadoras, nada menos que el eje central de aquel modelo. 

El “milagro coreano” certifica, una vez más que, tampoco en economía existen los milagros: es el resultado lógico de una confluencia de factores y políticas de Estado muy particulares, algunas de ellas factibles de reproducir en Sudamérica y otras no.

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/104906-corea-del-sur-no-es-un-milagro