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martes, 28 de junio de 2022

La posjusticia, por Carlos Rozanski (para "Contraeditorial" )

 


Así está la justicia en Argentina...


Por Carlos Rozanski

Domar al toro


El Poder Judicial de un país es sin dudas el más importante de los tres en los que se suele dividir un Estado democrático. Baste un ejemplo histórico como lo fue la llamada “Ley de democratización de la justicia”, presentada por la entonces presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, el 8 de abril de 2013. Cientos de miles de papelitos bajaban de las galerías de la Cámara de Diputados en un evento festivo como pocos se vieron en ese recinto. Quienes estuvimos allí, no olvidaremos la emoción que se vivía ante un simple proyecto de ley. Lo que sucedía es que había conciencia popular de que estábamos frente a un hecho revolucionario. Se proponía (en el artículo más impactante del proyecto) que los consejeros que representan tres corporaciones –abogados, jueces y académicos– fueran, a partir de esa ley, designados por votación popular. Es decir, se “sacaba” del corazón de cada una de las instituciones involucradas la decisión corporativa de designar a los funcionarios que a diario intervienen en la propuesta de ternas para el nombramiento de jueces, así como en la decisión de llevar a juicio político a aquellos magistrados sospechados de graves infracciones.


    El Poder Judicial de un país es sin dudas el más importante de los tres en los que se suele dividir un Estado democrático. Baste un ejemplo histórico como lo fue la llamada “Ley de democratización de la justicia”.


De tener éxito la propuesta, ya no serían las propias corporaciones, siempre dispuestas a encubrir a sus miembros, las que los seleccionarían. Sería nada menos que la voluntad de los millones de destinatarios de las decisiones de los jueces propuestos por esos consejeros la que definiría el perfil adecuado de tan importantes funcionarios. Primera vez en la historia de nuestro país en que se proponía una participación popular tan medular en el área del temido Poder Judicial.


En palabras de la entonces Presidenta: “Los académicos, los científicos que serán candidatos provendrán de diferentes ciencias para propiciar un Consejo de la Magistratura interdisciplinario con pleno sentido social y no uno meramente corporativo de los abogados”. Respecto de las profesiones, señaló que “lo interdisciplinario (científicos, académicos, economistas, médicos, contadores, psiquiatras, psicólogos), todos hoy forman parte de una necesidad de integración del Poder Judicial, donde este carácter interdisciplinario le dé precisamente mayor riqueza”. Acerca del componente académico del Consejo, hay que recordar que hasta ese momento solo podían integrarlo los abogados.


La Ley de democratización de la justicia fue promulgada el 24 de mayo de 2013. El 18 de junio del mismo año, menos de un mes después, la Corte Suprema de Justicia declaraba inconstitucional el mayor logro de nuestra democracia representativa en muchas décadas.


El único voto en disidencia fue el del doctor Raúl Eugenio Zaffaroni. Previamente, la doctora Servini de Cubría ya había hecho lugar a un amparo del doctor Jorge Rizo, abogado integrante de una lista de las que competían por esos sillones en el Consejo. Es decir, en el término de 25 días (17 hábiles), nuestro Poder Judicial se llevó puesta una ley sancionada por el Congreso de la Nación y promulgada por el Poder Ejecutivo de la Nación.


Lo relatado es solo un ejemplo a fin de fundar la afirmación inicial sobre la trascendencia del Poder Judicial por sobre los restantes del Estado democrático. Ahí precisamente, en el sector más reaccionario del Poder Judicial, se sustenta el llamado “Poder Real”. Las grandes corporaciones económicas nada podrían hacer sin el aval y el blindaje de ese grupo sólido enquistado en el corazón de la justicia. Sin esa cobertura, jamás hubiéramos llegado al nivel de endeudamiento actual ni de fuga inédita de capitales a paraísos fiscales. Tampoco estarían gozando su impunidad los lideres políticos de la derecha saqueadora.


Es bueno recordar que mientras que en 20 años la justicia no logró que los Macri pagaran un solo peso por el vaciamiento del Correo Argentino, en 17 días pulverizaron la ilusión de un pueblo de tener una justicia medianamente democrática.


    En 20 años la justicia no logró que los Macri pagaran un solo peso por el vaciamiento del Correo Argentino, pero en 17 días pulverizaron la ilusión de un pueblo de tener una justicia medianamente democrática.


Finalmente, se impone advertir que así como nuestra sociedad se encuentra transitando la llamada “posverdad”, en la cual la realidad se devalúa, el blindaje judicial a los bandidos saqueadores generó un nuevo fenómeno. Llegamos al peligroso borde de la “posjusticia”, en la cual no solo la realidad deja de tener importancia, sino que estamos ante el riesgo de que tampoco la tengan las normas que permiten discernirla.



Publicado en:

https://contraeditorial.com/la-posjusticia/

sábado, 14 de enero de 2017

PALOS Y COIMAS, por Luis Bruschtein (para "Página 12" del 14-01-17)



Por Luis Bruschtein
 
A Milagro Sala no la castigaron por luchar por una sociedad inclusiva, sino por corrupta. A los mapuches en Neuquén no los castigaron por luchar por sus tierras, sino por subversivos y ladrones de vacas. A los manteros de Once no los reprimieron y echaron por tratar de sobrevivir en una frágil  informalidad, sino porque son una mafia. La oposición al gobierno kirchnerista nunca se centró en un planteo político tipo: neoliberalismo o libre mercado versus populismo. El único lenguaje que se usó fue el de la denuncia.

Es un esquema de propaganda de clase social poderosa, consciente del poder propio y del poder del campo popular. Son conscientes que desde la política tienen poco que ofrecer para crear mayorías. Entonces trabajan sobre los prejuicios. Compartir el prejuicio contra los cabecitas, por ejemplo, impacta en sectores de una clase media culturalmente ambigua y boyante, pero también en algunos trabajadores, que por el hecho de compartir ese pensamiento con el patrón se siente menos cabecita y más parecido al patrón.

Rodrigo, el muchacho al que le tocó dar la cara como vocero de los manteros, decía llorando por televisión que los medios publicaron que había estado preso por robo o que era conocido como traficante de drogas. “Yo nunca robé ni una mandarina”, decía el hombre destrozado, “ni soy mafia y menos narco”. La campaña mediática para estigmatizarlo fue de una ferocidad y de una crueldad inusitada. “Entiendo que el gobierno tiene que decir estas cosas de quienes no están de acuerdo, pero tiene que haber un límite”. “Mi hija me preguntó qué quería decir mafia y si yo era mafia” dijo Rodrigo en el programa de la tarde de Víctor Hugo Morales por C5N.

Con Milagro Sala fue igual: a despedazar y aniquilar. Sin piedad, sin escrúpulos, porque el prejuicio construye un valor superior de supervivencia de clase que justifica todo. La campaña de prejuicios arrastra a las buenas familias, a los republicanos impolutos y hasta algún grupo de oportunistas de izquierda que son sus aliados o que se ilusiona con ocupar el lugar que deje Milagro Sala. El prejuicio arrastra a aquellos que se consideran lo mejor de la sociedad junto con las peores lacras asumidas, como sucede siempre en los linchamientos.

El prejuicio acecha en los pliegues de la posverdad, o sea de ese relato propagandístico de la realidad que no se refiere a la realidad sino a lo que las personas desean escuchar sobre ella. Se trata, entonces de una sociedad que no se regula por valores directos, sino por los valores que se desprenden de esos prejuicios. Esa ilusión de posverdad se construye apelando a un deseo de la gente, pero no un deseo que surge del placer (el ascenso social por ejemplo), sino de un deseo que surge específicamente del miedo (no vamos a dejar que asciendan los de abajo). Es un deseo negativo, subliminal a veces y abierto otras. Se lo diagnostica, se lo ubica y se lo alimenta.  El miedo central en este caso es al desplazamiento social que se siente ante los movimientos sociales o ante el progreso de otros grupos menos favorecidos. El miedo a ser atacados por chicos de las villas se centra en la sensación de invasión,  en el rechazo a que otros grupos sociales estén compartiendo ahora los mismos espacios. La reacción supera a los hechos reales, que son pocos en relación a otros hechos de violencia. Aún así, una cosa es la reacción espontánea de los vecinos frente a un hecho puntual de este tipo como ocurrió con la muerte de Brian Aguinaco en Flores. Y otra cosa muy distinta es que el gobierno utilice esa muerte trágica para ofrecer como la respuesta más importante a un problema tan complejo como la inseguridad, una ley para bajar la imputabilidad, confirmando así que fueron la fuerza política y los grupos sociales que representa este gobierno quienes alimentaron este prejuicio y lo han usado políticamente. 

Con el gobierno de Cambiemos se instaló un país que plantea como valores el castigo a los corruptos, a los terroristas y ladrones de vacas y a las mafias. Y castiga con esos argumentos a movimientos sociales que luchan por la inclusión, a pueblos originarios que luchan por sus tierras, a vendedores que sobreviven en la informalidad y a políticos opositores. Como si todos los corruptos, mafias y subversivos fueran personas que de alguna manera buscan una sociedad inclusiva. En esa lista no hay ninguna mafia millonaria y poderosa, no hay corruptos del sector empresario y los terroristas pertenecen a una comunidad históricamente marginada.
O es una casualidad que todos los penalizados por ese sistema de valores estén tan claramente recortados desde el punto de vista social y cultural, o ese sistema de valores es tan falso como la posverdad que lo sostiene. Se podría decir que para este sistema de valores la corrupción tiene un signo ideológico. Es más, actúa de tal manera que concibe que solamente son corruptos los que adoptan una ideología determinada. Y entonces no se persigue a la corrupción, sino a esa ideología, que ellos definen como populista: así todos los populistas son corruptos o cómplices por el hecho de ser populista, kirchnerista o peronista. Eso en cualquier lugar del planeta es persecución ideológica, no tiene nada que ver con la lucha contra la corrupción, con la que se quieren vestir muchos políticos, pero tiene que ver siempre con un sistema de valores corrupto.

Esa corrupción ideológica que se instala con Cambiemos no puede visualizar casos de corrupción reales como los denunciados en los Panamá Papers, a partir de los cuales se pudieron encontrar casi cincuenta sociedades offshore del grupo Macri, en muchas de las cuales, el Presidente Macri figura como miembro del directorio.

El país de Cambiemos ha perseguido  dirigentes del anterior gobierno, pero no se inmutó por el escándalo de los Panamá papers y menos ahora por la denuncias que vincularon a la empresa brasileña Odebrecht con giros de centenares de miles de dólares dirigidos a la cuenta den Suiza del titular de los servicios de inteligencia del macrismo, Gustavo Arribas. Es cierto que el soterramiento del ferrocarril Sarmiento se anunció seis veces durante el kirchnerismo, en distintas etapas que se iban cumpliendo. El compromiso principal del gobierno era proveer la tuneladora, como lo hizo. Pero la crisis en Brasil determinó que la parte privada, en la que participa Calcaterra en sociedad con Odebrecht no consiguiera los tres mil millones de dólares que se habían comprometido a invertir. La fecha de los giros del cambista arrepentido brasileño Leonardo Meirelles coincide con uno de esos anuncios en 2013, aunque la crisis brasileña determinó otra postergación.

Pero lo que más llama la atención es que una de las primeras medidas del gobierno de Cambiemos, en febrero de 2016, fuera el anuncio del comienzo del soterramiento del ferrocarril Sarmiento. Un gobierno neoliberal que detesta el gasto público, que tiene un plan de ajuste estricto, lo primero que hace es liberar al sector privado del compromiso de aportar los 45 mil millones de pesos a los que se había comprometido en la licitación, para que los aporte el sector público. El ajuste vale mientras no perjudique a las viejas empresas de Macri que ahora lidera su primo Calcaterra. El gobierno pone la maquinaria y el financiamiento, que son los dos aspectos más complejos de la obra. A la parte privada el negocio le quedó demasiado fácil gracias a un presidente cuyas viejas empresas, ahora en manos de su primo, son parte de este acuerdo decidido por Macri rápidamente, pocos días después de asumir. Arribas fue cubierto por la Unidad de Información Financiera y la denuncia minimizada, pero su respuesta no explica nada. Hay cerca de 520 mil dólares que según él le aparecieron de la nada. Arribas es un amigo íntimo de Macri, es el que le cubre las espaldas en los servicios de inteligencia. Y al mismo tiempo es otra fisura, junto con el encarcelamiento ilegal de Milagro Sala y la represión desatada contra manteros y mapuches esta semana que pasó. Son fisuras que con el tiempo harán saltar el sistema de falsos valores y posverdades con los que Cambiemos asfaltó su camino para llegar al gobierno.

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/14159-palos-y-coimas


viernes, 6 de enero de 2017

Posverdad, por Juan Chaneton (para "Mendoza on line" y "Mirando hacia adentro" del 06-01-17)

Arriba: Nicolás Maquiavelo, siempre presente...

Esta palabreja sería el último grito de la moda en materia de neologismos y vendría a significar algo así como una  no verdad a la que, no obstante, se reputa cierta y se le presta fe, y ello  por vía de la emoción más que por  el ejercicio de la razón. Por ejemplo, a CFK se la persigue por corrupción (posverdad)  pero no porque desarrolló (y puede volver a hacerlo) un proyecto de nación que no es ni el que les conviene a los ricos de este país para seguir siendo ricos, ni el que necesitan los EE.UU. para seguir mandando en el mundo en favor de los ricos del mundo.
Pero, si se miran las cosas con el músculo tenso y la disposición ágil y despierta como para razonar en profundidad sobre el tema, nos daríamos cuenta, enseguida, que eso de la “posverdad” es tanto o más viejo que lo más viejo que haya habido en el siglo XX.
En la base de la palabreja de marras se halla esta afirmación:  la imagen de la realidad es más importante y relevante que la realidad misma. Y ésta, la realidad misma, ha quedado sepultada debajo de un montón de escombros icónicos producidos en serie, unos detrás de otros y de manera interminable, por los medios de difusión masificados. Así, Hillary Clinton o John Mc Cain, por caso, dicen por los medios que el Estado Islámico es una organización terrorista y criminal a  la que es preciso exterminar. Ellos son como el coro griego, que habla desde el costado del escenario. Luego viene la representación: hombres vestidos de overol naranja y arrodillados convenientemente son degollados por televisión. El desenlace de la tragedia es previsible: más guerra y más muertes sembradas en poblaciones civiles para “combatir al terrorismo”.
Toneladas de imágenes superpuestas, unas sobre otras, tapan la realidad. Y la realidad, en este caso, es que tanto Clinton como Mc Cain (y su sistema) han sido los creadores del espantajo llamado Estado Islámico (Trump). Ocultando la realidad se ha creado una “posverdad”: que el EI es autónomo y lo crearon los “terroristas musulmanes”.  Pionero, en estas elucidaciones ha sido Guy Débord en su “El mundo del espectáculo”, publicado en 1967 y que devendría biblia de la Internacional Situacionista que era, este último, un conjunto de ideas sin sujeto que iban y venían, de aquí para allá, derramando su hálito evanescente, sin estrategia ni militancia, por los conflictos sociales de los ’70.
Por su parte, dice Luhmann que todo  lo social se desarrolla en el mundo de la comunicación. Incluso el fenómeno jurídico penal está situado en el campo comunicacional o mediático. A través de las diversas y constantes comunicaciones es posible la existencia de la sociedad.  La sociedad es, en realidad, un intercambio permanente de mensajes. Los individuos particulares son sujetos de una comunicación que los trasciende y por ello sus conductas no son el resultado de una voluntad o de una psicología sino, precisamente, de un sentido social que circula en el ámbito mediático como sentido común. Lo real ya no son los individuos; ahora sólo hay símbolos, códigos, gestos, tics; y toda esta dimensión simbólica es conocida por la sociedad a través de la comunicación.
Si esto es así, concluimos en una primera observación: el concepto “posverdad” es inescindible del uso masificado de los medios de difusión. No sería posible fabricar una posverdad sin introducirla a la fuerza en las  mentes de espectadores despojados de toda defensa por efecto de la ignorancia y la desinformación.
Otra posverdad es la referencia a los sistemas sociales que existen en el Occidente capitalista llamándolos “democracias” y, más aún,  “democracias republicanas”. Y como  ratificante preformación de una semiótica pervertida, el organigrama institucional estadounidense nace a la vida pública basado en dos columnas, una “demócrata” y otra “republicana”, sus partidos políticos.
Pero esto es una “no verdad” a la que se hace pasar, desde hace dos siglos, como una verdad creada por el barón de la Brède. En efecto, la “división de poderes” con la que Occidente cree refutar a los “totalitarismos”, es un invento anacrónico y foráneo, que son, precisamente, los dos adjetivos con que las usinas ideológicas occidentales han venido descalificando a otras alternativas de organización de la sociedad. Por caso, Lenín y el partido único serán foráneos, pero eso sí, más modernos que Montesquieu. Lenín escribió el “Qué hacer” en 1903, en el siglo XX. El francés vivió y escribió en el XVII.
No es original, entonces, el concepto de “posverdad” ya que esta forma de la mentira se remonta no ya a Guy Débord sino, más atrás aún, al autor de “El espíritu de las leyes”. Pues se presenta a la mentada división de poderes como un organigrama muy apto para garantizar la libertad  (apariencia) cuando en realidad su verdadera función es impedir que las sociedades occidentales se autodoten de otros modelos políticos más funcionales a esa libertad y a una indispensable y humana calidad de vida.
Y Nicolás Bernardo Maquiavelo, en sus siglos XV y XVI, también señaló, de modo muy claro, que no sólo existían “posverdades” sino que éstas, en la medida en que fueran virtudes  decididamente usadas por el príncipe, devenían herramientas indispensables para gobernar. Así, dice el florentino: “… no es necesario que un príncipe posea de verdad todas esas cualidades, pero sí es necesario que parezca que las posee. Es más, me atrevería incluso a decir que poseerlas y observarlas siempre es perjudicial, mientras que fingir que se poseen es útil…”. Está diciendo que, en el mundo de la política, una cosa es la verdad y otra la apariencia y que, entre una y otra, la que inclina el consenso hacia uno u otro lado es esta última.
Entonces, si Maquiavelo, Montesquieu y Guy Débord, en ese orden, ya venían aludiendo a lo que ahora se ha dado en denominar “posverdad”, los que postulan la novedad de este concepto constituyen una mezcla abigarrada de  gentes desinformadas.
Rubén Amón, en nota para El País internacional del 17/11/2016, está irremediablemente incurso en la bobería antedicha, es decir,  considerar a la posverdad como a un neologismo sin antecedentes conceptuales. Acepta, sin reflexión, lo que le dicta el Diccionario Oxford, que ha declarado “palabra del año”  (2016) al fonema trisilábico que da título a esta nota.
No hay razón sino emoción en la posverdad  -nos dice Amón-. Y   cree que la prueba de ello es el Brexit y el voto a Trump.  Según él, los que repudiaron esa criatura fracasada llamada Unión Europea y los que en EE.UU. quieren  empleo y ver más claro el futuro han descendido en la escala zoológica, se hallan huérfanos de razón, se guían  -como los perros o los caballos-  por su instinto y, en el mejor de los casos, por lo que les dicta el corazón y no la cabeza, ya que esta última la tienen llena de humo o no la tienen.
El caso es que Trump es más una refutación que una confirmación del concepto de “posverdad”. El que puso el voto ahí razonó, y razonó bien. Lo hizo en estos términos: con Hillary y los yupis de Wall Street tomando champán en el balcón y riéndose de los indignados me voy al hoyo. Pruebo con éste y tal vez me vaya al hoyo igual, pero por lo menos nadie me podrá decir que no probé.
Y la medianía  española ha cruzado el Atlántico, el majestuoso Atlántico, para venir a recalar en estas playas del sur del mundo, en Buenos Aires concretamente. La  turpitud  (esto es un casticismo por torpeza) ha ingresado en otro casillero de los varios compartimientos estancos que componen la cabeza de Alejandro Rozitchner, el tarotista   top del presidente Macri, cuyo libro de cabecera es “Cómo ganar amigos”, de Dale Carnegie, quien es a la autoayuda lo que Vance  Packard era al pensamiento antisistema yanqui en los años 60. Si al lector le quedan dudas acerca de si Carnegie es autor preferido de Macri o Rozitchner, no problem. La fórmula es intercambiable.
Dice “Ale”  (que siempre desaconseja a los demás lo que a él le resulta inaccesible)  que no hay que tener pensamiento crítico porque el pensamiento crítico es como las buenas mozas, se echa a perder. Y echa a perder al que  intenta ejercitarlo.  Hay que crear  -agrega-  ciudadanos felices, útiles y productivos (sic). Ese es el punto. Y lo peor de todo es que cobra del Estado. Es “asesor”.
Pero este muchacho está tratando de matar a su padre desde hace décadas, y no lo logra. Su déficit madurativo le mezcla razón y emoción; se halla, según mentas no muy dignas de crédito, en estado de levitación constante y en trance ectoplasmático ocasional, amalgama ideal para asesorar a este Presidente.
Si se ponen de moda conceptos viejos como ese de la “posverdad” y cobran fama la astrología y la magia como herramientas de la política nacional, lo que también observamos es que nunca se pone de moda la inescindible unidad de moral y política. Moral, para la mayor parte de los políticos, es sólo un árbol que da moras.
Se prescinde de la moral para todo, incluso (o principalmente) para la economía. Peter S. Goodman, del NYTimes (La Nación, 24/12/2016, p. 8), dice que el beneficio dinerario que Finlandia paga a sus desocupados para que no sufran hambre los desalienta para buscar trabajo. Implícitamente, Goodman está diciendo: para que trabajen hay que amenazarlos con el hambre y con la muerte. Pero  -decimos nosotros-  eso es enfocar el problema en su faz económica y divorciado  de la ética individual y de la moral social.
Ya sobre el final de su nota, Goodman se pregunta:  “¿liberados de la angustia de terminar durmiendo en la calle, las personas se convertirán en parásitos sociales?”.
La opción es clara: pleno empleo o desempleo. Si este último, también hay dos caminos: con subsidios para evitar el hambre y posibilitar la escuela, o sin red, de modo tal que el miedo al hambre o a la muerte, propia o de un hijo, los haga trabajar.
Esto pasa en Finlandia.  Acá, en Buenos Aires, Garavano, el ministro de Justicia de Macri, propone meter preso a un niño de 14 años sólo porque presume que, de ese modo, ganará las elecciones de octubre de 2017.
¿Aquella moral y esta moral? No. Moral hay una sola, aquí. Es la moral social como clima espiritual en el que vive y repta el capitalismo, tanto acá como acullá.
Estaré más seguro con la baja de la imputabilidad penal a 14 años, piensa el vecino. No importa que no sea cierto ni moral. Es otra posverdad, esto es, una mentira hecha verdad por la difusión masiva de la televisión en manos de los monopolios que se han quedado ¡nada menos! que con Papel Prensa. Y la división de poderes de Montesquieu les garantizará la impunidad, por cierto, pero no será impunidad, sino justicia, es decir, será otra posverdad.

Juan Chaneton
5/1/2017

Publicado en:
http://www.mdzol.com/opinion/712984-posverdad/