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domingo, 25 de mayo de 2025

Los viejos meados del frente antifascista, por Dante Augusto Palma

 


Al carajo Ficha Limpia y todo el sermón republicano de la derecha de gesto adusto e institucional que se parece cada vez más a una caricatura con la cara de Cristina Pérez y la voz indignada de Gustavo Silvestre: la denuncia de un acuerdo entre mileísmo y kirchnerismo no movió el amperímetro. El gobierno cobra en las urnas la estabilidad y el dólar barato porque todavía está cerca el desastre heredado. ¿211% de inflación dejaste y me venís a hablar de economía y de fascismo?

2027 será otra cosa porque los electorados no pagan dos veces por el mismo producto. Pero eso es el futuro y en la Argentina el futuro siempre queda muy lejos.  


Hablando de lo que viene, llegó la IA para crear un video falso en el que Macri anunciaba la baja de la candidatura de Lospennato. En realidad, solo confirmaba lo que los propios protagonistas habían compartido en público como una de las posibilidades tras el fracaso de la votación en el Senado que nos dejó uno de los momentos memorables de la TV política con una Lospennato que pasó de la euforia a la furia y nos ofreció mohines y primeros planos de viaje lisérgico además de un final triste a lo Sandrini. 


Suponer que el video tenía una pretensión de manipulación, es no entender cómo funciona el mileísmo. Su objetivo era la provocación y hasta la mofa antes que un intento de engaño. Es una línea de continuidad con una interpretación antiinstitucionalista y poco solemne. Hay algo de tecnoplebeyismo y estudiantina que si no se lo entiende y se lo acepta, genera automáticamente falta de retención urinaria. 


Por ello llevar a la justicia la denuncia del video no puede tener ninguna relevancia electoral ni política. Es solo alimento para el mileísmo que juega al fleje de un sistema que viene demostrando que no cura, no da de comer ni educa. ¿Por qué defender la democracia si no te da eso? Pregunten a los chinos si les preocupa más el sistema de gobierno o ser parte de los 500 millones de tipos que han salido de la pobreza y el atraso. Es preocupante, pero una democracia republicana con una población cada vez más empobrecida, va a ser siempre inestable. 


Ahora bien, esta crisis, claro, no viene sola, porque a la ineficacia del sistema, cuya responsabilidad es de la burocracia que lo compuso y lo compone, se le agrega la hipocresía: la patria es el otro pero no tenés laburo, te afanan, la salud empeora, los pibes no saben leer y el cargo se lo lleva el que te dice que la patria es el otro; no hay que votar a la derecha pero el progresismo te emputece la vida, descontrola la economía hasta fundirte y te obliga a aceptar su hagiografía de víctimas esenciales so pena de tu destrucción civil. 

Y no se trata solo de la política: en la Argentina los jueces no pagan ganancias porque se les canta las pelotas y luego son los encargados de determinar lo que es justo; los dueños de los medios de comunicación, que son los guardianes morales de Occidente y la República, denuncian al presidente por sus malos tratos contra el periodismo, pero pagan 50 lucas mensuales, con seis meses de retraso, por columnas semanales “que nadie lee”. Y sí, también negrean los medios progres que vos leés porque hay motosierras buenas y motosierras malas. 

Se habla de un Frente Antifascista.

¿Habrá un lugar en la burbuja para tanta gente equivocada? ¿De qué fascismo están hablando? ¿Llaman fascismo a los exabruptos de Milei? No existe un 56% de fascistas en la Argentina, pero si siguen llamando “Fascista” a todo, van a superar ese número. 


Incluso podría decirse que lo mejor que le puede pasar al Frente Antifascista es perder pues de lo contrario, tendrá que gobernar y demostrará ser tan inepto como el gobierno de Alberto Fernández. Es mejor ser víctima. Quédense ahí. Son tiempos de quejas. No de revoluciones. Es hora de cambiar el pañal de nuevo. 


Se analizan los números finos de la elección CABA y sale a la luz el ausentismo, más allá de que habría que poner allí un asterisco y aclarar que el número está sobredimensionado porque se ha incluido a casi 500.000 extranjeros en el padrón, los cuales van a ejercer su derecho en baja proporción (por cierto, vaya paradoja, el kirchnerismo impulsó el voto desde los 16 y los pibes votan a Milei; el kirchnerismo impulsa el voto de los extranjeros y los venezolanos están a la derecha de Milei).


Hecha la aclaración, volvemos a preguntar como lo hicimos algunos meses atrás: ¿estamos seguros que el posmileísmo será mejor? Ya sabemos qué ocurrirá si a Milei le va bien. ¿Sabemos qué ocurrirá si a Milei le va mal?


La prensa y la militancia progre está culposa y tiene que confirmar que a Milei no lo votan los pobres; tiene que hacer de Milei el reemplazo exacto de Macri, el hombre de los poderosos y las Mabeles Cocker. No se bancan ser la clase media sobreideologizada que está lejos de comprender lo que pasa “allá abajo”. Necesitan ser el espejo de los pobres a los que llaman negros de mierda cuando les roban el celular, pero a los que definen como “personas en situación de…” al momento de escribir el paper y armar la política pública. El progre, que es joven, aunque cada vez lo es menos, va en busca de un nuevo pañal también. 


“Pero Milei triplicó en Recoleta y solo aumentó un 50% en los barrios pobres”. Sí, ¿y qué? El voto de Milei es transversal lo cual significa que también representa bien un sector de las clases populares harta de la romantización y la intermediación con la que el peronismo ha hecho política. Eso puede cambiar dependiendo del bolsillo, pero fue claro en 2023 y sigue siendo claro hoy. Otro tema es lo que sucede en relación con las grandes estructuras del poder real. Para ellos sí Milei es el vehículo de su rabia antiperonista y es de prever que cuando Milei haya hecho el trabajo sucio, le suelten la mano haciendo que el poder judicial, que siempre es tiempista, vaya por todos los desastres en los que están dejando huellas ostensibles. Sí, la peruanización del sistema político argentino, incluye, además de fragmentación, la posibilidad de expresidentes presos o, al menos, vetados por la Justicia. 


Pero el modo mileísta de hacer política tiene mucho de peronista, de popular, de populista, mal que le pese al propio Milei.


En eso es una respuesta a la ausencia de peronismo que caracterizó al gobierno anterior, sin liderazgo, refractario al ejercicio del poder, pobrista e inepto, y a ese republicanismo de bragueta baja y bolsillo vacío que representó Macri y que hoy suena pasado de moda. 

Decirle a Macri que “está grande”, entonces, no habla de su decrepitud personal o del eventual final de su carrera política, sino de la crisis de las ideas que pretende representar a pesar de un pasado que no lo avala y que también pone en crisis al discurso de un sector del radicalismo y de la museística Coalición Cívica. 


El discurso institucionalista está asociado a cierta solemnidad y hoy no son tiempos de solemnidad sino de subversión de los valores. El presidente en Twitter no asume su rol, promociona una estafa, putea gente y se representa como economista, esto es, un particular, sin referencia institucional. Ahí es un igual y por las reacciones que tiene parece creérselo.


Ese espíritu antijerárquico, una vez más, plebeyo, es la novedad y lo representativo de estos nuevos tiempos. 


Por supuesto, todo esto volará por el aire si la economía se descontrola demostrando que este plus de interpretación del espíritu de época se sostiene por la estabilidad macro.


Mientras tanto, cualquier oposición que no entienda que a Milei se lo debe superar ofreciendo una alternativa que comprenda los nuevos valores de la sociedad, está condenada al fracaso. 


Por ello, en lugar de un frente antifascista que, más que una necesidad de la realpolitik, desnuda una pasión por la literatura fantástica, quizás haga falta armar algo que no sea un rejunte solemne de ideas del siglo XX impulsada por viejos meados de todas las edades.



por Dante Augusto Palma





lunes, 14 de septiembre de 2020

EL ENANO FASCISTA, por Daniel Feierstein (para "El Cohete a la Luna" y "ElDipló", septiembre de 2020)


Daniel Feierstein analiza los usos del odio para hacer política en su último libro

“Los argentinos tienen un enano fascista adentro”, reza el mito que se inauguró en los últimos años de la dictadura militar y se repitió sin cesar de allí en más. La frase se suele adjudicar a la periodista italiana Oriana Fallaci, aunque no resulta fácil encontrar la fuente documental que de cuenta de la misma. Quizás no fue exactamente así ya que las versiones accesibles en la web de aquella entrevista con Bernardo Neustadt no incluyen esta expresión ni ninguna similar. Como suele ocurrir con los mitos, poco importa quién fue el autor original, sino el impacto que cobra como parte de una narración. En este caso un relato que surgió en los años finales de la dictadura y fue retomada con fuerza durante el período de gobierno de Raúl Alfonsín. Los argentinos teníamos un “enano fascista adentro” y el nuevo consenso “democrático” de los años 80 venía a conjurarlo. El “Nunca Más” también quería referir, entre muchos otros sentidos, a ese “enano fascista” al que los argentinos no dejaríamos volver a emerger y al que domesticaríamos con la democracia.

Este libro no busca referenciarse en ese mito sino, por el contrario, ponerlo en cuestión. No somos los argentinos, como podría creer una periodista italiana eurocéntrica, los raros ejemplares que contamos con un “enano fascista adentro” ni fue la dictadura militar el momento de su emergencia, por mucho que haya sido genocida.

¿Y entonces por qué mantener al “enano fascista” en el título de este libro? La propuesta es aprovechar el mito para revisar el sentido que ha cobrado el término fascismo a lo largo del tiempo y qué vinculaciones puede tener con la realidad argentina del pasado reciente pero, sobre todo, con los desafíos contemporáneos.

Del 27/8 al 26/9

Recurrir a la imagen mítica del “enano fascista” puede resultar útil para comprender que el objetivo fundamental del fascismo, en tanto práctica social, es habilitar y producir comportamientos que pueden efectivamente ser parte de nosotros (como argentinos, pero también en cualquier otro ser humano), así como portamos también la posibilidad de ser solidarios o de luchar por la justicia. Las distintas alternativas de nuestra relación con los otros se encuentran siempre presentes en todo ejemplar de la especie y las luchas por la hegemonía son modos de lograr que determinadas conductas tiendan a primar sobre otras, habilitar y consolidar las mejores o las peores posibilidades que tenemos en tanto seres humanos o grupos sociales en nuestros modos de vincularnos con la comunidad en la que vivimos.

El concepto de “enano fascista” será reformulado aquí como la potencialidad de ser hablados y actuados por el odio, de habilitar formas de violencia específicas que logran redirigir nuestras frustraciones hacia determinadas fracciones sociales que son construidas como “responsables” de lo que nos pasa, descargando sobre ellos el odio que proviene por lo general de las consecuencias que produce en nuestras vidas un sistema opresor, cuyos verdaderos responsables (el poder económico concentrado, grupos transnacionales, el sistema bancario y sus “fondos de inversión”, el extractivismo minero, petrolero o sojero) resultan cada vez más invisibles.

A ello se suma la convicción y necesidad de comprender que el “enano fascista” se construye. Ello requiere observar que nuestras prácticas son producto de procesos socio-históricos que tienden a habilitar, facilitar o bloquear distintos modos de relación social. Que el “enano fascista” sea una construcción no implica que no pueda instalarse con fuerza como práctica hegemónica, procesar y determinar los modos por los que definimos nuestra identidad y la identidad de aquellos que nos rodean.



Una periodista italiana antifascista en la Argentina del fin de la dictadura

Oriana Fallaci nació en la Italia fascista en 1929, fue hija de un partisano y, como adolescente, se sumó a la resistencia contra la ocupación de Italia, hacia el final de la guerra. Periodista polémica e incisiva, fue corresponsal de guerra en Vietnam y entrevistó a la mayor parte de las figuras políticas más relevantes de las décadas del 70 y del 80. A medida que pasaron los años, se fue ubicando, paradójicamente, más y más cerca de una nueva derecha anti-inmigrante que se consolidó con el fin de la guerra fría, hasta terminar sus últimos años desarrollando una virulenta islamofobia, con llamativos puntos de contacto con aquel fascismo al que enfrentara durante tanto tiempo.

Sin embargo, y más allá de la decepción de sus años finales, para los argentinos que crecimos en el terror desplegado por la última dictadura, la visita de Oriana Fallaci en aquellos tempranos ochenta constituyó un claro incentivo para legitimar y consolidar la naciente militancia política de una generación que hacía sus primeros pasos en el contexto del terror impuesto por los campos de concentración por los que habían circulado la generación de nuestros padres o la de nuestros hermanos mayores.

Que una mujer pudiera decirle en la cara a Galtieri “dictador” y “torturador” en una entrevista pública en junio de 1982, que pudiera cruzar a los periodistas argentinos un año después diciéndoles “Ustedes tuvieron aquí un genocidio. Algo tan atroz no es posible sin una prensa cómplice”. Que tratara de colaboracionista al mismísimo Bernardo Neustadt al aire, en su programa Tiempo Nuevo, por canal 13, nos hacía sentir que la militancia — aún clandestina en aquellos años, pero en un contexto de nuevos aires y con la mayoría de los campos de concentración ya desmantelados — podía forzar la retirada de los militares.

Cuenta el mito que fue justamente en una de aquellas visitas de Fallaci al país, en aquel cruce con Bernardo Neustadt en 1983, que creó la ingeniosa frase que se haría emblema. Raúl Alfonsín la transformó en un caballito de batalla de su verba discursiva. El mal argentino de los golpes militares reiterados, el bombardeo de la Plaza de Mayo, las luchas políticas de los años 60 y 70 y la dictadura genocida se explicaban porque “los argentinos tenemos un enano fascista adentro”. Alfonsín se sentía llamado a exorcizar a nuestro enano de la mano de la democracia, con la que “se come, se cura y se educa”. Exorcizar al enano fascista era uno de los modos en los que el naciente alfonsinismo pensaba la “educación” de un pueblo al que se caracterizaba como “envuelto en la violencia”, un modo prototípico y problemático de construir una narración sobre los orígenes y consecuencias del genocidio vivido en la década del 70, modo que ha vuelto a tomar fuerza en la última década, de la mano de numerosos periodistas, historiadores o cientistas sociales que parecen haber retrocedido en el tiempo a aquella coyuntura.

Se desplegará en este trabajo que la última dictadura argentina fue genocida pero no fascista, en tanto no logró movilizar a amplios sectores de la población para sumarlos al despliegue directo de la violencia. Fue más bien efectiva en el objetivo de paralizarnos, de sumergir a la mayoría de los argentinos en su cotidianeidad, desconfiando de parientes, vecinos o compañeros de trabajo y cerrando sus ojos y oídos para evitar enterarse de la magnitud de la destrucción. Este libro no comparte el mantra de que la argentina fue una sociedad “violenta”, en el sentido igualador de la violencia que las lógicas de los dos demonios han intentado construir como narración exculpatoria del genocidio.

La dictadura militar, con su horror y sus campos de concentración, se propuso paralizar a la población y activar no tanto el odio ni la violencia sino más bien la desconfianza y el individualismo, buscó habilitar el “sálvese quien pueda” y el “a mí no me ha pasado nada”. La dictadura no nos transformó en fascistas sino en aquellos monitos que denunciara tempranamente la revista Humor, tapando sus ojos y oídos para no ver lo que ocurría.

Las estrategias de la derecha argentina, en esta última década, comienzan a proponernos algo paradójicamente peor: estas nuevas derechas buscan incentivar nuestros odios, transformar a nuestras frustraciones ya no en parálisis sino en agresión frente al familiar, el par, el vecino. Ahora se nos propone desatar la violencia contenida contra el inmigrante, el desocupado, el piquetero, el negro, el vendedor ambulante, el ratero, el manifestante urbano, la abortera, el árabe, el gitano o el judío. Insultarlos, molerlos a palos, atacarlos en banda, lincharlos, atropellarlos, acuchillarlos. Exactamente de eso se trata el fascismo en tanto práctica social. No fue cierta la “violencia social” colectivizada que postulan los defensores de los dos demonios para la época del genocidio pero, paradójicamente, sí quieren llevarnos a una violencia social colectivizada hoy, como parte de una estrategia de opresión.

Oriana Fallaci denunció la parálisis y la complicidad de numerosos sectores de la sociedad argentina con la dictadura. Y muy en especial de una prensa cómplice, que no sólo callaba sino que ofrecía sus páginas para las operaciones de los servicios de inteligencia.

Pero hoy muchos de esos periodistas — o sus herederos, porque en la mayoría de los casos los periodistas de hoy eran niños o adolescentes durante la dictadura o algunos incluso nacieron después de su finalización —no sólo prestan otra vez sus medios y su voz para las operaciones de los servicios de inteligencia sino que muchos de ellos ahora llaman a la población a indignarse, a ejercer una violencia en banda, cobarde, la de los muchos moliendo a patadas a una persona en el suelo, la de quienes se envalentonan quemando a quienes se ven obligados a dormir en la calle, la de quienes atacan a golpes a alguien porque es negro, boliviano, paraguayo o porque usa una kipá, intentando al mismo tiempo convencernos de que una vida vale menos que un celular o una bicicleta, que el “cumplimiento de la ley” (aunque sea la ley de circular sin inconvenientes de casa al trabajo) justifica la más dura represión, el encarcelamiento e incluso el asesinato de aquellos que osen ocupar el espacio público con la protesta.

Ya no nos quieren encerrados en nuestras casas y haciendo oídos sordos al terror. Quieren que seamos nosotros quienes salgamos a insultar, a golpear, a agredir, a escupir. Incluso a matar. Nos incitan a ello desde los medios de comunicación e incluso desde algunos cargos públicos. Nos reiteran una y otra vez que “los argentinos hemos sido muy dóciles”. Pero parece que insubordinarnos y dejar de ser dóciles no sería enfrentarnos al poder concentrado, a la injusticia sino, como buenos cobardes, desquitarnos con aquellos que sufren más que nosotros, con los que reclaman dignidad cortando una calle o una ruta, organizando una huelga o reclamando por sus derechos.

Al tiempo que con la lucha popular lográbamos derrotar la impunidad de los genocidas, allí a comienzos del siglo XXI, se iba gestando el huevo de la serpiente fascista en los subsuelos de la sociedad argentina, de la mano de la versión recargada de los dos demonios, del discurso sobre la inseguridad, de la estigmatización del piquetero, del huelguista o del maestro y de la mano también de un nuevo periodismo soez y descalificatorio y una nueva política que han hecho del insulto, la burla, la chicana, la denigración y las operaciones de inteligencia o los “carpetazos” sus herramientas más efectivas.

Este libro busca desplegar algunas de estas preguntas, aportando una reflexión sobre cómo es posible pensar al fascismo en tanto práctica social, cuáles de dichos elementos comienzan a darse cita en el contexto argentino, qué similitudes y diferencias pueden encontrarse con las formas clásicas y canónicas de las experiencias fascistas (los casos español, italiano y alemán en la Europa de la primera mitad del siglo XX) y, sobre todo, el sentido que puede tener pensar la necesidad de conformación de un frente antifascista, como modo de articular a los muy distintos y variados espacios de militancia que, teniendo fuertes diferencias en otras caracterizaciones y posicionamientos políticos, podrían confluir en la lucha por impedir este nuevo posible giro de las derechas argentinas.

La preocupación que inspira este libro es la percepción que hay quienes comienzan a pensar seriamente en desplegar la posibilidad de una salida fascista a las consecuencias de una profunda crisis económica, socio-política e incluso generacional y de las funciones masculinas y femeninas, incluso paternas y maternas. Y que sólo una detección temprana, la comprensión de sus lógicas (viejas y nuevas) y la creación de un frente antifascista plural para contenerlo podrá conjurar dicho peligro.



*Anticipo de La construcción del enano fascista: los usos del odio como estrategia
polÌtica en Argentina, editado por Capital Intelectual.

Publicado en:
https://www.elcohetealaluna.com/el-enano-fascista/