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viernes, 29 de julio de 2016

EL OLVIDO, por Ricardo Forster (para "Página 12" del 28-07-16)



¿Cuánta memoria resiste una sociedad? ¿Es posible hacer la crítica destemplada del ciclo político que acaba de cerrarse dirigiendo la mirada cargada de prejuicio y resentimiento hacia el pasado reciente pero al precio del inmediato olvido de ese otro pasado, algo más lejano, del cual es hijo el proyecto actual? ¿Es acaso el olvido un recurso para seguir viviendo que nos alivia de nuestras pesadillas? ¿Puede el discurso político dominante sostenerse en la interrelación de lo contingente y lo acontecido o necesita abandonar, por inactual, cualquier referencia a lo que ha quedado a nuestras espaldas, en especial a aquellas que remiten a prácticas de gobierno socialmente terribles como las que definieron la economía del país hasta el 2003? Preguntas que no puedo dejar de hacerme en estos complejos y difíciles días argentinos en los que una maquinaria mediática implacable, y en alianza con una restauración neoliberal encabezada por Macri, busca convertir los años kirchneristas en un tiempo de corrupción y de fabulación impostora, a la vez que trabaja para desvanecer los recuerdos traumáticos que dejaron su marca en el final de los 90 y en el estallido del 2001.

Se esfuman las imágenes de aquella crisis de finales del siglo XX al mismo tiempo que el día a día se convierte en el núcleo absoluto de vivencias y sensaciones que no pueden o no quieren mirarse en el espejo de esa otra época en la que tantas cosas se corrompieron en el interior de una vida social dañada. Quizás el peso de lo traumático, la oscura ofensa que atraviesa el alma de muchos compatriotas, el deseo de no mirar hacia atrás para no hundirse en la culpa de complicidades diversas, refuerza la tendencia al “piadoso” olvido. Es comprensible y justificable que quien ha sufrido un daño en su vida intente borrar ese recuerdo angustioso, es cínico e hipócrita que quien ha sido responsable de ese daño se dedique a borrar toda referencia que lo compromete. Es doloroso y preocupante que los dañados se dejen convencer por quienes buscan sustraerse a su responsabilidad política, ideológica y económica.

Olvidar, ese parece ser el reflejo inmediato de una parte significativa de la sociedad. Olvidar, una vez más, para desresponzabilizarse, para proyectar todos los males bien lejos en el mismo instante en que, como en otros tramos de nuestra historia, buscamos arrojarnos en las aguas purificadoras del virtuosismo republicano sin siquiera percibir que terminaríamos por precipitarnos en la noche dictatorial o en el vaciamiento de la vida democrática. Olvidar como una estrategia para despojar al kirchnerismo de su papel inequívoco y decisivo a la hora de rescatar a un país desmadrado y precipitado hacia una carrera autodestructiva impulsada por quienes hoy se ofrecen como los salvadores de la patria. Olvidar para distanciarse de sus propias opacidades, esa zona gris por la que circula la moral “real” de aquellos que se desgarran las vestiduras ante el supuesto vaciamiento de la República mientras ocultan la expoliación que realizaron y realizan del ahorro de los argentinos regresando a prácticas económicas que sólo benefician a las grandes corporaciones. Grageas para limpiar la memoria de todo aquello que incomoda la buena conciencia de quienes nunca acabaron de abandonar esa tradición prejuiciosa proveniente del antiguo cualunquismo que sus abuelos trajeron de Europa y que hoy asume los rasgos de una sorprendente alquimia de liberal conservadurismo y neoprogresismo reaccionario que va dibujando la silueta de “la nueva derecha” que decide el presente y el futuro inmediato de los argentinos.

Nada más engañoso que dirigir los peores dardos críticos contra el kirchnerismo desde las tribunas de opinión regenteadas desde siempre por los dueños del poder y de las riquezas. Se ensañan con el “populismo” del gobierno saliente (convertido ahora, por gracia de la infamia que lleva el nombre de “López” y la sobreexposición espectacularizante de los medios, en la quintaesencia de “la” corrupción) ocultando la responsabilidad de las corporaciones económicas representadas impúdicamente por los principales funcionarios del macrismo en la expoliación que se está llevando a cabo en el país. Su novedad es que ahora la administración y gestión de la República ha quedado en las manos de sus “verdaderos y genuinos” dueños. Los ceos de las grandes empresas multinacionales han tomado por asalto los ministerios para cerrar el “infame ciclo populista” que osó distribuir más equitativamente el ingreso al mismo tiempo que se ampliaban derechos sociales y civiles como no se hacía desde hace décadas. Un revanchismo de viejos reflejos comenzó a desplegarse en el interior de una democracia cada día más condicionada.

¿Comparar… para qué? Extraña paradoja la que lleva a una amplia franja de la clase media a incursionar, otra vez, en el ejercicio de la repetición. Fue la que enloqueció de pánico –en ese alucinante principio de siglo– ante la certeza de la caída en el abismo de la indigencia económica cuando toda idea de futuro había sido devorada por un presente que parecía prolongarse hasta la realización de lo infausto. Aquella clase media que a partir de 2003 inició una sistemática recuperación y que, ahora, cuando el tiempo ha hecho su trabajo de limpieza y olvido, critica salvajemente a un gobierno que implementó el giro político-económico que le permitió recuperarse de sus terrores y de sus indigencias materiales y “morales”, para abrazar la estrategia de quienes volverán a someterla. Extrañas vueltas de la vida que nos ofrece el panorama de una sociedad, o al menos de una parte importante de ella, que se instala en el fervor de un virtuosismo de nuevo rico que descubrió, no sin “inocencia”, que la República estaba en manos de una banda de facinerosos dedicada a expoliar los últimos restos de una moral pública definitivamente extraviada entre las risotadas demoníacas del populismo que goza con sus bóvedas llenas de oro, mientras que no se sonroja con los millones y millones que tienen el presidente y varios de sus funcionarios en los paraísos fiscales. Ni tampoco, claro, con los negociados del dólar futuro, las cuantiosas comisiones bancarias emanadas del arreglo con los fondos buitres o la compra de gas a una subsidiaria de la Shell de Chile (país no productor) por el doble del valor que el proveniente de Bolivia, empresa de la cual fue gerente y es accionista el ministro de energía Aranguren. La doble moral sigue dominando la conciencia de una parte de la sociedad al mismo tiempo que los grandes medios se ocupan de blindar y proteger al macrismo.

No le importa, mientras descubre fascinada y complacida, el horroroso espectáculo –astutamente pergeñado desde las usinas mediáticas– de la corrupción “generalizada y a manos llenas”, entregarse de cuerpo y alma a quienes se dedicaron y se dedican, con especial fruición, a desvirgar, una y otra vez, su existencia real mientras le dejaban la posibilidad de volver a sentirse virtuosa. Hoy, cuando la polvoreda de la historia se entromete entre el pasado aciago y el presente, no le preocupa dejar el recuerdo de lo acontecido al trabajo de oscuros eruditos enclaustrados en penumbrosas academias que un día nos recordarán las ruindades de una época felizmente superada, cuando ese recuerdo ya no tenga ninguna significación ni ponga en peligro ningún poder. Empachada de olvido reparador prefiere volver a escuchar las ofertas salvadoras de quienes, al final del siglo pasado, la dejaron en la ruina o simplemente la arrojaron a la indigencia material y moral. Elige, porque es libre de hacerlo y porque cree a rajatablas en el mito de su autonomía, a los mismos que disfrutaron mientras hundían a la Argentina en la penuria económica, social, política, cultural e institucional. Regresa, presurosa, al lecho de un amante sádico siempre dispuesto para recibirla con los brazos abiertos. ¿Cuánta repetición soporta un país? ¿Volveremos a ver una película que ya vimos pero con nuevos efectos especiales adaptados a esta época?

¿Es la desmemoria la que permite “el retorno de los dioses dormidos” utilizando libremente la famosa sentencia de Max Weber y adaptándola a un síntoma instalado en nuestra sociedad? ¿Es la pérdida de toda referencialidad histórica la que habilita para que regresen a la escena del presente los causantes de tanto daño sin que los que lo sufrieron siquiera lo perciban? ¿Acaso la experiencia vivida no alcanza para alertar respecto a esos retornos disfrazados de novedad? Algo oscuro y viscoso se despliega entre los pliegues de una sociedad capaz de lanzarse, una vez más, a la peor de las repeticiones, esa misma que terminará por ofrecerle de nuevo la brutal experiencia de la bancarrota. El deseo de la repetición anida en una subjetividad que sigue viendo la realidad a partir de los paradigmas culturales hegemónicos desde los años 1980 y 1990 cuando se inició la época neoliberal y que siguen marcando el ritmo del anarcocapitalismo financiero; como si lo vivido en el pasado se hubiese convertido en una bruma que apenas si nos devuelve figuras borrosas e indiscernibles mientras lo viejo-nuevo regresa para reactualizar su dominio.

Una subjetividad que no ha querido o no ha podido desprenderse de las impregnaciones de un sistema-mundo capaz de imponer, a lo largo y ancho del planeta, su lógica y su gramática. Un dispositivo cultural, afianzado en y por la maquinaria mediática y por la industria del espectáculo, que ejerce un tremendo disciplinamiento social fecundando el miedo en la certeza de un orden inexorable y eterno del que ya no se podrá escapar pero enmascarándolo en el llamado al puro goce individualista propio del ciudadano-consumidor al que suele apelar la nueva derecha. La economía global de mercado se ha ofrecido, y lo sigue haciendo, como el único norte de sociedades que ya no aspiran a otra cosa que no sea a permanecer, al costo que fuera, en el interior de esas coordenadas que les prometen la felicidad al precio de la más absoluta de las cegueras y, claro, de hipotecar el futuro.

Pero, tal vez, lo que se está hipotecando sea una alquimia que une los tres tiempos verbales ya que, como escribía Walter Benjamin, cuando vuelven a triunfar los dominadores de siempre lo que queda atrapado en la amenaza de la repetición y del relato único es la conjunción de pasado-presente-futuro. El pasado porque la memoria se convierte en un botín de guerra de los vencedores que se apropian de todos los bienes culturales fijando el sentido de un relato que sólo les conviene a ellos; el presente porque ejercen su hegemonía apropiándose, una vez más, de las riquezas socialmente producidas; el futuro porque queda borrado el sueño justiciero que todas las generaciones guardan y que proyectan hacia adelante. Lo que se impone, con la fuerza de una violencia material y simbólica, es un modelo de sociedad en el que la textura monocorde de los vencedores de ayer y de hoy se ofrece como la forma última de la vida nacional. Ese era el cambio que prometía el macrismo y que con ingenuidad rayana en el suicidio votó una parte de la sociedad.

Publicado en:
http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-305447-2016-07-28.html

lunes, 9 de junio de 2014

¿Es necesario traicionar a Forster?, por Hernán Brienza (para "Tiempo Argentino" del 08-06-14)


La creación de la Secretaría de Coordinación del Pensamiento Nacional y un debate pendiente.


 
La buena noticia de la creación de la Secretaría de Coordinación Estratégica del Pensamiento Nacional ha dejado como perro en cancha de bochas a más de uno. A propios y ajenos, a bien y mal intencionados, a mezquinos y generosos, a intelectuales y a los que se hacen y no tienen ni la materia de comprensión de textos aprobada. Evidentemente, las palabras "Pensamiento Nacional" tienen demasiada fuerza en el imaginario de los círculos ilustrados de uno y otro lado de la zanja. Y esto no quiere decir que los propios sean los bien intencionados  y los ajenos una manga de langostas. No. El debate, incluso, sobre la necesidad de renovar algunos parámetros o categorías de esta corriente de ideas ha demostrado que dentro de ella, también, hay una serie de zánganos dispuestos a sentarse sobre el baúl de la Santa Tradición. Y dentro de esos "botones" del museo Nacanpop –porque no llegan ni a comisarios–, hay quienes quieren abroquelar todo debate porque de tanto leer a los grandes clásicos ya no pueden hacer más que repetir como loros a Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz y Juan José Hernández Arregui y, también, "jovencitos malos de Belgrano" que agarraron por primera vez un libro de estos pensadores, se sienten iluminados con la candidez de niñas vírgenes  y creen que basta con disfrazarse de gaucho para poder enlazar el potro irredento del nacionalismo popular.
Entre estos dos opuestos hay, por suerte, una gran cantidad de intelectuales y pensadores que intentan navegar entre la modernidad, la necesidad de actualización de las ideas, la fertilidad de las dudas, las certezas felices, los trabajos serios de investigación. Y claro que la edad no tiene nada que ver: hay viejos queridos y sabios y jóvenes que pintan como buenos domadores. Lo que demuestra la pobreza de los "botones" del Museo Nacanpop es que lejos de poder articular ideas sólo pueden cometer falacias de autoridad, emprendiendo con supuestos "ataques despiadados", Peronómetro en mano, a quienes osan plantear dudas sinceras sobre el devenir del Pensamiento Nacional y Popular. Como diría Leopoldo Marechal, esos "botones de las ideas" no son más que "padres de los Piojos y abuelos de la Nada".
Creo que la Secretaría creada por la presidenta no se refiere exactamente a la corriente del Pensamiento Nacional sino más bien al Pensamiento Argentino.
En este marco de falta de debate y acumulación de vanidades mezquinas, la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner decidió cortar el nudo gordiano y crear la polémica secretaría. ¿Es necesaria? ¿Es oportuna? Sostengo que sí. ¿Por qué el Estado no puede disponer de fondos para investigar, promover, debatir, generar y producir conocimiento sobre una de las corrientes más ricas del Pensamiento Argentino? Iniciada por Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, Ricardo Rojas a principios del siglo XX, profundizada y popularizada por Jauretche, Scalabrini, Hernández Arregui, traccionada hacia la izquierda por Abelardo Ramos, Eduardo Duhalde, Rodolfo Ortega Peña, Ernesto Villanueva y tantos otros, esa tradición está prácticamente afuera de todo ámbito universitario y académico. Hasta ahora, los únicos ámbitos "oficiales" que intentaban con mucha dificultad cultivar esa corriente eran el Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego y alguna que otra cátedra perdida en algunas universidades nacionales. La pregunta es: ¿por qué es legítimo que un trabajador debe pagarle el sueldo a Beatriz Sarlo para que enseñe a los jovencitos de clase media de la Universidad de Buenos Aires una versión liberal de la literatura argentina y por qué es ilegítimo que los padres de esos jovencitos no le paguen el sueldo a Ricardo Forster para coordinar un pensamiento estratégico desde el Estado? No encuentro más razones que un "caprichismo histérico".
Una de las principales críticas que se realizan a la creación de la secretaría es la de "uniformización y oficialización del pensamiento", de "autoritarismo intelectual" y otras plagas semejantes. ¿Desde cuándo pensar, producir conocimiento, divulgar ideas puede generar "pensamiento único"? Resulta curioso que los mismos que erradicaron el "pensamiento nacional" de los salones académicos y de los medios de comunicación estableciendo el "pensamiento único" de la entente liberal-progresista se sientan aterrados por la creación de una Secretaría del Pensamiento. ¿O acaso dentro de un Ministerio de Cultura no hay lugar para la producción de ideas y se cree que la Cultura es sólo espectáculos inofensivos con lucecitas de colores? Ni academicismo cerrado ni barbarismo "zonzo" –como diría Dante Palma–; el Estado, es decir todos los argentinos, tiene derecho a destinar parte de su presupuesto a la circulación de las ideas. Justamente, el Estado está supliendo las deficiencias del andamiaje cortesano universitario.
De todas maneras, creo que la Secretaría creada por la presidenta no se refiere exactamente a la corriente del Pensamiento Nacional sino más bien al Pensamiento Argentino, categoría un poco más amplia. La primera es una de las tantas categorías que puede englobar la tipología. Es decir, dentro de "argentino" ingresan el ideario liberal, el marxista, el progresista, el republicano, etcétera. Domingo Sarmiento es un pensador liberal "argentino", pero no "nacional"; Ezequiel Martínez Estrada podrá ingresar en otra categoría, pero jamás se le podría considerar "nacional" como a ese inmenso y pequeño Fermín Chávez, por ejemplo. Y no se trata de segregaciones morales sino de categorías históricas.
Posiblemente, por el perfil de Forster, quien no se considera a sí mismo un cultor de la tradición "nacional y popular", lo "correcto" habría sido que la secretaría se hubiera llamado "Pensamiento Argentino". El propio flamante funcionario admitió que incluirá a Sarmiento, a Alberdi y otros autores que no pertenecen a la tradición nacanpop, con lo que la conceptualización quedaría automáticamente "estirada". Pero supongamos por un instante que no hay un error en el nombre de la dependencia pública ¿Qué significa poner a un "judío marxista" –como diría el diario La Nación– al frente de una corriente de pensamiento que tuvo a antisemitas confesos como Ramón Doll, por ejemplo, o a católicos irredentos como Manuel Gálvez y mi queridísimo Leopoldo Marechal? No pueden negarme que, pensada así, la decisión de la presidenta es bien nacanpunk.
No deja de resultarle interesante que el Pensamiento Nacional dialogue con el post marxismo, con la Escuela de Frankfurt, con el progresismo. Después de todo, quizás una de las grandes virtudes del PNyP sea justamente esa: la capacidad de diálogo abierto con otras tradiciones. Así como el ideario de Perón es hijo de un mestizaje intelectual riquísimo en diálogo con el cristianismo, el tomismo aristotélico, el socialismo, el fascismo, el pactismo roussoneano; de la misma manera que en los setenta, el pensamiento nacional dialogó con el marxismo y el trotskismo y fue fecundo; también hoy puede resultar muy enriquecedor ese diálogo con lo que significa Forster, ya sea el post marxismo o el progresismo –palabra tan temida y aborrecida por la botonería nacanpop sin hacerse cargo de que la variable evolutiva del mismo Perón era bastante "progresista"–.
Claro que para que se produzca un diálogo, deben conversar al menos dos. Así como el Pensamiento Nacional puede verse enriquecido por la tracción y la osmosis hacia tradiciones de izquierda, Forster debería dejarse embarazar un poquito por las ideas de los principales cultores de la corriente como Jauretche, Scalabrini, Chávez, etcétera. Si se produce esa combustión, seguramente, el kirchnerismo podrá encontrar su propio marco teórico e ideológico de acción, cuya operación cultural, sin dudas, es cruzar al peronismo con el progresismo. Si no, seguirá siendo un diálogo de sordos, con necios de ambos lados. Quizás, ese encuentro sea imposible, pero no intentar, estos y otros mestizajes, es condenar al Pensamiento Nacional a ser convertido en un museo con guías bien pagos que repitan como loros un discurso domesticado para nostálgicos.
Por lo demás, me atrevo a decir que Forster es un ser humano valioso que no se merece las agresiones personales de mediocres que no le llegan ni a los talones. Otro mal de la Argentina: se razona poco, se debaten poco las ideas y se agrede mucho a la persona, y sin el coraje necesario para hacerse responsable cara a cara de los actos cometidos.


Publicado en:
 http://www.infonews.com/2014/06/08/politica-148324-es-necesario-traicionar-a-forster.php

sábado, 16 de febrero de 2013

EL NÉSTOR KIRCHNER QUE ANTICIPO NICOLÁS CASULLO, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 15-02-12)




Por Ricardo Forster
InfoNEWS


Pocos y raros son los escritos portadores de una fuerza anticipatoria, más raros todavía los artículos periodísticos que logran proyectar una poderosa intuición que lleva las marcas de lo por venir.
 
No era Nicolás Casullo un pensador inclinado a las profecías, de esos que se ocupan de ofrecernos una pintura supuestamente certera de lo que la historia guarda como realización necesaria.
 
Su crítica de las izquierdas estaba atravesada por su rechazo a la reducción “científica” del decurso de las cosas; no había en él, al menos en el que inició en el exilio mexicano su revisión de aquella filosofía de la historia que le dio estructura teórica y fuerza programática a la utopía revolucionaria, ninguna inclinación a ofrecerse como rastreador de las sendas que inexorablemente deberían llevar a la victoria.
 
Ni escatologías profanas ni teleologismos metafísicos que viniesen a garantizar que la historia acabaría por cumplir sus promesas de liberación.
 
Más bien lo contrario, la dolorosa conciencia de vivir una época destemplada que, entre otras cosas, se había devorado el mito de la revolución y herido el corazón de la tradición emancipatoria.
 
En la larga travesía de los años ’90 (anticipada crudamente por la brutal etapa que inició la dictadura en el ’76 y que apenas si el interregno del entusiasmo democrático del ’83 alcanzó a paliar un poco) Casullo si bien no perdió las esperanzas en algún giro inesperado en el interior de una sociedad que profundizaba su propia barbarie social, política y cultural, tendió a dedicar sus esfuerzos reflexivos a la deconstrucción de la máquina ideológica que, bajo el formato de una nueva derecha, amenazaba con colonizar la totalidad del presente y de apropiarse del futuro.
 
Por eso, el artículo que voy a reproducir íntegramente y que Nicolás Casullo escribió en mayo de 2002 constituye una rareza en su trayectoria y, en especial, en lo que venía escribiendo en esos años alucinados en que nada se ofrecía como alternativa viable a la hegemonía neoliberal.
 
Un artículo en el que, haciendo gala de una maestría única para el uso de la parodia, del humor, de la ironía, de la nostalgia y de la rememoración, pintó la semblanza de quien estaría destinado a enloquecer la historia argentina; vamos entonces hacia esa escritura anticipatoria y sorprendente:
 
“Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista.
 
En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si se hubiese dejado olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista.
 
Convocatoria kirchneriana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo atrás pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor.
 
Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la tendencia, los comandos de liberación, ahora sólo eso, voces en la casa vacía.
 
Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los años 70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el general, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el 76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos.
 
De ahí que en las nuevas generaciones jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel ‘peronismo de izquierda’ no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado.
 
Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, de respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo.
 
Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista ‘referente’ se animó a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos.
 
Larga es la lista de los enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los ‘cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo’ y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina.
 
Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo.
 
La de sus defecciones.
 
En esa temeraria pelea está inscripto hoy el de Santa Cruz.
 
Según muchos, Kirchner asume la representación de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas ‘setenteros’, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del 45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volverá a pasar, aunque todavía no se note ni se crea ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.
 
Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con un silbato anunciador.
 
La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera.
 
Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R.
 
Porque en verdad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto donde el país se desbarranca por la ladera perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional.
 
Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas ‘re-elecciones’ de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saá.
 
Desgarbado, Lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya.
 
Para decir que va por adentro o va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza.
 
Lo converso con mis amigos y el 80% no lo ubica, lo semitienen en algún rincón de las imágenes del consciente pero no del todo.
 
Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master.
 
Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no ‘negocio’.
 
Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe.
 
En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que esta no fue toda la historia.
 
Que hay una última narración escondida en los mares del sur”

(N. Casullo, publicado en Página 12 el 12 de mayo de 2002).
 
Queda poco por agregar después de esta extraordinaria aguafuerte en la que, como decía Horacio González, “difícilmente podamos encontrar un escrito equivalente en que convivan el dramatismo de una situación política, la equiparación con famosos westerns, el uso de un lenguaje que usa la chanza o el desprecio como términos cariñosos (‘setenteros’, ‘parrillan’, ‘lungo’) y una áspera metafísica que quiere tornarse carnadura política.
 
La prosa casulleana trabaja con un sentido onírico absoluto para desembocar en la forma cruda de la realidad.
 
Es imaginativa para ser realista, es descarnada para ser utópica.
 
Y como la materia de la que trata, usa una lengua inestable, sincopada (‘lo semitienen’)”. Un Nicolás Casullo en el uso pleno de sus talentos y capaz de, bajo la protección de un lenguaje entre tierno, humorístico y paródico, atisbar en Néstor Kirchner lo que casi nadie o apenas un puñado de ilusos podían entrever.
 
Pero también alguien que no ha dejado de indagar en ese pasado que tantos quisieran para siempre clausurado y convertido en pieza de museo.
 
Todo se arremolinaba mientras buscaba el tono para darle forma a ese artículo anticipatorio: las imágenes de la infancia cuando su madre les contaba, a Nicolás y sus primos en la vieja casona de la calle Lavalle, poblada de sombras y de antiguos relatos, sobre Evita cuando la mayoría en el barrio se dedicaba a festejar la caída del tirano y a descorchar, como el padre de Nicolás, botellas de champagne.
 
Los primeros escarceos con la literatura y el amor mientras preparaba el viaje a Europa que lo llevaría, inopinadamente, a los adoquines parisinos de mayo del 68 entremezclada, la protesta estudiantil, de conversaciones con Cortázar y Le Parc mientras escuchaba a Jean Paul Sartre y creía estar tocando el cielo con las manos en compañía de alguna francesita tan revolucionaria como él y con la fogosidad de la liberación sexual recién alcanzada y eruditamente completada con los libros de Wilheim Reich.
 
El regreso a otra Argentina que transformaba el sueño dictatorial de Onganía en un final anunciado desde Córdoba y otras ciudades, que mostraban el retorno de la clase obrera al centro de la escena mientras se desplegaban nuevas organizaciones revolucionarias capaces de desmentir las agachadas y las traiciones de la izquierda tradicional que se veía rebasada por todos lados.
 
El trabajo periodístico, las conversaciones con Rodolfo Walsh y con el sociólogo Daniel Hopen cuando todavía se sentía atraído por la izquierda trotskista bajo la influencia del segundo mientras que el autor de Operación Masacre le iba introduciendo la pregunta, cada vez más inquietante, por el peronismo y el papel de los intelectuales.
 
La militancia en el FATRAC y la cercanía con el PRT antes de romper con la organización de Santucho y encaminarse hacia el peronismo como quien se reencuentra con algunas escenas de su infancia.
 
El desgarramiento entre su pasión literaria y el llamado de la militancia que venía a recordarle el famoso prólogo de Sartre a Los condenados de la tierra de Fanon que tantas marcas dejó en el debate de aquellos años en los que los caminos del medio parecían vedados;
 
La distancia infinita entre algunas conversaciones con Manuel Puig y otras con Jarito Walker y sus compañeros de célula que, al joven desgarrado por sus dos pasiones, no dejaban nunca de inquietarlo, en especial después de escuchar el desenfado del autor de Boquitas pintadas, capaz de reírse de todo y de todos y de profetizar la amargura de los días por venir en un país sin medias tintas que se asomaba a la boca del lobo sin darse cuenta.
 
Aquellas jornadas inolvidables en la redacción de La Opinión charlando con Paco Urondo y Juan Gelman y escribiendo una larga crónica sobre el peronismo pedida por Jacobo Timerman y contribuyendo a hacer de ese diario una experiencia editorial de honda influencia en los sectores medios progresistas que no podían saber ni imaginar que en esa redacción escribían quienes eran o serían cuadros dirigentes de la guerrilla argentina o intelectuales y poetas que dejarían una marca fundamental entre nosotros.
 
El 25 de mayo de 1973, la plaza, el pueblo rebasándola junto a las interminables columnas de la juventud peronista, la alegría, la borrachera antes de tiempo viendo a Cámpora con Allende y Dorticós y gritando junto a la multitud: “Se van, se van y nunca volverán”.
 
La noche festiva en Devoto esperando que se abriesen las puertas de la prisión y salieran todos los compañeros de las organizaciones armadas.
 
Las certezas que amartillaban el alma borrando las inquietudes y las preguntas silenciosas; montoneros, la ilusión y el desencanto; el abismo y sus bordes; la insondable figura de un general sobrepasado por la vejez y la realidad, rodeado de una caterva de rufianes liderados por un brujo dispuestos a convertir al país en un infierno de violencia y muerte mientras todo se aceleraba hacia la catástrofe.
 
El exilio mexicano con sus espectros y sus heridas pero también con esa insólita oportunidad para pensar todo de nuevo y sin dogmatismos sacándolo, como no podía ser de otro modo, del aire provinciano de la política nacional para confrontarlo con un tiempo muy complejo del capitalismo y de la cultura de masas.
 
El regreso sin ilusiones desmedidas pero bajo la emoción de reencontrarse con sus recuerdos, con su barrio, con sus fantasmas y con su novela, El frutero de los ojos radiantes, bajo el brazo y como testimonio de su hondísimo viaje hacia lo más recóndito de la memoria argentina y familiar.
 
El peronismo prostibulario y la necesidad de revisar a fondo esa historia maltrecha y oxidada por el tiempo y las traiciones.
 
La conversión de la mayoría de los viejos revolucionarios en adoradores de la nueva religión democrática mientras se apresuraban a acomodarse en la vida burguesa y a execrar, como restos de una historia maldita, sus convicciones y sus prácticas en aquel otro tiempo dominado por el espíritu de la revolución que acabaría convertido, bajo la mirada de ojos impregnados del clima de época, en testimonio del error, la locura y el autoritarismo guerrillerista.
 
El refugio en los libros y en la escritura que lo llevaron a ampliar los límites de su biblioteca dejando que en ella entraran algunas tradiciones fundamentales de la filosofía que le permitirían recorrer con espíritu crítico ese tiempo civilizatorio previamente cartografiado, entre otros, por los pensadores de la Escuela de Frankfurt y por quien dejaría una huella indeleble en su derrotero intelectual, Walter Benjamin, autor con el que no dejaría nunca de dialogar en sus itinerarios por la cultura moderna.
 
El viaje hacia los confines de la modernidad para mirar del otro lado de la verdad siguiendo la pista de los poetas del romanticismo capaces de ofrecerle otro anclaje para pensar el revés de la racionalidad ilustrada y para seguirle la pista a la compleja trama del sujeto en sus claroscuros.
 
El reinado del cinismo posmoderno de la mano de la traición final del peronismo convertido en partido liberal conservador ejecutando la pirueta del travestismo bajo la máscara facundeana impostada del riojano impresentable.
 
El estallido y la pregunta, reiterada, por el destino trágico de un país imposible que, de todos modos, no lo llevó a festejar la aparición, de nuevo en la historia nacional, de la clase media y sus cacerolas “insurreccionales” sonando con especial estrépito en Barrio Norte, Caballito y Belgrano, de las que no dejaría de hablar en un artículo memorable que ya he citado largamente.
 
Todo eso estaba en la memoria de quien desprevenidamente posaba su mirada en aquel desconocido personaje venido del sur patagónico para descubrir en él, en su insólita presencia, la acumulación de tantas imágenes y experiencias asoladas por el viento de una historia implacable.
 
Tal vez Nicolás, mientras escribía sobre Kirchner, no hacía otra cosa que proyectar su propio sueño, delirante, enfebrecido, alucinado pero intenso y bello de una redención infinitamente postergada por una época que, eso parecía, no ofrecía ninguna oportunidad para recobrar las voces, las ideas, las vivencias de ese otro tiempo arqueológicamente reducido a pieza de museo por los sepultureros de siempre que se regocijaban proclamando el fin de la historia y la muerte de las ideologías.
 
Simplemente Nicolás vio otra cosa en ese flaco desgarbado que venía a reponer la experiencia de una generación, la del setenta, que sólo era recordada a la hora de revisar el horror de la dictadura que había transformado toda esa historia en un gigantesco osario.
 
Nicolás Casullo quiso imaginar, con la impunidad de una escritura que no tenía que responder a ningún disciplinamiento ideológico o político, que había “una última narración escondida en los mares del sur".

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Audio de la nota de Casullo leida por Eduardo Aliverti AQUÍ.

sábado, 9 de febrero de 2013

Síntomas de época: la derecha, el neoliberalismo y los lenguajes de la injuria, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 08-02-13)






Preguntarse por los cambios que se vienen produciendo en el interior de nuestras sociedades es, sin dudas, incursionar en aquello que marca el derrotero de una época en la que pocas cosas parecen permanecer igual que en el pasado. Es, también, comprender los lazos decisivos que se han establecido entre las transformaciones estructurales del capitalismo (las que se vinculan con el paso de una matriz productiva a una financiera) y la emergencia de nuevas formas de subjetivación directamente ligadas a los cambios culturales de las últimas décadas. Cuando vemos que la derecha actual sigue apelando a la despolitización y a la incorporación y promoción de figuras del espectáculo y del deporte como paliativo a lo que considera el “más allá de la política” en la representación del mundo de amplios sectores sociales; cuando observamos la reaparición de lenguajes del odio y el resentimiento en estratos de la clase media (los insultos y las agresiones cobardes y visceralmente antidemocráticas al viceministro de Economía Axel Kicillof que regresaba con su familia del Uruguay en Buquebus el primer fin de semana de febrero; las injurias soeces de Miguel del Sel, candidato estrella del Pro en las últimas elecciones santafesinas, contra la Presidenta de la Nación y las expresiones cloacales que se escucharon en las marchas caceroleras de septiembre y noviembre, a lo que se agrega esa otra zona purulenta que permiten los grandes medios de comunicación en sus sitios web donde proliferan no sólo los insultos sino, peor todavía, los llamados a ejercer una violencia homicida, y la lista podría continuar sin que la oposición se pronuncie en defensa de la república y de los valores democráticos y de diversidad a los que dice representar); lo que se está manifestando es la mutación del sistema neoliberal, la presencia de su crisis indisimulable en las economías centrales, y la necesidad de profundizar aún más su lógica despolitizadora y cualunquista que, sobre todo, se evidencia en sectores de la clase media que mejor vehiculizan esa lógica del prejuicio y de la banalización. Tampoco quedan dudas del papel central que les toca cumplir a las grandes empresas comunicacionales en la reproducción de esta concepción del mundo y en la multiplicación del “clima de odio y malestar” que acaban por aplaudir en sus crónicas (como botón de muestra vale la pena leer la narración “aséptica” que hizo La Nación de los insultos y las agresiones sufridas por Axel Kicillof y su familia, narración que bordeaba la justificación de las injurias y de sus propaladores). Su papel ha dejado de ser el del acompañante para convertirse en decisivo a la hora de perfilar prácticas y conductas, lenguajes y definiciones que buscan hacer inviable cualquier proyecto popular y genuinamente democrático que busque cuestionar y superar la hegemonía del liberalcapitalismo. Sucede en la Argentina y en el resto de los países de América latina que están desplegando caminos alternativos. Sube, putrefacta, una ola de retóricas violentas, reaccionarias, cualunquistas y destituyentes que reciben, en la mayoría de los casos, la justificación de los “defensores de la república amenazada” por los populismos continentales.
En un libro fundamental para entender nuestra época, El nuevo espíritu del capitalismo, los sociólogos franceses Luc Boltanski y Ève Chiapello desmenuzan con rigor analítico y claridad de ideas la matriz y el funcionamiento de lo que se denomina el neoliberalismo como última etapa, hasta ahora, de un sistema de signos económico-político-culturales que ha definido el carácter de nuestra realidad. Y lo hacen indagando no sólo por el funcionamiento de la máquina económica, de lo que se ha descripto como el giro del capital hacia lo especulativo-financiero en detrimento de sus formas productivas, ni exclusivamente pasando revista al desmontaje sistemático del Estado de Bienestar que fue la forma hegemónica que adquirieron las sociedades occidentales en la segunda posguerra, sino hincándole el diente también, y centralmente, a los fenómenos culturales, discursivos, estéticos e ideológicos que le dieron forma y hegemonía política y social a una transformación regresiva y hondamente marcada por la injusticia que viene marcando la vida de nuestras sociedades desde hace más de tres décadas.
Ese “nuevo espíritu del capitalismo” radica, entre otras cosas, en un giro vertiginoso de las prácticas y conductas sociales asociadas a un despliegue exponencial de una ideología que buscó, con éxito, desmontar los ejes político-culturales sobre los que se había montado el modelo bienestarista y la búsqueda del igualitarismo social. Para ello contó con el aporte fundamental de los grandes medios de comunicación y de aquello que otro francés, Guy Débord, denominó “la sociedad del espectáculo”. Se trató, por lo tanto, de un giro en el sentido común, aquel que fuera dominante hasta mediados de los años setenta y en las formas de producción de las subjetividades anudadas, ahora, al mercado y a sus prácticas: el predominio de una moral individualista, la lógica de la competencia como resorte mayúsculo imbricada con lo que otros autores caracterizaron como “la sociedad del riesgo” en la que todos aquellos actores sociales que no mostraran sus condiciones para adaptarse a las duras exigencias del mercado serían impiadosamente arrojados al vertedero de la historia, la culturalización de la política que supone el predominio de las agencias de publicidad, de las encuestas y del marketing como centro de la acción política, unida a la presencia de un actor decisivo que ha venido multiplicando su presencia en la conformación de las actuales estructuras de conciencia y en lo que se denomina “la opinión pública” y que no es otro que los grandes medios de comunicación, exponentes actuales y decisivos de la ideología neoliberal.
Les tocó a esos grandes medios horadar en la voluble “opinión pública” las antiguas prácticas emanadas del Estado de Bienestar; fueron ellos la vanguardia del shock y de sus consecuencias catastrofales en el interior de una vida social aterrorizada ante el retorno espantoso “de los dioses dormidos” que habitan en las alturas inescrutables del Olimpo llamado “mercado”. Junto con la multiplicación de los compartimentos y la fragmentación social, de la mano con las nuevas formas de pobreza y de exclusión exponencialmente multiplicadas por el modelo neoliberal, la máquina mediática apuntaló la certeza, socialmente compartida, de un inexorable giro hacia la sociedad de mercado transformada en la gran panacea de una humanidad agotada de viejos conflictos en desuso y deseosa de entrar al primer mundo. Entre las extrañas y extraordinarias paradojas de las que es portador nuestro tiempo, una de las más notables es que desde esas geografías de la abundancia es de donde provienen las actuales expresiones del desasosiego, del terror ante la caída libre y sin anestesia que hoy atraviesa a países europeos que, por primera vez en décadas, descubren, horrorizados, que los hijos vivirán peor que sus padres.
El perfil de la nueva derecha hay que ir a buscarlo en estas “novedades” que logran mezclar mercadolatría, individualismo, culturalización de la política, hegemonía mediática como desplazamiento de las formas identitarias y de las fuerzas políticas tradicionales (en particular las que debieran pero ya no lo logran expresar el ideal liberal-conservador) que ya no dan cuenta de las demandas de una parte sustancial de la población, desideologización (aquello de que ya no hay más derechas ni izquierdas sino todo lo contrario porque de lo que se trata “es de gestionar de acuerdo a lo que necesita la gente”, buscando siempre “el consenso” y oponiéndose a la proliferación del conflicto como suele ser la retórica utilizada, entre otros, por Daniel Scioli), y despliegue de los lenguajes del gerenciamiento y del management empresarial como nuevo arquetipo de las prácticas recomendables y deseables en el interior de gestiones “asépticas” que devuelven la imagen de una consensualidad a prueba de conflictos y antagonismos. Una sociedad forjada a imagen y semejanza del “ideal” emanado del capitalismo de última generación, capaz de hacernos olvidar aquellos otros momentos de la historia atravesados por la intemperancia de demandas inabordables, en especial las de aquellos que reclamaban bajo el concepto antiguo y moderno de “igualdad” una más justa distribución de la riqueza.
Lo que ha logrado, en parte, esta nueva ideología de derecha que recoge temas antiguos pero maquillándolos según las actuales necesidades, es naturalizar la pobreza y la desigualdad, lo que le permite, como lo vemos continuamente con el macrismo, utilizar descaradamente la palabra “igualdad” sin establecer ninguna relación con su historicidad y con los mecanismos que producen y acentúan la desigualdad. Silencio de radio ante la expansión depredadora de la especulación bancario-financiera, más silencio ante la concentración exponencial de la riqueza en cada vez menos manos y, finalmente, afirmación del modelo neoliberal como fundamento de la vida económica contemporánea. Lo propio de este discurso es que no explicita sus objetivos y los va dejando en una nebulosa mientras, allí donde tiene poder, los realiza sin anestesia (algo de esto pudimos verlo en el repliegue de Barack Obama, a lo largo de su primer mandato, ante las demandas y las presiones del conservadurismo republicano que logró, entre otras cosas, que fuese el propio presidente demócrata el que llevase adelante un plan de ajuste que cayó sobre los sectores más débiles y pobres de la sociedad estadounidense salvando, una vez más, a los ricos que siguieron manteniendo sus privilegios impositivos –quedará por ver si algo cambiará durante su segundo mandato, aunque mantengo mi indeclinable escepticismo–. Los únicos gastos que no se recortarán serán los militares. Nada muy diferente llevaron adelante los socialistas españoles y griegos a la hora de aplicar brutales planes de ajuste que contradicen su historia y su ideología transformando a la socialdemocracia en absolutamente funcional a la lógica del capitalismo neoliberal y dejando la mesa servida para que se sirvan, sin ningún costo, las derechas. Es ahora al socialismo francés a quien le toca jugar el mismo papel agravado por la reaparición del síntoma colonialista en su reciente intervención militar en Mali).
Un breve paréntesis para señalar que nuestros “socialistas” vernáculos, los que son el eje de un Frente dizque progresista, sostienen, en lo económico, la misma lógica de la restauración conservadora: proponen como política antiinflacionaria el esquema de metas de inflación (debe leerse como la opción de enfriar la demanda mediante la suba de la tasa de interés), igual que el FMI, González Fraga, Prat Gay y demás (¿no resulta bochornoso para quienes decían expresar una concepción de izquierda –como Libres del Sur con Tumini y Donda a la cabeza– sacarse fotos con Prat Gay y compañía? ¿A eso le llaman progresismo?). Abonan a favor de una regla fiscal que garantice la sustentabilidad de la deuda (debe leerse como una alternativa recesiva al uso de divisas que generó en su momento el conflicto con Redrado y con los intentos especulativos contra el peso buscando una devaluación). Por otra parte el referente de los socialistas santafesinos se preocupa por que se genere un clima beneficioso para la inversión privada y reniega del papel que está jugando la inversión pública sugiriendo que es excesiva y desplazante del rol de la actividad privada. El ejemplo europeo nos ahorra seguir comentando el proceso de derechización de ciertos sectores del viejo progresismo que también involucra a esa franja opositora en nuestro país.
Para Boltanski y Chiapello de lo que se trata es de comprender “cómo el discurso de la gestión empresarial, discurso que pretende ser a la vez formal e histórico, global y situado, que mezcla preceptos generales y ejemplos paradigmáticos, constituye hoy la forma por excelencia en la que el espíritu del capitalismo se materializa y se comparte”. Los ciudadanos de nuestro tiempo, en Francia o en la Argentina, han sido brutalmente interpelados por ese discurso que le dio su consistencia al espectacular giro que se produjo en el interior del capitalismo y que supuso una profunda y dramática transformación de la vida cotidiana, de las formas tradicionales de representación, de las relaciones interpersonales y de los vínculos con la esfera pública. Entre nosotros hubo dos momentos liminares para apuntalar ese tiempo de profunda regresión económico-social: el iniciado por la dictadura bajo el plan de Martínez de Hoz y, luego del interregno del alfonsinismo –interregno que propiamente duró hasta la implementación del Plan Austral– que sería arrojado al infierno de la hiperinflación, y, después de dejar que la sociedad cayera presa del pánico ante el absoluto derrumbe de la vida económica, retomado, aquel plan de la dictadura, en su esencia neoliberal con ribetes conservador-populistas por Menem y Cavallo. Lo no dicho por la derecha actual, la que representa, entre otros, Mauricio Macri, es que su aspiración es reencuadrar al país en el modelo neoliberal que sigue siendo hegemónico en la mayor parte del planeta y eso más allá de su profunda crisis que hoy azota a los países centrales.
Es en el interior de este proceso histórico, cuyo punto de inflexión hay que situarlo a mediados de la década del ’70, cuando estalló la crisis del petróleo y comenzaron a desplegarse con fuerza hegemónica los lineamientos de los economistas neoclásicos afincados en lo que sería la ideología neoliberal, donde tenemos que ir a buscar los lineamientos de una nueva derecha que, en nuestro país, busca recuperar el terreno perdido desde mayo de 2003. Y es en el interior de esta matriz ideológica que tenemos que leer lo que significa la consolidación, en la ciudad de Buenos Aires, de una derecha que entrecruza lo liberal y lo populista, el crudo discurso del mercado y de la privatización con el reclamo, a todas luces artificial, de una sociedad de iguales que logre reabrir el ideal de una igualdad de oportunidades que no es otra cosa que una gigantesca quimera propagandística desmentida por una realidad brutalmente expulsiva y excluidora. El macrismo, con su alquimia de estética de última generación pergeñada en el laboratorio de Durán Barba, sus “sofisticados” punteros provenientes del peronismo duhaldista, su capacidad para movilizar fantasías ligadas al mundo de “las celebridades” y a la gramática fascinadora del espectáculo junto con la complicidad y la protección de la corporación mediática –fuerza imprescindible para desplegar el proyecto de restauración conservadora neopopulista en la Argentina–, ha mostrado con su último triunfo en Buenos Aires que es, hoy por hoy, la mejor expresión de ese ideal “opositor” que no se lograba encontrar entre la variopinta tienda de los milagros que venía siendo lo propio y visible de la oposición política. Es en él, en su máquina mediática, donde se pone en evidencia el “modelo” de sociedad que pretenden cuando su discurso, el genuino, encuentra en Miguel del Sel su idiosincrásica manifestación. Mientras tanto, los “progresistas” opositores creen que su tiempo está cercano y no se dan cuenta de que siempre acaban por confluir con una derecha que sabe mucho mejor qué es lo que hay que hacer para intentar horadar al gobierno. Por ahora sus recursos apuntan, por un lado, a la multiplicación de un clima enrarecido y a la justificación del “malhumor” de sectores altos y medios que se expresan de la forma más violenta y soez, y, por el otro, a continuar con sus maniobras devaluacionistas e inflacionarias. Lo “real” de nuestra derecha, una vez más y de modo lamentable, se expresa alrededor de ese lenguaje de la injuria y el insulto. La democracia, su salud, no se puede permitir que proliferen esas prácticas.


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viernes, 21 de diciembre de 2012

Kirchnerismo y jacobinismo: la saga maldita, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 21-12-12)






 “Hay que tomar en serio el ‘vamos por todo’. No es un relato, es una explícita declaración de intenciones. No es un subterfugio narrativo para engañar a partidarios ni a enemigos. Es algo que la Presidenta y sus leales desean y creen que puede obtenerse. Ir por todo implica no dejar nada a nadie: a los enemigos ni justicia. Así se cierra el círculo vicioso de la virtud jacobina en su versión criolla”.
Beatriz Sarlo, “Teoría y práctica cristinista del ‘vamos por todo’”, en La Nación, 16/12/12

Cierto discurso que se reclama como progresista y republicano busca, a la hora de analizar el kirchnerismo, establecer una genealogía –no carente de significación política y como parte de una estrategia de horadación sistemática de sus perspectivas centrales– que lo convierta en heredero directo de una alquimia que va de los jacobinos franceses a la teoría del jurista alemán Carl Schmitt que trazó la línea maestra de la diferenciación amigo-enemigo como núcleo, así lo sostenía el compañero de ruta del nacionalsocialismo en los años turbulentos de la Alemania de entreguerras, de una política antiliberal y posilustrada. Una saga que arranca con Robespierre, Marat y Saint-Just y se encuentra, para sorpresa de quienes no imaginaron esas filiaciones entre los orígenes de la izquierda y la construcción filosófico-política de una de las derechas más radicales que se desplegaron en la primera mitad del siglo XX, con un claro giro contrarrevolucionario después de haber pasado por la etapa bolchevique. Sin pudor, esos intérpretes se subieron al tren de la derecha neoliberal que, puesto en marcha hacia finales de los años setenta –cuando se iniciaba el proyecto arrasador del tándem Thatcher-Reagan– comenzó el trabajo de desmantelamiento de las tradiciones democrático-populares convirtiéndolas en el punto de partida de los totalitarismos modernos. Muchos antiguos izquierdistas se acomodaron sin inconvenientes en el interior de ese giro conservador de la historia despachando, sin complejos, sus vocaciones igualitaristas y emancipadoras como restos arqueológicos de otra época del mundo.
La deducción es evidente y salta a la vista: el kirchnerismo representa, hoy y entre nosotros, la actualización –quizá tragicómica dirían estos intérpretes– de esa perturbadora saga que ha tendido a homologar tradiciones revolucionarias con tradiciones de derecha y fascistas en esas lecturas arrasadoras y cargadas de prejuicios de la complejidad de la historia, alimentados, esos prejuicios y esas simplificaciones, por el giro neoliberal del antiguo progresismo, que establece una línea de continuidad entre el jacobinismo y los totalitarismos del siglo que ha quedado a nuestras espaldas.
El kirchnerismo, bajo la forma de la parodia que se estructura, eso escriben las plumas principales que parecen recostarse en el progresismo pero se pronuncian desde la tribuna clásica de la derecha argentina, alrededor de la frase “vamos por todo”, seguiría expandiendo las últimas descargas espasmódicas de un ontologismo político asumido como exigencia de lo absoluto. Expresado bajo otra nomenclatura no menos perturbadora la podríamos presentar, a esta filiación histórica, siguiendo una línea temporal: revolución francesa (origen del terror estatal y de la “virtud incorruptible”), revolución rusa (ampliación de los alcances de la dictadura revolucionaria hasta convertirla en una maquinaria represiva sin fisuras) y contrarrevolución nazi (forma radical del totalitarismo cuyo germen ya se encontraba en el comité de salud pública jacobino y en todas las ideologías que fueron deudoras de esa matriz forjada desde una reducción de la política a “ética de la convicción”, esto es, a un decisionismo de lo absoluto e innegociable enfrentado al consensualismo democrático-republicano del liberalismo). Como heredero de esta perturbadora saga, el cristinismo, versión radicalizada del kirchnerismo, estaría llevando a la democracia argentina hacia su colapso autoritario. La mesa está puesta: contra ese “peligro jacobino” hay que defender a la república de sus envilecedores que están dispuestos, una vez más, a negarles toda justicia a los enemigos. ¿Reconoce el lector la estrategia que lleva en su interior ese argumento –utilizado por las derechas continentales– de “rescate de la democracia” de sus destructores internos que se expresan en el neopopulismo?
El “relato” del kirchnerismo (forjado, eso dicen, en la supuesta influencia que sobre Cristina Fernández han tenido y siguen teniendo Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, cultores contemporáneos de la categoría schmittiana de “amigo-enemigo”) no sería otra cosa que la última estación de la vieja maquinaria, algo herrumbrada, del “giro totalitario” de los populismos actuales. La historia de la modernidad guardó, como excrecencia política, la metamorfosis de los proyectos revolucionarios en máquinas de terror totalitario. Lo que no dicen, estos progresistas liberal-conservadores, es que la consecuencia última que se extrae de esta genealogía es que la propia democracia, bajo su matriz popular, lleva en su interior ese germen destructivo que desde siempre habitó en la tradición revolucionaria. Si fuesen consecuentes, como lo viene siendo la derecha europea contemporánea, estarían cada vez más dispuestos a desprenderse de la tradición democrática en nombre de la pureza republicana y liberal. Todavía, para antiguos militantes de izquierda, resulta difícil dar el último paso hacia el sinceramiento político. Sus críticas al experimento popular-democrático kirchnerista apuntan, ya casi sin disimulos, a la restauración bajo la máscara de una república recuperada de su envilecimiento populista.
La consecuencia política directa de este posicionamiento la podemos encontrar reflejada en el espanto que sienten algunos intelectuales autoafirmados como progresistas y/o socialdemócratas frente a la “desprolijidad populista” del kirchnerismo que ha reinstalado la lógica de la beligerancia y la confrontación entremezclando de manera escandalosa lo que debe ser prolijamente separado para que la dinamita no explote. Maestros retóricos del consensualismo no expresan otra cosa que el pánico bienpensante ante el retorno, inesperado, del litigio por la igualdad, un litigio que, en cada época, adquiere sus propios rasgos. Negada como una anomalía salvaje de la historia la etapa de la revolución, se abrió el camino, desde la lógica del poder hegemónico, para ir desmontando de a poco los contenidos igualitaristas de la tradición democrática y para reintroducir el ideal republicano prolijamente despojado de cualquier herencia plebeya y, ahora, focalizado en la cuestión de las elites y de una suerte de mitificación ahistórica de las “instituciones” (allí está el cruce de frontera generado, a finales de los años ’70, por el libro del historiador François Furet –Pensar la Revolución Francesa– en el que no sólo se ponía en discusión los ideales “modernos” emanados del jacobinismo revolucionario, sino que se reducía la propia matriz de la revolución a terror, a punto de partida de los horrores desatados en la peripecia de una modernidad nacida de la Revolución Francesa con lo que la propia tradición democrática comenzaba a ser descripta, con astucia y sigilo, en juego con su otrora opuesto, el totalitarismo).
La crítica del papel de las multitudes sería una constante de esa línea liberal; una crítica que volvía a recoger la herencia del desprecio de las elites de finales del XIX hacia los desafíos que provenían de las masas plebeyas pero que también se vinculaba, más subterráneamente, a la matriz contrarrevolucionaria del conservadurismo de finales del siglo XVIII y principios del XIX (más de un progresista se sentiría algo perturbado al “descubrir” esta insospechada filiación). Redefinir la idea de “pueblo”, dándole otra significación histórica hasta desmontar pacientemente sus contenidos emancipatorios, sería otra de las inquietudes de los críticos neoliberales que terminaron de hacerse fuertes en el tránsito de la década del setenta a la del ochenta cuando la noche de los ideales revolucionarios parecía ocupar toda la escena del mundo. Constituye una tarea no menor reconstruir, bajo nuevas perspectivas, una tradición, la popular democrática, que también ha dejado sus males en su travesía por la historia; hacerlo implica, también, recuperar lo mejor de la idea republicana pero entramándola con aquella otra proveniente de las canteras del igualitarismo.
Desprendida de la gramática del conflicto la vida política se apropió, como hoja de ruta de ese nuevo tiempo, de los lenguajes y de las prácticas del gerenciamiento empresarial llevando hasta su supuesta extenuación aquello que, en otra etapa de la historia, había sido lo propio de la politicidad: el litigio por la igualdad, la disputa por las condiciones materiales de la existencia y, junto con ello, la querella en el interior de la propia democracia por definir su núcleo hegemónico. Sin conflicto y sin antagonismos, lo político transmutó en pura fuerza de policía, es decir, en prácticas de control, orden y administración asociadas en el imaginario de la época a los ideales republicanos y a la calidad institucional. Prolijidad, armonía, consenso, competencia sana, sociedad del riesgo, posmodernidad, mercado global, iniciativa privada, se convirtieron, en las décadas finales del siglo XX, en las palabras-llave que abrían las puertas de un presente pletórico de esperanzas y sellador de cualquier posibilidad de retorno a los tiempos oscuros y sombríos en los que reinaba la política del conflicto.
Pensando desde otro registro (en un texto anclado en los inicios de los años noventa cuando la ola neoliberal se expandía por un mundo atónito y aparentemente sin defensas), el filósofo Jacques Rancière señalaba que la “democracia ha superado la época de sus fijaciones arcaicas en la que convertía la debilitada diferencia entre ricos y pobres en mortal asunto de honor, encontrándose hoy tanto más asegurada en cuanto perfectamente despolitizada, en tanto ya no es más percibida como objeto de una elección política sino vivida como medio ambiente, como el medio natural de la individualidad posmoderna, sin imponer ya las luchas y los sacrificios que se contradecían con los placeres de la época igualitaria”. Ese mecanismo de naturalización de la democracia (es un hallazgo la fórmula “vivida como medio ambiente”) se correspondió, y Rancière lo explicita con crudeza, con la más amplia despolitización de la sociedad allí donde dejó de funcionar el conflicto de origen para ser desplazado por la maquinaria consensualista y por un nuevo imaginario igualitario que dejó de girar alrededor del problema de la distribución de la riqueza para convertirse apenas en un reclamo por ser parte de la “igualdad para consumir” (una igualdad desarticulada de lo colectivo, que era lo propio de su forma inicial, para quedar asociada al gesto puramente individual del nuevo sujeto posmoderno).
Fuera del conflicto lo que quedó invisibilizado socialmente fueron los sujetos otrora portadores de las demandas igualitarias, es decir, todos aquellos que, con sus vidas sustraídas por la explotación, quedaban doblemente relegados: en sus derechos y en su existencia real. Quedó completada la tarea del desmontaje iniciada por Furet y los cultores de una asociación entre democracia radical y terror. Primero quedó desprestigiada la tradición de la revolución, después siguió el camino del ostracismo el sujeto colectivo portador, otrora, de esas rupturas revolucionarias de la continuidad y la repetición en la historia. La multitud popular (el pueblo en ciertos registros, la clase obrera y/o los campesinos en otros más vinculados a las izquierdas), no sólo quedaron expuestos como el núcleo indiferenciado de “la barbarie” sino que, en un giro más espectacular e impúdico, fueron despojados de su dinamismo, de su incidencia en los cambios de la historia e, incluso, de su memoria rebelde. El republicanismo liberal (incluyendo también a los nuevos exponentes de un progresismo “políticamente correcto” e institucionalista) se convirtió, durante un par de décadas, en el eje de una nueva “verdad histórica”, en la voz de orden para destituir los rasgos “totalitarios” presentes en la tradición de la democracia hasta dejarla exhausta de sí misma transformada, como ya se ha dicho, en un “pellejo vacío”. En estos últimos años, una ola reivindicadora de lo olvidado de la historia atraviesa Sudamérica reabriendo los expedientes de un debate no saldado en el que, bajo experiencias actuales y antiguas, reaparece, con fuerza, la multitud como garantía de una recuperación incipiente de la democracia igualitaria.
Una ficción fundacional recorrió el cuerpo artificial de una sociedad capturada por los engranajes cada vez más potentes de la industria del espectáculo. Es ahí, en ese nuevo círculo virtuoso que une en un mismo recorrido la despolitización, la neutralidad valorativa, la proliferación posmoderna, el estallido monádico de individuos atrapados gozosamente en la red del hiperconsumo y la afirmación de un presente eterno, que se entramó, como una malla gruesa y aparentemente inexpugnable, el tiempo del fin de la historia y su correlato de una democracia medioambientalista despojada de cualquier cantera de la que pudieran extraerse nuevamente los conflictos de antaño. Una democracia capaz de expulsar de sí misma su condición histórica y su evidencia, también antigua, de ser escenario de una querella no resuelta.
La matriz despolitizadora ampliamente desparramada en escala planetaria por la forma neoliberal del capitalismo no sólo capturó el imaginario de amplios sectores medios de la sociedad sino que, también, caló muy hondo en las tradiciones provenientes del bienestarismo progresista e, incluso, en quienes se referenciaban en las matrices de la izquierda y de lo nacional popular. Uno de los rasgos sobresalientes, sobre el que todavía no se ha escrito demasiado, es la mutación que se operó, en el interior de esos círculos, en relación directa con la idea de “democracia”. Asfixiados por una atmósfera de época que parecía traer sólo aires viciados por el “triunfo” neoliberal, incapaces de digerir el bocado en mal estado del derrumbe de las ideas igualitarias y profundamente desconcertados por la implosión, desde el propio interior, de las experiencias mal llamadas socialistas, una amplia generación de intelectuales, de hombres y mujeres provenientes de militancias antiburguesas pasaron, casi de la noche a la mañana, de ser críticos de la democracia formal a convertirse en sus adoradores más fervorosos, contribuyendo a lo que Rancière llamaba la “democracia vivida como medio ambiente”.
Para muchos exponentes de esa generación detrás de ellos quedaban el horror, la muerte y la derrota que fueron asociados al fracaso estrepitoso de una concepción ideológica que ya no se correspondía con el mundo real afirmado, de un modo que asumía la perspectiva de la eternidad, en la estética de la sociedad de consumo y en la proliferación universal de una nueva forma de subjetividad autorreferencial y atravesada de lado a lado por la fascinación consumista. Junto con la emergencia del individuo hedonista (al menos como experiencia real de quienes quedaban dentro del sistema y como deseo insatisfecho de aquellos otros que eran excluidos de los llamados mercantiles al goce) se pulverizaron las prácticas anticapitalistas y se expulsaron por anacrónicas y vetustas las ideas que siguieran insistiendo con proyectos alternativos al de un modelo de gestión de la sociedad que se ofrecía como triunfante y definitivo. En todo caso, lo que quedaba para quienes no se resignaban a ser parte de la masa acrítica de consumistas alienados pero gozosos, era el distanciamiento crítico, la escritura testimonial y, claro, el más allá de la política. Nunca como en los noventa estuvieron más alejados los incontables de la historia, ampliamente marginados de la fiesta posmoderna, de los forjadores profesionales de ideas que, en su etapa anterior, habían contribuido con ahínco a reafirmar las virtudes míticas de aquellos mismos que, en el giro despiadado de la actualidad neoliberal, serían despojados incluso hasta de su memoria insurgente. La figura del intelectual, otrora imponente y desafiante, dilapidó sus herencias y sus virtudes al precio del acomodamiento académico o de la espectacularización mediática. Tiempo de ostracismo para aquellos otros que no se resignaban a convertirse en coreógrafos de la escenificación del fin de la historia. Fue en esa encrucijada en la que, bajo la forma de lo inesperado, surgió el kirchnerismo. A partir de esa irrupción nada volvió a ser igual y muchos de esos intelectuales progresistas terminaron por confluir con el liberal-conservadurismo. De ahí no se han movido.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

FORSTER: “El 8N es un gesto profundamente antidemocrático”, para Infonews del 04-11-12








El filósofo e integrante de Carta Abierta, Ricardo Forster, sostuvo en el programa de la TV Pública 678, que en la movilización del próximo jueves “hay un gesto claramente destituyente” y que los participantes “creen que son los verdaderos ciudadanos que deben salvar al país de la negrada que ocupa el gobierno”. 

Por:
INFOnews

 



El filósofo e integrante de Carta Abierta, Ricardo Forster, participó en el programa de la TV Pública 678, y se refirió al cacerolazo anti kirchnerista preparado para el próximo jueves, al que calificó como “un gesto profundamente antidemocrático”.

Si bien aclaró que “hay personas que van a salir a reclamar asuntos que consideran justos y necesarios”, en la organización “hay una intención claramente destituyente, quieren que este gobierno caiga”.
En tal sentido, indicó que “los organizadores del 8N configuran un tipo de país despreciable. Creen que son los verdaderos ciudadanos que deben salvar al país de la negrada que ocupa el gobierno”.
Asimismo, señaló que “es una paradoja porque los que hablan de una democracia debilitada son los mismos que se tornan cómplices de un grupo monopólico que se niega ajustarse a la ley”.
“Suponen que el ruido de una cacerola determina el destino de un país, independientemente de la legitimidad política y democrática”, agregó.
Por último, afirmó que “la diferencia entre el 8n y el 7d es que el primero es una regresión, y el segundo muestra todo el recorrido democrático”.

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lunes, 29 de octubre de 2012

Cabalgando contra el viento, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 27-10-12)



Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana, cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad, primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron nada intocado y sin perturbar.

 
Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo, con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de novedades.
Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional que vino a romper la lógica de la continuidad. Raras y hasta insólitas las épocas que ofrecen el espectáculo de la ruptura y de la mutación; raros los tiempos signados por la llegada imprevista de quien viene a quebrar la inercia y a enloquecer a la propia historia, redefiniendo las formas de lo establecido y de lo aceptado. Extraña la época que muestra que las formas eternas del poder sufren, también, la embestida de lo inesperado, de aquello que abre una brecha en las filas cerradas de lo inexorable que, en el giro del siglo pasado, llevaba la impronta aparentemente irrebasable del neoliberalismo.
Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital, que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había servido para reproducir y sostener los intereses corporativos, reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado, del litigio por la igualdad.
En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido. Pudimos redescubrir la cuestión social tan ninguneada e invisibilizada en los noventa; recogimos conceptos extraviados o perdidos entre los libros guardados en los anaqueles más lejanos de nuestras bibliotecas, volvimos a hablar de igualdad, de distribución de la riqueza, del papel del Estado, de América Latina, de justicia social, de capitalismo, de emancipación y de pueblo, abandonando los eufemismos y las frases formateadas por los ideólogos del mercado.

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