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sábado, 27 de octubre de 2012

EL PENSAMIENTO DE NÉSTOR KIRCHNER, por Hernán Andrés Kruse (para “Redacción Popular” del 27-10-12)



El 19 de junio de 2003 Néstor Kirchner pronunció un discurso de una enorme relevancia institucional. El tema central era, nada más y nada menos, que la designación de los Jueces y la necesidad de efectuar cambios profundos en esta materia. Kirchner comenzó su discurso enfatizando la necesidad imperiosa de reconciliar las instituciones y la sociedad. Consciente de la vigencia del “que se vayan todos”, el santacruceño estaba convencido de que si no se mejoraba la calidad institucional, sería muy difícil que el pueblo recuperara la confianza en las instituciones vertebrales de la democracia: la presidencia, el parlamento y la justicia.
Kirchner consideraba esencial mejorar la calidad de la Justicia. Nadie creía en los jueces. Nadie creía en la Corte Suprema. ¿Cuál era el diagnóstico del presidente? Pensaba que la designación de los jueces no podía seguir quedando en las manos del presidente de la nación, tal como reza el artículo 99 inciso 4 de la Constitución Nacional. Demasiada responsabilidad para un solo hombre, aunque se trate del presidente. El resultado no podía ser otro que la politización del Poder Judicial. “Desde que el entonces presidente, general don Bartolomé Mitre, en 1863, dejó instalada la primer Corte Suprema de Justicia de la Nación, la totalidad de los Presidentes ejercieron esa facultad de modo personal. Con razón se ha dicho que ninguno de ellos se sustrajo a la necesidad de colocar en ella a jueces identificados con su credo político” (Cuadernos de la militancia: “Discursos del Presidente Néstor Kirchner 2003-2007 (primera parte)”, ediciones Punto Crítico, Buenos Aires, 2011, págs. 32/33). Todos los presidentes tuvieron la necesidad de contar con una Corte Suprema adicta, adecuada a sus intereses políticos. El problema se agudizó cuando comenzó el grave proceso de inestabilidad política a partir del golpe de estado cívico-militar de septiembre de 1930. “A mediados de la centuria pasada se agregó la circunstancia de que cada cambio institucional de facto y los consiguientes gobiernos de derecho que les sustituyeron, modelaron a su manera sus Cortes Supremas de Justicia, sumando a aquellas facultades constitucionales la circunstancia de producir la renovación íntegra de sus miembros” (ibídem, pág. 33). La Corte Suprema se transformó en un apéndice del circunstancial ocupante del Poder Ejecutivo. La inestabilidad del Poder Ejecutivo se trasladó al Poder Judicial. La Corte Suprema pasó a ser la Corte Suprema de tal o cual presidente. De esa forma, lenta pero inexorablemente, la imagen positiva del máximo tribunal de garantías constitucionales comenzó a languidecer hasta esfumarse por completo. “Es verificable que en cualquier punto de nuestra historia la Corte ha servido de elemento de apoyo político para el presidente de turno, de modo que se ha sostenido que en la mayoría de los casos, aquí y en otras latitudes, los jueces de la Corte se han mantenido leales a quien los designó. Seguramente la suma de esas prácticas y aquellas interrupciones constantes de la vida institucional tienen mucho que ver con el estado de la percepción ciudadana respecto de la Corte” (ibídem, pág. 33).
Modificar el proceso de selección de los nuevos miembros del máximo Tribunal constituía para Kirchner un problema que debía ser resuelto para garantizar un incremento de la calidad institucional. El patagónico estaba convencido de que era prioritario sustituir el tradicional método de selección, concentrado en el poder decisorio del presidente de la nación, por otro método más plural, más abierto, más acorde con el espíritu republicano consagrado por la Constitución. El país necesitaba una nueva Corte, que no significaba una Corte adicta. ¿Cuál era el mecanismo de selección de los nuevos jueces que Kirchner tenía en mente? “Queremos adoptar un mecanismo de selección que en su ejercicio, por su transparencia y la participación del ciudadano, de la sociedad, produzca un crecimiento cierto de la calidad institucional para impactar positivamente en la credibilidad de la institución a la que el magistrado deberá incorporarse. Queremos que en la misma medida en que disminuya el arbitrio presidencial crezcan los derechos de los ciudadanos. Es que queremos motorizar la ayuda de la sociedad para mejorar, no para errar, para dar ejemplo de cómo se puede cambiar el futuro con el compromiso de todos” (ibídem, pág.34). Se trataba, remarcó Kirchner, del primer paso de un largo camino que el país inexorablemente debería recorrer si pretendía salir del estancamiento institucional. El método propuesto debería culminar en la selección de los juristas que mejor interpretaran el anhelo de cambio sentido por la inmensa mayoría del pueblo. Este nuevo proceso de selección debería instrumentarse cada vez que se produjera una vacante en la Corte para garantizar que quien lo ocupe reuniera las condiciones éticas e intelectuales necesarias para estar a la altura de los nuevos tiempos.
El nuevo método de selección de los jueces fue descrito por Kirchner de la siguiente manera: “(…) en un plazo máximo de treinta días de producida una vacante, se publicará en el Boletín Oficial y en dos diarios de circulación nacional durante tres días y en forma simultánea en la página de Internet del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, el nombre y los antecedentes curriculares de la o las personas que se decida poner a consideración para la cobertura del cargo Los propuestos deberán cumplimentar la declaración que exige la Ley de Ética de la Función Pública y otra en la que tendrán el deber de expresar datos que permitan evaluar cualquier tipo de compromiso que pueda afectar la imparcialidad de su criterio, así como la probable existencia de incompatibilidades y conflictos de intereses. En un plazo posterior de quince días, los ciudadanos en general, las organizaciones no gubernamentales, los colegios y las asociaciones profesionales, las entidades académicas y de derechos humanos, podrán por escrito y de modo fundado y documentado presentar sus posturas, observaciones o datos que consideren de interés (…) Luego de un plazo que no podrá superar otros quince días, y haciendo mérito de las razones que abonen la decisión tomada, si esta es positiva, se elevará con los actuados, el nombramiento respectivo al Honorable Senado de la Nación” (ibídem, pág. 35). He aquí la manera, simple y práctica, elucubrada por Kirchner para garantizar la mejora en la calidad institucional, sin la cual resulta inviable la vigencia de una genuina democracia.
El sábado 27 se cumplen dos años del pronto fallecimiento de Néstor Kirchner. Tenía sesenta años y mucho camino por recorrer. Como bien lo definió su adversario De Narváez, el patagónico fue un auténtico animal político. Accedió a la presidencia casi de casualidad. Sólo contaba con el respaldo del 22% del electorado. Sin embargo, estaba convencido de que si no apretaba a fondo el pie en el acelerador, la crisis se lo iba a llevar puesto. Por eso fue que apenas se sentó en el sillón de Rivadavia comenzó a gobernar con energía, con convicción. No esperó un segundo para comenzar a ejercer el poder de la única manera que cabe en la Argentina: sin pedir ni dar tegua. Su arremetida contra la justicia menemista y su proyecto de selección de los nuevos jueces no hacen más que demostrar su manera de concebir la política. Para Kirchner la política implicaba el ejercicio del poder basado en la sentencia “retroceder nunca, rendirse jamás”. El patagónico interpretó como pocos cómo se debe gobernar en nuestro país: doblando siempre la apuesta. En ese sentido, Kirchner no engaño a nadie. Embistió como un toro. Muchas veces ganó; otras, no. Pero nunca se dio por vencido. Transpiró la camiseta, como se dice popularmente. Tanto la transpiró que finalmente su corazón cedió para siempre. Había latido demasiado.



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