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domingo, 23 de diciembre de 2018

SE HACEN Y SON, por Alfredo Zaiat (para "Página 12" del 23-12-18)

MALA PRAXIS Y ULTRALIBERALISMO

El 2018 termina siendo el peor ejercicio económico desde 2002. El FMI avaló un programa financiero diseñado por Hacienda, que dejó a la Argentina sin resto y disparó el riesgo país. Y ya hay 180 mil desocupados más que hace un año.

Por Alfredo Zaiat

El 2018 termina siendo el peor año económico desde el 2002. En este período de diecisiete años hubo recesiones, como la del 2009 precipitada por la crisis internacional y las del 2014 y 2016 provocadas por fuertes devaluaciones. Pero ninguna de esas tres crisis tuvo resultados tan desastrosos en todos los frentes como ésta. No fueron sólo variables macroeconómicas con registros malísimos (inflación, crecimiento, producción industrial, reservas, tasa de interés, desempleo, pobreza), sino que la gestión de la cuestión económica ha sido pésima, con tres presidentes del Banco Central en un mismo año (el tercero tecleando por razones ajenas al manejo de la entidad) y un ministro de Hacienda que tuvo que entregar la política económica a manos de burócratas del FMI ante las varias muestras de deficiencias en su administración. El combo de modelo neoliberal más  mala praxis de la alianza Cambiemos ha sido devastador.

Riesgo país

Entre corporaciones mediáticas que tratan de disimular la debacle y un establishment desorientado como nunca, entre citaciones e imputaciones en Tribunales, quebrantos elevados en sus balances por la megadevaluación y la obstinación ideológica de repudiar el populismo que tanta plata les hizo ganar, la economía macrista navega gracias al salvavidas del FMI con el objetivo de llegar a flote hasta la elección presidencial del año próximo. Es una meta probable pero no segura de alcanzar porque existe consenso de que habrá una próxima corrida cambiaria, más temprano que tarde, y sólo aparecen disensos acerca de la magnitud.

La idea generalizada de la inevitabilidad de turbulencias cambiarias que predomina entre jugadores y consultores de la city está sostenida en una serie de indicadores financieros: riesgo país superando los 800 puntos (nivel récord en tres años de gobierno de Macri), una muy débil demanda de dinero, tasas de interés reales elevadas que el Banco Central no puede seguir bajando, aumento de la fuga de capitales y dolarización de carteras en años electorales. Sólo los fanáticos del macrismo mencionan la competitividad electoral de CFK como explicación determinante de un riesgo país tan alto. 

El motivo principal de la presencia del fantasma de default hay que buscarlo en el horrible programa financiero diseñado por el ministro Nicolás Dujovne y avalado por el FMI. Tan desesperado estaba el gobierno de Macri cuando se cayó el primer acuerdo con el Fondo que en el segundo reclamó todo el paquete y un poco más de los dólares comprometidos para poder cubrir los vencimientos de deuda hasta fin de 2019. Igual no alcanza si en cada una de las renovaciones de Letes en dólares no se supera el 60 por ciento del monto de vencimiento. 

Este programa no dejó resto financiero para el 2020, y esto es lo que se refleja plenamente en el riesgo país arriba de 800 puntos. Cuando se analiza la evolución de las paridades entre los bonos que vencen en 2019 y en los años siguientes, se observa con claridad la diferencia entre los que están garantizados el cobro de intereses y capital (por los dólares del FMI) y los que se quedaron sin nada. 

Es una estrategia financiera de responsabilidad exclusiva del gobierno de Macri, cuyo objetivo primordial fue de ese modo estar tranquilo de poder culminar su mandato en diciembre de 2019 y sin default.  

Burbuja

El último informe de coyuntura de Cifra-CTA, elaborado por  Mariano Barrera, Mariana L. González y Pablo Manzanelli, con la coordinación de Eduardo Basualdo, es muy ilustrativo para entender el naufragio de la economía macrista. Señala que esta cerrando el peor año del gobierno de Macri, que tuvo como elementos sobresalientes el estallido de la burbuja financiera de las Lebac -con la consiguiente megadevaluación- y los salvatajes financieros del FMI, que trajeron aparejada la profundización del ajuste fiscal y la adopción del enfoque monetario ortodoxo de congelamiento de la base monetaria y suba de la tasa de interés. 

Menciona también que el auxilio del FMI alcanza para cubrir parte de los abultados vencimientos de deuda que acumuló el gobierno en apenas tres años de gestión, advirtiendo de todos modos que enfrenta al menos dos problemas sustantivos: 

El primero, y por cierto más importante, tiene que ver con la significativa contracción económica que se produjo desde el inicio de la corrida cambiaria. Esta recesión, aunque bastante homogénea desde el punto de vista sectorial, tuvo su epicentro en la industria, el agropecuario (en este caso por el efecto de la sequía) y el comercio. La excepción más relevante fue la intermediación financiera que mostró altas tasas de expansión. 
La segunda cuestión guarda relación con la política de desarme de las Lebac, instrumento principal de la valorización financiera en la primera etapa del gobierno de Cambiemos. Indican que buena parte de ese stock fue reemplazado por las Leliq y las Letras emitidas por el Tesoro Nacional en 2018, cuyo stock sumado ascendió a 902.000 millones de pesos en noviembre. Si bien disminuyó la cartera en manos de agentes privados y se incrementó la que pertenece a entidades financieras que son las únicas que pueden acceder a las Leliq, las altas tasas de interés de estos activos, que se apalancan en los depósitos a plazo fijo, evidencian la sostenibilidad de corto plazo de esta política y la ampliación de sus riesgos.
El reporte explica que la corrida cambiaria que se desató como consecuencia de la implosión de la valorización financiera montada sobre las Lebac provocó una suba de la paridad cambiaria de alrededor del 100 por ciento, que se amplía a 228 por ciento desde el inicio del gobierno de Cambiemos. Detalla que el traslado a precios de la corrida de 2018 fue significativo ya que la tasa interanual de inflación de diciembre rondaría el 48 por ciento, la más alta desde la última hiperinflación en 1991. 

Sin embargo, aclara que la recesión económica impidió que los precios crecieran al ritmo del tipo de cambio (como sucedió durante 2016). Para agregar que, mientras que entre diciembre de 2017 y noviembre de 2018 el tipo de cambio aumentó 106 por ciento, los precios mayoristas subieron 71,4 por ciento y los minoristas 43,6 por ciento. 

La caída del consumo producto a la crisis económica le puso un freno al alza de precios minoristas y, en menor medida, mayoristas. Destaca que “esto evidencia una modificación de la estructura de precios relativos en el corto plazo en detrimento del comercio minorista”.  

Caídas

Los economistas de Cifra-CTA apuntan que en los primeros tres años del gobierno de Cambiemos el PIB no sólo no creció sino que cayó el 0,3 por ciento anual acumulativo. En ese derrape global, el del consumo obedeció, en buena medida, a la contracción del salario real. Indican que en el marco de la elevada inflación, el poder adquisitivo viene sufriendo fuertes caídas que se volvieron dramáticas en los últimos meses. Calculan que el salario real promedio registrado del sector privado “tuvo en octubre una caída interanual del 10,6 por ciento, descenso que es 13,3 por ciento respecto al vigente antes del inicio del gobierno de Cambiemos”. 

Otra variable que jugó un papel en la caída del consumo privado es la ocupacional. Con los últimos datos del Indec, analizan que en el tercer trimestre del año se verificó un aumento interanual significativo en la tasa de desocupación, que se ubicó en el 9,0 por ciento cuando había sido 8,3 por ciento en el mismo periodo del año anterior. Proyectan que a nivel país existen casi 1,9 millones de desocupados, 180.000 más que un año atrás. 

Destacan que la mayor desocupación obedeció a un aumento de la tasa de actividad (entre las mujeres), ante una tasa de empleo estancada (y en caída para los varones). La tasa de subocupación -que refleja la proporción de personas que trabajan menos de 35 horas semanales por causas involuntarias y están dispuestas a trabajar más horas- también tuvo un fuerte aumento, ya que pasó de 10,8 a 11,8 por ciento en el mismo período. Para concluir que “no se observaban valores tan altos desde 2005, y que sumando a los desocupados y subocupados se llega a 4,3 millones de personas con serias dificultades de empleo, más del 20 por ciento de la Población Económicamente Activa”. 

Diamand 

Muchos aparecen ahora sorprendidos por resultados económicos tan desastrosos. No pocos no pueden creer cómo pudieron chocar la calesita con todo el poder acumulado y con todo el poder económico apoyando. Otros –como los lectores de este diario y del suplemento económico Cash– supieron desde el primer día que este nuevo experimento neoliberal tenía destino de fracaso económico, no así del plan de negocios del macrismo. 

No era una cuestión de hacer predicciones, sino de conocer la historia económica argentina de las últimas décadas y de los aprendizajes conseguidos por lecturas de economistas, ignoradas por el establishment académico y empresarial, para abordar con rigurosidad el análisis del presente.

Uno de esos textos fundamentales, escrito por Marcelo Diamand, imprescindible para entender la actual debacle, fue rescatado por el economista estadounidense Jan Kregel, en el artículo “Los desequilibrios estructurales y la fallida receta del financiamiento externo”, que forma parte de un muy interesante volumen que conmemora los 40 años de la Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (FIDE).

Kregel dice que Marcelo Diamand se preguntaba: “¿Es posible basar el desarrollo argentino en capitales extranjeros”. Señala que quien fuera ingeniero y empresario integrante de la UIA (esta cámara industrial debería rescatar sus libros antes de caer en la insignificancia con el macrismo) predijo las dificultades que experimentarían los países en vías de desarrollo en América latina al financiar su desarrollo a través del ingreso de capitales extranjeros en forma creciente, tras la crisis del petróleo en la década de 1980.

Resulta muy esclarecedor, para entender las razones del fiasco económico del macrismo, un párrafo seleccionado por Kregel de uno de los textos de Diamand (“Overcoming Argentina’s Stop-and-Go Economic Cycles”, 1986): 

“Obtener fondos externos nunca es la solución; como mucho, es un sedante que conlleva un alivio monetario temporal, pero a un precio que terminará por empeorar el cuadro. El crédito (o las inversiones) ingresa en moneda extranjera y, como consecuencia, la amortización y los intereses (o dividendos) se deben pagar en moneda extranjera. Si estas contribuciones externas se invirtiesen en generar nueva capacidad exportadora o si se canalizaran en el sector de sustitución de importaciones, darían lugar a un incremento en la oferta de moneda extranjera para el país, en cuyo caso se autofinanciarían. Pero el destino más frecuente para los fondos que llegan a través del crédito en moneda extranjera es el de brindar un respiro temporal al sector externo, que demora una recesión y posibilita continuar el crecimiento de la producción para el mercado doméstico. En la medida en que el crédito externo logre estos objetivos, la necesidad de moneda extranjera aumenta todavía más, y a los gastos se agrega el pago de intereses correspondiente a los nuevos préstamos, con lo que el déficit de divisas inicial se agranda”.

“Para mantener el equilibrio en el mercado de divisas es necesario que los préstamos se renueven al vencimiento. Asimismo, para compensar por el creciente monto de los pagos de intereses y amortización, los nuevos créditos e inversiones extranjeros deben ir en aumento constantemente. De esta forma, el endeudamiento externo se incrementa hasta que, tarde o temprano, se desarrolla una nueva crisis en la balanza de pagos, más grave que la que el crédito tomado trataba de corregir. Este proceso adquiere características particularmente explosivas debido a los mecanismos utilizados para estimular el ingreso de capitales extranjeros”.

Más claro, echale Diamand.

azaiat@pagina12.com.ar

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/164048-se-hacen-y-son

sábado, 1 de septiembre de 2018

Marcelo Diamand : “El péndulo argentino. Hasta cuando.” (1983), por "psocialista.org"



En noviembre de 1983, el ingeniero Marcelo Diamand presentó un trabajo -“El péndulo argentino: ¿hasta cuando?”- en la “Conferencia sobre Medidas de Cambio Político Económico en América Latina” organizada por Venderbilt University, de Nashville, Tennesse, Estados Unidos. Casi un año después, el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES) lo editó en un folleto de circulación restringida, En el, Diamand volvía sobre lo que definía como “el crónico déficit estructural argentino” y a la oscilación pendular de la política económica entre dos corrientes marcadamente opuestas. Sus ideas siguen vigentes y el debate persiste. Como homenaje a su autor, y a siete años de su sentida desaparición, Informe Industrial reproduce el primer capítulo del trabajo.

“Las últimas décadas en la Argentina se han caracterizado por cambios muy bruscos y muy frecuentes de la política económica que muestran una oscilación pendular entre dos corrientes antagónicas: la corriente expansionista o popular y al ortodoxia o el liberalismo económico.

La corriente popular refleja las aspiraciones de las grandes masas de la población. Sus ideas en materia económica reconocen la influencia del modelo keynesiano y del nacionalismo económico. Sus principales objetivos son la distribución progresiva del ingreso y el pleno empleo. El primer objetivo se instrumenta mediante mayores beneficios sociales, aumentos nominales de salarios y a menudo controles de precios. También se recurre al manejo de los grandes instrumentos de política económica -fundamentalmente del tipo de cambio y de las tarifas de los servicios públicos- en función del objetivo prioritario de evitar que aumente el costo de vida. El segundo objetivo se logra asegurando un alto nivel de demanda.

Las etapas expansionistas suelen comenzar con el aumento de los salarios reales, el crédito barato, el incremento de la actividad económica y una euforia en el sector industrial y comercial. Sin embargo, en la mayoría de las veces esta etapa no dura mucho. El déficit del presupuesto crece, la balanza comercial se desequilibra, aparece el desborde sindical, surge el desabastecimiento y se acelera la inflación. El proceso culmina en el agotamiento de reservas en el Banco Central y en una crisis de balanza de pagos. La expansión se detiene y sobreviene una situación económica caótica. A medida que pasa el tiempo aumenta la oposición de los estratos influyentes de la sociedad y, finalmente, sobreviene la caída del equipo económico del gobierno.

Aunque la corriente popular admite algunos de sus errores y excesos, tiende a minimizar su importancia, y como justificación principal de su fracaso alega la insuficiencia del poder popular para manejar los resortes clave de la economía y la resistencia de poderosos grupos económicos nacionales e internacionales.

La caída de la corriente popular provoca siempre un brusco vuelco hacia la ortodoxia económica basada en la teoría neoclásica de la economía, tal como ésta se enseña en las universidades del mundo occidental. Por estar identificada con lo ‘serio’ en la economía, la ortodoxia resulta afín al pensamiento de lo que puede considerarse como la ‘opinión ilustrada’ nacional e internacional, incluida la de las instituciones financieras internacionales y de los principales medios de difusión.

Es así que las políticas ortodoxas reflejan el pensar y el sentir del sector agropecuario, del financiero, del exportador tradicional y, algo paradójicamente, de una gran parte del industrial. El acento se ve puesto sobre el orden, la disciplina, la eficiencia, el equilibrio del presupuesto, el ahorro, la confianza y la atracción de los capitales del exterior y las virtudes del sacrificio popular.

En general, los equipos ortodoxos llegan al poder en medio de las crisis de balanza de pagos. Su respuesta frente al problema son paquetes de medidas que involucran una brusca devaluación, un aumento de los ingresos agropecuarios, una caída de los salarios reales, una drástica restricción monetaria, una recesión de mayor o menor profundidad y un deliberado esfuerzo de atracción de capitales extranjeros. De acuerdo a las afirmaciones de la ortodoxia, la recesión y la caída de los salarios reales no serían más que perjuicios momentáneos que corresponderían a un período inevitable de sacrificio, necesario para ordenar y sanear la economía. Gracias a él, se crearían las bases para el despegue y el crecimiento en un beneficio del conjunto de la población.

Hasta ahora este saneamiento y despegue nunca se llegaron a concretar. La política puede lograr ciertos éxitos al comienzo. La tasa de inflación, que siempre aumenta inicialmente a raíz de la devaluación, más adelante suele disminuir; los capitales financieros afluyen del exterior y los salarios reales en parte se recuperan. Sin embargo, en algún momento del proceso sobreviene una crisis de confianza. El flujo de capitales extranjeros se invierte. Los préstamos del exterior que habían ingresado comienzan a huir. Se produce una fuerte presión sobre las reservas de divisas, una crisis en el mercado cambiario y una brusca devaluación. Caen los salarios reales, disminuye la demanda, la tasa de inflación otra vez aumenta vertiginosamente y se vuelve a caer en una recesión, más profunda aún que la anterior.

La reacción de la ortodoxia frente a su falta de éxito ha sido siempre similar a la de la corriente popular. Aunque admite errores de conducción, atribuye siempre su fracaso a la insuficiencia del poder político para efectuar el saneamiento necesario en la administración pública, para eliminar las empresas ineficientes y para mantener los salarios deprimidos por un tiempo suficiente como para que se genere un proceso de autosostenido crecimiento.

El empate o la falta de viabilidad

Dado que las justificaciones que esgrime cada tendencia siempre alegan la insuficiencia de poder político para concretar su proyecto, cobra fuerza el diagnóstico de que los males económicos del país se deben a un empate de fuerzas que impide la salida. De allí la opinión frecuentemente expresada por los observadores políticos de que, cualquiera que sea la política, lo importante es que tenga estabilidad y que sea respaldada por un poder político suficiente para durar y rendir sus frutos.

La tesis de este trabajo es que esta visión es errónea. Aunque es cierto que cualquier política económica para triunfar necesita un apoyo político, ni la política popular ni la política ortodoxa, tal como se ejecutaron en el pasado, hubieran podido triunfar aunque hubiesen contado -una y la otra- con un poder político total. Esto se debe a que ninguna de ellas tenía viabilidad intrínseca y ambas estaban condenadas al fracaso por motivos puramente económicos.

La falta de viabilidad de ambas políticas se debe a la inadecuación de los modelos intelectuales en los que se basan -del keynesiano en el caso de la corriente popular y del neoclásico en el de la ortodoxia- a la realidad.

La determinación de la causa de los ciclos pendulares tiene una gran importancia política. Porque, si realmente esta causa es el empate de fuerzas, entonces cualquier gobierno, para resolver el problema económico del país, debe lograr una concentración suficiente del poder, capaz de eliminar este empate. Para ello, sea cual fuere la tendencia por la que opte, debe descontar de antemano una fuerte oposición de los intereses que quedarán afectados e imponer en forma autoritaria las políticas que emprenda, por más resistidas que éstas resulten, con la seguridad de que el tiempo le dará la razón y de que el futuro justificará esa firmeza.

Pero, en cambio, si ninguna de las políticas aplicadas hasta ahora tiene una viabilidad intrínseca, entonces ni el desorden, el desabastecimiento, la inflación y la cesación de pagos externos que caracterizaron casi siempre hasta ahora a la corriente popular, ni tampoco el descenso de los salarios, la recesión, el endeudamiento externo y la crisis de confianza, propios y de la corriente ortodoxa, son fenómenos casuales, sino constituyen fallas de las respectivas políticas. En este caso, la resistencia de los sectores afectados -independientemente de que podría constituir una defensa de sus intereses- debería ser interpretada como una reacción defensiva saludable de la sociedad. Y si es así, entonces un gobierno que pretenda darle al país una salida económica no solo debe preocuparse por conseguir la cuota necesaria del poder, sino, ante todo, debe concentrarse en formular una política económica intrínsecamente viable.

Lo dicho no se refiere meramente a la Argentina. La pugna entre las dos corrientes económicas divorciadas de la realidad se reproduce en muchos países similares y el análisis de la situación argentina en una gran medida puede aplicarse a ellos”.

por Marcelo Diamand

Texto completo:
Marcelo Diamand, EL PENDULO ARGENTINO, 1983

Publicado en:
http://psocialista.org/economia/?p=120