El tipo se levanta de la silla en la que espera que el mismo número
que aprieta entre sus dedos titile en la pantalla multicolor del plasma
para ser atendido. De inmediato, catorce personas –de las
aproximadamente cincuenta y pico que están paradas– se disputan la silla
y, en ese preciso instante, sabe que, irremediablemente, la perdió para
siempre. Hace cerca de dos horas que espera. Así, como de la nada,
mezcla de aburrimiento y desazón, le pinta el hambre. Coteja números y
pantalla y comprende que tiene, por delante, otro buen par de horas.
Entonces sale al fuego del afuera, dispuesto a conseguir algo para
paliar los ruidos de su estómago. Pueyrredón y Juncal es, a esa hora,
las cuatro y media de la tarde, algo parecido al Sahara en el más
ominoso de sus mediodías. Entre los millones de reflejos del sol, el
cartel de la confitería Quebec resplandece como un oasis. Cruza y empuja
la puerta de vidrio, pero ésta no cede como sería lo lógico, sino que
hace un ruido seco (“clac”) y devuelve el envión en ese viejo principio
de acción y reacción que cree recordar de la secundaria. Detrás del
vidrio (que aunque no puede creerlo, quema), observa que, presurosa y
con cara de situación, una señorita –camisa blanca impecable, delantal
negro a rayas amarillas finitas, pañuelo en la cabeza como si se tratara
de una campesina rusa de principios de la revolución– se acerca y quita
el palo de escoba que traba las dos batientes.
–Hay corte de luz –pregunta el tipo, no dando crédito a los
fluorescentes que iluminan el interior fresco por el accionar a todo
trapo del aire acondicionado, e intentando romper la tensión en la cara
de la empleada.
–No, señor –dice, parpadeando–. Están saqueando en Rivadavia.
El tipo piensa un segundo, desestima toda comprensión geográfica, entra.
–¿Rivadavia y qué? –pregunta.
–No sé, señor –dice, ahora envalentonada, la campesina rusa–, yo estoy acá adentro.
El tipo trata de llevar adelante un cálculo de las cuadras que separan a
Juncal de Rivadavia a la altura de Pueyrredón, pero se deja vencer por
el hambre y pide un pebete de jamón, queso y tomate para descomprimir la
cosa.
Paga y sale de nuevo al infierno demoledor de los 36 grados y vaya a
saber cuántos de sensación térmica. Recién ahí, caminando (o, mejor
dicho, arrastrándose casi) hacia la esquina, descubre que todos los
negocios tienen las persianas bajas. Algunos, ostentan en las puertas
metálicas cabezas que pispean con ojos asustados hacia el lado de
Rivadavia, lejana avenida, allá, a unas quince intransitables cuadras a
esta hora y con este sol (como repetía Juan Moreira en la película de
Favio).
El kiosco de la esquina está enrejado. Una señorita policía abre la puertita y le pregunta qué quiere.
–Comprar una Coca –dice el tipo, como pidiendo disculpas, tanteando el documento con la mano que le deja libre el sánguche.
–Ah –dice la agente, prestando demasiada atención al movimiento de la
mano del tipo que busca el documento pero desestimando todo intento de
extracción de pistola–, pase.
El tipo compra la Coca, paga, sale, sintiendo a su espalda el “clac” seco de la reja cerrándose apenas pone el pie en la vereda.
Cuando entra nuevamente a la enorme sala de espera, le parece que la
cincuentena de personas que hacen lo que deben hacer en una sala de
espera, es decir, esperar, se reprodujo por dos o por tres. Aprovecha un
rinconcito para abrir el paquete del sánguche y dar el primer mordisco,
pero otro plasma (no el que le dice que aún le faltan 47 números para
su turno, sino uno clavado en TN) desbarata la operación. Arriba del
sugestivo zócalo “Una historia que podría repetirse”, se superponen
imágenes de los cortes de luz durante el final del gobierno de Alfonsín y
de marchas de caceroleros. Recuerda, el tipo, y casi al unísono las
imágenes del plasma pasan a confirmar su recuerdo, los saqueos de los
últimos días de otro gobierno, el de De la Rúa. La pantalla no cede y la
violencia ocupa toda la sala de espera. El tipo se acuerda de Feinmann
el malo, de Lito Pintos, de Antonio Laje en el programa de Daniel Hadad
Después de hora,
cuando mencionaban, como quien habla de cualquier cosa, que “las hordas
de salvajes”, después de asaltar los supermercados, recorrían las casas
de los vecinos continuando con los saqueos y el descontrol.
Mira el sánguche y no puede con el bocado. Entonces vuelve a la
pantalla. A las 17.34, la periodista Valeria Sampedro informa en off,
“desde el lugar de los hechos” (donde hay muchos “hechos”, pero parece
que no el pretendido), que los negocios cierran sus puertas en Once por
temor a los robos. El Once, sí, es Rivadavia, el mítico lugar desde
donde venían los saqueadores hace una hora. Y sigue Sampedro: “Todo fue
una cuestión de rumores. Aquí hay presencia policial, pero no hay ningún
intento de nada. Sólo dos mujeres detenidas en un negocio de Corrientes
y Pasteur, pero se trataría de dos rateras conocidas”. Desde el piso se
impacientan, medio desalentados por perder lo de los saqueos en
exclusiva: “Bueno, volvamos sobre los cortes de luz. Directo desde
Mataderos”. De inmediato aparecen imágenes de tres tipos con la camiseta
de Nueva Chicago haciendo sonar bombo y redoblantes verdinegros.
Tironeado entre el hambre y la imposibilidad de comer, aturdido por el
vértigo que le produce la inmovilidad de los números en la pantallita de
los turnos, el tipo decide (pero “decidir” quizás sea un verbo que no
le corresponde tanto) y sale con rumbo a su casa. Camina entre un mar de
gente que pugna por comprar regalos navideños, cruza calles esquivando
autos que bocinean implacables (“justo en estos días que, sin importar
los motivos, hay un 20% más de tránsito vehicular, se suceden cortes en
Córdoba y Junín, pero ya se levantó”, dicen por la pantalla de los
noticieros que el tipo no puede ver ni escuchar). El tipo se pierde, se
reencuentra, equivoca el rumbo, lo corrige, transpira.
Cuando llega a su casa ya son cerca de las diez de la noche. La mujer
del tipo lo recibe con cara de pocos amigos y la cena algo pasada.
Espera, claramente, una explicación de la tardanza. Y se lo hace saber.
–¿Tanto tiempo para consultar por un dolorcito en el estómago? –le dice, lo torea.
El tipo sabe que su mujer no le va a creer la historia. Ni él mismo
puede creerla. Del dolorcito en el estómago, después del hambre y de la
imposibilidad de saciarla, ya no le queda ni el recuerdo. Entonces la
mira fijo (sabe que, a pesar de todo, esos pequeños cruces de miradas
reprobatorios también son una forma del amor) y cuenta: “No sabés.
Cuando estaba por llegar a Pueyrredón, por Santa Fe, apareció una
columna como de mil quinientas personas y cortaron todo. Llevaban
banderas de una agrupación que no conocía, la Tupac Catarsis. Quedé en
el medio, casi sin poder moverme. Protestaban por la imposibilidad de
comprar dólares para poder viajar a Europa donde todo es más barato, por
la corrupción enquistada en cada acto de gobierno, por la
federalización el sistema unitario o al revés, no me acuerdo, por la
falta de colectivos en horas pico, por el desastre ambiental y el calor
insoportable, por la minería extractiva, por el precio del tomate, por
la falta de conferencias de prensa, por el silencio y la censura, por la
abolición de la enseñanza de las matemáticas en la escuela primaria,
por la restitución de la estatua de Colón, por la salida de Moreno que
no permite putear tranquilo a un funcionario, por la extinción del
tapir. Un mundo, mirá, un universo de protestas. Iban y venían por Santa
Fe y yo no podía salir de la marcha. En un momento, aproveché un claro y
enfilé para Pueyrredón. Y justo, mano a Santa Fe, venía otra
manifestación, multitudinaria, de la asociación Flora Kahlo, la hermana
menor e inconformista de Frida, más conocida, me enteré ahí, como
la Gata.
Los de la Kahlo pedían muchas cosas parecidas a los de la Tupac
Catarsis, pero eran como más fervientes. Protestaban, cómo puedo
explicarte, contra la violencia de género y contra el género de la
violencia. O, mejor, contra el control de la información y contra la
información del descontrol, coreaban ‘queremos preguntar’ y, casi
enseguida, como superponiéndose, ‘pregunten qué queremos’. No bien pude
dejarlos atrás entré al hospital y había como diez mil personas
esperando el turno, entonces me vine derechito para acá, pero viste lo
que dice la tele, está todo cortado, con saqueos, con desmanes. Hay humo
por todos lados, no hay cuadra donde no estén quemando gomas o
rompiendo vidrieras. Perdoná”.
La mujer lo miró como queriéndolo todavía más, subió apenas el volumen
del televisor, justo para que por el canal Europa Europa, la voz del
comisario Nicolás Le Floch (en una serie que transcurre en los últimos
años de la monarquía, previos a la revolución francesa) sonara tajante:
“El dinero va y viene, el resto es pura comedia”.
El tipo aprovechó para embocar el pebete de jamón, queso y tomate
intacto en la basura, puso la botellita de Coca tibia en la heladera,
espió por la ventana y se sentó a la mesa.
Publicado en:
http://sur.infonews.com/blogs/miguel-russo/espiando-el-19-y-20