ÁLBUM DE IMAGENES DE "MIRANDO HACIA ADENTRO"

Todas las imágenes originales producidas por "Mirando hacia adentro" han sido publicadas en un blog satélite llamado "Mirando hacia adentro. Álbum de imágenes".

DEUDA EXTERNA ARGENTINA ON LINE

La página norteamericana "usdebtclock.org" informa segundo a segundo la evolución de las deudas de los países. Vea online y en directo el REENDEUDAMIENTO ARGENTINO presionando AQUÍ.

Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Progresismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Progresismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de noviembre de 2025

Mamdani: la nueva esperanza blanca del progresismo, por Dante Augusto Palma

 



Socialista, joven, musulmán, nacido en Uganda de padres indios, y propalestina. Las credenciales de Zohran Mamdani no parecían las más adecuadas para ganar la alcaldía de New York apenas un puñado de años atrás. Sin embargo, evidentemente, algunas cosas han cambiado. 


Con todo, esto hay que decirlo, Mamdani no es precisamente alguien que haya llegado a Estados Unidos como refugiado y su apariencia física tampoco se asemeja a la de los que suelen llegar en esa condición. De hecho, Mamdani llegó junto a su familia a New York con 7 años, estudió en el Bronx High School of Science y luego se licenció en Estudios Africanos donde cofundó la sección universitaria de Estudiantes por la Justicia en Palestina; además, su madre es una famosa directora de cine graduada en Harvard, al igual que su padre, quien además es profesor en la Universidad de Columbia, y, su mujer, es una joven artista siria. Digamos que no parecen provenir del subsuelo sublevado, lo cual no es una crítica sino solo una descripción que quizás pueda ayudarnos a comprender mejor las razones de su triunfo. 


Mamdani alcanzó el 50% de los votos, venciendo por unos 9 puntos a Andrew Cuomo, también demócrata, que, tras perder la interna decidió ir por afuera, como independiente.


 Cuomo había tenido que renunciar como Gobernador de New York en 2021 tras haber sido objeto de acusaciones de acoso, lo cual permite inferir que Mamdani tenía enfrente un candidato que cargaba sobre sus espaldas el desgaste de las acusaciones y de la gestión. 

El flamante alcalde, triunfó en 4 de los 5 distritos, lo cual incluye el Bronx pero también Manhattan, distrito de los ricos si los hay, y su campaña, con la polarización alrededor de su figura, movilizó a casi el doble de los neoyorkinos si lo comparamos con la elección ocurrida cuatro años atrás. 


Según una encuesta de AtlasIntel publicada por El País, https://elpais.com/internacional/2025-11-05/quien-ha-votado-a-mamdani-las-elecciones-de-nueva-york-en-seis-graficos.html , lo que para algunos podría ser una paradoja y, para otros, la demostración de un particular giro ideológico de los empresarios hacia perspectivas de izquierda, Mamdani tuvo el apoyo del 44% entre los sectores más pobres y el 48% entre los más ricos, el sector que, discursivamente al menos, fue el objeto de los ataques de Mamdani. ¿Una demostración de que no solo los pobres pueden votar a sus verdugos? ¿Acaso la prueba de que Mamdani no es el verdugo de los ricos a pesar de que se presente como socialista? ¿Quizás la ratificación de que la ideología puede más? No lo sabemos. 


Ahora bien, cuando se desmenuzan todavía más los números aparecen otros datos interesantes: por ejemplo, Mamdani solo obtuvo el 60% de los votos de quienes eligieron a Kamala Harris en la última elección presidencial dado que un 36% se inclinó por Cuomo. Es evidente que hay allí una expresión de la interna demócrata entre el ala de izquierda y la perspectiva más centrista. 


En cuanto a la distribución racial, no hubo sorpresas: Mamdani triunfó entre los asiáticos (con 59% de apoyo), los negros (48%) y los hispanos (45%), pero perdió entre los blancos, donde alcanzó apenas el 37%.


Sin embargo, donde sí apareció una curiosidad es que con Mamdani se da un fenómeno que creíamos propio de los candidatos de derecha: el 62% de los jóvenes de hasta 30 años se inclinó a votarlo frente al 29% de los mayores de 65; y el 51% de los varones lo apoyó frente al 37% de las mujeres. Habrá que indagar las razones de esta tendencia que, insistimos, va a contramano de lo que sucede en buena parte del mundo pero que, en todo caso, podría darle una esperanza a los demócratas: se puede ser varón joven y ser progresista.  


No es fácil explicar esto aunque podría adelantarse, como hipótesis, que Mamdani utilizó la misma estrategia que han usado muchos de los espacios de derecha, una suerte de discurso antiélites en general, y contra las élites del propio partido demócrata, necesitado de una renovación generacional y de ideas. 


A propósito, recuerdo una nota publicada en el New York Times, https://www.nytimes.com/2025/07/06/opinion/zohran-mamdani-democrats-israel.html por Peter Beinart en la semana posterior al triunfo de Mamdani en la interna demócrata, donde el autor indicaba que una de las claves del éxito de Mamdani había estado en explotar la disputa entre las bases y las élites del partido alrededor del tema Gaza. 


Mamdani nunca escondió su posición propalestina, ni siquiera ante las continuas acusaciones de Cuomo y no hay razones para dudar de las convicciones del triunfador, pero lo cierto es que, según los datos de la encuesta de Gallup, en 2013, el apoyo de los demócratas a Israel por sobre Palestina obtenía una diferencia de 36 puntos mientras que en la actualidad ese número se ha revertido dramáticamente: 38 puntos a favor de los palestinos. Este cambio fue incluso más profundo entre los mayores de 50 que entre los jóvenes y la consecuencia es que, hoy en día, solo un 33% de los demócratas apoya a Israel en su conflicto con los palestinos. 


No sabemos si esto marcará una tendencia al interior del partido, pero Mamdani parece haber sintonizado que la cerrazón del partido demócrata alrededor del discurso identitario de las minorías no alcanza, de modo que buena parte de sus propuestas, apuntan a una agenda económica y concreta: congelamiento del precio de los alquileres, construcción de viviendas, transportes más rápidos y gratuitos, supermercados populares con comida a bajo costo, aumento del salario mínimo…


¿Podría existir un Mamdani sin Trump? Es un contrafáctico pero una interpretación posible es que, al menos en el país del norte, una salida posible sería oponerle a la radicalidad de Trump una opción igualmente radical. Lo opuesto, así, no sería la moderación sino una versión que lleve el péndulo al otro extremo. 


En el progresismo de todo el mundo, hay una euforia desproporcionada por una elección en un distrito muy importante pero que es holgadamente demócrata.


Pensemos, si no, que solo el 19% de los neoyorkinos se autopercibe republicano y que, en las últimas elecciones presidenciales, Harris obtuvo allí el 68% de los votos. Lejos estaríamos, entonces, de una elección que pudiera funcionar como termómetro de una incipiente nueva tendencia. 


Sin embargo, en todo caso, sí podría ser el puntapié inicial de espacios progresistas que, al menos desde lo discursivo, intentan disputarle a la derecha la representación de los trabajadores a través de propuestas concretas y radicales, además de hacerlo desde posturas populistas antiélites.


Si no supiéramos cómo Estados Unidos influye y exporta a Occidente no solo sus reglas sino también sus tendencias sociales y políticas, esta elección sería un evento menor. El futuro dirá, entonces, si no ha sido más que eso o se trata del comienzo del reconfiguramiento ideológico y de la reconversión del progresismo en una versión más amplia y radical que marcará el debate público y la orientación del mundo occidental en los próximos lustros.

domingo, 10 de noviembre de 2024

El triunfo del monstruo perfecto, por Dante Augusto Palma

 



Finalmente llegó el día y Trump triunfó con mucha más holgura de la que todas las encuestas vaticinaban, llevándose los 7 “Swing States” y obteniendo más votos totales que su rival, algo que en las anteriores ocho elecciones un solo candidato republicano había logrado. Me refiero, claro está, a George Bush hijo en 2004. 

Seguramente con el correr de los días habrá tiempo para analizar con más precisión los números y, con ello, las razones que los explican de manera más concluyente, pero al menos preliminarmente algunos bosquejos más o menos sensatos se pueden realizar. 

A propósito, hace algunos días leía Por qué se rompió Estados Unidos. Populismo y polarización en la era Trump, un libro de Roger Senserrich cuyo sesgo anti Trump es marcado pero que aun así ofrecía un apunte a tener en cuenta: aun si Trump hubiera perdido esta elección, existen condiciones estructurales que explican su emergencia. Trump no sería así la anomalía sino uno de los retoños naturales de aspectos institucionales generales insertos en el corazón de la república estadounidense, sumado a la deriva adoptada por el partido republicano. En otras palabras, para Senserrich, hay Trump porque Estados Unidos abrevó de una tradición poco democrática existente ya en el espíritu de la Constitución legada por los Padres Fundadores; una desigualdad estructural y nunca del todo resuelta entre norte y sur; los cambios institucionales y en el sistema electoral que se empezaron a dar especialmente a partir de los años 60, y el modo en que las alas más reaccionarias del partido republicano se hicieron hegemónicas a partir de la utilización de discursos populistas basados en el resentimiento.     

Esta perspectiva es de resaltar porque nos corre automáticamente del lugar común de un Trump producto de un combo explosivo entre un giro reaccionario de las sociedades acaecido por generación espontánea, sumado a Fake News y gente muy mala diseñando algoritmos para manipular gente tonta y/o protofascista. En todo caso, si hay algo que objetar al libro de Senserrich es haber omitido la responsabilidad del partido demócrata en la irrupción de un fenómeno como Trump. Porque, no hay que olvidar, la transformación de los demócratas merece más que una mención a pie de página.   

En este sentido, algunos números preliminares elaborados por la CNN y El País ofrecen datos interesantes, confirmando la mayoría de las tendencias que venían dándose al menos desde 2016 y matizando, solo en parte, algunas otras. En resumidas cuentas: entre los varones, Trump ganó por 10 puntos y, entre las mujeres, perdió también por 10 aunque en 2020 había perdido por 15 puntos; entre los jóvenes de hasta 29 años perdió por 13 pero, en ese segmento, en 2020, había perdido por 24 frente a Biden; entre los blancos ganó por 12 aunque en 2020 había ganado por 17 y entre los negros perdió por 74 puntos, casi lo mismo que en 2020. Donde se vio un importante avance de Trump es entre los latinos: en 2020 había perdido en esa franja por 33 puntos y, en esta elección, la diferencia se achicó a 8 puntos. 

Entre los universitarios, Harris ganó por 16 puntos contra los 12 de diferencia que había obtenido Biden, pero entre los no universitarios Trump ganó por 10 cuando 4 años atrás había ganado allí solo por 2 puntos.     

En cuanto a las zonas, Trump subió sustancialmente en el ámbito rural triunfando por 27 puntos contra los 15 de diferencia obtenidos en la elección presidencial anterior y, entre los considerados votantes independientes, Harris ganó por 5 puntos, bastante poco si lo comparamos con los 13 de ventaja obtenidos por Biden en 2020. 

Como les decía, estos números en general confirman las tendencias y el perfil que fueron adoptando ambos partidos en los últimos años. El partido republicano liderado por un magnate ha logrado representar especialmente a la población de varones blancos no universitarios, trabajadores de zonas rurales y/o de los viejos cordones industriales, aquellos más afectados por la globalización. Del otro lado, las grandes ciudades progresistas de las costas y con ello los beneficiarios de las políticas identitarias, especialmente mujeres universitarias y afroamericanos. Todo esto, claro, a grandes rasgos. 

Si esto ya supone desde algunos años poner todo patas para arriba, el abrazo a la lógica populista que encarna Trump lo ha enfrentado, además, al Deep State, las grandes corporaciones y las usinas de hegemonía cultural, esto es, los grandes medios y las universidades. Esto puede explicar, como indicaba José Carlos Rodríguez en The Objective, https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2024-11-06/fracaso-izquierda-radical-estados-unidos/ que el 78% de las noticias acerca de Harris hayan sido en tono positivo mientras que el 85% de las noticias sobre Trump hayan tenido el tono opuesto.

El fenómeno es curioso: van a la universidad, lo primero que les enseñan es la palabra “subjetividad” y luego les indican que toda reflexión sobre lo real se hace desde una determinada perspectiva. Sin embargo, luego, ingenuamente, creen que su microclima es representativo de la realidad. Pasó con toda la industria cultural, con Hollywood a la cabeza, y pasó con los medios. Por cierto, tienen todo su derecho a tomar partido y a hacer campaña por quien quieran. Lo que no pueden es hacerlo y, al mismo tiempo, presentarse como neutrales. Algo similar sucede con las audiencias: se quejan de la polarización, pero le exigen a sus diarios favoritos que tomen posición; luego denuncian, con razón, a los forajidos que tomaron el Capitolio pero callan sobre las políticas identitarias y de ingeniería social que hicieron mucho más daño a la convivencia democrática que ese lamentable suceso. 

Hablando de microclimas, una mención para las burbujas en las que se desenvolvieron muchas encuestadoras y analistas. Si bien fue menos vergonzoso que lo ocurrido en 2016, volvieron a equivocarse y cuando el error siempre se repite para el mismo lado, o supone un sesgo inobservado o es lisa y llanamente manipulación. En cualquier caso es grave y el recorrido ya lo sabemos: inflaron los números de Harris instalando una remontada épica para luego hablar de empate técnico hacia el final y así convocar a la movilización del electorado. Ante el resultado adverso, la excusa de siempre: el voto del candidato que no nos gusta da vergüenza y la gente no lo menciona en las encuestas. Y todo cierra: nosotros no nos equivocamos y el voto del otro es tan repugnante que sus votantes no se atreven a expresarlo en público. 

Llega entonces el momento en el que las vanguardias esclarecidas del progresismo, dado que no se animan fácilmente a afirmar que el pueblo se equivoca, indican que el pueblo fue manipulado: Fake News, algoritmos, Elon Musk y “los hechos alternativos” alguna vez reivindicados por la administración Trump se unen para el combo exculpatorio perfecto. 

Y por supuesto que la derecha se pelea con la realidad cuando abraza un sinfín de delirios conspiranoicos, pero la izquierda no se queda atrás cuando ha fracturado la sociedad con una divisoria artificial y cuando incluye en el centro del debate público a nivel mundial materias reñidas no solo con los valores occidentales sino, lo más importante, contra toda verdad científica que no se ajuste a la ideología del neopuritanismo disciplinador.  

La negación de la realidad que impulsa el progresismo se observa también en las respuestas a este tipo de derrotas, siempre variadas, pero nunca adecuadas. A veces el argumento es “faltó explicar mejor”. Es decir, es un problema de comunicación, de la forma en que se transmiten contenidos y valores que, en caso de no haber interferencias, convencerían a toda la ciudadanía. O sea, estamos en la verdad y ustedes están equivocados. Solo nos falta explicarlo mejor para que la gente, que es idiota, lo entienda. 

En otros casos, otro ensayo de presunta autocrítica amaga con revisar los fundamentos, pero solo confirma los sesgos para radicalizarse. Así, si Trump gana no es porque las políticas progresistas, en nombre del bien, le jodieron la vida a un montón de gente inocente que de repente es acusada, como mínimo, de poseer privilegios de los que carece, sino porque esas políticas no fueron lo suficientemente radicales. En vez de frenar, reflexionar y observar por qué en todo el mundo está sucediendo que hay una reacción por derecha, en particular, de varones trabajadores, blancos y heterosexuales, pero también de mujeres que incluso alguna vez pudieron abrazar ideas progresistas, la conclusión es que hay que profundizar. Un “no nos equivocamos en lo hecho. Nos equivocamos en no haber hecho más de ello”. Radicalizar siempre y, si es posible, con apoyo económico del Estado o de las ONG. Pero el polarizador es el otro.        

E insisto, a la izquierda tampoco le importa la realidad, solo agitar el fantasma del monstruo. Nadie sabe cómo pueden desarrollarse los hechos o si Trump enloquece y deviene un líder fascista, pero lo cierto es que entre 2016 y 2020 eso no pasó. Es decir, ya hay un antecedente y todas las distopías de progresismo de “espacios seguros” no se cumplieron. Habrá sido un mal o un buen gobierno, con características particulares que nos pueden gustar más o menos, pero lo hizo dentro de las instituciones. Incluso fue juzgado y condenado en medio de la carrera presidencial y también se lo implicó en los desafortunados episodios del Capitolio donde su responsabilidad directa es más que discutible. Y francamente, sea de izquierda o de derecha, salvo casos muy excepcionales, lo mejor es que el candidato pueda presentarse en las elecciones y que sea la gente la que elija. Los intentos de proscribir candidatos con artilugios judiciales nunca acaban bien. Y no puede llamarse “Lawfare” solo cuando la persecución se hace sobre líderes de izquierda.  

Lo mismo sucede con los “lenguajes de odio”. A Trump casi le vuelan la cabeza y hubo aparentemente otros dos intentos de matarlo en los últimos meses. Por supuesto que una de las consecuencias de las retóricas violentas puede ser que la violencia vuelva sobre el emisor, pero ¿acaso no puede haber influido en la mente de esos asesinos el hecho de que constantemente y durante años se instale que ese señor es Hitler, Mussolini, que va a quitarle el derecho a las mujeres, a los negros y a los gays…? ¿No es eso lenguaje de odio también? Porque nos puede gustar más o menos, pero Trump no es nada de eso. No puede ser que, si el atacado es de izquierda, la culpa sea del lenguaje de odio de la derecha, pero cuando el atacado es de derecha, el responsable sea también el mismo lenguaje de odio de la derecha. ¿El odiador es siempre el otro? ¿Las sociedades se dividen entre los que aman y los que odian y, a su vez, cada uno de esos grupos votan a partidos diferentes?  

En cuanto a política exterior, una vez más, ¿de dónde ha salido que con Trump es más probable que se desate una guerra? Los antecedentes de su administración, donde evidentemente logró controlar a “los halcones”, juegan a su favor y lo ha repetido en campaña. Además, la administración Biden no ha contribuido a la paz mundial, por cierto. Fueron más bien los demócratas los que abrieron y continuaron batallas que algunos acusan hasta de genocidios, aunque, claro está, son guerras que se libran con igualdad, inclusión y respeto por las disidencias, excepto en el campo de batalla, claro.   

En todo caso, lo que preocupa a cierto establishment es el repliegue de Trump, tanto en lo que respecta a su proteccionismo en el plano económico, como en lo que refiere a una política internacional no atlantista que dé un vuelco tanto en Ucrania como en el conflicto en Oriente Medio donde Biden y Europa han demostrado incapacidad y complicidad en la extensión de unas guerras que pueden escalar de manera dramática en cualquier momento. 

Para finalizar, el progresismo tiene un motivo para celebrar, por las mismas razones que el progresismo, inconscientemente, celebró la llegada de Milei en Argentina: ahora tiene en frente al mal encarnado contra el cual podrá ejercer el rol de víctima esencial y abrazar la indignación diaria cuando tenga la razón y cuando no la tenga también.  

          Pusieron una mujer no blanca a disputarle la presidencia a la máxima expresión del monstruo, el monstruo perfecto, aquel que condensa todo lo que hay que combatir: un hombre rico, vulgar, populista al que acusan de misógino y homofóbico.   

Lo enfrentaron con la máxima expresión de la política identitaria del partido demócrata: apoyada por el establishment, no importaba qué hiciera Kamala ni cómo fue designada. Importaba lo que era, una mujer no blanca que, en tanto tal, debía ser buena porque era de las nuestras. 

Y perdió contra el candidato contra el cual no se podía perder. Si les sirviera de lección para revisar políticas de cara al futuro, tendríamos mejores gobernantes tanto de un partido como de otro. A la luz de la historia reciente y de las primeras reacciones, no parece que sea el caso.




lunes, 8 de julio de 2024

¿Cómo se prepara la oposición?, por Eduardo Aliverti (para "Página 12" del 07-07-24)



Archivo, 2022.. Imagen: NA

Por Eduardo Aliverti

7 de julio de 2024


Como nunca desde diciembre último, el clima político se asentó en que el Gobierno ya no tiene respuestas convincentes. Va mucho más allá de que el Pacto de Mayo pasó a un 9 de Julio desvencijado, de que el Presidente ratifica apoyarse en sus bufones de X y de los/sus medios tradicionales y de que el respaldo de “los mercados”, tras aprobarse la ley Bases, no fue lo que el oficialismo aguardaba.


Es fútil detenerse en si la horrorosa conferencia de Caputo Toto y Santiago Bausili fue, acaso, un factor determinante. Aparecieron para transmitir tranquilidad y produjeron exactamente lo inverso. Para “la gente del común” hablaron en sánscrito. Y para los grandes jugadores quedó claro que, por fuera de inventar que el Banco Central y el Tesoro son cajas distintas -en todo caso serían diferentes- carecen de instrumentos confiables.


En el último trabajo del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO), que dirige Andrés Asiain, resaltan ocho ítems sencilla y contundentemente descriptos:


El plan económico de Caputo va llegando a su fin, sin el ingreso de nuevos dólares que hagan sostenible el ancla cambiaria.


La alternativa que se baraja es un programa económico más ligado al perfil de Federico Sturzenegger, coincidente con lo recomendado por el FMI.


La “transición” del programa económico se da en un escenario en donde las variables de la economía real caen significativamente.


A la caída del salario, en el primer semestre del año, se le suman un significativo aumento en el nivel de desempleo y simultánea caída de la actividad.


En su último documento técnico, el FMI sugirió eliminar el “cepo” y modificar la política cambiaria hacia un esquema de libre flotación. Es la política que en Argentina suena a devaluación.


Bajo el argumento de que la disciplina fiscal es suficiente para sostener el dólar sin una disparada, incurrir en este camino puede terminar disparando las tasas de inflación, hiriendo de muerte al proyecto político libertario.


La decisión de otorgar o no un nuevo financiamiento a la Argentina, y condicionalidades exigidas, serán elementos que darán al FMI el rol de juez en esta disputa por el mando económico.


En cualquier caso, no vemos lugar para una pronta recuperación de la economía.


Los primeros siete puntos son una descripción objetiva del escenario. Quizás corresponda exceptuar al inicial, porque tiene la salvedad de que el ministro de Economía -o, en rigor, la expectativa que pueda suscitar Milei, mientras continúa insultando y enemistándose con medio mundo local e internacional- finalmente sí consiga los dólares necesarios para seguir tirando ¿hacia dónde?


Dependerá, casi en forma exclusiva, de si el Fondo Monetario resuelve soltarle la mano. O bien, si persistirá en agarrársela por un tiempo o tiempito debido a las razones, incluso “burocráticas”, que hasta ahora lo llevan a sostenerlo.


El Fondo, después de todo, también está engrampado con las consecuencias del crédito delirante que le otorgó a Argentina durante Macri, violando su propio estatuto. Pero, a la par, cabe otra reiteración: este culo del mundo dispone de recursos naturales demasiado atractivos, pero en el actual tablero geopolítico mundial no figura ni a placé.


Acerca de esto, se sugiere tomar nota de que, en los seis meses de Milei, casi una decena de empresas extranjeras ya dejó el país (ver la nota de Raúl Dellatorre, este viernes, en Página/12).


“Lo llamativo es que, pese a la tendencia marcada del Gobierno por favorecer al capital extranjero, incluso con prebendas exageradas y por encima de las demandas de esos potenciales inversores, en muchos casos prevalece la decisión de no quedarse ante la inestabilidad que entienden prevalecerá en la economía argentina. Perciben, además, el debilitamiento en la capacidad de consumo del mercado interno, que le hace perder atractivo a los negocios en Argentina”.


El paradigma más renombrado de estos días, entre los sectores más o menos informados, es el de la multinacional estadounidense Procter & Gamble. Transfirió sus operaciones a un fabricante local, Newsan, de la familia Cherñajovsky que, su vez, maneja Tierra del Fuego a través de las exenciones impositivas junto con Caputo Nicky, que es pariente de Caputo Santiago y primo de Caputo Toto.


Ese conglomerado familiar, al que podría sumarse el propio Macri en tanto Caputo Nicky como “su amigo del alma”, se queda entonces con la operatoria de primeras marcas como Gillette, Pampers, Pantene, Always, Oral-B y Ariel.


Pero no es lo único porque asimismo hubo la cesión de los activos del HSBC a favor del Banco de Galicia, así como los negocios de Xerox pasaron a otro grupo local, Datco, en marzo. Otra que arma las valijas es la canadiense Nutrien, que produce fertilizantes para el campo.


Se agregan dos petroleras que operan aquí y que ya manifestaron su intención de irse de Argentina: la chilena Enap y nada menos que la norteamericana Exon Mobil, mientras la brasileña Camargo Correa puso en venta el paquete de control de la cementera Loma Negra.


Es cierto que este proceso no arrancó ahora, sino que se viene dando durante los cuatro años del gobierno de Alberto Fernández. O de los Fernández, si se prefiere. Y que forma parte del fenómeno global de relocalización inversora de las grandes corporaciones, que se van donde les conviene.


Pero, como asimismo señala Dellatorre, lo notable es que la política prebendaria de Milei hacia el capital extranjero no parece haber cambiado el sentido de la ola.


Se trata más bien de todo lo contrario porque, sobre mojado llovido, el modelo estrafalario de Milei no presenta una sola perspectiva de reactivación en el mercado interno, como para que las corpos siquiera duden en su decisión de irse yendo del país.


Aquí volvemos al último aditamento del informe del CESO, en torno a que no hay manera de ver lugar para una pronta recuperación de la economía.


Si fuera así y el derrumbe de prácticamente todos los indicadores económicos no tiene forma de parar, incluyendo que no sólo no ingresan dólares sino que los previstos tampoco alcanzan porque “el campo” está sentado sobre sus silobolsas esperando una devaluación, en efecto la única carta que le quedaría al Gobierno es su nuevo Ministro de Destrucción del Estado y que el FMI se dé por parcialmente satisfecho.


La parábola es espectacular como símbolo de las (in)capacidades de una clase dominante que vuelve a no llegar, ni por asomo, a la estatura de dirigente.


En el macrismo echaron a Sturzenegger para consolidar a Caputo, y hoy reducen a Caputo al mero rol de secretario de Finanzas para volver a ubicar a Sturzenegger en rol principal.


Atención los olvidadizos: es el mismo Sturzenegger que en 2001 fue secretario de Política Económica del gobierno de Fernando de la Rúa y, como tal, arquitecto del blindaje del FMI y el Megacanje; luego, de la creación de las Lebac que después fueron “la bola de las Leliq”, y creador de los créditos hipotecarios UVA indexados por inflación (ver también la crónica de este diario, el viernes, sobre el prontuario de “El Coloso”, como lo denomina el profeta de las Fuerzas del Cielo).


Justamente, el ya indescriptible Milei fue quien adujo que uno de sus objetivos primordiales sería desarmar la bomba que Sturzenegger había dejado con sus irresponsables manejos en el Banco Central durante el macrismo. El mismo Central que prometió hacer pedazos, lo cual pasó tan a mejor vida como la dolarización.


Vale anticiparse a la segura y legítima advertencia de que, frente a semejante marco, ya no tiene mayor sentido práctico insistir sobre a dónde conduce el modelo de los hermanos presidenciales.


El tema nodal es cómo estará preparándose la oposición para afrontar el descalabro. No hablamos, naturalmente, del estallido en la interna del PRO, que de todos modos tiene sus componentes interesantes porque involucra a una sección cada vez más amplia del Círculo Rojo (la capaz de interpretar, sin contrapartida propositiva, que esto puede concluir en una crisis cambiaria e institucional).


Tampoco hablamos de las ya más jocosas que patéticas andanzas de los radicales, quienes ni siquiera aciertan en qué tipo de furgón de cola quieren ser.


El problema siguen siendo el peronismo y el progresismo. ¿Se tolera juntar esos conceptos o es un sacrilegio ideológico?


Cualquiera sea la respuesta, la pregunta no varía.


¿Están preparándose para rechazar lo que separa y juntar lo que unifica?



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/750301-como-se-prepara-la-oposicion

jueves, 30 de mayo de 2024

Milei y Sánchez: no tan distintos, por Dante Augusto Palma




A juzgar por lo ocurrido a raíz de la intervención de Javier Milei en el Europa Viva 2024 organizado por Vox, podría decirse que el fenómeno del anarcolibertario confirma una proyección bastante más allá de las fronteras de la Argentina. Quedará para futuras reflexiones, en todo caso, analizar cuánto tienen en común figuras como Abascal, Meloni y Le Pen con la prédica libertaria, pero lo cierto es que, seguramente unidos más por el espanto que por el amor, la denominada “internacional de la derecha”, le ha dado a Milei el lugar central, simbólicamente hablando, solo detrás del organizador.

Luego llegó la frase que dinamitó todo, aquella que estaba fuera del texto y que Milei improvisó para hacer referencia a Begoña Gómez, la esposa del presidente de Gobierno español Pedro Sánchez. Como ustedes saben, la justicia española ha iniciado investigaciones sobre posible tráfico de influencias por parte de la mujer del líder socialista y, apenas iniciado formalmente el proceso, Sánchez reaccionó con una desproporción pocas veces vista: realizó una carta pública en la que informó que se tomaría 5 días para resolver si valía la pena seguir al frente del gobierno en un país donde, afirma, la derecha extiende el “Lawfare” a los familiares directos. Nadie creyó en su dimisión y todos entendieron que se trataba de un intento autogenerado de “operativo clamor”, además de un disciplinamiento para la justicia española. Es que si por apenas abrir diligencias contra su mujer, el presidente amenaza con irse… ¿qué quedaría para el día que algún juez decida dar un paso más allá?      

Lo cierto es que esa desproporción es una marca registrada de Sánchez, un político hábil y audaz que, en este caso, ha elegido como contrincante en el plano internacional al presidente argentino, aunque más no sea una forma de hacer política local, promoviendo aún más esta estrategia que tan buenos resultados le dio y que supone identificar con la ultraderecha y el fascismo a todo aquello que se le oponga. 

Es probable que Milei no posea la sutileza maquiavélica de Sánchez pero sí comparte, o incluso supera, su audacia. Además, tiene una ventaja respecto a su par español: no le importa el poder. De hecho, aunque comienza a ser necesaria una distinción entre la verba inflamada de Milei y lo que su gobierno hace en la práctica, no es descabellado imaginar a un presidente argentino capaz de pegar un portazo o, en todo caso, llevar adelante un gobierno con la menor cantidad de negociación posible. Porque Milei tiene características megalómanas y místicas pero, quizás justamente por ello, su función de presidente de la nación, deviene un puesto menor. Sus principios, sus valores, el mandato de las fuerzas del cielo, como ustedes quieran llamarlo, son más potentes que el aferrarse a la presidencia. Sánchez, en cambio, es capaz de pactar con independentistas que deben dar cuentas ante la justicia, y con exetarras, por más que los archivos de sus intervenciones públicas cercanas lo muestren afirmando lo contrario. 

Sánchez, entonces, es una máquina de poder mucho más aceitada que Milei, pero la ambición por aferrarse al gobierno a cualquier costo es una debilidad que el presidente argentino no posee.      

Con todo, tienen en común, por diversas razones, que en sus figuras se diluye la distinción entre lo personal y lo institucional. En el caso de Milei, probablemente por las razones que indicábamos anteriormente, su accionar es similar al que tenía cuando estaba fuera de la función pública, lo cual, claro está, le trae problemas institucionales, tal como se observa en el uso desproporcionado que hace de la red social X y en sus declaraciones, especialmente cuando refiere a otros gobiernos. A tal punto la función de presidente le parece irrelevante que en su perfil de X no hay ninguna referencia a esa condición y la definición que él da de sí mismo es la de ser, simplemente, un economista. 

Ahora bien, si en este Milei profeta al que circunstancialmente le toca ser presidente, no hay lugar para lo institucional, cabe decir que tampoco será posible encontrar ese espacio en un Sánchez autopercibido encarnación del Estado, de España y de la democracia. El mejor ejemplo de esa identificación se ha ofrecido, justamente, esta semana cuando, frente al comentario indebido de Milei sobre Begoña Gómez, el gobierno español monta una escena insólita en la que interpreta el agravio como una afrenta contra España que merece el retiro de la embajadora y el riesgo de un quiebre en las relaciones entre los países. Lo curioso es que en Argentina no se tomó como un agravio contra el país el hecho de que funcionarios del gobierno español acusen de drogadicto, negacionista (de la ciencia), fascista, etc., al presidente; menos aun fue visto como una injerencia indebida el apoyo público de Sánchez al candidato peronista Sergio Massa algunos meses atrás en medio del proceso eleccionario. 

Esta diferenciación en el tratamiento de un caso y otro, muestra algo en lo que Milei sí tiene razón, esto es, la existencia de una hegemonía progresista en el plano del discurso público. Esto tiene como consecuencia directa que los agravios proferidos por la derecha sean vistos como formas del lenguaje del odio, mientras que los agravios proferidos por la izquierda sean interpretados simplemente como descripciones objetivas de la realidad.    

Pero volviendo a nuestro tema, digamos que la imposibilidad de distinguir lo institucional de la persona de los presidentes, es lo que está llevando a que las relaciones internacionales de ambos países se identifiquen con las relaciones personales y los prejuicios ideológicos tanto de Milei como de Sánchez, es decir, todo aquello que cualquier manual de política internacional desaconsejaría.     

En este contexto, ¿es de esperar que las tensiones disminuyan? Habiendo tantos lazos culturales y económicos entre ambos países, todos suponemos que, en el peor de los casos, asistiremos a cruces periódicos a través de redes sociales o declaraciones puntuales desde ambos lados del Atlántico y no mucho más. Sin embargo, al mismo tiempo no debemos olvidar que esta escalada acaba siendo funcional a los intereses de ambos y a los de sus socios y detractores locales. 

Es que Milei es el enemigo perfecto para Sánchez y viceversa; cada uno es, para el otro, todo lo que está mal, todo aquello de lo que es necesario diferenciarse, etc. Se trata de la típica estrategia de polarización, la cual, a su vez, como decíamos, sirve para hacer política localmente: criticando a Milei, Sánchez está criticando a Vox al tiempo que lo eleva para disminuir a su adversario más peligroso, el PP; por su parte, criticando a Sánchez, Milei critica al progresismo que en Argentina hoy representa el kirchnerismo y la izquierda, y, erigiéndose como el único capaz de enfrentarlos, obliga a la derecha liderada por el expresidente Macri a encolumnarse detrás. 

En síntesis, es un escenario en el que ambos contrincantes ganan, al menos por ahora; un escenario en el que los que dicen representar contrarios muestran, al fin de cuentas, no ser tan distintos.

domingo, 28 de abril de 2024

Milei en el espejo del progresismo, por Dante Augusto Palma

 



Se produjo la primera manifestación transversal multitudinaria capaz de reunir sectores política e ideológicamente diversos. Se trató de una movilización de cientos de miles de personas entre las que, se presume, también habría gran cantidad de votantes de Milei. Inferir de aquí que es el principio del fin implicaría demasiado voluntarismo. En todo caso, confirma que el votante de Milei no va a aceptar el paquete completo y que aun cuando se haya impuesto una tendencia antiestatista, hay una mayoría de la población que cree que hay cosas que hay que defender: la educación pública y de calidad es una de ellas, como también lo es la salud, tal como demuestra una encuesta reciente donde se observa que bastante más de la mitad de los argentinos evalúa negativamente el accionar del gobierno en lo que respecta a la epidemia de dengue. Efectivamente, el Estado es enormemente ineficiente pero la gente espera que quien lo administra haga algo más que sugerir que nos cuidemos, implorar las bajas temperaturas y desearnos suerte en la obtención de repelentes.     

La respuesta del presidente a la movilización ha sido una provocación y sobre todo una demostración de un distanciamiento de la realidad: si todos los que se manifestaron en las calles fueran zurdos, él no hubiera ganado las elecciones ni tendría el apoyo que todavía posee a pesar de estar realizando el ajuste más grande de la historia, como él mismo indicaría. De modo que estamos ante un binarismo tan ramplón que se asemejó a ese pasaje surrealista de su exposición en Davos en el que, tras defender la existencia de monopolios y afirmar que Occidente está lastrado por el socialismo, afirmó que entre nazis, comunistas, keynesianos, progresistas, globalistas, populistas y nacionalistas no existe diferencia sustantiva en tanto todos defenderían la idea de que el Estado debe dirigir cada uno de aspectos de la vida de los individuos.  

A juzgar por los errores de la actual administración, pareciera que Milei está enarbolando la bandera de “lo personal es político”, solo que desde el otro lado del espectro ideológico. Es decir, si desde hace ya tiempo la izquierda ha malinterpretado aquel slogan para significar que los problemas personales de los individuos son culpa de la sociedad y los debe resolver el Estado, en Milei aquella bandera asume la forma de “las políticas de Estado tendrán el rostro de mis frustraciones y mis disputas personales”. Estamos, entonces, frente a dos formas de confundirlo todo, ambas profundamente individualistas, por cierto.  

Claro que el presidente tiene razón en que las universidades públicas funcionan también como cajas de la política. La UBA en general y algunas facultades en particular, ofrecen caja para el radicalismo desde hace décadas, de la misma manera que otras facultades son cajas para los partidos trotskistas y muchas universidades del conurbano y terciarios son cajas para el peronismo. Pero reducir las universidades a eso o suponer que el presupuesto se explica por ello, es no conocer cómo funcionan las cosas. Lo mismo con la cantinela del adoctrinamiento: claro que hay docentes y cátedras que bajan línea, a veces de manera vergonzante, pero las facultades y las universidades son tan grandes y tienen, en general, tanta diversidad, que ese tipo de acciones se diluyen y los estudiantes más o menos inteligentes encuentran espacios para una formación equilibrada. Hay excepciones y hay facultades más politizadas que otras; pero la gran mayoría de los que se movilizó no salió a defender ese costado de mierda de las universidades o los kiosquitos que algunos han sabido conseguir allí; salió a defender una institución que brinda oportunidades y que explica buena parte de la diferencia argentina respecto al resto de Sudamérica.  

Es más, la necesidad de recortar, -porque algo habrá que recortar-, podría dar una oportunidad para exponer y acabar con esas cajas, pero también discutir un montón de aspectos que funcionan mal en las universidades, las cuales, pese a los slogans y a la gratuidad, no son “de los trabajadores” sino de las clases medias. Incluso se podría ir más allá y repensar la educación pública desde el inicio porque sus resultados son horribles: los chicos saben cada vez menos, pocos se reciben en el secundario, el nivel de los docentes es malo, se pierden días de clases, hay una cantidad de licencias con goce de sueldo inaudita, etc. Como consecuencia de ello, los mismos que se movilizaron en defensa de la universidad pública fueron, mandan o mandarían a sus hijos a primarias y secundarias privadas. No lo dicen porque les da vergüenza. Pero lo hacen.  

En síntesis, está lleno de cosas que funcionan mal en las universidades, pero la solución no pasa por un recorte fenomenal que haría prácticamente imposible la continuidad de su funcionamiento. Hay que sentarse, negociar, afinar el lápiz, ganar algo y perder algo. Casi como sucede siempre. 

Para ir concluyendo, en tiempos de polarizaciones, el arte de gobernar es el de mantener separados a aquellos que pueden formar el polo opuesto. Cuando la soberbia progresía tensó la cuerda hasta límites insospechados ofreciendo batalla cultural mientras aumentaba la cantidad de pobres, comenzó a perseguir y a llamar fascista a todo aquel que se le opusiese. Usando ese término de modo tal lábil, no hizo más que quitarle negatividad, vaciarlo de sentido histórico y convertirlo en una bandera de rebeldía frente al statu quo. Los resultados están a la vista en todo el mundo donde opciones de derecha vienen obteniendo excelentes resultados. De aquí que, actuando en espejo, es difícil imaginar que el resultado pueda ser otro. Así, si el gobierno de Alberto Fernández perdió la oportunidad de corregir todo lo que había que corregir por ese desprecio que tenía hacia el ejercicio del poder, por gobernar para que nadie se enoje, y, sobre todo, para no afectar los intereses de los sectores que lo apoyaban, una motosierra casquivana y sin rumbo que entiende el funcionamiento del Estado como un ejercicio de contabilidad, sería más de lo mismo, es decir, una segunda oportunidad perdida.   

Por ello, si Milei en el gobierno tensa la cuerda por una sobreideologización y por sus guerras privadas impulsadas por vaya a saber qué experiencia de vida, le espera el mismo destino y un retorno recargado de la versión más radical de la progresía. Solo será cuestión de tiempo conocer cuál será el eje articulador capaz de unificar a todo ese conglomerado opositor y, sobre todo, cuál será el liderazgo que lo pueda conducir.

domingo, 9 de julio de 2023

Francia: es verdad, pero favorece a la derecha, por Dante Augusto Palma




En septiembre de 2018, en este mismo espacio, publicaba una nota titulada “La Europa sumisa” cuyos primeros párrafos planteaban el siguiente escenario:
“En 2022 habrá elecciones en Francia. La candidata del nacionalismo populista, Marie Le Pen, obtendrá la mayor cantidad de votos pero no le alcanzará para ganar en primera vuelta. Y cuando todos supondrían que sería el candidato del socialismo el que llegaría al balotaje, el escenario de fragmentación y descontento apolítico y posmoderno, sumado al crecimiento de la población islámica, hará que un nuevo partido denominado Hermandad musulmana, con el 22,3% de los votos, desplace de la segunda vuelta al candidato socialista por apenas cuadro décimas. El máximo referente de la Hermandad, su candidato, se llamará Mohammed Ben Abbes y será un líder potente con un discurso liberal en lo económico, una propuesta imperial para una Europa ampliada y una única gran pretensión para Francia: incidir en el laicismo de la educación.
El día de la segunda vuelta habrá atentados y se suspenderán las elecciones. Pasadas algunas horas se sabrá que quienes perpetraron esos atentados son fascistas simpatizantes de Le Pen y yihadistas musulmanes que nada tienen que ver con la prédica democrática de la moderada Hermandad. Estos hechos precipitarán un acuerdo entre los socialistas y la Hermandad, y el electorado progresista acabará votando a Mohammed Ben Abbes en nombre de la defensa de la democracia y la República Francesa.
Ben Abbes será presidente y la Sorbona se hará islámica; los colegios laicos seguirán siéndolo pero con menos recursos estatales que contrastarán con una millonaria inversión de petrodólares saudíes para las escuelas privadas islámicas; bajará la delincuencia por políticas de “mano dura” y disminuirá la desocupación porque habrá un retiro masivo de las mujeres del mercado del trabajo gracias a los incentivos económicos que otorgará el nuevo gobierno para revalorizar la vida familiar con la mujer en la casa y al cuidado de los niños; Marruecos, Turquía, Argelia y Túnez ingresarán a la Unión Europea y se intentará avanzar para que el Líbano y Egipto hagan lo propio”.
No se trata de un producto de mi inventiva, sino de la trama de Sumisión, el libro que Michel Houellebecq publicara en 2015, de manera casual, casi en simultáneo con el atentado a Charlie Hebdó.
Más allá de que Houellebecq no pretendía hacer futurología y que la existencia de un partido islámico donde eventualmente muchos de los que hoy protestan pudieran canalizar sus reivindicaciones, no parece verosímil al menos en el corto plazo, hay un punto donde Houellebecq da en el eje. Me refiero a la particular conexión entre la izquierda socialista y las nuevas políticas identitarias, capaces de avalarlo todo en contra de la “demoníaca derecha”.
A propósito, leía una nota de Alejo Schapire en Infobae https://www.infobae.com/america/opinion/2023/07/02/quien-se-siente-frances-la-exacerbacion-identitaria-detras-de-la-furia-callejera-que-sacude-a-francia/ que reproducía un pasaje de un documental del año 2015, titulado Les Français c’est les autres (Los franceses son los otros) en el que en un colegio secundario claramente multicultural, preguntaban a los alumnos quiénes de ellos poseían la nacionalidad francesa. Todos respondían afirmativamente. Sin embargo, cuando se les consultaba quiénes se sentían franceses, no hubo uno que levantara la mano salvo una chica negra que respondió que sí porque dijo que dentro de su cabeza ella es blanca. Sin embargo, lo interesante es que ni siquiera los blancos que eran parte del curso y que, presumiblemente, nacieron en Francia como sus padres y abuelos, dijeron sentirse franceses, de modo que no era solo una cuestión “racial”.
Así que será preciso escuchar al resto de alumnos para comprender algo más la problemática. Uno de ellos, en la línea de su primera compañera, dijo no sentirse francés porque él se sentía negro (y en este caso su autopercepción coincidía con la realidad pues, efectivamente, era negro), y, a continuación, un compañero elaboró, a manera de crítica, la teoría de que los franceses blancos son “más franceses” que los franceses negros; otro se autodefinió como “hindú” a pesar de haber nacido en Francia y que el profesor le indicó que no hay ninguna incompatibilidad entre ser hindú y ser francés; hacia el final uno dijo haber elegido ser argelino porque ser argelino significa tener padres que hayan nacido allí; y otra, en un perfecto francés, reconoció que en su casa se habla árabe, que sostienen las costumbres de su lugar de origen y que todo eso, evidentemente, hace difícil que ella se sienta francesa.    
Cómo se puede construir una nación, un país o lo que fuera con cada vez más jóvenes que no se sienten parte de esa comunidad, es una incógnita. Si bien desde ya nadie puede imaginar que se lleven adelante procesos de asimilación como los que eventualmente pudieron darse en los orígenes de la constitución de los Estados-Nación, hay una serie de preguntas que hay que responder allí cuando el proceso de integración no se lleva a cabo.
Y lo que podemos sospechar es que las posiciones radicales en el debate no son las más adecuadas para dar cuenta de esos interrogantes. La izquierda arcoíris que tras abandonar a los trabajadores avanza en su agenda fragmentaria y “guetificadora” creyendo que la revolución vendrá de la mano de identidades racializadas y queer, es parte del problema y no la solución; asimismo, de más está decir que tampoco parece el mejor camino encarar la problemática desde teorías como las de “el gran reemplazo” donde cabalgando sobre novelas distópicas como El desembarco (1973) se plantea que hay una suerte de gran plan para sustituir la población occidental y cristiana europea por la población africana e islámica.   
En todo caso, aceptemos que el fenómeno es complejísimo, lleva décadas y que a su vez se explica por acciones que en algunos casos se realizaron hace siglos atrás. Con todo, podría comenzarse indicando que la desindustrialización, la consecuente pauperización de las condiciones laborales y el fomento de una inmigración que sería aceptada en la medida que se marche hacia los márgenes, es un punto a tener en cuenta. Que esto a su vez viene acompañado de cuotas intolerables de desigualdad y racismo que se viven a diario y que frente a la justicia y la policía se hacen más ostensibles, resulta evidente también. Agreguemos a esto la situación particular de Francia, que busca erigirse como guardián moral de la corrección política al tiempo que debe dar respuesta a algunos interrogantes como los que planteó la primer ministro italiana, Georgia Meloni, en octubre del 22 cuando en un discurso público indicó:
 
“Los cínicos, Emmanuel Macron, son los franceses que envían a la gendarmería para devolver a cualquier inmigrante que intente cruzar la frontera en Ventimiglia. Pero sobre todo, porque las cosas tienen que ser contadas como se debe; vomitivo es quien, como Francia, continúa explotando África imprimiendo dinero para 14 países africanos, sobre los que aplica el señoreaje (impuesto sobre la fabricación) forzando a trabajar a niños en las minas extrayendo materias primas, como sucede en Níger, donde Francia extrae el 30% del uranio que precisa para operar sus reactores nucleares mientras que el 90% de la población de Níger vive sin electricidad. No nos venga a dar lecciones de moral, Macron, porque los africanos están abandonando su continente por culpa de ustedes. Y la solución no es transferir africanos para Europa, sino liberar África de algunos europeos”

Ahora bien, el punto es que todos estos elementos juegan un rol a tener en cuenta, pero seguramente no alcanzan para responder por qué en Francia sucede lo que sucede y por qué una joven población multicultural que goza de los beneficios del Estado de Bienestar dice no tener un sentido de pertenencia “nacional”.
Y el punto es que cuando alguien plantea que hay un problema en una inmigración que se fomenta sin planificación y sin formar parte de un proyecto integral de desarrollo, es rápidamente tildado de xenófobo. Igual suerte tendrá quien advierta que los guetos donde se establecen Estados paralelos bajo control de mafias, que en muchos casos son mafias de inmigrantes que se aprovechan de un Estado que “deja hacer”, son polvorines que están siempre a punto de explotar.
De lo que tampoco parece que se puede hablar es del condicionante de la religión. En eso el progresismo es curioso: impone con potencia de mandato universal sus valores en el debate público occidental, pero es generosamente relativista con culturas y religiones donde las identidades privilegiadas por la progresía sufren algo más que “microagresiones”.
Del mismo modo, los cambios demográficos veloces gracias a culturas cuyos hábitos distan mucho de esta suerte de antinatalismo que domina Occidente y que reemplaza hijos por mascotas, también es algo a atender. Por cierto, quien escribe no tiene hijos y ama a los gatos, pero de lo que no hay duda es de que si en un mismo barrio convive una cultura que fomenta las familias numerosas y otra que no, en pocas décadas habrá un desequilibrio. Y ello generará conflictos especialmente si ese cambio es rápido y se ve afectada de alguna manera la dinámica originaria de la vecindad con zonas donde eventualmente se imponga una religión y hasta un idioma nuevo. Plantear que esto es un problema no es ser xenófobo o de derecha: es simplemente ser realista.  
Pero no. Hay que hablar del racismo y de la desigualdad. De Occidente solo se va a permitir que siga exponiendo su culpa y que, como aquel monje de El nombre de la rosa, se autoflagele al grito de ¡Penitenciagite!
Tampoco se puede hablar de comunidades que por su religión y por sus propios valores no desean asimilarse y pretenden imponer sus modos de vida aun cuando vayan en contra de los hábitos del país de acogida.
En el mismo sentido, está prohibido indicar que “la ideología de la víctima” que ha inculcado a todo no-hombre no-blanco una condición de acreedor de una deuda eterna, es también parte del problema; del mismo modo que es parte del problema que una presentadora de TV se preocupe menos por los chicos acuchillados que por cómo un nuevo atentado puede “favorecer” a la derecha de Le Pen.
Si queremos que el mundo que viene no sea el de fronteras cerradas donde se estigmatice a culturas y religiones por ser diferentes, lo mejor es poder exponer toda la problemática y no solo aquella que coincide con nuestra ideología. Negar la evidencia y la realidad nunca es un buen camino. Ni siquiera cuando favorece a la derecha.

sábado, 22 de enero de 2011

LAS RAÍCES DEL "PROGRESISMO", por Germán Ibáñez (para "Señales Populares" de octubre de 2010)


Sorprenden muchas veces las posiciones políticas asumidas por cierto “progresismo” que terminan por coincidir con las de la derecha conservadora. Hemos asistido recientemente a la confesión, por parte de un notorio comunicador y periodista, de que lo tienen “harto con la dictadura”. Como los equívocos de ese progresismo vienen de lejos, conviene remontarse a sus raíces históricas. En nuestro país, la “ideología del progreso” fue instrumentada originalmente por aquellas fracciones de las elites que miraban hacia la Europa “civilizada” y ansiaban replicar en estas tierras ese “progreso”. Bernardino Rivadavia fue tal vez el arquetipo original de ese peculiar progresismo que proponía asemejarnos a los países civilizados a partir de la negación de lo propio.


El liberalismo cosmopolita y conservador asumió ese proyecto histórico de naturaleza neocolonial, y las banderas de la civilización y el progreso se confundieron con las del libre cambio, el colonialismo cultural, el racismo y la construcción de un Estado republicano pero antidemocrático. Bartolomé Mitre, que supo decir que el motor del progreso argentino era el capital británico, encarnó como pocos, en su rol de político e intelectual orgánico de la oligarquía, el modelo del progresista (no en vano, fue un apologista de Rivadavia).


Cuando se consolidó el Estado oligárquico en nuestro país, luego de un cruento ciclo de guerras civiles, el ideario de ese progresismo civilizador amplió su poder de irradiación. A través del control de las superestructuras (educación, medios de comunicación), el modelo de un país que “progresaba” de cara a las metrópoli, sin auténtica democracia, sin autodeterminación y sin justicia social, se tornó hegemónico. Por cierto, existieron resistencias y visiones contrapuestas. Antes habían sido las montoneras estigmatizadas como bárbaras (es decir, el “antiprogreso” en estado puro); en el plano intelectual la figura de un José Hernández o lo mejor de la obra de un Juan Bautista Alberdi; ahora las corrientes obreristas que impugnaban la injusticia social connatural al status quo oligárquico. Sin embargo, la flexibilidad envolvente y el poder de irradiación de la cosmovisión liberal “progresista” de la elite, demostraron su potencialidad hegemónica al penetrar también en el pensamiento de algunas corrientes contestatarias o impugnadoras de la oligarquía.


Al aceptar los presupuestos de partida del liberalismo oligárquico (en la visión del pasado nacional, en los valores deseables de la civilización y el progreso) esas visiones críticas terminaron cristalizando en una suerte de ala “izquierda” de la oligarquía. Fue la suerte corrida por el primer socialismo argentino, que adoptó la religión del progreso, y que señaló en uno de sus primeros documentos que “mitristas, roquistas, alemistas e yrigoyenistas son todo lo mismo”, condenándolos como simétricas manifestaciones de la política criolla. Pero al asumir el ideario del progreso tal cual lo concibió el liberalismo oligárquico, en la práctica coincidieron con los conservadores cada vez que alguna fuerza o movimiento político lo cuestionó en la práctica. Es el caso de los movimientos nacionales como el yrigoyenismo y el peronismo.


El progresismo nace así disociado de los movimientos nacionales que, con sus luces y sombras, fueron quienes más profundamente desafiaron la construcción política, económica y cultural del colonialismo, es decir, los frutos amargos de la ideología del progreso. Al asumir las tareas de la democratización del Estado, de la autodeterminación nacional y de la justicia social, los movimientos nacionales desempeñaron objetivamente el rol de una centroizquierda, en tanto el “progresismo” en su reacción frente a ellos quedó arrinconado (aún en sus variantes de izquierda) en una posición conservadora. Aquellos valores que marcaba un horizonte de mayor igualdad y libertad, esgrimidos entusiastamente por el progresismo de izquierda, debieron haber impulsado una convergencia con las fuerzas plebeyas del movimiento nacional. Sin embargo su matriz eurocéntrica no toleró las modalidades “desprolijas” del movimiento nacional, al que cuestionó muchas veces por sus “formas”: personalista, demagógico, manipulador. Aquí subyace la raíz de la curiosa teoría de que si el actual gobierno impulsa una firme política de derechos humanos, de juicio y castigo a los responsables del terrorismo de Estado, lo hace por “interés” y se “apropia” de las banderas de los Derechos Humanos. Es que ese progresismo, en las modalidades y manifestaciones superficiales del movimiento nacional “descubre” y abomina de la vieja barbarie. Es un progresismo que sigue siendo civilizador, como el ideario de los constructores del Estado oligárquico. Puede darse el lujo, eventualmente, de condenar verbalmente a la derecha conservadora, pero en los momentos críticos de las luchas políticas y sociales estará con los civilizadores contra la barbarie plebeya. Por el contrario, los movimientos nacionales hieren la sensibilidad, la estética y sobre todo los intereses de los grupos dominantes. Por eso, la batalla por la democratización de la comunicación audiovisual la encaró el actual gobierno nacional, en tanto los “progresistas” asumieron abierta o vergonzantemente la defensa del monopolio. Qué posición se asume frente a los intereses dominantes es la verdadera divisoria de aguas de la política de liberación nacional frente a los devaneos y equívocos del “progresismo”.

Publicado en :

http://www.spopulares.com.ar/pages/notas/2010-20/raices_progresismo.htm