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jueves, 8 de mayo de 2025

Masivos bro y soldaditos narco: la crisis del trabajo como ordenador, por Dante Augusto Palma

 



Los sindicatos en general y los intentos de revitalizar el peronismo clásico hacen énfasis en el rol ordenador del trabajo y depositan las esperanzas en el pueblo trabajador como columna vertebral de un movimiento transformador buscando reeditar condiciones existentes algunas décadas atrás. ¿Es esto posible?


Comencemos por los efectos inmediatos de la pandemia: durante el año 2021, por ejemplo, 47,4 millones de estadounidenses renunciaron a su empleo voluntariamente. A menor escala, el fenómeno se ha repetido en algunos países desarrollados y en sectores profesionales a lo largo de todo el mundo. Anthony Klotz, psicólogo organizacional y profesor en la Universidad de Texas A&M bautizó este fenómeno como “La Gran Renuncia” (“The Great Resignation”) y lo adjudicó a diferentes razones entre las que se pueden destacar la agudización de las crisis existenciales que derivaron en la pregunta acerca de cómo y por qué seguir trabajando, sumado al hecho de que muchas personas vivenciaron encontrarse más cómodas trabajando de manera remota, cerca de su familia y/o administrando sus tiempos. 


¿Sirve este ejemplo para la Argentina? Solo en parte, porque es más fácil hacer una “Gran Renuncia” en países donde existe casi pleno empleo, crecimiento económico y capacidad de ahorro. En países pobres o en vías de desarrollo no hay “Gran Renuncia” porque no hay “Gran Trabajo”. Con todo, es evidente que las cosas han cambiado incluso para quienes no pueden darse el gusto de elegir.


Vayamos a otro punto: la sindicalización. Los últimos informes disponibles indican que Argentina está en el top 3 en cuanto a nivel de sindicalización en Sudamérica y en el top 10 a nivel mundial. Si lo comparamos con, por ejemplo, Estados Unidos, donde solo un 6% de los trabajadores privados se encuentra sindicalizado, la diferencia es abismal y se podría decir que, aun con los crecientes niveles de informalidad y de precarización, la sindicalización continúa teniendo un peso en nuestro país.  


Sin embargo, tenemos una incógnita, no solo en Argentina, claro, respecto al futuro inmediato: la IA trae bajo el brazo la promesa efectiva de que serán muy pocos los trabajos que se mantengan en pie de aquí a 10 o 15 años. Frente a este escenario no he visto aportes demasiados originales: en todo caso, por derecha hablarán de la destrucción creativa y la reconversión de la oferta laboral, pero por izquierda e incluso también alguna buena parte de la derecha, reconoce que no hay salida y que, en todo caso, hacia lo que vamos es hacia una Renta Básica Universal, esto es, un estipendio otorgado por el Estado a todos los ciudadanos en tanto tales. Allí, claro, derecha e izquierda discuten el alcance de la misma, los montos y, sobre todo, el financiamiento: ¿de dónde saldrá el dinero? ¿Aceptarán ponerlo los empresarios que se han beneficiado de la utilización de la IA reduciendo los costos laborales? ¿Es posible ser tan ingenuos? Pero seámoslo por un rato: imaginemos que llega una nueva generación de empresarios benefactores o, al menos, con mucho miedo a la revuelta popular, y que, por las buenas o por las malas, aceptan una suba drástica de sus impuestos para cubrir las necesidades materiales básicas de todos los habitantes. ¿Alguien ha pensado qué tipo de vida podrá llevar adelante un desempleado eterno con un ingreso que apenas alcanzará para satisfacer sus necesidades básicas? ¿Acaso todos desarrollarán sus vetas artísticas y utilizarán su tiempo de ocio para educarse y participar de los debates públicos?


Antes de ser tan tontos es preferible ser cínicos como Ray Kurzweil, aquel ingeniero que impulsa el transhumanismo y promete un radical aumento de la expectativa de vida y la posibilidad de aislar nuestra conciencia, quien afirma que, afortunadamente, en unos 10 años todos nuestros cerebros van a estar conectados a una computadora para vivir vidas virtuales sin tener que salir de casa. Si alguien piensa que algo bueno puede salir de una sociedad así…


Pero es más: incluso si dejamos de lado la discusión acerca de quién demonios pagará las pensiones de una humanidad hiperavejentada capaz de vivir 120 o 150 años en breve, y suponemos que el modelo se va sustentar por los beneficios que derraman y los impuestos sobre las clases aventajadas de ultrarricos y/o, quizás, de supertrabajadores autoexplotados, pocos parecen tomar conciencia del nivel de inestabilidad social o los conflictos geopolíticos que podrían desatarse en la medida en que el control de la tecnología se atomice en pocas manos. 


Y lo peor es que no hace falta irse tan lejos ya que el interrogante puede plantearse hoy mismo. Aun cuando muchas veces en Europa esta discusión se mezcle con los choques culturales que produce la cuestión migratoria, lo cierto es que el nivel de desempleo juvenil es alarmante. Sin ir más lejos, en España, por ejemplo, se conoció que el desempleo entre los más jóvenes alcanza el 25%. En Argentina apenas supera el 13% pero triplica a la tasa de los que tienen más de 30 años. 


Allí uno observa algunas tendencias mundiales y otras problemáticas más locales, pero lo más relevante es que existe una buena cantidad de jóvenes para los que el trabajo ya no funciona como principio ordenador a nivel social. El trabajo hoy no es un espacio donde constituir una identidad ni posee algún tipo de valoración moral.


En Argentina se ve esto claramente y parece tratarse de un fenómeno que atraviesa las clases sociales. Por ello no debería extrañarse que, en la TV Pública, un exasesor de Alberto Fernández, enseñe cómo hacer carry trade al tiempo que somos testigos del aumento de la delincuencia en manos de adolescentes. Es que, claro está, si el narco te paga, por transformarte en un soldadito de la falopa, varias veces más de lo que recibirías siendo repositor; si toda tu vida has sido testigo de padres y abuelos trabajando sin horarios, sobreviviendo entre las changas y alguna ayuda social… el incentivo, para un pibe de, pongamos, 14 años, es demasiado grande. 


Del otro lado, tenemos a los “masivos bro”, una generación de pelotudos arrogantes que eructan manuales de autoayuda y superación personal mientras tradean criptos, se meten papa para hincharse en el gimnasio y venden cursos de “hazte millo sin trabajar”. Todo hasta que, claro está, les cae la primera denuncia por estafa o algún acreedor molesto decide invertir un poco más, ya no en criptos, sino en sicarios.


Sumemos a este escenario el modo en que el haber permitido las apuestas online está destrozando pibes y familias enteras con la misma lógica: ganar plata fácil a diferencia de los boludos que la hacen trabajando.


En síntesis, el trabajo hoy no puede ordenar porque, en el mejor de los casos, está desordenado y porque la vida misma está desordenada. Si a esto le agregamos la posibilidad cada vez más tangible de millones de personas que van a perder el trabajo para vivir de algún tipo de ayuda estatal cuya única vinculación con el mundo será a través de una conexión de Internet para ver boludos bailando en videos de 15 segundos, la situación se torna desesperante. 


Por todo esto, y sin soluciones a la mano, al menos de mi parte, plantear una sociedad en la que el trabajo pueda volver a ser el ordenador y recrear un movimiento con el pueblo trabajador como columna vertebral es, para ser benevolente, un desafío que pareciera ir a contramano de todas las tendencias, tanto mundiales como locales. Esto plantea, claramente, un gran desafío especialmente para el peronismo que debe repensarse en un contexto donde la escasa retribución material percibida por las grandes mayorías, ha roto el vínculo moral, identitario y social que éstas tenían con el trabajo. 


¿Habrá alguien en la clase dirigente y en los burócratas hacedores de políticas públicas capaz de ofrecer respuestas originales a una sociedad que en 2 o 3 lustros no se parecerá en nada a la que hemos conocido?

martes, 1 de abril de 2025

Predicciones, más artificiales que inteligentes, para un futuro de mierda, por Dante Augusto Palma

 




Un repaso básico por los debates públicos e institucionales, las novedades editoriales y los temas recurrentes en las plataformas de noticias, arroja una presencia cada vez más importante de discusiones en torno a la IA y temáticas afines. 


Es difícil trazar un estado de la cuestión porque hay distintas perspectivas y aristas, algunas primo hermanas, otras no tanto, donde además se mezclan ideologías y posicionamientos políticos. 


Por lo pronto pareciera haber algo así como un grupo de regulacionistas, en general aquellos que temen las consecuencias de la aplicación desenfrenada de la IA, frente a un grupo desregulacionista que, en todo caso, aun advirtiendo ciertos peligros, son solucionistas tecnológicos y consideran que las mismas herramientas tecnológicas que generan los problemas son capaces de solucionarlos. No es lineal pero los primeros, más pesimistas, se identificarían con posicionamientos más bien socialdemócratas o de izquierda, mientras que los segundos, más optimistas, tenderían a enrolarse en las filas liberales/libertarias, a la derecha del espectro. 


Haciendo un recorte arbitrario, es posible citar dos figuras representativas de cada una de estas “corrientes”, los cuales, casualmente, acaban de lanzar nuevas publicaciones en los últimos meses. Uno es Yuval Harari, el historiador israelí multiventas que en Nexus propone una historia de la información y advierte acerca de los peligros de la autonomización de la IA en una suerte de retorno del mito del Gólem; el segundo es Ray Kurzweil, un científico estadounidense cuyas predicciones, algunas décadas atrás, en buena parte se cumplieron, y que regresa con La Singularidad está más cerca. Se trata de un texto donde no solo realiza nuevas ambiciosas predicciones, sino que presenta argumentos para defender su proyecto transhumanista de transformación radical de la especie hacia un nuevo tipo de ser humano capaz de acabar con los grandes males que le aquejan: la enfermedad, la pobreza y la degradación ambiental.


Según Harari, especialmente después de la pandemia, asistimos a una aceleración del uso de la IA para generar sistemas de vigilancia y control, incluso en países democráticos. Sin embargo, Harari va mucho más allá y no solo se pregunta qué sucedería si esa herramienta estuviera bajo el control de una dictadura, sino que considera que hay algo peor que eso: una sociedad gobernada por una inteligencia no humana. Asimismo, en una especie de remake del choque de civilizaciones anunciado por Huntington, Harari plantea la posibilidad del surgimiento de un nuevo muro (invisible), en este caso, un muro de silicio, constituido por chips y códigos informáticos. Esto se produciría porque la IA, al ser capaz de crear, de manera autónoma, toda una red de sentido, dividiría el mundo en redes civilizacionales donde cada una tendría “su” mundo. No hay que ser muy sagaz para darse cuenta que Harari está pensando en lo que ya hoy sucede entre China y el mundo occidental. 

En cuanto al terreno de las soluciones, Harari no aporta nada original y abona esa acusación recurrente de ser una suerte de catastrofista funcional al establishment, cuando pide más y más regulaciones y salidas institucionales globales que incluyan a los Estados y a las compañías. Sin embargo, a propósito de estas últimas, es bastante indulgente cuando, si bien advierte que las grandes tecnológicas son parte del problema, al mismo tiempo las exculpa bajo el argumento cándido de que las tecnologías en sí mismas no son ni buenas ni malas sino que dependen de su uso.      


En cuanto a Kurzweil, su nuevo libro retorna a la idea de singularidad, la cual es definida del siguiente modo:  


“Dentro de un tiempo, la nanotecnología permitirá (…) la ampliación del cerebro humano con nuevas capas de neuronas virtuales en la nube. De esta manera nos fusionaremos con la IA y ampliaremos nuestras habilidades con una potencia de cálculo que multiplicará por varios millones las capacidades que nos dio la naturaleza. Este proceso expandirá la inteligencia y la conciencia humanas de una forma tan radical que resulta difícil de comprender y asimilar. Cuando hablo de “singularidad” me estoy refiriendo a este momento en concreto”.


Aunque en algún pasaje del libro Kurzweil admite que, dependiendo de cómo manejemos este proceso que se alcanzaría hacia el año 2045, tendremos un camino firme y seguro o uno de turbulencia social, el tono del texto es asombrosamente optimista o, en todo caso, parece no tomar en cuenta las consecuencias que este eventual proceso podría ocasionar. 


A lo sumo advierte que habrá un problema con el empleo pero que se solucionaría con una Renta Básica Universal financiada eventualmente con un impuesto sobre las compañías que se hayan beneficiado de la automatización de la IA y ya. En todo caso, si el tiempo libre fuera un problema, Kurzweil indica que para ello ya existe la realidad virtual y, sobre todo, la paciencia necesaria para esperar 10 años a que todos nuestros cerebros estén conectados a una computadora. En cuanto al resto de los problemas, abrazando una suerte de aceleracionismo capitalista, y tomando como fuente los datos de Steven Pinker acerca del fluctuante pero evidente progreso de la humanidad a todo nivel en los últimos siglos, Kurzweil entiende que la “explosión” tecnológica traerá consigo una abundancia de riqueza por la cual los pobres del mañana gozarán de un nivel de bienestar inédito en la historia de la humanidad.   

 

Para Kurzweil, además, ya estamos en condiciones de asegurarnos una expectativa de vida digna de 120 años y el aumento de la misma será exponencial en las próximas décadas a tal punto que adopta la temeraria predicción de que ya habría nacido la persona que vivirá 1000 años. Por último, en un pasaje que me atrevería a afirmar como filosófica y conceptualmente muy débil, para ser elegante, reduce el cerebro y la conciencia a un sistema de información que podría ser extraíble y replicable incluso por fuera del cuerpo, cumpliendo así la fantasía de buena parte de las grandes obras de ficción, aunque pagando el precio de no poder responder a una ingente cantidad de bibliografía filosófica que lo espera en la biblioteca con una mueca risueña: 


“En las décadas de 2040 y 2050 reconstruiremos el cerebro y el cuerpo para superar los límites que marca la biología, lo que incluye la posibilidad de copiar todo su contenido y prolongar la esperanza de vida. Cuando la nanotecnología alce el vuelo, seremos capaces de crear un cuerpo mejorado a voluntad: podremos correr más deprisa y durante más tiempo, nadar y respirar bajo el mar como los peces e incluso dotarnos de unas alas funcionales si así lo deseamos. Pensaremos varios millones de veces más rápido, pero lo más importante, es que no dependeremos de que el cuerpo sobreviva para que nosotros podamos seguir viviendo”.


En un contexto de crispación e indignación diaria, con guerras, disputas tribales y religiosas, tensiones económicas y sociales a todo nivel, me temo que aunque la tecnología avanzara en la línea que auguran los autores, haciéndonos más dependientes de ella todavía, el futuro ofrecerá catástrofes menos conspirativas y avances menos ideales; en todo caso habrá futuros a distintas velocidades, como los ha habido siempre pero, ahora, de manera exagerada. 


Es que mientras Elon Musk plantea aplicar una democracia directa como sistema de gobernanza en Marte y Curtis Yarvin lo critica abogando por una monarquía tecnocrática encarnada en un Rey CEO en los Estados Unidos, los problemas de miles de millones de personas en el mundo es que no tienen agua potable o se contagian enfermedades que se habían erradicado. A propósito, ¿cómo le explicamos a un enfermo de cólera o tuberculosis que no debe temer morir porque su conciencia será alojada en la Nube de Google y que en Marte será parte de los debates de la Asamblea democrática que decidirá la distribución de la propiedad en el lado oscuro de la Luna? 


¿Acaso plantear que el transhumano podrá respirar debajo del agua como un pez es la solución a la inmigración ilegal que llega a Europa a través de las pateras? ¿Habrá un juego de realidad virtual en el que Occidente no se suicida renunciando a sus propios valores?  


¿Y los virus creados en laboratorios? ¿Las tensiones geopolíticas? ¿Las luchas por la redistribución del ingreso? ¿Las migraciones masivas por limpiezas étnicas? ¿El estar a merced de un loco autócrata a tiro de un botón rojo… todo eso se va a solucionar con una app, un Change.org y un nano no sé cuánto? A su vez, ¿estos mismos conflictos son capaces de solucionarse bajo el liderazgo de los burócratas de las instituciones de gobernanza global tal cual las conocemos hasta ahora mientras afirmamos que la tecnología es neutral?


Hoy el mundo entero atraviesa el problema de cómo financiar las pensiones y se nos plantea como una maravilla que la expectativa de vida alcance los 120 años y hasta los 1000. ¿Hasta cuándo se ampliará la edad laboral para darle sustentabilidad al sistema?


 ¿Pasaremos de 60/65/70 años a 110 años? ¿Habrá que aportar unos 70 años al fisco para acceder a la pensión? ¿Quién lo va a aportar si no hay trabajo y si entre los pocos trabajos que van a sostenerse estarán los realizados por migrantes de países no europeos que van a vivir a Europa de manera ilegal cuidando viejos cada vez más viejos para recibir, a cambio, un ingreso informal?  


Al mismo tiempo, se nos dice que el efecto colateral será que habrá menos trabajo pero que se financiará con impuestos y una Renta Básica Universal. ¿Y alguien en su sano juicio puede pensar que ese proceso será aceptado pacíficamente? ¿En serio vamos a creer que miles de millones de personas sin trabajo y con sus eventuales necesidades básicas satisfechas por la redistribución de los impuestos pagados por los ricos, se quedarán en sus casas hipnotizadas entre juegos, porno y viajes virtuales a Venecia? ¿Los ricos, dueños de las compañías que controlarán el mercado tecnológico oligopólicamente, van a aceptar pagar impuestos determinados por los burócratas de la gobernanza global para sostener a más de la mitad de la población mundial que no va a tener trabajo ni nada que hacer? 


O sea, ¿Bezos, Zuckerberg y Musk van a pagar de sus bolsillos a los millones de desocupados de la India, África y Latinoamérica para que puedan sobrevivir, contratar Starlink, comprar por Amazon y ver la publicidad de Instagram? ¿Esos cientos de millones de humanos obsoletos e inútiles, incapaces si quiera de trabajar por un sueldo miserable porque ese trabajo ya ni siquiera existe, tendrán que elegir entre comer y pagar la nube de Google o, ya desposeídos del cuerpo, la Renta Básica Universal alcanzará para el plan básico de almacenamiento de conciencia que no superen tantos gigabytes? Por cierto, ¿si nuestra conciencia es muy pesada tendremos que pagar un plan Premium? 


En síntesis: ¿la posibilidad de pensar más rápido que potenciaría la IA nos permitirá darnos cuenta también más rápido del delirio de irrealidad en el que se encuentran inmersos gobernantes y autores multiventas cuando piensan en cómo solucionar los verdaderos problemas del futuro?    


Preguntas sin respuestas para un futuro de mierda.



Dante Augusto Palma




martes, 13 de agosto de 2024

Quintela y Kicillof se unen para enfrentar el ajuste de Milei y mostrarse como alternativa federal. por "Agencia Farco" del 12-08-24

 


El acto de jura de la nueva constitución de La Rioja puso en escena el hecho político del proceso de reconstrucción del peronismo desde el interior y puso el foco sobre la dupla Quintela-Kicillof, que además firmaron un acuerdo de cooperación entre ambos distritos.

  

 


En La Rioja la jura de la nueva Constitución Provincial sirvió de escenario para que el gobernador Ricardo Quintela y su par bonaerense Axel Kicillof se muestren unidos frente a las políticas de ajuste y desfinanciamiento del gobierno nacional.


La nueva carta magna incorpora el acceso al agua. la energía y la conectividad como derechos humanos, la renta básica universal para que toda persona pueda cubrir sus necesidades básicas. Además establece la distribución de la coparticipación destinando un porcentaje a cada uno de los 18 municipios.


En un domo colmado de personas y ante la presencia de otros gobernadores y representantes y dirigentes tanto del kirchnerismo como del peronismo tradicional, desde Oscar Parrilli hasta Juan Manzur.


Desde el escenario, Quintela destacó que la nueva constitución riojana busca fortalecer los derechos de los ciudadanos, y apuntó contra el presidente Javier Milei, a quien le sugirió que cambie el rumbo de sus decisiones.


“Lleva adelante el presidente en la conducción de los destinos de nuestra patria el camino equivocado. Creo y le pido, y le ruego, que modifique sustancialmente en 180 grados sus políticas”, reclamó.


Previamente, Kicillof, afirmó que el acto del viernes pasado sirvió para “plantar bien firme una bandera que están intentando destruir y avasallar, que es una bandera importantísima y central para la historia de nuestra República y es la del federalismo”.


El acto de jura de la nueva constitución de La Rioja puso en escena el hecho político del proceso de reconstrucción del peronismo desde el interior y puso el foco sobre la dupla Quintela-Kicillof, que además firmaron un acuerdo de cooperación entre ambos distritos.



Publicado en:

https://agencia.farco.org.ar/home/quintela-y-kicillof-se-unen-para-enfrentar-el-ajuste-de-milei-y-mostrarse-como-alternativa-federal/