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domingo, 18 de noviembre de 2018

Rogelio García Lupo: “Perón le dijo al Che que lo iban a matar en Bolivia”, por Pablo E. Chacón (para "Hijos del País" del 08-10-07



Por Pablo E. Chacón 

Rogelio García Lupo fue uno de los primeros miembros del staff de la agencia de noticias cubana Prensa Latina. Hace unos días recibió de manos de Gabriel García Márquez un premio en honor a su trayectoria, cincuenta y tres años de producción periodística de gran calidad. Es un investigador obsesivo y un admirador de la mejor prosa. Es capaz de distinguir una aguja en un pajar de información. Jamás renegó de cierto nacionalismo, pero escorado a la izquierda. Su par en la profesión, si es que hay alguno de su nivel en el análisis de la materia periodística, fue Rodolfo Walsh. Gerente de la editorial de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, en 1973, durante la gestión de Arturo Jauretche, desde 1991 es un colaborador permanente del diario Clarín y de la revista española Interviú.

Escribió en Noticias Gráficas, Qué, Usted, Prensa Latina, Primera Plana, El Periodista, en el diario de la CGT de los Argentinos y en el semanario uruguayo Marcha. También es autor, entre otros libros, de La rebelión de los generales, Lanusse, general de ganadería y Generales, Mercenarios y Monopolios, Historia de una mala relación y Ultimas noticias de Perón y su tiempo. Además, edita la colección de libros políticos de las Ediciones B con sede en la Argentina y Chile.

Entrevista
Terra Magazine: ¿Cuándo conoció a Guevara?

García Lupo: Conocí al Che en La Habana. En un momento muy particular. Quizás en el mejor momento de la revolución, antes de la alianza con los soviéticos, cuando era todo más libertario. El que ya lo conocía antes que yo era mi amigo Jorge Ricardo Masetti, que había entrevistado a Fidel (Castro) para una radio y quedó hechizado con Guevara. Finalmente, los barbudos toman el poder y lo invitan a fundar y hacerse cargo de la agencia de noticias Prensa Latina, y ahí es cuando llego yo a La Habana, invitado por Massetti, que había convocado a sus amigos, Rodolfo Walsh, (Gabriel) García Márquez, Carlos Aguirre… Eso fue en el 59. Trabajé en Cuba hasta el 60, fines de los 60. Vivíamos en un piso 22, con Walsh. Lo conocí la primera noche que estuve en ese país, por intermedio de Carlos Infante, entonces director de Radio Rivadavia. El horario era disparatado. Eran más de las dos de la mañana, pero en ese momento, en Cuba, todo era disparatado. Y nosotros éramos jóvenes y revoltosos.

Terra Magazine: ¿Jóvenes y revoltosos?

García Lupo: Imagínese… Yo había estado preso durante el segundo gobierno de (Juan Domingo) Perón por oponerme a la venta o, mejor dicho, a la privatización de ciertos segmentos de la empresa petrolera argentina, YPF. Estuve en la cárcel de Devoto. Después me opuse también a la política de (Arturo) Frondizi respecto del petróleo, porque contradecía todo lo que había escrito en un libro espectacular publicado antes de ganar las elecciones. Era joven y revoltoso, pero tenía convicciones. Pero volviendo a su pregunta, sí, conocí a Guevara esa misma noche. Infante era el hermano de Tita Infante, muy amiga del Che, de la infancia del Che, compañera de facultad también. Infante le había llevado no sé qué cantidad de yerba. El Che estaba desesperado por la yerba para el mate, así que no esperó nada y nos mandó llamar para cenar.

Terra Magazine: Y usted estuvo en Prensa Latina hasta fines del 60.

García Lupo: Exacto. Después seguí ligado a la agencia, pero como corresponsal en Venezuela, en Perú, en Buenos Aires… Pero hay que mensurar la velocidad de los hechos. Estoy hablando de 1960. Siete años antes, Ernesto Guevara, que todavía no era el Che, hace su viaje por América Latina y asiste a la revolución minera que promueve Jaime Paz Estenssoro en Bolivia, incluida una reforma agraria. En ese momento, acaso por un antiperonismo inercial que viene de familia, no se da cuenta que lo que está sucediendo es un cataclismo. Es como si le faltaran instrumentos teóricos. Pero claro, algo empieza a cambiar, sobre todo cuando tiene que escaparse de Guatemala un año después. Empieza a crecer un vago antiimperialismo que luego sí es alimentado y teorizado por su enorme capacidad de estudio y asimilación, aunque siempre rechazará el populismo. Para Guevara, todo lo que oliera a populismo estaba a medio camino. Siempre es todo o nada. El peronismo es un populismo. Tenía prejuicios contra los sindicatos, se sabe.

Terra Magazine: Usted vuelve a verlo en la conferencia de Punta del Este, en 1961, ¿no?

García Lupo: Efectivamente, nos reencontramos, conversamos, nos encontramos con Julia Constenla, José Luis Mangieri, Jacobo Timmerman. Recuerdo que todo estaba lleno de servicios, espías, agentes de seguridad camuflados, norteamericanos, cubanos, rusos, mujeres que querían conocer al Che… Era un infierno. Eso es inmediatamente después de Bahía de los Cochinos. Guevara recibe dos invitaciones, entonces, para hablar con el enviado de (John) Kennedy, Richard Goodwin, y otra del propio Frondizi, por vía del diputado Jorge Carretoni, un hombre de la UCRI muy cercano al presidente argentino, que con la venia de la CIA, lo invita a Buenos Aires, con la intención de proponerse como mediador. Frondizi sabía que Guevara no estaba nada convencido de la dependencia que la isla empieza a establecer con los soviéticos, y también que jamás diría eso en público. Lo que no sospechaba, y lo que no sospechaba nadie, era que en su cabeza ya estaba madurando la exportación de la revolución a la Argentina, que estaba buscando gente para eso. Entretanto, escuchamos su discurso contra la Alianza para el Progreso, impecable, y después de diez días desapareció. Se produce el encuentro con Frondizi, muy amable, y las desavenencias no son tan graves como explícitas. En ese contexto es que -según la biografía del Che de (Mario) Pacho O’Donnell- el brigadier Luis Rojas Silveira habría dado la orden de asesinar a Guevara en Buenos Aires, operación abortada porque los encargados de ejecutarla no se animan. Rojas Silveira es el encargado, años después, de repatriar el cadáver de Eva Perón, pero sobre ese intento de asesinato del Che, no sé más que eso.

Terra Magazine: O’Donnell dice que lo escuchó de boca de Rojas Silveira (que ya falleció). Rosendo Fraga (hijo) dice que ignora la cuestión, y que le suena completamente disparatada.

García Lupo: Está bien. Puede ignorarla, le podrá parecer disparatada, pero lo que no puede ignorar es que seis meses después de recibir a Guevara, a Frondizi le dan un golpe de Estado, y que Rosendo Fraga (padre) era el jefe del Ejército. Es cierto que Fraga se opone a ese golpe, no sé cuánto, pero se opone.

Terra Magazine: Volviendo a Guevara, ¿cómo entender su inmolación en Bolivia?

García Lupo: No hay que entenderlo como una inmolación. Siempre pensó que el foco argentino (el de Masetti en Salta) podía prosperar y que desde ahí se podía avanzar en Argentina. Yo creo que él hace una pésima lectura de las condiciones sociopolíticas bolivianas. No es tan fácil decir que la culpa del fracaso de la expedición en Bolivia la tuvo su impericia, su aventurerismo, su desesperación… Masetti se equivoca, y mucho, en activar un foco cuando en ese momento hay un gobierno constitucional (el de Artuto Illia) -con el peronismo proscrito, cierto, pero constitucional al fin- y con el que los soviéticos están haciendo muy buenos negocios. La política de Moscú para esta zona, en ese momento, es no alentar insurgencias. Eso es tan así que todos los partidos comunistas del continente, y en particular el boliviano, retacean su apoyo, y al líder sindical, Lechín, que se entrevista con Castro de manera clandestina, y que pretende entrevistarse con Guevara y disuadirlo, el ejército boliviano y los rangers norteamericanos no lo dejan pasar, no dejan que entre a la selva. Ese es un punto. El otro es que el Che no quiere entender que el campesinado boliviano, después de una reforma agraria y el acceso a la propiedad, no quiere saber nada ni del Hombre Nuevo ni de ninguna revolución. Imagínese en la Argentina (pero ese es otro tema). En definitiva, no había condiciones y eso se lo dice a Guevara el mismo Perón. Perón, en Madrid, le dice que no entre en Bolivia, y que de ninguna manera puede asegurar un apoyo orgánico del justicialismo. Que podrá haber casos sueltos, que él no se opone, pero que no puede garantizarle un apoyo orgánico del movimiento y vuelve a decirle que no vaya, que lo van a matar. Guevara pensaba que seguía hablando con ese Perón imaginario que le vende en La Habana John William Cooke. Pero creo que en ese momento el general proscripto hace lo que tiene que hacer, y Guevara no lo escucha y se manda igual. En fin, los resultados ya los conocemos.


Publicado en:
https://hijosdelpais.com.ar/2016/08/20/rogelio-garcia-lupo-peron-le-dijo-al-che-lo-iban-matar-bolivia/

sábado, 26 de agosto de 2017

FRAUDE EN LAS PASO: EN 1957 TAMBIÉN SOÑARON CON LA MUERTE DEL PERONISMO, por Araceli Bellota (para "El presente de la Historia", agosto de 2017)


Extracto de una publicación del blog de Araceli Bellota, "El Presente de la Historia"

Teniendo en cuenta las elecciones presidenciales que se aproximaban para febrero de 1958, Cooke señaló entre sus conclusiones:


“(…) La masa es peronista. Una parte de ella, sin embargo puede ser arrastrada a posiciones antiperonistas mediante maniobras que se presenten como ortodoxamente peronistas”.
“(…) La Tiranía fomentará la formación de partidos peronistas que nos dividan. Tras el espejismo del partido propio, la ´línea blanda´ arrastrará a muchos peronistas de buena fe”.
“(…) Se ha producido, como consecuencia, un resurgimiento de los caudillos que, cortejados por los partidos tradicionales, trafican los futuros votos de nuestra masa, a la que inducirán en engaño presentándole como consignas peronistas las que responden a sus propios intereses”.
“(…) De aquí a febrero, la presión y propaganda sobre el peronismo serán muy intensos, tanto por parte del gobierno ´de facto´ como del frondicismo y ´neo-peronismo´.
“(…) La oligarquía presenta un frente unido, dirigido por hombres expertos e inteligentes que cuentan con todos los resortes del Estado y de toda la propaganda nacional e internacional. Mientras nuestro frente no sea igualmente monolítico, estaremos incapacitados para una batalla decisiva”.

Cualquier parecido con la realidad, no es pura coincidencia.

Fuente:

Correspondencia Perón-Cooke. Tomo I. Carta de John William Cooke a Juan Perón. 28 de agosto de 1957. Granica Editor. Bs. As. 1973.

Publicado en:
FRAUDE EN LAS PASO: EN 1957 TAMBIÉN SOÑARON CON LA MUERTE DEL PERONISMO (presionar en el link para leer la nota completa)

viernes, 19 de septiembre de 2014

Cooke: el hombre que le discutía a Perón, por Norberto Galasso (para "INFOnews" del 19-09-14)


Se cumplen hoy 46 años del fallecimiento de John William Cooke, una de las principales figuras del movimiento nacional en el siglo XX. Mucho podría hablarse sobre él, sobre su espíritu revolucionario, su coraje a prueba de balas, su crítica a la burocracia, su amistad con el "El Che", su singular condición de intelectual capaz de meterse, armas en la mano, en los conflictos de junio del 55 y en el de playa Girón en la Cuba, de 1961, de su militancia permanente y de su alto valor intelectual a veces no reconocido.

Mucho también de su concepción acerca de la vida y la muerte que lo llevó –hace medio siglo– a donar sus órganos, hecho inusual en aquellos años. Así también acerca de su porfiado proyecto de construir una izquierda nacional dentro del gran movimiento nacional y prever el armado de una dirección revolucionaria que remplazase al General cuando este abandonase este mundo.
Pero más allá de todo esto, Cooke tuvo una peculiaridad que no cultivaron los hombres más calificados del peronismo de aquel tiempo (sólo quizás Arturo Jauretche), que consistió en discutirle, mano a mano, al jefe del movimiento, en puntualizar sus disidencias y marcarle los peligros de ignorar el futuro. En este sentido, sus cartas con Perón constituyen una cantera riquísima de enseñanzas. En ellas, Cooke se adelantó a plantear problemas que aún hoy acosan a la militancia peronista, a disipar incertidumbres, a evitar malentendidos y equívocos. Hoy, cuando en los corrillos y mesas de café se discute qué tiene Massa de peronista, cuál es el peronismo que se arrogan algunos punteros de Macri, hasta dónde llega el peronismo de Scioli o peor aún, cómo pudo Menem aplicar el Consenso de Washington, en nombre del peronismo, para destruir todo aquello que había concretado Perón, está presente "El Bebe", "El Gordo" Cooke.
Desde allá lejos –desde medio siglo atrás–, resuenan sus palabras al conductor: "Somos peronistas porque está Perón. Cuando Perón no esté, ¿que significará ser peronista? Cada uno dará su respuesta propia y esas respuestas no nos unirán, sino que nos separarán. Tal vez nos encontremos en los homenajes recordatorios, pero entre un partidario de las 'conciliaciones' que propugnan los obispos y un revolucionario, no hay campo de entendimiento: estamos en diferentes barricadas y como la lucha es muy aguda, no nos saludaremos como caballeros medievales sino que nos degollaremos, como corresponde a enemigos irreconciliables." Sólo Cooke se atrevió a advertirle a Perón que era mortal y que era necesario definir posiciones claramente para evitar que enmascarándose en las banderas peronistas, apareciesen los liberales retrógrados porque: "Si usted no ha hecho un pacto con el Diablo y como me temo, sigue siendo mortal, cuando usted desaparezca también desaparecerá el movimiento peronista, porque no se ha dado ni la estructura ni la ideología capaces de cumplir las tareas en la nueva era que ya estamos viviendo. No soy pesimista en exceso. Veo ese proceso como fatal pero no como inevitable. Fatal si seguimos con un jefe revolucionario y una masa revolucionaria, pero con direcciones conservadoras y apegadas –aunque declaren lo contrario– a los valores y procedimientos de la vieja política."

Sólo Cooke –peleando con los Matera, los Tecera del Franco, los Cafiero– se atrevió a advertirle al Jefe, que había que depurar al movimiento de los oportunistas, de los tránsfugas, de los obsecuentes. Frente al enorme potencial del movimiento, sostuvo vigorosamente que el "peronismo es el hecho maldito del país burgués", que "no es un partido de la burguesía ni una alienación de la clase trabajadora tal como la concibe un izquierdismo pueril. Fue el más alto nivel de conciencia a que llegó la clase trabajadora argentina. Hemos sido formidables en la rebeldía, la resistencia, la protesta, pero no hemos conseguido ir más allá porque, como alguna vez lo definimos –con gran indignación de los adoradores de mitos y de fetiches– seguimos siendo, como Movimiento, un gigante invertebrado y miope." Estas definiciones se incorporarán luego al lenguaje común de la política argentina, pues ellas definen las dos caras del movimiento: "El peronismo es el hecho maldito de la política del país burgués… El Peronismo es, como movimiento, un gigante invertebrado y miope."
"Concuerdo –le dirá Perón más de una vez– con sus excelentes juicios… Todo es consecuencia de los desmesurados apetitos de los que anhelan vender la liebre antes de cazarla." Pero "El Bebe" no dejará de contestarle: "…Mis argumentos, desgraciadamente, no tienen efecto; usted procede en forma muy diferente a la que yo preconizo y a veces, en forma totalmente antitética."
Pero, si echamos de nuestras filas a los obispos, a los generales, a los empresarios –le responderá Perón– ellos se fortalecerán en la derecha y nosotros seremos muy pocos para combatirlos. Y ahí reside la polémica que todavía nos debemos, aquello que en las cartas cruzadas entre Perón y Cooke quedó sin definir porque "El Bebe" se murió muy joven y porque el viejo General intentó reeditar el 45 cuando, merced a su táctica inteligente, logró regresar, pero ya muy enfermo y en una Argentina distinta a la de aquella del 17 de octubre.
Esa discusión está todavía pendiente, especialmente cuando hay tanto liberal conservador que esconde su viejo pelaje gorila, pero hay que saldarla porque se trata de la Argentina que queremos y cómo llegar a construirla, aquello que en última instancia ambicionaban tanto Perón como Cooke.

Publicado en:
 http://www.infonews.com/2014/09/19/politica-163129-cooke-el-hombre-que-le-discutia-a-peron.php

jueves, 19 de septiembre de 2013

Lecturas sobre el kirchnerismo desde Cooke, por Diego Burd (para "Poemas Urbanos y otras cosas" de septiembre de 2013)


 Nos encontramos en una situación donde los países centrales se encuentran debatiendo  las aplicación y consecuencias socio-políticas de la aplicación de las recetas de carácter neoliberal, una trama que en nuestros países vuelve a reflotar, desde una ofensiva neo-conservadora, disfrazada en el carácter “renovador” o “progresista” de un sector opositor vinculado a los grupos hegemónicos nacionales, quienes desde las usinas de medios intentan instalar la idea del “fin de ciclo”, por lo cual, intentamos reformular un viejo trabajo, sobre una lectura sobre el fenómeno del kirchnerismo desde la lectura que realizamos a través de Jhon William Cooke.
  La pregunta sobre el kirchnerismo tiene como objetivo la interrogación sobre la  naturaleza de este proceso político, algunos sectores hegemónicos intentan constituir al mismo dentro del arco político como en una especia de no-lugar ideológico,  dentro de esta posición podemos enmarcar la reiterada “teoría de la impostura”, asumida por la izquierda, el centro y la derecha, que se transforma en una metáfora, por parte de estos sectores, como un intento de destruir la mascara que oculta el espectro.
  Existencia de impostura en la política social, derechos humanos, ausencia de programa económico, pragmatismo, además sumado a una especie de vacío ideológico, en virtud del sistema de alianzas que el kirchnerismo ha establecido, ocultando la trama de alianzas políticas sobre las que se construye desde esos espacios.
 Como aproximación podemos decir que el kirchnerismo es un proceso nacionalista revolucionario democrático, poli-clasista,  pero dentro del entramado la hegemonía la articulan los intereses de las clases subalternas, la no neutralidad pronunciada varias veces por la actual mandataria, es el significado que muestra como un entramado de relaciones socio-políticas que se establecieron para la constitución de una correlación de fuerzas, variable en el tiempo, que permite llevar adelante un conjunto de medidas políticas, sociales y económicas.
 Dentro de este entramado subalterno como sujeto central podemos mencionar a las clases trabajadoras, los sectores incorporados luego de diez años de neoliberalismo.     
  A su vez, podemos ver el rasgo poli-clasista  en como canalizo diversos conjuntos de interpelaciones de reclamos provenientes de fracciones de clases medias urbanas, así mismo la incorporación de diferentes grupos generacionales.
  En este caso podemos pensarlo como un movimiento de ampliación de derechos civiles, que significan medidas reparatorias hacia sectores ciudadanos marginados, que superan el solo limite de la pertenencia de clases, por ejemplo la ley de matrimonio igualitario, el proyecto de ley de identidad de genero.
El conjunto de medidas lo convierten en un movimiento político ampliador de ciudadanía, tanto a nivel social como civil, cuyo objetivo es la destrucción de las desigualdades socio-económicas generadas por la aplicación de años de neoliberalismo.
 Movimiento igualitario que considera la centralidad del Estado, no neutral frente al conflicto social, como regulador del mercado, recuperador de un papel central, lento pero seguro, de recursos estratégicos nacionales.
  El kirchnerismo es un movimiento de liberación nacional, que toma como eje central la autonomía nacional, y donde la misma es una construcción no solo ejercicio de un estado sino de la totalidad del continente,  lo que implica repensar el concepto de nación en clave latinoamericana.
 El kirchnerismo, puede ser pensado como el proyecto político que como expreso Cooke, la relación entre liberación nacional (que puede ser leída en clave emancipatoria o igualitaria) y peronismo, debe ser pensado como ampliación del marco de alianzas políticas, tarea de un conjunto de sectores políticos unificados en un programa apoyado por la movilización popular, esa gran políticas de masas orientadas por un programa “inflexible en ciertos principios fundamentales y suficientemente amplio como para superar los particularismos ideológicos que coinciden en el propósito común”.1
 Espacio político que toma como matriz central, la Revolución Peronista, que como plantea Coscia, como Revolución en proceso de devenir, ya que como afirma:
El peronismo es fruto de una revolución, nace como tal y sus tareas permanecen tan inconclusas como poderosas las energías que reclaman su realización.” 2
 Como decía Cooke:
La oligarquía no solamente es dueña de las cosas, también es dueña de las palabras. “Libertad”, “democracia” y “moral” figurarán cuantas veces sea necesario en un decreto que dé el zarpazo a las libertades civiles argentinas. La democracia y la libertad se definen a partir de los valores liberales-burgueses; por lo tanto, cualquier tentativa de sustituir la explotación económica por sistemas más justos de distribución de la renta nacional está al margen de la convivencia. El Estado debe ser indefenso frente a los poderes del dinero y despiadado en la represión de los rebeldes.” 3
Mas adelante dice:
Ese orden de injusticia permanente impuesta a través del sistema, es propiciado por una serie de estratos que lo defiende: desde la prensa comercial, los grupos profesorales, los intelectuales cipayos, la masonería, hasta los partidos políticos “tradicionales”. Una parte de la pequeña burguesía siempre se alinea con la opresión, ya sea porque cree ejercer una parte del poder social, ya sea por influencia de la propaganda que masivamente se descarga sobre ella desde hace un siglo.
Las clases dirigentes y parte de la pequeña burguesía del país colonial adoptan los esquemas mentales impuestos por el país dominante, y ello por varias razones: porque sus intereses están vinculados a los del imperialismo; porque consideran parte integrante del mundo cultural al que esas ideas responden, mundo del cual creen participar merced a su sedicente superioridad intelectual sobre el resto de la población; porque se encandilan con el relumbrón del pensamiento europeo o norteamericano sin entrar a considerar que responden a contigenciaas que son en muchos aspectos antitéticas de los intereses nacionales.”4
Este proceso revolucionario democrático nacido en el 2003, a través de la participación activa del Estado, de sus instituciones, ha logrado fortalecer su papel frente a los intereses facticos de poder, colocando la posibilidad de la construcción de un modelo alternativo que va sustituyendo la explotación económica financiera reinante desde la noche de 1976, pero los enemigos del proyecto político nacional y popular, continua encontrado palos en las ruedas, por parte de la nueva oligarquía sojera (2008), el ataque de los multimedios oligopólicos durante la lucha por la sanción de la ley de medios, y la actual intento, por parte de estos medios, aliados con los sectores financieros, para avanzar en una especie de corrida bancaria, y el ataque a la medida de quita de subsidios hacia los sectores minoritarios y privilegiados de la sociedad.
 Ahora como el peronismo es la matriz de nacimiento, la expresión de la situación de superación dialéctica de su esencia al incorporar las tradiciones políticas emancipadoras nacionales y latinoamericanas, que establecen un dialogo con los núcleos fundantes del peronismo, como corpus teórico político: Independencia Económica, Justicia Social y Soberanía Política, las cuales también conforman parte de las tradiciones, así como de las experiencias de sujetos políticos, así como de quienes en sus cotidianidades sufrieron la falta de esos 3 principios rectores sobre los cuales un sujeto se incorpora a la política para verlos realizados en la sociedad.
 El kirchnerismo, representa, como metáfora la famosa frase de Cooke, el hecho maldito del país neoliberal, ya que las políticas implementadas desde el 2003 hasta la actualidad, enmarcado en las contradicciones propias de una sociedad compleja, sumado a la movilización de los sectores populares, ha colocado en tensión el status quo nacido en 1976, proceso que continuara, ya que las transformaciones deben romper definitivamente con los moldes que eran la base del antiguo orden, creando las condiciones para la desaparición que le dieron origen.
 Ahí la importancia del lema tomado del gran candombe popular “NUNCA MENOS”, desde las bases construidas avanzaremos en los elementos faltantes, no son necesarias oposiciones que hablan en nombre de poderes sectoriales decirnos lo que falta, ya nosotros lo sabemos, para que podamos encontrarnos definitivamente liberados, en una patria mas justa... esa patria que comienza al sur del Río Bravo.

NOTAS
1COOKE; J.W, “La lucha por la liberación nacional” en COOKE; J,W; La lucha por la liberación nacional. Incluye: El Retorno de Perón y La Revolución y el peronismo, Editorial Quadratta, Buenos Aires, 2007, 9-10
2COSCIA, Jorge, La esperanza sitiada. Debates políticos-culturales en tiempos del Bicentenario, Colihue, Buenos Aires, 2009, p, 9
3COOKE, J.W, “La lucha por la liberación nacional” … p. 14

Publicado en:
 http://diegoburd.blogspot.com.ar/2013/09/lecturas-sobre-el-kirchnerismo-desde.html

lunes, 24 de septiembre de 2012

COOKE: Una indagación incómoda sobre nuestro presente, por Felipe Deslarmes (para “Miradas al Sur” del 23-09-12)



Homenaje a John William Cooke. 

Miradas al Sur. Año 5. Edición número 227. Domingo 23 de septiembre de 2012
Por 
Felipe Deslarmes
 





Peronismo y antiperonismo son, en esta etapa, la forma en que se da la lucha de clases”. La frase, escrita por John William Cooke, resume una época. Esta semana se cumplieron 44 años de su muerte. El lugar elegido para el homenaje fue la sede porteña del Sindicato de Farmacia, gremio formador de dirigentes revolucionarios. Norberto Galasso, Alfredo Ferraresi, Néstor Gorojovsky, Lido Iacomini e Ignacio Veliz fueron los oradores. Entre el público estuvieron, además de viejos militantes de la resistencia peronista, integrantes del Partido Patria y Pueblo y jóvenes de diversas agrupaciones, como San Telmo K, La Cooke y Los Pibes.
Los oradores tuvieron por delante un desafío: describir quién fue aquel militante al que no alcanza con señalar como revolucionario, amigo de Evita, el diputado más joven, el heredero de Perón o el integrante de las milicias de la Revolución Cubana en tiempos de Bahía de los Cochinos. Pero no todo fue pasado. También hubo tiempo para analizar el presente. Nacho Veliz, dirigente de la Agrupación Cooke, abrió el debate rescatando a Cooke como “una indagación incómoda a nuestro presente político; la pregunta incisiva sobre nuestra práctica militante”. Veliz llamó a recuperar la herejía que representó Cooke, recordó su fervor militante y destacó que, desde el peronismo, utilizó el marxismo como una herramienta para revisar críticamente la experiencia histórica del movimiento al cual pertenecía; indagación que obligaba al peronismo a interrogarse a sí mismo.
“Nos sentimos interpelados por el debate que nos propone Cooke. Hoy, no alcanza con adherir y votar; no alcanza con mirar 6-7-8, o con Facebook; ni con las guerras de cuarta generación… Hay que ponerse la mochila al hombro”, lanzó Lito Borello, coordinador nacional de la organización social y política Los Pibes. A su turno, Alfredo Ferraresi, secretario general de la Asociación de Empleados de Farmacia –quien lo conoció en tiempos de “la fusiladora del ’57”–, contó anécdotas que pintan la grandeza del Cooke cotidiano. “Tenemos que meter a todas las organizaciones en la Unasur; hay que fortalecer la unidad latinoamericana”, propuso Ferraresi. Respecto de los caceroleros observó: “Están invadiendo las calles de nuevo, y piden libertad mientras la ejercen. Tenemos que hacer autocrítica para ver en qué estamos fallando; y así fortificar al movimiento y la base de un gobierno del que somos parte”.
El historiador Norberto Galasso, secretario general de la corriente Enrique Santos Discépolo, revisó detalles de la vida de Cooke. Algunos de ribetes tan heroicos como románticos: como cuando intentaron derrocar al gobierno peronista en junio del ’55 y Cooke, con una pistola calibre .45 y tres cargadores, llegó hasta la Plaza de Mayo y se tiroteó con los marinos que avanzaban hacia la Casa de Gobierno. “Jugarse la vida en esa ocasión hizo que Perón le ofreciera un ministerio y después el cargo de interventor del Partido Justicialista en la Capital Federal”, precisó Galasso.
Nacido en La Plata el 14 de noviembre de 1919, el autor de Apuntes para la militancia, el único con quien Perón discutió sobre los lineamientos del movimiento, murió de cáncer en Buenos Aires el 20 de septiembre de 1968. “Me he pasado la vida intentando construir células y, ahora, estoy luchando para evitar que se reproduzcan”, se animaba a bromear. Al decir del sentido homenaje, a Cooke se lo recordará por haber dedicado su vida a militar por la libertad y la justicia social. Su obra, está claro, se perpetuará en quienes continúan hoy esa militancia.


Publicado en :

jueves, 20 de septiembre de 2012

Homenaje a quien fue una pieza clave de la resistencia peronista, por Norberto Galasso (para “Infonews” del 19-09-12)





Trató a Juan Domingo Perón de igual a igual, se consideró marxista y también peronista, fue un intelectual y también un hombre de acción. Viajó a Cuba y junto a su mujer de transformó en miliciano y participó de la Revolución.


Pocos personajes de nuestra historia ofrecen facetas tan singulares como la de este gran pensador y luchador argentino. Se llamó John William cuando seguramente él hubiera querido que lo denominasen Juan Guillermo. Se consideraba peronista pero también marxista. Como integrante del peronismo fue –casi seguramente– el único que discutió con el general Perón de igual a igual, sin inhibiciones ni reservas mentales: "Usted procede en forma muy diferente a la que yo preconizo y a veces, en forma totalmente antitética" (enero 1966). El único que se animó a decirle que algún día iba a morir (3/3/1962).
Fue intelectual profundo, pero al mismo tiempo hombre clave de la resistencia y se lanzó con "una pistola 45" y tres cargadores de balas a parar a los marinos en junio de 1955. Tenía cierta renguera y un cuerpo voluminoso pero le encantaba bailar el tango. Fue invitado a un congreso en la Cuba presidida por Fidel y lo retuvieron en el aeropuerto porque el Partido Comunista de la Argentina dio malos informes sobre él ("¿Qué tal, Cooke? ¿Está en cana?", le dijo sonriendo El Che y aclaró la situación). Una anécdota resume su independencia de criterio y su singularidad en sus opiniones. Ante las diferencias que mantiene con Jorge Antonio, Perón intenta limar asperezas y para calmarlo le dice: "Pero, Bebe, Jorgito es millonario, pero es un millonario peronista." Y él le responde: "Mi General, disculpe, pero yo no hago esos distingos. Para mí, no hay millonarios peronistas y millonarios antiperonistas, los millonarios son millonarios, nada más."
Pero quizá lo que otorga a Cooke una característica aun más propia y definida está dada por su permanente transformación, a través de la acción política, al mismo ritmo que se modificaban y profundizaban las posiciones de las grandes masas. Él provenía de una familia de irlandeses en cuyo hogar se hablaba en idioma inglés y en lo político, seguían la tradición radical. Su padre, Juan Isaac era dirigente importante de la UCR y como tal estaba alineado, en la segunda guerra, en el campo aliadófilo, donde también se situaba John en su juventud, celebrando los triunfos de Inglaterra.
Pero al crecer el movimiento obrero y alcanzar el protagonismo del 17 de octubre, John ya integra el movimiento nacional e ingresa al Congreso de la Nación como diputado. Ha comprendido que soplan vientos de revolución y que el peronismo viene a cubrir el vacío dejado por los viejos partidos perimidos. Entonces afirma: "En 1945... el peronismo fue el movimiento que surgió y triunfó contra todos los partidos, que hizo saltar el esquema de los partidos repartiéndose el poder político. No es que la izquierda hacía crisis; es que era una parte de la superestructura política del imperialismo y saltó junto con los demás pedazos de esa superestructura... El movimiento popular que atacó a la oligarquía y al imperialismo pasó a ser la izquierda por cuanto representaba las fuerzas del progreso nacional y de la independencia del extranjero. Fue una situación revolucionaria, donde los esquemas teóricos no servían. Faltaba una Izquierda Nacional y ese papel pasó a ocuparlo peronismo, aunque sin definirse como tal."
En su gestión parlamentaria, siendo el diputado más joven –"El Bebe", lo llamaron– fue el más sólido y brillante. A él recurrió Perón después del tremendo bombardeo del 16/6/55 para reorganizar el partido en la Capital Federal, pero ya era muy tarde y el gobierno fue derrocado en septiembre. Una tremenda noche de terror y silenciamiento cayó sobre el peronismo en esos años, resumida en la delirante mordaza del Decreto 4161 y los fusilamientos del '56. Cooke, mientras tanto, intentaba armar "la resistencia" y era paseado por todas las cárceles del país, hasta "el infierno blanco" de Ushuaia e inclusive sufre simulacro de fusilamiento. Producido el triunfo de Frondizi en 1958, cuando los obreros se levantan contra la primera privatización impuesta por el FMI, Cooke avanza aun más en su posición e intenta convertir esa lucha en paro general, en un momento en que era delegado personal de Perón y más aun, el único a quien Perón alguna vez designa su sucesor para el caso de su muerte. Pero la burocracia política del peronismo le boicotea su acción y después de denunciarlos ante Perón, viaja a Cuba, donde adhiere fervorosamente a la Revolución. Tiempo más tarde es miliciano, al igual que su mujer Alicia Eguren, y participan en la lucha cuando el imperialismo invade Bahía de los Cochinos.
Reside unos pocos años en la isla y allí les explica a muchos cubanos mal informados los progresos alcanzados por las mayorías populares de la Argentina durante los dos gobiernos de Perón. Luego se desempeña como representante de Fidel y El Che ante Perón –en España– sugiriéndole se traslade para residir en Cuba, a lo cual el General le responde: "Dígale a Fidel que él hizo el asalto al Moncada llevando consigo el rosario y la cruz y yo todavía tengo que seguir llevándolos."
En esa época es un socialista convencido, pero al mismo tiempo se sigue considerando peronista y por ambas banderas milita sin cesar. Parte de esa lucha queda registrada en una rica correspondencia mantenida con el General durante una década (1956-1966). Allí analiza la correlación de fuerzas, la imposibilidad, por ahora, de la revolución armada, como asimismo la importancia que tendría abandonar la conducción pendular de un movimiento policlasista para acentuar sus rasgos revolucionarios. Comprende que "el peronismo es el hecho maldito del país burgués", pero también que "es un gigante invertebrado y miope" si no se dan los cuadros necesarios y no se desplaza a los burócratas políticos y sindicales.
En esas cartas, Perón le explica que hay que ser como el Papa "que benedice a tutti", que la unidad es lo principal dado el poderío del enemigo. Cooke no está de acuerdo y se atreve a refutarlo: "¿Para qué nos sirve el número, para votar en las elecciones que no se han de realizar?" También afirma: "Peronismo y antiperonismo son, en esta etapa, la forma en que se da políticamente la lucha de clases..." ¿Unidad para qué, entonces? Su opinión es que obispos, generales y empresarios están de más en el peronismo. Perón le contesta, desde su condición de líder nacional, que si los echamos, engrosaremos las fuerzas del enemigo. Otras veces el General no le responde por un tiempo. A veces, le señala: "Querido Bebe: ... muchas gracias por su interesante y valiosa información..."Los “leales” y los desleales cuentan sólo para construir y debemos manejarlos a todos porque si no llegaríamos al final con muy poquitos. Por otra parte, hay dos clases de lealtad, la de los que son leales de corazón al Movimiento y los que son leales cuando no les conviene ser desleales. Con ambos hay que contar, usando a los primeros sin reservas y utilizando a los segundos, a condición de colocarlos en una situación en la que no les convenga defeccionar. Al final, no hay hombres buenos ni malos, más bien todo depende de las circunstancias, aunque para conducir es siempre mejor pensar que muchos son malos y mentirosos." En otras cartas, también se observa que intenta persuadirlo: "Usted tiene razón, Bebe, lo felicito…" Pero al final de la carta le reitera la política de "bendecir a todos", como única manera de aislar a la oligarquía y al imperialismo. Pero Cooke insiste: "Cuando usted ya no esté, ¿qué significará ser peronista?"
A finales de 1963, Cooke regresa a la Argentina y crea Acción Revolucionaria Peronista, es decir, intenta formar una izquierda orgánica, dentro del movimiento, para estar en condiciones de incidir mejor. Ideológicamente su influencia se difunde, pero –y él no tiene duda alguna– la clase trabajadora, en su abrumadora mayoría, está con el General y no ve la necesidad de construir el partido revolucionario que él preconiza.
En sus últimos años, concurre a varios congresos en Cuba y reafirma allí su posición revolucionaria e inclusive adhiere a la lucha armada que se intenta en otros países. Sin embargo, aún en sus últimos escritos, sostiene: "Perón no sólo es el artífice de la única época en que el obrero fue feliz –década que el tiempo y el drama de hoy embellecen aun más en la nostalgia– sino algo más importante es el recuerdo, el símbolo de la primavera revolucionaria del proletariado argentino, del momento cenital de las grandes conquistas sociales y las reivindicaciones nacionales. Por eso, su mito se alimenta tanto de la adhesión de los obreros como del odio que le profesa la oligarquía, no atenuado por los años porque es el reverso del amor de los humildes… En el laberinto de la política a ras del suelo a que nos tiene acostumbrados nuestros burócratas Perón parecería estar bloqueando vaya a saber qué caminos. Desde las alturas de las formas superiores de la lucha revolucionaria, no obstruye nada. El pueblo se resiste a abandonar sus ídolos acreditados en el milagro por otros no probados… El prestigio de la conducción revolucionaria de esta nueva generación se cargará con el magnetismo de su antiguo prestigio."
Por entonces, lo toma el cáncer. A los pocos meses, el 19 de septiembre de 1968, muere, pero su última voluntad –hecho todavía insólito en la Argentina de 1968– es que sus órganos vitales sean usados para quien los necesite, como si quisiera que sus ojos siguieran viendo, desde otro cuerpo, los cambios de su querida América Latina, en busca de su destino igualitario.

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martes, 21 de febrero de 2012

APUNTES PARA LA MILITANCIA, por John William Cooke (Buenos Aires, 1964. Digitalizado por Diego Burd)


Escrito: En 1964.
Digitalización: Por Diego Burd, 2004


PROPÓSITOS

Contar con una información adecuada no es sólo un derecho que la masa peronista se ha ganado en sufridos años de lucha, sino también condición esencial para cumplir su misión histórica de liberar nuestra patria de la explotación nacional e internacional. Sin embargo, desde las estructuras dirigentes del movimiento únicamente le llegan trivialidades que nada agregan salvo confusión.

Las funciones inexcusables es extender y ahondar ese conocimiento directo, elaborar críticamente datos de la realidad contemporánea y presentar conclusiones que aclaren su sentido, extraer y generalizar las enseñanzas que deja la acción colectiva, tareas sin las cuales no se perfeccionan las formas organizativas y de combate.

Es en la organización revolucionaria que se opera ese enriquecimiento recíproco, al cual contribuyen los cuadros directivos con las síntesis esclarecedoras que orientan a las masas obreras.

El peronismo lo necesita con urgencia, como punto de partida para replantear sus inoperantes líneas políticas.

Para saber cuales son nuestras fallas y llegar a sus causas hay que tener una visión global de la Argentina, de las fuerzas que chocan en su seno, de las características que revisten esos conflictos. U dentro de ese marco histórico, examinar el significado del peronismo, con qué tendencias sociales e irreductiblemente antagónico, qué políticas lo condenarán a frustrarse y cuáles sirven al objetivo de realizarnos como destino nacional.

Por no plantearse correctamente todo esto, las burocracias siempre rectifican los aciertos y reinciden en los errores. La indigencia teórica arrastra a los desastres estratégicos.

Lo primero que procuramos demostrar en la brevedad de este informe es que la teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos iniciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas. No les llega como un conjunto de mandamientos dictados desde las alturas, sino por un proceso de su propia conciencia hacia la comprensión del mundo que han de transformar.

John William Cooke – Diciembre de 1964

Capítulo I

Malestar en las bases

Seguros de nuestra propia fuerza y razón, durante la tiranía militar, aun en sus períodos más sombríos, la reconquista del poder nos parecía próxima e inexorable. A nueve años del golpe imperialista (de 1955) ese optimismo ingenuo ha cedido su lugar a otra actitud más realistas y reflexiva, aunque siempre poseída del optimismo.

El origen del descontento no es por lo tanto la violencia del régimen, son las sospechas sobre la aptitud del Movimiento para doblegarlo. Los presos, los torturados, los muertos, las innumerables jornadas de combate, testimonian nuestro coraje ante la adversidad: también despiertan interrogantes sobre si no estaremos malogrando tanto sacrificio.

Hay muchos de nuestros compañeros que relegan esas inquietantes intuiciones, resistiéndose a admitir el deterioro de las viejas certidumbres. Otros se tranquilizan oponiendo la convicción de que, pese a todos los obstáculos, a la larga el pueblo vencerá. Pero este fatalismo optimista no es más que otra forma de autoengaño: nuestros compromisos son con esta época, sin que podamos excusarnos transfiriéndolos a generaciones que actuarán en un impreciso futuro.

La historia no es nítida ni lineal n simple, la Argentina de hoy es un ejemplo de sus complicaciones y ambigüedades. La presencia del peronismo impide que las clases dominantes gocen tranquilamente de sus privilegios usurpados: es por sí misma, la prueba de la decrepitud del régimen, de su ineficacia para resolver los problemas del país (nota: aunque habría que considerar sus formas de prolongación y reciclamiento para mantenerse).

La inquietud prevaleciente responde a la impresión de que nuestros objetivos finales se hallan en una brumosa lejanía que nuestros esfuerzos cotidianos no parecen acortar. Dicho de otra manera: entre los anhelos de tomar el poder y los episodios de nuestra lucha, no se ve la relación de una estrategia que avance hacia los objetivos últimos. Se organiza lo táctico, pero sin integrarlo en una política que, por arduo que sea el camino que señale, presente la revolución como factible, como meta hacia la cual marchamos. No más que eso necesitan las masas, pero no con menos se conformarán.

Lo importante es destacar que allí está el origen de ese temor a no encontrar respuestas revolucionarias a los desafíos contemporáneos.

Las clases gobernantes no pueden ya aspirar a nada más que al mantenimiento del equilibrio, salvo las fluctuaciones secundarias entre fases de máxima tensión y fases de relativa calma social, permanecerán en la situación óptima mientras esta paridad no se rompa. El peronismo, como agrupación mayoritaria, necesita alterarla. Mientras no encuentre la política que lleve a conseguirlo, prorroga la vigencia del régimen y simultáneamente se debilita internamente.

Tiene ante si una opción entre dos líneas de conducta. Puede mantener la actual, confiando en que de alguna manera imprevista llegará al poder y se iniciará así el milenio peronista, concepción burocrática. O puede plantear la cuestión a la inversa: comprender que el futuro del Movimiento no está en acertar una tómbola sino en movilizar al pueblo en una política revolucionaria. La casualidad que nos regale el gobierno y nos garantice el futuro no se dará. Lo que sí podemos hacer es encarar los cambios internos de fondo que nos pongan en condiciones de aspirar al poder.

La crisis del Régimen y la crisis del Movimiento Peronista

Todos coincidían en que la causa originaria de la crisis fe el gobierno peronista. El que las penurias justamente comenzaran con la restauración de 1955 no pasa según ellos de mera casualidad. También es “casualidad” que después de nueve años de una política que es la antítesis de la que habría provocado la crisis, ésta sigue a toda marcha. Pero desde todas las tribunas se nos suministra una explicación que absuelve nuevamente al régimen con irrefutable rigor lógico: lo que impide sacar al país del pantano son las maquinaciones de una formidable asociación ilícita, que integran Perón, Fidel Castro, “los que sueñan con un retorno imposible” y Mao Tse Tung, además de una caterva de agentes del “comunismo internacional” que nadie ha visto nunca, pero que se nos dice que está por todas partes haciendo maldades a full time.

Sobre la caracterización de la crisis hay una amplia variedad de versiones: es crisis moral, o crisis de la cultura, o crisis del desarrollo, o crisis de jerarquías, etc.... Cada uno de sus exponentes toma por epicentro del fenómeno, aquel aspecto que se ofrece a su ángel de la muerte ronda a la Argentina. Ven el fin de sus privilegios como si fuese e fin de la comunidad: confunden el no-ser burgués con el no-ser de la Nación.

Por nuestras virtudes hemos podido agudizar las contradicciones internas de los sectores gobernantes, impedir muchos de sus abusos, evitar la institucionalización del despojo y el semicoloniaje. Por nuestras carencias no hemos logrado impedir que el régimen siga manteniendo intacta la superioridad en fuerza material que le permite subsistir, oscilando entre la dictadura desnuda y la dictadura encubierta tras las formas rituales de la democracia minoritaria. A su propia anarquía e incoherencia hemos opuesto nuestras propias indecisiones, nuestra invertebración teórica y operativa.

El pueblo se niega a aceptar el viejo juego político en que sólo participaba por procuración, y por medio del Movimiento ha hecho imposible el reestablecimiento de ese anacronismo, salvo como aparato desprovisto de todo vestigio de representatividad. No ha logrado en cambio, dotar a esa vocación de poder de una práctica eficaz. La resistencia no es suficiente: sin contraataque no hay victoria.

El Movimiento exige una política en que se conjuguen las ideas, la práctica y la organización revolucionaria, en que la búsqueda de los objetivos finales se armonice y complemente con las variantes tácticas y operativas capaces de dar respuesta a cada coyuntura.

Cada vez que se nos cierran los caminos de la semilegalidad, la burocracia declara la guerra. Pero nada más. Esta que librada a la espontaneidad de sacrificados activistas que oponen una violencia inorgánica, inconexa e insuficiente, al potencial y a la técnica siempre en aumento de los órganos represivos oligárquicos imperialistas. Esta vacancia de conducción dura hasta que viene un nuevo período de soluciones negociadas. Entonces, los que estuvieron en la retaguardia durante el combate, pasan a ser la vanguardia en los trámites de la tregua y capitalizan la abnegación de las bases en la mesa de arena de los acuerdismos.

En el escenario político del país, la diferencia entre los partidos tradicionales y el peronismo es neta, tajante, evidente por si misma. Esto explica que nos proscriban, no pertenecemos al mismo sistema. Pero las estructuras del movimiento no reflejan esa contradicción irresoluble, sino que ésta reaparece internamente. Tenemos por un lado el peronismo rebelde, amenazante para los privilegios, y por otra parte, aparatos de dirección en los que predomina una visión burguesa, reformista, burocrática, en luhar de la visión revolucionaria que corresponde a la realidad objetiva del papel que cumple el peronismo en la vida nacional (nota: en la vida partidaria, el pejotismo liberal ocupó el lugar contra el peronismo revolucionario).

Capítulo II

El orden de la oligarquía liberal

“¿Cuál es la fuerza que impulsa ese progreso? Señores, ¡es el capital inglés!"
-
Bartolomé Mitre

La recolonización de 1955 permitió a la minoría explotadora ocupar económica y políticamente el país, pero no culturalmente. Antes una cosa implicaba a la otra, ahora no.

La fórmula había funcionado durante un siglo a partir de la derrota nacional de Caseros. Allí se liquido el pleito entre las dos corrientes que chocaban desde los días de Mayo: la del puerto de Buenos Aires, cosmopolita, librecambista, vehículo de ideas e intereses que convenían a Europa y trataba de imponer al resto del país; y otra, nacionalista popular, que veía al país en su conjunto y como parte de la unidad latinoamericana. Antimorenistas y morenistas, dictatoriales y americanistas, unitarios y federales, fueron fases de ese enfrentamiento. Una vez que Argentina quedó incorporada como satélite de la primera potencia capitalista de mediados del siglo XIX (Inglaterra) y se unificaba en la política de la oligarquía portuaria los antagonismos se denominaban separatistas bonaerenses y hombres de Paraná: crudos y cocidos, chupandines y pandilleros, liberales y autonomistas, cívicos y radicales.

Desde la Independencia, los intereses foráneos tenían su aliado natural en la burguesía comercial de Buenos Aires, dispuesta a enriquecerse como intermediaria de un comercio sin restricciones en Europa. Su primera víctima fue Mariano Moreno, cuya visión americanista chocó con el centralismo unitario que subordinaba el país a la política bonaerense, a ellos se debe el rechazo de los diputados orientales que llevaban a la Asamblea del año XIII las instrucciones de Artigas sobre la organización confederal. Sólo desacatándose pudo realizar San Martín la campaña de Chile y Perú, pero el pago fue dejarlo abandonado a su propia suerte en suelo peruano, del cual pasó al exilio voluntario y definitivo.

Fue contra los devaneos monárquicos de ese grupo que los gauchos impusieron el principio republicano en el año 20, fue contra la Constitución aristocratizante de su agente conspicuo –Rivadavia- que se alzaron seis años después los caudllos federales. Dignos antecesores de la oligarquía contemporánea, en 1815 sancionaron la Ley de Vagancia para terminar con la protesta de los gauchos hambreados por la política de los exportadores de carne. En la Constituyente de 1826 los rivadavianos proponían una cláusula prohibiendo el voto de los domésticos, soldados de línea, peones, jornaleros, en una palabra, a la chusma que había hecho la Independencia. Dorrego a quien luego harían asesinar por Lavalle ridiculizó los argumentos de esa minoría reaccionaria. La de hoy, aplica al mismo principio proscriptivo aunque no tiene la valentía de sostenerlo com doctrina.

Fue ese unitarismo el que concedió a Inglaterra la franquicia para que sus barcos navegasen nuestros ríos, a cambio del derecho espectral de que los barcos que no teníamos navegasen por el Támesis, el mismo escandaloso unitarismo que dio toda la tierra pública como garantía para contraer el empréstito con Bering Brother’s, el que entregó las minas de Famatina a un consorcio europeo del cual Rivadavia estaba a sueldo, el que creó el Banco de Descuentos dando el control a los comerciantes ingleses.

La época de Rosas fue un compromiso entre Buenos Aires y el interior, unidos en una política defensiva contra el colonialismo anglofrancés y las fuerzas que secundaban sus planes para desintegrarnos. Buenos Aires retiene las ganancias del puerto, pero encabeza la lucha contra el extranjero. La Ley de Aduanas protegía a la industria artesanal, el coraje criollo, la soberanía acechada.

Rosas, caudillo de la conjunción de fuerzas populares que terminó con el unitarismo, era la cabeza de los ganaderos bonaerenses, y formaba con sus amigos y parientes el sector más dinámico de la economía, integrado como industria de tipo capitalista e independiente del sistema comercial de Inglaterra: cría de ganado, saladeros, flota de barcos para transportar los productos a diversos mercados. Cuando esas circunstancias cambiaron, la política proteccionista del Restaurador ya no contóicon el apoyo de los estancieros, que se unieron a la coalición organizada por Inglaterra y dirigida por el imperio esclavista de Brasil.

En 1852 el país necesitaba superar el equilibrio precario del período rosista e integrarse como nación moderna, constituyendo una unidad económica con el territorio nacional como mercado interno único y el puerto de Buenos Aires, puesto al servicio común como base para un desarrollo capitalista autónomo. Ocurrió todo lo contrario.

La burguesía comercial portuaria afirmó su control al haberse constituido también como burguesía terrateniente. Los hombres de la Federación poco pudieron contra sus maquinaciones, especialmente cuando Urquiza hipotecó su caudillaje para salvar sus vacas, y la “barbarie” del interior fue aniquilada para asegurar la hegemonía de esa oligarquía ganadero-comercial.

La Argentina se incorporó al proceso económico mundial, pero como mercado complementario del capitalismo inglés. La manufactura importada terminó de aniquilar nuestras industrias embrionarias. Los ferrocarriles dibujaron una nueva geografía donde el intercambio interregional desaparece, se expande el mercado comprador de artículos ingleses y nacen “las provincias pobres”, las compañías extranjeras, los grandes terratenientes y la burguesía que participaba del negocio importador y exportador, engordan a medida que la riqueza del interior cae en los toboganes que la deposita en los puertos para ser transferida a las islas británicas. Los ríos que el paisanaje había cerrado con cadenas para atajar a las flotas invasoras, pasan a ser vías internacionales por prescripción constitucional: no la prosperidad sino la miseria navegarán por ellos.

Zona marginal del centro capitalista inglés, también debíamos ser dependencia ideológica y política. Es que el imperialismo es tanto un hecho técnico-económico como cultural. El lugar de operaciones aisladas de intrecambio, establece una relación permanente que no se agota en cada transacción, los capitales colocados en la semicolonia deben rendir frutos durante muchos años. Es preciso entonces evitar toda inseguridad en los reintegros y pagos de intereses. Debe procurarse que crezca la economía agraria para que sus productos fluyan a la metrópoli, y que no surjan industrias que desequilibren la “división internacional del trabajo”.

El imperio necesita contar con gobiernos estables, ordenados, buenos pagadores e inmunes al extravío nacionalista. Para eso no hace falta recurrir a la presión directa o a los groseros despliegues de potencia armamentista. La penetración financiera produce el encumbramiento de una oligarquía nativa cuyo destino estaba ligado al del “gran país amigo”.

Las expediciones punitivas de Mitre y Sarmiento ahogaron en hierro y fuego las protestas del pueblo, la cabeza de Chacho Peñalosa, exhibida en la Plaza de Olta, simboliza a la oligarquía mucho mejor que los mármoles y bronces con que ella se ha idealizado.

La dependencia económica aseguró la esclavitud mental. La semicolonia quedó unificada en el culto idolátrico de las ideas –símbolo del liberalismo- y cuanto se le oponía fue sentenciado y ejecutado en trámite sumario.

La lucha política era entre minorías. La montonera había sido una forma de política elemental en la que se participaba directamente. El hombre de nuestro campo tomaba la lanza y arrancaba detrás del caudillo: iba a pelear contra los españoles o al grito de “Federación o Muerte” (que según se ha demostrado, significaba “República o Muerte”) contra los proyectos monárquicos centralistas de la aristocracia porteña o contra el chancho inglés o francés que rondaba nuestras aguas, en último caso para entreverarse en peleas de menor significación.

El enriquecimiento de la región pampeana significó, como contrapartida, el estancamiento del interior. El libre cambio tuvo un primer efecto negativo: la producción artesanal de las provincias interiores no pudo resistir a la afluencia de manufacturas extranjeras.

Durante la época de Rosas no se había contraído empréstitos con el extranjero, pero a medida que la Argentina aumenta sus exportaciones, y por ende su solvencia como deudor, se recurre al crédito externo con tal exageración que el país se va hipotecando hasta límites increíbles. Sarmiento se vale del empréstito para terminar la guerra con el Paraguay y “pacificar” nuestro interior; otros empréstitos se piden para obras que no se construyen, para planes que nunca se inician, a veces sin buscar pretexto plausible. Después se van pidiendo empréstitos para pagar los servicios de empréstitos anteriores. Sólo de 1863 a 1873 los ingleses prestan a la Argentina 15 millones de libras esterlinas.

En estos idílicos tiempos, que tanto añoran los conservadores, el país sufría inmediatamente los efectos de cualquier contracción en los países industrializados. Estos eran periódicamente sacudidos por la crisis que llegaban aquí con violencia multiplicada al reducir la demanda de nuestras exportaciones y simultáneamente el precio que se nos pagaban por ellas. Además, justo cuando nuestro país entraba en crisis, Gran Bretaña drenaba nuestras reservas de oro agravando la situación. Sin embargo, las clases dirigentes ponían todo su empeño en mantener el crédito internacional de la Nación a toda costa. Un presidente diría que “es necesario economizar sobre el hombre y la sed de los argentinos”.

Yrigoyen y sus enemigos

Fue Yrigoyen quien, orientándose como pudo, infligió serias derrotas al aparato que asfixiaba al país. El Yrigoyenismo fue un movimiento de masas que expresaba la tendencia al crecimiento del país, frenado por la alianza de la aristocracia latifundista y el imperio británico.

En el gobierno tuvo entre otros méritos, el de cumplir con su promesa de no enajenar ninguna parte de la riqueza pública ni ceder el domino del Estado sobre ella. En un asunto clave como el ferroviario su acción fue fecunda y demostró una comprensión cabal cuando, al vetar la ley del Congreso que traspasaba las líneas del Estado a una empresa mixta, afirmo en el Mensaje: “el servicio público de la naturaleza del que nos ocupa ha de considerarse principalmente como Instrumento de Gobierno con fines de fomento y progreso para las regiones que sirve”. El apoyo a YPF, la tentativa de crear un Banco del Estado y un Banco Agrícola, la compra de barcos, etc.., son otras tantas pruebas de su orientación nacionalista.

Su política internacional fue digna, altiva, independiente y retomó el sentido latinoamericanista que poseían los hombres de la Independencia y que se perdió a mediados de siglo pasado.

Es bueno insistir sobre el manto de plomo que recubría la cultura del país. Las voces solitarias de aquí y allá querían agregar un aporte renovador, estaban fuera (o se las dejaba rápidamente) de los medios de difusión capaces de amplificarlas hasta influir en la conciencia política nacional. La transición a concepciones políticas más adelantadas y claras que producirse dentro del radicalismo, cosa que no ocurrió. Fuera de él, en las fuerzas organizativas, había un páramo ideológico.

El Partido Conservador, representante de la oligarquía terrateniente, no se resignó a la pérdida del gobierno ocasionada por la aplicación del sufragio libre. Mientras esperaba la hora de recuperar el poder por la violencia, su táctica consistió en unir todas las fuerzas posibles bajo el lema negativo de hacer antirradicalismo (luego, cuando contó con aliados en el propio radicalismo, su bandera sería el “aniitigoyenismo”).

El aliado más consecuente que siempre tuvieron los conservadores fue el Partido Socialista, que no sólo los acompañó en las maniobras concretas contra el radicalismo, sino que también lo haría contra el peronismo.

Buenos Aires, puerto de factoría que servía a la intermediación importadora-exportadora, centro burocrático al que convergían los inmigrantes y los criollos desplazados por el latifundio, era la única realidad que veían –incompleta y erróneamente, además- los socialistas. Por el resto del país sentían el mismo desprecio que los “civilizadores” mitristas y rivadavianos.

La gran mayoría de los explotados estaba en el campo: eran los peones de la estancia, los obrajeros, los hijos de la tierra convertidos en mano de obra miserable.

La Argentina quedaba seccionada en una porción industrial y en otra que no lo era, cuyos respectivos asalariados se incomunicaban entre sí y perseguían objetivos contrapuestos. Era una estrategia que podía deparar algunas mejoras a sectores reducidos del proletariado (creando nuevos motivos de desunión interclasista) pero le vedaba la lucha política para avanzar en conjunto como clase. Los obreros industriales, sin peso en el cuadro global de la economía subdesarrollada, no podían ser factor de transformaciones revolucionarias si actuaban de espaldas al resto de los perjudicados por el sistema oligárquico imperialista. A cambio de la fantasía de buscar una liberación exclusiva, para ellos solos, en medio de la Argentina desangrada, rompían el frente capaz de obtener una liberación real y abdicaban del papel que les correspondía dentro de ese frente como clase revolucionaria.

En suma, no les quedaba más que “el sindicalismo puro”, la lucha economista por mejoras inmediatas, aunque debilitados por renunciar a la solidaridad de los otros grupos de intereses comunes, y votar por los socialistas, con lo que terminarían de suicidarse. Como el Partido Socialista era enemigo de la industrialización, la clase proletaria no crecería, y como también era librecambista y enemigo de lo que llamaba las “industrias artificiales”, cuando éstas desapareciesen, los obreros sin trabajo aumentarían la oferta de mano de obra y bajarían los salarios. Limitándose a una política meramente encaminada a las mejoras salariales en la industria, éstas servirían, por una parte, para aumentar la diferencia entre las remuneraciones de la ciudad y del campo, característica de los países subdesarrollados, al mismo tiempo, servirían de pretexto para el aumento de costos de producción y, sin proteccionismo, las industrias quedarían en peores condiciones ante la competencia extranjera.

Con estas menciones basta para apreciar que si el Partido Socialista nos ha negado siempre hasta “la leche de la clemencia”, no es por oportunismo ni por improvisación, sino por una vocación rectilínea –desde la cuna hasta la tumba-. La oligarquía copiando instituciones liberales y el Dr. Justo remedando enfoques socialistas llegaban siempre a las mismas conclusiones y compartían los mismos prejuicios. Por ejemplo, al peón de cambo y al obrajero que los oligarcas explotaban y denigraban, el Dr. Justo los crucificaba teóricamente negándoles toda capacidad política. Su discípulo, el Dr. Repetto, explica que era imposible hacerles comprender razones “porque se trata de gente muy ignorante, envilecida en una vida casi salvaje”.

Mencionamos las modalidades que los hacen indistinguibles del conservadorismo, destacaremos algo que acredita a los socialistas como caso político único. Es el partido socialista del mundo colonial y semicolonial que nunca fue antiimperialista, ni siquiera doctrinariamente. Más aún: es el único partido socialista del Mundo que ha defendido expresamente al imperialismo. Hasta los más viscosos amarillismos social-demócratas de Europa, beneficiarios y cómplices de la política colonial de sus burguesías, al menos en teoría han condenado al imperialismo. En la Argentina tenemos un fenómenos mundial: un partido socialista proimperialista en la teoría y en la práctica.

Los designios de Estados Unidos de imponer su hegemonía en todo el continente no constituían ningún secreto: sus hombres de Estado lo venían proclamando desde hacía un siglo y había muchos hechos probatorios en exceso, la oposición a los proyectos de Bolívar para la unificación continental, la destrucción de nuestro Puerto Soledad en las Malvinas, el robo a México de más de la mitad de su territorio, las depredaciones en Nicaragua, la incursión naval contra Paraguay, erean algunos ejemplos. Pero cuando la intervención yanqui en Cuba, a principios del siglo XX, Juan B. Justo observó: “Apenas libres del gobierno español, los cubanos riñeron entre sí hasta que ido un general norteamericano a poner y mantener la paz a esos hombres de otras lenguas y otras razas. Dudemos pués de nuestra civilización”. Dudemos más bien de los socialistas cipayos, porque hasta los obrajeros analfabetos del Dr. Repetto saben que cuando los cubanos tenían ganada la guerra de la Independencia, en 1898, los norteamericanos, mediante una provocación, tomaron parte en la contienda y se constituyeron en usufructuarios del sacrificio de los isleños que venían guerreando desde hacía treinta años, firmaron un tratado de paz con España sin dar intervención a los cubanos, y se apoderaron de las Filipinas, Guam, Puerto Rico, etc. En Cuba nombraron un gobernador militar y sólo lo retiraron cuando se les dio la base de Guantánamo (que todavía ocupan) y se les reconoció el derecho de intervenir militarmente. Cada vez que había protestas por el fraude con que se elegía a un presidente amanuense de los yanquis, estos mandaban fuerzas amparados en esa concesión.

Únicamente los socialistas argentinos se les podía ocurrir echarle la culpa a los cubanos de esas intervenciones imperialistas que sufrieron todas las naciones que estaban en el radio geopolítico de Estados Unidos.

Cuando decía “dudemos de nuestra civilización”, se trataba de una ironía justista: quería decir que estaba seguro de nuestra barbarie. Como la civilización y el progreso sólo pueden llegar del extranjero, también aplaudieron la maniobra yanqui que quitó una provincia a Colombia y creó la república artificial de Panamá. Pensaban, como los yanquis, que nuestro continente sería un emporio de civilización si no estuviese poblado por latinoamericanos.

Lenin, explicando la desviación reformista de los movimientos europeos que recibían su cuota del producto colonialista, dijo que “el partido obrero-burgués es inevitable en todos los países imperialistas”, ha mencionado asimismo que “en todos los países en los que existe el modo de producción capitalista hay un socialismo que expresa la ideología de las clases que han de ser sustituidas por la burguesía”. En esta segunda categoría estaría el Partido Socialista de nuestro país sin describirlo totalmente. La Argentina, siempre al día con las modas del Viejo Mundo, quiso darse el lujo de tener un partido obrero-oligárquico-proimperialista, una creación de la fantaciencia política. Desde que se acriollaron los inmigrantes, nunca más consiguieron reclutar a un proletario. Cuando en la Casa del Pueblo ven acercarse a un grupo de obreros, cierran las puertas y piden custodia policial.

En 1930 la situación se tornó mucho peor, los efectos de la crisis se sentían fuertemente y la reacción afilaba sus cuchillos. Como después pudo verse, el curso de la economía en todo el mundo no admitía ninguna salida de la depresión. Había que capearla lo mejor posible. Pero la maquinaria de la oligarquía le permitía exagerar las fallas del gobierno, atribuirle la culpa de procesos que eran inevitables y marcarlo como responsable del descontento popular.

El Partido Socialista, infaltable en las grandes infamias contra el país, dio una batalla parlamentaria contra la ley de nacionalización del petróleo y lo mismo de su desprendimiento, el Partido Socialista Independiente, se sumó al escándalo callejero, arrastrando a los bobalicones de la pequeña buguesía portuaria, que creían que aquellos tribunos municipales eran la última palabra en materia de progresismo y audacia de pensamiento.

Entre otras lindezas, el diario La Nación emitió este juicio sintético: “No se recuerda ninguna época de fanatismo y corrupción como esta”. Y La Prensa: “Nunca antes en la Argentina, un gobierno quiso mostrarse y se mostró más prepotente, omnisciente, ni llegó a dejar mayor constancia de su incapacidad de actuar, respetar y ser respetado. Por su parte el Partido Comunista no aportaba nada al esclarecimiento de las cosas, por el contrario, definió al gobierno de Yrigoyen como “reaccionario” y “fascistizante”.

El clásico frente antipopular, perfectamente sincronizado, sacó a relucir sus grandes palabras y los militares de cabeza hueva hicieron de verdugos.

La Década Infame

“Recién entonces comprendimos qué punto de nuestras oligarquía estaba divorciada de la vida nacional
y pudimos medir la amplitud y la perfección con que dominaba los nudos estratégicos de la vida de relación”

- Scalabrini Ortiz

En la dictadura que sustituyó a Yrigoyen pugnaban dos corrientes de pensamiento. Los amigos más próximos del general Uriburu profesaban un vago nacionalismo fascista, cuyo expositor principal había sido Leopoldo Lugones, por entonces en una de las etapas más reaccionarias de su vida atormentada y contradictoria. Se identificaba a la patria con su aristocracia, frente a la chusma que venía a ser lo espúreo y extranjero. Era la “hora de la espada”. La dictadura clasista y los grupos conservadores planteaban su contradicción de siempre: invocaban las ideas de la democracia liberal pero en los hechos tenían que violar para impedir el retorno del partido derrocado, sobre todo cuando la elección de abril de 1931 demostró que los radicales seguían siendo mayoría.

Después del a guerra 1914-18, la posición de Gran Bretaña como primera potencia financiera había cedido ante los Estados Unidos, que emerge como primer país acreedor del mundo. En la Argentina eso se reflejó en un avance norteamericano, tanto en el monto de sus inversiones como en su participación en nuestro comercio exterior. El país se convirtió en zona de fricción entre ambos imperialismos. Los norteamericanos invertían en algunos sectores de la industria y tenían sus ojos puestos en los yacimientos petrolíferos, buscaban el desarrollo de la vialidad para ampliar el mercado de sus exportaciones: automóviles, petróleo, caucho, etc. Los ingleses defendían el sistema de transportes estructurado en torno a los ferrocarriles y al suministro de carbón. La crisis del año 30, dio transitoriamente el triunfo a los ingleses.

Las inversiones directas norteamericanas habían pasado de 40 millones de dólares en 1913 a 330 millones de dólares en 1929, en 1940 representaban 360 millones: el 14% de las inversiones extranjeras contra el 61% que poseían los ingleses.

Con la primera guerra había terminado el período de auge del sistema capitalista universal. La crisis iniciada en 1929 no fue más que un efecto retardado de ese resquebrajamiento cuyos problemas habían quedado irresueltos. En la Argentina el impacto fue tremendo, como consecuencia de la indefensión que nos creaba el sistema agroexportador. Las condiciones de nuestro progreso –demanda creciente de productos agropecuarios, fertilizad de la zona pampeana, arribo de capitales y de inmigración- provenían de afuera, al margen de una acción consciente impulsada por factores internos. Ese desarrollo espontáneo ya estaba agotado para entonces, pues el aumento de la producción ya no podía hacerse mediante la incorporación de nuevas tierras aptas para el proceso productivo. La crisis trajo un estancamiento en la demanda mundial de nuestras carnes y cereales, y el valor de las exportaciones argentinas se redujo, de golpe, en un 50%.

Los países industrializados abandonaron los métodos del liberalismo y establecieron una serie de medidas para contrarrestar los efectos de la depresión. Simultáneamente, se invirtió la corriente mundial de capitales: en lugar de afluir a los países dedicados a la producción primaria, retiraron gran parte de las inversiones y cesaron sus préstamos. Para hacer frente a los déficit de sus cuentas internacionales, los países como Argentina no tenían otro recurso que apelar a sus reservas de oro y divisas y, cuando éstas se agotaron, a diversas medidas de regulación económica.

La conferencia de Ottawa, en que Gran Bretaña había establecido sus dominios un sistema de “preferencias” que cerraba las puertas a la penetración comercial americana, puso a nuestra oligarquía en el trance de perder el mercado británico de carnes. Empavorecida mandó una delegación a Londres, encabezada por el vicepresidente de la República, que firma el pacto Roca-Runciman y somete a nuestra economía a dictados ingleses. Gran Bretaña no se comprometía a nada importante. En cambio se le otorgaba el control de nuestro mercado de carnes y distribuir el 85% de su exportación, asegurándose además que el transporte se realizase en sus buques.

La clase dirigente entregó al extranjero todo cuanto éste exigió, desde el manejo de la moneda y el crédito hasta el monopolio de los transportes. El principal instrumento de dominación fue el Banco Central, cuya ley preparo Otto Niemeyer, vicepresidente del Banco de Inglaterra, y fue adoptada y puesta en ejecución por los doctores Pinedo y Prebisch. La misión nombrada por Justo para proyectar las reformas financieras del país era, con leves modificaciones, la misma que antes había nombrado el gobierno de Uriburu. La componían Alberto Hueyo, E. Uriburu, Federico Pinedo, Raúl Prebisch, R. Berger, R. Kilcher, L. Lewin, y Robert W. Roberts, representantes de la banca Baring Brothers, Morgan y Leng, Roberts y Cía., que eran acreedores del gobierno. Extranjeros eran los ferrocarriles, los teléfonos, el gas, los frigoríficos trustificados que controlaban la exportación de carnes, las empresas de comercialización de las cosechas, los tranvías, ómnibus y subterráneos.

Para dar una ídea del aniyrigoyenismo, Alvear había festejado la caída de Yrigoyen.

Los socialistas aprovecharon los años de abstención radical para conquistar una numerosa bancada parlamentaria, luego reducida a representaciones de la Capital Federal. Ostanteron el mérito de no complicarse en ninguno de los escandalosos negociados de la época, pero silenciaron el escándalo total de nuestro encadenamiento a Gran Bretaña y de los avances del imperialismo yanqui. Al fijar posición en el debate parlamentario sobre el pacto Roca-Runciman, el diputado Nicolás Repetto aclaró: “Desde luego, nuestro voto no implicará un reproche a la gestión diplomática realizada en Londres por el doctor Julio A. Roca. Manifestamos y lo hemos hecho públicamente, nuestra adhesión por la forma tan discreta, por la perseverancia realmente ejemplar y por la alta dignidad que nuestra representación ha sabido mantener en todo momento en el ejercicio de su elevado mandato”.

Su oposición se limitó a lo episódico y marginal, sin calar en ninguno de los temas fundamentales que afligían a la Nación. Eran la oposición ideal para el régimen: moderada, enemiga del desorden, cultora de todos los mitos proimperialistas. Su minúscula astucia de jacobinos parroquiales consistía en equiparar a radicales y conservadores en salvaguardia del orden cuando se temía que los radicales intentasen perturbarlo.

Los radicales siempre reprocharon a los socialistas el haberse aprovechado de su abstención para obtener representaciones y legalizar el fraude de los conservadores. En defensa de esa actitud, Repetto dijo hace nos años cosas muy graciosas: relata que, vetada la candidatura Alvear-Güemes en 1931, Lisandro de la Torre vacilaba en presentarse como candidato de la fórmula con el propio Repetto, pero éste en vano aventó sus escrúpulos, y termina diciendo: “Los hechos ocurrieron en la forma supuesta por mí, y en la elección presidencial siguiente, los radicales triunfaron con su candidato, el Dr. Roberto Ortiz” (La Razón 24/10/61). No menciona que Ortiz fue electo por los conservadores y radicales antipersonalistas mediante un fraude cometido contra el candidato de la UCR, Alvear. Con el criterio de Repetto, en la elección de 1931 no hubo proscripción radical, puesto que el general Agustín P. Justo era también radical antipersonalista (Ortiz fue uno de sus ministros).

Desde luego, ahora los radicales prefieren no hablar de esos episodios, desde que hace años son ellos los que usufructúan la proscripción del partido mayoritario (nota: el peronismo había sido proscrito desde 1955) y eso les ha convertido en gobierno. Cuando aluden al tema se enredan en explicaciones más retorcidas aún que las habituales. Uno de los que ha abordado intrépidamente es el Dr. Ricardo Balbín, y como era de esperar, desapareció toda confusión. Su diáfana oratoria dejó establecido que las situaciones no eran idénticas. “Los radicales mantuvieron su entereza moral en la abstención, sin prestarse con sus votos a pactos ni a la confusión de la República. Los proscritos deben tener espíritu demócrata y no ser aventureros del poder” (La Razón, 06/08/61).

Capítulo III

La brisa de la historia

La política de neutralidad del gobierno militar rompía la unidad continental que Estados Unidos buscaba para su política de guerra (Segunda Guerra Mundial). El Departamento de Estado apeló a todos los recursos para forzarlo a cambiar de línea o provocar su derrocamiento: retiro de los embajadores latinoamericanos, inglés y norteamericano, congelamiento de nuestras reservas de oro en Estados Unidos, prohibición a sus barcos de tocar puertos argentinos, restricción de sus exportaciones con destino a nuestro país, etc. Recién en 1945, cuando la suerte del conflicto mundial estaba decidida, la Argentina rompió relaciones con el Eje, pero sin unirse al rebaño de las restantes repúblicas americanas conducidas por los yanquis.

Los partidos, la prensa y los intelectuales, movidos por el imperialismo, apoyaban al empajador yanqui Spruille Braden, quien actuaba públicamente en la vida política argentina, fogoneando la renuncia y detención de Perón.

Pero los trabajadores ya no consintieron esa nueva vergüenza: todo el país quedó paralizado por una huelga general y las multitudes marchan hacia Plaza de Mayo donde exigen la libertad de Perón y su vuelta al poder.

Scalabrini Ortiz ha dejado una inolvidable descripción de esas jornadas. De ahí extraemos algunos párrafos que captan su vivencia: “Un pujante palpitar sacudía la entrada de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en un mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el peón. Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la nación que asomaba, aglutinados por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón.

El milagro aritmético

La oligarquía había temblado ante la invasión de los descamisados. Las explicaciones autotranquilizadoras le devolvieron la calma que se transformó en euforia cuando, de inmediato, el gobierno convocó a elecciones para cuatro meses más tarde: allí obtendría el triunfo que se le acababa de escapar de las manos y castigaría la escoria responsable del fracaso.

El Régimen al que había referido Yrigoyen se había reconstituido, esta vez el radicalismo como participante principal. El acercamiento de los partidos respondió, como hemos visto, a una serie de motivos: el belicismo los llevó a desarrollar actividades conjuntas, y desde junio de 1943 habían desaparecido las causas del antagonismo –fraude, lucha por el gobierno- y todo contribuía a unirlos, incluso la desgracia común. Ante la ola desconocida que traía un candidato “de afuera”, no perteneciente al selecto club democrático-representativo, se constituyó la Unión Democrática.

Mirada desde el ángulo tradicional, la Unión Democrática era una aplanadora: estaban todos los partidos que tenía el país, es decir, todos los votos. Los analistas procedían con criterio realista y admitían que de ese inmenso montón de sufragios había que descontar unos puñaditos de gente votaría al candidato “imposible” algunos obreros sin conciencia que se habían dejado engañar por el demagogo, los sectorcitos que seguirían a los radicales de la Junta Renovadora, los totalitarios, claro está, y por fin ciertos elementos de la población, como ser vagos, ladronzuelos, punguistas, borrachos, malevos.... En suma, una ínfima minoría de estúpidos y antisociales, y por consiguiente, lo único que tenía interés era el escrutinio de las listas de diputados para ver como estaría compuesto el Parlamento que acompañaría al gobierno de Tamborín-Mosca.

Para mayor garantía, el imperialismo yanqui no dejaba de ayudar a sus amigos. Poco antes, la Junta de Exiliados Políticos Argentinos se había dirigido a las Naciones Unidas pidiendo la solidaridad del continente contra nuestro gobierno, en un documento que llevaba la firma de los partidos Socialistas, Demócrata Progresista, Radical, Demócrata Nacional (conservador) y Comunista. Braden había dejado la embajada, ascendido al cargo de Subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos y desde allí trataba de obtener el asentimiento para los que desde aquí pedían “la intervención militar en la Argentina”. En noviembre de 1945, el canciller uruguayo, Rodríguez Larreta, le da estado diplomático a la tesis y emite la Doctrina de Intervención Multilateral, propiciando la intervención colectiva del hemisferio para restablecer la democracia en nuestro país, recibiendo la respuesta que merecía de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores.

Faltando pocos días para las elecciones, el Departamento de Estado norteamericano publicó el Libro Azul, donde se repetían las habituales acusaciones y se daban “pruebas” de que Perón y sus colaboradores eran agentes nazis, nuestro gobierno las desmintió con el Libro Azul y Blanco, haciendo enérgicas consideraciones sobre la intromisión norteamericana en los asuntos internos de la Argentina.

No hay necesidad de explicar como fue que perdieron todos los partidos, con toda la prensa y el dinero, con las omnipotentes embajadas de las democracias victoriosas, con los estudiantes, profesionales e intelectuales, con los caudillos grandes y chicos de todo el país.

Ese golpe fue cruel para todos ellos. Muy especialmente para el radicalismo, que de ser una inmensa mayoría, se encontró ante la sorpresa de que no podía ganar ni con el aporte de todos los partidos juntos. Sus frases seguían siendo las mismas, los propósitos que venían enunciando no habían cambiado, ni tampoco la comunicación inmaterial con las masas de Alem, Yrigoyen y Alvear. Sin embargo ese pueblo que durante trece años de fraude había querido votarlos, ahora que tenían la oportunidad de hacerlo en comicios libres, les volvía la espalda para seguir a un recién llegado.

Ellos se veían a sí mismos de una manera: la imagen era falsa y el pueblo los contemplaba tal eran.

La UCR, como todo partido “serio”, excluyó de su léxico la palabra “imperialismo” justo cuando el hombre de la calle estaba adquiriendo conciencia de su peligrosidad.

El caso que venimos analizando deja una primera lección: no hay que encerrarse en cuevas ideológicas porque afuera pueden estar sucediendo cosas importantes y uno enterarse demasiado tarde o no enterarse nunca.

El Partido Comunista, que se autotitulaba “vanguardia del proletariado”, se desempeñó como vanguardia de la oligarquía. De lo que se han valido los antiliberales reaccionarios para desacreditar al marxismo que parecería conducir sistemáticamente a las mismas posiciones que el liberalismo. Lo cual es falso. Primero, porque el marxismo no es una doctrina que de respuesta automáticamente a cada situación, es un método para conocer la realidad social y guiar las actividades tendientes a cambiarla, según como se lo utilice se llegará o no a interpretaciones y a líneas de acción concretas. Y segundo, porque lo que ha caracterizado siempre al PC Argentino es, precisamente, el no aplicar la teoría que invocan.

Tienen una concepción del país que proviene, en parte, de asimilarlo a modelos históricos que no se adecuan a nuestro casi y, en parte, de la mitología mitrista. Y una política consistente en adaptarse mecánicamente a la política de la URSS. El marxismo sirve para justificar literalmente esa suma de irrealidades.

Así, de la táctica de los “frentes populares” cuando se firmó en 1939 el pacto ruso-germano, a defender la neutrailidad y denunciar como sirvientes del imperialismo a los que intentaban meternos en la guerra. Pero cuando la URSS fue arrastrada a la contienda de los “imperialismos” pasaron a ser “democracias”, los neutralistas fueron declarados “nazis” y los cipayos pasaron a ser la esperanza de la Patria, no abandonaron el frentismo, que es su técnica permanente, pero ya no se buscó el “frente nacional antiguerrero” sino otro para incorporar a nuestro país en el frente único de los pueblos en guerra con el “nazifascismo”.

Era un nazifascismo tan raro que había levantado la intervención de las universidades, dado legalidad al Partido Comunista después de 15 años de proscripción, permitía la libertad de prensa más desenfrenada, y celebró las elecciones más limpias de toda nuestra historia, como lo reconocieron los partidos opositores.

Ningún integrante de la Unión Democrática creyó que pudiera triunfar el coronel Perón. El 17 de octubre había sido un misterio “policial”: el 23 de febrero (elecciones) fue un misterio aritmético.

Algunos dijeron después, para prestigiarse como zahoríes, que se la vieron venir: no es cierto, eso estaba fuera de toda lógica que ellos pudieran desarrollar. Por lo general, hasta el día de hoy siguen sin enterarse de lo que pasó. En el subconsciente les baila la hipótesis de que cosa de magia negra.

1945-1965: Citación nacional y actuación revolucionaria de las masas

En el año 1945, los bárbaros invadieron el reducto de la democracia para esquistos, distorsionaron todas las relaciones sociales, desmontaron los cómodos engranajes del comercio ultramarino y para colmo, se mofaron de las estatuas y cenotafios con que la oligarquía gusta perpetuarse en el mármol y en el bronce.

El 17 de octubre era algo tan nuevo, que rápidamente lo redujeron a su verdadero valor: era una especie de congregación de papanatas, delincuentes o como decían los cultos de la izquierda oficial, lumpen proletariado, arriados por la policía en una especie de carnaval siniestro. Lógicamente el 24 de febrero, cuando se reunieron todos los partidos políticos, los que tenían todos los votos, el candidato imposible como llamaban a Perón, no tenía otra perspectiva que la de conseguir algunos votos de esos elementos marginados.

La verdad es que los dueños de todos los votos perdieron, en lugar de unos pocos sufragios de la canallas, la canlla sacó más sufragios que todos los partidos juntos desde la izquierda a la derecha.

Inmediatamente los teóricos buscaron explicación y lo plantearon como un episodio de la lucha de nazis y antinazis dentro de su característica habitual de trasladar a escala nacional los problemas universales. Pero por detrás de todas esas explicaciones, en el fondo del subconsciente les baila la hipótesis de que había sido cuestión de magia negra.

Pero en todo esto había algo más que mala fe, había la incapacidad de la clase dirigente argentina para comprender un fenómeno que no cabía dentro de las formas conceptuales del liberalismo tradicional

Ese ostracismo de las clases dirigentes debió haber sido definitivo. Solamente duró 10 años, y sobre el perjurio de algunas espadas se restableció el régimen y resolvió aplicar sus tesis. Los juristas de almas heladas inventaban decretos de desnazificación y crearon maravillas de la juricidad como el 4161 famoso, mientras los intelectuales inventaban teorías que iban, desde la tesis de que constituíamos una acumulación multitudinaria de abribocas encandilados por métodos de propaganda totalitaria hasta la distinción sociológica entre masa y pueblo, la masa como algo informe, innoble, indiferenciada; y el pueblo, para decir una palabra, constituido por gente que votaba al radicalismo, a los conservadores o a los socialistas. Hasta monseñor Plaza, el conocido clérigo financista del Banco Popular, anunció que la epidemia de poliomelitis que padecían los niños argentinos era el castigo de Dios por el extravía del peronismo.

Nosotros dijimos: soberanía política, independencia económica y justicia social. Pero si para esos objetivos aplicamos métodos que eran adecuados a una realidad de hace 20 años, la inoperancia de los métodos desvirtúa y desmiente la fidelidad a los objetivos. Esa manera burocrática de conseguir las cosas, no es ortodoxia peronista, es apenas oficialismo peronista. Una teoría política que refiere a una realidad debe cambiar con esa realidad. Le reprochábamos casualmente a la ideología liberal que las ideas eran universales y tanto valían para EEUU, África o Francia, y que tanto valían en la época ascendente de la burguesía como en la época de la expansión imperialista sobre las zonas subdesarrolladas de la tierra y lo que nosotros negamos en 1945, lo que negamos de toda esa superestructura ideológica implantada sobre una triste realidad del país, así como negamos los mitos de la historiografía mitrista y a los presupuestos de la Constitución de 1853, de la misma manera, para ser fieles con esa negativa y toda Revolución, debe ser primero rechazo si después quiere ser afirmación, fieles a esa negativa debemos también cuestionar dentro de nuestro bagaje ideológico todo aquello ya perimido por el tiempo, por los hechos y por el fluir de la historia nacional e internacional.

Moreno, Dorrego o Rosas... han merecido nuestra admiración y nos sentimos identificados con ellos en cuanto a defensores de la soberanía, en cuanto a actores de la lucha independentista, a nadie se le ocurriría, sin embargo, ir a repetir el plan de ninguno de ellos, pero en ese tiempo histórico presente de las revoluciones de los pueblos y los levantamientos de los continentes, tanto da estar atrasados 20 años como estarlo 100 o 140.

Nosotros postulamos la defensa y la continuidad de la tradición, el pensamiento conservador es partidario del tradicionalismo, es decir, de la fijación de categorías que alguna vez fueron, la época de la montonera no era para ellos la dinámica de las luchas de las masas argentinas en sus etapas de ascenso, sino que es el reflejo, la época de oro para una utópica restauración del fijismo de la estancia rosista.

Por eso, en el año 45, a pesar de la crítica que hizo el nacionalismo de derecha al régimen liberal y la historiografía mitrista, pronto nuestros caminos nos separaron, porque donde ellos todavía soñaban con la vuelta a la tierra, y se veían caudillos de gauchos sometidos a la elite de la aristocracia de la que formaban parte, nosotros veíamos el gaucho de carne y hueso transformado en cabecita negra, obrero y que buscaba conducción sindical, orientación para sus luchas, conquistas políticas, líderes de las masas.

Hay miles y miles de hombres que sólo conocieron la derrota, pero lo que no conocieron fue el deshonor.

En el año 1945 Perón planteó perfectamente el problema nacional, acá hay una frase clave y que él de una manera o de otra la ha repetido siempre: “Cien años de explotación interna e internacional han creado un fuerte sentimiento libertario en el espíritu de las masas populares”.

La izquierda inclusive no la entendió. Posiblemente si Perón en vez de decir frase tan sencilla hubiese dicho: La dialéctica de la lucha de clases internas, en relación con la liberación de los pueblos semicoloniales en la época de la expansión financiera del imperialismo, se conjuga en una unidad dialéctica dentro de las coordenadas de la economía y de la historia mundial. Si lo hubiese dicho así, de esa forma, la izquierda tal vez lo hubiese reconocido como un hombre genial.

La lucha de clases estaba agudizada pero el régimen peronista seguía planteando el problema del país, como si todavía existiese el frente policlasista antiimperialista del año 1945, con Perón como Gral en Jefe, y ese frente ya estaba desintegrado. La parte marginal de ciertos sectores de la burguesía media y alta se fueron retirando rápidamente, de la pequeña burguesía, algunos movilizados por el problema religioso, otros por diversos factores coyunturales, expuestos como están a los factores propagandísticos de la burguesía, rápidamente abandonaron este frente popular, y entonces, así se explica no solamente la caída del peronismo, sino la forma en que cayó, porque la única fuerza real con que contaba el peronismo a esa altura de los acontecimientos era la clase obrera.

No es insólito que esto ocurra, lo insólito es que si bien el general Lucero es lógico que creyera en la palabra de honor de sus camaradas, qué diablos tenía que depender de la fuerza de la clase trabajadora de la palabra de honor de ningún militar, si la única fuerza real con que contaba eran sus propios puño y su propia fuerza. Y aunque el peronismo no era un régimen del proletariado, tampoco era la dictadura de la burguesía.

Sin embargo había donde pudo haberse planteado todo eso, eso era el partido, pero lo que ocurre es que también el partido y la administración y gran parte del sindicalismo sufrieron un proceso de burocratización, y ahí donde debía haber sido el campo de desarrollo ideológico se transformó en una esclerotizada estructura burocrática donde cualquier recomendado por el mismo podía ir de gerente de una empresa, como interventor del partido. Se identificaron las tareas administrativas con las tareas políticas y lógicamente en estos casos se produce una cierta degeneración: cualquier burócrata firma un decreto y cree que ha contribuido a la grandeza de la nación, dice tres palabras de obsecuentes y cree que es artífice del triunfo peronista, murmura una arenga patriótica y cree que la República le está en deuda. El mal proceso de selección determinó que ante esa coyuntura a que me estoy refiriendo, el salto cualitativo no podía ser tomado como medida técnica, debía haber sido tomado desde el punto de vista de la media política.

Se produce por consecuencia un enfrentamiento con una tremenda coalición interna e internacional, en la que el peronismo actuaba como si contase, como en el caso de un general que creyese que tiene determinadas divisiones que están en el campo adversario y no en el campo de él, y todos los lamentos póstumos sobre las milicias obreras, para mí son simples especulaciones fantasiosas. Porque no se puede armar la clase trabajadora para que defiende a su régimen y al otro día decirle: Bueno m’hijo, devuelva las armas y vaya a producir plusvalía para el patrón.

La milicia obrera y la defensa del régimen implicaba los cambios sociales, cuando se quiso formar ya era tarde, porque el régimen se vio entre la contradicción de que el paso de su respaldo militar a un respaldo compartido por la clase obrera armada, hubiese significado perder ese aparato militar, y en ese desajuste hubiese caído irreversiblemente.

El régimen fue vendido el 16 de julio, porque casualmente Perón proclamó que era el presidente de todos los argentinos, en ese momento no era más el presidente de la clase obrera, nadie más lo reconocía. Entonces, siguió pidiendo la pacificación como la había pedido en el ’52, creyendo que le acababan de dar el último golpe a la contrarrevolucionario, y lo que acababan de dar el primero, un golpe prematuro de una coalición de fuerzas que seguía inconmovible.

(...) Se podría seguir todo el tiempo con esta clase de cosas. El senador Fassi dice que la URSS es fascista y que el régimen de Fidel Castro es imperialista, y podría acumular así disparates constantemente.

Es un problema mucho más serio, eso no depende de Illia ni de Onganía ni de nadie. Depende de determinadas estructuras que no pueden permitir el acceso del peronismo, y que cuando lo permitan será porque el peronismo no será la expresión política de los trabajadores.

Todo lo demás pertenece al mundo de la magia, al mundo del milagrerismo, en el fondo se reduce a lo siguiente: Que se arme un bochinche y pase no se sabe qué y como consecuencia de eso aparezcamos no sé como en el gobierno sin darse cuenta de que el hecho que yo diga que el régimen está en crisis, en descomposición, no significa que el régimen cae, porque sólo no va a caer, hay que voltearlo, porque una situación histórica así puede durar cualquier cantidad de años.

Cualquiera que hayan sido los factores que hayan intervenido, que en todas partes no fueron lo mimo, el hecho concreto es que en el momento, para lo que yo llamo una alta conducción burocrática, plantearse el problema de su mito, lo que había que plantear llenándolo de su verdadero significado y no como hacen con Perón, que es como Sócrates, que le dan la interpretación que quieren, entonces todos proclaman una adhesión abstracta que parece que es la más obsecuente y el máximo de fidelidad y la verdad es que es la mayor falta de respeto.

En el fondo todo radica en lo mismo, como en el año 1945 el pueblo y las fuerzas armadas marcharon juntos en una etapa de la historia, una vez que se despejen los malentendidos que siembran los malvados, nos volveremos a juntar -¡nunca más nos volveremos a juntar!- En primer lugar porque en 1945 eso de pueblo y ejército fue una verdad a medias. Al fin y al cabo el 9 de octubre a Perón lo echó el Ejército. Lo que pasa es que como en aquel entonces el balance, el equilibrio de fuerzas internas de las FFAA era muy parejo, la irrupción del movimiento de masas fue suficiente para volcar de nuevo la balanza a favor de Perón. Pero ese ejército ya lo perdimos. Porque ese nos acompañaba en el industrialismo, en la lucha antiimperialista, en una serie de cosas, pero no en el contenido social ni en el avance social que representaba, no el la subversión de las jerarquías. Por eso que mientras unos se levantaron contra el peronismo en septiembre, otros pelearon con bastante desgano y esto corresponde sí a un estado de espíritu, a un estado de conciencia, pero siquiera esos estaban formados en un cierto repertorio mínimo de ideas nacionalistas.

Por otra parte, cuando nos disolvamos como peronistas, si es que nos disolvemos como peronismo, es porque otra fuerza representará el papel revolucionario que representa en este momento al peronismo.

La revolución social entonces no es un orden ideal fijado porque nosotros lo consideramos que es el que preferimos con respecto a otro, es una necesidad técnica, como necesidad económica y como necesidad del país para realizarse como integridad nacional, es una tarea nacional postergada, exige ese pre-requisito de la revolución social, así que cuando nosotros decimos el régimen burgués no da más, estamos diciendo no una preferencia, porque aunque el régimen burgués fuera capaz de desarrollarse yo igual estaría en contra, pero al mismo tiempo eso no quitaría que pudiese el país recorrer etapas dentro de él, pero ahora lo que yo opine o no opine no tiene importancia, lo que tiene importancia es si los análisis son correctos y si los análisis tal como yo los he planteado son exactos, entonces hay que replantearse una nueva visión del país, una correspondencia entre las luchas del pueblo que son sacrificadas, que son abnegadas y que ya vienen desde hace 10 años, y una estrategia de poder. A nadie se le pide que nos ponga en el poder mañana ni pasado.

Se les pide que nos encaminemos al poder, que no nos encaminemos a la disgregación, que no nos encaminemos a la esterilidad histórica. Lógicamente como yo hago estas críticas, comprendo que puedan hacer otras, pero siempre desde la lucha. La primera condición para criticar el combate, es estar en el combate.

Estamos en un equilibrio: el régimen que no tiene fuerza para institucionalizarse pero sí para mantenerse mientras el peronismo y la masa popular y otras fuerzas tiene suficiente potencia para no dejarse institucionalizar, pero no para cambiarlo. ¿Quién tiene que romper ese equilibrio? Nosotros; a la burguesía con durar le basta.


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http://www.marxists.org/espanol/cooke/apuntes.htm