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domingo, 10 de mayo de 2020

ANTICOMUNISMO BIZARRO, por Artemio López (para “Perfil” del 08-05-20)




8 de mayo, 2020

El fracaso rotundo de la bizarra marcha “contra el comunismo”, convocada por la coalición Cambiemos en general y el PRO en particular, muestra fehacientemente la pérdida del sentido de realidad de la conducción de la fuerza de derecha conservadora.
El trípode “desnorteado” conformado por Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto no logra hacer pie en una coyuntura dominada por los aciertos de Alberto Fernández en materia de estrategia contra la pandemia, estrategia que hoy lo empina en la opinión pública con más de 65% de imagen positiva.

Junto al trípode conservador, el fracaso y la desorientación incluye a los medios opositores y sus principales referentes periodísticos y “opinators” varios, que ya no interpelan con éxito a sus interlocutores comunitarios, o al menos no lo hacen con la misma eficacia de apenas tres años atrás.
Cierran el círculo de derrotados tras el fracaso de la cruzada anticomunista los sectores del poder económico, en particular grandes exportadores, sector financiero y principales formadores de precios domésticos, que no paran de sabotear abiertamente las medidas de política económica desplegadas por el gobierno nacional.
En sentido contrario, el gobierno nacional avanzó en la perspectiva de profundizar un modelo opuesto frontalmente al desarrollado por el neoliberalismo durante la gestión de Mauricio Macri.
Intransigencia con el tema deuda a pesar de las presiones de bonistas locales e internacionales, decisiones estratégicas en organismos claves para la salida futura de los efectos de la pandemia, como la designación de Fernanda Raverta en Anses y un sinnúmero de medidas de transferencia de ingresos con distinta eficacia sobre hogares y sectores económicos golpeados especialmente por la crisis.
Como puntos débiles de la gestión nacional, al menos dos parecen observarse y están implicados. Por el lado de los egresos familiares, el descontrol de precios, en especial de alimentos, no parece tener fin, y la caída de ingresos familiares sigue marcando el acontecer cotidiano de los argentinos.
Al respecto, el recorte del 25% de salarios acordados entre la Unión Industrial Argentina y un sector de la Confederación General del Trabajo con el visto bueno del gobierno nacional, el mayor desde la recuperación democrática, parece destinado a profundizar la crisis económica por caída de consumo y, peor aún, desautorizar la valiosa palabra pública del Presidente, construida hasta hoy muy eficazmente.
En efecto, Alberto Fernández prometió que no habría recortes salariales en su gestión, y ya los hay en una magnitud récord desde la recuperación democrática.

A pesar de que prohibió los despidos en este tramo signado por la lucha contra el virus, ya hay despidos, no solo los de Techint, y, aún más grave, el enorme recorte salarial pactado por la UIA, la CGT y el Gobierno tiene como fundamento evitar los despidos que paradojalmente fueron prohibidos por el Presidente.
Estas graves circunstancias dañan la credibilidad de la palabra presidencial, sin duda el valor más preciado que construyó la actual gestión desde que asumiera la presidencia Alberto Fernández, tras cuatro años de devaluación absoluta de la palabra pública en los que Mauricio Macri afirmaba que hoy era sábado y todos pedíamos un almanaque.
Un traspié del gobierno nacional, y en particular del Presidente de la Nación, quien, como señalamos en la columna anterior, sabe bien, por ser testigo privilegiado de época, que la primera y gran tarea que acometió Néstor Kirchner en 2003 –tras la megacrisis de 2001 y el “que se vayan todos”– fue reconstruir la palabra y la autoridad presidencial, sin la cual nada es posible en la gestión, y menos enfrentar una crisis de la magnitud que enfrentamos y la que sobrevendrá a la pandemia.
Y la clave para sostener la autoridad presidencial que ha construido ejemplarmente no es satisfacer las demandas corporativas de los grupos de poder, incluidos los gremios que se hacen cómplices de las demandas patronales, sino mantener sólida su relación con la opinión pública, que en una mayoría notable hoy lo acompaña en su tarea.

*Artemio López es Director de Consultora Equis.


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sábado, 15 de junio de 2019

AAA, por Luis Bruschtein (para "Página 12" del 15-06-19)



Por Luis Bruschtein

Entre tanta encuesta, lista corta y sábana, más vuelta y segunda vuelta, se metió la nota que desafina, o no tanto, que es la historia que recuerda que sin ella no hay democracia y entonces las Abuelas anunciaron que encontraron al nieto número 130. Sucedió al mismo tiempo que se lanzaron las candidaturas. No hay doble intención al cronicarlos juntos en una nota política. Porque así pasó y no es casual, es la realidad del proceso democrático que construye este país. Se podría pensar que se trata de oponerlos: por un lado el juego político y por el otro, los derechos humanos. Pero en realidad, no solamente no se oponen, sino que se completan.

Y no porque la restitución de identidad a un nieto apropiado durante la dictadura forme parte de la campaña de ningún partido, sino porque todo el universo de esta transición democrática ha sido atravesado por los derechos humanos. No todos están de acuerdo. Aunque la gran mayoría los ha incorporado a conciencia, también están los que simpatizan con los represores.

Gran parte de los funcionarios que integran este gobierno piensa así y no lo oculta. Pero a pesar del desfinanciamiento institucional a los centros de memoria, a pesar de los intentos de poner en libertad a los genocidas, de la guerra mediática de baja intensidad contra los organismos, y del discurso de mano dura, no han podido desviar la centralidad que tienen los derechos humanos en la vida democrática argentina.

Estos treinta y cinco años de democracia que comenzaron con la salida de la dictadura, con sus idas y vueltas, con sus golpes de mercado y su periodismo de guerra, con fake-news y guerra jurídica o lawfare, a pesar de toda esa carga antidemocrática y autoritaria, nostálgica del viejo palo de las dictaduras, el ciudadano común se conmueve con la lucha de las Abuelas y siente gratitud y afecto por las Madres de Plaza de Mayo.

Y cada vez que las quieren ensuciar terminan por ensuciarse ellos. Muchos de los funcionarios de este gobierno hubieran querido lograr la libertad de los represores y su reivindicación. Tienen el poder, lo intentaron con los viejos discursos de los amigos de la dictadura sobre “dejar atrás el pasado”, la “reconciliación” con los asesinos y le agregaron su nueva herramienta con campañas de difamación de los organismos y de los familiares de las víctimas. Pero no pudieron.

Por eso no desentona en este marco que las Abuelas presentaran con alegría al nuevo nieto que recuperó su identidad. Y tampoco desentona que el nuevo candidato del oficialismo, el senador todo terreno Miguel Angel Pichetto haya estrenado en campaña un discurso que fue utilizado en los 70 para masacrar a la juventud.

Las bandas de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, se basaron en ese discurso para comenzar una masacre que se continuaría en un baño de sangre durante la dictadura. La Triple A, Alianza Anticomunista Argentina, consideraba que la sola acusación de comunista contra un militante peronista, bastaba para que fuera secuestrado y acribillado a tiros. A veces los cuerpos eran destrozados con explosivos en barrios populares, como sucedió en Lomas de Zamora con varios vecinos.

Pichetto, que se acaba de alejar del peronismo, se da el lujo desde el macrismo de denunciar que fue todo el peronismo, y no él, quien ha descarriado. Y su primer aporte para la campaña de la gobernadora María Eugenia Vidal ha sido acusar, como antes lo hacía la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), de comunista al candidato del peronismo, Axel Kicillof.

Por la experiencia histórica de los argentinos, las acusaciones de Pichetto lo asimilan junto a la banda de criminales que se anticipó a la dictadura de Jorge Rafael Videla. Muchos de los integrantes de la Triple A, después pasaron a formar parte de los grupos de tareas que de­sataron el terrorismo de Estado en la Argentina en consonancia con los dictados de Washington en aquella época.

Acusar de comunista a un adversario político es una figura que recuerda también a los viejos macartistas de los Estados Unidos, a los fascistas italianos y españoles y a los nazis. Está incrustado en la historia reciente de la humanidad como uno de los rincones más oscuros y siniestros de la política.

Si fue un mal paso o algo pensado porque se supone que eso tendría efecto en algún sector del peronismo, es secundario. Pichetto irrumpe en la campaña bonaerense con el uniforme de los intolerantes y los extremistas, el discurso de barricada de las bandas violentas, algo que los argentinos han tratado de superar.

El senador se ha ganado una falsa imagen de dialoguista y negociador, simplemente porque siempre estuvo de acuerdo con quien tuviera el poder. Pasó olímpicamente por el menemismo, el duhaldismo, luego el kirchnerismo y ahora, se suma al macrismo tras aplicar una estrategia conciliadora a la que, con cierto humor, la sociedad calificó como “opoficialista”. Así cualquiera es dialoguista porque siempre acompañó al gobierno de turno.

Pero el dialoguista en cuestión tomó esta decisión sin dialogar con sus compañeros de la bancada que presidía. Ni siquiera se permitió la regla elemental de comunicarles su decisión antes de que se enteraran por los medios.

Es una actitud que quema las naves. Y en la historia nada sale de un repollo, todo surge de algo que lo precedió. Si es que llegara a ganar la fórmula del macrismo, como vicepresidente Pichetto se convertiría en titular de un Senado donde estarán los mismos senadores a quienes dejó en banda sin consulta ni aviso. Aunque Argentina es un país generoso, no es el mejor antecedente de dialoguismo.

Esta decisión no se toma de la noche a la mañana. Es lógico que haya empezado mucho antes con conversaciones con viejos punteros del peronismo menemista que no pesan en la provincia y con los llamados peronistas del macrismo.

Los senadores de su bloque, la mayoría de los cuales responden a gobernadores que fueron apretados económicamente o que coquetearon de motu proprio con el oficialismo, dicen que no fueron avisados, pero es evidente que también les ocultó las conversaciones que mantenía desde hace varios días. La decisión debió esperar primero los sondeos al radical Ernesto Sanz y al gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey.

Pero Pichetto la estaba trabajando desde antes; su designación estaba en la gatera y se disparó con la dispersión de Alternativa Federal. Por lo menos ya estaba en discusión en abril cuando se subió al viaje a Nueva York, que organizó el banco HSBC para tranquilizar a Wall Street. El senador ya trabajaba en ese momento con un pie en Alternativa Federal y otro en el macrismo.

El gobierno intenta presentar a Pichetto como un dialoguista o un moderado porque ha sido capaz de cambiar de bando. El senador muestra un flanco cuando tiene que defender lo que piensan los oficialismos y otro muy diferente cuando dice lo que piensa. Y allí surgen los exabruptos como cuando dijo que “Perú transfirió todo su esquema narcotraficante: las principales villas de la Argentina están tomadas por peruanos, Argentina incorpora toda esa resaca” y otras expresiones de corte xenófobo.

Son declaraciones que lo aproximan al estereotipo del peronista fascista con que algunos radicales y algunos socialistas caricaturizan al peronismo. El exabrupto contra Axel Kicillof reafirma esa imagen que deberán votar esos mismos radicales y socialistas.

El hecho de que sus primeras declaraciones se hayan enfocado hacia el distrito bonaerense demuestra que el macrismo tratará de utilizarlo para fortalecer un flanco que temen perder por el peso del peronismo. Sacan al ruedo a un Pichetto con el estereotipo del viejo macartismo de derecha.

Es una de las peores caras que le pueden ofrecer a su votante radical y a la mayoría del peronismo, que desde el advenimiento de la democracia prefirió dirimir sus internas en paz y no regresar a los viejos discursos del odio como el que acaba de proferir el candidato a vicepresidente de Mauricio Macri. El anticomunismo es un discurso del pasado, ha sido excusa para ensangrentar el  país. Esas palabras traen el fantasma terrible de la Triple A.

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/200434-aaa