ÁLBUM DE IMAGENES DE "MIRANDO HACIA ADENTRO"

Todas las imágenes originales producidas por "Mirando hacia adentro" han sido publicadas en un blog satélite llamado "Mirando hacia adentro. Álbum de imágenes".

DEUDA EXTERNA ARGENTINA ON LINE

La página norteamericana "usdebtclock.org" informa segundo a segundo la evolución de las deudas de los países. Vea online y en directo el REENDEUDAMIENTO ARGENTINO presionando AQUÍ.

Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Jozami. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Jozami. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de marzo de 2017

Los riesgos de la Dama de Hierro, por Eduardo Jozami (para "Página 12" del 20-03-17)

Arriba: Heidi se metamorfosea en un híbrido entre Margaret Thatcher y Robocop



Por Eduardo Jozami

Es probable que algunos integrantes del gobierno de Mauricio Macri estén preguntándose si es acertada la política intransigente y provocadora que se adopta frente al reclamo docente y si no es aún más peligroso exponer de tal modo en la primera línea de las decisiones a María Eugenia Vidal, la única dirigente del PRO que, aunque las encuestas muestran una erosión de su figura, mantiene aún una imagen positiva. De todos modos, el macrismo parece sentirse cómodo en este desa- fío, no porque ignore los riesgos de la pulseada, sino porque está desplegando sin tapujos un discurso antisindical que todos sabemos es el suyo, pero que las necesidades políticas obligan a veces a disimular. Si muy pequeñas concesiones a algunos dirigentes sirvieron para obtener grandes resultados en el Parlamento, la encrucijada actual exige gestos mayores que jaquean el proyecto del Poder Económico, por eso los CEO se vuelven halcones.

En busca de debilitar el conflicto y restar adhesión a la lucha de los maestros, el Gobierno combina el palo con la zanahoria. Envía la policía a los colegios para identificar a los docentes que cumplen el paro y ofrece un plus salarial a quienes no lo cumplan. Podrá decirse que han existido políticas más duras en la historia de la represión a las luchas sociales, pero nunca tan imaginativas. Hasta ahora, los gobiernos que reconocían el derecho de huelga no descontaban los días de paro, quienes enfrentaban a los trabajadores sí lo hacían, pero nunca a nadie se le ocurrió dar un premio por decreto a los rompehuelgas, si a veces obtenían una ventaja, esta no se oficializaba por un acto de gobierno. La medida resulta tan absurda que ha sido repudiada por algunos dirigentes aliados al gobierno.

No menos curiosa resultó la interpelación de Vidal a los dirigentes para que dijeran “de qué partido son y a qué elección gremial quieren presentarse”. A partir de allí, varios medios oficialistas le trasladaron la pregunta a Baradel, y en uno de los más vistos programas políticos de la TV, el debate sobre la cuestión docente fue presidido por dos grandes retratos de la gobernadora y el dirigente del Suteba. Vidal, tributaria del gran equívoco político que fue su elección, tiene razones para creer que la demonización del kirchnerismo resuelve todas las cuestiones, pero los maestros de Buenos Aires que no ignoran la identificación política de sus dirigentes sindicales y los kirchneristas y muchos no kirchneristas los votan porque valoran la importancia de contar con un poderoso sindicato que defiende los reclamos de todos.

Hace pocos días, el corresponsal en Buenos Aires de El País de Madrid, escribió que Vidal con su ofensiva antisindical iba camino a convertirse en una nueva Dama de Hierro. En principio, la gobernadora que alardea de su ingenuidad política no se parece mucho a la veterana dirigente conservadora, a quien los argentinos recordaremos siempre por el hundimiento del Belgrano. No sabemos si la gobernadora bonaerense ha comprado el personaje y se siente cómoda con la asociación a Margaret Thatcher o si cumple disciplinadamente el rol que el macrismo le ha asignado. En cualquier caso debe ser consciente de que avanza hacia un lugar sin retorno, que, como su modelo británica, puede ganar la confianza de los más ricos tanto como el odio de amplios sectores populares. Descubierta la falacia del hada buena que nos salvó del narcotráfico y la corrupción, quizás el corresponsal español haya leído bien la futura trayectoria de María Eugenia Vidal.

Arriba: Termine como termine el conflicto docente, Vidal ha dejado de ser Heidi...

El macrismo es consciente que juega en esta confrontación el destino de su política económica: si triunfa el reclamo de los maestros el techo de las paritarias –ya inviabilizado por los datos de inflación– será inaceptable para cualquier gremio. La apelación al desgaste de la lucha puede apoyarse en las dificultades que los sectores más populares sufren por la inactividad de las escuelas, pero el gobierno subestima la enorme consideración social que existe por los maestros, el respeto y el afecto que han ganado con la tarea cumplida en los momentos más críticos. Por eso Vidal prefiere sostener que esta es una pelea contra los dirigentes y no contra los docentes, sin embargo, éste no resulta un argumento creíble.

La presentación del reclamo por la paritaria nacional como una cuestión del interés particular de los sindicatos es difícil de sostener, porque esa paritaria es el espacio en que se concretan los compromisos del gobierno nacional para asegurar los salarios en muchas provincias y el único modo de garantizar el funcionamiento adecuado del sistema educativo en todo el país. La ley que crea esta paritaria, que el Gobierno ha decidido desconocer, constituyó un paso importante para revertir la situación creada cuando Menem les tiró las escuelas y los hospitales a las provincias sin preocuparse por las posibilidades que tenían éstas de sostenerlos. Hoy, también en este punto, estamos volviendo a los 90.

En aquellos años, fue muy significativa la contribución de los docentes con su Carpa Blanca a la derrota del menemismo. Ahora, después de tres días de movilizaciones multitudinarias que han generado una nueva situación política con la decisión de la CGT de poner fecha al paro general, la convocatoria de la Marcha Federal Educativa y los actos anunciados por la CTA y las organizaciones sociales, el reclamo docente debe sentirse fortalecido. El Gobierno, por el contrario, sigue perdiendo consenso, mientras las demandas de los trabajadores son acompañadas cada vez más por sectores empresarios afectados por la recesión y las importaciones. No parece el mejor momento para mantener la cerrada negativa ante el reclamo sindical.
De todos modos, es difícil predecir lo que hará un gobierno cuyo presidente reprocha a la Justicia laboral que falle a favor de los trabajadores y se solaza hablando de la flexibilidad laboral aún en los contextos menos propicios. Esa incontinencia verbal podría hacer pensar que habrán de inmolarse por lo que piensan. Pero esa cruzada por el neoliberalismo no tiene hoy buen pronóstico. Macri puede seguir consolidando el apoyo de la derecha más reaccionaria y Vidal ensayando su papel de Dama de Hierro, pero cada vez sentirán más la irrealidad de esos roles: en la medida que la sociedad siga despertando de esta pesadilla, muchos argentinos más recordarán positivamente los doce años de transformaciones y expansión de derechos y el poder económico tendrá que pensar también otras opciones.

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/26777-los-riesgos-de-la-dama-de-hierro

jueves, 9 de junio de 2016

Héroes, villanos y gente común, por Eduardo Jozami (para "Página 12" del 09-06-16)


A 60 AñOS DE LOS FUSILAMIENTOS
 Por Eduardo Jozami

Opinión

El general Juan José Valle era un hombre honorable. Así lo destacan las cartas que envía a su familia horas antes de ser fusilado. Quizás haya pensado que los golpistas del 16 de setiembre seguían teniendo ese mismo sentido del honor y por eso, ingenuamente, creyó en la promesa de que su vida sería respetada, como lo aseguraron el almirante Isaac Rojas y el capitán de navío Francisco Manrique, uno de los participantes en el secuestro del cadáver de Evita. Pero, aunque el mismo Perón haya dicho que los sublevados del 9 de junio actuaron con ingenuidad, lo cierto es que Valle aceptó entregarse porque quería detener los fusilamientos.

No sabemos mucho sobre el jefe de la rebelión. Una muy exitosa carrera militar lo había llevado al grado de general de división y a integrar la Junta de altos mandos a quienes Perón presentó una renuncia –que no podía considerarse definitiva– dos días después del golpe de septiembre. Tras la asunción del general Lonardi, Valle será detenido, primero en un buque de guerra y más tarde en una casaquinta de sus suegros. En marzo de 1956, cuando deja ese arresto domiciliario y pasa a la clandestinidad, empieza una paciente tarea de preparación del levantamiento que, previsto para fines de mayo, estallará finalmente en la noche del 9 de junio.

El movimiento cuya proclama firman Valle y el general Raúl Tanco reunía un grupo no muy numeroso de oficiales pero se apoyaba en la masiva adhesión al peronismo de los suboficiales y en la participación de importantes núcleos civiles de la resistencia. Esta incorporación de muchos grupos de la militancia peronista dio al movimiento su carácter popular pero también lo alejó de la lógica clandestina de la conspiración y facilitó la tarea de los servicios de informaciones. La dictadura de Aramburu y Rojas estaba al tanto del levantamiento y, aunque las principales cabezas del gobierno simularan sorpresa, lo cierto es que dejaron que se produjera para dar un escarmiento. Cuando comenzaron los fusilamientos, en la madrugada del 10 de junio, todos los focos de la rebelión habían sido controlados. En consecuencia, la ejecución de Valle, fusilado el día 12 en la Penitenciaría Nacional, resulta aún más difícil de explicar. Para sembrar el terror había que mostrarse inflexible; Aramburu no dudó en matar a un general con el que tenía una conocida relación de amistad.

Un Consejo de Guerra había decidido que no se aplicara la pena de muerte al coronel Ricardo Ibazzeta. A pesar de ello, un decreto decidiría igualmente su fusilamiento. Ante la trágica noticia, su mujer, con los seis hijos del matrimonio, corrió a entrevistarse con Aramburu. Se le dijo que era imposible: “el presidente duerme”. La misma respuesta tuvo el general que presidía el Consejo que había desestimado la pena de muerte. El presidente seguía durmiendo y tal vez no tuviera todavía motivos para inquietarse: La gran mayoría de los partidos políticos, la FUBA, las organizaciones empresarias, casi toda la prensa, muchos intelectuales, condenaron el alzamiento de Valle y no objetaron los fusilamientos. “Tanto lío porque mataron a unos malevos”, decía a Adolfo Bioy Casares, su gran amigo, Jorge Luis Borges, quien ese año, en lo que consideró la más decidida expresión de rechazo al peronismo, se afilió al conservador Partido Demócrata Nacional.

Las cartas dirigidas por el general Valle a su madre, su mujer y su hija no abundan en reflexiones políticas. Quien escribe es un hombre preocupado por confortar a su familia en momento tan difícil, que muestra una fe religiosa que debe ayudarlo a pasar el trance y que, frente a los infundios que hace circular la dictadura, reafirma a cada paso que nada lo ha alejado del camino del honor. Quizás no haya mucha afinidad en este retrato del personaje, más bien tradicional, y el de los jóvenes revolucionarios del ‘70. Pese a ello, cuando leo que Valle dice a su mujer: “Nunca te avergüences de tu esposo, pues la causa por la que he luchado es la más humana y justa: la del Pueblo de mi Patria”, no puedo sino recordar los mensajes de quienes desde las cárceles y los centros clandestinos nos esforzábamos por explicar a nuestras familias el sentido de nuestra lucha. Aunque sentimos como más propio el recuerdo de los activistas de la Resistencia, cómo negar que este general pundonoroso y los militantes que sufrieron y enfrentaron a la dictadura de Videla y a un ejército que no era ya el de Valle, se integran en una tradición que sigue siendo potente y actual precisamente por su diversidad.

En la 3er. edición de Operación Masacre, en la Argentina convulsionada posterior al Cordobazo, Rodolfo Walsh contrapone la proclama del 9 de junio –reclamo de elecciones, devolución de los sindicatos a los trabajadores, libertad a los presos políticos, un difuso nacionalismo económico– con las definiciones avanzadas del peronismo revolucionario de fines de los ‘60, lo que no le impide afirmar que la figura de Valle “crecerá justicieramente en la memoria del pueblo, junto con la convicción de que el triunfo de su movimiento hubiera ahorrado al país la vergonzosa etapa que le siguió”.

El profesor Américo Ghioldi fue una de las principales figuras del Partido Socialista, donde siempre se destacó por un antiperonismo que superó todas las marcas en junio de 1956 cuando escribió el editorial del periódico La Vanguardia, justificando los fusilamientos. Será vano buscar el texto de Ghioldi en la Biblioteca Obrera Juan B. Justo que tiene una muy importante colección de La Vanguardia, porque ha sido cortado el artículo del semanario correspondiente al 14 de junio. No parece que deba atribuirse la falta a un lector ávido por coleccionarlo, considero más probable que alguien haya querido eliminar las pruebas de lo que, afortunadamente, la mayoría de los socialistas viven como un escándalo ya desde algunas décadas.

La violencia política en el país fue siempre importante y muchos habían sido los muertos en el siglo y medio precedente. Sin embargo, la reacción generalizada contra el fusilamiento de Dorrego seguramente tuvo mucho que ver en que no se repitieran ejecuciones políticas dispuestas por la autoridad nacional. No hubo fusilamientos en las revoluciones radicales previas a la ley Sáenz Peña, ni tampoco en Paso de los Libres y los otros levantamientos contra el fraude en la Década Infame. Tampoco Perón fusiló a ninguno de los militares alzados en 1951. En junio de 1955 se repitió el mismo trato, sólo murió el almirante Gargiulo que se quitó la vida por su propia mano.

Consciente de esa tradición, el dirigente socialista, lejos de condenar los fusilamientos, aprovechó ese dato histórico para señalar que esta vez sí era necesario hacerlos, para mostrar la gravedad inusitada del intento de restauración peronista. Dos frases de ese editorial, difíciles de compatibilizar con el siempre invocado humanismo socialista quedarán en la historia del discurso antipopular. La primera, curiosa en alguien que se consideraba un educador, sostiene que la letra con sangre entra; la segunda no es menos intimidante: “se acabó la leche de la clemencia”. Ghioldi que ya había elegido un camino de no retorno escribió cada vez más para consumo de los militares golpistas, porque fue gradualmente perdiendo peso en el socialismo y en cualquier espacio democrático. No sorprendió que tanta devoción fuera premiada por Videla quien lo nombró embajador en Portugal. El ascenso del general Valle a teniente general dispuesto en 2006 por el gobierno de Néstor Kirchner, en un gobierno en que participaban dirigentes socialistas, fue otro episodio de reencuentro para superar diferencias históricas en la confluencia hacia un proyecto popular.

En el peronismo, la reacción generalizada fue de apoyo al levantamiento y según los testimonios recogidos por Enrique Arrosagaray se advierte que muchos militantes comprometidos no llegaron a participar. Sin embargo, la Correspondencia entre Perón y Cooke –este último estaba preso y varias veces en esos días le hicieron simulacros de fusilamiento– registra una manifestación de desconfianza del ex presidente hacia los jefes militares a quienes parece reprocharles cierta debilidad frente al levantamiento del 16 de septiembre. Para sostener que Perón tenía motivos para desconfiar se ha señalado que la proclama del 9 de junio no mencionaba al líder derrocado. Sin embargo, dada la notable adhesión que mantenía entre los sectores más populares, es muy difícil imaginar que de haber triunfado el movimiento de junio, con la consiguiente convocatoria a elecciones, el candidato presidencial hubiera podido ser otro que el dirigente exiliado.

Pero más allá de estos cuestionamientos, lo importante es que el general expresa entonces una línea política que se habrá de fortalecer con los años: aunque no desautorizará plenamente los amagues e intentos de alzamiento militar, la resistencia se basará más en el activismo político y en los trabajadores. “Yo vengo repitiendo a los peronistas precipitados –escribe Perón a Cooke– que no haremos camino detrás de los militares que nos prometen revoluciones cada fin de semana”.

La historia del 9 de junio tiene, como todas, héroes y villanos, pero también hombres comunes que no parecían predeterminados a ser grandes protagonistas. Entre los involuntarios participantes en la Operación Masacre, hay militantes como Julio Troxler que sabía muy bien porqué estaba en la casa donde fueron detenidos o cómo Nicolás Carranza a quien cada vez le cuesta más arrastrar a la política a su vecino Garibotti, pero también otros que quizás ignoren que la convocatoria responde al propósito de sumarse al movimiento. La escritura de Walsh cuenta magistralmente el episodio que tuvo final trágico en los basurales, con esa capacidad suya para hablar a través de sus personajes, esa polifonía de voces que permite al autor quedar muchas veces en un segundo plano.

El mismo Walsh muestra cierta inocencia: como quienes son llevados a fusilar le cuesta aceptar la realidad del crimen y transmite esto a sus lectores. No es peronista como para compartir la perspectiva de la resistencia ni la esperanza de los amotinados. Seis meses después, cuando inicia su investigación, no imagina, como la mayoría de los reunidos en Vicente López, que encuentros como ese puedan terminar con muertes. Se interesa en el caso por lo que éste tiene de raro, de excepcional –un fusilado que vive– aunque después sentirá que se ha involucrado y lo suyo ya es una lucha contra el autoritarismo, que gradualmente, como lo muestran las sucesivas ediciones de Operación Masacre, se convertirá en una más integral propuesta de liberación.

El inspector Rodríguez Moreno acumula algunas denuncias por maltratos a detenidos y tiene el tipo del viejo funcionario formado en las prácticas tradicionales de las policías bravas; cómo serán las cosas para que también se sienta excedido por la situación, al punto de hacerse repetir una orden que “salía de todas las funciones específicas de la policía”. Como ocurrió con los bombardeos del 16 de junio, los fusilamientos implicaron un salto de calidad en la represión. No todos estaban preparados para el baño de sangre. Por eso puede explicarse lo que de otro modo resulta inconcebible: un fusilamiento con menos muertos que sobrevivientes.

Con el correr de los años, la represión se hizo más sofisticada y, en el 76, dispuso orgánicamente de toda la fuerza del Estado. Los alzados del 9 de junio, los activistas de los primeros tiempos de la Resistencia, avanzaron también hasta conformar las grandes organizaciones político militares. Sin embargo, sería equivocado ver esta evolución necesariamente como un avance en todos los sentidos. Tal vez las fuerzas organizadas celosamente en la clandestinidad en los ‘70 hayan perdido algo de esa representatividad social, esa participación e iniciativa popular. Cooke había previsto, poco después del 9 de junio, otras formas de acción revolucionaria que se apoyaran más en el protagonismo de los trabajadores. Veinte años más tarde, Walsh en su diálogo de sordos con la conducción montonera, para cuestionar el predominio de los aparatos militares sobre la política también encontraba inspiración en los tiempos de la Resistencia.

Hoy cuando este término no se asocia a la acción armada sino con la lucha social y política para frenar el avance del proyecto reaccionario, la consecuencia de Valle y sus compañeros, el compromiso de tanto militante, la comprensión de que la derrota de la Restauración Oligárquica exige la más amplia unidad y participación popular son legados del 9 de junio que no sería bueno olvidar.

Publicado en:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-301313-2016-06-09.html


lunes, 21 de octubre de 2013

REPÚBLICA, DEMOCRACIA Y KIRCHNERISMO, por Eduardo Jozami (para "Página 12" del 06-10-13)


Arriba: Repúblicas eran las de antes...


Por Eduardo Jozami

La pretensión de considerarse como defensores de la República y la democracia de quienes, en 1955, derribaron a un gobierno elegido por el voto popular tuvo mucho que ver con cierto desapego por esos conceptos en la tradición del peronismo y, en general, entre los sectores populares argentinos. Los golpistas de 1976 ya no pudieron invocar la democracia, pero siguieron hablando de la República: la clase dominante argentina siempre había considerado un orden republicano aquel que aseguraba la exclusión política y social de las mayorías. Por eso, en el debate realizado una semana atrás en la Universidad Di Tella, recordé que Federico Pinedo había titulado En tiempos de la República su recopilación de escritos y discursos de la llamada Década Infame. No porque yo pensara que el dirigente conservador expresara el ideal republicano, como sugiere Roberto Gargarella en su nota publicada en Clarín el 1º de octubre. Como él, también prefiero pensar la República partiendo de Rousseau, Artigas o Bolívar. Pero el discurso de Vicente Palermo, al que yo contestaba en el debate citado, no estaba inspirado en esas grandes figuras sino en esa tradición argentina que sostiene un poder limitado para que los gobiernos de mayoría no controlen el poder económico y aprueba la ilimitada extensión del poder cuando gobiernan las minorías, por el fraude o por la fuerza.
Precisamente en la idea de poder limitado se centró, en buena medida, la discusión en la Universidad Di Tella, en su momento ampliamente reflejada por Página/12. Luego de una intervención de Horacio González que destacó que “las liturgias podían convertirse en tabiques para el debate” y reclamó la necesidad de renovar los conceptos de liberalismo, República y democracia, discurso que hubiera merecido una respuesta más ponderada, Palermo consideró que el actual gobierno debía ser juzgado con la lente de la Constitución liberal de 1853 y luego de calificarlo como corrupto, expresión de un poder personal y casi despótico, consideró “negativo y amargo” el saldo de la década y concluyó en señalar como clave de una política alternativa la necesidad de instaurar un poder limitado.
Respondí que esta opción por el poder limitado tenía que ver con una escasa vocación por las transformaciones necesarias para profundizar la democracia. En una sociedad donde cada vez se concentra más el poder económico y mediático, la construcción de poder político y el dotar al Estado de más capacidades para regular y controlar los mercados y poner límites al gran capital es condición indispensable para avanzar en un programa popular.
Hubiera sido subestimar a quienes me escuchaban abstenerme de cuestionar esa reivindicación del poder limitado por el temor de que se me considerara partidario del “poder ilimitado”. Gargarella señala que él no hace esa atribución fácil, pero el artículo de Clarín lleva por título: “El kirchnerismo es partidario del poder ilimitado”. De este modo se desplaza la verdadera discusión, olvidando que, dentro de los límites que establece la arquitectura constitucional de la separación de poderes, todo gobierno que quiera llevar adelante un ambicioso programa de reformas deberá acumular poder político y respaldo popular. En busca de mayor comprensión, no puse el ejemplo de Perón, seguramente poco simpático a alguno de mis interlocutores, sino el de Roosevelt. El presidente de Estados Unidos bregó por ampliar los poderes estatales para hacer frente a la crisis de los años ’30 y sufrió el hostigamiento de la Justicia estadounidense hasta que logró modificar la integración de la Corte, nombrando nuevos miembros, pero Gargarella niega esta evidencia. Como tampoco toma en cuenta la constatación de Ernesto Laclau, quien señaló que, a lo largo de la vida independiente, la realidad latinoamericana muestra que, en la mayoría de los casos, las reformas populares nacieron de los Ejecutivos, mientras las oligarquías que las resistían se hacían fuertes en los Parlamentos.
No se equivoca Gargarella cuando señala que mi crítica al gobierno limitado puede caberle al de Fernando de la Rúa, débil frente a los acreedores internacionales, pero capaz, sin embargo, de despedirse con una represión que dejó más de 30 muertos. Pero el polemista no muestra buena información cuando intenta relacionarme con ese gobierno que no integré. Fundador del Frente Grande, cuestioné la política que llevó a esa fuerza a aliarse con De la Rúa y más tarde a participar de su gestión. Es necesario aclarar también que no abogo –como Gargarella me atribuye– por que se otorguen facultades a los Ejecutivos para gobernar por decreto de necesidad y urgencia, por la simple razón de que ya las otorga la Constitución. Lo que sí cuestioné fue la hipocresía de un discurso político que alternativamente utiliza esas facultades para luego condenarlas cuando no se está en el gobierno.
Más allá de chicanas y aclaraciones, lo que importa es señalar que en el debate de la Di Tella, como en la confrontación entre el actual gobierno y la oposición, aparecen ideas que es importante profundizar. A veces, en el afán de cuestionar el discurso conservador, corremos el riesgo de regalar el republicanismo a nuestros opositores. Nosotros no somos menos republicanos que quienes rechazan la participación popular, simplemente somos partidarios de una República de mayorías, la que alienta la presencia del pueblo, creando las condiciones sociales que permiten la extensión de la ciudadanía, y asegura la vigencia de la libertad con medidas como la prohibición de reprimir las manifestaciones sociales adoptada hace más de diez años. Razonando en este mismo sentido, Eduardo Rinesi ha señalado el error de contraponer el fortalecimiento del poder con la restricción de la autonomía individual.
El poder político puede funcionar expandiendo derechos o limitándolos, incorporando ciudadanos o excluyéndolos y la clave que diferencia y explica uno y otro caso es la relación con el poder económico. Quienes poseen grandes propiedades y mayores derechos requieren del gobierno para que los proteja e impida el ascenso social de los que menos tienen, pero éstos, a su vez, no tienen otro modo de cambiar su situación que a través de la acción de los gobiernos. “¿Cómo?”, expresará horrorizado un pensador autonomista ante lo que supone un inaceptable paternalismo. “¿Qué rol se le asigna entonces a la organización y movilización de los sectores populares, a los propios interesados?” Un rol fundamental, respondemos, el de construir conciencia social y organización, fortalecer el poder popular junto al gobierno para sustentar y hacer posible las transformaciones. El autonomismo extremo que recela de toda presencia del gobierno termina llevándose bien con el ultraliberalismo que limita la intervención del Estado, menos preocupado por garantizar los derechos de los individuos que por evitar toda posibilidad de cuestionar el verdadero poder, no necesariamente el que ocupa el gobierno sino el de quienes reinan en la sociedad.
Roberto Gargarella aboga en sus trabajos por la extensión de los derechos y la real participación del pueblo en el poder. Imposible no concordar con esos generosos objetivos, aunque de sus textos se desprenda tanto temor a la construcción de mayorías populares y a la intervención estatal como para que aquellos planteos iniciales parezcan difícilmente realizables. Llama la atención, también, que esas definiciones que orientan sus trabajos no lo hayan llevado a apreciar más las grandes transformaciones igualitarias que los gobiernos de Néstor y Cristina han producido en la sociedad argentina. Menos comprensible aún resulta que considere que el kirchnerismo se ha convertido en la derecha verdadera, “la política más de derecha que nuestra sociedad puede soportar, luego de todo lo ocurrido en el país desde mediados de los años ’70”. (La Nación, 16 de agosto del 2013)
Azorados por lo que venimos de leer, podríamos dudar de la utilidad de discutir cuando son tan distintas las miradas. No hay otro camino, sin embargo, que seguir discutiendo para aclarar problemas, revisar los propios puntos de vista y bregar por ese consenso más amplio que hace falta hoy. Claro que no resulta fácil aceptar que para nuestro polemista, en el país que sufrió la dictadura y el menemismo neoliberal, nada pueda considerarse hoy más a la derecha que el gobierno que enjuició a los genocidas, terminó con las relaciones carnales, estableció el matrimonio igualitario y la asignación universal.

Publicado en:
 http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-230647-2013-10-06.html