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martes, 4 de octubre de 2022

PEDRO BRIEGER: "Serán 4 semanas de pelea a cara de perro"


Los contendientes

 

 

jueves, 18 de agosto de 2022

SOBRE PARTISANOS, TERRORISTAS Y MANIPULACIÓN MEDIÁTICA


Pedro Brieger

 

 

lunes, 30 de agosto de 2021

Sustituir a la OEA por una organización “no intervencionista”

 

martes, 24 de agosto de 2021

Los Talibán, tan lejos y tan cerca de América Latina, por Pedro Brieger (para "Nodal" del 20-08-21)


 Afganistán está muy lejos de América Latina y es uno de los países de Asia Central que menos puntos de contacto tiene con nuestra región ya que ni siquiera hubo corrientes migratorias importantes como las hubo de Ucrania, Rusia, China o Japón, para citar algunas.  Las diversas culturas y tradiciones étnicas afganas son casi incomprensibles para nuestro acervo cultural, de la misma manera que las culturas andinas deben ser misteriosas para quienes viven en Afganistán, aunque una mirada antropológica seguramente encontrará elementos comunes de quienes nacieron allí o aquí a más de 4 mil metros de altura rodeados de altas cumbres nevadas.


La toma del poder por parte de los Talibán en 1996 y su amplia repercusión mediática provocó que se incorporara la palabra talibán a nuestro lenguaje como sinónimo de “fanatismo”, aunque en el idioma pastún “talibán” es simplemente el plural de “talib”, que significa estudiante.  Claro que, como sucede en muchas ocasiones, el uso y costumbre deforma el sentido original de un término.


Las imágenes del retiro de las tropas estadounidenses de ese país después de veinte años de ocupación no deberían ser extrañas a nuestros ojos, aunque las invasiones estadounidenses en el siglo XX en América Latina y el Caribe no tuvieran la misma repercusión mediática por falta de las modernas tecnologías que permiten ver lo que sucede al instante en Kabul.  Lamentablemente, el mundo no pudo ver en vivo y directo el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, la invasión a Cuba en 1961 o a la República Dominicana en 1965, entre tantas otras invasiones de una larga y conocida lista de intervenciones norteamericanas que, al igual que en Afganistán, desde la Casa Blanca siempre dicen que es para “fortalecer la democracia”.  Desde lo ideológico no hay nada en común entre los Talibán y los diversos movimientos populares y nacionalistas latinoamericanos que resistieron a los marines, salvo por el hecho de luchar contra una ocupación estadounidense.


La política de demonizar al enemigo por parte de Estados Unidos no distingue ideologías como bien se ha visto reflejado en tantas películas producidas por Hollywood donde alemanes, japoneses, soviéticos, vietnamitas, guerrilleros barbudos con habano, árabes o musulmanes son intercambiables según el momento histórico.  Todos han sido ridiculizados hasta el extremo para generar consenso en la población norteamericana de que son un enemigo implacable al que es imperioso destruir y que cualquier método para ello es justificado; incluyendo las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.  Y vaya si lo conocemos en América Latina con la demonización de líderes populares que osaron desafiar las políticas de la Doctrina Monroe.  Lo novedoso en las últimas décadas es la incorporación de nuevos conceptos vagos y difusos desde el Departamento de Estado como “guerra global contra el terror”, “estados fallidos” o  “narcoestado”, categorías que sirven para estigmatizar a quienes se oponen a las políticas norteamericanas.


La enunciación de la “guerra global contra el terror” después del ataque a las Torres Gemelas en 2001 le permitió a Estados Unidos justificar intervenciones directas -o indirectas matando con misiles teledirigidos- en lugares donde Washington ni siquiera está formalmente en guerra.  Si bien la mayoría de las intervenciones suceden en Africa y Asia, América Latina nunca deja de estar en la mira con la excusa de la existencia de “redes de terrorismo transnacionales” que estarían financiando el narcotráfico.  Los casos de Venezuela y Colombia son paradigmáticos.  Mientras Colombia es hace años el mayor productor y exportador de cocaína del mundo, en la mayoría de los grandes medios de comunicación de alcance global repiten una y otra vez que Nicolás Maduro está al frente de un “narcoestado”.


Afganistán parece estar muy lejos de América Latina, aunque no tanto.  Después del atentado del 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos evaluó bombardear América del Sur.  En un memorándum secreto redactado por el subsecretario de Defensa, Douglas Feith, dirigido al secretario de Defensa Donald Rumsfeld con fecha del 20 de septiembre, se sugiere “golpear a los terroristas primero fuera del Medio Oriente, tal vez seleccionando de manera deliberada un objetivo que no estuviera ligado a Al Qaeda, como lo era Irak. Dado que los ataques de Estados Unidos se esperarían en Afganistán, un ataque en Sudamérica o el sudeste asiático sería una sorpresa para los terroristas”.


Para Estados Unidos todo parece estar al alcance de la mano aunque luego de un tiempo se lamentan de que algo salió mal.


Publicado en:

https://www.nodal.am/2021/08/la-columna-de-pedro-brieger-los-taliban-tan-lejos-y-tan-cerca-de-america-latina/?

lunes, 16 de agosto de 2021

Pedro Brieger: "A veces me pregunto: ¿No aprenden nada?"


Helicópteros. Una vez más, símbolos de la derrota 

 






sábado, 17 de julio de 2021

PEDRO BRIEGER: "Vaya, vaya... recibieron entrenamiento en EE.UU."

sábado, 10 de julio de 2021

PEDRO BRIEGER: "Otro gran fracaso de EEUU para los libros de historia"




martes, 6 de julio de 2021

"Qué lo parió!" diría Mendieta....




miércoles, 30 de junio de 2021

El laberinto de Nicaragua, pot Pedro Brieger (para "Va con firma" del 29-06-21)



Daniel Ortega, presidente de Nicaragua.

¿Acaso alguien piensa que a EE.UU. o la OEA realmente les preocupa la democracia nicaragüense? Es una de las preguntas que se hace el autor de este artículo, director de la agencia de noticias Nodal, en este análisis que publicó ese medio sobre la compleja realidad del país centroamericano.


Pedro Brieger *

Las elecciones en noviembre y la detención de varios dirigentes opositores han colocado a Nicaragua nuevamente en la agenda internacional y pareciera que todo el mundo tuviera que opinar sobre lo que allí sucede, y manifestarse a favor o en contra del gobierno de Daniel Ortega.


Llama la atención el interés de los grandes medios de comunicación por Nicaragua mientras se ignoran las constantes violaciones a los derechos humanos en Colombia con su cuota de asesinatos diarios de dirigentes sociales opositores sin que se arme un gran revuelo ni un debate mundial al respecto.


Hasta la revolución sandinista de 1979 este pequeño país centroamericano era conocido por su buen café y la dictadura de la dinastía Somoza que se prolongó durante 40 años. También, gracias a la monumental obra de Gregorio Selser, se supo de la existencia de un pequeño hombre llamado Augusto Cesar Sandino que luchó contra la ocupación militar de los Estados Unidos, que invadió el país en varias oportunidades poniendo y sacando gobernantes a su antojo.


La revolución de julio 1979 liderada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) surgió en plena “guerra fría” mientras varios países de América Latina estaban gobernados por sangrientas dictaduras. Las campañas de alfabetización y de salud de la revolución -consideradas modelo a nivel mundial- vinieron acompañadas de poesía y música que brotaban en cada rincón, lo que inspiró un gran movimiento de solidaridad internacional para un pequeño y pobre país que estaba asediado por la primera potencia mundial.


Ronald Reagan asumió la presidencia en enero de 1981 y se puso entre ceja y ceja destruir la revolución sandinista a pesar de que en Nicaragua no se prohibieron ni los partidos políticos ni la prensa opositora, ni siquiera cuando apoyaban abiertamente la guerra impulsada desde la Casa Blanca. En 1985 se realizaron elecciones con la participación de múltiples partidos y Daniel Ortega fue electo presidente con el 67 por ciento de los votos. Cinco años después, la opositora Violeta Chamorro aprovechó el desgaste de la guerra para derrotarlo. El sandinismo asumió la derrota y por primera vez en la historia una revolución triunfante entregó el poder que había conquistado por las armas y perdido en las urnas.


Las derrotas suelen provocar rupturas y divisiones, y Nicaragua no fue la excepción. Cada quién en el sandinismo tomó por su lado y Daniel Ortega quedó al mando del FSLN negociando con algunos de sus antiguos enemigos. La mística que había acompañado la revolución, que tenía figuras emblemáticas como el sacerdote Ernesto Cardenal y el músico Carlos Mejía Godoy, se había apagado. Ambos, así como importantes figuras del FSLN que habían combatido la dictadura de Somoza, serían perseguidos por el propio Ortega después de retornar a la presidencia en 2007.


Frente a la actual ofensiva diplomática de Washington contra el gobierno de Nicaragua cabe preguntarse porqué es tan importante para Estados Unidos que caiga Daniel Ortega. ¿Acaso alguien todavía puede pensar que es porque hay una dictadura? ¿Por ventura se puede creer que el secretario general de la OEA Luis Almagro realmente está preocupado por la democracia en Nicaragua mientras fue uno de los máximos responsables del golpe de Estado contra Evo Morales en 2019 y calla sobre la represión en Colombia? Aquí viene a cuento la famosa frase que se decía en los pasillos del congreso de los Estados Unidos sobre Anastasio Somoza, Leónidas Trujillo, y otros dictadores: “puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. En esta frase se condensa la postura actual del gobierno de los Estados Unidos. Daniel Ortega no es SU “hijo de puta” como lo son y han sido varios dictadores y golpistas en la región, para no hablar de las monarquías árabes tratadas con guante de seda a pesar de que gobiernan sin que haya elecciones ni partidos opositores. Ni que hablar del multimillonario reino saudí, que se da el lujo de cortar en pedacitos a un periodista en un consulado suyo en Ankara sin que suenen las alarmas en Naciones Unidas ni nadie pida a gritos un bloqueo internacional. Negocios son negocios. Es el famoso “doble rasero”.


Daniel Ortega no es “confiable” porque está asociado a un movimiento que hizo una revolución, y por lo general vota en sintonía con Cuba y Venezuela. Por eso hay que derrocarlo: porque para la Casa Blanca es parte del “eje del mal”. Y como suele suceder cuando Estados Unidos quiere derrocar un gobierno, financia numerosos partidos opositores y organizaciones no gubernamentales, sean de derecha o de izquierda, de manera legal o ilegal. Nada nuevo bajo el sol.


La contradicción que se le presenta a una parte del progresismo latinoamericano es que este Daniel Ortega ya no se enfrenta solamente al “yanqui, enemigo de la humanidad” -como dice el conocido himno sandinista compuesto por Carlos Mejía Godoy- sino también a antiguos compañeros que reivindican al sandinismo de la revolución y apoyaron las protestas de 2018 en contra de Ortega. Sin embargo, a nadie se le escapa que el derrocamiento de Ortega hoy traería un gobierno claramente alineado con la Casa Blanca y las derechas regionales al estilo de lo que fue el gobierno de facto de Jeanine Añez en Bolivia o el de Lenín Moreno en Ecuador.


La situación en Nicaragua es la cabal demostración de que la política está plagada de vericuetos y contradicciones que impiden una lectura lineal de los acontecimientos. Y tomar una posición no siempre es sencillo.




(*) Director de la agencia de noticias Nodal.



Publicado en:

https://www.vaconfirma.com.ar/?articulos_seccion_13001/id_13544/el-laberinto-de-nicaragua

domingo, 20 de junio de 2021

Cuando los diques se quiebran, por Pedro Brieger (para "NODAL" del 14-05-21)



En May 14, 2021


Por Pedro Brieger, director de NODAL


El estallido social de 2019 en Chile sacudió la modorra de una sociedad que parecía dormida desde el fin de la dictadura. Daba la impresión de que todo el mundo se había acostumbrado a que hubiera una alternancia pacífica y ordenada entre dos grandes bloques y que ésta cosechara elogios en el ámbito internacional. Por un lado había (y aún hay) partidos de derecha y extrema derecha que contenían los resabios del pinochetismo; y por el otro, los restos de gran parte de la izquierda diezmada durante la dictadura y algunos partidos de centro y centroizquierda. Chile era presentado como un modelo de estabilidad económica y política donde parecía existir un acuerdo que no se debía tocar lo estructural, aunque gran parte fuera una herencia de la dictadura. Hubo dos toques de atención. En 2006, al poco tiempo de asumir Michelle Bachelet, una prolongada protesta de estudiantes secundarios y en 2011, ya bajo la presidencia de Sebastián Piñera, una gran protesta universitaria. En ambos casos, tanto Bachelet como Piñera, lograron que las protestas se disiparan con el correr de las semanas.


Hasta que el diablo metió la cola en octubre de 2019 y lo que comenzó como una protesta casi banal por el aumento de 30 pesos del boleto de metro desembocó en un estallido social. “No son treinta pesos, son treinta años” fue la consigna que incendió el país. El gobierno respondió con la violencia habitual pensando que la protesta se disiparía como había sucedido tantas otras veces. Pero algo se había quebrado en ese dique que contenía tanta agua.


Los partidos de los dos grandes bloques tardaron en comprender que no era una protesta más y que esas masivas manifestaciones, calificadas incluso como las más grandes de la historia chilena, pedían cambios estructurales. El estallido social puso a los dos grandes bloques políticos contra la pared y obligó -sí, obligó- al presidente Piñera a comenzar un proceso constituyente al que se oponía explícitamente. Hay que señalar que durante años se alzaron voces que pedían una Asamblea Constituyente para eliminar definitivamente la constitución elaborada durante la dictadura, pero fueron tildadas de “irrealistas” porque la misma se venía modificando paulatinamente, aunque sin tocar su esencia.


El 15 y 16 de mayo en Chile se eligen 155 constituyentes que deberán redactar una nueva constitución. Si bien las 1300 candidaturas son a título personal de la llamada “sociedad civil”, obviamente hay representantes de todos los partidos políticos. También hay que señalar que el poderoso movimiento feminista con sus movilizaciones logró que la Convención Constitucional fuera paritaria y que la nueva constitución -en un hecho inédito en el mundo- deba ser redactada por la misma cantidad de hombres y mujeres. En el camino a la nueva constitución Chile tendrá una elección presidencial en noviembre y se elegirá un nuevo Congreso, lo que agrega confusión e incertidumbre a este ciclo que comenzó en octubre 2019.


En Colombia también se quebró un dique el 28 de abril. Y aunque las comparaciones “son odiosas”, sirven para pensar. La gran pregunta es quién y cómo se canalizará el estallido social colombiano. Pero eso, es otra historia.


Publicado en:

https://www.nodal.am/2021/05/la-columna-de-pedro-brieger-cuando-los-diques-se-quiebran/

viernes, 7 de mayo de 2021

CALI: "Nos están matando"

 

lunes, 5 de abril de 2021

PEDRO BRIEGER: "Cada día conocemos más datos del golpe de estado en Bolivia"

Publicado en: 

sábado, 20 de marzo de 2021

martes, 9 de marzo de 2021

miércoles, 17 de febrero de 2021

PEDRO BRIEGER: "Con los fascistas no se dialoga, se los combate"

Publicado en: 

domingo, 14 de febrero de 2021

PEDRO BRIEGER: "Previsible. Trump"

Publicada:


https://twitter.com/PedroBriegerOk/status/1360700441399558146?s=1001




miércoles, 3 de febrero de 2021

MARIO ROVERE: "Se impuso en el mundo una lógica de competencia en vez de cooperación"

 Publicado en:

https://twitter.com/PedroBriegerOk/status/1356671925880315904?s=08


jueves, 7 de enero de 2021

PEDRO BRIEGER: "¿Estamos frente a un golpe de Estado?"

Publicado en:

https://twitter.com/PedroBriegerOk/status/1346927690427879425?s=08