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sábado, 16 de febrero de 2013

EL NÉSTOR KIRCHNER QUE ANTICIPO NICOLÁS CASULLO, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 15-02-12)




Por Ricardo Forster
InfoNEWS


Pocos y raros son los escritos portadores de una fuerza anticipatoria, más raros todavía los artículos periodísticos que logran proyectar una poderosa intuición que lleva las marcas de lo por venir.
 
No era Nicolás Casullo un pensador inclinado a las profecías, de esos que se ocupan de ofrecernos una pintura supuestamente certera de lo que la historia guarda como realización necesaria.
 
Su crítica de las izquierdas estaba atravesada por su rechazo a la reducción “científica” del decurso de las cosas; no había en él, al menos en el que inició en el exilio mexicano su revisión de aquella filosofía de la historia que le dio estructura teórica y fuerza programática a la utopía revolucionaria, ninguna inclinación a ofrecerse como rastreador de las sendas que inexorablemente deberían llevar a la victoria.
 
Ni escatologías profanas ni teleologismos metafísicos que viniesen a garantizar que la historia acabaría por cumplir sus promesas de liberación.
 
Más bien lo contrario, la dolorosa conciencia de vivir una época destemplada que, entre otras cosas, se había devorado el mito de la revolución y herido el corazón de la tradición emancipatoria.
 
En la larga travesía de los años ’90 (anticipada crudamente por la brutal etapa que inició la dictadura en el ’76 y que apenas si el interregno del entusiasmo democrático del ’83 alcanzó a paliar un poco) Casullo si bien no perdió las esperanzas en algún giro inesperado en el interior de una sociedad que profundizaba su propia barbarie social, política y cultural, tendió a dedicar sus esfuerzos reflexivos a la deconstrucción de la máquina ideológica que, bajo el formato de una nueva derecha, amenazaba con colonizar la totalidad del presente y de apropiarse del futuro.
 
Por eso, el artículo que voy a reproducir íntegramente y que Nicolás Casullo escribió en mayo de 2002 constituye una rareza en su trayectoria y, en especial, en lo que venía escribiendo en esos años alucinados en que nada se ofrecía como alternativa viable a la hegemonía neoliberal.
 
Un artículo en el que, haciendo gala de una maestría única para el uso de la parodia, del humor, de la ironía, de la nostalgia y de la rememoración, pintó la semblanza de quien estaría destinado a enloquecer la historia argentina; vamos entonces hacia esa escritura anticipatoria y sorprendente:
 
“Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista.
 
En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si se hubiese dejado olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista.
 
Convocatoria kirchneriana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo atrás pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor.
 
Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la tendencia, los comandos de liberación, ahora sólo eso, voces en la casa vacía.
 
Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los años 70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el general, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el 76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos.
 
De ahí que en las nuevas generaciones jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel ‘peronismo de izquierda’ no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado.
 
Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, de respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo.
 
Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista ‘referente’ se animó a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos.
 
Larga es la lista de los enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los ‘cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo’ y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina.
 
Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo.
 
La de sus defecciones.
 
En esa temeraria pelea está inscripto hoy el de Santa Cruz.
 
Según muchos, Kirchner asume la representación de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas ‘setenteros’, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del 45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volverá a pasar, aunque todavía no se note ni se crea ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.
 
Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con un silbato anunciador.
 
La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera.
 
Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R.
 
Porque en verdad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto donde el país se desbarranca por la ladera perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional.
 
Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas ‘re-elecciones’ de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saá.
 
Desgarbado, Lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya.
 
Para decir que va por adentro o va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza.
 
Lo converso con mis amigos y el 80% no lo ubica, lo semitienen en algún rincón de las imágenes del consciente pero no del todo.
 
Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master.
 
Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no ‘negocio’.
 
Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe.
 
En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que esta no fue toda la historia.
 
Que hay una última narración escondida en los mares del sur”

(N. Casullo, publicado en Página 12 el 12 de mayo de 2002).
 
Queda poco por agregar después de esta extraordinaria aguafuerte en la que, como decía Horacio González, “difícilmente podamos encontrar un escrito equivalente en que convivan el dramatismo de una situación política, la equiparación con famosos westerns, el uso de un lenguaje que usa la chanza o el desprecio como términos cariñosos (‘setenteros’, ‘parrillan’, ‘lungo’) y una áspera metafísica que quiere tornarse carnadura política.
 
La prosa casulleana trabaja con un sentido onírico absoluto para desembocar en la forma cruda de la realidad.
 
Es imaginativa para ser realista, es descarnada para ser utópica.
 
Y como la materia de la que trata, usa una lengua inestable, sincopada (‘lo semitienen’)”. Un Nicolás Casullo en el uso pleno de sus talentos y capaz de, bajo la protección de un lenguaje entre tierno, humorístico y paródico, atisbar en Néstor Kirchner lo que casi nadie o apenas un puñado de ilusos podían entrever.
 
Pero también alguien que no ha dejado de indagar en ese pasado que tantos quisieran para siempre clausurado y convertido en pieza de museo.
 
Todo se arremolinaba mientras buscaba el tono para darle forma a ese artículo anticipatorio: las imágenes de la infancia cuando su madre les contaba, a Nicolás y sus primos en la vieja casona de la calle Lavalle, poblada de sombras y de antiguos relatos, sobre Evita cuando la mayoría en el barrio se dedicaba a festejar la caída del tirano y a descorchar, como el padre de Nicolás, botellas de champagne.
 
Los primeros escarceos con la literatura y el amor mientras preparaba el viaje a Europa que lo llevaría, inopinadamente, a los adoquines parisinos de mayo del 68 entremezclada, la protesta estudiantil, de conversaciones con Cortázar y Le Parc mientras escuchaba a Jean Paul Sartre y creía estar tocando el cielo con las manos en compañía de alguna francesita tan revolucionaria como él y con la fogosidad de la liberación sexual recién alcanzada y eruditamente completada con los libros de Wilheim Reich.
 
El regreso a otra Argentina que transformaba el sueño dictatorial de Onganía en un final anunciado desde Córdoba y otras ciudades, que mostraban el retorno de la clase obrera al centro de la escena mientras se desplegaban nuevas organizaciones revolucionarias capaces de desmentir las agachadas y las traiciones de la izquierda tradicional que se veía rebasada por todos lados.
 
El trabajo periodístico, las conversaciones con Rodolfo Walsh y con el sociólogo Daniel Hopen cuando todavía se sentía atraído por la izquierda trotskista bajo la influencia del segundo mientras que el autor de Operación Masacre le iba introduciendo la pregunta, cada vez más inquietante, por el peronismo y el papel de los intelectuales.
 
La militancia en el FATRAC y la cercanía con el PRT antes de romper con la organización de Santucho y encaminarse hacia el peronismo como quien se reencuentra con algunas escenas de su infancia.
 
El desgarramiento entre su pasión literaria y el llamado de la militancia que venía a recordarle el famoso prólogo de Sartre a Los condenados de la tierra de Fanon que tantas marcas dejó en el debate de aquellos años en los que los caminos del medio parecían vedados;
 
La distancia infinita entre algunas conversaciones con Manuel Puig y otras con Jarito Walker y sus compañeros de célula que, al joven desgarrado por sus dos pasiones, no dejaban nunca de inquietarlo, en especial después de escuchar el desenfado del autor de Boquitas pintadas, capaz de reírse de todo y de todos y de profetizar la amargura de los días por venir en un país sin medias tintas que se asomaba a la boca del lobo sin darse cuenta.
 
Aquellas jornadas inolvidables en la redacción de La Opinión charlando con Paco Urondo y Juan Gelman y escribiendo una larga crónica sobre el peronismo pedida por Jacobo Timerman y contribuyendo a hacer de ese diario una experiencia editorial de honda influencia en los sectores medios progresistas que no podían saber ni imaginar que en esa redacción escribían quienes eran o serían cuadros dirigentes de la guerrilla argentina o intelectuales y poetas que dejarían una marca fundamental entre nosotros.
 
El 25 de mayo de 1973, la plaza, el pueblo rebasándola junto a las interminables columnas de la juventud peronista, la alegría, la borrachera antes de tiempo viendo a Cámpora con Allende y Dorticós y gritando junto a la multitud: “Se van, se van y nunca volverán”.
 
La noche festiva en Devoto esperando que se abriesen las puertas de la prisión y salieran todos los compañeros de las organizaciones armadas.
 
Las certezas que amartillaban el alma borrando las inquietudes y las preguntas silenciosas; montoneros, la ilusión y el desencanto; el abismo y sus bordes; la insondable figura de un general sobrepasado por la vejez y la realidad, rodeado de una caterva de rufianes liderados por un brujo dispuestos a convertir al país en un infierno de violencia y muerte mientras todo se aceleraba hacia la catástrofe.
 
El exilio mexicano con sus espectros y sus heridas pero también con esa insólita oportunidad para pensar todo de nuevo y sin dogmatismos sacándolo, como no podía ser de otro modo, del aire provinciano de la política nacional para confrontarlo con un tiempo muy complejo del capitalismo y de la cultura de masas.
 
El regreso sin ilusiones desmedidas pero bajo la emoción de reencontrarse con sus recuerdos, con su barrio, con sus fantasmas y con su novela, El frutero de los ojos radiantes, bajo el brazo y como testimonio de su hondísimo viaje hacia lo más recóndito de la memoria argentina y familiar.
 
El peronismo prostibulario y la necesidad de revisar a fondo esa historia maltrecha y oxidada por el tiempo y las traiciones.
 
La conversión de la mayoría de los viejos revolucionarios en adoradores de la nueva religión democrática mientras se apresuraban a acomodarse en la vida burguesa y a execrar, como restos de una historia maldita, sus convicciones y sus prácticas en aquel otro tiempo dominado por el espíritu de la revolución que acabaría convertido, bajo la mirada de ojos impregnados del clima de época, en testimonio del error, la locura y el autoritarismo guerrillerista.
 
El refugio en los libros y en la escritura que lo llevaron a ampliar los límites de su biblioteca dejando que en ella entraran algunas tradiciones fundamentales de la filosofía que le permitirían recorrer con espíritu crítico ese tiempo civilizatorio previamente cartografiado, entre otros, por los pensadores de la Escuela de Frankfurt y por quien dejaría una huella indeleble en su derrotero intelectual, Walter Benjamin, autor con el que no dejaría nunca de dialogar en sus itinerarios por la cultura moderna.
 
El viaje hacia los confines de la modernidad para mirar del otro lado de la verdad siguiendo la pista de los poetas del romanticismo capaces de ofrecerle otro anclaje para pensar el revés de la racionalidad ilustrada y para seguirle la pista a la compleja trama del sujeto en sus claroscuros.
 
El reinado del cinismo posmoderno de la mano de la traición final del peronismo convertido en partido liberal conservador ejecutando la pirueta del travestismo bajo la máscara facundeana impostada del riojano impresentable.
 
El estallido y la pregunta, reiterada, por el destino trágico de un país imposible que, de todos modos, no lo llevó a festejar la aparición, de nuevo en la historia nacional, de la clase media y sus cacerolas “insurreccionales” sonando con especial estrépito en Barrio Norte, Caballito y Belgrano, de las que no dejaría de hablar en un artículo memorable que ya he citado largamente.
 
Todo eso estaba en la memoria de quien desprevenidamente posaba su mirada en aquel desconocido personaje venido del sur patagónico para descubrir en él, en su insólita presencia, la acumulación de tantas imágenes y experiencias asoladas por el viento de una historia implacable.
 
Tal vez Nicolás, mientras escribía sobre Kirchner, no hacía otra cosa que proyectar su propio sueño, delirante, enfebrecido, alucinado pero intenso y bello de una redención infinitamente postergada por una época que, eso parecía, no ofrecía ninguna oportunidad para recobrar las voces, las ideas, las vivencias de ese otro tiempo arqueológicamente reducido a pieza de museo por los sepultureros de siempre que se regocijaban proclamando el fin de la historia y la muerte de las ideologías.
 
Simplemente Nicolás vio otra cosa en ese flaco desgarbado que venía a reponer la experiencia de una generación, la del setenta, que sólo era recordada a la hora de revisar el horror de la dictadura que había transformado toda esa historia en un gigantesco osario.
 
Nicolás Casullo quiso imaginar, con la impunidad de una escritura que no tenía que responder a ningún disciplinamiento ideológico o político, que había “una última narración escondida en los mares del sur".

Publicado en:

Audio de la nota de Casullo leida por Eduardo Aliverti AQUÍ.

jueves, 25 de octubre de 2012

El 7D y lo que está en disputa, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 19-10-12)



 
 La matriz despolitizadora ampliamente desparramada en escala planetaria por la forma neoliberal del capitalismo no sólo capturó el imaginario de amplios sectores medios de la sociedad sino que, también, caló muy hondo en las tradiciones provenientes del progresismo e, incluso, en quienes se referenciaban en las matrices de la izquierda y de lo nacional popular. Uno de los rasgos sobresalientes, sobre el que todavía no se ha escrito demasiado, es la mutación que se operó, en el interior de esos círculos, en relación directa con la idea de “democracia”. Asfixiados por una atmósfera de época que parecía traer sólo aires viciados por el “triunfo” neoliberal, incapaces de digerir el bocado en mal estado del derrumbe de las ideas igualitaristas y profundamente desconcertados por la implosión, desde el propio interior, de las experiencias mal llamadas socialistas, una amplia generación de intelectuales, de hombres y mujeres provenientes de militancias antiburguesas pasaron, casi de la noche a la mañana, de ser críticos de la democracia formal a convertirse en sus adoradores más fervorosos, contribuyendo a lo que el filósofo francés Jacques Rancière llamaba la “democracia vivida como medio ambiente”.
Una naturalización acrítica que hizo oídos sordos a la escisión, cada día más honda, entre los engranajes democrático-republicanos y la cuestión social. Las dos últimas décadas del siglo veinte fueron la etapa más desigual, en cuanto a la distribución de la riqueza, de la historia de América latina mientras, por esas paradojas extrañas, la mayoría de los países regresaba al Estado de derecho y abandonaba la noche dictatorial. Muchos de los otrora defensores del estatalismo, los viejos cultores de concepciones intervencionistas e igualitaristas, se pasaron, sin escrúpulos, al bando de los ideólogos del fin de la historia, de la economía global de mercado y del consensualismo liberal republicano. El peronismo, en su versión menemista, constituyó el ejemplo acabado de esa mutación que sería acompañada por una parte sustancial del progresismo que apenas si movilizó sus recursos críticos para cuestionar, no el dominio neoliberal, sino las falencias republicanas del gobierno encabezado por el otrora émulo de Facundo Quiroga. Los medios de comunicación hegemónicos acompañaron estos travestismos y multiplicaron su capacidad de incidencia al mismo tiempo que avanzaron en el control monopólico de viejos y nuevos medios vinculados a las decisivas transformaciones tecnológicas que caracterizaron el fin de siglo pasado. La nueva ley de servicios audiovisuales buscó romper con esa hegemonía antidemocrática. Pero el hueso sigue siendo duro de roer y los intereses que se defienden cuantiosos no sólo en su aspecto económico sino también en su dimensión político-cultural. Se trata de la disputa por el sentido común, la opinión pública y la producción de nuevas subjetividades.
Para muchos exponentes de esa generación, detrás de ellos quedaban el horror, la muerte y la derrota que fueron asociados al fracaso estrepitoso de una visión de la historia que ya no se correspondía con el mundo real afirmado, de un modo que asumía la perspectiva de la eternidad, en la estética de la sociedad de consumo y en la proliferación universal de una nueva forma de subjetividad autorreferencial y atravesada de lado a lado por la fascinación consumista. Junto con la emergencia del individuo hedonista (al menos como experiencia real de quienes quedaban dentro del sistema y como deseo insatisfecho de aquellos otros que eran excluidos de los llamados mercantiles al goce) se pulverizaron las prácticas anticapitalistas y se expulsaron por anacrónicas y vetustas las ideas que siguieran insistiendo con proyectos alternativos al de un modelo de gestión de la sociedad que se ofrecía como triunfante y definitivo. En todo caso, lo que quedaba para quienes no se resignaban a ser parte de la masa acrítica de consumistas alienados pero gozosos, era el distanciamiento crítico, la escritura testimonial y, claro, el más allá de la política. Nunca como en los noventa estuvieron más alejados los incontables de la historia, ampliamente marginados de la fiesta posmoderna, de los forjadores profesionales de ideas que, en su etapa anterior, habían contribuido con ahínco a reafirmar las virtudes míticas de aquellos mismos que, en el giro despiadado de la actualidad neoliberal, serían despojados incluso hasta de su memoria insurgente. La figura del intelectual, otrora imponente y desafiante, dilapidó sus herencias y sus virtudes al precio del acomodamiento académico o de la espectacularización mediática. Tiempo de ostracismo para aquellos otros que no se resignaban a convertirse en coreógrafos de la escenificación del fin de la historia.
Una de las consecuencias más significativas y difíciles de remover de la hegemonía neoliberal sobre la vida de nuestras sociedades fue la pérdida de espesor a la hora de intentar pensar críticamente el estado de las cosas diluyendo lo que, durante gran parte de la experiencia moderna, había sido el complejo entramado entre mundo de ideas, experiencia social y actuación política. En el giro del capitalismo de la segunda mitad del siglo veinte hacia lo que el pensador francés Guy Debord denominó “la sociedad del espectáculo”, lo que se expandió de manera inconmensurable fue, precisamente, el poder de los lenguajes comunicacionales que fueron ocupando con sistemático empeño cada rincón de la trama cultural incidiendo, como nunca antes, en la construcción de las nuevas formas de subjetividad bajo la premisa, nunca explicitada, de darle sustento discursivo y relato legitimador al sistema económico dominante.
Es por eso que resulta indispensable abordar con espíritu crítico y sin falsos neutralismos la problemática, absolutamente central, de los medios de comunicación entendiendo, a ese abordaje, como momento decisivo de lo que, por no encontrar otra denominación más fértil y compleja, se ha denominado “la batalla cultural”. Para Nicolás Casullo, sobre todo, será en las nuevas formas de la estetización de la política, que se volvieron hegemónicas en la escena de los años ’90, y en el dominio mayúsculo de los lenguajes mediáticos sobre la vida cotidiana, donde hay que ir a buscar el núcleo central de los nuevos dispositivos de control y dominación que calaron tan hondo en nuestras sociedades. Quebrar esa hegemonía, abrir una brecha en ese dispositivo es, qué duda cabe, uno de los puntos centrales de la “batalla cultural”. Quizá por eso “Clarín” no sea sino el nombre rutilante y perverso de esa hegemonía, su núcleo duro, el hueso más difícil de roer y el que con mayor astucia logró calar hondo en el imaginario argentino del último medio siglo. El 7D será un día importante pero no cambiará radicalmente aquello que sigue estando en juego. Abrirá, eso esperamos, una fisura en el lenguaje de la dominación que ha sabido encontrar en los medios de comunicación y en la industria cultural instrumentos fundamentales para seguir perpetuando su concepción del mundo y de la vida.
“Cuando se habla de lo mediático entonces –como nueva construcción ‘partidaria’ en tanto derecha política– (escribió poco antes de su muerte Nicolás Casullo tratando de desentrañar el funcionamiento ideológico del poder corporativo en la encrucijada de nuestra época y saliendo a discutirle a ciertas interpretaciones “progresistas” defensoras de la amplitud, la cuasi neutralidad y la polisemia constructiva de los medios) no se hace referencia a una idea de sigla (al modo como en otra estación de la historia se designaba a los actores políticos y en particular a las derechas clásicas). Tampoco a un programa, a dirigentes, activistas, estructuras orgánicas con secretarios generales, vocales, votaciones internas y candidatos estructurando un medio de masas (nada de eso se corresponde, dirá Casullo, con el nuevo espíritu de época dominado por la corporación mediática capaz de desplazar a las formas tradicionales de intervención política y articuladora de la agenda hegemónica desde la perspectiva de los sectores dominantes). Se significa, en realidad, cómo la edad del mercado neoliberal en tanto proyecto reformulador del capitalismo, hace tres décadas al menos y en forma enfática e indisimulada decidió asumir y protagonizar la revolución cultural conservadora”. Esto es algo que algunos intelectuales que se ofrecen como portadores de la virtud republicano-democrática enfrentada al autoritarismo populista no quieren ver, desviando la crítica, indispensable, a la máquina mediática y responsabilizando, de manera descarada, al gobierno kirchnerista por “ideologizar” un campo en el que debería reinar la diversidad y la pluralidad. Mientras argumentan de esta manera no tienen ningún inconveniente en convertirse en plumas centrales de esos grandes medios que destilan ideología neoliberal.
“Irónicamente –sostiene Casullo–, por lo tanto, este cuadro de situación que expone la actualidad, este proceso de conservadorismo evidente de amplias capas de la sociedad sentado básicamente en el dispendio interpretativo de los ‘partidos mediáticos’, obliga a reintroducir hoy como respuesta crítica intelectual, temáticas que los vientos de época que soplaron (desde los ’80) en el progresismo conservador y de la izquierda escéptica dieron como arcaicos. O anacrónicos. O plausibles de no volver a ser tratados: la cuestión de las ideologías como velo al conocimiento de lo real social. El tema del sojuzgamiento de las conciencias como medular lucha social. El dilema de la manipulación informativa. La problemática de las industrias de dominación cultural sobre las sociedades medias y populares. El conflicto de la construcción de las hegemonías y clases y bloques de clases en términos de mentalidades e imaginarios sociales. El análisis clave de cómo resolver en América latina la vertebral contradicción entre democracias populares y medios de masas privados monopólicos”. Casullo, con elocuente contundencia, aborda sin eufemismos el centro del litigio y lo hace poniendo en discusión el proceso de neutralización que la cultura del neoliberalismo desencadenó sobre las interpretaciones que, siendo herederas de una matriz igualitarista, resignaron la dimensión crítica para plegarse a la apología de la “nueva democracia comunicacional” forjada y legitimada por esos mismos medios hegemónicos. La mutación de la crítica ideológica a los dispositivos massmediáticos propios de los años ’60 y ’70 en mirada complaciente y en aceptación pasiva de la instrumentalización que de esas tecnologías audiovisuales haría el neoliberalismo a partir de los ’80 y ’90, constituye el núcleo de la resignación de esos intelectuales que, provenientes de tradiciones populares y de izquierda, se convirtieron en cultores del “progresismo reaccionario” y en defensores a ultranza del formalismo institucionalista, eufemismo que esconde su plegamiento al espíritu dominante de la nueva derecha “políticamente correcta”.
“Ponerles nuevas explicaciones a las cosas. Adueñarse de una opinión pública donde ya no habrá político, líder, institución que pueda lidiar con esas nomenclaturas virtuales que bautizan”, es decir, que desplazan las antiguas denominaciones, que vacían los lenguajes de antaño y que corroen hasta la médula la relación entre política y transformación social de la realidad para ofrecerse, ahora sí, como la usina de un nuevo génesis, como el punto de partida de una arquitectura societal que ya no responde a las formas dogmáticas de un pasado definitivamente abandonado al entrar en la época del mercado global y sus promesas. “Explícitamente –continúa implacable Casullo en su crítica al encubrimiento ideológico gestado por la propia lógica de la corporación mediática–, con ese nombre y apellido: revolución conservadora, en cuanto a lo que se proponía: llevar al mundo, a la democracia, a las interpretaciones, a los actores, a las demandas, a los progresismos, a las izquierdas en crisis, a los expertos e intelectuales, al Estado y a las prospectivas, hacia una derecha cultural estratégica –ideológica, simbolizadora, representacional, narracional– para una nueva edad política civilizatoria. Una contienda cultural”. Me detengo, una vez más, en esta cuestión central: el litigio por el relato no es apenas un problema de los intelectuales o un divertimento de las políticas culturales del Gobierno sino que es, por el contrario, el eje de la disputa política de nuestro tiempo, el punto neurálgico sobre el que se da la “contienda” por darle forma a una ofensiva contrahegemónica que logre interrumpir la persistente hegemonía del establishment neoliberal. Hay un camino que, después de algunas bifurcaciones, acaba conduciendo del progresismo a la derecha bajo la excusa de la defensa de los ideales republicanos amenazados por el autoritarismo populista.
La derecha, metamorfoseada ahora en medios de comunicación concentrados, siempre ha sabido cuál era y sigue siendo el centro del conflicto. Se trata de la ideología, de las interpretaciones enfrentadas, de los relatos en pugna y, claro, de la política. Uno de los rasgos más potentes de lo que se abrió en el país a partir de mayo de 2003, pero que se explicitó rotundamente a partir del conflicto con las corporaciones agromediáticas en el 2008, fue, precisamente, el corrimiento del velo de supuesta objetividad con el que siempre se vistieron los medios concentrados. El retorno del conflicto político hizo saltar en mil pedazos el sutil dispositivo de enmascaramiento a través del cual el modelo neoliberal fue desplegándose, hegemónico, sobre la vida social. Lo que se desnudó, bajo el impacto de una repolitización emergente, fue precisamente la complicidad estructural de los grandes medios de comunicación con lo que Nicolás Casullo denominaba “la revolución conservadora”. La derecha, la actual, la que supo comprender el nuevo escenario cultural, social, tecnológico, político y económico, encontró en esas empresas mediáticas a su mejor jugador, aquel que había logrado convertir su representación del mundo en sentido común. Deshacer esa trama, tarea ardua y quizás interminable, es parte sustantiva de la “batalla cultural” si es que se quiere avanzar en un proyecto de emancipación popular.
“La ultrainformación como forma de vida naturalizada, el noticiero enervante, el documentalismo periodístico de impacto, las ‘espontáneas’ transmisiones de exteriores con camiones móviles donde la ‘realidad se muestra por sí sola’, el permanente diálogo con ‘la gente’, las nuevas formas de la realidad-ficción que imperan en los acontecimientos convertidos constantemente en temas fuertes, el pasaje de una lógica trágica de la literatura al universo informativo, la construcción diaria de la víctima, del terror, del desastre, de la amenaza, del límite, del chivo expiatorio, de la muerte, del ‘mal’ –escribe con agudeza Casullo–, gestan un mercado actuante –a través de sus empresas mediáticas tan privadas como monopólicas– desde una lógica e interés político cultural y político ideológico. Esto expone una permanente construcción política de la realidad de alcances globales, o nacionales. Construcción en cada casa, en cada hogar, en cada mirada, en cada escucha, frente a la cual la política a secas, la clásica […] tiene escasas o casi nulas posibilidades de hacerle frente adecuadamente en tanto actores de un conflicto […]. Esta construcción, que codifica en cada sujeto (con gran poder de generación y regeneración de sentidos) la mirada sobre lo social, es el auténtico fondo de escena donde se constituye una sociedad de derecha, desde expresas funcionalidades argumentativas. Y que no implica ya enunciaciones políticas explícitas ‘de derecha’ a la manera tradicional de un previsible posicionamiento programático clásico”. Casullo escribió estas profundas reflexiones sobre la máquina mediática a principios del 2008, en pleno estallido del conflicto con las patronales agrarias y cuando todos los dispositivos de los grandes medios de comunicación se pusieron, una vez más, al servicio de la lógica destituyente; y lo hizo destacando, entre otras cosas, la “política” que se construye en el “más allá de la política”, la sofisticada elaboración de un universo de sentido capaz de incidir sobre la escena de lo real como si aquello que es discurso y construcción, manipulación y montaje, no fuera otra cosa que la expresión inmediata, “objetiva” y “verídica” de esa misma realidad apropiada por la potencia representacional de la nueva lengua totalitaria de la época que, eso sí, se ofrece a sí misma como la quintaesencia de la democracia y de la más plena libertad.
Lo más difícil de remover, incluso ahora cuando asistimos a una inquietante crisis del neoliberalismo a nivel global, no es su estructura económica, el despliegue sistemático de transformaciones institucional-jurídicas para habilitar el viaje de ida del capitalismo especulativo financiero, sino su espectacular “triunfo” cultural, es decir, ese momento en el que el sentido común se pliega en aceptación acrítica de lo que constituye una nueva manera de ver y de estar en el mundo. Nunca está de más destacar que el giro neoliberal del capitalismo fue posible a través de la alquimia de transformaciones estructurales y de una inédita ofensiva mediático-cultural destinada a producir otra subjetividad.
Existe una relación directa entre democracias despellejadas, exhaustas, formales e insustanciales y la ampliación del papel “regulador” de los imaginarios sociales por parte de la industria de la dominación cultural que tiene a los grandes medios de comunicación como centros neurálgicos de ese proceso de vaciamiento político. Fuera de toda ingenuidad, más allá de toda aparente autorreferencialidad técnico-discursiva que supuestamente los coloca en un andarivel posideológico, los medios de comunicación hegemónicos constituyen la columna vertebral de la nueva derecha contemporánea. En ellos, en su enorme capacidad para crear opinión pública y sentido común, en su avasallante poder tecnológico que multiplica hasta la náusea su “relato” de la realidad, se refugia y busca recomponer su modelo, la “revolución conservadora” que supimos conocer y padecer en los años noventa. Penetrar en su andamiaje, deconstruir su retórica y su capacidad instrumental y manipuladora, disputarle palmo a palmo la representación de la realidad es, tal vez, el hueso más duro de roer y uno de los principales desafíos para una tradición que se quiere popular, igualitarista, latinoamericana y democrática.


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domingo, 14 de noviembre de 2010

EL HOMBRE QUE VENÍA, por Nicolás Casullo (para "Página 12" del 14-11-10, escrito en mayo de 2002)


El politólogo Nicolás Casullo escribió esta nota en mayo de 2002, un año antes de que Néstor Kirchner llegara a la presidencia y antes incluso de que fuera realmente un candidato. El notable texto pinta el personaje que el gobernador patagónico podría llegar a ser y en muchos aspectos realmente fue.



Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista. En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si hubiese olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista. Convocatoria kirchneriana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor.
Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT Framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la Tendencia, los comandos de la liberación, ahora sólo eso, voces en la casa vacía. Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los ’70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el General, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el ’76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos. De ahí que en las nuevas generaciones de jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel “peronismo de izquierda” no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado. Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, del respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo. Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista “referente” se animó a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos. Larga es la lista de enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los “cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo” y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina. Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo. La de sus defecciones.
En esa temeraria pelea está inscripto hoy el santacruceño. Según muchos, Kirchner asume la responsabilidad de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas “setenteros”, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del ’45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volver a pasar, aunque todavía no se note, ni se crea, ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.
Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con su silbato anunciador. La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera. Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R. Porque en realidad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto, donde el país se desbarranca por la ladera, perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional.
Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas “re-reelecciones” de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saá. Desgarbado, lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya. Para decir que va por adentro o va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza. Lo converso con mis amigos y el 80 por ciento no lo ubica, lo semitienen en algún rincón de las imágenes del consciente pero no del todo. Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master.
Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no “negocio”. Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe.
En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que ésta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur.


por Nicolás Casullo, mayo de 2002.

Puede escucharse esta nota leída por Eduardo Aliverti en la página del programa "Marca de Radio" (Radio "La Red"), del 1 de enero de 2011.