domingo, 4 de agosto de 2019
EL MACRISMO FORMA PARTE DEL PASADO, por Mario Rapoport (para "Página 12" del 04-08-19)
Imagen: AFP
El economistas e historiador Mario Rapoport desenmascara al actual ciclo político conservador
El gobierno de Macri repite y acentúa las fórmulas de otros gobiernos liberales y conservadores del pasado maquilladas por las teorías económicas y políticas predominantes hoy.
Por Mario Rapoport
Mauricio Macri llegó a la presidencia conformando un nuevo espacio político con el nombre de “Cambiemos”. Aunque su objetivo no es un cambio hacia delante para poner al país en la senda del desarrollo económico sino más bien, uno en reversa procurando recuperar nuevamente privilegios perdidos, o sea volver al pasado. Su presencia en el poder no es tampoco meramente coyuntural, sino que está ligada a la formación misma del país. No sólo abreva en el neoliberalismo o en los influyentes economistas que impusieron esa teoría en el mundo, sino también en la experiencia de importantes etapas de nuestra historia desde mediados del siglo XIX.
Lo que más teme el hombre es aquello que parece no dar la impresión de pertenecer a su propio cuerpo, aunque la vida se inicia con un nuevo ser diferente a sus progenitores, de allí el impacto terrorífico de Alien (que ahora denominan populismo). Pero no debemos trasladar mecánicamente esta experiencia, real o fantástica, con las fuerzas económicas que conforman el ámbito social en el que vivimos. Y de eso se trata cuando hablamos de la inflación y del dólar. No son parte de nuestra propia naturaleza sino de factores que irrumpieron en la economía como consecuencia de políticas creadas ex profeso.
¿Cuánto de esta historia viene de aquellos que tienen en su mente un interés lucrativo con el tema e instalan una cultura en torno de él (el endeudamiento externo y la inflación primero, el dólar con fuga de divisas –en vez del riesgo de la inversión productiva– después).?
¿Cuántos son los que defienden la extracción de ganancias fáciles a través de maxidevaluaciones que potencian los procesos inflacionarios en una dupla infernal?
¿O los que terminan esa tarea con un simulacro de dolarización, la convertibilidad y el uno a uno, produciendo una profunda deflación causa principal de todas las crisis mundiales, en el 2001? ¿Son los mismos?
Crisis
Los economistas neoliberales -y el actual gobierno que los representa o los sigue (son como carne y uña)- creen a pie juntilla en el libre cambio, en la competencia, en la apertura de la economía, en las fuerzas del mercado. Pero no por eso siguen a Adam Smith. En la Teoría de los sentimientos morales de 1759, su primer libro, recuerda un economista francés Christian Chavagneux, se encuentra un empleo distinto del concepto de la “mano invisible” del que todos suponen. Es anterior al de La riqueza de las naciones. Allí el gran economista escocés explica que, “empleando un ejército de domésticos destinados a servir sus caprichos, los ricos propietarios rurales son conducidos por una mano invisible a redistribuir la riqueza en su favor”
En la Argentina, las crisis y los procesos inflacionarios no comenzaron con la industrialización, sino que estaban presentes en el siglo XIX, en el período plenamente agroexportador, con las crisis de 1873, 1885, 1890, y 1913 y su origen fue el endeudamiento externo. En los siglos XX y XXI las crisis de 1980, la hiperinflación de 1989-90, la crisis del 2001 y la crisis actual reprodujeron este esquema doloroso para la economía nacional.
Como lo expresa el polémico debate sobre la Ley de Aduanas de 1875-76, otro camino era posible.
Para hacer frente a la crisis de 1873, el presidente Nicolás Avellaneda había propuesto “ahorrar sobre la sed y el hambre del pueblo argentino”. Para ese fin ordenó enviar a Europa el encaje metálico de la moneda, paralizó las obras públicas, rebajó el sueldo de los empleados públicos y no atendió los consejos que se le dieron de establecer tarifas protectoras para la industria nacional. El servicio financiero del endeudamiento externo, especialmente en función de empréstitos tomados en el exterior por Mitre, que al principio sirvieron para financiar la construcción de ferrocarriles y obras públicas y atraer inmigrantes, se incrementó luego de manera formidable por la criminal guerra (como la llamó Alberdi) de la Triple Alianza que destruyó un país vecino, el Paraguay, a fin de abastecer las fuerzas militares.
Estos empréstitos no estaban ya de acuerdo con la capacidad económica del país y consumieron una parte sustancial de su renta. A esto se sumó el saldo negativo del balance de pagos debido a la caída de los precios de los productos de exportación de la época, carnes saladas, cueros, y el cese de la exportación de lana cruda a los Estados Unidos por la ley proteccionista norteamericana de 1867, que prohibía su entrada. El Banco de la Provincia se encontró con una suma enorme de créditos concedidos para pagar las deudas asumidas por el gobierno argentino. Sólo entonces en 1875, por razones puramente fiscales el gobierno llevó al Congreso la discusión de una nueva ley de Aduanas que produjo un intenso debate entre sus ideas librecambistas, que sólo querían salir del paso con nuevos impuestos y las propuestas de varios diputados que levantaron posturas proteccionistas tendientes a construir una verdadera industria nacional.
Capital y trabajo
En ese debate, hace ya 150 años, el entonces joven diputado, Vicente Fidel López, hijo de Vicente López y Planes, autor del himno nacional, decía en contraposición con lo que expresaba el secretario de Hacienda del gobierno Norberto de la Riestra, un reconocido liberal, que presidía la sesión:
“La verdadera enfermedad de que está aquejado nuestro país, Sr. presidente, es la falta de capital y espero que el Sr. ministro de Hacienda no se escandalizará cuando le diga que para mí no hay más riqueza sólida verdadera que la que está representada por el oro ganado, acumulando en un país dado. El ejemplo de la Inglaterra lo prueba. La Inglaterra es rica porque tiene oro ganado por ella para dar al extranjero, porque tiene oro propio bien adquirido por su trabajo para fomentar en provecho de su industria y de capital todas las fuentes ajenas. Por eso vive próspera y rica sobre todas las otras naciones de la tierra. Sin oro ganado y aclimatado por el trabajo industrial no hay riqueza verdadera. Pero es preciso, repito, que el trabajo haya formado y aumentado el capital del país y que el fruto de ese trabajo quede depositado en el mismo país y representado en oro. Un país que siente la falta de capital para poder explotar sus fuentes de producción es un país que está siempre expuesto a la crisis, a perder su riqueza y hasta su independencia, según la enérgica fórmula de Carey. […] Pero los librecambistas a todo trance no se preocupan sino de lo que tienen, de los que no tienen no se preocupan; los que tienen pueden naturalmente comprar más barato, y esto es su objeto natural; en todos los países del mundo generalmente son rentistas […] Llamo la atención de los señores diputados sobre la situación difícil en que se encuentra nuestro país. Nuestro país se encuentra hoy en las mismas condiciones en que se encuentra Arabia […] en las condiciones de todos los países, no diré bárbaros, pero sin industria, ni trabajo, ¿y por qué? Y esto es así porque no sabe manufacturar las materias primas que produce”.
Las posiciones de López, que parecen tener un poder clarividente que llega hasta nuestros días, fueron en aquella oportunidad derrotadas. Se aceptaron algunos impuestos pero no para construir una industria nacional sino para pagar las viejas deudas. Hoy, el gobierno de Macri es el resultado histórico de esa derrota. Un país que terminó siendo una “granja de las naciones manufactureras” como predijo Carlos Pellegrini, joven diputado que apoyó a López en aquella sesión.
Dueños de la tierra
Si esos empréstitos ayudaron -en alguna medida- a transformar el desierto en un vergel que permitió exportar nuestros productos agrarios, beneficiaron ante todo a una parte reducida de la población que hacia 1880 se había apropiado de las mejores tierras mediante herencias coloniales, ley de Enfiteusis, campañas del desierto, arrendamiento y compra de grandes extensiones. Fueron las bases que posibilitaron la formación de la llamada oligarquía terrateniente (que incluyó grandes comerciantes y sectores de poder de Buenos Aires y el interior) y financió sus actividades aprovechando en su favor ese endeudamiento. El gran problema de la Argentina, no fue el vacío del desierto del que se hablaba en aquel entonces, sino la enorme riqueza de recursos naturales del que se apropiaron unos pocos.
De allí surgieron los dos pilares del tipo de desarrollo económico que tuvo la Argentina: los dueños de la tierra y el capital financiero internacional, aunque los nombres de sus protagonistas sean distintos a los originales. El sector industrial local quedó al margen como un acompañante no demasiado deseado; las manufacturas y bienes de capital necesario provenían sobre todo del comercio exterior y su correlato financiero y esporádicamente de algunas inversiones extranjeras directas.
La inestabilidad crónica del país, el famoso péndulo económico e institucional del que siempre se habló, fue en verdad provocado por la oposición a toda política industrial y social (correlativa a aquella), que no entra en los marcos de la civilización que pretende la elite tradicional ligada al capital extranjero y al FMI. Ellos quieren que los beneficios del financiamiento externo abarquen como máximo al 20 por ciento de la población, no desean desarrollar el mercado interior ni la industrialización, prefieren volver al gobierno de las vacas (hoy de la soja) y de los palacetes que tenían a principios de siglo ahora establecidos en countries, departamentos suntuosos y barrios privilegiados, y a través de ese endeudamiento fugar sus ganancias y descapitalizar el país.
Como ya se demostraba a fines del siglo XIX y en el siglo XX (Estados Unidos, y Alemania son el ejemplo) es la actividad industrial la que dio lugar a la transformación económica de los países que hoy están a la cabeza de la economía mundial. Según afirma el economista coreano Ha-Joon Chang, “el desarrollo económico ha sido alcanzado a través de la industrialización, o, más en concreto, del desarrollo del sector manufacturero”.
Gobiernos conservadores
Ahora se padece una grave crisis económica. Por un lado, procesos inflacionarios incontenibles, un gran endeudamiento externo y una subordinación a los intereses de las potencias dominantes y el gran capital internacional. Por otro, como consecuencia de ello, mayor desempleo, empobrecimiento de la población y la quiebra de numerosas industrias y comercios. El gobierno de Macri repite y acentúa las fórmulas de otros gobiernos liberales y conservadores del pasado maquilladas por las teorías económicas y políticas predominantes hoy. El ideal de ese sector después de la crisis mundial del 2008 es fuertemente cuestionando en el mundo. En el orden local, es rechazado por la mayoría de la población y las fuerzas sociales que reclaman sus derechos y se oponen a las políticas de ajuste.
En un mundo donde la globalización ha mostrado sus límites, marcado por constantes crisis, hasta llegar a la actual guerra comercial entre Estados Unidos y China , su última expresión, los productos agropecuarios encuentran grandes restricciones en los mercados de las naciones industrializadas.
Los modelos que nos muestran las grandes potencias actuales son muy diferentes. Estos protegen sus sectores menos competitivos, como el agrario y nos presionan para que les compremos sus productos industriales a cambio de un endeudamiento creciente. Podríamos haber seguido el ejemplo de otros países que partieron casi como nosotros y hoy pesan en la civilización moderna, por supuesto con muchos de sus traumas, porque el paraíso no existe salvo los fiscales. Tenemos así los casos de Australia y Canadá, donde no hubo un monopolio de la tierra, se establecieron sistemas tributarios más progresivos y se dio un impulso a las industrias nacientes. China se industrializó y ya es una de las principales potencias económicas del mundo.
¿Y que es lo que ha marchado en esos países? El rol del Estado. No uno colonizado como el nuestro por grupos dominantes internos y externos, sino mediante un funcionamiento, que procura regular la actividad pública y privada en función de intereses comunes. Esto implica tener en cuenta el mercado interno, impulsar nuevas tecnologías, aprovechar la inversión externa e interna productiva con controles adecuados y exportar productos industriales, incluso agroindustriales, no sólo primarios. No son los cerebros de millones de vacas lo que van a posibilitarlo, pero si el de nuestros científicos y universitarios especializados, antes que después de formarlos durante años, se nos fuguen como los dólares.
* Profesor Emérito de la UBA y del ISEN. Este artículo forma parte de su nuevo libro próximo a publicarse Se me hace cuento que la Argentina aun existe.
Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/209737-el-macrismo-forma-parte-del-pasado
lunes, 17 de septiembre de 2018
La falacia de los 70 años, por Mario Rapoport (para "CASH" del 16-09-18)
Imagen: Télam
Ciclos económicos y crisis en Argentina
En un texto especial para Cash, el economista e historiador Mario Rapoport señala que es falso el argumento del presidente Macri acerca de que la decadencia argentina comenzó hace 70 años. Explica que el salario real, la salud, la educación, la cultura y la vivienda mejoraron y se redujo la pobreza desde los años 40 hasta mediados del 70. Indica que la decadencia se inició con la última dictadura militar y el formidable negocio del endeudamiento externo, y en gobiernos que prohijaron políticas neoliberales, como el de Mauricio Macri.
Por Mario Rapoport
El déficit de las cuentas públicas, y en forma más general el excesivo gasto público, ha sido uno de los caballitos de batalla con los que el gobierno y el FMI han insistido para lograr un acuerdo final sobre el préstamo (stand-by) que, mediante un nuevo ajuste, le permitiría al país salir no sólo de la crisis actual sino de los 70 años que el presidente Macri marcó como los de la decadencia argentina. El acuerdo con el FMI, dice Macri, nos va a dar más tranquilidad. La mayor parte de la oposición lo niega y señala que los desequilibrios de la economía no provienen del déficit primario sino de la cuenta corriente, es decir de la restricción externa, y ésta, a su vez, de las políticas seguidas desde el inicio de la gestión de este gobierno.
Diagnóstico
El argumento es al mismo tiempo cómodo y falso, y además viene de una larga tradición política y de una cierta saga de gobiernos que tuvo el país. Por un lado, la mala lectura de la situación económica y financiera mundial, las erradas políticas que preveían que en esta fase de globalización las inversiones lloverían, sobre todo a través de los mercados y no de los estados (aunque se atrevieron a pedir un préstamo adicional a Donald Trump) y, por otro, conocer más claramente el destino, casi misterioso de los fondos que llegaron en un principio, de carácter más financiero que productivo, mientras se hablaba de la herencia recibida sin ayudarnos a resolver el problema: volvemos a ser unos de los mayores deudores del mundo. Pero Argentina es un país donde la historia no forma parte por lo general de la cultura de los políticos, y menos la historia económica.
PIB
En cambio, entre los historiadores se discutió durante mucho tiempo la cuestión de la presunta “decadencia” argentina. En febrero de 2014, la revista británica The Economist publicó un artículo que se titula “La parábola argentina”, diciendo que en algún momento la Argentina había tenido un PIB per cápita superior a varias potenciaas europeas y con el peronismo ese PIB fue ampliamente superado. Ese país, que en la poética expresión de Rubén Darío se había transformado en el “granero del orbe”, según las controvertidas cifras que brinda el economista de la OCDE, Angus Maddison superaba económicamente en su PIB por cápita hasta la segunda posguerra a naciones europeas antes mucho más ricas como Francia, Alemania o Italia, al menos hasta fines de los años ‘40 y principios de los ‘50.
Sin embargo, analizando los propios cuadros de Maddison, el PIB argentino per cápita recién fue superior al francés en 1940 y continuó siéndolo hasta 1949, fue superior al alemán de 1945 a 1951 y con respecto al italiano fue superior en varios años de la década de 1930 y también durante la guerra, pero luego el PIB per cápita de esos tres países superó ampliamente al argentino y en 1994, el último año que toma Maddison, cada uno de ellos más que lo duplicaba.
En principio debemos señalar que en los años anteriores al ‘40 que toma el mismo autor para la Argentina, las cifras del PIB son simples estimaciones porque las primeras cifras oficiales comenzaron a calcularse por esos años y se publicaron por primera vez en 1955. Por lo que no pueden ser objeto de aquellas comparaciones. Aún así, notemos que cuando la comparación es posible, a partir de la Segunda Guerra Mundial, los tres países europeos mencionados resultaron notoriamente afectados y sus economías casi destruidas por la guerra. La reconstrucción sólo vino después del Plan Marshall gracias a la ayuda norteamericana, que se le negó a la Argentina y al resto de América latina, desde 1948.
Deuda y PIB
Vemos aquí como todo confluye: a esos 70 años perdidos tienen para el presidente Macri como inicio aquel año mágico. Luego de la profunda crisis de 1890, la recuperación posterior hizo que desde 1900 a 1930 el gasto público comenzara a incrementarse, como correspondía, a un país en crecimiento y donde luego, por el primer gran conflicto bélico se había producido cierta industrialización. Ese es el país al que llega como presidente Hipólito Yrigoyen. En el período radical, entre 1916 y 1930, el ingreso creció, tomando, como índice 100 en ese primer año, 4 veces, los gastos 6 veces y la deuda pública 2,5 veces. Durante los gobiernos posteriores el déficit fiscal fue muy alto: en 1930 (plena crisis) y 1940, consiguiéndose cierto equilibrio en los años intermedios. La falta de ingresos propios por la caída de los precios a la importación se cubrió en parte en 1933 con la creación del impuesto a los réditos, más la deuda externa, sobre todo con Inglaterra.
Así llegamos al gobierno de Perón. Durante el peronismo, desde 1945 a 1955, el déficit primario fue alto los cuatro primeros años, alcanzando su pico máximo en el 48 con un 17,87 por ciento del PIB debido, por un lado, a la política de redistribución y, por otro, a la falta de todo tipo de financiamiento externo. Por el contrario, el gobierno utilizó parte de las reservas en desendeudarse, y el déficit externo llegó a cero en ese mismo año. Se tuvieron que usar reservas en dólares, las que se tenía en libras por la guerra estaban bloqueadas, para comprar en Estados Unidos la mayor parte de las importaciones necesarias.
En el ‘49 la primera crisis de industrialización obligó a pedir un empréstito al Eximbank de 125 millones de dólares, que sirvieron sobre todo para financiar la salida de los beneficios de sus empresas. La inflación pegó también un saltó hasta cerca del 40 por ciento, pero a partir de allí, fue disminuyendo y en 1953 y 1954 el fenómeno inflacionario se frenó, con tasas de 3 y 4 por ciento y se lograron las tasas más bajas en la historia desde el ‘45 hasta la deflación de fines de los ‘90-2001, que llevaron a la crisis de 2001.
El PIB creció 11,1 por ciento en 1947 y 8,0 al año siguiente (tomamos las cifras que se dan oficialmente de esos años). El promedio de crecimiento del PIB fue moderado por la crisis y tiene un mínimo de -6,6 por ciento en 1952. Hubo una redistribución del ingreso para los trabajadores y sectores menos favorecidos, que llegó ser un 50 por ciento del PIB, nunca alcanzado en la historia argentina. También por primera vez el PIB industrial superó al agropecuario.
Déficit fiscal e inflación
En cuanto a las cuentas públicas, después de la caída de Perón, entre 1957 y 1962, el déficit fiscal, incluidos intereses ascendió del 3,35 al 6,79 por ciento. El país llegó a un acuerdo con el Club de París y adhirió al FMI donde tomó su primer préstamo. En ese período se profundizaron las crisis de stop and go, donde la falta de divisas en el sector externo fue determinante frente al crecimiento de las importaciones y los mayores costos del sector industrial.
Por consejo del FMI se efectuó una fuerte aumentó de la paridad cambiaria en 1959 del 113,7 por ciento, con pérdida de ingresos de gran parte de la población y el PIB bajó 6,4 por ciento. Luego la inflación se contuvo y el PIB creció 7 por ciento anual, pero el golpe pseudo militar que llevo a José María Guido a la presidencia en 1962 trajo también como ministro de Economía a Federico Pinedo y una terapia de shock con otra gran devaluación y dos descensos del PIB en 1962 y 1963.
El gobierno de Arturo Illia trató de desprenderse de los consejos del FMI y el país tuvo altos índices de crecimiento de cerca del 10 por ciento en 1964 y 1965, con un déficit fiscal en descenso del 7 al 4 por ciento entre 1962 y 1966. De hecho, encaminado, con mayor o menor fortuna el proceso de sustituciones de importaciones, el país tuvo tasas medias de crecimiento continuas sin nuevas crisis de balanza de pagos de cerca del 5 por ciento, entre 1964 y 1974, mientras la tasa de inflación llegó a un mínimo de 7,6 por ciento en 1969 y osciló después entre 15 y 30 por ciento, salvo 1972 y 1973, en medio de un gran cambio político, donde alcanzó el 60 por ciento.
Avanzó el proceso de industrialización y el PIB y se frenó luego por las posteriores medidas neoliberales. El balance comercial fue, mayormente positivo en todo ese período, y a los tropezones, la sustitución de importaciones, pese a sus problemas, y el mercado interno se mantuvieron, con distintos gobiernos, civiles y militares. Como señala Susana Torrado el salario real, la salud, la educación y cultura (mayormente públicas) y la vivienda mejoraron en todos esos años, así como se redujo la pobreza. Es toda esa época, a la que agrega los años del retorno a la democracia sin diferencia sus etapas, liberales y desarrollistas (más precisamente kirchneristas) a las que el presidente Macri llama los 70 años de decadencia (con lo que incluye, quizás sin darse cuenta, dos años de su mandato).
Neoliberal
Pero la realidad fue otra, la decadencia comenzó con la última dictadura militar, el formidable negocio del endeudamiento externo, que lo llevó de 8000 millones a más de 170 mil millones de dólares, las devaluaciones o una falsa paridad con el dólar, la fuga de capitales, los procesos hiperinflacionarios, la enajenación de activos del patrimonio nacional, el empobrecimiento de gran parte de la población, el crecimiento nulo y la gran crisis del 2001. En los años posteriores a la crisis se revirtió parte de ello.
Sin embargo, de la democracia surgió otra vertiente, de una ideología neoliberal y aun más radical que la de los militares, que nos ha sumido de nuevo en otra profunda crisis. La decadencia argentina viene de los gobiernos que prohijaron esas políticas. Fueron menos años que los que afirma el presidente Macri, pero le hicieron mucho daño al país. Es hora de revertir el rumbo si quiere, y no gradualmente sino con rapidez, pero con otras políticas. El desempleo, la inflación, la corrida bancaria, la caída del nivel de vida de la mayor parte de la población, el alza de las tarifas, la disminución de salarios y jubilaciones y el ajuste que se viene obligan a ello. La desglobalización en curso en el mundo y el nuevo rol de los Estados compromete a hacerlo.
Es difícil, recurrir nuevamente a un canje de la deuda como el gobierno anterior, pero debe tenerse en cuenta que el problema es el de las divisas y el mayor gasto público genera un mayor consumo y producción internos y reanima la economía. Esto y la creación de nuevos nichos tecnológicos y productivos, para lo cual hay que revertir, entre otras cosas, la política educativa y de ciencia y técnica serían dos buenos pasos. Una reindustrialización y creación de empleos lo seguiría. Lo contrario, sería ver como en Grecia, un país de 10 millones de habitantes, se marcharon de él 500 mil jóvenes, la mayoría técnicos y estudiantes.
* Profesor émerito de la Universidad de Buenos Aires.
Historia*El presidente Macri marca el inicio de la decadencia argentina hace 70 años. El argumento es falso.*El salario real, la salud, la educación y cultura (mayormente públicas), y la vivienda mejoraron y se redujo la pobreza en los años 40, 50, 60 hasta mediados del 70.*La realidad es otra: la decadencia comenzó con la última dictadura militar y el formidable negocio del endeudamiento externo.*La decadencia argentina viene de los gobiernos que prohijaron políticas neoliberales. *Fueron menos años que los que afirma el presidente Macri, pero le hicieron mucho daño al país.
Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/142460-la-falacia-de-los-70-anos
domingo, 27 de noviembre de 2016
RAPOPORT: “Macri está confundido en la política exterior”, entrevista de Federico Kucher para "CASH" del 27-11-16.
“Estados Unidos se muestra más propenso a cerrar sus fronteras y avanzar en una política proteccionista tras la victoria de Trump”, afirma Rapoport. (Fuente: Rafael Yohai)
Por: Federico Kucher
La victoria de Donald Trump alteró la estrategia del Gobierno de Mauricio Macri con Estados Unidos y continuar con la política exterior de megaendeudamiento. El nuevo libro de Mario Rapoport Historia oral de la política exterior argentina entre 1966 y 2016 es un aporte muy interesante para entender las dificultades que tuvo el país para acercarse a Estados Unidos en el último medio siglo y las necesidades económicas que llevaron a observar paradojas de la historia como el acercamiento comercial de la última dictadura militar con la Unión Soviética y China.
“El nuevo Gobierno está yendo a contramano del mundo y se confunde en la política exterior. Cuando avanza el proteccionismo de los países, acá insistimos en abrir las importaciones e ingresar a los acuerdos de libre comercio”, mencionó Rapoport en diálogo con Cash. El libro recibió financiamiento para la investigación del Conicet y fue editado por la Fundación Octubre.
¿De dónde surgió el interés por contar la política exterior Argentina?
–Cuando volví del exterior al regreso de la democracia y todavía no estaban totalmente disponibles los documentos diplomáticos argentinos, se me ocurrió hacer entrevistas a personalidades que tuvieron relevancia sobre mi doctorado, que se basó en archivos británicos y norteamericanos y abarcó los gobiernos de 1930 hasta la II Guerra Mundial. Eso fue importante como experiencia piloto, ya que había una sola historia oral, la del Instituto Di Tella, que no se encontraba fácilmente disponible y no trataba específicamente sobre política exterior. Pasaron los años y completamos esas primeras entrevistas, con detalles muy curiosos, como la del canciller Miguel Angel Cárcano, quién estuvo en el Pacto Roca–Runciman, fue embajador en Londres y Canciller de Frondizi. Me recibió en una espléndida mansión de Barrio Parque, donde un hindú vestido con sus ropas tradiciones hacía de mayordomo. Me parecía vivir la atmósfera de esa época. Lamentablemente esa entrevista se perdió, porque no llevé grabador y pensaba verlo nuevamente pero a los pocos meses falleció.
¿Cómo pasó de la idea a hacer un libro de dos tomos con más de 1500 páginas?
–En ese momento ya había entrado al Conicet como investigador y pedí financiamiento para iniciar más sistemáticamente una serie de entrevistas que esta vez resultaron exitosas. Hubo charlas con cancilleres, embajadores y ministros de Economía de la década del ‘30, pasando por el peronismo e incluyendo a los Gobiernos de Frondizi e Illia. Pude conseguir testimonios tan relevantes como el del ex canciller Hipólito Paz, los ministros de Perón Gómez Morales y Cereijo, el canciller de Frondizi, Carlos Floriat y el radical Lucio García del Solar, quién consiguió que la Asamblea de la ONU aprobara la resolución 2065 sobre la soberanía de las Islas Malvinas, que obliga a Gran Bretaña a negociar con la Argentina. También entrevisté a otros dos cancilleres del Gobierno militar de Onganía y Lanusse, Nicanor Costa Méndez y de Pablo Pardo. La experiencia de las entrevistas se interrumpió en los ‘90, porque escasearon los financiamientos para estos proyectos y se reanudaron en los últimos años, desde 2012 hasta el presente, con apoyo decisivo de Conicet, sin el cual no hubiera podido realizarse. Además conté con el apoyo de la UBA, del ISEN, cuyos alumnos de la promoción 2014 colaboraron con las nuevas entrevistas que llegan hasta el presente y, por supuesto, de la Editorial Octubre, que se animó a publicar los dos tomos en los que se agregaron trabajos míos y de otros académicos.
¿Cuándo se publicó el primer tomo?
–El primero tomo salió en 2015 abarcando los años de 1930 a 1966 y en estos días sale la segunda parte, desde 1966 a 2016. Hoy que se discute una mengua en el financiamiento científico y tecnológico, debo señalar que el apoyo brindado en su momento fue decisivo para realizar las entrevistas e investigaciones y hacer posible que salga este libro sobre la política exterior de la Argentina.
¿Cuál fue el vínculo del país con Estados Unidos a lo largo de las décadas?
–Hubo gobiernos que buscaron una relación más carnal y otros que se mostraron algo más reacios a estrechar vínculos. Los noventa fueron ejemplo claro de cómo la aceptación a las imposiciones de la potencia provocaron una crisis aguda en 2001. Las entrevistas con los cancilleres, no obstante, muestran particularidades de la historia que son notables. Hubo casos en que los funcionarios eran ideológica y económicamente liberales pero las necesidades los llevaron a tener posiciones no convencionales e incluso proteccionistas en la política exterior. En la relación con los Estados Unidos hay una fuerte paradoja cuando se revisa el período de la dictadura militar. Los militares buscaron estrechar la relación con Norteamérica pero nunca tuvieron el respaldo de la potencia, lo que queda claro en las definiciones sobre el conflicto de Malvinas. La Unión Soviética se convirtió en el principal comprador de productos argentinos. Lo interesante sobre la relación con Rusia es que, una vez llegada la democracia, Alfonsín ya no pudo seguir profundizando el vínculo porque la Unión Soviética había entrada en la fase de decadencia.
¿Qué se concluye luego de analizar las estrategias de tantos gobiernos?
–La conclusión es que la política exterior termina siendo un resultado de las necesidades internas y no de la ideología. Con los Estados Unidos nunca fue sencillo estrechar las relaciones, porque su economía no es complementaria con la de Argentina. A diferencia de la conexión tradicional con Gran Bretaña, Norteamérica no es un país que compre nuestra producción y por el contrario busca penetrarnos con sus productos y corporaciones.
¿Están todas las voces?
–El libro tiene la particularidad de expresar los pensamientos de radicales, peronistas, voces de derecha y voces progresistas. En algunos casos, como el de Costa Méndez, me reuní más de siete veces y en cada una de las charlas surgieron nuevas cosas que enriquecen notablemente la publicación. Cada una de las entrevistas llevó un esfuerzo de investigación sobre el personaje y el período en que fue funcionario. Es un aporte que permite entender mejor dónde estamos parados y las perspectivas, en un mundo muy contradictoria y que está manejado por una verdadera mafia internacional.
¿Qué perspectiva tiene acerca de la situación internacional?
–Una de los elementos importantes para seguir hacia adelante es qué ocurre con los nacionalismos europeos, en donde se destaca el caso de Francia con la elevada aprobación de Marine Le Penn. No hay que olvidarse que el nazismo tuvo apoyo popular al mostrarse como una opción contra el desempleo. La estrategia de campaña del propio Trump se basó en recuperar el empleo industrial en Estados Unidos.
¿Cómo evalúa la política exterior del Gobierno de Macri?
–La experiencia nos dice que estamos volviendo a caer en el infierno de la deuda externa y encima no se tienen en cuenta las transformaciones del mundo. Hoy Estados Unidos ya no ostenta sólo la hegemonía sino que vivimos en un mundo bipolar, donde China y otros países emergentes han ganado importancia en las decisiones. Sin embargo, se vuelve a escuchar los planteos de siempre con una Argentina triangulando sus relaciones con Estados Unidos y Europa. La clave es que es necesario tener una política exterior autónoma de las potencias, para evitar que los cambios en la dirección de los países desarrollados afecte el mercado interno.
¿Cómo puede influir en la relación con Estados Unidos el triunfo de Donald Trump?
–Ahora Estados Unidos se muestra cada vez más propenso a cerrar sus fronteras y avanzar en una política proteccionista, tras la victoria de Trump en las elecciones presidenciales. Pero acá la nueva dirigencia se empecinó en avanzar en la apertura del comercio. Es una clase dirigente que forma parte del establishment no sólo local sino internacional y toma decisiones en función de esos grupos, como facilitar la fuga de capitales. La Argentina es funcional al proceso de acumulación internacional pero no tiene una estrategia de acumulación local. La política del gobierno de Macri, de este modo, está generando un fracaso notable para amplios sectores de la sociedad, aunque resulta exitosa para algunos grupos reducidos del poder económico. Es necesario repensar la política exterior para favorecer intereses del conjunto de la población.
política
exterior
“Cuando avanza el proteccionismo de los países, acá insistimos en abrir las importaciones e ingresar a los acuerdos de libre comercio.”
“Hubo gobiernos que buscaron una relación más carnal con Estados Unidos y otros que se mostraron algo más reacios a estrechar vínculos.”
“La política exterior termina siendo un resultado de las necesidades internas y no de la ideología.”
“Con Estados Unidos nunca fue sencillo estrechar las relaciones, porque su economía no es complementaria con la de Argentina.”
“Uno de los elementos importantes para seguir hacia adelante es qué ocurre con los nacionalismos europeos, en donde se destaca el caso de Francia.”
“La clave es que es necesario tener una política exterior autónoma de las potencias”.
Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/5465-macri-esta
domingo, 20 de diciembre de 2015
DEVALUACIÓN Y AJUSTE, por Mario Rapoport (para "Página 12" del 20-12-15)
Por Mario Rapoport *
Cualquiera sea la forma en que se la llame lo que se ha producido en la Argentina es una fuerte devaluación del peso (no las minidevaluaciones que veníamos teniendo) y este enfoque extremo ya ha sido vivido muchas veces por la mayoría de los argentinos y figura entre sus recuerdos menos felices. La teoría ortodoxa señala que las devaluaciones, cuando hay problemas en las cuentas externas conducen a reducirlos y a expandir la actividad económica. Para los partidarios de los efectos expansivos de una devaluación, esto resulta no sólo por una mejora en la balanza comercial sino también por un impulso a la producción interior al abaratar los bienes producidos locamente permitiendo sustituir importaciones. Pero este no ha sido el caso de la Argentina, como lo hemos demostrado muchas veces y como lo expone con claridad una tesis de licenciatura presentada en la FCE de la UBA por Pablo Wahren.
Wahren señala que economistas como Krugman y Taylor han mostrado los efectos contractivos de las devaluaciones. En forma independiente de sus resultados sobre la balanza comercial, la devaluación encarece en la moneda nacional los bienes exportados e importados, los salarios reales se contraen debido a la inflación y todo ello produce un reparto negativo de los ingresos en favor de los capitalistas y una caída de la demanda agregada y de la actividad económica.
Como lo muestra además nuestra historia económica y lo refrendan prestigiosos autores como Díaz Alejandro, Oscar Braun, Leonard Joy y Marcelo Diamand, las devaluaciones han sido por lo general de este último tipo y han afectado sobre todo la distribución de los ingresos. A diferencia de otros países donde la matriz productiva es fundamentalmente industrial y eso le permite competir mejor con sus productos en el mundo (además de defender con políticas proteccionistas su más débil sector agropecuario, como Estados Unidos y Europa) en la Argentina el sector primario exportador, siempre competitivo a nivel internacional, es el que genera nuestras divisas, mientras que el demandante de divisas es el sector industrial no competitivo y que en realidad hay que proteger para su desarrollo. Según lo ha estudiado Julio Olivera la oferta de exportaciones es por lo general muy inelástica a las variaciones del tipo de cambio y, a su vez, los productos manufacturados están tan alejados del nivel internacional que es prácticamente imposible que una fuerte devaluación produzca un aumento de sus exportaciones. Y aunque en esos períodos las exportaciones crecieron y las importaciones se redujeron y los mayores saldos comerciales positivos pudieron haber estimulado la actividad económica, en todos los casos históricos que mencionamos, como veremos más adelante, esa actividad se contrajo.
De modo que las devaluaciones no han influido en el mejoramiento de la economía aunque han producido profundos efectos negativos y también formidables transferencias de ingresos.
La secuencia real es la siguiente: una devaluación genera una dinámica inflacionaria (o la agudiza si esta ya está en curso) que tiene efectos redistributivos negativos y produce severas recesiones. Los grandes beneficiados son los exportadores y las grandes corporaciones transnacionales o nacionales mientras caen los salarios reales, el valor de las jubilaciones y de otros sectores de ingresos fijos. Disminuye la actividad industrial, el empleo y la demanda doméstica y queda afectado el mercado interno. Caen las importaciones porque se encarecen los productos importados y aun así terminan desplazando a los nacionales que aumentan aun más (ellos también requieren bienes importados para su producción).
La cuestión se agrava porque la conducta de aquellos que ahora disponen del libre acceso al mercado de divisas (que no son los trabajadores ni la mayor parte de la clase media que podrían estar en condiciones de adquirir 500 dólares por mes) pueden llegar a comprar hasta dos millones de dólares diarios, y luego parte de ellos guardarlos o fugarlos del país, como ha ocurrido en el pasado (tenemos el caso reciente del HSBC). Esto aumenta aun más la contracción de la economía y los efectos recesivos y obliga a volver a endeudarnos y a caer nuevamente en crisis como las del 2001. Tenemos que tener en cuenta, por otro lado, que esta devaluación es en gran parte producto de la crisis de la economía mundial del 2008, de la que todavía no se salió y que la recuperación no depende sólo de las medidas internas que se tomen sino de cómo sale el mundo de esa crisis que lo tiene atrapado y afecta a Europa, China, Brasil y la mayoría de los países del mundo (nosotros entre ellos) y se agrava ahora con la caída del precio de las commodities y con el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, que afectarán las deudas asumidas y el nuevo endeudamiento a tomar (para no hablar de los fondos buitre).
Si las devaluaciones han sido una constante en la historia argentina desde la época del modelo agroexportador, ya con el proceso de industrialización en marcha, a mediados del siglo XX, las grandes devaluaciones siempre tendieron a favorecer al sector agropecuario, provocaron fuertes inflaciones, deterioraron los ingresos de los trabajadores y provocaron procesos recesivos. Las de 1958, 1962 y 1975 estaban vinculadas sobre todo a resolver crisis de la balanza comercial; las de 1981, 1989 y 2002 fueron devaluaciones financieras vinculadas fundamentalmente al endeudamiento externo.
Todos esos planes tuvieron fuertes impactos inflacionarios, mayores aun que lo que indican las cifras oficiales y Wahren lo mide con un indicador incontrovertible: el cociente entre el incremento de precios y el incremento del tipo de cambio que indica siempre una devaluación nominal mucho mayor que la real (es decir un aumento de precios mayor que el que debería producir el aumento del tipo de cambio real). Por otro lado, todas esas experiencias terminaron con caída del PBI, o en el mejor de los casos con un crecimiento nulo.
Las altas tasas de pobreza, la caída del empleo y la distribución negativa de los ingresos fueron las principales características de esas devaluaciones, y a partir de la instauración plena de un modelo rentístico-financiero, esto fue acompañado por un profundo proceso de desindustrialización e, incluso, durante la dictadura militar con una reducción directa de los salarios nominales.
Es decir que la devaluación debe sincerarse. Se busca más de lo que se pretende con esa medida. No se quiere una simple devaluación competitiva. Como lo han demostrado todos los ejemplos su fundamento es una fuerte transferencia de ingresos hacia los sectores agroexportadores y de las grandes corporaciones, que buscan además del beneficio directo de sus mayores ingresos, rebajar el salario real, incrementar el desempleo (lo que crea una interesante mano de obra desocupada potencialmente más barata), ligar sus políticas en forma más estrecha a un organismo internacional cuyas directivas son siempre las mismas: devaluación y ajuste.
* Profesor emérito de la UBA. Director de la Maestría en Historia Económica.
Publicado en:
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-288667-2015-12-20.html
martes, 31 de marzo de 2015
La utilización de los excedentes y la teoría del derrame, por Mario Rapoport (para "Página 12" del 31-03-15)
Esa historia muestra además que la mal llamada teoría del derrame, o mejor dicho del empleo exclusivo del excedente a favor de las clases pudientes, o más claramente de los ricos, no constituye una cuestión coyuntural, creada por la dictadura militar y los gobiernos que la siguieron, sino que se dio con regularidad a través del tiempo, salvo excepciones. Ya en la época del modelo agroexportador, una de las características más destacadas de la oligarquía terrateniente era su cultura fuertemente rentística. Este sector obtenía abundantes ganancias como resultado de la propiedad de grandes fundos rurales, que, gracias a su elevada productividad permitían apropiarse de rentas extraordinarias a nivel mundial. Esa oligarquía, lejos de preocuparse por utilizar el excedente para reinvertirlo, dejó la tarea en manos del capital extranjero (al contrario de lo que ocurrió por ejemplo en Canadá y Australia, entonces dos colonias, que pronto sostuvieron las riendas de sus propias riquezas) utilizando esa acumulación en el consumo extravagante e improductivo: desde costosos viajes a Europa, la construcción de suntuosas mansiones, algunas con bloques de material totalmente importado, como las famosas residencias de Victoria Ocampo, o hasta liquidar parte de su patrimonio como cuenta Ricardo Güiraldes en su novela Raucho, para el mantenimiento de cortesanas europeas de moda.
Según Jim Levy, un historiador australiano que hizo un análisis histórico comparativo entre los dos países, Argentina y Australia, mientras el Estado Argentino era un gobierno de los estancieros, o dicho de otra manera con un gran estancia a su cargo, la intervención estatal en la economía colonial australiana tomaba otros rumbos. Por ejemplo, ya hacia 1900 el gobierno dirigía las más grandes empresas de la economía primaria y del transporte, las comunicaciones y el manejo del agua. A él se le debía el 40 por ciento del total de la formación de capital doméstico, al mismo tiempo que se restringía la existencia de grandes propiedades rurales y se establecía un impuesto a las rentas de la tierra, que luego sería tomado como ejemplo por Raúl Prebisch, quien en un viaje de estudios a ese país, en los años ’20, se inspiró en él para confeccionar un impuesto a los réditos en la Argentina, que recién se implementó en 1932.
Hipólito Yrigoyen fue el primer presidente en intentar imponer impuestos a la renta, para obtener nuevos recursos fiscales, y poder capturar parte de ese excedente extraordinario utilizado en beneficio propio por la oligarquía. Sin embargo, debido a su debilidad en el Congreso, no pudo lograrlo. Sólo como consecuencia de la crisis de 1930 el predominante modelo agroexportador mostró sus límites y los mismos conservadores en el poder, expresión política de aquella oligarquía, necesitaron imponerlo para sustituir las carencias fiscales que resultaban de impuestos establecidos principalmente sobre un decaído comercio exterior. Pese a ello, los estancieros buscaron de inmediato la forma de evadir el pago de éste, convirtiendo sus estancias en sociedades anónimas. De manera tal, que ante el desastre fiscal que eso suponía, el mismo ministro de Hacienda conservador quiso duplicar ese impuesto e imponer otros a las grandes fortunas y a los beneficios extraordinarios, pero sus iniciativas fueron rechazadas sin más por un Senado manejado por su mismo partido.
Por otra parte, las empresas extranjeras, desde las que arribaron al país en la época agroexportadora hasta las que procuraron beneficiarse del proceso de industrialización, en vez de reinvertir las ganancias que obtenían a fin de aumentar la producción o incorporar nuevas tecnologías que permitieran mejorar la competitividad, optaron por repatriarlas a sus países de origen aprovechando una legislación liberal que las favorecía. Lejos de estimular el desarrollo nacional, estas prácticas no hicieron más que profundizar la dependencia e impedir un crecimiento económico sustentable. Sólo la experiencia del peronismo, que dio un rol central al Estado nacional en el manejo de la economía, pudo realizar una distribución de ingresos hacia sectores productivos y trabajadores asalariados. Pero ese intento, que también tuvo grandes resistencias políticas y económicas, duró menos de una década.
Raúl Prebisch llegó a la conclusión de que un país periférico, como la Argentina, nunca lograría desarrollarse plenamente mientras sólo las clases acomodadas se apropien y hagan uso del excedente económico. Según él, los estratos superiores de la sociedad terminaban canalizando la riqueza hacia pautas de consumo improductivas e imitativas del mundo desarrollado o alimentaban con sus fugas los procesos de acumulación del centro.
En los últimos doce años de gobiernos kirchneristas se intentó nuevamente la apropiación de una parte del excedente por el Estado (con las retenciones como una herramienta fundamental, aunque fuertemente resistida con cierto éxito por los intereses agrarios) para redistribuirlo mediante programas orientados a la inclusión social y el desarrollo económico. A ese medio se le agregaron otros, como las de la industrialización, la recuperación del empleo o políticas de desendeudamiento que permitieran desembarazarse del peso de la deuda y de sus organismos de control. Entre otras, las asignaciones universales por hijo, la inclusión previsional, los aumentos salariales y la inversión estatal lograron alcanzar la reconstrucción económica y social del país luego de la peor crisis de su historia.
Sin embargo, hasta nuestros días, el vaso no termina nunca de llenarse y menos aún de derramar su líquido. En septiembre de 2014 las autoridades tributarias de Francia le entregaron a la AFIP información sobre 4040 cuentas bancarias pertenecientes a personas físicas y sociedades argentinas en el banco HSBC de Ginebra. El monto total del dinero no declarado supera los 3500 millones de dólares, es decir, más del 10 por ciento de las reservas internacionales que posee el BCRA en la actualidad. Entre los principales responsables de este hecho ilícito se encuentran el Grupo Fortabat, Cablevisión, Telecom Argentina, Mastellone Hnos., Edesur, entre otras empresas, grupos, banqueros, políticos y empresarios. La AFIP calculó que el dinero evadido desde 2006 (año en que fueron creadas las cuentas), más el pago de la multa por haber cometido tal ilícito, se acercaría a los 62 mil millones de pesos, es decir 2,2 veces el presupuesto asignado a la Asignación Universal por Hijo en 2015. Sin contar los cálculos que en Europa realiza el Tax Justice Network, que ha calculado el dinero argentino en los paraísos fiscales en un monto similar al de nuestro PBI. Y muestra cuán vieja es la costumbre de nuestros sectores pudientes de fugar dinero al exterior.
Este caso debe servir como punta de lanza para abrir un debate en la sociedad acerca de la apropiación y utilización del excedente en la Argentina. Una reforma tributaria integral y progresiva, no parcial y regresiva, es fundamental para profundizar el uso social y productivo del excedente económico por parte del Estado democrático. Por el contrario, no es menos alarmante la presencia de candidatos presidenciales anunciando como políticas centrales la disminución de impuestos para beneficiar sobre todo a los más ricos, y devaluaciones del peso en el mismo sentido. Esto no haría más que desfinanciar nuevamente el Estado y esperar que funcione nuevamente la teoría del derrame, salvo que los sectores populares, ahora en conocimiento de causa, antes de aguardar pacientemente ese milagro hallen la manera de volcar el vaso.
martes, 26 de agosto de 2014
DEUDA, SOBERANÍA Y CRECIMIENTO, por Mario Rapoport (para "Página 12" del 24-08-14)
El otro tema, relacionado con el uso de la fuerza para resolver estas cuestiones, surgió en 1902 debido al bloqueo de puertos de Venezuela por parte de Alemania, Italia e Inglaterra. Lo hicieron a pedido de sus empresas e inversores por deudas allí contraídas que el gobierno venezolano consideraba un asunto interno y como tal, de competencia de los tribunales locales. Con motivo de esa intervención militar europea, el Ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina, Luis María Drago, envió una nota el 29 de diciembre de aquel año a su embajador en Washington, Martín García Mérou, en la cual declaraba que la deuda de un Estado no puede ser argumento para justificar la agresión militar ni la ocupación de su territorio. Esta es la doctrina Drago, que se fundaba en el apoyo que presuntamente debía brindar Estados Unidos con la aplicación de la doctrina Monroe, dirigida especialmente contra la injerencia de poderes extranjeros en toda América. Pero Drago no consideró que el nuevo y más poderoso enemigo en el tema del cobro compulsivo de las deudas era la misma potencia del norte, como se demostró bien pronto por sucesivas intervenciones de Washington con ese propósito en diferentes países de la región.
La globalización financiera actual pone de nuevo en juego la soberanía jurídica de los Estados, imponiendo la voluntad de los acreedores, al obligar a los países deudores a renunciar a su condición de soberanos en la emisión de sus bonos y a someterse voluntariamente a las reglas de derecho privado de otros países. Permite así la acción legal de los fondos buitre, que reemplazan a las viejas cañoneras europeas o a las tropas de invasión estadounidense. Esto crea una situación privilegiada para los acreedores que piensan con ello asegurar el reembolso de sus préstamos o procuran, a través de una Justicia que no es independiente a sus influencias, la obtención de ganancias extraordinarias.
Sin embargo, deben tener en cuenta lo que señala Anatole Kaletsky, un reputado especialista en finanzas internacionales, en su libro de 1985 The Cost of Default: “La ejecución forzada de los activos de un deudor soberano extranjero es potencialmente un problema más explosivo que el simple papel de una sentencia, y las legislaciones de Estados Unidos y Gran Bretaña, de hecho, han protegido más celosamente la inmunidad de ejecución que el hecho de la inmunidad general a ser citado a una corte extranjera”.
La actual crisis financiera internacional muestra, además, que estos casos ponen en peligro todo el equilibrio del sistema financiero internacional al dificultar la reestructuración de la deuda de otros países, como lo señala en un artículo publicado en Le Monde de París (21-8-2014) el economista francés Pierre Salama.
Contrariamente, a lo que expresan ante la opinión pública algunos políticos o economistas de nuestro país, muchos de los argumentos para justificar la posición argentina están relacionados con las preocupaciones de los mismos centros económicos internacionales, que no ven a corto plazo una recuperación efectiva de la gran crisis mundial desatada en 2008. Kalestky mismo, en un artículo publicado recientemente (15-8-2014) por la agencia Reuters, señala que numerosos industriales, financistas y políticos reconocen ahora que sólo a través de políticas económicas activas se puede estimular el crecimiento y el empleo y superar la crisis.
En una óptica algo diferente, Kaletsky cita también al nuevo vicepresidente de la Reserva Federal, Stanley Fischer, que el 11 de agosto pasado señaló en un discurso que todos los años es necesario explicar por qué la tasa de crecimiento mundial ha sido menor que la pronosticada anteriormente. “Este modelo de decepción y revisión a la baja (...) es el principal desafío en la lista de los temas que los políticos enfrentan (...) para restaurar el crecimiento, si es que esto es posible.” Para Fischer volver a las tasas de crecimiento previas a la crisis debería basarse en ciertos principios que hasta ahora son tabú, especialmente para los bancos centrales.
Si bien su mirada es la de un banquero del establishment el diagnóstico que plantea refleja en parte el curso de acción actual del gobierno argentino. Fischer subordina las políticas antiinflacionarias a las de crecimiento aunque propugna mantener en lo posible precios estables. Entre otras cosas, apoya a las naciones europeas deudoras de la Eurozona que están siendo forzadas por Alemania y el Banco Central Europeo a combatir exclusivamente la inflación. Para revertir la crisis del lado fiscal –según él– es necesario frenar el aumento de los impuestos y no recortar el gasto público.
Sobre todo, Fischer considera que parte de los obstáculos al crecimiento del lado de la oferta –tales como la participación decreciente de las fuerzas laborales, la declinación de la inversión y la baja productividad– son causadas transitoriamente por la debilidad de la demanda más que por los continuos cambios tecnológicos o de la naturaleza humana. Un objetivo principal de la política monetaria es asegurar que cualquier debilidad temporaria de la demanda no ocasione una reducción permanente de la oferta. Según Fischer es posible revertir o prevenir tal declinación aplicando políticas macroeconómicas expansivas.
Tanto la importancia de la soberanía jurídica de los estados, como la naturaleza del pago de la deuda o las políticas para restaurar el crecimiento tienen que volver a revisarse. Ya en 1830 el notable jurista alemán Karl Eduard Zachariae reconocía que no puede quebrarse el compromiso (de la deuda) sin razón, pero que los gobiernos tienen un deber superior al de pagar sus deudas: el de mantener vivos a sus ciudadanos. Y si no existe otra alternativa, “deben desatender a sus acreedores”.
El gobierno local quiere cumplir con sus deudas y volver a un sendero virtuoso de crecimiento sin que la última alternativa de Zachariae se haga necesaria.
* Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.
Publicado en:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-253717-2014-08-24.html
martes, 5 de agosto de 2014
De cómo ser castigados por querer cumplir con la deuda, por Mario Rapoport (para "Página 12" del 05-08-14)
Una comedia de enredos
Las alternativas de la agenda económica y política mundial de los últimos tiempos, dominada por el capital financiero y el libreto neoliberal, han vuelto a demostrar la innegable interrelación existente entre las distintas dimensiones de la realidad, mostrando claramente que, detrás de la presunta “filosofía” de mercado como eje central de la vida económica, existen actores concretos con diferentes grados de poder para condicionar la evolución de los acontecimientos; en este caso, la Justicia norteamericana.La política de desendeudamiento emprendida por los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner con los canjes de 2005 y 2010 (que no es una novedad absoluta porque, ante la crisis de 1890, el llamado “Arreglo Romero” de 1893, por el nombre del ministro que lo impulsó, planteaba algo parecido con las distancias de la época y de los eventos que no fueron iguales) disminuyó notablemente el monto de la deuda externa. Esa política permitió que el país pase de un índice de deuda sobre el PIB de 113 por ciento en 2001 a valores menores al 40 por ciento en 2013.
No obstante, el proceso de desendeudamiento se vio empañado por el accionar de los fondos buitre, especialmente el controlado por el magnate estadounidense Paul Singer. Estos fondos, ya acostumbrados a estas maniobras porque las hicieron con Perú en 1994 y luego con otros países, aunque por montos inferiores, compraron deuda argentina defolteada en 2008 e iniciaron una demanda al país en la Justicia norteamericana, exigiendo el pago por el 100 por ciento del valor nominal de los bonos más los intereses impagos.
Gracias a sus contactos políticos, esos fondos tienen la seguridad de ganar, como ya sucedió en casos anteriores. Obtienen así una jugosa diferencia con un procedimiento que en realidad es ilegal porque va contra disposiciones de la ley de Nueva York, donde se inició el pleito, que prohíbe comprar deuda para litigar.
Los hechos son conocidos. Ayudados por el guión de algunos “gurkas” argentinos, como el ex funcionario de organismos internacionales Claudio Loser, los demandantes se vieron beneficiados por un fallo del juez de primera instancia Thomas Griesa, quien debe su nombramiento al otrora presidente republicano Richard Nixon, conocido como “Dick el tramposo”, el de Watergate y los juicios antiamericanos de los años ‘40, de quien habría aprendido algunas de sus habilidades. El juez, para darle un broche de oro a su seguramente próximo retiro del cargo, obligó al país a abonar 1300 millones de dólares, una regia compensación por los 47,8 millones de dólares que esos bonos les costaron a los fondos buitre (aunque para ser sinceros habría que restar las generosas donaciones políticas que efectúan frecuentemente para obtener todo tipo de favores, como bien lo pone en evidencia la serie televisiva House of Cards). Además estableció una interpretación de la cláusula pari passu que les permitió a los buitres reclamar el monto total de los bonos en default. Ese fallo fue confirmado luego por la cámara de segunda instancia y la misma Corte Suprema de los Estados Unidos.
El gobierno argentino abonó una cuota a los que aceptaron el canje como correspondía, pero se rehusó a pagar a los fondos buitre porque, de hacerlo, se vería obligado a afrontar otras demandas del resto de los holdouts, y probablemente de los demás acreedores, lo que alcanzaría cifras siderales. De modo que la deuda se hace de cumplimiento imposible y destruiría las anteriores quitas y la política de desendeudamiento.
Por otra parte, el interés de esos fondos por embargar los activos de Chevron en los yacimientos de YPF en Vaca Muerta demuestra que no se conforman con ese fallo favorable. No son sólo buitres que buscan beneficiarse de la carroña de los bonos basura sino vampiros ávidos de la buena sangre de nuestros recursos naturales. Conocemos la película. Ya en la crisis de 1890 se quisieron embargar los derechos de la Aduana, entonces nuestros principales recursos financieros.
Debemos tener en claro que, en este litigio, la Argentina no sólo está defendiendo sus intereses nacionales, ya que el posible resultado de tan extenuante situación puede ser el de condicionar futuras reestructuraciones de deudas de otros países que entren en default.
Colofón: el guión imperial
El litigio terminó, por el momento, en una suerte de comedia de equívocos. El 30 de julio vencía el plazo de gracia fijado por el juez Griesa para el pago de la Argentina a los fondos buitre, a lo que nuestro gobierno se negó por las razones que hemos mencionado.En cambio pagó puntualmente a los bonistas del canje. Un pago que correspondía y que arbitrariamente Griesa rechazó, pero la Argentina no aceptó su devolución, por lo que el monto del pago quedó varado en un banco norteamericano y esos bonistas lo reclaman, claro que no al gobierno de Buenos Aires, que ya no lo tiene, sino al mismo Griesa (quien tuvo que liberar los que corresponden a otras plazas fuera de Nueva York).
A su vez, como ha ocurrido otras veces en la historia local, varios medios y “gurkas” locales, muchos de ellos responsables del endeudamiento de los ‘90, dicen que entramos nuevamente en default. Pero entra en default aquel que no cumple con los compromisos asumidos, y la Argentina cumplió (también con su arreglo con el Club de París, lo que muestra su voluntad de pago).
El que provocó esta situación inédita es el inefable Griesa, y de lo que en verdad estamos hablando no es de un default “técnico” argentino sino del “default” Griesa, por la acción irresponsable de un juez (y de la Corte Suprema de su país al haberlo avalado) que dictaminó a favor de la piratería financiera y no quiso reconocer un pago legítimo del que tendrá que hacerse cargo. La Justicia norteamericana no es ciega: mira por el ojo sano del pirata. Es el “secreto de sus ojos” imperiales. Se trata, sobre todo, de darnos una lección. El sistema financiero internacional vive de los intereses de sus deudores, no está interesado en ningún tipo de desendeudamiento. Este capitalismo “realmente existente” no es el utópico de la libertad de mercado sino un sistema depredador protegido legalmente, cuyo objetivo es el de mantener a los países más pobres o en desarrollo, y ahora incluso a algunos desarrollados, bajo el mecanismo de la deuda eterna y de las políticas de ajuste.
Con no otorgar el stay o la prórroga que pedía la Argentina para llegar a enero, ya vencida la cláusula RUFO, establecida en los canjes, que determinaba la igualación del trato a los bonistas que entraron en él con un posible pago mayor a los holdouts, queda demostrado que el director de esta comedia de enredos, el “dios” de Wall Street, quiso apresurar el final para perjudicar a la Argentina. Pero nuestro gobierno no se prestó a seguir un guión impuesto, en el que volvemos a ser víctimas y dominados. Por eso, la jurisdicción de nuestros bonos, presentes y futuros, debe volver al lugar de origen de éstos. Ya lo dijeron hace más de un siglo nuestros eminentes juristas Drago y Calvo, que sostenían la jurisdicción nacional para los litigios que involucraban inversiones externas y el rechazo a toda compulsión para el cobro de las deudas.
martes, 17 de abril de 2012
Lo que nos pertenece, por Mario Rapoport (para “Página 12” del 17-04-12)


Por Mario Rapoport
Economista e historiador.
YPF, creada en 1922, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, con yacimientos descubiertos a partir de 1907, fue conducida inicialmente por un patriota visionario, el general Enrique Mosconi, brindando una base para nuestra industrialización e independencia económica y dando empleo a muchos argentinos.
Mosconi se interesó en el petróleo cuando trabajaba para el incipiente servicio aeronáutico del ejército y un oscuro gerente de la Texaco, empresa estadounidense a la que se le compraba en ese entonces gasolina, se negó a proveerla bajo el pretexto de que el organismo estatal se había excedido en los límites de crédito otorgados. Entendiendo que las Fuerzas Armadas podían paralizar sus actividades por esas circunstancias, se le reveló a sí mismo la necesidad de un abastecimiento permanente de aquellos productos, cada vez más indispensables desde el punto de vista estratégico, mediante la creación de una empresa estatal.
Mosconi se dio cuenta de que las compañías norteamericanas e inglesas que dominaban el mercado, unas más brutalmente y otras con mayor suavidad, terminaban ahogando al país con sus cuerdas como las viudas negras a sus amantes de turno. Negras de ese líquido tan precioso como el petróleo.
Debemos recordar que desde los comienzos del siglo XX los supuestos del libre comercio, definidos brillantemente por Adam Smith, no fueron horadados por las ideas de Carlos Marx, sino por la acción de un demiurgo ambicioso e implacable como lo llamaba Bertrand Russell, el norteamericano John D. Rockefeller. Este llegó a monopolizar a través de su Standard Oil la casi totalidad de la capacidad refinadora, los oleoductos, el transporte y el 85 por ciento de los recursos petroleros de su país y luego se lanzó al mundo compitiendo con los no menos voraces intereses holando-ingleses de la Royal Dutch Shell. El libre comercio podía servir para la teoría, pero John D. y la Shell preferían la práctica del monopolio.
Yrigoyen intentó enfrentarlos a través de un proyecto de nacionalización del oro negro argentino. El manejo del recurso estratégico se había convertido en uno de los ejes de la agenda política y transformado en bandera del antiimperialismo. Diego Luis Molinari decía en el Senado “que no se instituye un monopolio del Estado para aplastar a una industria privada de tales o cuales individuos: estamos en la alternativa de elegir entre el monopolio extranjero y el monopolio del Estado, que es, en definitiva, el monopolio del pueblo argentino”.
Pero el caudillo radical se encontró con una muralla de políticos venales que, además de acusarlo de decrépito, organizaron con paciencia un golpe de Estado para echarlo del poder en septiembre de 1930. El gabinete del nuevo presidente, José Félix Uriburu, lucía con la presencia de varios abogados o representantes de las empresas extranjeras. En su época se decía que en ese golpe había “olor a petróleo”: era quizás el perfume más cotizado de entonces y lo siguió siendo hasta ahora.
La historia de YPF sufrió varios avatares, pasando por el fracasado contrato con la Standard Oil de California, al final del gobierno de Perón, que no ponía en juego a la compañía estatal, pero sí le otorgaba una concesión importante a esa empresa; los contratos petroleros firmados por Frondizi; y la anulación de esos contratos bajo el gobierno de Illia.
La necesidad del abastecimiento petrolero en la época de la industrialización previa al golpe del ’76 estaba metafóricamente simbolizada por una acertada expresión de Horacio Giberti. “Si la industria es el motor del avión, su combustible es la energía y, precisamente, por falta de petróleo, el avión de la economía argentina no alcanzó a despegar.”
Ya con la última dictadura militar, que desindustrializó el país, predominó el desmantelamiento expreso de YPF a fin de garantizar el costoso endeudamiento externo. Una empresa exhausta, pero todavía potencialmente pródiga quedaba como última joya de la corona cuando el gobierno de los noventa optó por obviar la importancia económica y estratégica de este recurso natural y no renovable permitiendo la privatización primero y su extranjerización después.
Mientras que países vecinos como Brasil con Petrobras, Venezuela con Pvdsa y México con Pemex mantenían el petróleo en manos del Estado, la Argentina lo vendía apresuradamente para intentar salvar una falsa estabilización cambiaria, aunque sus ingresos no sirvieron para conformar ni la última propina de la deuda externa.
Repsol-YPF pasó a poseer un considerable poder de mercado, parecido al que tenía su predecesora estatal. Se reemplazaba la lógica del interés nacional por el de la ganancia empresarial. La producción se destinaba esencialmente a la exportación, a fin de aprovechar el vertiginoso alza del precio del crudo, mientras se dejaba de lado la constitución de reservas indispensables para el futuro. Al mismo tiempo se disminuía la exploración de riesgo y se reducía en forma considerable la cantidad de años que aquellas reservas podían cubrir.
Además, la renta petrolera se reciclaba fuera del circuito productivo nacional, privilegiando la remisión de utilidades y los precios de transferencia. Las retenciones eran un paliativo desde el punto de vista fiscal, que no resolvían ni la posibilidad de absorber el aumento del valor del crudo, ni la cuestión principal que era el control por parte del Estado de un recurso cada vez más escaso e imprescindible para la nueva etapa de desarrollo económico del país.
Hoy las críticas que nos vienen de España y del Viejo Mundo son muchas, pero no olvidemos que los gigantes que veía el Quijote en su delirio no eran más que molinos de viento. El gobierno argentino no está expropiando una empresa, sino recuperando algo que les pertenece al país y a su pueblo. Los molinos de viento están en otra parte y es posible que muevan como fantasmas la crisis europea. Mientras, nosotros nos quedamos con lo que nos pertenece.
Publicado en :
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-192024-2012-04-17.html









