Simplemente, una mujer iraní dice las verdades que no verás en los noticieros de tu país.
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— Elhio 🇦🇷 (@ElhioC) March 4, 2026
Este es un espacio de reflexión social, política Y cultural. TWITTER: @Mirandohadentro @adrianccorbella
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El lider nacionalista del frente patriota federal hace un analisis del año de gobierno del presidente javier milei echando por tierra toda su gestion pidiendo que se active el juicio politico , mientras humilla a milei y a los trolls libertarios operadores del gobierno como el gordo dan o santiago caputo . Asimismo critica la situacion economica del pais , el abandono a los jubilados y plantea varias propuestas de su espacio.
Golpes y más golpes
La denuncia de Fabiola Yañez contra Alberto Fernández confirma la necesidad de un Ministerio de la Mujer y de las políticas institucionales de género. El partriarcado atraviesa a los partidos y a toda la sociedad.
Por Luis Bruschtein
10 de agosto de 2024
La denuncia contra el expresidente Alberto Fernández y la detención del hijo de un desaparecido, por el crimen de su madre, son presentados para indisponer a la sociedad hacia las políticas de derechos humanos y de protección a la mujer. Por el contrario demuestran la necesidad de fortalecer y profundizar esos valores porque han sido situaciones creadas por el patriarcado y el terrorismo de Estado.
Son escenarios que están en desarrollo. Cada quien puede creerle a cada uno de los protagonistas. La apariencia de paradoja está en que Alberto Fernández, que está denunciado como golpeador, fue promotor del Ministerio de la Mujer como herramienta institucional contra la discriminación y la violencia de género.
Esa falsa paradoja no solamente no desmerece la existencia del Ministerio, sino que subraya la necesidad de que exista. Los que han usado la denuncia de Fabiola Yáñez para caranchear en forma politiquera, al mismo tiempo son los que eliminaron el Ministerio de la Mujer y los que han rechazado la figura del femicidio como agravante en la justicia. En este caso, el castigo al golpeador no termina con esa práctica. Se requieren políticas que creen conciencia y formas de salvaguarda en un proceso que llevará tiempo para romper esa matriz de discriminación y explotación.
La paradoja es falsa porque la discriminación de género, el patriarcado, es una rémora que está en el entramado cultural de sociedades machistas desde su raíz. El machismo y la violencia de género atraviesan a todos los partidos políticos, de izquierda, de centro y de derecha. No importa en este caso si Alberto Fernández fue mal o buen presidente o si es peronista, radical o macrista. En todo caso, para el peronismo, y más en el kirchnerismo, el machismo y la violencia de género son aún más graves porque hay un debate sobre lo que significa y nadie se puede hacer el desentendido.
El asesinato de Susana Montoya y la detención de su hijo, Fernando Albareda, hijo de desaparecidos y activista de derechos humanos, llenó de dolor, congoja y confusión. La investigación aún está en marcha. Pero sea cual sea el resultado, se trata de una desgracia producto del terrorismo de Estado. De la misma forma que la denuncia contra Alberto Fernández, la tragedia cordobesa se revela como una explosión de horrores que dejó el paso del ex general Luciano Benjamín Menéndez por la provincia.
La historia de los protagonistas es desgarradora por la ferocidad que se abatió sobre sus vidas con el terrorismo de Estado. El país entero, nadie, ninguno, salió indemne. Más de 40 años de políticas de Memoria, Verdad y Justicia no alcanzaron para limpiar los efectos de un genocidio, para superar las lacras psicológicas del exterminio masivo de compatriotas, de la aplicación masiva del secuestro, la desaparición y la tortura como prácticas naturalizadas por una dictadura sangrienta.
Produce cansancio y saturación que se reconozca estas problemáticas solamente cuando conviene, por oportunismo político. Los políticos y los partidos son reflejo de la sociedad que los generó, con defectos agrandados, en algunos casos, por el influjo pernicioso de la cercanía con el poder. Pero está en los partidos la responsabilidad de cambiar esas lacras culturales. De no minimizar actitudes discriminatorias o los discursos y las formas autoritarias a partir de reconocer que no es un discurso de oportunidad, para la gilada, sino que son valores que fortalecen el basamento de una sociedad más respirable de la que tenemos.
Parece una broma que en esta semana, con el país conmocionado por estas historias, en el Congreso, los legisladores estén movilizados por el inminente debate sobre la visita de un grupo de ellos a genocidas condenados por violaciones a los derechos humanos. La política puesta al servicio del horror que todavía infecta a sectores de la sociedad por los efectos del terrorismo de Estado. “No aflojen, conserven la memoria” fue el mensaje del Papa Francisco que llegó cuando la Cámara de Diputados no podía reunir quorum para crear la comisión que debe investigar a los que se reunieron con los genocidas y conspiraban para liberarlos.
En un país que produce y exporta alimentos pero en el que la quinta parte de sus habitantes pasa hambre y está por debajo de la línea de indigencia, esa discusión ya tendría que haber sido saldada. Pero está latente y brota siempre en los mismos contextos.
Cuando las mayorías son sometidas a la pobreza y el sacrificio, cuando se les confisca el 17 por ciento de sus salarios y jubilaciones, se los despoja de sus derechos laborales y aumenta el precio de los alimentos, los remedios y el transporte, reaparecen, hermanados con estas políticas, los discursos de reivindicación de la dictadura. Resurgen los que aplican estas políticas y en muchos casos son apellidos y políticas que se repiten, disfrazadas de palabras como “el cambio” o “lo nuevo”, “yo nunca hice política”.
El otro decreto que espera en las gateras del Congreso es la modificación de la AFI y la asignación de cien millones de dólares para su funcionamiento. La maquinaria aceita sus engranajes. La gran paradoja es que lo hace bajo el discurso de la libertad, como cuando las dictaduras suprimían la democracia con la excusa de defenderla. Ahora se trata de libertad para el mercado, garrotazos para los demás.
La sociedad se acerca a una encrucijada en la que descubrirá que no hay nada nuevo en el sacrificio que se le exigió. Con este gobierno, lo que se perdió no se recupera. Pero no es la misma sociedad de las décadas anteriores y el comportamiento no es tan predecible. Hay señales, como la marcha del miércoles desde San Cayetano o la misma fila para acceder a la iglesia.
También circuló una encuesta esta semana, entre jóvenes de menos de 24 años en el área del AMBA, Conurbano y CABA y que publicó Pagina/12. Es un dato para tener en cuenta. Y es importante si se recuerda que el 70 por ciento del voto menor de 24 años se inclinó por Javier Milei en las elecciones presidenciales. En su mayoría fue un voto de expectativa, no de alineamiento ideológico. En esa zona blanda del voto libertario, el 80 por ciento califica de mala la situación y apenas el 30 por ciento de los jóvenes encuestados tiene imagen positiva del Presidente.
El descontento se extendió entre quienes lo votaron, aunque ese proceso todavía no llegó a la protesta. Pero es una sociedad distinta, el descontento tomó forma, pero no apareció la alternativa. La oposición no conectó con el desencantado. Tiene sus propios problemas, porque antes el desencanto fue con ella, que se confirma con hechos como el de Alberto Fernández. Ese empate en el rechazo frena el surgimiento de la alternativa que convenza.
No sería tan difícil convencer que no hay curro de los derechos humanos, ni curro en la solidaridad con los que menos tienen, ni degeneración sexual en las políticas de género. Basta la intención, discreta, casi mínima, de vivir en un país donde se respeten los derechos de las personas en forma humana y civilizada, donde la mujer no esté discriminada ni temerosa de sufrir violencia o donde no se vea a los pobres como un enemigo.
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A días del estreno, Barbie, la película de Greta Gerwig protagonizada por Margot Robbie, se ha transformando en un éxito de taquilla y ha comenzado a generar sus primeras polémicas gracias a un guion bastante particular.
Para quienes no la hayan visto, Barbie vivía feliz en el mundo ficticio y perfecto de Barbie Land, el cual se basaba en una suerte de “matriarcado” en el que las mujeres no solo tenían su propio gobierno y ocupaban todos los cargos de la Corte Suprema, sino que también se hacían cargo de los trabajos incómodos como los de los obreros de la construcción. Los hombres que habitaban Barbie Land, los Ken, eran apenas una sombra al servicio de las Barbie.
El punto es que la Barbie protagonista comienza a tener “imperfecciones” que nunca tuvo: piensa en la muerte, no logra caminar en puntas de pies como si estuviera usando tacos y observa celulitis en sus piernas.
La solución para ello está en el mundo real, porque esa imperfección padecida por la muñeca obedece a que su dueña humana le ha transmitido sus padecimientos y pensamientos oscuros.
Al viajar al mundo real junto a Ken, Barbie se da cuenta que allí todo es distinto y que, en este mundo, las mujeres no solo no son autónomas ni gobiernan, sino que se encuentran constantemente en tensión y agredidas: los hombres las miran lascivamente y les dicen cosas por la calle; incluso uno de ellos se propasa con Barbie y la que acaba presa es ella tras darle una bofetada.
Asimismo, Barbie va a la empresa que la ha fabricado, Mattel, y allí se da cuenta que todos los altos ejecutivos son varones, con lo cual experimenta el “techo de cristal”, y también sufre en carne propia el mansplaining (la actitud machista de algunos hombres de menospreciar a las mujeres creyendo que deben explicarle todo porque, en tanto hombres, saben más que ellas); por si esto fuera poco, la hija adolescente de su dueña acusa a Barbie de ser el prototipo de la sexualización capitalista, de retrasar al movimiento feminista, de matar al planeta por impulsar el consumismo y de ser, finalmente, aquello que puede resumir todo lo que no nos gusta, esto es, ser fascista.
En el mundo real, Ken aprende los principios del patriarcado y regresa a Barbie Land para imponer que todas las mujeres acaben rindiendo pleitesía a los varones; incluso aquellas que eran escritoras, ganadoras de premios Nobel o presidentas, devienen “siervas” y obsecuentes de unos Ken que gozan de los privilegios de la masculinidad.
Sin embargo, la dueña de Barbie, una mujer “ordinaria”, realiza un discurso frente a las Barbie a las que les explica todo lo que una mujer padece, cómo el sistema las obliga a ser “sororas” pero a su vez ser competitivas; a estar perfectas, pero, a su vez, encargarse del cuidado de los demás, etc., y aquello se transforma en una revelación que empodera a las Barbie y las hace tomar conciencia para rebelarse contra el patriarcado.
Paso seguido, se dan cuenta que la manera de vencer al sistema es enfrentar a los Ken entre sí porque los varones son competitivos. Entonces seducen cada una a un Ken, pero luego se van con otro para promover los celos y el enfrentamiento. Finalmente, mientras ellos se pelean, las mujeres vuelven a tomar el poder.
Hacia el final, aparece el personaje de Ruth Handler, la ya fallecida creadora de Barbie, donde le explica su origen y su sentido, el cual es, justamente, no representar ninguna esencia, no tener ningún final “predeterminado”. Barbie, a su vez, ofrece un mensaje claramente individualista cuando le explica a Ken que él no debe vivir para Barbie ni para nadie; que él debe encontrar su verdadero yo sin nadie más.
Por último, en el nuevo gobierno femenino de Barbie Land, buscando hacer un guiño al pretendido progreso que supondría el feminismo queer, el muñeco “raro” de la saga, claramente homosexual, Allan, formará parte del gobierno. Lo mismo sucede con una Barbie desvencijada y maltratada, otra “rara” y aparentemente lesbiana, quien también tendrá un lugar central en la administración, a diferencia de los Ken a los cuales ni siquiera se les dará un escaño en la Corte Suprema de Barbie Land.
Si usted no ha visto la película y se sorprende por este tipo de mensajes entenderá que el film acaba encorsetado en una suerte de nuevo catecismo woke y pierde la frescura del entretenimiento. Como observador, la idea es que se ha elegido un guion repleto de los lugares comunes del feminismo mainstream, aquel que suele encontrarse bastante alejado de las mujeres de carne y hueso, a pesar de que al final de la película la dueña humana de Barbie pide a los ejecutivos de Mattel que hagan una Barbie común y ordinaria para representar a las mujeres de verdad.
Claro que las mujeres padecen, por suerte cada vez menos, especialmente en Occidente, muchos de los aspectos que se mencionan en la película pero que ese mensaje se promueva desde una megacorporación con una inversión millonaria y en simultáneo en todo el mundo, muestra a las claras que desde hace ya unos cuantos años hay un conjunto de reivindicaciones del feminismo que han sido abrazados abiertamente por el establishment.
Por otra parte, la película recurre al ya demasiado trillado recurso que alguna vez señalara Mark Fisher: la corporación que promueve un producto con un discurso crítico hacia las propias corporaciones, lo cual funciona en la práctica como un ejemplo de cinismo y como una forma de esterilización sobre la crítica que eventualmente pudiera acabar con el privilegio del que esas corporaciones gozan.
Pero si hablamos de estereotipo, más que el de la propia Barbie, deberíamos posarnos en el rol de vanguardia esclarecida que la directora y guionista asigna tanto a la mujer “común” dueña de Barbie como a la anciana creadora de la muñeca y a la Barbie “rara”. La escena es muy burda: las Barbie que habían sido cooptadas por el patriarcado son sentadas frente a las mujeres que han comprendido el sistema de opresión y por el solo hecho de que se les explica su rol de sometimiento construido socialmente, se les hace un “click”, literalmente, les brillan los ojos, salen de la alienación y se empoderan. Más prejuicio universitario woke no se consigue; faltaba que se les asignara un curso de capacitación anticapitalista. Por cierto, alguna vez alguien deberá explicar cómo el patriarcado, la construcción social más perfecta e invisibilizada de la historia de la humanidad, sucumbe ante un grupo de jóvenes universitarias que leen a Foucault y a Butler para divulgarlo entre las mujeres alienadas que esperan el esclarecimiento.
Para finalizar, la película propone jugar entre el mundo real y ficcional pero su creadora no hace más que expresar su propio mundo paralelo, su “Feminismo Land” en el que aparecen todos los prejuicios que cierto feminismo mainstream pretende instalar. Las problemáticas de las mujeres ordinarias de carne y hueso no aparecen allí y las referencias a los padecimientos existentes se presentan eludiendo sutilezas y complejidades mientras el mensaje que se pretende dar es el de una guerra entre las Barbie y los Ken. Al repudiable mansplaining se lo pretende combatir con un womansplaining que no logra romper la cámara de eco de universidades, redes y medios progresistas.
Twittear contra el fascismo, subir una foto a Instagram vestido de rosa en la puerta del cine, adorar a Margot Robbie a pesar de su belleza hegemónica y volver a twittear contra el fascismo. Así militan algunos los derechos de las mujeres hoy. Si no hay revolución, que al menos haya fantasía.
¿Alguna vez nos animamos a preguntar(nos) quienes son las víctimas de violencia de género? Pues bien, es necesario que entendamos la complejidad de los actos del habla y del lenguaje en la acción de designar, vocalizar, verbalizar o definir un concepto. Así que, primeramente, los aburriré con una lección de lingüística general de la mano de Ferdinand de Saussure.
Saussure a lo largo de sus cursos de lingüística general, desarrolló la teoría de la palabra (o concepto) graficado como un espejo de dos caras: significado y significante. Dicho en criollo, cuando nosotros nombramos la palabra mesa, tenemos el significante, la palabra, el concepto y el significado; que si bien tiene características únicas en cada persona por su experiencia propia, lo aprendido y lo aprehendido; tiene características comunes en todos los significados personales. Pues bien, alguna vez nos animamos a cuestionarnos cuál es el significante propio del concepto “víctima de violencia de género”? Bueno, en principio vamos a llegar a una conclusión inequívoca, la mayoría de las personas a las que les preguntemos, primeramente pensaran en una mujer, ¿no?. Eso es parte del significante colectivo, junto con otras características que podamos reconocer que hablan más de nosotros mismos que de los demás.
EL NACIMIENTO COMO SANOS HIJOS DEL PATRIARCADO
Históricamente, nacemos permeables a aprehender de nuestro entorno social. Y en muchos casos o en algunos, ya veremos, nacemos y crecemos creyendo en el realismo mágico que nada puede dañarnos porque la sociedad nos protege. Lo que consideramos dañino no entra en nuestra psiquis, nada puede dañarnos. Lo malo siempre le ocurre a otro y en muchos casos buscamos una explicación racional del por qué le ocurre. En nuestra Argentina moderna crecimos escuchando el consabido “algo habrán hecho” para mantenernos en nuestra burbuja de aparente seguridad que nada malo puede pasarnos. Esa burbuja opera dentro de las relaciones de poder de la violencia de género. Quien es víctima muchas veces “algo habrá hecho” para provocarlo. ¿Por qué? porque nos pone ingenuamente a salvo, si nosotros no lo hacemos, no puede pasarnos. Porque nos encontramos normalizados, estandarizados y adaptados exitosamente en la cultura en la que nos tocó nacer. Desde el principio de los tiempos, ya con el solo hecho de ser mujer, hicimos algo. Histórica y bíblicamente el ser mujer alcanza para ser castigada, normalizada y adaptada a las necesidades del hombre. Por algo menstruamos, no? como castigo divino a no obedecer al Hombre omnipotente que creó a nuestro amo a su imagen y semejanza y del cual solo somos parte de sí mismo, de su propiedad, como su propio cuerpo ya que salimos de él. Desde la Biblia encontramos el concepto de Mala Mujer, la Desobediente, la plausible de castigo. Y quienes no quieran adaptar ese rol, terminaran en el juicio y la hoguera, literal y figurada. Por lo cual, las Malas Mujeres siempre seremos culpables y nunca victimas. Siempre habremos hecho algo.
EL CULPABLE ES EL OTRO
¿Por qué nuestra existencia se encuentra supeditada al realismo mágico que las cosas malas le pasan solo a quienes lo provocan? para protegernos a nosotros mismos. Si nosotros seguimos las reglas nunca nos va a pasar nada malo. La sociedad va a protegernos, ¿o no? Y si nos pasa a nosotras mismas es porque nosotros nos lo buscamos. Inclusive este mecanismo funciona cuando queremos ayudar, nos ponemos en el rol de superior moral e indicamos que se debe hacer para salir de la situación. Lo hacemos una vez, dos veces y a la tercera encontramos nuestro preconcepto unido a la certeza de que la persona que está sufriendo es culpable, inclusive porque regresa a la situación que la daña. Que se lo busca. Que lo provoca. Y nuestro inconsciente sigue en nuestra falsa seguridad, si nos ocurre algo, siempre va a ser nuestra culpa. Y los mitos en torno a la violencia con motivo de género lo reafirma. ¿Cuántas veces escuchamos las siguientes frases o también, cuántas veces las repetimos como un mantra de protección?
- Un hombre no maltrata porque sí
- Maltratadores y víctimas son personas de escasa cultura, bajo nivel de estudios y clase social desfavorecida
- Los maltratadores son enfermos mentales, o tienen algún tipo de adicción
- El maltratador ha tenido una infancia difícil, fue maltratado
- La violencia de género es una cuestión solo de pareja
- Si la mujer se queda, será porque en el fondo le gusta que la traten mal
- Las víctimas de violencia de género son mujeres pasivas
- Los asesinatos por violencia de género son casos aislados
DECONSTRUYENDO MITOS
Según las estimaciones de la OMS, alrededor de 1 de cada 3 mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de su pareja o terceros en algún momento de su vida. Si incluimos las demás formas de violencia aceptadas por la misma Organización, las cifras se vuelven escalofriantes, el 85% de las mujeres consideran haber sido víctimas de alguna clase de violencia, encabezando el rating la psicológica, la económica, la institucional y la obstétrica. El dato más alarmante es que la mayoría de las mujeres lo tienen tan naturalizado que no reconocen como violencia lo que les ocurre.
Otra pregunta interesante para hacernos es ¿Qué construcción colectiva hacemos de lo que nos está pasando? Podemos destacar también que la franja etaria donde se encuentra más instalada la violencia es en la de mujeres jóvenes, que oscilan entre los 15 y los 24 años de edad, por lo cual podemos inferir que la violencia de género no es cosa del pasado, se encuentra más vigente que nunca y reproducida en todos los estamentos sociales y etarios.
Necesitamos entender que la violencia de género no responde solo a nuestros prejuicios adquiridos como sociedad, sino que atraviesa a todos los actores, voluntaria o involuntariamente. La violencia con motivos de género no solo tiene como víctimas a las personas que se perciben o son percibidas como mujeres. Necesitamos también tipificar las distintas violencias con razones de género correctamente, hombres, mujeres y no binarios son objetos de las mismas violencias que tienen una característica en común; la utilización de métodos violentos para vulnerar y doblegar, subordinar sistemáticamente a los actores que la reciben a los modos y métodos de la sociedad patriarcal reinante.
Se puede ser víctima de violencia de forma primaria (quien recibe la violencia) como también de forma secundaria; en este caso podemos nombrar el 60% de niños en Argentina son víctimas directas de violencia; es importante también que sepamos que los niños también pueden serlo de forma indirecta. Cuando ellos contemplan una agresión, se les relata el imaginario colectivo sobre la violencia y se los adoctrina con el “algo habrán hecho” los estamos volviendo víctimas secundarias y generadores o re-generadores de nuevas violencias. El niño o niña o niñez no binaria testigo de violencia naturaliza y recurre en acciones que considera cotidianas reproduciendo patrones género-odiantes y trasladando la culpa cuando es víctima de las mismas.
La violencia de género pone en manifiesto las relaciones de poder de unos sobre otros. Poder real o simbólico que establece la relación entre dominados y dominantes, entre fuertes y débiles. Binomio que atraviesa todos los ámbitos de relación humana y es parte de una construcción social y cultural reforzada con imágenes, conductas, y naturalizaciones que justifican y legitiman aquello que no es legal. Aquello que regresa a los seres humanos a una situación de propiedad o creencia de propiedad sobre otros que hoy nos resulta inaceptable. Sancionar, juzgar y desterrar dichas concepciones o como diría Foucalt “vigilar y castigar” es responsabilidad Estatal y política aunque como bien sabemos, el Estado somos todos en una República Representativa y lo personal también es político.
LA MÚSICA DE LA EMPATÍA
Si el malestar de género se ha hecho cultura, es necesario que revisemos, cuestionemos y deconstruyamos todas las concepciones e ideas arraigadas de manera profunda en nuestra sociedad. El primer paso es entender que no es “el otro” quien es víctima. Sino que todos podemos serlo. Que no hay razones lógicas que justifiquen la violencia.
La violencia vincular adquiere distintas características: física, emocional, sexual, negligente, económica, por motivos de odio y otras. Todas estas violencias son distintos rostros de un modo de vincularse donde hay alguien que se cree con poder o derecho al sometimiento de un otro; sin que ese otro tenga la culpa de ello aunque muchas veces se sienta culpable.
Es necesario que comprendamos que, de maneras peculiares, todos somos distintos y todos poseemos distintas capacidades de respuesta de supervivencia ante situaciones de violencia. Que el otro no actue como pensamos que nosotros actuariamos en su lugar, no lo hace malo, no lo hace tonto; simplemente lo hace otro. Y entenderlo sin juzgamientos es el principal paso para empatizar en las situaciones particulares que cada persona vive. La empatía es ponernos en el lugar de compañía y horizontalidad de vivencias; la antítesis a sentirse superiores y pensar que nuestro punto de vista es el válido, el razonable y que cualquier otra acción que no sea “autorizada” por nosotros es inválida. La acción de juzgar a las víctimas por sus reacciones, acciones posteriores o actitudes conlleva a una revictimización aun involuntaria por parte de su interlocutor. Esta revictimización los aleja y aísla de su entorno haciendo que sea aún más difícil romper con el círculo de la violencia.
EL ROL DEL ACOMPAÑANTE
El camino más difícil que iniciara la tarea del acompañante de víctimas de violencia de género es el interno. El camino de deconstrucción interna que lo llevará por sus propios preconceptos, estigmas y situaciones personales. Deshacerse de los preconceptos patriarcales y los estereotipos que todos cargamos. Desmontar la estructura de pensamiento, de acciones y de lugares comunes que traemos en nuestra sociedad ancestralmente. Generar en nosotros a través del pensamiento crítico, una mirada atenta y una voz secundaria que empodere y de voz absoluta a las víctimas y a sus sentires. El cambio de construcciones propias y paradigmas para repensar los modos, los vínculos y las necesidades de todos los actores, pero principalmente de las víctimas.
Como ya dijimos, el acompañante debe trabajar primero en sí mismo para ayudar a los demás, debe desarrollar actitudes positivas que lo acompañen en su quehacer, como por ejemplo:
- Deben poseer reconocimiento en su comunidad (liderazgo positivo).
- Perfil solidario y participativo, a la vez que reservado sin exponer a las víctimas.
- Deben desterrar mitos y prejuicios sobre la problemática, ser comprensivos, brindar confianza a la persona en sí misma y en relación a la resolución del problema.
- Es necesario que reflexionen sobre su quehacer, manteniendo siempre una actitud de escucha abierta y atenta.
- El acompañante deberá trabajar con las potencialidades de la persona que sufre, lo que ella puede hacer remarcando sus aspectos más valiosos.
- Nunca exponerse a situaciones riesgosas, y resguardar también a su entorno.
- El trabajar en equipo preserva a quien se compromete con la tarea, de los sentimientos que la misma podría movilizar: impotencia, angustia, miedo, frustración, omnipotencia, etc.
- Aquellas personas que han vivido situaciones de violencia familiar y desempeñen la función de acompañante deberán especialmente apoyarse en el grupo de trabajo ya que a los sentimientos que esta problemática despierta se suma su historia personal lo que puede obstaculizar la tarea.
- Recordar que el papel del acompañante es muy importante pero no puede sustituir a los centros especializados de atención
Para entender qué es ser acompañante, describiremos lo plasmado en el protocolo de actuación de los acompañantes de provincia de Buenos Aires a continuación:
- Ser acompañante no es hacerlo solo. Las acciones de prevención deben realizarse a través de una organización grupal, en el barrio o en la localidad en la que usted vive.
- Ser acompañante no es hacer por la persona/s sino ayudarla a tomar decisiones y generar defensas para su protección. Acompañar con la conciencia de que la protagonista principal es la persona que sufre violencia.
- Siempre deben respetarse los sentimientos de la víctima. Cada persona tiene sus propios tiempos, apresurar acciones en esta problemática, puede llevar al fracaso de las mismas, reforzando el sentimiento de frustración.
- El acompañante deberá conocer el funcionamiento institucional, en especial de las que atienden la problemática de violencia familiar.
- El acompañante facilitará y orientará a la persona afectada a los centros de atención y otras instituciones según el caso lo requiera (comisaría, juzgados, fiscalías, etc.)
- Ofrecerá un espacio de escucha, donde quien sufre pueda expresarse, contar lo que le pasa, saber que no está sola, alejándose de su aislamiento, lo que contribuirá con la desnaturalización del maltrato.
- Ser acompañante, es alentar a quien padece en el proceso de “ salida" de la problemática. Dicho proceso conlleva el pasaje de ser objeto de violencia a ser sujeto de derecho. Transmitirle que no está sola y que siempre hay a quienes recurrir para encontrar ayuda.
Ser acompañante es que no basta mirar a una distancia tolerable el contenido angustiante de la sofocante sociedad patriarcal. Es convocar e involucrarnos desde nuestros hogares, nuestros trabajos y nuestras amistades para repensarnos como parte de esta trama que nos sostiene y nos retroalimenta. Es acompañar y compartir las experiencias para que todos salgamos mejores y que cada víctima reescribe su historia con sus hermanas conteniendo la, aceptandola y sanando, abrazando el cambio de paradigmas para romper así, con todos los conceptos y acciones que destruyen y envenenan los vínculos y que se llevan cada día la vida de miles de mujeres, niños, niñas, no binarios y trans solo por atreverse a sentir diferente.
Sol Di Doménico
@soldidomenico
El lenguaje no está roto, y eso es bueno | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
En las consignas de las marchas anticuarentena o en las "pastorales" movidas desestabilizadoras de la Mesa de Enlace no se expresa una crisis del lenguaje sino una creciente fascistización del dispositivo conceptual con que la derecha crea sentido común.
Juan Chaneton *
jchaneton022@gmail.com
El lenguaje como tema acaba de ser objeto de las "consideraciones intempestivas" de dos autores, Noé Jitrik y Sandra Russo, y me parece que el texto del primero luce como "... la maligna carcajada de un espíritu muy libre", que es como decía Nietzsche de sí mismo en carta a su amigo dinamarqués Georg Brandes.
La nota de Russo le imputa haberse roto a un lenguaje que está muy sano y que, por sano y robusto, puede cumplir su función de clase que es una función, en primer lugar, ideológica: crear antivalores. No podría hacerlo si estuviera roto.
Cuando la derecha recita incoherencias, en ello no debe verse sino sólo lo que es, en embrión, el rasgo más original de los conatos fascistoides latinoamericanos: no tienen estrategia, sólo táctica; carecen de programa, sólo miran la coyuntura; están, siempre, huérfanos de principios y su único norte es la destrucción de su enemigo.
Por eso, en las consignas de esas urbanas marchas anticuarentena o en las "pastorales" movidas desestabilizadoras de la Mesa de Enlace no se expresa una crisis del lenguaje sino una creciente fascistización del dispositivo conceptual con que la derecha crea sentido común y orden simbólico en épocas en que siente cuestionada su hegemonía, como bloque de poder real, frente al resto de la sociedad.
Esa violencia verbal encubre una operación ideológica de cuya eficacia da buena cuenta el estado de equilibrio inestable en que se halla el conflicto social en la Argentina. Sin esa eficacia no habría equilibrio de ningún tipo sino un claro y contundente descrédito del macrismo como expresión política del neoliberalismo en este país. Cuando eso no ocurre del todo, las causas del fenómeno hay que buscarlas no en una inexistente crisis del lenguaje sino en su buena salud para funcionar como generador de masa crítica misoneísta y conservadora de usos y costumbres.
"Cuando la derecha recita incoherencias, en ello no debe verse sino sólo lo que es, en embrión, el rasgo más original de los conatos fascistoides latinoamericanos: no tienen estrategia, sólo táctica; carecen de programa, sólo miran la coyuntura; están, siempre, huérfanos de principios y su único norte es la destrucción de su enemigo."
El lenguaje es código comunicacional (palabra horrible, esta última, si las hay) que, a la larga, ha devenido, también, expresión de una estética. El lenguaje es oración, sintaxis y estructura. El lenguaje es fonema palatal, es consonante fricativa u oclusiva, es signo que encubre o símbolo que revela. El lenguaje es escritura que nos permite decir luna pero también moon, vida y vie, muerte y tod. Es un decir. O muchos decires. Y por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice. Lo que dice la derecha no es lo que de verdad es. Lo que decimos nosotros, a veces tampoco.
El lenguaje es metáfora y oxímoron. Éste suele ser una forma de la primera, tal vez porque todo o casi todo, en el lenguaje, es metáfora. Y un manejo adecuado de ambos puede mutar, de aparente solecismo o de incoherente expresión alucinada, a herramienta creadora de un sentido nuevo, al modo surreal en que Lautréamont yuxtaponía heteróclitas ocurrencias sobre arbitrarios espacios de encuentro.
La derecha no sabe de paraguas y de máquinas de escribir dialogando, ambos, en una dependencia de la morgue. Pero sabe de biblias y de calefones. No conoce ningún manifiesto dadaísta, pero ha oído hablar bien de Discépolo. Y sabe, por eso, por tradición cultural golpista, no por "inercia", construir el oxímoron preciso, que también es anfibología, sentido oscuro, contradicción formal. Y así, dice la derecha: en la Argentina hay tiranía y hay anarquía. Y nosotros, en vez de advertir ahí la carga de profundidad que nos puede fulminar... decimos que allí hay un lenguaje roto.
Y el caso es que ese lenguaje, lejos de estar roto, goza de excelente salud. Ampara, bajo el mismo socaire gramatical (hay pleonasmo aquí: amparo y socaire), dos reproches que tocan justo en la fibra más sensible del votante y que nos pueden hacer perder las elecciones: la libertad y el orden. De eso le está hablando la derecha al pueblo cuando mezcla anarquía y tiranía. No hay rotura de la lengua. Hay -como en Lautréamont- unificación por yuxtaposición de lo que conceptualmente no tiene conexión alguna. Tiranía es lo contrario de anarquía. Si hay la primera, no puede haber la segunda. Pero esto es una lectura que, de tan formal, se vuelve pedestre. El talento del artista, cuando este artista ha sido el fascismo, es el know how perfecto para realizar la combinatoria de lo incombinable transformándolo -en ese acto de arbitrariedad suprema- en el complemento cultural indispensable para que una política de clase intente triunfar sobre otra política de clase.
Y el neoliberalismo es eso, una política de clase que vive con incomodidad creciente la institucionalidad liberal y que, en lo cultural, requiere, cada vez más, de una extravagancia conceptual sólo asequible si se dispone de un lenguaje sano y llano y, por eso, rubicundo, fuerte y eficaz. Cuando se identifica tiranía con anarquía lo que sufre es el concepto, no el lenguaje.
Lo que está roto, eso sí, y sin perspectivas de arreglo a corto plazo, es la calidad de la expresión oral y escrita, que es una manera de decir que es la calidad del lenguaje la que se resiente cada día más. Se escribe mal, se habla peor y el conocimiento cede ante la concupiscencia devenida valor tangible a precio de mercado. Y los que escriben mal son, a veces, unos amigos/as que no advierten lo mal que se llevan con las buenas costumbres en materia de sintaxis.
Las consignas de la derecha son acto reflejo en pos de embarrar la cancha conceptual, y ello porque carece de argumentos. Nuestros traspiés en el duro oficio de escribir se deben, en cambio, a veces, al puro déficit que nos aqueja sin que nos demos cuenta porque el aplauso nos aturde y el espejo nos devuelve -como en plano diverso le pasó a Pablo Iglesias- una imagen de Dorian Gray en la plenitud... hasta que el espejo se rompe o, de algún modo, se rebela.
En otro orden aunque no sin algún orden en línea con lo que venimos diciendo, el lenguaje es oportunidad para el gozo estético, dizque también para el goce. El lenguaje ha sido quiasmo, sintagma y pleonasmo, a veces como tropos o recursos para hacer decir a las palabras lo que no dijeron las palabras. A veces atacar la lengua es un portal abierto hacia el deslumbre, como hacían Pizarnik, la sublime, o Julio Huasi, el inolvidable eterno "de culto". Pero otras veces es una especie de delito o, por lo menos, de contravención, como si dijéramos, una falta de tránsito.
Es el caso de los que dicen "todes" y creen que, de ese modo, se juegan a fondo en una causa descolonizadora, anticapitalista y civilizatoria. Y luego, parecen autopercibirse en el lugar de la eficaz militancia feminista, prosiguen su cruzada liberacionista y someten a la lengua al potro, al pau de arara y la picana, todo junto: "niñes", agregan. Y cuando el que dice esto es un viejo verde en lucha con el tiempo perdido de antemano, al quebranto estético se le añade el ridículo. En fin..., y ¡arriba, corazones...!, como diría Soiza Reilly quien, en su misma línea aguafuertista, tuvo un discípulo que bueno, bueno... Roberto Arlt, que tampoco escribía al gusto de la RAE, pero tenía el talento incontestado de los que escriben bien.
El que ha estado brillante, para variar, es el maestro Jitrik. El lenguaje, nuestro lenguaje, el castellano, vive en su prosa, esa es la prueba última y final, ilevantable, de que no ha muerto la lengua de Góngora, de Borges y de Quevedo (autores muy suyos, por lo menos Góngora, me consta) que, al fin y al cabo, es la que nos dejaron los colonizadores, algo nos dejaron, el idioma, que no es poco.
Noé Jitrik, en su último "silbido" para La Tecl@ Eñe, habla en clave revolucionaria, eso interpreto yo por lo menos. En su lengua española castellana, Noé se las arregla para decirnos que el conflicto entre los que tienen y los que no tienen, es decir, la lucha de clases, existe todavía y es lo esencial, a pesar de que "algunes" no se den cuenta. No hay que perderse esa nota, aunque sólo sea por bien escrita, por la elegancia de la prosa, por la simpleza de lo bello.
"Y el neoliberalismo es eso, una política de clase que vive con incomodidad creciente la institucionalidad liberal y que, en lo cultural, requiere, cada vez más, de una extravagancia conceptual sólo asequible si se dispone de un lenguaje sano y llano y, por eso, rubicundo, fuerte y eficaz. Cuando se identifica tiranía con anarquía lo que sufre es el concepto, no el lenguaje."
Por lo demás y para terminar, decimos que las sufragistas aquellas que hoy "adornan" Puerto Madero con sus nombres no fueron ningún adorno sino precursoras ejemplares de lo que es y ha de ser el feminismo como esencial capítulo del programa democrático que aún se halla recluido en la espera; decimos que Irma Cuña, millonaria de vientos y praderas ella misma como ella misma cantó en su poesía y a quien no sólo le debo su poesía sino también hasta el haberme permitido conocer a otras mujeres maravillosas como ella; decimos que Hebe, la que no requiere presentación, marca la diferencia porque siempre concibió a los derechos humanos como una trinchera más en la lucha por la liberación nacional y social de la Argentina, todavía pendiente; decimos (digo yo) que ellas son sólo un ínfimo poco de lo mucho que podríamos decir si el tema del honor y la dignidad femenina en la lucha por la vida propia y la de todos fuera el tema de esta nota.
Pero hoy tan solo hemos querido transitar, como sin quererlo demasiado, muy cerca de la encrucijada no de tres -como Edipo- sino de dos caminos: el lenguaje, al que muy luego se le aupó el feminismo.
Y nos viene a la memoria que, promediando los ochenta en Nicaragua, las jerarquías y la tropa del "epeese" (Ejército Popular Sandinista), que era el ejército del Estado nicaragüense, contaban con un cincuenta por ciento de mujeres. Ellas eran las capitanas, coronelas y comandantas. Y las soldadas. Y la jefatura nacional de la Policía estaba a cargo de otra mujer, Doris Tijerino que, como sus colegas del ejército, se había batido en la primera línea de fuego, sea en el Repliegue a Masaya, sea en cualquier otro de los hitos de la guerra contra la dictadura somocista armada y financiada por el "imperialsimo yanqui", así decía el "lenguaje" entonces. Por eso conducían esas mujeres. Feminismo en acto. Y ante el cual los varones no tenían más opción que hacer la venia cuando así correspondía.
Claro que no hay que esperar que se desate una guerra para izar las banderas liberacionistas que corresponda izar, pero me parece que no es escribiendo desopilancias que, en vez de embellecer, afean de modo muy evidente, como se aporta al programa cultural. Con el aditamento conceptual de que no habrá programa cultural que valga, aunque sea "feminista", si no va imbricado en mixtil fori con el del socialismo, es decir, con el programa de la clase obrera -como dice Noé Jitrik- en lucha permanente e histórica por abolir el capitalismo, caldo original en el que fraguan todas las discriminaciones, todos los racismos, todas las explotaciones, todos los latrocinios, todas las humillaciones como, por caso, la de vivir y hacer negocios con tierra ajena cuya ajenidad nace del hecho de que sus dueños absolutos son los pueblos originarios, que no quieren escribir "todes" ni "niñes", como el huinca, sino decir Mari Mari...! y escuchar que el otro u otra contesta Mei... Mei...
Yo no sé mapuche, pero me acuerdo todavía de cierta gramática que me enseñó Lucía Painemilla (víbora azul, quiere decir ese apellido), que era sirvienta en aquella casa de Neuquén en la que nací.
Tenemos que acostumbrarnos a vivir sin sirvientas y sin sirvientes. Tenemos que acostumbrarnos a limpiar nuestra propia mugre. Si no nos gusta, ¡ajo!, como dicen los médicos... y el algoritmo y la inteligencia artificial harán el resto en el futuro. Y, sobre todo, tenemos que acostumbrarnos a saber que nuestro único sirviente y el único al que, a nuestra vez, tenemos la obligación de servir, es el idioma y su belleza, la belleza del lenguaje.
(*) Abogado, periodista, escritor.
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Escultura de una vagina gigante, en Brasil, en el estado de Pernambuco
En el mundo patriarcal hetero cis, la concha siempre ha sido objeto de deseo. Si, es un objeto como su portadora. El misticismo del agua de tanga que embruja a los hombres a ser esclavos de sus deseos a límites inimaginables. Porque un pelo, tira más que una yunta de bueyes...
Y las conchas, digo mujeres, perdón, han conseguido históricamente trabajo explotando su cuerpo. Los altos cargos femeninos se consiguen (en los radiopasillos empresariales) en base de la exposición más atroz de las sábanas femeninas. Las mujeres consiguen y pierden sus trabajos por sus meros desempeños sexuales. Volviéndose eternas María Magdalenas del mundo empresarial esperando un mesías que las eleve o las abandone, en el barro del olvido de sueldos ignotos.
La gente que cree como valida esta teoría, es la misma que empuña la frase post-moderna "las leyes de cupo están mal, porque hacen discriminación a los hombres blancos hétero cis" (claramente no en esos términos, que hasta quizás desconocen). Pues bien queridos cultores de la meritocracia y la capacidad, vengo a revelarles algunas verdades incomodas que les servirán, de ahora en adelante, como lección para no perder la perspectiva y la dignidad en una discusión en la cual carecen de argumentos.
La discriminación siempre es ejercida por el grupo de poder dominante. Nunca puede ser ejercida por el oprimido. En la sociedad Argentina, es imposible que un inmigrante latinoamericano discrimine a un ciudadano argentino. ¿Por qué? Porque son los que ostentan el poder empírico social. En el mundo del trabajo, funciona de la misma forma; un cupo específico no deja sin oportunidades al grupo dominante. Reemplaza al eslabón empresarial mas débil por otro que probablemente tenga mayores capacidades pero que ha sido relegado por su posición minoritaria.
El cupo femenino (o el que sea) no funciona como "nivelar hacia abajo" ya que, si usted piensa eso, habla más de usted mismo que considera que todo ese universo de personas representado en una mínima característica personal (como su género o su color de piel) es capaz de alcanzar la calidad laboral del grupo dominante. Claramente, querido amigo, usted está discriminando. Las leyes de cupo funcionan con la lógica de, a igualdad de capacidades o superioridad de las mismas (si, es tonto decirlo pero es necesario aclararlo) se elige al candidato que represente la minoría. Esto, solo asegura equidad de acceso al mundo del trabajo a todas los participantes de la PEA (población económicamente activa).
En un mundo ideal y utópico, si creemos en la legítima igualdad de capacidades, y no oficiamos de discriminación selectiva -en lugar de selección por capacidades- el universo de personas debería replicar casi fielmente la composición de la sociedad. Ya que, ante universos iguales, se tiene el mismo porcentaje de personal capacitado para integrar ese grupo de manera equitativa.
En el caso del cupo femenino es necesario desterrar del imaginario colectivo el cupo Vaginal. Frases del estilo "uso bien las rodilleras" "anda a saber que hizo para conseguir ese puesto" o el viejo y directo "con quien se andará acostando" deben ser eliminadas para siempre del mundillo laboral para dar paso a una nueva era de respeto y de equidad, donde la genitalidad deje de interferir en el mundo del trabajo. Y equiparar las realidades femeninas y masculinas como así también las experiencias en el ámbito laboral con tolerancia cero a la discriminación o al acoso laboral con la diseminación de rumores. Porque yo, mujer que trabajo, lavo las sabanas en mi casa y no las cuelgo en mi oficina
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Sol DiDomenico - @soldidomenico
Nuestra especie, el Homo Sapiens Sapiens, ocupa la Tierra desde hace unos 100.000 años. Y, si bien desde un aspecto físico no se ha modificado demasiado, si bien un bebé recién nacido hace diez mil años es exactamente igual a un niño nacido hoy, absolutamente indistinguible, una característica de nuestra especie es la diversidad. Esta diversidad se manifiesta en una serie de cosas muy distintas, como el aspecto físico, las costumbres, la cultura.
Nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestra sexualidad o la forma de analizar las cuestiones de género son muy distintas a las que tenía un ser humano de hace diez mil o cincuenta mil años.
Pero no solo somos distintos a otros humanos del pasado. Somos distintos a otras personas de nuestra época: un habitante de una gran urbe como Buenos Aires es muy distinto a un poblador de la Puna de Atacama –en el otro extremo de Argentina- pero también lo es respecto a un nativo de Tokio, o a un integrante de una tribu del Amazonas. E, incluso dentro de una misma zona del planeta, los humanos presentamos diferencias en cuestiones más sutiles como la orientación sexual o las cuestiones de género.
Si pudiéramos dormir 200 años y despertarnos en 2221, toda la cultura de esa época nos parecería incomprensible, seríamos auténticos extranjeros. Y seríamos extranjeros por igual todos: los de distintas culturas y países, los heterosexuales y los homosexuales, los religiosos y los ateos, las “feminazis” y los “machirulos”.
Quizás a la gente de mi generación (tengo 56) estas cuestiones le resultan más difíciles de asimilar que a los más jóvenes, a las generaciones de mis hijos, ya que hace treinta o cuarenta años la consideración de estas cuestiones era distinta –las culturas cambian-. Pero, en la historia de los seres humanos, los cambios son acompañados de continuidades. Hay situaciones que se repiten, aunque cambien los detalles.
Hay que cuestionar duramente el concepto de “normalidad” que pretenden imponer ciertos sectores de pensamiento jurásico. Desde que nuestra cultura “occidental y cristiana” existe, ha habido tanto heterosexuales como homosexuales. Eso es nuestra “normalidad”: una mayoría de heterosexuales, y una minoría de homosexuales. Pero, no debemos olvidar que la historia de la humanidad es mucho más larga y compleja que nuestra cultura. Y sin irnos demasiado lejos, basta con analizar lo que fue la “normalidad” para dos culturas que son fuentes importantes en las que se nutrió la nuestra: la griega y la romana. Hemos tomado muchísimas cosas de esas dos antiguas culturas del Mediterráneo: la lengua, los sistemas políticos, la filosofía, la religión (el cristianismo es una religión semítica “romanizada”, por eso la Iglesia se llama “Iglesia Católica Apostólica Romana”), el derecho, el teatro y mucho del arte en general…. La lista es muy larga. Y para esas culturas, que hacen a los fundamentos de mucho de lo que somos culturalmente, lo “normal” era la bisexualidad… Es decir, para un romano o un griego de la época clásica lo “normal” era tener relaciones sexuales con personas de ambos sexos. A cualquiera de ellos le hubiera costado mucho entender tanto nuestro concepto de “heterosexual”, como nuestro concepto de “homosexual”…
Algo similar sucede con las cuestiones de género. En la historia humana ha habido infinidad de culturas que fueron profundamente patriarcales, en las que las mujeres eran sometidas a un rol subordinado. La lucha de las mujeres por lograr una igualdad social, política y laboral con los varones es ya más que centenaria, y si bien ha logrado muchos éxitos, quedan muchas cosas por resolver. Las consecuencias de esta cultura patriarcal se infiltran por todos lados, hasta en el habla; en nuestro idioma el masculino actúa como genérico, y de ahí la introducción del lenguaje inclusivo, el reemplazo de la ”o” por la “e”. Entonces cuando decimos que somos todos “Homo Sapiens Sapiens” estamos usando la palabra “Homo”… ¿Deberíamos decir “Home”?
Por eso, y no debe extrañar, a veces a las personas de mi generación (o mayores) nos pueden resultar extrañas algunas de las tácticas que desarrolla esta lucha, pero lo que es indudable es que el reclamo de una absoluta igualdad para todos los seres human[e]s, sin importar su género, su orientación sexual, u otras características culturales, es completamente válida.
No debemos olvidar que la discriminación hacia determinados colectivos no sólo es social, sino que tiene consecuencias laborales muy negativas cuando se les paga distinto que a integrantes de otros grupos, o simplemente no se los contrata. Las dificultades para conseguir empleos de los integrantes de algunos colectivos que se alejan demasiado de lo que algunos consideran como “normalidad” es un problema dramático de urgente resolución.
La diversidad es un rasgo estructural del hom[e] sapiens sapiens. Pretender que uno de los grupos de seres humanos representa una autoproclamada “normalidad” y que los demás son extraños no sólo es inaceptable: es absurdo, histórica y socialmente absurdo.
La igualdad en la diversidad es un objetivo que debería ser aceptado por todos.
Adrián Corbella
19 de enero de 2021