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lunes, 1 de diciembre de 2025

SOCIÓPATA ¿POR QUÉ TANTOS ARGENTINOS ACOMPAÑAN A MILEI? | BISTOLETTI Y LANTOS


 29 nov 2025  DM CHARLAS

En esta charla nos acompaña Nicolás Lantos. ¡En vivo! 


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domingo, 30 de noviembre de 2025

Los dueños del caos y el cinismo, por Dante Augusto Palma

 


En el ampliamente citado, Los ingenieros del caos, el sociólogo Giuliano Da Empoli, partía del ejemplo del Movimiento 5 Estrellas italiano para asegurar que estamos frente a una nueva generación de estrategas que, casi siempre en las sombras, utilizan las oportunidades que brinda la tecnología para impulsar propuestas populistas que trascienden la disputa entre derechas e izquierdas. Buscando eludir las mediaciones clásicas de las instituciones de los regímenes republicanos liberales, estos ingenieros utilizan la big data, la segmentación y los algoritmos para promover el caos y sacar rédito de la polarización y la ira popular contra las élites que sostienen un sistema donde las grandes mayorías se encuentran en un estado de insatisfacción permanente. 

Más allá del caso italiano, cuya estrategia luego fue seguida al pie de la letra por los impulsores del Brexit, entre muchos otros, desde el punto de vista de Da Empoli estaríamos frente a líderes (con sus respectivos ingenieros detrás) que impulsan el desorden desde sus respectivas administraciones diferenciándose del uso del caos con fines revolucionarios que solía impulsarse de abajo hacia arriba. 


Aunque esta diferencia es esencial debería agregarse que, sea desde abajo, sea desde arriba, quienes impulsan el caos dicen luchar contra el verdadero poder o contra el “sistema”. Efectivamente, cuando los líderes populistas de hoy, llámense Trump, Milei, Bukele, Orbán, etc.,  hablan de las élites, la casta, el Deep State, la Catedral, etc., refieren a un sistema que en todo caso está enquistado como maquinaria burocrática del Estado con casi plena autonomía independientemente de quien haya sido designado circunstancialmente para gobernar. 


En su nuevo libro, La hora de los depredadores, Da Empoli da un paso más e incluye algo así como dos sectores que hoy confluyen contra las viejas élites del consenso de Davos: los líderes populistas que él llama “Borgianos” tomando como referencia al César Borgia que fue modelo de El Príncipe de Maquiavelo, y los Señores de la Tecnología, los Musk, Altman, Zuckerberg, Bezos, etc., aquellos que, tras el triunfo de Trump, han seguido a la veleta entendiendo que una nueva etapa se avecinaba. 

Algo interesante del libro de Da Empoli es una comparación entre las características del político Borgiano y el gran caballito de batalla de los Señores de la Tecnología: la IA. 


Si lo propio de esta nueva camada de políticos es la acción, pero no cualquier acción, sino la acción temeraria, aquella inesperada y “no necesaria” capaz de alterar o directamente eliminar las reglas del juego, con la Inteligencia Artificial asistimos a una tecnología que tampoco tolera límite y que resulta impredecible incluso para los propios ingenieros que diseñan los algoritmos. 


Este giro de una característica propia de los de abajo utilizada por los de arriba, me recordó un libro publicado allá por el año 83 y que pertenece al filósofo Peter Sloterdijk. Me refiero a Crítica de la Razón Cínica. 

Según el autor, el cinismo por el que, allá por el siglo IV AC, un Diógenes era capaz de rechazar convenciones sociales y todo bien material para incluso despreciar a Alejandro Magno pidiéndole que se corra porque le tapa al sol, pasó de ser una insolencia plebeya a una prepotencia señorial. En otras palabras: los cínicos de antes, los denominados “perros”, denunciaban con sus actitudes al statu quo decadente e hipócrita que dominaba la escena tras el siglo de oro ateniense. Pero, ¿quiénes son los cínicos de hoy? Los poderosos. ¿Cómo se expresa ello? De muchas maneras, pero basta con ver cómo la ironía dejó de ser un desafío al poder para ser el síntoma de la prepotencia de quien ya no le alcanza con tenerlo todo, sino que ha decidido mostrarlo y humillar al que nada tiene. El camino de esta transformación ya posee, según Sloterdijk, antecedentes en la Antigüedad (por ejemplo, en Luciano de Samosata) pero lo cierto es que desde la Modernidad hasta la actualidad notamos que una de las características de las sociedades en las que vivimos es estar atravesadas por el cinismo de los poderosos, aquellos que saben el lugar que ocupan, que reconocen para sí defender mentiras o acciones inmorales y, sin embargo, lo siguen haciendo con absoluto desparpajo. Dice Sloterdijk:


“El quinismo antiguo, el primario, el agresivo, fue una antítesis plebeya contra el idealismo. El cinismo moderno, por el contrario, es la antítesis contra el idealismo propio como ideología y como mascarada. El señor cínico alza ligeramente la máscara, sonríe a su débil contrincante y le oprime. C´est la vie. Nobleza obliga. Tiene que haber orden. […] El cinismo señorial es una insolencia que ha cambiado de lado. Ahí no es David quien provoca a Goliat, sino que los Goliats de todos los tiempos […] enseñan a los Davides, valientes pero sin perspectiva, dónde es arriba y dónde es abajo.” 


Este cinismo de los poderosos seguramente incluiría a la nueva camada “borgiana” y a los Señores de la Tecnología pero también a esa casta burocrática contra la que ambos combaten hoy en día y que trasciende lo vinculado estrictamente al Estado para incluir allí también al establishment periodístico, las usinas de adoctrinamiento y linchamiento de las universidades, las grandes instituciones supranacionales y las ONG que están enojadas con Trump porque les cortó el kiosko de los millones y millones de dólares que servían para pagar sueldos pornográficos a parásitos de la corrección política que vendían antiimperialismo con dinero de la USAID estadounidense, es decir, de los impuestos de los trabajadores a los que esos discursos desprecian y señalan como victimarios de toda minoría que se precie de tal. 


A propósito, aun cuando Trump nos pueda ofrecer casi diariamente alguna anécdota en ese sentido, la descripción de este cinismo de los poderosos cuadra perfectamente con buena parte de los líderes socialdemócratas de Estados Unidos, Europa y el mundo, y con todo un discurso progresista de izquierda que denuncia censura, sectarismo, ruptura de la división de poderes y fascismo sin poder mirarse al espejo o, quizás, justamente, mirándose y practicando cómo levantar el dedito acusador en un ejercicio de cinismo brutal. 


Es más, a los libros de Da Empoli habría que agregarle algún capítulo sobre el modo en que también los espacios socialdemócratas y de izquierda (con o sin ingenieros detrás) impulsaron el caos sirviéndose de la misma polarización que denuncian, polarización que ayudaron a crear promoviendo fracturas sociales y los experimentos de ingeniería social más totalizantes.


 Esto incluyó la apuesta por dividir a las sociedades de todas las maneras posibles y superpuestas: varones/mujeres, blancos/no blancos, cis/trans, victimarios/víctimas, mayorías/minorías; la creación de una cultura y una neolengua cuyo rechazo supone la muerte civil, y todo un clima persecutorio liderado por una generación de cristal, presunta vanguardia esclarecida poco tolerante a la frustración, acompañada por una claque que, por complicidad o pusilanimidad, hace silencio y, a duras penas, se toma su pequeña revanchita en el cuarto oscuro para al otro día ir al trabajo y decir “¡Qué barbaridad: ganó la derecha! ¿Quién los habrá votado?”


Para finalizar, la idea de un caos y un cinismo que hoy se impulsa desde arriba hacia abajo puede servir como disparador para reflexionar sobre las características de las nuevas formas de liderazgo y de comunicación. Pero reducirlo a particularidades de los líderes populistas de derecha es una mirada muy miope.


 Podría decirse incluso que esa reacción “por derecha” ha sido una reacción contra el cinismo de las clases dirigentes biempensantes, presuntamente respetuosas de las reglas, que ya habían fomentado el caos y habían puesto la sociedad patas para arriba pero no para hacer una revolución de la igualdad sino para un objetivo mucho más pequeñito: satisfacer sus intereses sectarios, sea señalando sus enemigos reales, sea creando nuevos enemigos ficticios.






martes, 16 de septiembre de 2025

Plan platita de Milei: ahora promete aumentos a jubilados, universidades y discapacitados, pot ·LA POLÍTICA ONLINE" del 15-09-25



Apenas unos días después de vetar los proyectos que vetaban mayor presupuesto para jubilados e universidades, ahora en tono de campaña y por cadena nacional, dijo que "lo peor ya pasó" y prometió liberar fondos.



En tono de campaña, el presidente Javier Milei anunció este lunes que aumentará los fondos para educación, jubilados y discapacitados por encima de la inflación y volverá la obra pública. Lo hizo apenas unos días después de vetar leyas ancionadas por el Congreso que disponían exactamente eso.


En un mensaje por cadena nacional para anunciar el envío del proyecto de presupuesto al Congreso, Milei anticipó que "este presupuesto le asigna 4.8 billones de pesos a las universidades nacionales, aumenta el gasto en jubilaciones un 5% y en salud un 17%, ambas partidas por encima de la inflación". 


"El gasto en educación también aumenta un 8% por encima de la inflación", sostuvo, y agregó: "habiendo realizado las auditorías pertinentes, el monto recibido por cada pensionado por discapacidad también aumentará en un 5% por encima de la inflación del 2026".


Los gobernadores aliados resisten el cheque de Milei: "Si nos rompen con un ATN nunca tuvimos nada"


El volantazo de Milei parece un intento por desactivar el frente opositor que se prepara para juntar dos tercios este miércoles en Diputados para rechazar sus vetos al financiamiento universitario y la emergencia pediátrica por el Garrahan. Por eso, legisladores aliados que mostraron distancia de la Casa Rosada en las últimas semanas confesaron a LPO que esperarían al discurso presidencial antes de definir su voto para el próximo miércoles.


El volantazo de Milei parece un intento por desactivar el frente opositor que se prepara para juntar dos tercios este miércoles en Diputados para rechazar sus vetos al financiamiento universitario y la emergencia pediátrica por el Garrahan. 


Milei leyó su discurso durante 15 minutos y repitió: "el equilibrio fiscal es la piedra angular de nuestro plan de gobierno y es un principio no negociable que le hemos planteado a la sociedad desde el comienzo de nuestra gestión". La contradicción entre ese compromiso fiscal que se utilizó días atrás para justificar los vetos y esta promesa de aumentar esas mismas partidas, no fue abordada por Milei en su discurso.


El único indicio que ofreció sobre el volantazo fue cuando afirmó que el presupuesto presentado ofrecerá a su cierre "un superávit primario tal que al cierre del ejercicio argentina se encuentre con superávit fiscal o, en el peor de los casos, con equilibrio fiscal".


El jefe de Estado reconoció que, pese al esfuerzo, existen argentinos a los que el resultado del éxito de sus políticas no los alcanzó. Pero aunque reconoció las turbulencias, arriesgó que "lo peor ya pasó".


Luego, se vanaglorió de su plan. "Solo por haber alcanzado el equilibrio fiscal y por mantenerlo a lo largo del tiempo, Argentina alcanzaría, según diversos estudios, una base de crecimiento del 5% anual", apuntó, y comparó la actualidad con datos de los años que fueron del 2011 al 2023: en sus papeles decía que el PBI per cápita de Argentina cayó durante ese lapso "poco más de 10%, mientras que en países vecinos creció un 15% o un 20%".


Se profundiza la crisis de la industria metalúrgica, que opera a niveles de la pandemia


"Y si al equilibrio fiscal le sumamos las reformas que queremos llevar adelante podríamos estar hablando de un crecimiento del 7 u 8% anual de manera sostenida", vaticinó. En rigor, casi todos los sectores de la economía real muestras caídas pronunciadas: este mismo lunes se conoció otra caída de la industria metalúrgica y en lo que va del año ya se perdieron unos 150 mil puestos de trabajo. 


Por eso, muchos economistas hablan de un rebote estadístico de la economía del piso en la que la hundió el ajuste y devaluación incial de Milei, más que de un proceso de crecimiento real y sostenible.


Ninguno de estos datos, pareció impactar en Milei que continuó con su relato habitual y reiteró que en 10 años la Argentina se acercará a las naciones de altos ingresos, en 20 años a los países más ricos y en 30 años llegará "al podio de las potencias mundiales".


Además indicó que el actual programa económico baja las tasas de interés y el riesgo país, algo que por estos días no se corrobora en los hechos.



Publicado en:

https://www.lapoliticaonline.com/politica/plan-platita-de-milei-ahora-promete-invetir-en-jubilados-educacion-y-obra-publlica/

domingo, 17 de agosto de 2025

No es el fascismo: es la velocidad, por Dante Augusto Palma

 


En los primeros 6 meses de gobierno, Trump firmó más decretos que Biden en toda su gestión. Son unos 170 de los cuales 26 fueron firmados el primer día de mandato. Evidentemente, Trump tuvo claro eso de los “primeros 100 días” de gobierno que surge casi de una intuición de sentido común, esto es, aquella que indica que las grandes transformaciones y las decisiones más difíciles es mejor tomarlas rápido y al principio. 

Refiriendo a Maquiavelo, el filósofo Leo Strauss recuerda que en el capítulo 26 de Los discursos del florentino, se indica que el príncipe que desee un poder absoluto “debe renovarlo todo, debe establecer nuevos magistrados con nuevos nombres, nuevas autoridades y nuevos hombres; debe hacer pobres a los ricos y ricos a los pobres (…) En suma, no debe dejar intacto nada en su país, y no debe haber ningún rango o riqueza que sus posesores no reconozcan que se deben al príncipe. Los modos que debe emplear son, casi siempre, crueles y hostiles, no solo para cada vida cristiana, sino, incluso, para cada vida humana”.


Sin embargo, claro está, esto que cuadra bien para describir la figura del tirano no hace justicia con Trump, quien utiliza instrumentos perfectamente constitucionales ni, por caso, con Milei, quien también ha gobernado dentro de los límites constituciones, si bien el congreso ha sido generoso al otorgarle un instrumento que durante un año le dio enorme capacidad de acción. Podremos discutir los diseños constitucionales, el peso que tiene los presidentes, etc., y hasta, quizás, podríamos preferir otras formas de administración, pero aquí no hay una deriva autoritaria salvo que se asuma como tal los insultos a la inmaculada profesión de los periodistas que ambos mandatarios suelen proferir. Desde aquí, preferimos discursos públicos más sosegados pero la democracia no está en peligro por los eventuales exabruptos contra algunos periodistas. No son tan importantes, muchachos. 


Pero esta larga introducción no pretendía dar razones a favor o en contra de este tipo de liderazgos, los cuales podríamos denominar, populistas, sino de advertir la relación conflictiva entre velocidad y democracia. Con esto quiero decir que más allá de la harto sabida regla de los “100 días”, no solo los mencionados, sino cualquier gobierno democrático se enfrenta a una problemática novedosa: los tiempos de la sociedad son mucho más veloces que los tiempos de la política. Dicho con otras palabras, con nuestras subjetividades moldeadas algorítmicamente, la democracia debe ajustarse a un frenesí que paradójicamente es antipolítico porque va en contra de los tiempos de la deliberación, de discusiones que, para hacerse carne en la sociedad y crear una masa crítica, no pueden acelerarse.


¿De qué manera? En primer lugar, para bien o para mal, la subjetividad algorítmica a la que nos hemos acostumbrado, celular en mano, nos lleva a suponer que todos nuestros requerimientos pueden y deben ser respondidos automáticamente. Cualquier duda la resuelve el buscador de Google o cualquier IA alternativa de una manera que un político o el Estado, aun cuando se haya modernizado, no podría hacerlo jamás. Ese hiato de velocidad y la consecuente frustración que genera conlleva una insatisfacción crónica. 


Una segunda característica, una vez más, para bien o para mal, es la sensación y, por qué no, la efectiva constatación de que gracias a internet hoy podemos hacer las cosas por nosotros mismos. Esto en un doble sentido: por un lado, con una imponente capacidad asociativa capaz de conectar a nivel masivo a usuarios de todo el mundo para sumarlos a una causa, y, por el otro, para encarar proyectos personales, laborales, artísticos, etc. De hecho, no es casual esta explosión de emprendedorismo asociada, claro está, a la pauperización y a la tendencia inevitable y acelerada de la pérdida de puestos de trabajo. Si nos podemos asociar, o lo puedo hacer por mí mismo: ¿para qué necesitaría al Estado? ¿Para qué legitimar democráticamente a una casta gobernante a la cual, encima, le pagamos el sueldo?


Un tercer punto, asociado al primero: imbuidos de la lógica de los likes y las sobredosis de dopamina que produce una eventual viralización de nuestro contenido, no solo, como decíamos, enfrentamos la insatisfacción de la dilación constante por parte del Estado, sino que vivimos en una cambiante demanda casi siempre asociada a la queja y la victimización, casualmente, aquello más viralizable, es decir, exitoso, en la lógica virtual. Con nuestro narcisismo sostenido a base de likes, estamos obligados a los mensajes y a la exposición constante en una espiral adictiva que luego se replica en la relación que tenemos con nuestros representantes. El “no sé lo que quiero, pero lo quiero ya”, a su vez, se enmarca en un clima de época donde el deseo irrefrenable e inducido no solo es impulsado por algunos políticos. Es algo peor aún: en una mixtura de malas interpretaciones entre la máxima evitista del “donde hay una necesidad, nace un derecho” y la máxima feminista “lo personal es político”, cualquier capricho individual se transforma en una demanda legítima frente al Estado y, de nuevo, frente a la democracia. En la sociedad infantilizada donde la competencia de víctimas tiene dos objetivos, la inimputabilidad y la legitimación pública para que la palabra de quien se presente como víctima sea incontrovertible, los problemas personales siempre son generados o por el sistema o por representantes individuales sobre los que, presuntamente, encarna el sistema. Por ello, lo tiene que resolver el Estado con diversas formas de reconocimiento, desde el simbólico hasta el material.


Sin embargo, de la misma manera que se necesita el próximo mensaje, la próxima foto para ser likeado, la demanda contra el sistema no cesa: lo propio de quien se siente adeudado en la sociedad infantil, es que la deuda no termina nunca. Por eso hay sectores que son esencialmente insatisfechos. Y no lo hacen porque quieren cambiar el mundo o por revolucionarios; o en todo caso, lo hacen para cambiar su mundo, ese de revoluciones pequeñitas donde todo lo que tienen para ofrecer es una identidad. 


¿Supone esto exculpar a la política y a la dirigencia? Para nada. De hecho ya indicamos que son los demagogos los que le hacen creer al electorado que detrás de cualquier deseo hay un derecho, como si el Estado fueran los reyes magos. 


Y algo más: las máximas políticamente correctas de la participación popular atravesadas por una naif versión de solucionismo tecnológico para progres con culpa, instala que haciendo un video de tik tok, firmando un change.org, escrachando el mensaje incorrecto del día y aportando una suscripción en la plataforma de periodistas precarizados o colaborando en un crowdfunding para que Pablo Iglesias junte 150.000 euros y abra un nuevo bar antifascista, estás haciendo algo por el bien de la humanidad. Lo paradójico es que inmediatamente se cae en la cuenta que todas esas acciones no conducen a nada, pero en lugar de poner en entredicho el modelo de subjetividad sobre el cual se ha constituido esta forma de participación, firmamos una segunda solicitada en Change y devenimos una patrulla perdida de la virtualidad que expresa sentimientos mientras scrollea. 

Pero hay más, en la lógica influencer, la política de hoy necesita abrir frentes todos los días. No es solo la obvia recomendación de cualquier asesor de “controlar la agenda”; ni siquiera el espíritu confrontativo de algunos presidentes. Es también la dinámica de las redes llevada al extremo. La discusión pública se transforma en Twitter: sin mediación, con carencia de vocabulario, a los insultos limpios y rodeados de bots, hashtags y energúmenos para ganar la batalla por un par de horas hasta la batalla de mañana. 


Hay que mantener a la opinión pública engaged como pretende el algoritmo de la red social para que permanezcas allí mucho tiempo. No vienen ni siquiera por nuestras mentes: vienen por un ratito de nuestra atención. Y ni siquiera es un plan de gente oscura. Son gobiernos con funcionarios que han crecido en la dinámica de las redes y trasladan ese modelo a la discusión pública. 


No es casualidad que esa lógica produzca crédulos manipulables destinados a expresar sus frustraciones y sus odios, por derecha o por izquierda, o, en el mejor de los casos, incrédulos y apáticos que ven el circo desde afuera y se decantan por otros estímulos. 


A los gobiernos, por lo pronto, ya no se les exige que hagan políticas públicas. En todo caso, no estorben y entreténganos. De aquí que para muchos gobiernos populistas su peor enemigo no sean las instituciones sino el aburrimiento de los usuarios. Las instituciones no tienen ninguna legitimidad en el mundo veloz. Lo que queremos son memes y ser parte del tema del día. La democracia debería temerle menos al fascismo que a la velocidad.


NOTA DEL EDITOR:

NOTA DE OPINIÓN QUE REFLEJA EL PENSAMIENTO DEL AUTOR, NO LA DEL MEDIO QUE LO PUBLICA

domingo, 18 de mayo de 2025

La Argentina de Milei: ¿fragmentación, posideología y desterritorialización?, por Dante Augusto Palma

 



El periodismo ha dejado trascender una presunta discrepancia estratégica entre Karina Milei y Santiago Caputo de cara a las elecciones de este 2025. Para la primera, sería necesario hacer de la LLA un partido nacional que ofrezca candidaturas en cada distrito. Para el segundo, sería más redituable, políticamente hablando, negociar con las estructuras ya vigentes (gobernadores, intendentes, etc.) para no alterar el orden de los distritos y, en todo caso, luego aplicar el “palo y zanahoria” desde la Casa Rosada. 


Sigo sin entender por qué se plantea que allí habría una tensión cuando en realidad se trata de dos estrategias perfectamente compatibles. De hecho, “donde puedo armo” y “donde no puedo, transo”, estuvo presente el último fin de semana con relativo éxito si tomamos como ejemplo el triunfo de la lista propia de LLA en Salta Capital y en San Salvador de Jujuy, y el triunfo en alianza con Zdero en Chaco.


¿Podemos encontrar en estas estrategias, aun cuando puedan ser circunstanciales, algunos indicios de la reconfiguración del mapa político y del modo de hacer política en la Argentina de Milei?


Sin dudas y, en este sentido, son de destacar algunos hechos que eventualmente podrían transformarse en tendencia. El primero es una fragmentación distrital que, en términos generales, desde hace ya varios años, controlan los oficialismos provinciales. Claro que cuando hay una figura competitiva a nivel nacional todo eso mínimamente se ordena, pero la política argentina hoy debe dividirse en 24 (o quizás más si interpretamos como “provincias” algunos municipios de la provincia de Buenos Aires y las grandes ciudades del interior). Un ejemplo clásico que hasta hace poco era excepcional, fue el Movimiento Popular Neuquino, pero en los últimos años han aparecido otros, como ser el cordobesismo inaugurado por De la Sota.

Si este fenómeno ya es de por sí interesante, agreguemos que la división en 24 es completamente posideológica.


Porque, ¿cómo definimos ideológicamente al cordobesismo? ¿Es de izquierda, de centro o de derecha? ¿Son peronistas no kirchneristas? ¿A qué Perón reivindican y cómo hacen para ganar en una provincia donde Macri o Milei pueden sacar el 70%? ¿Y Sáenz en Salta qué es? ¿Se diferencia mucho de Zdero, Sadir o Passalacqua? Por supuesto que hay excepciones como la de Insfrán en Formosa donde ideológicamente hay claridad, pero en general, lo que tenemos son oficialismos posideológicos que se parecen como si la ideología fuera un asunto de la política a nivel nacional. El escenario es paradójico porque el gobierno de Milei está sobreideologizado, más que el de la propia CFK. Sin embargo, en casi todas las provincias, se eligen oficialismos que pueden acoplarse a cualquier gobierno. Reducir esto a la simple transa política o a la cintura de dirigentes venales, es no comprender que el fenómeno es más profundo. 


El otro hecho a destacar se deriva de la que mencionamos como la estrategia supuestamente caputiana de no ir a disputar en cada distrito sino, más bien, negociar desde la Casa Rosada despreciando incluso el territorio. 

Más allá del halo de misterio que hay detrás de Caputo, de lo cual se sigue que muchas de las cosas que se le atribuyen, las buenas y las malas, pueden no ser ciertas, esta estrategia sería coherente con esto que se repite entre los analistas de seguir la línea iniciada por el Movimiento 5 Estrellas en Italia que tan bien desarrolla Giuliano Da Empoli en Los ingenieros del caos. 


Para quien no lo tenga presente, Da Empoli cuenta la historia del experto en marketing, el italiano Gianroberto Casaleggio, quien en el 2000 entrevió que el futuro de la política estaría signado por internet. Fue él quien propuso al humorista Beppe Grillo “para convertirlo en el primer avatar de carne y hueso de un partido algoritmo, el Movimiento 5 Estrellas, asentado enteramente en la recopilación de datos de los electores y la satisfacción de sus demandas, ajeno a todo sostén ideológico”. 


Desde el blog de Beppe Grillo, un blog en el que lo que se buscaba era la exacerbación de las pasiones negativas de los usuarios, en muy poco tiempo, el Movimiento 5 Estrellas, jactándose de no ser ni de izquierda ni de derecha, se transformó en un fenómeno exitoso que le permitió formar parte de distintas coaliciones de gobierno durante varios años.


De esta manera, Italia habría sido así algo así como un experimento que luego se replicó en otros países. Según Da Empoli, “lo que convierte a Italia en el Silicon Valley del populismo es que aquí, por primera vez, el poder ha sido tomado por una nueva modalidad de tecnopopulismo postideológico, sustentado no ya sobre ideas, sino sobre algoritmos desarrollados por ingenieros del caos. No se trata, como en otros lugares, de políticos que contratan perfiles técnicos, sino más bien de perfiles técnicos que toman directamente las riendas del movimiento mediante la fundación de un partido y la elección de los candidatos que más se ajustan a su visión, hasta asumir el control del gobierno de toda la nación”. 


Decíamos que este tipo de movimientos ya no hablan de izquierdas y derechas, pero esto no significa que eliminen los antagonismos. Todo lo contrario, los exacerban, casi siempre en la lógica “pueblo versus élites” de modo de captar el voto enojo. Así, el populismo tradicional se abraza al algoritmo de los ingenieros estableciendo un nuevo maridaje.


Los ingenieros del caos debe ser el libro más citado por los analistas argentinos en estos últimos meses, pero sus ideas se aplican al caso Milei solo de manera parcial, especialmente en lo que planteábamos algunas líneas atrás: además de no ser el producto de un ingeniero sino de haberse forjado a sí mismo a través de las redes y la televisión, el de Milei es un gobierno sobreideologizado que tiene bien claro hacia dónde va, aspecto que lo diferencia de las construcciones provinciales y de las alternativas nacionales a tal punto que LLA parece hoy el único partido nacional aun cuando en algunos distritos ni siquiera logre presentar candidatos. Pero su principal oposición, el peronismo, está explotado y en un proceso de descomposición del cual no parece fácil salir. 


Es importante detenerse aquí porque una opción sería pensar que el problema es la fragmentación y que todo se solucionará cuando haya un nuevo orden y una conducción clara, sea la de CFK, sea la de alguien que la reemplace. Sin duda, un gran acuerdo de unidad puede gravitar al momento de los votos, tal como se vio en el Chaco donde un peronismo unido hubiera peleado cabeza a cabeza, pero el problema no es la falta de unidad sino la falta de programa. Es decir, los votos están ahí, a tiro. Si hasta haciendo un gobierno horrible casi gana en primera vuelta en 2023...lo que faltan son buenos diagnósticos y mejores ideas. La descomposición, en este sentido, es más doctrinal que electoral. 


Es que tanto CFK como el propio Axel parecen políticos del siglo XX con una militancia que piensa el territorio de dos maneras equivocadas: como un espacio casi mitológico en el que se encontrarían las verdaderas fuerzas nacionales y populares; o como un objeto de estudio para paper de otros ingenieros, los del orden (progresista) egresados de Sociales.


Ambos puntos de vista restan políticamente porque, en el mejor de los casos, el territorio está en disputa y es tan diverso que habría que hablar de múltiples territorios o, lo que es más preocupante aún, de una al menos parcial desterritorialización de la política. En este sentido, al ejemplo del Movimiento 5 Estrellas, hay que agregarle el caso Milei 2023, ganando en un país extensísimo con potentes tradiciones políticas y construcciones territoriales que hacían inimaginable un fenómeno así, ya no decimos 30 años atrás, sino 10. Por si hace falta hay que recordarlo: ganó sin un gobernador, sin un intendente, sin un concejal, sin un puto consejero escolar y gobierna, hasta ahora, sin nada de eso y con un puñado de representantes en las cámaras que le sirven para muy poco. ¿Y en serio vamos a seguir hablando de territorio? Asimismo, es ese supuesto territorio el que le está dando la espalda al peronismo y el que está desterritorializado, emprendiendo o trabajando precariamente con apps y construyendo mercados alternativos de semiinformalidad a través de billeteras virtuales. 


Naturalmente no hay que ser taxativos pues sin dudas estamos en un proceso de transición. Quien mejor lo entiende es el propio gobierno que parece actuar en las dos líneas, esto es, en la vieja dinámica de construcción territorial y en la otra, aquella que entiende que las construcciones militantes del boca en boca, el barrio, el club, etc., no son determinantes porque la pertenencia y la dependencia hoy están más asociadas a las comunidades (des-organizadas) virtuales. 


Y sí, claro, si como dijera el filósofo, entre lo viejo que no muere y lo nuevo que no acaba de nacer, aparecen los monstruos, la política argentina es hoy una gran bestia fragmentada en 24 partes con un partido radical extinto, un PJ en proceso de descomposición más doctrinal que electoral, y una coalición, que pretendía ser la nueva derecha, lastrada por la propuesta anarcocapitalista; una bestia que navega entre la posideología de gobiernos provinciales indistinguibles y un partido de gobierno sobreideologizado con un líder mesiánico que viene por una revolución trascendente para la que el cargo de presidente resulta un cargo menor.


Todo eso a la vez y con 50 millones de personas adentro.





sábado, 3 de mayo de 2025

¿Un Papa marxista y populista?, por Dante Augusto Palma



A propósito de la muerte de Francisco, les traigo un texto escrito hace unos años, en ocasión de la encíclica Fratelli tutti, con el fin de acercar algunas precisiones conceptuales sobre su pensamiento


Días atrás se dio a conocer una nueva encíclica del Papa Francisco titulada Fratelli tutti. Si la anterior, Laudato si, fue interpretada como la encíclica “ecológica” dedica al cuidado de “La Casa Común”, el núcleo del nuevo texto se posa, desde mi punto de vista, en un tema sensible para Europa: la cuestión migratoria. La ocasión parece propicia para indagar en la perspectiva de un Papa que algunos sectores han calificado de “populista” y hasta de “marxista” pero que también recibe críticas desde la nueva izquierda. 

¿Por qué Francisco es acusado de populista y marxista? En principio, por su diagnóstico. Es que él entiende que el actual sistema económico apoyado en el individualismo y en ese relativismo cultural tan propio de los tiempos posmodernos, deriva en lo que él denomina una “cultura del descarte”. A esto debemos sumarle el hecho de que Francisco afirma que este modelo deviene necesariamente en un globalismo que acaba imponiendo una cultura hegemónica que elimina la diversidad cultural. Bajo esta lógica globalista, la fraternidad es solo aparente y los humanos, en vez de transformarse en prójimos, se convierten en, apenas, socios. 

Pero, sobre todas las cosas, Francisco considera que hay una prioridad del Bien Común y que la comunidad es más que una suma de individuos. En este sentido, el sujeto de la historia es “el pueblo” y en especial, el “pueblo trabajador”. Sin embargo, en Fratelli tutti lanza varias advertencias a quienes intenten acusarlo de “populista”. Por un lado porque afirma que los débiles son manipulados tanto por los liberales como por los populistas; y por otro lado porque se encarga de aclarar que defender la idea de “pueblo” no lo transforma en un “populista”. Es que para Francisco, a diferencia de lo que podría afirmar la denominada “izquierda populista neomarxista y neolacaniana” de, por ejemplo, Ernesto Laclau, para la cual el pueblo no es algo dado sino una “construcción” que se genera tras la articulación de demandas insatisfechas, el pueblo es una entidad “mítica”. En el parágrafo 158 lo indica así: «Pueblo no es una categoría lógica (…) Es una categoría mítica […] Cuando explicas lo que es un pueblo utilizas categorías lógicas porque tienes que explicarlo: cierto, hacen falta. Pero así no explicas el sentido de pertenencia a un pueblo. (…). Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático, sino todo lo contrario: es un proceso lento, difícil… hacia un proyecto común»”. 

Sin embargo, Francisco inmediatamente trata de separarse de las lecturas del “populismo de derecha” porque entiende que éstas acaban en un nacionalismo expulsivo que en vez de entender que “pueblo” es una categoría abierta, arrojada a la interacción con los otros, postulan una noción cerrada de pueblo como algo homogéneo y dado. 

Este intento de evitar tanto las miradas individualistas como las colectivistas no es ninguna novedad y es parte de la que se conoce como doctrina social de la Iglesia cuyo texto fundamental es la Rerum Novarum del Papa León XIII escrita allá por 1891 y la encíclica Quadragessimo anno, escrita por Pío XI en 1931. Estos textos inauguran dentro de la Iglesia Católica la cuestión social en una tradición que tuvo distintas derivaciones y que según el país y el continente adoptó ciertas particularidades y entrecruzamientos. Por mencionar solos dos casos relativamente conocidos, en Argentina las fuentes del muchas veces inasible peronismo, tan pocas veces comprendido desde Europa, no son otras que las de la doctrina social de la iglesia; y, en el viejo continente, desde mi punto de vista, podría mencionarse la corriente distributista impulsada por Hilarie Belloc y el gran G. K. Chesterton quienes abogaban por una organización social de pequeños propietarios y acusaban tanto a capitalistas como a comunistas de acaparar la propiedad: los primeros en manos de una oligarquía y los segundos en manos de una burocracia centralizada.   

Excedería el espacio de estas líneas desarrollar en profundidad todo lo que implican las enseñanzas de la doctrina social, pero a propósito de la encíclica hay un principio utilizado por Francisco que es central para su propuesta y es, justamente, uno de los más controvertidos. Me refiero a lo que se conoce como “Función social de la propiedad”. Que la propiedad tenga una función social pone en tela de juicio la sacralidad de la propiedad privada individual y se basa, a su vez, en lo que se conoce como “El destino universal de los bienes”, esto es, la idea de que los bienes de la creación han sido otorgados a la humanidad en su conjunto. En el parágrafo 120 Francisco lo explica así: “Vuelvo a hacer mías y a proponer a todos unas palabras de san Juan Pablo II cuya contundencia quizás no ha sido advertida: «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». En esta línea recuerdo que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada». El principio del uso común de los bienes creados para todos es el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social», es un derecho natural, originario y prioritario. (…) El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados”. 

El punto es que esta función social de la propiedad no solo es pensada por Francisco para justificar eventualmente una redistribución de la tierra al interior de los países sino que la utiliza más allá de las fronteras para fundamentar el derecho de los migrantes a ser acogidos en condiciones dignas por los países receptores. En este sentido, en el parágrafo 124 se puede leer: “La convicción del destino común de los bienes de la tierra hoy requiere que se aplique también a los países, a sus territorios y a sus posibilidades. Si lo miramos no sólo desde la legitimidad de la propiedad privada y de los derechos de los ciudadanos de una determinada nación, sino también desde el primer principio del destino común de los bienes, entonces podemos decir que cada país es asimismo del extranjero, en cuanto los bienes de un territorio no deben ser negados a una persona necesitada que provenga de otro lugar”.

Más allá de estas afirmaciones que naturalmente darían lugar a críticas desde el centro y de la derecha, el Papa también intenta distanciarse de la agenda de la nueva izquierda aunque lo hace de manera sutil. Porque se mete de lleno con la agenda contra el racismo y también indica en el parágrafo 23 que todavía queda mucho por hacer en materia de igualdad entre mujeres y varones. Sin embargo, en el parágrafo 102 parece advertir que las denominadas políticas de la identidad no harían otra cosa que quitar fortaleza a la unidad del pueblo trabajador y acabarían debilitándolo en su búsqueda de mayor equidad: “¿Qué reacción podría provocar hoy esa narración, en un mundo donde aparecen constantemente, y crecen, grupos sociales que se aferran a una identidad que los separa del resto? ¿Cómo puede conmover a quienes tienden a organizarse de tal manera que se impida toda presencia extraña que pueda perturbar esa identidad y esa organización autoprotectora y autorreferencial?”. Por su parte, en el parágrafo 13 pareciera meterse de lleno en una disputa teórica contra el posestructuralismo y la corriente “deconstructivista” que ampliando el campo de libertad hasta la determinación de la propia identidad estaría siendo funcional a la lógica de un mercado que derriba todo límite: “se alienta también una pérdida del sentido de la historia que disgrega todavía más. Se advierte la penetración cultural de una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero. Deja en pie únicamente la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de muchas formas de individualismo sin contenidos”.

Para finalizar, recuérdese que la cuestión migratoria es uno de los ejes del papado de Francisco. De hecho su primer viaje oficial fue a la isla de Lampedusa, ejemplo trágico de la situación de los refugiados que intentan llegar a Europa como sea, empujados por la situación que padecen en Estados fallidos o lastrados por guerras, hambrunas y persecuciones étnicas, políticas y religiosas. Fratelli tutti intenta, entonces, dejar el legado teórico de Francisco sobre esta problemática y nos permite indagar en los fundamentos de una toma de posición que no logra comprenderse del todo si se la piensa en los términos simples de derechas e izquierdas.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Milei, el populista, por Dante Augusto Palma

 



En este espacio hemos catalogado a Javier Milei como un anarcocapitalista en lo económico, conservador en lo moral y populista en lo político/comunicacional. De las tres definiciones, quizás la más controvertida sea la última por al menos dos razones: el propio Milei no la aceptaría (a pesar de que probablemente aceptaría las primeras dos); y la definición de populismo es lo suficientemente vaga como para incluir allí tradiciones, movimientos y referentes diversos. 


En la discusión pública en Argentina siempre se tomó cierta definición estándar de populismo, emparentada con la demagogia y los líderes carismáticos, si bien durante la época kirchnerista, la popularidad alcanzada por el filósofo Ernesto Laclau y su cercanía al gobierno de Cristina Kirchner hicieran que, de repente, la definición deviniera más técnica con términos como “demandas insatisfechas”, “hegemonía”, “antagonismo”,  “significante vacío”, al tiempo que en el prime time de la TV se discutía en términos de “nosotros/ellos”, “amigo/enemigo”, “lógica adversarial”, etc. Hasta que, en eso, no llegó Fidel, sino Mauricio Macri, mandó a parar, y el debate volvió a los nichos académicos que años después ven con asombro cómo la batalla cultural y la disputa por la hegemonía ahora son banderas de la derecha.    


El (presunto) populismo de Milei puede enfocarse desde distintos ángulos, pero justo llegó a mis manos el último libro de Antonio Scurati, una transcripción de una conferencia que diera en 2022, algunos días después del triunfo de Meloni. Scurati es un profesor de Literatura contemporánea de la IULM de Milán, autor de varios ensayos pero que saltó a la fama por una serie de novelas históricas muy bien documentadas que se conocen como la saga de M por referirse a Mussolini. Las novelas fueron un éxito en Italia y rápidamente fueron traducidas a distintos idiomas lo cual hizo de Scurati una suerte de superventas mundial y una referencia al momento de hablar de fascismo.   


Scurati es un hombre que añora la formación antifascista de la generación de sus abuelos y que ve con preocupación el ascenso de las derechas. Sin embargo, no cae en la tentación de llamar fascismo a todo aquello que no huela a progresismo como lamentablemente observamos con frecuencia últimamente. 


Lo hace aclarando lo obvio: a diferencia del fascismo de Mussolini, ni Trump, ni Bolsonaro, ni Meloni, ni Milei, etc., han utilizado la violencia para eliminar a sus adversarios políticos y la violencia es, justamente, la marca identitaria del fascismo. Asimismo, los mencionados han llegado al gobierno a través de elecciones libres, administran dentro de los límites flexibles de los principios republicanos, con tensiones, pero dentro de los límites, y podrán fustigar a sus parlamentos, pero no han cerrado ningún congreso ni han eliminado la división de poderes.  


Sin embargo, aunque no hayan heredado esa esencia de la violencia política, la tesis principal de Scurati es que estas nuevas variantes de la derecha mundial sí han recibido, de manera difusa, quizás indirecta o hasta inconsciente, la otra invención de Mussolini. Porque, efectivamente, el Duce no solo fue el creador del fascismo sino que también fue, según Scurati, el creador del populismo soberanista, esto es, una nueva forma de comunicar y de liderar. Dicho de otra manera, las nuevas derechas no descienden del Mussolini fascista sino del Mussolini populista.


Para examinar si esta categorización puede aplicarse a Milei, cabe evaluar su accionar con lo que para Scurati son 7 reglas o características del populismo. 

La primera es el personalismo y la identificación con el pueblo frente a un otro. Scurati indica que esta identificación hizo que Mussolini pudiera afirmar que quien no estaba junto a él, no pertenecía al pueblo y, por lo tanto, era el enemigo. Si lo comparamos con Milei, quien dice enfrentar a “la casta”, es cada vez más evidente el modo en que, finalmente, lo que identifica a una persona como perteneciente o no a la misma no es su historia ni su lugar en la sociedad sino la cercanía con el presidente, es decir, se trata de un criterio, como mínimo, bastante arbitrario. 


Asimismo, hay que admitir también que, a diferencia de la última experiencia de un gobierno de derecha en Argentina, el ya mencionado perteneciente a Mauricio Macri, Milei es un líder popular y ha obtenido muy buenos resultados entre los sectores más bajos. Será por carisma, por características de personalidad, por la magia de la televisión o por provenir de una clase media (a lo sumo media alta), pero lo cierto es que Milei ha conectado con “los rotos” y hasta con sectores lumpen que tradicionalmente votaban peronismo.


En relación con esta conexión, otra característica que menciona Scurati del populismo de Mussolini es un cambio radical en la forma de comunicar, algo que el líder italiano realizó desde su periódico: siempre en primera persona, frases cortas, sintácticamente elementales y fácilmente extrapolables a contextos diversos sin demasiada preocupación por si éstas reflejan o no la realidad. Para ser buenos con Milei, hay que decir que, en todo caso, si de pretender describir la realidad hablamos, la izquierda adoradora del constructivismo lingüístico tampoco está muy apegada a ella. Pero volviendo a Milei, en ese cambio estilístico de Mussolini, Scurati observa un antecedente de “los twitts”, aquellos a los que echa mano frenéticamente por las noches el presidente argentino. Es más, en la línea de lo que hiciera Milei cuando asumió como diputado, quien comenzó a sortear entre la gente común el dinero de su salario, una de las primeras medidas que tomó Mussolini cuando asumió la dirección de su periódico fue bajarse el sueldo.         


Milei, a su vez, del mismo modo que lo hizo el populismo de Mussolini, abreva de toda una larga tradición de crítica al sistema parlamentarista de las repúblicas democráticas liberales. 


Dice Scurati: “si yo soy el pueblo y el pueblo soy yo, en tal caso el Parlamento se convierte en una pérdida de tiempo, en la sede de la corrupción, de la degeneración patológica, de la inadecuación, de las trapacerías, de los privilegios de casta, en el centro de un inútil caos crónico”. 


Milei suscribiría una a una esas palabras como también suscribiría a aquella frase del Duce de “yo no hago política, hago antipolítica”. A propósito, y hablando de curiosidades, al igual que Milei en la apertura de sesiones legislativas y el día de la asunción, Mussolini fustiga y humilla fuertemente a su parlamento el día de su primer discurso y lo llama “una sala sorda y gris”.  


Por cierto, y ya que hablamos de “casta”, Scurati entiende que la utilización que hiciera el fascismo de esa noción en realidad proviene de Gabriele D’Annunzio de quien Mussolini abrevó para construir el imaginario fascista y se remonta a más de 100 años atrás. 


Donde sí aparece alguna diferencia con Milei es en la tercera característica que menciona Scurati, al menos en relación al Mussolini más joven. Es que para nuestro autor, el Duce plantea un nuevo tipo de liderazgo que no guía desde el frente sino acompañando la multitud.


Mussolini se autodefinía, en este sentido, como “el hombre del después”, el que llega a los acontecimientos políticos una vez que estos ya han sucedido. Esto va cambiar con el Mussolini de los años 30 y 40, cuando ya es capaz de exponer una concepción filosófica del Hombre, del Estado y un programa articulado, pero, en sus orígenes, Mussolini consideraba que el líder “no tiene ni debe tener ideas propias, carece de convicciones irrenunciables, no guarda fidelidad, no guarda lealtad, carece de estrategias a largo plazo, no guía a las masas hacia una meta lejana y elevada, que él atisba, pero las masas no ven. Muy al contrario, ese líder solo conoce tácticas y ninguna estrategia, solo oportunidades y ninguna convicción, solo praxis y ninguna teoría”. 


Milei ha dado muestras de pragmatismo, pero su liderazgo es mesiánico, con referencias al antiguo testamento y muchos de sus seguidores hasta lo fundamentan en razones esotéricas y en presagios de presuntos adivinos. Pero, además, su plan estuvo claro desde el principio y, en todo caso, la crítica que se le suele hacer es la inversa, esto es, lejos de estar “vacío” y sin estrategia, el gobierno de Milei estaría sobreideologizado a punto tal que buena parte de sus errores podrían hallar en esta característica una explicación. 


Scurati refiere también que en el fascismo original se instauró una política del miedo que rápidamente devino en un sentimiento mucho más activo como el odio. Esto encajaría con las críticas que recibe Milei y las derechas actuales en general cuando se las acusa de fomentar las divisiones de la sociedad, etc. Sin embargo, hay que indicar que una de las razones por las que Milei sostiene su apoyo popular es porque, al mismo tiempo, ofrece esperanza de cambio. En otras palabras, muchos de los que lo votaron lo hicieron como una revancha, un “aun si me va peor, te voto solo para que acabes con el privilegiado de mi vecino”, pero no se puede dejar de soslayo que las reformas estructurales prometidas generan ilusión en un sector del electorado. Quien solo vea en Milei un generador de odio, puede que esté proyectando algunos sentimientos propios, respetables, pero incapaces de describir la realidad tal cual es. 


Por último, Scurati entiende que el populismo mussoliniano realizaba una simplificación de la complejidad de la vida moderna reduciendo todo al problema del extranjero. En Argentina, a diferencia de Europa, la cuestión de la inmigración no aparece como preocupación, de modo que, en todo caso, si hay simplificación, opera en otro orden y con otros enemigos, si bien, una vez más, a favor de Milei, habría que decir que la simplificación es un clima de época. ¿O acaso no se simplifica la realidad cuando es acusado de fascista cualquiera que ose al menos discutir alguna partecita del nuevo canon moral?


Por último, Scurati refiere a la importancia del cuerpo del líder al momento de lograr una identificación con el electorado. No se habla de belleza sino de un vínculo físico-emocional: Mussolini en el campo levantando el trigo, nadando como un atleta; las fotografías del Putin supermacho y hasta su famoso montaje con el torso desnudo “domando” un oso. En Milei opera algo de eso, desde el pelo desaliñado, su gesticulación de rockstar y/u hombre irascible, la carpeta siempre en sus manos demostrando que es un hombre simple que no malgasta el dinero público en secretarias, los memes y los filtros en sus fotos que lo muestran como un león poderoso y “estéticamente superior”, etc. 

Argentina sabe bien la importancia del cuerpo de los líderes. Pensemos si no en el cadáver de Evita, escondido, mutilado, vejado y sobre el cual se habrían realizado hasta sesiones de magia negra, o la profanación de la tumba de Perón al cual le robaron las manos. Cuando se da esa identificación entre el cuerpo de la masa y el cuerpo del líder, no hay medias tintas: ese cuerpo es adorado y venerado u odiado hasta ser masacrado. Le ocurrió al propio Mussolini y lo hemos visto en los últimos años con Saddam Hussein y Muamar Gadafi.     


Como indicábamos al principio, hay muchas maneras de identificar al populismo y la referencia a las categorías expuestas por Scurati es solo una de ellas. Con todo, las hemos traído a colación porque distinguir el fascismo del populismo para mostrar que, en todo caso, es el último y no el primero, el legado mussoliniano que ha llegado de manera más o menos difusa e indirecta a referentes de las nuevas derechas como Milei, puede ser un buen aporte para la discusión. 


Esto permitirá criticar lo que haya que criticar y también servirá para aceptar, al mismo tiempo, que estas expresiones, al menos hasta ahora, han sabido ganar un espacio legítimo gracias al voto popular y dentro de las reglas democráticas.

domingo, 13 de octubre de 2024

Hay que matar al Joker (una mirada política), por Dante Augusto Palma

 



Llegó Joker: Folie à Deux, la segunda entrega de la saga tras una primera que, allá por 2019, fue aclamada por la crítica. Con expectativas tan altas, era difícil que esta segunda parte pudiera colmarlas y, efectivamente, los malos vaticinios se cumplieron. 

En todo caso, cabría decir que el problema del Joker 2 es que todos la comparamos con la 1. Si la primera no hubiera existido, seguramente estaríamos hablando de sus muchas virtudes y no solamente de los defectos. Con todo, este no es un espacio para hablar de cine sino de política y, en este sentido, Folie à Deux viene despertando diversas interpretaciones, gran mayoría de las cuales, podrían, como mínimo, necesitar alguna complementación.  

Pero antes de entrar en ello, de la película en sí podemos decir que la actuación de Phoenix vuelve a ser descollante y que Lady Gaga no está mal, a pesar de que, desde el guion, su personaje parece tener menos desarrollo. Asimismo, su director, Todd Phillips, vuelve a lograr atmósferas increíbles, una fotografía excepcional con decenas de imágenes que conformarían posters que todos quisiéramos colgados en la pared de casa y, sobre todo, sale airoso de la osada apuesta por transformar esta segunda parte en un musical, algo que no le sienta mal a la lógica bufonesca del personaje. 

En contra podría decirse que ese recurso del musical, por momentos, parece forzado y algo repetitivo, al igual que la trama girando todo el tiempo alrededor del juicio que se le lleva adelante a Arthur Fleck (el Joker) por haber asesinado a cinco personas, tal como se vio en la primera entrega.

Dicho esto, consideramos que una clave interpretativa viene dada ya desde el título: Folie à Deux. Podemos traducirlo simplemente como “locura de dos” o hacer referencia a una lectura más técnica que habla de un “trastorno psíquico compartido”, fenómeno muy poco frecuente por el cual la psicosis de una persona induce la psicosis de otra. Si, como les indicaba antes, este no es un espacio de crítica de cine, tampoco es un consultorio de psiquiatría, con lo cual, alcanza con esta definición algo básica para descifrar el mensaje que nos quiere dejar la película.       

De modo que, desde el vamos, se nos dice que hay locura y que esa locura se comparte. Si tomamos en cuenta la decisión de incluir al personaje de Lady Gaga, Lee, aquella que más insiste a lo largo de la película en la idea de que el atormentado Arthur es el Guasón, la lectura es clara: él está loco y ella comparte esa locura. Folie à Deux. 

Dicho esto, hay que indicar que, políticamente hablando, en un sentido, la película tiene menos de política que la primera y, lo que es más frustrante aún, es que aquellos elementos que habían hecho de la primera entrega una película de culto, son traídos en esta segunda con el fin de aclaraciones varias. Sinceramente, hubiera sido preferible no hacerlo.  

Dicho de otra manera, si en la primera, en el mejor de los casos, había una inquietante ambigüedad que estimuló lecturas políticas varias, entre ellas, las de una película que hacía una apología de las olas reaccionarias, el anarquismo y/o el nihilismo de una sociedad completamente rota en la que un eventual demente acaba siendo el emblema de una explosión de violencia por la violencia misma, en esta segunda el director parece estar demasiado preocupado en echar por tierra los “malos entendidos”. Es curioso, pero es como si el director estuviera enojado con la audiencia que hizo de la primera entrega un éxito. De aquí que rompiera todo lo esperado haciendo de la segunda un musical donde el Joker acaba “compartiendo cartel” con una coprotagonista, y que, en términos de lecturas políticas, se intente acabar con el conjunto de interpretaciones que habían llevado al primer Joker a un lugar incómodo para los tiempos de corrección política.     

Para decirlo con nombres propios, nunca lo sabremos, pero hasta da la sensación de que la riqueza de sentidos que otorgaba la primera entrega, por ejemplo, para entender sin condenar necesariamente, a fenómenos como el de Trump o Milei, fue demasiado lejos para el director. De aquí que hubiera que “matar” al Joker o, al menos, a “ese” Joker, el Joker “de derechas”, el Joker que glorificaba la violencia de individuos rotos por el sistema, individuos que, en su mayoría, eran varones, a contramano de lo que indica el canon del pensamiento hegemónico progresista.      

¿Cómo se lo “mata” al Joker? Cuando, y disculpen por adelantar aspectos de la trama, él acaba reconociendo que no es el Joker, sino simplemente Arthur Fleck, o sea, cuando afirma que al haber matado a cinco personas, e incluso a una sexta, no estaba “poseído” por una “segunda personalidad”. Es en este momento, casi al final de la película, donde aparece lo más rico políticamente y lo que, considero, es el mensaje hacia el que apunta el director. Porque la trama deja ver la decepción que eso genera en varios pasajes de la película, a saber: en la reacción de Lee, su enamorada, ante la “confesión” de Fleck; en la propia sala de audiencia del juicio cuando muchos de sus seguidores se retiran indignados y, para finalizar, en la última escena de la película, aquella en la que sucede algo muy relevante para la trama que no vamos a revelar pero que también puede interpretarse como la reacción de un fanático ante una decepción profunda. 

Y en este punto, podemos, como hipótesis, aventurar lo siguiente: si efectivamente el director entendió que las interpretaciones de la primera entrega fueron hacia un lugar que él nunca se propuso, alimentando o, al menos, ofreciendo alguna explicación y/o justificación a los ascensos de las derechas populistas en distintas partes del mundo, ahora hacía falta apuntar hacia el público por ello. En otras palabras, si Joker 1 se posó en el personaje de Joaquin Phoenix, Folie à Deux hará énfasis en la otra parte, que no es el personaje de Lady Gaga, sino el público y/o, eventualmente, aquellos que siguen a “los Jokers” de carne y hueso que gobiernan, gobernaron o pretenden gobernar. El guion es claro en este sentido cuando, por ejemplo, el personaje de Lee le dice al Joker que es un entretenimiento que cumple una función o cuando, por razones que no hace falta revelar, el Joker sale corriendo del auto en el que unos fanáticos con la careta de payaso lo llevaban para “hacer la revolución”. Si en la primera hubo ambigüedad, aquí no: el Joker es un pobre tipo que es usado por una turba violenta o, en todo caso, un hombre con problemas mentales que en sus actos de violencia acabó canalizando todo ese odio larvado que existe en nuestras sociedades. Pero aquí no aparece un odio a las elites, o a los poderosos, ni la violencia de una sociedad injusta como se veía en la primera. Solo un trastornado y una masa de chiflados que lo sigue como si fuera el líder que no es. 

La locura de dos es, entonces, la locura del loco que es funcional a la locura de la turba deseosa del espectáculo de la violencia. Se trata de un giro que echa por tierra la valiente apuesta de la primera entrega para en ese mismo giro ofrecer un mensaje más previsible y, por ello mismo, claro está, bastante menos interesante.

lunes, 1 de julio de 2024

Ver y no verla (al mismo tiempo), por Dante Augusto Palma

 



Aunque todos coinciden en que, con la sanción de la Ley Bases en diputados, comienza una nueva etapa del gobierno de Milei, resulta una incógnita el rumbo que adoptará en lo discursivo. En particular, me interesaría conocer hacia dónde girará la tensión entre el “verla” y el “no verla”. 

Para ser más claros, desde hace ya unos meses, tanto Milei como sus seguidores y periodistas afines han instalado, con bastante arrogancia, por cierto, la idea de que quien no está de acuerdo con el sendero adoptado por el gobierno, no es simplemente alguien que disiente, sino que se trata de alguien que “no la ve”. Este “no verla” tendría que ver con sesgos ideológicos que impedirían a los opositores al gobierno observar la realidad tal cual es. Nótese que se habla de “no ver” en lugar de, por ejemplo, “no comprender”. Esto significa que la dificultad alcanza los propios sentidos, aquellos a través de los cuales, según cierta tradición filosófica, recibimos los datos a partir de los cuales reflexionamos. 

Expuesto así, se trata de una lógica que no tiene nada que envidiarle a la intelligentsia de izquierda, aquella que hoy milita la oposición al gobierno de Milei y que desde hace décadas se jacta de ser una minoría esclarecida legitimada para guiar las almas y el pueblo. De modo que la metáfora está por encima de las diferencias ideológicas. Así, la gente que dice ver lo que otros no pueden viene en los formatos más variopintos: desde radicales de izquierda hasta populistas de derecha. 

En el caso de Milei, la idea de ser “el que la ve” es coherente con el lugar desde el que pretende hablar. Porque Milei dice hablar desde el conocimiento que le da haber estudiado economía (más allá de que evidentemente le incomoda que sus títulos no tengan la legitimidad de casas de estudio más prestigiosas), y haber escrito libros (más allá de que sean de divulgación, tengan acusaciones de plagio y, que, académicamente hablando, no posean valor alguno). 

Digamos, entonces, que, en todo caso, se trata de detalles propios del mundillo universitario y de quienes siguen una carrera científica. Por ello, si salimos de ese ámbito, habría que decir que, frente al público, Milei se presenta como “uno que sabe”, y son muchos los que lo admiran por ese presunto conocimiento.   

Sin embargo, en paralelo, hay dentro del discurso del mileismo, todavía más que en el del propio Milei, una línea paralela y hasta contradictoria con ese discurso. Se trata de una suerte de exaltación del “no verla”, del “no saber”, el cual, si nos remontamos a la historia de las ideas, parece reflotar la disputa entre los ilustrados que abrazaban la Razón Universal, y los románticos, aquellos que, en sus distintas variantes, podían defender las pasiones, la irracionalidad, la identidad personal y toda particularidad. 

Mencionaré dos ejemplos en orden cronológico: el primero se dio en el debate presidencial de cara al balotaje. Allí, no hay ninguna duda, Massa humilló a Milei en todo sentido a punto tal que será difícil volver a repetir un escenario como ese. Esta descripción va más allá de simpatías o de la evaluación de los candidatos y fue aceptado por todos los analistas. Como mínimo, entonces, quedó expuesto que Massa se había preparado y que conocía más que su adversario el funcionamiento del Estado, además de contar con un plan claro, independientemente de si nos gusta más o menos. En el caso de Milei… nunca se sabrá si confió demasiado en la improvisación… lo cierto es que fue vapuleado desde el minuto 1 hasta el final. Victoria por puntos, por KO, por lo que quieran. Si de ese debate dependía el voto de un sector de la sociedad, no quedaban dudas de hacia dónde tenía que ir. Y sin embargo… los resultados los conocemos todos. 

Por supuesto que se podría objetar que la elección ya estaba determinada o que los debates no inciden, y estoy de acuerdo. Pero lo más interesante es el modo en que el mileismo y sus usinas desde medios tradicionales y redes, salieron a tratar de incidir en la opinión pública. Allí apareció el reconocimiento de que Massa había estado mejor, pero, al mismo tiempo, se señalaba que, justamente, la gente se identificó con Milei porque fue el perdedor del debate. Extrañísimo: la sociedad triunfalista deviene misericordiosa y se abraza al roto, al defenestrado, a aquel que resultó humillado a todo nivel durante 2 horas. El saber no fue visto como un “valor” en posesión de Massa. Al contrario, la gente premió al que no se preparó, al que demostró no saber. Su ignorancia lo ubicó en el lugar del genuino y se entendió que era preferible confiarle la administración del Estado al que nada sabía de él. Son muy pocas las decisiones que los ciudadanos de a pie tomamos en nuestro día a día que puedan compararse a esto. Al fin de cuentas, equivocados o no, estafados o no, suponemos que las cosas van a andar mejor si las hace el que sabe, sea la actividad que fuera, desde cocinar hasta saber arreglar una estufa. Pero no habría sucedido lo mismo al momento de elegir presidente. En principio no está ni bien ni mal, o sí, pero quedémonos al menos con la idea de que allí hay, por lo pronto, una novedad.

El segundo ejemplo es más difuso porque no refiere en particular a un caso porque, justamente, algo que también está siendo aceptado por todos los analistas, es que el gobierno tiene muchos problemas al momento de administrar el Estado. No hablo de los grandes lineamientos de las políticas de Milei, sino del día a día, de la ejecución de una partida, del nombramiento de las terceras líneas, de hacer que una leche llegue antes de que se venza. Entonces, lo sabemos todos: el Estado está paralizado. Sin embargo, una vez más, el relato oficialista pone en valor “la inexperiencia” trazando una equivalencia entre “Tener experiencia/ser político/robar”. Los que saben cómo manejar el Estado son los que lo conocen desde adentro y, por lo tanto, son los que lo habrían saqueado, de modo tal que podemos perdonarle a los nuevos su ineficiencia. La evaluación en este punto es más moral que económica. Algo así como oponerle al “roban pero hacen” un “no hacen… pero tampoco roban”.  

Para concluir, entonces, más allá de que en el relato del gobierno sobresale la lógica de los esclarecidos que “la ven” frente a aquellos que no, al mismo tiempo convive en ese discurso, al menos en algunas ocasiones puntuales, una reivindicación romántica y populista del no saber, de la irracionalidad, de las pasiones, etc. 

Más que una compleja elaboración de una inteligencia superior encargada de incluir los contrarios en un gran relato totalizante, probablemente no sea más que los intentos puntuales de encontrar justificación para acciones y hechos difíciles de justificar. Esta parece ser la explicación más simple y, como suele ocurrir, la que tiene más posibilidades de ser cierta.

lunes, 10 de junio de 2024

Trump tiene razón, pero…, por Dante Augusto Palma

 



Golpe y contragolpe. Los portales del mundo reflejan la decisión de la justicia estadounidense de condenar a Trump y cuando la noticia todavía está caliente, el comité republicano informa haber batido todos los records de recaudación para su campaña en las primeras 24 horas posteriores a la condena. 

Efectivamente, en ese lapso de tiempo, la campaña de Trump recibió 52,8 millones de dólares de donantes particulares, un tercio de los cuales no habían donado nunca.      

Hacer pública esa información es parte de la dinámica electoral y un claro intento de equiparar con un presunto apoyo popular una decisión judicial que puede ser sospechada de poseer intencionalidad política, como mínimo en lo que respecta al sentido de la oportunidad, esto es, a unos 5 meses de la elección presidencial. 

Pero dejando de lado esa discusión como así también la del contenido de la acusación, hay algo en esa reacción republicana que merece algunas reflexiones. 

El lugar común, y no por ello necesariamente falso, es el de acusar de populismo a este tipo de estrategias. Y técnicamente hablando, es difícil llegar a otra conclusión. Es que se trata del ejemplo clásico en el que un candidato apela al sentir popular de las mayorías (que se expresaría en el apoyo récord medido en dólares, claro) para oponerse a una medida judicial que estaría impulsada por “el poder”. 

Una vez más, dejemos de lado la interesante discusión acerca de si el Lawfare es una estrategia que solo tiene como objetivo a los referentes progresistas, y centrémonos en el núcleo de la narrativa de Trump. Como ustedes saben, el eje de lo que podría considerarse el “populismo de derecha” impulsado desde Murray Rothbard hasta Steve Bannon, supone la identificación de un eje de poder que establece una novedad respecto a los enfoques de derecha tradicionales.  Ese eje estaría conformado por una elite gobernante que va bastante más allá de los funcionarios públicos o “los políticos”, pues incluye también a corporaciones económicas, grupos de interés y a tecnócratas e intelectuales surgidos de universidades cuyo discurso hegemoniza los medios de comunicación. Es lo que a partir de la irrupción de Javier Milei tanto en Argentina como en el mundo, reconocemos como “la casta” y, como habrán notado, no difiere demasiado del tipo de discurso utilizado por buena parte de los “populismos de izquierda” latinoamericanos que resurgieron a inicios del siglo XXI. 

Ahora bien, dicho esto, lo interesante es que este tipo de estrategias suele obtener buenos resultados. De hecho, no son pocos los que consideran que, contrariamente a lo imaginado, esta declaración de culpabilidad contra Trump podría beneficiarlo. De ahí también que éste, en tono provocador, advirtiese, haciendo referencia al día de las elecciones, que el verdadero veredicto se daría el 5 de noviembre.  

Naturalmente, nunca se sabrá hasta qué punto esta decisión de la justicia estadounidense influye en la elección, pero que un candidato pueda sostenerse frente a un ataque tan potente contra su reputación, habla a las claras de una crisis fenomenal en la credibilidad de las instituciones. Y no sucede solo en Estados Unidos: con acusaciones de corrupción Cristina Kirchner ganó elecciones en Argentina y el propio Lula venció a Bolsonaro después de haber estado preso por una causa de corrupción, si bien ésta luego fue revisada por la propia justicia. Pero la lista es inmensa y hasta podría incluirse el caso de España en el que, incluso con un llamado a indagatoria a la esposa del presidente, el PSOE puede ser quien más votos obtenga en las próximas elecciones al parlamento europeo. 

Puse todos estos ejemplos disímiles, los cuales a su vez incluyen referentes por izquierda y por derecha, para, a su vez, mostrar que hay allí una matriz compartida pero que, por otro lado, el lugar común de salir a defender las instituciones en sí y como tales, resulta también problemático. Dicho de otra manera, más allá de la acusación en particular, Trump tiene razón y le sobran los motivos cuando denuncia a “la casta” que gobierna los Estados Unidos y la degradación institucional de los distintos poderes del Estado como así también de los medios de comunicación e instituciones como las universidades. Y esto no sucede solo allí: hoy son muy pocos los medios de comunicación y los periodistas con algo de credibilidad en el mundo entero; ni que hablar cuando nos introducimos en el sistema científico y universitario a la luz de las noticias que nos llegan. En este sentido, basta echar una mirada a los temas y las perspectivas de las publicaciones, las tesis, los proyectos para becas y las investigaciones en ciencias sociales o humanidades para notar cómo la homogeneidad y la ausencia de espíritu crítico están a la orden del día. 

En este sentido, criticar el deterioro institucional de nuestros sistemas es más que bienvenido si pretendemos una sociedad más justo pero, y aquí viene la paradoja también, ni es cierto que nada de esas instituciones pueda rescatarse ni es posible una vida en comunidad cuando todo el tiempo se está poniendo en tela de juicio todo. 

Entonces es verdad que la justicia está lastrada por corrupción, operaciones, grupos de presión, pero, al mismo tiempo, no toda la justicia ha sucumbido a ello y, aun si eso hubiera sucedido, no hay sociedad posible sin un mínimo de confianza en ella. Y esto lo digo en términos generales y no para justificar la condena a Trump sobre la cual, insisto, no tengo más elementos que los de la prensa para pronunciarme. 

El caso de la justicia es particularmente importante porque también hay un discurso de izquierda para el cual ésta es un actor por completo irrelevante del sistema democrático. Porque cuando la justicia falla en contra, la izquierda denuncia Lawfare, cooptación por parte del poder fáctico, capitalismo o heteropatriarcado. Pero cuando la justicia falla “a favor” no se le asigna independencia ni se le quitan todos esos motes. Se afirma, en cambio, que ha sido la presión social del pueblo que, vehiculizada a través de los referentes de izquierda, lograron doblegar al poder judicial para que, finalmente, haga justicia. En esta lógica, este poder del Estado republicano no cumpliría ningún rol ya que sería solo un instrumento de ejecución de los intereses que logran imponerse, sean los de los “poderosos”, sean “los del pueblo”. Hay media biblioteca afirmando esto y se trata de autores respetables en muchos casos. Pero reducir el rol del poder judicial a eso parece una simplificación. 

Si bien esto podría valer para todas las instituciones mencionadas, me poso específicamente en el poder judicial porque su crisis es la que permite comprender esta suerte de infinita querella sobre todos los temas que tanto caracteriza a las sociedades actuales y que tan bien se refleja en Internet. Hoy parecería que todo tema, toda afirmación, debe ser discutida. De hecho, toda verdad establecida es sospechosa y hasta nos dicen que la Tierra es plana. Sumemos a esto que el avance tecnológico hace que ya no podamos creer en lo que ven nuestros ojos puesto que puede ser una manipulación digital. 

Y esto me recuerda el avance que implicó en la antigua Grecia el establecimiento de una justicia en manos del Estado con un sistema de leyes público y un conjunto de derechos común a los ciudadanos. Esta transformación acabó con las venganzas sucesivas que se propinaban los clanes, cuando el sentido de justicia no era otro que el que cada uno podía ejecutar en sus manos, lo cual tenía como consecuencia natural la eternización de los conflictos. Pero con la aparición de un sistema de justicia “imparcial”, las partes interesadas acordaron aceptar que, aún en desacuerdo, la justicia tendría la última palabra. En este sentido es que decimos que no parece haber convivencia posible sin un mínimo de credibilidad en el sistema.   

Para finalizar, no tengo más que aportar perplejidad y asumir que hay allí una tensión inherente a nuestras sociedades. El poder judicial, y las instituciones en general, han perdido credibilidad por muy buenas razones. El populismo tiene razón en esas críticas y los institucionalistas de la defensa en sí y sin más de los espacios que representan, deberían rendir cuentas frente a las necesidades insatisfechas de las sociedades que reclaman. Asimismo, sacudir el statu quo, ponerlo en tela de juicio, asumir un sentido crítico también contra las instituciones de turno es siempre un ejercicio que, por los canales adecuados, puede ayudar a mejorar el orden de cosas. Pero la dinámica “Joker” de prenderlo fuego todo, (algo muy de moda en Occidente, probablemente la única cultura tan culposa que promueve su autodestrucción), genera un clima de zozobra, rompe lazos y afecta todo vínculo comunitario. 

Creo que esa tensión no tiene solución y en todo caso, de lo que se trata es de administrarla, moviéndonos entre los dos polos, el de las ideales instituciones perfectas e inalcanzables y el del “incendio constante”, como se ha hecho a lo largo de la historia, a veces un poco mejor, a veces un poco peor. 

Nada menos. Y nada más.