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martes, 16 de mayo de 2023

“Barrani” y el auge de la informalidad próspera, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 14-05-23)



 

14 DE MAYO, 2023


Vayamos por partes. Un “influencer”, de esos que podríamos caracterizar como “argentino arquetípico de altos ingresos”, Carlos Maslatón, popularizó la expresión “barrani”, que hace referencia a la economía en negro, la que escapa al ojo vigilante del Estado, no solo de la AFIP, sino también de las estadísticas públicas, que apenas pueden presumirla. Dado que con Internet cualquiera es erudito, una rápida búsqueda nos muestra que la expresión “barrani” deviene del turco y que inicialmente se utilizaba para referirse a los extranjeros o inmigrantes. Como muchos provenían de África, la expresión también pasó a utilizarse como sinónimo de “negro”. Saltando el espacio-tiempo, en épocas de pandemia dura, el influencer local paseaba por restaurantes que trabajaban clandestinamente, fotografiaba los platos, y se jactaba de que todo era “100 por ciento barrani”. La ideología anti Estado de los comensales cerraba el círculo de satisfacción.

Este espacio no es amante de la semiótica para el análisis del comportamiento, de hecho, posmodernismo mediante, le escapa bastante, pero la popularización de un “signo”, de una expresión, digamos su “éxito social”, está directamente relacionada con su potencia descriptiva, con su capacidad de explicar lo que nombra. “Barrani” logró incorporarse rápidamente al lenguaje coloquial de los porteños, no solo por la añoranza clasemediera de comer rico y afuera en medio del encierro obligado, sino porque define un fenómeno, una práctica social muy extendida, el de la informalidad económica.

Aparece aquí otro problema de significados. La expresión “informalidad” se encuentra normalmente asociada a la pobreza, a los sectores de la economía que por su atraso relativo no pueden incorporarse a los beneficios de la formalidad. Sectores que, a grandes rasgos, crecen en las recesiones y decrecen en las expansiones. Sin embargo, el fenómeno nuevo no es la informalidad tradicional, sino una nueva “informalidad próspera”. De ella hablamos.

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El gran problema para el analista económico que aborda la informalidad son los números. En este espacio, siempre que resulta posible, los números se evitan. Llenar de cifras un texto es la mejor manera de perder lectores en el camino. Pero por detrás de los razonamientos económicos los números, aunque no se usen, siempre están presentes. Es lo que permiten afirmar “datos, no opinión”. Sin embargo, lo que sucede con la nueva informalidad es que, por su propia naturaleza, no es posible relatarla con mediciones directas. Al menos inicialmente nos encontramos frente a un mundo de sensaciones. Sin embargo, el fenómeno no es inasible en tanto abundan los indicadores indirectos.

Acerquemos la lupa. En los últimos meses se debatió sobre la naturaleza de la crisis actual. Si se atiende la cada vez más elevada inflación, los alarmantes índices de pobreza y desigualdad y la falta de dólares en el Banco Central, la situación social debería ser, como mínimo, explosiva. Luego, mirando la historia reciente, las crisis pueden recordarse leyendo las cifras y las crónicas de época, pero las más cercanas, como la de 1999-2001, también por los recuerdos personales. El cuadro en las ciudades a fines de los ’90 era desolador: Largas colas de desocupados para empleos de baja calidad, gente comiendo de la basura, la práctica “solidaria” de descartar los alimentos por separado del resto de los desperdicios, los locales comerciales y gastronómicos cerrados o vacíos, la elevada desocupación y la creciente exclusión social. La “malaria” se hacía evidente hasta en el deterioro de la vestimenta y el calzado de los sectores medios.

Si bien el presente es difícil para millones de personas que ven como sus ingresos corren por detrás de la inflación, el panorama contrasta con el descripto y destacan abundantes señales de altos consumos. Lo que se observa “en las calles” son restaurantes llenos, millones de personas colapsando los destinos turísticos en cada fin de semana largo, recitales de estrellas extranjeras que agotan entradas. No se trata de un fenómeno acotado de consumo de zonas ricas. Los mismos fenómenos también se reproducen en las ferias de barrio y lo mismo ocurre en las economías regionales de casi todo el país. Con la post pandemia también se reactivó el turismo emisivo. Los más de 60.000 argentinos en el Mundial de Qatar se contaron entre las nacionalidades más numerosas. Luego, el desempleo sigue bajando, 6,3 por ciento no es una tasa “friccional”, pero casi. La Industria sigue mostrando crecimiento interanual y lo mismo sucede con la Construcción. Dicho de otra manera, a pesar del ajuste del gasto público, la actividad apenas se frenó.


Esta suma de datos no se corresponde con una economía en crisis severa. Algunos observadores comenzaron a notarlo. Una pionera fue la periodista Mariana Moyano en sus imperdibles podcast “Anaconda”. Esta semana también lo hizo el economista Eduardo Crespo en un hilo de Twitter. Hasta el presidente Alberto Fernández habló el último viernes de “una parte de la economía que no se ve” y citó al propio Maslatón, quien sostiene que a pesar de la alta inflación, la economía ingresó en un nuevo ciclo expansivo. No se trata de una descripción precisamente oficialistas, pues el crecimiento ocurriría “a pesar” de las políticas públicas.

La pregunta, entonces, es qué es exactamente lo que está sucediendo, de dónde proviene el impulso del Consumo que se observa en todos lados a pesar del contexto de crisis macroeconómica y contracción del Gasto, fenómenos que, en principio, son contradictorios. Simplificando, por qué la crisis no termina de manifestarse o por qué la actual crisis es distinta a las del pasado. La aproximación a la respuesta tiene varios componentes, el primero apunta hacia una nueva heterogeneidad estructural de la economía, el segundo refiere a los incentivos económicos y el tercero, que surge de los dos anteriores, son los problemas de representación política que entrañan estas transformaciones.

El primer elemento es el más complejo. Refiere a los cambios en el mundo del trabajo, a eso que en términos generales se denomina post fordismo, y a la creciente digitalización de la producción, procesos en los que la pandemia operó como acelerador. El obrero en la fábrica, el administrativo en la oficina, con ingresos formales y estables, sindicalizados, ya no son la norma. Existe un nuevo universo de trabajadores que descubrieron que pueden laborar y comerciar desde una computadora, no solo para la empresa a la que asistían antes de la pandemia, sino también para el resto del mundo. Y no sólo trabajadores aislados, sino también empresas, desde firmas de software hasta de gestión administrativa. Se trata de todo un universo de profesionales: programadores, diseñadores, psicólogos, hasta periodistas, e incluso una multitud de servicios personales como los que se brindan a través de OnlyFans. Todo ello asociado a las nuevas tecnologías, tanto de trabajo en red, desde Zoom a Google Meet, como de medios de pago, que van desde servicios de transferencias tradicionales a MercadoPago, PayPal y criptomonedas.

En principio podría creerse que estas actividades no tienen suficiente relevancia frente a otros complejos productivos exportadores, pero el rubro de “Servicios Basados en el Conocimiento”, por ejemplo, exportó en 2022 alrededor de 8000 millones de dólares “en blanco”. Se destaca que este es uno de los rubros que se presume, por sus características, que más trabajan “barrani”. Un reconocido consultor de la Citi, que prefirió no ser citado hasta publicar su investigación, estimó que las exportaciones totales del sector superan ya los 14.000 millones de dólares, entre blanco y negro. Para tener una idea de lo que esto significa, en 2022 el complejo maicero exportó 9500 millones de dólares, el petrolero-petroquímico, 9300 millones, el cárnico 4300 y Oro y Plata 3000 millones. Es decir estamos frente a un universo que sólo parece superado, en blanco, por el complejo sojero, que vende al exterior cerca de 25.000 millones de dólares.


Esto lleva al segundo elemento, los incentivos económicos. El grueso de estas actividades funciona mayormente en negro producto de la persistencia de un régimen macroeconómico absolutamente agotado, el del llamado “cepo”, que es el que sustenta la existencia de una brecha cambiaria que envía señales absolutamente distorsivas a la economía. Dicho de manera rápida si usted lector exporta como cualquier programandor magros (en términos de comercio internacional) 30 mil dólares anuales y tiene la opción de liquidarlos internamente al valor oficial o a uno que lo duplica, intentará hacerlo al valor más alto. Seguramente buena parte de quienes leen estas líneas conoce a alguien que trabaja para el exterior, gana en divisas y no las liquida a la cotización oficial. Ello explica la existencia de una inmensa porción de la economía que no es captada por las estadísticas oficiales y también un importante efecto ingreso que se traduce en la persistencia de consumos elevados a pesar de la macroeconomía.

Luego, la dimensión “barrani” no se agota en servicios, sino que se presume extensiva al conjunto de la economía. En 2022 se exportaron bienes por 88.500 millones de dólares y servicios por 14.500, 103 mil millones en blanco. Con un tipo de cambio informal que prácticamente duplica al oficial el incentivo a subfacturar es demasiado elevado, más aun cuando nadie paga mayores sanciones penales por ello. ¿Cuál será entonces el verdadero valor de la suma de exportaciones de bienes y servicios? ¿Y cuál será en consecuencia el verdadero tamaño de la economía?

Este auge, por supuesto, es ajeno a quienes siguen viviendo de un salario en el mercado interno que nunca alcanza a ganarle a la alta inflación, aunque indirectamente se beneficien de una demanda agregada oculta originada en las exportaciones en negro. Lo que se destaca es la existencia de una sumatoria de nuevos actores sociales con altos ingresos relativos que integran la nueva “informalidad próspera” que expresa a este novel universo post fordista y “barrani”.

El elemento restante es el de la representación política de los actores de la nueva heterogeneidad estructural. Parece evidente que se trata de un conjunto para quién el Estado es un problema, no una solución (en el presente, no en el pasado, ya que a él le deben la formación, algo que las clases medias aspiracionales prefieren no recordar). También que se trata de actores que sienten que una devaluación no los afecta, incluso los beneficia en tanto cobran en moneda dura, y que en consecuencia pueden permanecer ajenos al ciclo interno. La conclusión preliminar es que probablemente no se sientan representados por el discurso político tradicional que reivindica las funciones del Estado y los derechos laborales del mundo fordista y sí por el anarcocapitalismo más esperpéntico.

Publicado en:
https://www.eldestapeweb.com/economia/economia/barrani-y-el-auge-de-la-informalidad-prospera-20235140534?s=08

martes, 30 de noviembre de 2021

FMI: Esa madre de todas las batallas, por Eduardo Aliverti (para "Página 12" del 29-11-21)

 


29 de noviembre de 2021

La carta de Cristina sobre la negociación con el FMI, y su “silencio”, ratificó cuatro cuestiones esenciales.


La primera es que lo que se arregle con el organismo puede llegar a constituir el más auténtico y verdadero “cepo” del que se tenga memoria para desarrollar al país, si es que el crecimiento se pretende socialmente inclusivo.


La segunda, expuesta con un rigor impecable, irrebatible, es que la oposición está parlamentaria e indefectiblemente comprometida con el acuerdo a que se llegue.


La tercera es que nadie está hablando de desconocer deudas.


La cuarta es que la lapicera está en manos del Presidente, que nadie debe engañarse respecto de quién gobierna y que fue el propio Alberto Fernández, el pasado 9 de julio, quien afirmó que jamás deberá esperarse de él la firma de algo que arruine la vida del pueblo argentino, porque antes que hacer eso preferirá irse a su casa.


Previo a cualquier otra consideración, lo central es que CFK sitúa al tema del Fondo como el determinante de “un momento histórico de extrema gravedad”.


Mientras tanto, casi todo de lo que sucede en la economía se parece a los rounds de estudio, cuando los boxeadores se miden tácticas y estrategias de defensa y ataque sin lanzar golpes más que por inercia.


Y casi todo lo que sucede en “la política” tiene la misma figura.


Los escarceos son rumbo a esa cierta madre de todas las batallas: cómo se arreglará con el Fondo Monetario.


Y los “casi” son porque simultáneamente también suceden cosas, contradictorias, que en el interés inmediato de las grandes mayorías quedan muy por delante de qué ocurrirá con el FMI.


Por un lado, no hacen falta los números macro de la economía para constatar una recuperación evidente.


Volvió el movimiento en numerosas actividades; hay imagen clara de retorno a “la normalidad”; se prevé un boom turístico interno favorecido por el Plan Pre Viaje, que funciona muy bien; en las grandes urbes, y no sólo, es indiscutible la reanimación de pymes en prácticamente todos los rubros.


También, haya sido o no por la remontada del oficialismo en el conurbano bonaerense que permite polemizar sobre cómo leer el resultado de las elecciones, o porque el Banco Central muñequeó bien, por ahora hay calma -chicha- frente al precio del dólar que le importa a “la gente”.


Tampoco pasa que haya insomnio masivo por el volumen de las reservas monetarias, ni por la restricción a financiarse en cuotas para viajar al exterior, ni por los nuevos máximos del riesgo-país, ni por el desplome accionario de algunas compañías argentinas en Wall Street.


Pero por otro lado sí acontece que el precio de la carne volvió a dispararse y que una Secretaría de Comercio Interior por fin proactiva, laburadora, que al menos muestra los dientes e intenta atemperar la insaciabilidad de los formadores de precios, da la sensación de poder ir como mucho por acuerdos parciales, momentáneos, no estructurales.


El real o presunto regreso a “la normalidad” viene con lo enormemente dificultoso que es domar la inflación.


En “la política”, a su vez, las uniones y disidencias en el Frente gobernante y en la oposición cambiemita son buena comidilla para sacar las cuentas de cómo se posicionan cristinistas, albertistas, cegetistas, movimientistas sociales, intendentes, gobernadores, halcones y palomas del PRO, macristas y larretistas, radicales con ganas de dejar de ser frustrados invariables, etcétera.


Es decir: francamente un embole (salvo para la estricta minoría de quienes nos apasionamos por esas cuitas), siendo que, más temprano que tarde, todo habrá de subsumirse en la decisión clave de qué se hace con/contra el FMI.


Repitiéndolo ya con insistencia agotadora, pero imprescindible: aun si no existiera la bestialidad de la deuda dejada por Macri, no estaría resuelto el problema de una economía como la argentina, dependiente de divisas externas para aguantar su recuperación, sostén o crecimiento. Es lo que volvió a suceder unos años después de que Kirchner liquidara, de un plumazo, cualquier condicionamiento del Fondo Monetario.


El drama es que, en la coyuntura, esa deuda volvió a imponerse a niveles horrorosos e inéditos.


Es completamente inútil, inviable, pretender escaparse de esa cuestión.


Y eso comprende y compromete tanto al Gobierno como a los irresponsables facilistas que tiene enfrente.


En un artículo de enorme claridad conceptual, publicado en El Destape (“Hacia un consenso productivo exportador con inclusión social”, el domingo de la semana pasada), Claudio Scaletta señala que “el FMI que negociará con Argentina es el mismo de siempre y a nadie le conviene un default, que dicho sea de paso nunca estuvo en la agenda oficial”.


Al mismo tiempo, resalta el economista, tampoco existe la magia porque las restricciones que enfrenta la economía son reales.


“El dinero para los inmensos vencimientos de 2022 y 2023 simplemente no estará, y debe recordarse que eso ya se sabía desde 2018”.


En una negociación con el Fondo, también recuerda Scaletta para quienes se ensueñan con ideas e iniciativas de otro tipo, no hay opciones buenas. Sólo se tienen a mano las menos peores.


Y en el presente, la menos peor es realizar un acuerdo que deberá ser renegociado más allá de 2023.


Es la triste realidad de la herencia macrista.


“Romper con las relaciones de poder del orden económico global, una vez provocado el megaendeudamiento, no parece una alternativa sencilla. Esta es la gran transformación conseguida por el macrismo en su breve paso al frente (directo) del Estado: dejar absolutamente condicionada la economía local al poder global”.


Ya en la síntesis propositiva, Scaletta advierte que Argentina necesita plasmar un nuevo consenso productivo exportador que le permita crecer aumentando la inclusión social (eso es nada más y nada menos que lo único resaltado por CFK, en su carta, en letras mayúsculas).


Que para eso requiere estabilidad económica y política.


Y que, para conseguirlo, le será imprescindible que el bloque histórico que sostuvo al macrismo realice una profunda introspección (se habla de los sectores dominantes del empresariado, la política, el sindicalismo, los medios de comunicación, la embajada estadounidense. Es decir, “el mundo” ése al que el macrismo iba a integrarnos).


Scaletta hace entonces preguntas que nos permitimos hacer propias, con apenas algunas acotaciones.


¿Realmente el gran empresariado cree que el nuevo fracaso de la experiencia neoliberal se debió a la explicación zonza de que no se fue lo suficientemente a fondo (fracaso en su sentido económico, claro está, porque su victoria cultural es aplastante en materia de conquistar las subjetividades masivas)?


¿Nadie entre sus filas observa cómo funcionan y qué políticas económicas aplican los países que se desarrollan (sin entrar a la polémica bizantina de qué se entiende por “desarrollo”)?


¿Creen realmente que el problema es “el peronismo”?


¿Creen realmente que la economía que propone el peronismo es antiempresa, que está en contra de la propiedad privada, que “vamos a ser Venezuela”?


¿Qué canal están mirando?


¿Todo el análisis político-económico del gran empresariado es un antiperonismo de caricatura?


¿Creen realmente que un tipo de cambio devaluado funciona?


¿Creen que es vivible un país donde una porción -inmensa- de la población se queda afuera de los beneficios del crecimiento?


¿No asumen que eso los obligará a vivir en espacios amurallados y a desplazarse en autos blindados?


¿Realmente piensan que, ya en el siglo XXI, una sociedad caracterizada por su extendida clase media puede regresar al formato de una sociedad dual?


El problema de todas esas preguntas, y de otras tantas por el estilo, es que las respuestas son o pueden llegar a ser afirmativas.



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/385792-fmi-esa-madre-de-todas-las-batallas

Hacia un consenso productivo exportador con inclusión social, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 20-11-21)

 






20 de noviembre, 2021 

Hacia un consenso productivo exportador con inclusión social


La célebre expresión nietzscheana “no hay hechos, hay interpretaciones” se vuelve especialmente consistente en las semanas poselectorales. En las democracias occidentales, las elecciones funcionan como el gran ordenador de la política. Luego, los medios de comunicación funcionan como escenario de la lucha por la interpretación de los resultados. Sin embargo, las elecciones también incluyen, inevitablemente, hechos: sus resultados se expresan en números. Y los números de las generales de noviembre no catalizaron la debacle insinuada por el ensayo general de septiembre, situación que dejó a no pocos actores que esperaban “el inicio de la transición” pedaleando en el aire.


Lo que ocurrió fue un cambio en la sensación de salida de la pandemia. La “sensación” de las PASO era todavía la de estar sumergidos en la pandemia. La de las generales, en cambio, ya fue de pospandemia. Un mundo de sensaciones que, además de la voluntad política de la nueva jefatura de Gabinete, conjugó dos hechos, la caída en el número de contagios y de muertos y la consolidación de la recuperación de los indicadores económicos. Es probable que, si las elecciones se hubiesen pospuesto otros dos meses, el resultado para el Frente de Todos habría sido todavía mejor por la profundización de las mismas dos razones. En términos de humor social lo que ocurrió entre las dos elecciones fue la transición desde la desesperanza generalizada a una modesta recuperación de la esperanza, proceso al que muy probablemente se sumó también el miedo de volver al pasado inducido por el empoderamiento transitorio, post PASO, de lo peor de la oposición. En consecuencia, el debate económico dejó de centrarse en el enojo provocado por los efectos destructivos de la pandemia sobre la producción y sus derivados sociales, para volver a centrarse en el desafío de que los frutos de la recuperación en marcha no sean apropiados por quienes menos se debilitaron durante la crisis sanitaria, una puja que sigue reflejándose en la persistencia de la inflación.


En los próximos años la persistencia de la alta inflación dependerá de dos elementos, el primero será la inflación internacional debida a que la transición energética alterará los precios de la energía, uno de los principales costos de producción y, a que la recuperación de salida de la pandemia aumentará la demanda de insumos básicos. En segundo lugar, y ya en el plano interno, dependerá de resolver el problema financiero de la restricción externa para conseguir estabilizar el precio del dólar.


El camino que eligió el gobierno para iniciar esta estabilización se basa primero en resolver la negociación con el FMI, un proceso del que no deben esperarse grandes sorpresas. El FMI que negociará con la Argentina es el mismo de siempre y a nadie le conviene un default, que dicho sea de paso nunca estuvo en la agenda oficial. Al mismo tiempo tampoco existe la magia. Las restricciones que enfrenta la economía son reales. El dinero para los inmensos vencimientos de 2022 y 2023 simplemente no estará, dato que, debe recordarse, se sabía ya desde 2018. Como siempre los acuerdos se firmaron para ser renegociados porque en el largo plazo lo que importa no es la deuda, sino el sostenimiento de la relación acreedor-deudor. El objetivo de corto plazo, como lo reconoció recientemente el gran endeudador Mauricio Macri, fue utilizar los casi 45 mil millones de dólares desembolsados para que el capital financiero que entró a valorizarse en el proceso de endeudamiento 2016-2017 pudiera salir de la plaza local, un aporte estructural que siempre cumple el FMI en todos los países en los que interviene, con prescindencia de lo que diga la letra muerta de su estatuto.


Dicho de manera breve, el objetivo del FMI luego de aportar los fondos para la salida de los capitales financieros no consiste en cobrar sus deudas como fin en sí mismo, sino en utilizar su posición de acreedor para la imposición de un determinado paquete de política económica. Esa política se basa siempre en la liberalización de los movimientos de capital y en la progresiva destrucción de las funciones, el patrimonio y el poder de fuego de los Estados nacionales. La herramienta para lograrlo es bien conocida: “la extorsión del caos inminente”. Para los países endeudados con el organismo no conseguir un acuerdo da lugar a procesos de salida de capitales y de cierre al ingreso de capitales. Las consecuencias se sienten inmediatamente en el mercado cambiario, es decir provocan un salto devaluatorio, que como se sabe se traduce en alta inflación, caída del poder adquisitivo de los salarios y recesión. En una negociación con el FMI no hay opciones buenas, sólo se tiene a mano las “menos peores”. La relación con el Fondo es como con las drogas duras, parece fácil al principio, pero luego resulta costosísimo salir. En el presente la opción menos peor es realizar un acuerdo que deberá ser renegociado más allá de 2023. Esta es la triste realidad de la herencia macrista. 


No conseguir un acuerdo significaría quedarse sin las divisas necesarias para estabilizar la macroeconomía. Muy probablemente, también podría ser un límite para las inversiones necesarias para desarrollar rápidamente los sectores exportadores que generarán las divisas genuinas para financiar la expansión del PIB y, al mismo tiempo, hacer frente a los compromisos internacionales con los acreedores. Romper con las relaciones de poder del orden económico global una vez provocado el mega endeudamiento no parece una alternativa sencilla. Esta es la gran transformación conseguida por el macrismo en su breve paso al frente del Estado: dejar absolutamente condicionada la economía local al poder global.


Todos estos condicionantes económicos ponen en primer plano el problema político de fondo. Argentina sigue necesitando terminar con la grieta, pero no la grieta que definen los medios de comunicación, sino la grieta entre el peronismo y una porción mayoritaria de las clases dominantes. Un dato duro es que los dirigentes de la Alianza macrista-UCR no tienen ningún incentivo político para acordar con el actual oficialismo una política que conduzca al crecimiento y al bienestar. Por el contrario, su objetivo consiste en debilitarlo para reemplazarlo. En consecuencia “el diálogo” debe ser directamente entre el oficialismo y el poder económico real. La pregunta es, otra vez, cuál sería el incentivo para este poder económico real para asumir un diálogo constructivo con el actual oficialismo. La respuesta está en la historia reciente. La Alianza macrismo-UCR construyó en 2015 un verdadero bloque histórico que respaldó su proyecto de poder. Es decir, construyó un consenso mayoritario entre los sectores dominantes del empresariado, la política, el sindicalismo, los medios de comunicación y la embajada estadounidense (“el mundo”) sobre cuál era el rumbo para la economía local. Sin embargo, a pesar del inmenso consenso político conseguido, el resultado fue una gran decepción: su política económica fracasó estrepitosamente. 


En su nuevo presente Argentina necesita plasmar un nuevo consenso productivo exportador que le permita crecer aumentando la inclusión social, y para ello necesita estabilidad económica y política. Pero para conseguirlo necesitará previamente que el bloque histórico que sostuvo al macrismo realice una profunda introspección ¿Realmente el gran empresariado cree que el nuevo fracaso de la experiencia neoliberal se debió a la explicación zonza según la cual no se fue lo suficientemente a fondo? ¿Nadie entre sus filas observa cómo funcionan y qué políticas económicas aplican los países que se desarrollan? ¿Creen realmente que el problema es “el peronismo”? ¿Creen realmente que la economía que propone el peronismo es antiempresa o está en contra de la propiedad privada, es decir cree en la zoncera del “vamos a ser Venezuela”? ¿Qué canal están mirando? ¿Todo el análisis político económico del gran empresariado es un antiperonismo de caricatura? ¿Creen realmente que un tipo de cambio devaluado funciona? ¿Creen que es vivible un país en el qué una porción de la población se queda afuera de los beneficios del crecimiento? ¿No asumen que ello los obligará a vivir en espacios amurallados y a desplazarse en autos blindados? ¿Realmente piensan que ya en el siglo XXI una sociedad que se caracterizó por su extendida clase media puede regresar al formato de una sociedad dual?


Publicado en:

https://www.eldestapeweb.com/sociedad/fmi/hacia-un-consenso-productivo-exportador-con-inclusion-social-2021112021410

sábado, 26 de junio de 2021

CLAUDIO SCALETTA: ¿Por qué no proponen que la Aduana funcione?

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

Balance agridulce y restricciones infinitas, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 12-12-20)



12 DE DICIEMBRE, 2020 


  Terminó el primer año del gobierno del Frente de Todos y el balance resulta agridulce. Algunas continuidades en el comportamiento del núcleo duro del poder económico, una de cuyas expresiones es la alianza mafiosa judicial-mediática (“mafiosa” en tanto uno de sus principales instrumentos de acción es el “apriete”), junto al paupérrimo comportamiento de la economía derivado de la doble pandemia macrismo-Covid deslucieron cualquier resultado, incluso los más destacables como la rápida reacción frente a la pandemia y la renegociación de la deuda con privados. Si bien el gobierno todavía conserva una imagen positiva superior a su performance electoral de 2019, ello coexiste con la sensación de gusto a poco y con una aceptación basada en el espanto, en la conciencia de que fuera del Frente sólo hay abismo.


  Se sabe que la heterogeneidad ideológica es inherente a un frente peronista. Desde el comienzo se sabía también que sobre esta heterogeneidad operaría el adversario, que desde el día cero se iniciaría el previsible trabajo de “gota que orada la piedra” sobre la relación entre “les Frenández”. Apenas un año después la mafia judicial-mediática puede jactarse del resultado, el vínculo entre el Presidente y su Vice no pasa por su mejor momento. Sin embargo, más allá del trabajo de la mafia, las diferencias de base surgieron también de las propias limitaciones de la gestión, principalmente las judiciales y las económicas, ya que incluso dentro de su heterogeneidad, el Frente de Todos fue mayoritariamente votado para terminar con dos desgracias sistémicas, el lawfare y el régimen neoliberal que la Alianza PRO-UCR intentó restaurar.


  El balance a diciembre de 2020 muestra que los principales actores de la guerra judicial continúan “intocados” y que las pandemias abortaron el plan económico original. No se trata de compartimentos estancos, pues las tácticas de lawfare, y ya no sólo los golpes de Estado, son el nuevo instrumento de las clases dominantes y la embajada estadounidense para frenar los proyectos económicos de los gobiernos populares ¿O alguien intelectualmente honesto puede afirmar sin sonrojarse que Amado Boudou y Milagro Sala siguen presos por “corruptos” y no por venganza y efecto demostración?


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La guerra judicial no sólo demoniza a los dirigentes populares, sino que le muestra a toda la clase política cuál puede ser su destino si se mete con determinados intereses. La retaliación va desde el escrache o la invisibilidad mediática al liso y llano encarcelamiento. Al mismo tiempo, la casta judicial se especializa en establecer barreras infranqueables sobre cualquier medida que afecte los intereses de los grupos económicos concentrados, sea la ley de medios, el rescate de Vicentin y, posiblemente, hasta el impuesto a las grandes fortunas.


  En materia económica las bases del neoliberalismo tampoco pudieron removerse. Primero porque la segunda pandemia, la del Covid-19, abortó el plan económico original, que existió, pero que en la vorágine ya nadie recuerda. Hubo una batería de medidas iniciales que pueden resumirse en la tarjeta Alimentar, el refuerzo de la AUH, el impuesto PAIS para la compra del “dólar ahorro”, la suba de retenciones y bienes personales, el fin de la fórmula de actualización previsional de 2017, que desde su implementación provocó la caída de 18 por ciento en los ingresos, y su reemplazo por aumentos por decreto que permitieron ganarle por pocos puntos a la inflación. También se iniciaron conversaciones con la UIA y la CGT para ordenar la puja distributiva a través de los acuerdos de precios y salarios. El objetivo era que los salarios, que en 2016-19 habían perdido más de 20 puntos, le ganen levemente a la inflación. En pocas palabras el “plan inicial” era sostener la demanda evitando que jubilaciones y salarios pierdan contra los precios, renegociar la deuda externa para reducir las presiones cambiarias y recomponer reservas a partir del superávit comercial producto de la caída de la actividad.

 


La aparición de la segunda pandemia cambió los planes. El gobierno tuvo reflejos y montó rápidamente un esquema de asistencia a través del IFE y la ATP. También identificó al “crédito a las Pymes” y las bajas tasas de interés como elementos que contribuirían a la reactivación y no a la compra de dólares y al deterioro cambiario, lo que fue el origen de las primeras contradicciones al interior del equipo económico. 


  Visto en perspectiva no se lograron resolver dos problemas básicos, el cambiario y la pérdida de reservas, que en el primer año cayeron alrededor de 6.000 millones de dólar. Entre los aciertos el más importante, junto a la rápida reacción de asistencia frente a la pandemia, fue la renegociación de la deuda con los acreedores privados, lo que logró despejar el cronograma de pagos para lo que resta del actual período de gobierno.


  No obstante, esta suma de acciones no significaron liberarse de las potentes condicionalidades heredadas. El verdadero éxito del macrismo fue volver a introducir en la economía local condicionalidades de largo plazo. El mecanismo fue primero el endeudamiento con los privados, que mientras sucedió financió el gigantesco déficit de la cuenta corriente en general y la salida de divisas en particular y, una vez agotada esta fuente, se perfeccionó el proceso con el regreso al FMI. Tener un plan con el Fondo significará seguir, mientras dure, con la lógica neoliberal.

 


Debe destacarse, no obstante, que es sencillo criticar desde afuera sobre la simple base de la descripción de unos pocos hechos, pero un gobierno que recibe la herencia de exiguas reservas netas y un endeudamiento impagable en tiempo y forma, tanto con privados como con el FMI, tiene reducidos al máximo los grados de libertad de su política económica. Esto es así porque cualquier ruido en las negociaciones o error en el manejo de la política cambiaria --como efectivamente ocurrió-- repercute sobre el nivel del tipo de cambio y la estabilidad macroeconómica. Luego, es esta misma situación de carencia de dólares la que permite predecir que el crecimiento de 2021 será sólo contra los muy malos números de 2020, pero manteniendo a la economía por debajo del piso de 2019, cuando se acumulaban ya dos años de la recesión macrista-radical.  


  Acercando la lupa, la falta de divisas es siempre la verdadera causa de los escasos grados de libertad de la política económica, lo que compele al gobierno a negociar con los acreedores en una situación de asimetría de poder. El Ministerio de Economía tiene un margen muy limitado para negociar con el Fondo. Solo para sentarse a la mesa debió comenzar a enviar “señales” de contracción fiscal que repercutirán en la recuperación de la actividad pero que, al mismo tiempo, son compatibles con la falta de dólares para crecer. No obstante, cuando el acuerdo con el FMI finalmente se cierre, y más allá de la extensión de plazos y la reducción de intereses que se consigan, las condicionalidades serán aún mayores que las del presente.-


Publicado en:

https://www.eldestapeweb.com/politica/frente-de-todos/balance-agridulce-y-restricciones-infinitas-2020121219180?__twitter_impression=true&s=08

domingo, 6 de diciembre de 2020

La reestructuración de la deuda: FMI, palo y zanahoria, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 05-12-20)



05 DE DICIEMBRE, 2020 


La falta de dólares y la lenta pero imparable sangría de divisas --en noviembre se perdieron otros 1.237 millones de reservas-- dejan entrever un horizonte de inestabilidad para la macroeconomía que se suma a la recesión histórica provocada por la pandemia. 


Frente a este panorama, en el que persiste la sensación de que todas las variables están atadas con alambre, en el gobierno reapareció la creencia en la zanahoria del FMI, un segundo tropiezo con la misma piedra --el primero fue durante la reestructuración con los privados-- la falsa creencia en que después de los arreglos llegarán dólares adicionales, sean del organismo o de “los inversores” del exterior. La memoria histórica local y los múltiples ejemplos de los planes del Fondo en otras latitudes deberían sobrar para no tener que explicar lo obvio, que el FMI es palo y palo, sin zanahoria. Argumentar la zoncera de que hoy “existe otro FMI” debería ser monopolio de la ortodoxia. El organismo podrá correrse de curso algunos grados, pero su rumbo será el de siempre.  



La zanahoria que sugieren algunos funcionaros es que frente a la sequía de divisas el organismo podría aportar dólares frescos. A primera vista parece razonable. La reestructuración de la deuda con privados no reabrió los mercados financieros. El mundo está seco para la Argentina, al menos a tasas razonables. Parece lógico, entonces, pensar en tomar más deuda con el organismo, detalle que se desentiende de que más deuda con el Fondo significa una sola cosa: más condicionalidades por más tiempo.


De nuevo, el gobierno obtuvo en la renegociación con los privados el mejor acuerdo no disruptivo posible dadas las relaciones de poder. Un acuerdo que probablemente no sea sustentable a mediano plazo, más aun después del límite objetivo a la recuperación del crecimiento impuesto por la pandemia, pero que despejó el horizonte de vencimientos en el corto. Puede debatirse si se podría haber hecho una quita mayor o menor, pero se destaca que la discusión fue exclusivamente por dinero. Desde entonces se dijo que el acuerdo con el FMI tendría características similares, patear vencimientos y prorratear la deuda en décadas. Sin embargo existe entre ambos acreedores, privados y organismos, una diferencia de grado: la contrapartida de la renegociación con el Fondo no es solamente más o menos pagos en el tiempo, sino particularmente compromisos de política económica. La función efectiva del FMI en el mundo real es alinear a los países en una macroeconomía neoliberal. Y la zanahoria para aceptar condicionalidades es siempre la misma: el desembolso de algunos dólares siempre urgentes.


Se impone aquí una pregunta contrafáctica ¿con el diario de 2020, el país estaría mejor o peor si no hubiesen entrado los 44 mil millones prestados por el organismo a partir de 2018? Es importante pensar la respuesta, porque los argumentos de los economistas frente a la discusión con el organismo versarán sobre la efectiva necesidad desesperada de divisas. En rigor el FMI aparece siempre como bombero, es decir para apagar los incendios del frente externo con la promesa de evitar devaluaciones bruscas e imparables que terminen en hiperinflaciones. Sin embargo, alcanzados los acuerdos, las devaluaciones se producen igual, lo que por definición es acompañado por recesiones. Al final del camino lo que acomoda el frente externo es la caída del PIB por la vía de la reducción de las importaciones.


Pero alcanzar planes tan virtuosos demanda además comprometerse con políticas de reducción de déficit vía contracción del Gasto y sólo marginalmente mayores impuestos. A la cabeza de estos gastos están siempre los previsionales, que son el principal rubro del Presupuesto, También cuestiones tan poco financieras como la desregulación de los mercados laborales, lo que pone en primer plano el sesgo de clase del organismo. En el pasado también se sumaban las privatizaciones. Finalmente existe otro componente ideológico y de relaciones de poder que generalmente no se hace explícito en el listado de demandas y es la idea de que con el Fondo la única opción es someterse, que no acatar sus mandatos es convertirse en parias internacionales.


Preparándose a lo que le reclamará el FMI, el ministerio de Economía inició con convicción la senda de políticas fiscalistas. Redujo los programas ATP, que el ministerio de Producción transformará en un más selectivo REPRO II, y eliminó el IFE4. Se asume que estos programas fueron pensados en el contexto del ASPO y no como permanentes, pero la economía se encuentra todavía muy lejos de la recuperación y los fondos del IFE 4 ¡ya estaban presupuestados! Su eliminación justo para las fiestas fue pura pleitesía a la renegociación con el organismo. Las paritarias estatales del 7 por ciento con una inflación 5 veces mayor fueron otra señal potente. Lo mismo puede decirse del intento de cambio de la letra chica de la movilidad jubilatoria para que el aumento del 5 por ciento de diciembre sea tomado a cuenta del ajuste del próximo marzo. Como en la mala hora, sólo se trataba de mejorar el Excel, lo que fue advertido y corregido a tiempo por el Senado. Como dato de color resulta llamativo que se explique que el Gasto del Presupuesto 2021 estará por encima del de 2019. Nunca un año de ajuste y depresión puede ser ejemplo del Gasto que se necesita para superar una recesión histórica.


El empoderamiento de Martín Guzmán, entonces, no significó solo la imprescindible unificación de las decisiones económicas luego de las marchas y contramarchas que provocaron una mini crisis cambiaria, y cuyos efectos todavía se sienten en la aceleración de la inflación, sino el empoderamiento de una visión de la macroeconomía más alineada con las demandas tradicionales del FMI y que, una vez más, se intentan presentar como la única vía posible.


Lo que parece no estar sobre la mesa es que ya no hay margen para el torniquete porque el verdadero ajuste ya lo hizo la pandemia. Mientras los salarios pierden contra la inflación, cae la tasa de ocupación y aumentaron la pobreza y el desempleo, muchas de las empresas que se cansaron de perder dinero con el macrismo, comenzaron a mostrar balances con fuertes ganancias, como es el caso de la alimenticia Arcor (pero no solamente) como estandarte.


Quienes más perdieron durante la pandemia fueron una vez más los trabajadores, ocupados o no. Finalmente, la contribución extraordinaria a las grandes fortunas sancionada esta semana no será un contrapeso en 2020. Quizá lo sea parcialmente en 2021, aunque para ello será necesario que el poder permanente de la todavía intocada casta judicial así lo conceda y permita.


Publicado en:

https://www.eldestapeweb.com/economia/fmi-palo-y-zanahoria-la-reestructuracion-de-la-deuda-202012519052

jueves, 3 de diciembre de 2020

CLAUDIO SCALETTA: "¡Basta de Lawfare!"

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https://twitter.com/ClaudioScaletta/status/1334213982727630848?s=08




lunes, 30 de noviembre de 2020

Sobre el ajuste tan temido: Déficit y heterodoxia, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 28-11-20)


 Sobre el ajuste tan temido: Déficit y heterodoxia

28 DE NOVIEMBRE, 2020


Una de las tantas acusaciones que recibió la economía fue la de ser una “ciencia lúgubre”, punto que suscitó algún debate en los albores de la economía política. Entre las razones para adjudicarle este carácter se encontraban, entre otras, las predicciones maltusianas sobre los límites presuntamente de hierro para el crecimiento poblacional. Pero dejando atrás la historia, el calificativo se corresponde más acabadamente con uno de los roles que siempre les toca jugar a los economistas, la poco agradable tarea de poner las restricciones sobre la mesa.


Una de las acusaciones que se le hacen al gobierno de Alberto Fernández es el de promover un “ajuste”. En este punto resulta notable la falta de consistencia lógica de los principales acusadores, entre ellos la gran prensa comercial que históricamente promovió todos los ajustes. Resulta preferible entonces analizar el problema por fuera del debate con la oposición. Mirando hacia adentro, en cambio, hay de todo. Están quienes fuerzan los números previendo políticas expansivas o quienes explican que hablar el lenguaje del ajuste es una concesión que los funcionarios deben hacer en el marco de la renegociación con el FMI. Sin embargo, no es un dato menor que el propio titular de Economía, el empoderado Martín Guzmán, sea quien promete reducir todavía más el déficit previsto en el Presupuesto 2021. A ello le siguen las medidas concretas. En los últimos meses se redujeron la asistencia a las provincias y lo que se paga por IFE y ATP hasta en un 80 por ciento. El único gasto post pandemia que se mantiene elevado son los subsidios a la energía producto del congelamiento de tarifas.


Otra señal fiscalista es que el Tesoro empezó a reemplazar adelantos del Banco Central por toma de deuda en el mercado. Incluso proyecta “devolver” adelantos usando las utilidades del BCRA. Quizá el ministro realmente crea en el equilibrio fiscal como cree el Presidente y como figura en la plataforma del Frente de Todos, pero las restricciones que hoy enfrenta la economía son de otra naturaleza.


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El último balance cambiario del BCRA, el de octubre difundido este viernes 26, mostró que el problema externo sigue vigente. En octubre continuó el déficit de la cuenta corriente cambiaria (-495 millones de dólares) y se mantuvo la enorme brecha entre el superávit comercial de 612 millones que mide el Indec (devengado) y el cambiario de 44 millones (base caja: divisas efectivamente liquidadas). Como resultado de esta continuidad agudizada en los últimos meses por las expectativas de devaluación implícitas en la brecha cambiaria, desde el pasado diciembre se perdieron alrededor de 6000 millones de dólares de reservas internacionales (que son el resultado del balance cambiario).


A ello se agrega que en octubre el campo liquidó 15 por ciento menos que en el mismo período del año anterior. Cuando se toman los primeros 10 meses del año conmtr aigual períodos de 2019 la caída suma el 25 por ciento. Y si bien existe baja real de las exportaciones producto de la pandemia, las importaciones caen todavía más por la fuerte recesión.  El ministro Guzmán puede reunirse con los grandes empresarios todo lo que quiera, jurarles que no va a devaluar y que el tipo de cambio se encuentra en un nivel óptimo, pero cuando los “hombres de negocios” llegan a la oficina se comportan como empresarios.


La pregunta inevitable es cuál sería el estado de estos números si la economía comenzara a arrancar. La respuesta que nadie quiere escuchar es que se necesitarán más dólares de los que hoy se disponen. A pesar de haber renegociado la deuda con privados, el nivel del riesgo país cercano a los 1400 puntos indica que los mercados voluntarios permanecen cerrados y que, lamentablemente, la única posibilidad crediticia son los organismos internacionales o, en el mejor de los casos, algún crédito bilateral. Finalmente el dato duro es que hoy no hay dólares para crecer, lo que es lo mismo que decir que sin dólares no hay crecimiento.


La segunda cuestión es fiscal y monetaria. Para crecer se necesita que el Estado gaste más. El Estado puede decidir autónomamente el nivel de Gasto que quiera. El problema es que en países periféricos, especialmente en economías bimonetarias como la argentina, antes o después ese mayor gasto se transforma en mayor demanda de dólares, es decir en presiones sobre su cotización. El Estado puede “esterilizar” el mayor gasto de varias maneras. Una es cobrando más impuestos (El gasto antecede a los impuestos y no al revés como sostiene la economía vulgar), la otra es a través de instrumentos financieros, pero en algún momento la ganancia financiera derivada irá a la demanda de dólares si persisten las expectativas de devaluación por… falta de dólares. 


En materia de crecimiento no contar con los dólares es un círculo vicioso de restricciones. Si se aumenta el Gasto la economía crece y con ella las importaciones, lo que reduce el saldo comercial y la oferta de divisas. Al mismo tiempo el mayor Gasto significa inyectar más pesos cuyo excedente puede ir a la demanda de divisas.  Si esta demanda no se puede satisfacer no se puede sostener el precio del dólar, lo que da lugar a un aumento de la inflación, es decir desata la inestabilidad macroeconómica.


“En los trópicos”, siguiendo la metáfora de los economistas Esteban Pérez Caldentey y Matías Vernengo para referirse a la periferia del capitalismo, la teoría de la moneda moderna y las finanzas funcionales encuentran límites de los que carecen en los países centrales. La expansión del Gasto y el crecimiento no puede expandirse para siempre dado el presunto equilibrio presupuestario sino por la restricción externa. Negar las zonceras de la economía vulgar, que demanda equilibrio fiscal al mismo tiempo que la reducción de impuestos, con lo que la variable de ajuste son las funciones del Estado, no significa que para la verdadera heterodoxia no existan restricciones y que esas restricciones sean muy poderosas. Para la economía del presente el dato más lúgubre es la necesidad desesperada de dólares para crecer o para sostener la estabilidad macroeconómica, al mismo tiempo que la virtual ausencia de una fuente para proveerse de esos dólares.


Publicado en:

https://www.eldestapeweb.com/opinion/economia/sobre-el-ajuste-tan-temido-deficit-y-heterodoxia-2020112818450?s=08

domingo, 29 de noviembre de 2020

CLAUDIO SCALETTA: "Reiteradamente la clase política se comporta como zombi, desconociendo la historia"


 Zombie

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https://twitter.com/ClaudioScaletta/status/1332691349611704321?s=08






domingo, 15 de noviembre de 2020

Vigilar y castigar, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 14-11-20)



14 DE NOVIEMBRE, 2020


A esta altura ni el economista más despistado desconoce que el principal problema de la economía local son los dólares escasos. Esta escasez es la que determina la cotización de la divisa y por extensión, es una de las claves de la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, en un mundo en el que los flujos de comercio exterior se encuentran bastante afectados por la pandemia no sucede lo mismo para las principales exportaciones argentinas. El clima en Estados Unidos no vino bien. Su producción sojera será menor. Y en uno de los pocos mercados transparentes del planeta, como lo es el de las commodities agropecuarias, el resultado es que los precios de la soja comenzaron a crecer y ya tocaron los 420 dólares la tonelada. Los analistas del sector esperan además que las mejoras de precios continúen. Como se ve, no todas son malas noticias para la economía local. Pronto los creativos profesionales de la economía sorprenderán a su público hablando de “viento de cola”, en especial si el gobierno cambia su estrategia y consigue aprovecharlo. 

La primera pregunta es si estas buenas noticias lo serán exclusivamente para los exportadores o para el conjunto de la economía. La respuesta provisoria es que los números del comercio exterior están lejos de reflejar la mejora. Al contrario. El saldo comercial de septiembre, el último conocido, se redujo a un tercio y el saldo cambiario a nada. Apareció además un importante déficit de la cuenta corriente cambiaria, nada menos que 600 millones de dólares.

Para comenzar no está claro que tipo de control ejerce la Aduana sobre las declaraciones de exportaciones. ¿Siguen siendo declaraciones FOB sobre valores predeterminados? Tampoco está claro el control real de las importaciones. Entran barcazas de Uruguay y de Paraguay con soja que presuntamente se destina a insumos de plantas de molienda que se encuentran sobre los puertos del Paraná. Durante el año fueron entre 300 y 400 millones de dólares mensuales por este concepto. Al mismo tiempo las exportaciones de la soja local se retacearon. ¿Entrará la soja declarada en esas barcazas? Quizá la Aduana tenga más información. ¿Y la industria? Dicen las malas lenguas que en los containers llegan más productos terminados que insumos ¿Estarán aquí los funcionarios que no funcionan? No es buena praxis hacerse eco de habladurías.

Lo que no es chisme es que en la economía local operan entre 22 y 24 grandes firmas exportadoras que no liquidan lo que tienen que liquidar a pesar de que existen plazos de liquidación e instrumentos para hacerlos cumplir. La AFIP, por ejemplo, podría excluir a estos grandes jugadores de los registros de exportadores. Hacerlo aportaría bastante para una épica que no abunda en tiempos de Estado prescindente. La realidad es que los dueños de los dólares gozan hoy de demasiado poder para condicionar al gobierno. Que en este escenario se haya disparado la brecha cambiaria, temporalmente sosegada, no debería sorprender. 

Pero la brecha es a la vez causa y consecuencia. Un reciente estudio de GERES mostró que la liquidación de divisas durante los primeros 9 meses del año fue del 78 por ciento del total exportado, valor bien por debajo del 97 por ciento que se promedió en los 5 años previos o el 91 por ciento del año pasado. El mismo estudio destacó que las cerealeras tienen un plazo de 15 días para liquidar las divisas. Sin embargo, como explicó el BCRA en sus Balances Cambiarios, la considerable diferencia entre las exportaciones y la liquidación se destinó a la cancelación de deuda por anticipos y prefinanciaciones de exportaciones, algo permitido por la normativa. ¿Por qué las cerealeras lo hicieron este año y no los anteriores? Porque aprovecharon el dólar oficial “barato” para estos fines en vez de liquidar las divisas en un contexto en el que están limitadas las remisiones de utilidades. Se trata de conductas racionales y previsibles inducidas tanto por la brecha cambiaria como por el control de capitales. Estas menores liquidaciones equivalieron a unos 3000 millones de dólares que restaron a las reservas y retroalimentaron la brecha. El Estado ya lo sabe. Como también sabe que los importadores estuvieron buena parte del año cancelando deudas contraídas en 2018 y 2019.

Hasta ahora el gobierno intentó contrarrestar con “incentivos”, como por ejemplo la inútil baja homeopática de retenciones que no obtuvo mayores resultados, pero que dilapidó algunos recursos escasos. Y ello a pesar que se realizó un presunto “acuerdo de caballeros” con el novel Consejo Agroindustrial Argentino, el mismo que promete la zanahoria de la multiplicación de las exportaciones sectoriales. La doctrina Pugliese siempre goza de buena salud.

Deteniéndose nuevamente en las cuentas externas se tiene que aun bajo la peor recesión de la historia local --para este año se espera una caída del PIB de 12 puntos-- el gobierno no pudo acumular reservas internacionales. El superávit comercial originado por la recesión --es decir por las menores importaciones asociadas al parate productivo-- se fue en prefinanciación de exportaciones y pago de deuda de importaciones, entre otros rubros que redujeron las liquidaciones de divisas, lo que imposibilitó acumular reservas y, en consecuencia, contribuyó a las tensiones cambiarias.

En este escenario primero se disparó la brecha hasta niveles irracionales. Luego, aunque tardíamente, Economía reaccionó e intervino en las cotizaciones paralelas, a lo que ayudó bastante posibilitar la salida de fondos de inversión que habían quedado atrapados por los controles cambiarios. Con estas medidas se consiguió recortar transitoriamente la brecha, pero las causas reales de las presiones sobre el tipo de cambio, la imposibilidad de acumular reservas y conseguir más dólares, siguen presentes.

La duda que resta es qué pasará cuando en la post pandemia la economía arranque. Ya se sabe que cuando esto sucede aumentan las importaciones y por lo tanto la necesidad de divisas que hoy no están. La pregunta del millón es de dónde saldrán los dólares que se necesitarán para la expansión. Cuesta encontrar en la historia económica local una situación de mayores restricciones y condicionamientos que el presente. Por un lado existe una marcada falta de grados de libertad para la política económica debido al endeudamiento heredado, por otro una situación social explosiva e invisibilizada, con una pobreza del 47 por ciento en el segundo trimestre y más de tres millones de desempleados. Pensar que estos problemas se resolverán adelantando gestos fiscalistas a la misión del FMI es, en el mejor de los casos, estar mirando otro canal.


Publicado en:

https://www.eldestapeweb.com/opinion/actividad-economica/vigilar-y-castigar-2020111418320

lunes, 19 de octubre de 2020

“El hecho maldito del país burgués”, por Claudio Scaletta (para "El Destape" del 17-10-20)



17 DE OCTUBRE, 2020


Existe una descripción bastante mitológica sobre la burguesía argentina, una deriva del pacto clasista propuesto por el peronismo primigenio, que la divide en dos fracciones. Una agraria, políticamente atrasada y supérstite del modelo agroexportador, y otra más moderna, ligada al modelo de industrialización sustitutiva que habría encontrado en el peronismo su punto de partida. Al razonamiento le sigue otra idea mitológica, la conciliación natural entre la burguesía industrialista y el proletariado industrial en un modelo nacional popular. Existiría entonces una burguesía mala y rentista, la agraria, con la que se dificultarían las alianzas, y otra buena y productiva, la industrial, que habilitaría una alianza inclusiva para el desarrollo. Se trata, muy simplificadamente, del sueño neolítico de la burguesía nacional, que como la mayoría a esta altura ya sabe, son los padres.


Sin embargo todas estas ideas subsisten en el imaginario político. El problema de la economía local, su péndulo, su oscilación entre modelos neoliberales y nacional populares estaría en el “empate hegemónico” entre estas dos fracciones de la burguesía, que, según el sociólogo Juan Carlos Portantiero, tendrían la capacidad de vetarse mutuamente sus proyectos políticos, aunque no de imponer sus programas. Pero debe observarse que no es esta la contradicción principal del empate realmente señalada. Portantiero escribió sobre el empate hegemónico en 1973, cuando el clima de época y la lucha política eran completamente diferentes. La contradicción principal que marcaba no era entre fracciones de la burguesía, entre el capital agrario y el industrial, sino entre “el capital monopolista dependiente y el proletariado industrial”, una caracterización más ligada no sólo a la época sino a la etapa marxista del autor, anterior a su deriva radical “liberal de izquierda”, pero que a la vez describe muchísimo mejor la realidad del presente, aunque ya no exista cosa tal como un proletariado industrial en tanto fracción de clase principal en la disputa política.


Para comenzar la burguesía local, incluso en tiempos del modelo agroexportador, siempre fue una clase moderna y diversificada, alejada del estereotipo sarmientino del “olor a bosta”. Aunque de base agraria en sus orígenes, sus especialidades también fueron las finanzas y la logística y desde épocas tempranas participó de las primeras formas de industrialización. Saltando en el tiempo, el capital industrial oligopólico (por antonomasia) que emergió de la industrialización sustitutiva fue la principal traba para continuar con el desarrollo, pues tras su consolidación comenzó a trabajar para “retirar la escalera” del Estado desarrollista. A estos factores debe sumarse el componente de la extranjerización, o mejor dicho de la internacionalización, del capital. Lo que se quiere destacar es que como bloque la burguesía local siempre fue una sola y que a su interior no existen contradicciones ideológicas sobre el proyecto de país. A pesar de que los modelos neoliberales provocaron históricamente endeudamiento externo y recesiones, los empresarios locales son esencialmente neoliberales. Demandan “reforma laboral”, libre circulación de capitales y mercancías y poco Estado, modelo que creen garantizado con la supervisión de los organismos multilaterales de crédito y la subordinación geopolítica. Es extremadamente difícil encontrar un empresario, cualquiera sea el tamaño de su firma, desde un pequeño comercio a una multinacional, que no crea a rajatabla en todas las supercherías de la ortodoxia económica. Cuando se lo encuentra es una anomalía. Esta burguesía realmente existente no es otra cosa que el producto de las formas de la inserción internacional (dependiente) de la economía.


La primera conclusión es que no existe cosa tal como la posibilidad de una alianza con el “capital nacional” simplemente porque tal capital no existe como clase. La segunda es que, en sus propios términos, al modelo de desarrollo capitalista local le estaría faltando un sujeto que lo conduzca. La tercera es que la contradicción principal que hoy se expresa en la lucha política sigue siendo la de siempre, entre el capital y el trabajo. La “particularidad argentina” de esta contradicción está en otra parte. La introdujo el peronismo cuando logró conjugar históricamente la diversificación de la estructura de clases de la industrialización y, en paralelo, el empoderamiento de estas clases emergentes. Esta diversificación y empoderamiento dieron lugar a lo que puede caracterizarse como “procesos de no retorno” –es decir, a la resistencia de las nuevas clases a desaparecer– y a un igualitarismo que impidió la ansiada reconstrucción de una sociedad dual. Dicho de otra manera es el movimiento nacional popular, que no representa a ninguna fracción de la burguesía, sino a los trabajadores, el que impide la “re-latinoamericanización” de la economía local, proceso que los sectores dominantes intentan desde 1955 y que profundizaron con la última dictadura. Como señaló tempranamente John William Cooke, el peronismo, con la excepción de la triste experiencia de los ’90, fue y volvió a ser “el hecho maldito del país burgués”.

El dólar, escenario de la disputa


La contradicción entre el modelo neoliberal y el nacional popular no es otra cosa que la forma local de la contradicción entre el capital y el trabajo. Sin entender esta forma local es imposible comprender el presente. En las últimas semanas la brecha del dólar dejó de ser una cuestión pasible de ser resuelta de manera exclusivamente técnica para convertirse en el escenario de una gigantesca disputa de poder. Ello no significa que no se podrían haber tomado mejores medidas técnicas para contenerla, sino que el punto al que se llegó refleja una puja política de otra dimensión.


Algunos datos que ayudan a comprender la trayectoria es que primero el gobierno se encontró con un pasivo que no estaba registrado ni para la renegociación con los acreedores privados ni con el FMI. Se trató de alrededor de 25 mil millones de dólares de deudas privadas con el exterior, tanto por adelanto de importaciones como también financieras y de grandes bancos, que empezaron a saldarse al dólar oficial. Al mismo tiempo, buena parte de los 350 mil millones de pesos que a partir de la pandemia el Banco Central ayudó a prestar a las Pymes para salvarlas de la bancarrota no fueron a levantar cheques o a pagar deudas con proveedores, sino al dólar. Estos datos son clave para entender por qué el superávit comercial no pudo transformarse en aumento de reservas. Las diferencias de criterios entre el BCRA y el Ministerio de Economía seguramente no ayudaron a que exista un abordaje más dinámico del problema.


Luego, aunque la brecha entre el dólar oficial y los paralelos comenzó a pronunciarse con la baja de tasas a comienzos de la pandemia, también hubo un punto de inflexión no técnico: el retroceso en la expropiación de Vicentin. Si bien el gobierno tomó esta decisión para evitar lo que se insinuaba como una escalada con el sector agropecuario, la medida fue leída como un gesto de debilidad cuyo último hito fue la baja de retenciones para incentivar liquidaciones. Los exportadores le “midieron el aceite” al oficialismo y detectaron que venía flojito, lo que sumado a lo que sucedía en otros áreas, especialmente la judicial, donde las relaciones de poder parecen no haber cambiado en absoluto, empoderó a la oposición en general y a quienes pueden operar en el mercado cambiario en particular. El dato duro es que el Frente de Todos ganó las elecciones, pero el poder real se mantiene en otro lado.


En este escenario el objetivo del grueso del poder económico, donde la burguesía es una sola, es debilitar a su enemigo político, el modelo nacional popular cuya única base dispersa son los trabajadores. Como no podía ser de otra manera, el enfrentamiento entre el poder económico real y el político reaparece con total nitidez. Debe recordarse que la cotización del dólar es sobre todo una variable distributiva. Cada peso que sube significa para el oficialismo una progresiva dilución de su poder. Y en el límite, un salto devaluatorio sería, literalmente, un desastre que ni siquiera aplacaría la puja y que sólo se traduciría en un descalabro macroeconómico: salto inflacionario, caída de los ingresos de los trabajadores y profundización de la ya dura recesión.


Las presiones cambiarias buscan disciplinar al gobierno, por eso el objetivo de máxima del poder económico es provocar un salto devaluatorio que haga olvidar que la crisis del presente es la suma de la herencia más la pandemia. Como respuesta a la embestida de esta semana y consciente del costo político de un salto devaluatorio, el presidente decidió centralizar las decisiones económicas en Martín Guzmán. Mientras tanto, las medidas “técnicas” que se comentan en Economía son esperar un acuerdo con el FMI, lo que se supone calmaría a “los mercados”, pero que en el mejor de los casos ocurriría recién en enero próximo, e intentar hasta entonces reducir o contener la brecha. La idea sería dejar deslizar muy levemente el tipo de cambio oficial, dentro de los márgenes del Presupuesto, y avanzar hacia un desdoblamiento de facto operando más activamente en el CCL, opción que demandaría dólares adicionales que provendrían tanto del swap con China como de créditos REPO con bancos del exterior. Finalmente también se incentivarían las inversiones en pesos. 


Dado que el poder económico espera las medidas con el hacha en la mano y el cuchillo entre los dientes, quizá haya llegado el momento de utilizar con más contundencia, además de la técnica, todo el poder del control parcial del Estado.


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lunes, 12 de octubre de 2020

CLAUDIO SCALETTA: "La peor forma de acompañar un proyecto político es escribiendo el diario de Yrigoyen"

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