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domingo, 2 de septiembre de 2012

Reírse más, por Lucas Cremades (para “Revista 23” del 29-08-12)




Por qué nos gusta Capusotto.

Volvió y fue el programa más visto de la TV Pública con su cóctel de humor absurdo y referencias claras. Humoristas y sociólogos desgranan el éxito de un programa que superó el estatus de culto.

Capusotto presentó al peculiar mozo de la parrilla El No-No y a Juan José José Luis con Ramón, el porro que le pega mal.

Larga vida a Peter Capusotto y sus videos, auguraron miles de televidentes argentinos luego del auspicioso arranque del ciclo creado por la histriónica y exitosa dupla humorística compuesta por Diego Capusotto y Pedro Saborido, que van por su séptima temporada en televisión.


Entre escenarios enclenques que fortalecen la dinámica de una risa generalizada y cócteles filosóficos sin demasiados protocolos, como los que suele emprender con sus intervenciones la genial Violencia Rivas, el programa –que se emite los lunes a las 22.30 por la Televisión Pública– demostró una vez más que el éxito se sustenta en la increíble originalidad de cada uno de los personajes y sketches nuevos de esta flamante temporada, como “El porro me pega mal” y “Robotril”, un Robocop en Rivotril.

¿Por qué nos gusta Capusotto? Esa es la cuestión. Sin permisos, sin banderas, sin esquemas rígidos y con muchísima predisposición para la parodia. El estreno del lunes 27 de agosto mostró a Diego Capusotto tirando lujos en su propia cancha sin traicionar la química de su humor. Así lo demuestran los 4,7 puntos de rating promedio obtenidos durante su primera presentación, lo más visto de la TV Pública. Detalles nada despreciables en materia televisiva; mucho más si se tiene en cuenta que el ciclo de sketches compitió cara a cara con parte de Graduados, por Telefé (lo más visto del día), y la nueva ficción de El Trece, Sos mi hombre.


Para Luis Alberto Quevedo, licenciado en Sociología y director del Proyecto Comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), el programa de Capusotto se basa en un conjunto de personajes construidos sobre ciertos referentes culturales reconocibles para el público: “Capusotto nos propone un puente que nos permita reírnos. Pero la gracia no viene de la proximidad con el imitado (por ejemplo, si yo me propongo imitar a Sandro, tengo que imitarlo apareciendo como lo más parecido posible y exagerando algunos rasgos que funcionan como guiños al receptor). Sin embargo, en la fórmula Capusotto el referente está a mucha distancia, muy lejano, casi como un resto a partir del cual se construye la parodia”, argumenta Quevedo y da un ejemplo: “Violencia Rivas tiene muy poco que ver con Violeta Rivas, en realidad, casi nada. Del mismo modo, el rapero latino Di+Di Dr. Bolas Ricardo Arjona Latino Solanas nada tiene nada que ver ni con Arjona ni con Pino Solanas. El referente queda perdido en el personaje pero funciona como un elemento de reconocimiento en el pacto con el televidente. Una parte de lo que nos produce gracia es, justamente, ¿por qué cuernos le puso ese nombre a su personaje?”, agrega.


Pablo Marchetti, editor responsable de la revista Barcelona y panelista del programa Duro de Domar, siente al ciclo de Capusotto y sus videos como una suerte de páramo mental al servicio de la risa. “Siempre esperé ansioso los estrenos de Capusotto. He ido a ver sus películas y siempre estoy detrás de lo que hace. Básicamente me divierte, logra hacerme cagar de la risa como pocas cosas en la vida. Junta mundos que parecen imposibles y me siento representado en ellos. Sea desde el rock barrial y su parte más chabona hasta en su parte más política. Cuando hace de rockero ilustrado, no puedo creer que junte esos mundos que me fascinan. Creo que el secreto está a la vista: tanto Diego como Pedro Saborido hacen lo que se les canta, son las dos cabezas que están detrás de la criatura. Lo que a mí me cuesta creer es que eso que se les canta hacer signifique tanto para mí”.

El respeto del ámbito humorístico hacia Diego Capusotto es uno de los tantos atributos que sustentan la permanencia del programa entre los favoritos dentro del ambiente televisivo. Según el músico y comediante Jey Mammon, Capusotto es “un referente del humor absurdo. Un humor que va medio transversal a la tele y que se introdujo en el medio cuando parecía que no había espacio para un humor del estilo de Peter y sus videos. Me parece que instaló algo de culto como en su momento lo fue Alfredo Casero con Cha Cha Cha. De ahí salieron unos cuantos pilares de este tipo de humor que a mí particularmente me encanta. Celebro y me gusta que haya trascendido esa cosa del gueto que a veces tiene este tipo de humor. Aplaudo que la gente se haya incorporado al universo Capusotto y me alegra que siga en la TV Pública más allá de cualquier postura política. Me parece que si él sigue eligiendo ese espacio tiene que ver con que es un programa de culto donde la gente lo ve a él. De hecho, se ve más en Internet que en la tele. De modo que si promedió los 5 puntos de rating, habría que elevarlo a 20, de acuerdo a la cantidad de público que lo sigue desde YouTube”, opina el actor, que siente debilidad cada vez que aparece Violencia Rivas. “Tuve la grata oportunidad de conocer a Diego una vez que se acercó a ver uno de mis shows. Estaba sentado en la última fila sin querer llamar la atención. Siento que es un tipo con mucha humildad. Cualquiera que esté en la situación en la que está él se te sube a un pony. La esencia del pibe sigue siendo la misma y creo que ese es uno de los pilares fundamentales donde se asienta el éxito de sus programas”.


Las particularidades de esta séptima temporada respecto de las anteriores son que la mayoría de los personajes nuevos se escapan un poco –tal vez sólo por ahora– de la cultura rock y se bifurcan hacia situaciones de la vida cotidiana en general, como las comunicaciones vía chat en una genial red social llamada Garolfa.


Como si fuera una delantera goleadora, la dupla risueña conformada por Saborido y Capusotto también se sube a la ola de los chimentos a través del singular Jorge Meconio, que se nutre de la falta de ética, por ejemplo para referirse a las mujeres de sus amigos. El episodio generó obvias repercusiones en los medios, que vieron en este personaje la sutileza de la dupla para referirse a la relación que une a Marcelo Tinelli con Guillermina Valdés, ex mujer de Sebastián Ortega, en otras épocas amigo del conductor de ShowMatch.


Las musas que inspiran a Capusotto son de por sí un misterio. Aunque su cuerpo parezca transmitir que sólo ríe cuando la cámara se enciende, lo captura y lo transforma. “El cuerpo de Capusotto es también un elemento fundamental de su éxito”, agrega Quevedo. “Lo corporal siempre es un referente. Pero el de él es un cuerpo castigado, desalineado, una especie de maniquí sobre el que se cuelga cualquier elemento y que lo transforma en un referente en permanente mutación. Creo que en esa mezcla de ingredientes se produce un humor bizarro y único, a la vez reconocible y extraño, nuestro y de otra galaxia, exagerado y realista”.


Arden las superproducciones. Bajan los telones. Cierran las boleterías. Cuando el humor se hace al valor de todo por dos pesos, no hay apatía que resista tanta algarabía televisiva.

Publicado en :

http://veintitres.infonews.com/nota-5313-sociedad-Reirse-mas.html

El voto y las dos necesidades, por Dante Augusto Palma (para “Revista 23” del 29-08-12)




Hace algunos días, entrevistada por Alfredo Leuco en su programa Le doy mi palabra, Beatriz Sarlo realizó controvertidas declaraciones. Allí indicó: “Para decidir un voto libremente no hay que estar muriéndose de hambre, no hay que estar debajo de la línea de la pobreza, no hay que vivir en la Villa 1-11-14. (…) No se le puede exigir a esa gente porque está en condiciones en las que nadie podría pensar”. Tales palabras van en la línea de aquellas realizadas en abril de 2011 por Pino Solanas cuando, entrevistado en C5N, afirmó que “las provincias más pobres no se caracterizan por tener la mejor calidad del voto”. Más allá de tratarse de dos poco felices aseveraciones me interesa retomarlas para hacer algunas reflexiones.

Por lo pronto habría que indicar que aun en el momento en que, al menos Occidente, ha desarrollado democracias elegidas a través de un sufragio verdaderamente universal que no discrimina por género, por nivel cultural o por estatus social, existe, especialmente en las clases altas, un prejuicio consciente de su incorrección política y que, por ello mismo, sólo aparece en pequeños lapsus y en el marco de charlas relajadas. Como se puede inferir de las afirmaciones de Sarlo y Solanas, se trata de la idea de que las grandes masas de pobres, hijas de la desigualdad de un sistema económico, son presa fácil del clientelismo político. En otras palabras, se supone que los desposeídos, en vez de hacer un análisis racional del voto y del ejercicio democrático, actúan movidos por la necesidad y no dudarán en apoyar a quien otorgue algún tipo de dádiva inmediata sea que venga en forma de bolsones de comida o de planes sociales.


En el caso de la Argentina en particular, este prejuicio, a su vez, se reproduce en la relación que se da entre las grandes ciudades y las provincias menos desarrolladas. Así, buena parte de los porteños, de los bonaerenses del primer cordón, de los rosarinos, etc., generalmente entienden que especialmente las provincias del norte argentino, por su “inviabilidad económica” y su atraso educacional, se transforman en rehenes de las ineficientes políticas estatales que en una lógica casi feudal derivan en caudillos que se anquilosan en el poder y manejan los estados provinciales con total discrecionalidad.


Pero entonces ¿se puede hablar de una verdadera democracia existiendo un porcentaje importante de pobres? Expresado de otra manera y suponiendo que una democracia sana se caracteriza por, entre otras cosas, el ejercicio de un voto libre: ¿puede votar libremente un pobre? Desarrollando algo más esta pregunta que se encuentra detrás de la intervención de Sarlo, no resulta descabellado preguntarse si se le puede exigir a alguien con hambre, necesitado y urgido que sea capaz de reflexionar en términos de largo plazo evaluando los pros y los contras de un proceso político. Quizá no quede más que aceptar que, naturalmente, se incline por aquellos que puedan darle soluciones inmediatas que, puede que a la larga, no sean las más convenientes.


Más allá de la incomodidad de la temática, este tipo de interrogantes atraviesan toda la historia desde los griegos hasta la actualidad. En aquella democracia de Pericles, antecedente de las democracias actuales, había isonomía (igualdad ante la ley) e isegoría (igualdad en el uso de la palabra en la asamblea). Además, los ciudadanos participaban libremente de los asuntos públicos y tomaban las decisiones acerca de las leyes que regirían su sociedad pero, claro está, no todos los hombres eran ciudadanos. Las mujeres, los esclavos, los extranjeros, entre otros, se quedaban afuera. Con la modernidad, los sistemas representativos fueron pensados no sólo como una forma de resolver el problema logístico de las grandes poblaciones sino como un modo de alcanzar una suerte de tamiz que fuera filtrando la potencia de las masas de pobres y hambrientos generando en muchos casos una suerte de casta aristocrática de los representantes. Se trata de esa pequeña trampita que se expresa en “el pueblo gobierna a través de sus representantes” cuando lo que acaba sucediendo mayormente es que estos últimos se autonomizan de los deseos de sus representados.


Ahora bien, si vuelve al principio de este escrito notará que hablé de un prejuicio de cierta clase alta ilustrada que no es otro que el que supone que sólo los pobres pueden ser manipulados. En otras palabras, y aquí aparece con fenomenal agresividad el prejuicio de clase, se supone que sólo puede votar libremente el que es propietario, justamente porque, en tanto tal, no debe nada a nadie. Asimismo, este propietario, por su misma condición, tiene más posibilidades de educar bien a sus hijos de manera tal que empiezan a unirse una serie de categorías para afianzar el prejuicio. Así, el buen votante sería el propietario y educado que, en tanto tal, es racional y puede ser libre.

Ahora bien, ¿entonces sólo es libre el que no tiene necesidad, esto es, el que puede salirse del aquí y el ahora que supone tener la panza vacía y ser algo más que un cuerpo biológico hambriento? En otras palabras ¿puede la necesidad bloquear o distorsionar la racionalidad y la libre elección?

Hannah Arendt se plantea este tipo de incomodidades en Sobre la revolución cuando analiza el “hecho de la pobreza” y el modo en que esta, esa abyección que coloca a los hombres bajo el imperio absoluto de la necesidad de sus cuerpos, fue la que catapultó la revolución francesa pero, al mismo tiempo, lo que la hizo nacer sin vida pues “hubo que sacrificar la libertad (…) a las urgencias del proceso vital”. Este fracaso de la revolución de 1789 se contrapone al, según ella, éxito de la revolución estadounidense que no estuvo atravesada por el problema social de la miseria y la indigencia, pues lo que estaba en juego ahí era una disputa por la libertad, algo que podía concretarse simplemente con un cambio en la forma de gobierno.


Pero, entonces, si la necesidad es incompatible con la libertad no podría haber democracia sana mientras haya pobres. Sin embargo, ¿no hay necesidad entre los ricos? Por supuesto que no en el sentido en el que veníamos hablando. Pero hay una segunda manera de entender la necesidad que surge de entenderla de manera más amplia, bastante más allá de lo que los griegos llamaban la zoé, esto es, el aspecto estrictamente biológico-animal del Hombre. Trataré de expresarlo a través un ejemplo: un sujeto de clase alta atravesado por el temor a sufrir un delito, capaz de aceptar un relato que, entre otras cosas, le dice al mismo tiempo que le van a pesificar sus dólares, que no va a poder salir del país, que el country en el que vive será abierto para que ingrese el aluvión zoológico, que los presos están libres, que una agrupación política adoctrina chicos de salita rosa, ¿es libre cuando decide su voto? ¿Su racionalidad llega intacta al cuarto oscuro o más bien votará según el temor de su bolsillo y al candidato que le garantice la satisfacción de las necesidades propias de alguien de su clase? En este sentido, ¿un rico es menos manipulable que un pobre? ¿No podría darse el caso de que los hombres, algo más que meros cuerpos animales, sean claramente manejables cuando sienten que su forma de vida y su estatus social está puesto en cuestión? En este sentido, ¿el voto de las clases altas ilustradas puede juzgarse menos “irracional” que el de las clases bajas? Para ponerlo con un ejemplo concreto comparando distritos cuyo ingreso per cápita es radicalmente diferente: ¿la calidad del voto de la ciudad de Buenos Aires es superior a la de Formosa?


Dicho esto y entendiendo “necesidad” en un sentido más amplio que el estrictamente biológico, se cae en la cuenta de que, si fuese verdadero que los que se hallan en condición de necesitados ven disminuida su libertad de elección, todas las clases sociales serían pasibles de ser manipuladas pues todas “necesitan” algo. Sin embargo quizás exista una sutil diferencia entre las clases bajas y altas pues de la necesidad que padecen los pobres debería seguirse que “donde hay una necesidad, nace un derecho” mientras que, generalmente, de la necesidad que afecta a los ricos se sigue simplemente que “donde hay una necesidad, nace una derecha”.

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http://veintitres.infonews.com/nota-5282-politica-El-voto-y-las-dos-necesidades----.html


La nueva transversalidad, por Tali Goldman (para “Revista 23” del 29-08-12) Kirchnerismo no peronista


Por Tali Goldman



Son sectores que apoyan al Gobierno y participan en secretarías y ministerios. Tras el acto de Vélez decidieron coordinar sus acciones. El apoyo de Boudou y el guiño de Cristina.

Desde los inicios de su mandato como presidente, Néstor Kirchner inauguró un término que se convertiría en uno de los sellos de su gobierno, y en gran parte también en el de Cristina: la transversalidad. En ese vocablo, en esa idea, el ex presidente dejaba en claro que la era que se inauguraba superaba la de cualquier gobierno existente hasta ese momento. Lejos estaba de ser una Alianza como la del 2001, o una simple coalición electoral. La transversalidad implicaba una ideología de fondo, en la cual un gobierno era comandado por un militante peronista pero acompañado por un conjunto de sectores políticos y sociales “nacionales y populares”. La mayoría de ellos, lejos de las estructuras bipartidistas, vinculados a la centroizquierda. Martín Sabbatella de Nuevo Encuentro, Luis Juez del Frente Cívico, o el movimiento Libres del Sur, de Victoria Donda, eran algunos de los referentes o espacios de aquel primer gobierno de la era K. Ya en 2007, con la inminente candidatura de Cristina y Julio Cobos, cuyo lema fue la Concertación Plural, se profundizó la idea de diversidad. Pero el idilio político se diluyó rápidamente luego de la crisis del campo, el batacazo del vice-opositor y el regreso a las alas del PJ.
Sin embargo, la historia reciente y el 54 por ciento de los votos en 2011 volvieron a reconfigurar el panorama y, con ello, el relanzamiento de una nueva transversalidad bajo el famoso lema “Unidos y Organizados”.

En este espacio kirchnerista y “no pejotista” conviven la Confederación Socialista Argentina, cuyos referentes son el diputado nacional Jorge Rivas; el secretario de Relaciones Parlamentarias de la Jefatura de Gabinete, Oscar González, y el ex intendente de Rosario Héctor Cavallero (que viene de juntar en un acto una apreciable cantidad de militantes en tierra firme de otro socialista no kirchnerista, Hermes Binner); Forja o ex radicales K, cuya cara visible es Gustavo López, subsecretario general de la Presidencia; el Frente Grande del que participan la ministra de Seguridad, Nilda Garré y la diputada nacional Adriana Puiggrós; el Partido Para la Victoria, de los diputados Roberto Feletti y Diana Conti; el Partido Intransigente, del ex diputado Gustavo Cardesa; el Partido Comunista del Congreso Extraordinario comandado por Jorge Pereyra, y el Partido Humanista de Lía Méndez.

El leitmotiv que la Presidenta acuñó el último 27 de abril en el estadio de Vélez, organizado por el riñón cristinista de La Cámpora, Movimiento Evita, Kolina y Nuevo Encuentro, entre otros, motivó a estos espacios a organizarse como colectivo.

“Vimos la necesidad de organizarnos con el objetivo de apoyar al Gobierno y profundizar el modelo para frenar cualquier avance de la derecha por fuera y por dentro del kirchnerismo”, explicó a Veintitrés Gustavo López. Si bien no hubo una directiva explícita de la Presidenta, lo cierto es que vio con buenos ojos la iniciativa de estos partidos. Es más, como gesto explícito por parte del Ejecutivo, el vicepresidente Amado Boudou suele participar de diversos actos en todo el país que organizan muchos de estos partidos. En política, esa foto significa el visto bueno de CFK y el guiño de que van por el buen camino. “Fue a partir del acto de Vélez y como consecuencia de un profundo análisis político que vimos la necesidad de organizarnos”, continuó el representante de Forja.

Oscar González, que conforma la reciente Confederación Socialista Argentina, como espacio que nuclea a varias de las organizaciones socialistas del país, cree que después de Vélez surgió la necesidad de confirmar una “izquierda popular”. “Lo interesante de este espacio es que cada fuerza reivindica su propia tradición político-cultural pero todos trabajamos para fortalecer la radicalidad democrática o, como muchos dicen, la profundización del modelo”, explicó a esta revista el miembro de la Jefatura de Gabinete.

Por ahora, todos coinciden en que están en una fase preliminar de búsqueda y diálogo pero de modo más informal. Todavía no hubo ni un encuentro ni un comunicado oficial de este nuevo conglomerado de partidos que se apresta a actuar mancomunadamente. El tema fundamental que está en el tapete y en el cual van a centrar las conversaciones es en el debate por la reforma constitucional y la posible “re-reelección”.

Por otra parte, también está claro que deben fortalecerse de cara a 2013 pero, más que nada, la gran energía estará focalizada en el 2015. Saben que el enemigo que hay que sortear no es fácil y muchos lo identifican inclusive en el propio movimiento. El nombre y apellido nadie lo dice pero todos lo dan a entender: Daniel Scioli. Si hay algo que tienen en claro muchos de los referentes de estos partidos es que no contarán con ellos en un posible volantazo a la derecha. Por supuesto que deberán articular con otros espacios políticos que integran el kirchnerismo y que muchos se convirtieron en su columna vertebral, como la agrupación del hijo presidencial. “Unidos y Organizados” es el gran desafío y, como todo desafío, lo que hay por delante es una gran oportunidad.


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http://veintitres.infonews.com/nota-5306-politica-La-nueva-transversalidad.html



Cuestión de ideología, por Aníbal Fernández (para “Tiempo Argentino” del 02-09-12)



"El peor analfabeto es el analfabeto político."

Bertolt Brecht

Por:

Aníbal Fernández

No es por error. Y quien lo compre como "un error" lo estará pagando carísimo. Cualquier fingido pedido de disculpas, cualquier esbozo aparente de justificación es, en el fondo, sólo un atajo, una parábola que desembocará, inevitablemente, en una nueva prohibición; en un nuevo desatino. Porque lo que empuja su torpeza política infinita son sus convicciones: esa arraigada ideología (aunque no tenga la menor idea de qué se trata cuando se habla de ideología) a la que suma su condición de "tilingo, nene de mamá", caprichoso y engrupido, acostumbrado a que nadie lo contradiga... o casi nadie: apenas, de tanto en vez, el "poder paterno".

Por eso sostengo que no es un error, ni fue ni lo será. No querer que se haga "política" (hablamos de todos los lados, no sólo en las escuelas) es una concepción ideológica. Negarse a que se discuta, se debata, a construir consensos a partir de los disensos, se acuerde y se gobierne en tal sentido es sólo (y nada más que) una postura ideológica.

La prohibición del juego del "Eternauta" es el mejor ejemplo: la lógica pedagógica de este entretenimiento didáctico es precisamente fomentar la participación política: lo que se busca es "sensibilizar a los participantes acerca del respeto, la solidaridad y la acción colectiva y la organización como camino para la transformación de las situaciones de desigualdad e injusticia". ¿Acción colectiva? ¡Madre de Dios! Una idea absolutamente contraria al espíritu individualista y egoísta que propone esta entente de gatos con un perro adentro que han dado en llamar pomposamente Propuesta Republicana (PRO).

Este repúblico de pacotilla que mandaba a espiar a quienes consideraba sus enemigos, que fomenta la delación (todos sus 0800 podrían subsumirse en un 0800-FACHO) y que no le tembló la mano en mandar a golpear a personas en situación de calle… lejos está de las verdaderas vocaciones republicanas. Eso sí, mucha comunicación, mucha propaganda, todo bien pintadito de amarillo y decorado con globos de colores. Marketing. No pasarían un ejercicio básico de democracia de una escuela de gobierno porque su ideología los traicionaría.

Juan José Hernández Arregui decía: "… lo colectivo, en su contorno humano, es el hombre de estas latitudes vivo y multiplicado; el hombre oprimido de nuestras tierras que, además, sabe dónde está la raíz de su desdicha y de su fuerza." Por eso El Eternauta, transformado en un juego de rol en el que el héroe es el grupo, que toma decisiones en conjunto y que protegiéndose unos a otros se llega a cumplir con los objetivos fijados, se vuelve una herramienta poderosa contra la ideología de la salvación propia, el éxito particular y la vanagloria individual que propone el proyecto que representa.

Por eso quiero dejar en claro que es ideológico. Y que quienes los acompañan son portadores sanos de la misma ideología, más allá de participar eventualmente en determinados negocios... como miembros individuales de una sociedad anónima, claro.

No hay error, hay ideología. No hay traspié, hay intencionalidad. No se equivocan, todo lo contrario. Lo hacen con absoluta conciencia. En la búsqueda de imponer, otra vez, un modelo de país que excluya a la mayoría para favorecer a unos pocos. Que les quite a los pobres para darles a los ricos. Que mire hacia Europa o los Estados Unidos y reniegue de su pertenencia sudamericana. Que priorice al Mercado por sobre el Estado. Que favorezca la Economía y niegue la Política.

Y aunque confunda a El Eternauta con el "Néstornauta", a Stalin con una fábrica de caramelos, o crea que hay que darle el pésame a la viuda de Oesterheld porque se murió Neil Armstrong, toda esa ignorancia no quita que lo que hace tiene un sustento básicamente ideológico… ¡Y eso no es chiste!

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http://tiempo.infonews.com/2012/09/02/editorial-84912-cuestion-de-ideologia.php

LA COMPARACIÓN, por Ricardo Forster (para “Revista 23”, septiembre de 2012)


Arriba : Las Juventudes Hitlerianas, su integrante más exitoso, Joseph Ratzinger, y el escritor y propagandista Marcos Aguinis.

Odio, resentimiento, violencia verbal, descalificación, intolerancia, prejuicio, crispación, diatribas e insultos de distinto tipo y tenor parecen ser, cada día, el lugar común de ciertos periodistas y escritores que proclaman, a los cuatro vientos, que ellos son los genuinos custodios de la tradición democrática y republicana.

Algunos eligen como blanco principal la investidura presidencial jugando el juego del desprecio y la incontinencia verbal que los ha llevado, sin pudores, a rebasar los límites del más mínimo decoro y respeto. Otros se dedican, con minuciosidad detectivesca de falsos aprendices de Sherlock Holmes, a denunciar, a través de seudo investigaciones sin correlato material, la infinidad de negociados que, eso dicen, comprometen a un gobierno que ha ganado el premio mayor de la corrupción y la venalidad. Y lo hacen utilizando la espectacularidad mediática, esa usina corporativa que les facilita un denuncismo esquelético y amarillista que, en la mayor parte de los casos, nunca ha pasado de ser una botella lanzada al océano de la desesperación cuando el resto de las armas políticas demuestran su inutilidad para debilitar al oficialismo.

Entrevistas y montajes unidos a una verborragia de stand up y de guiños cool, desenfadados y juveniles buscan, una y otra vez, describir para los televidentes la “realidad de un país tomado por asalto” por una banda de facinerosos que se despliega de norte a sur (de Formosa a Santa Cruz). Nada de matices ni de argumentaciones que se extiendan un poco más allá de la frase relámpago y del golpe de efecto amparado por la imagen justa y a la carta para demostrar que el kirchnerismo es una mera farsa generadora de más miseria y podredumbre moral que su antecesor riojano. Un lenguaje de batalla destinado a librar una guerra de aniquilación en la que el adversario no es merecedor de ningún reconocimiento. No se trata de una disputa de ideas, ni siquiera de un litigio político; su estrategia, que es la de la horadación y el debilitamiento, apunta a la gramática del shock y a la estética de la espectacularización y el golpe bajo que impacte, como un cross a la mandíbula, sobre los espectadores absortos ante tanta decadencia y corrupción. El “otro” es portador de las siete pestes y de todos los males nacionales. Su pasado y su presente son testimonio de su putrefacción o, todavía peor, ejemplo del autoritarismo y la perversión que van conduciendo a las instituciones de la república a su degradación. Un fanatismo de falsos herederos de la memoria popular los convierte en una amenaza para la democracia. Contra esos males se levantan las plumas, las palabras y las imágenes de quienes se disponen a rescatar a la Nación de su envilecimiento populista. Sus estrategias no reconocen límites a la hora de comparar nuestra realidad con los peores regímenes de la historia nacional e internacional. Volveré sobre esta cuestión.

Sus cruzadas anticorrupción nos regresan, como un flashback alucinatorio, a la década del ’90 en la que su progresismo light se alimentó de esa interminable acción denuncista que corría pareja con la más profunda despolitización de la sociedad. Una nostalgia recorre los vericuetos de ciertas almas en pena: añoran la época en la que algunos periodistas representaban, a los ojos de una opinión pública desconcertada y apática, la quintaesencia de la virtud, del heroísmo y de la acción reparadora mientras el Estado y la política nos conducían al infierno. Fueron, durante un tiempo en el que se proclamó la muerte de las ideologías y el fin de la historia, los fiscales de la patria, los heraldos representantes de una sociedad amordazada y desorientada que creyó descubrir en esos nuevos héroes a sus voceros inmaculados. Sacaron pecho ante una épica que los colocaba en el ojo de la tormenta. Se creyeron los “elegidos” mientras la sociedad iba camino hacia una catástrofe anunciada que, eso sí, no hicieron nada por descifrar en sus verdaderas causas y responsabilidades. Amaron ser los ídolos de una época vacía de ideales. Disfrutaron con el estrellato y su incorporación al mundo de las celebridades mediáticas. Soñaron con una prolongación infinita de esa alquimia malsana de sociedad del espectáculo, despolitización, neoliberalismo, invisibilización y fragmentación de lo social, desesperanza generalizada, nepotismos gubernamentales, progresismos políticamente correctos capaces de “olvidar” el núcleo verdadero de la injusticia y la desigualdad en nombre de un abstracto ideal republicano siempre por alcanzar y del que ellos eran los virtuosos defensores en un tiempo de indigencias morales y políticas.

Su utopía se había realizado: sin plazas públicas como sitios míticos de la presencia popular, sin horizontes emancipadores devorados por los fuegos implacables del mercado global y las derrotas que se llevaron cuerpos e ideas, sin palabras y conceptos capaces de quebrar la hegemonía de los poderes reales, sin rebeldías desafiantes ni sujetos portadores de una memoria de los oprimidos, lo único que quedaba, a sus ojos sin nostalgia, cuando todo se había evaporado, era el virtuosismo de las estrellas del periodismo, los últimos sujetos de una historia sin sujetos que había incluso dejado de llamarse “historia” para convertirse en espectáculo de masas indigentes arrojadas del otro lado del umbral civilizatorio. Ellos fueron, y lo seguirían siendo, los custodios de la moral pública, de la rectitud republicana y del heroísmo democrático. El resto, sobre todo el pueblo definitivamente ausentado para transformarse, por arte y magia de las palabras, en “la gente” (bajo la condición de volverse ciudadanos consumidores de la aldea global y ya no oscuros habitantes de suburbios plebeyos y amenazadores), no sería otra cosa que espectadores pasivos de actuaciones mágicas y virtuosas.

Nicolás Casullo, al que suelo recurrir para que nos aclare con su destreza crítica la trama profunda del dispositivo ideológico-mediático que se puso en movimiento para garantizar la continuidad de la hegemonía neoliberal, describe con minuciosidad analítica cómo funciona esa máquina cultural-política: “La ultrainformación como forma de vida naturalizada, el noticiero enervante, el documentalismo periodístico de impacto, las ‘espontáneas’ transmisiones de exteriores con camiones móviles donde la ‘realidad se muestra por sí sola’, el permanente diálogo con ‘la gente’, las nuevas formas de la realidad-ficción que imperan en los acontecimientos convertidos constantemente en temas fuertes, el pasaje de una lógica trágica de la literatura al universo informativo, la construcción diaria de la víctima, del terror, del desastre, de la amenaza, del límite, del chivo expiatorio, de la muerte, del ‘mal’, gestan un mercado actuante –a través de sus empresas mediáticas tan privadas como monopólicas– desde una lógica e interés político cultural y político ideológico. Esto expone una permanente construcción política de la realidad de alcances globales, o nacionales. Construcción en cada casa, en cada hogar, en cada mirada, en cada escucha, frente a la cual la política a secas, la clásica […] tiene escasas o casi nulas posibilidades de hacerle frente adecuadamente en tanto actores de un conflicto […]. Esta construcción, que codifica en cada sujeto (con gran poder de generación y regeneración de sentidos) la mirada sobre lo social, es el auténtico fondo de escena donde se constituye una sociedad de derecha, desde expresas funcionalidades argumentativas. Y que no implica ya enunciaciones políticas explícitas ‘de derecha’ a la manera tradicional de un previsible posicionamiento programático clásico”. Eso hace posible, si seguimos la argumentación de Casullo, que antiguos “progresistas”, de aquellos que iniciaron sus intervenciones periodísticas en la época de la desesperanza que siguió a Semana Santa del ’87 y que cristalizó en la década menemista, hoy, ganados por un resentimiento nacido de un radical cambio de la realidad histórica y de su propio lugar como “fiscales de la patria”, se hayan convertido, para sorpresa de muchos, en la vanguardia mediática de la derecha.

Pero dejemos por ahora los vericuetos de esas metamorfosis que no dejan de impresionar por su contundencia y detengámonos en un artículo publicado en La Nación por el escritor Marcos Aguinis. Su título sin eufemismos es: “El veneno de la épica kirchnerista” y, como para estar a la altura del arte de la infamia, el autor se dedica a describir la desolación moral del liderazgo presidencial y de las organizaciones políticas y sociales que lo acompañan. Pero si eso fuera todo, una artillería canalla que intenta convertir a un gobierno democrático en la quintaesencia del autoritarismo y la corrupción, no estaríamos sino frente a más de lo mismo. Lilita Carrió ha pronunciado, con su tono de profetisa fallida, frases más ingeniosas y apocalípticas que las que nos ofrece Aguinis. La cuestión más grave es otra: en su artículo hace un ejercicio de comparación histórica que, por su desmesura y su aberración, no puede causar sino asombro viniendo como viene de la pluma de quien conoce muy bien lo que ha sido el nazismo, las juventudes hitlerianas y la construcción del universo concentracionario. Como judío, Aguinis les falta el respeto a las víctimas de la Shoá al establecer una inaudita comparación entre aquel sistema de exterminio y sus cuadros militantes y las organizaciones políticas que acompañan a un gobierno democrático. La sombra del negacionismo revolotea sobre el artículo de Aguinis allí donde si la Argentina de hoy es comparable, incluso con déficits morales en detrimento nuestro, a la Alemania hitleriana es que algo de lo que sucedió allí o es falso o nos narraron mal la historia.

Dejemos que sea el propio Aguinis el que nos ofrezca su delirante equivalencia: “Las fuerzas (¿paramilitares?) de Milagro Sala provocaron analogías con las juventudes hitlerianas (¿en quién, Aguinis, además de usted y algún otro trasnochado?). Estas últimas, sin embargo, por asesinas y despreciables que hayan sido, luchaban por un ideal absurdo pero ideal al fin, como la raza superior y otras locuras (para Aguinis, y el subrayado es mío, el discurso y la práctica del exterminio pueden ser considerados “ideales”). Los actuales paramilitares kirchneristas (ahora desaparecieron los signos de interrogación y, directamente, las califica como fuerzas paramilitares que, como es sabido, constituyen una fuente de peligro antirrepublicano y antidemocrático que salen a la persecución de los defensores, como Aguinis, de la civilización), La Cámpora, y el Evita, y Tupac Amaru, y otras fórmulas igualmente confusas (hasta abarcar a todo el espectro malsano y paramilitar de las organizaciones kirchneristas por si alguna quedaba fuera de la clasificación criminológica aguiniana), en cambio han estructurado una corporación que milita para ganar un sueldo o sentirse poderosas o meter la mano en los bienes de la nación”. Hasta acá un Aguinis que, quizás y para ser algo indulgentes, pasó una noche de extrañas pesadillas y más extrañas alucinaciones. Supongamos incluso que tomó alguna sustancia alucinógena que lo llevó a escribir lo que escribió. Pero, después, tuvo tiempo de despertarse, lavarse la cara, leer lo que escribió y corregirlo. Pensemos, por qué no, que el editor de La Nación tuvo tiempo de interpelarlo y mostrarle el significado salvaje de su comparación. Pero no, nuestro escritor siguió con lo suyo y decidió que no se corriese una sola coma.

Nuestra incredulidad termina allí donde Aguinis banaliza el horror nazi y, por sobre todas las cosas, arroja sobre las reales víctimas del universo Auschwitz la brutal sombra de la duda al ejercitarse en una comparación no apenas inverosímil sino profundamente negacionista, porque si lo que sucede en la Argentina, si las organizaciones políticas y sociales a las que hace referencia son todavía “peores que las juventudes hitlerianas” ya que, al menos, estas últimas “tenían ideales” mientras que las primeras son fuerzas de la corrupción, quiere decir que la Alemania nazi no fue algo espantoso en donde no existía libertad de prensa ni oposición política, ni fue un régimen exterminador que desencadenó una guerra que costó 60 millones de muertos ni basó su ideología en un biologismo racista que llevó a las cámaras de la muerte a millones de judíos, gitanos y homosexuales. O tal vez, y no nos hemos dado cuenta, todo eso está sucediendo ahora mismo en nuestro país. La impudicia de Aguinis no tiene límites, de no ser él un escritor judeo-argentino no dudaríamos en estar delante de un antisemita que se dedica a trivializar al nazismo en función de su odio patológico hacia un gobierno que respeta las libertades públicas, el Estado de derecho, la multiculturalidad, la diversidad étnica y religiosa como no se había hecho en el pasado. Cuando, en función de la lógica del odio y el prejuicio, se pasan ciertos umbrales, ya no estamos delante de una disputa genuina en el interior de una sociedad democrática, que sabe y debe aceptar las diferencias, sino que algunos acaban por hundirse en el pantano de la malversación ética.

Publicado digitalmente en :

http://www.e24n.com.ar/ini/index.php?option=com_content&view=article&id=2181:la-comparacion-por-ricardo-forster&catid=36:nacionales&Itemid=55

Alberdi y la reforma constitucional, por Alberto Lettieri (para “Infonews” del 02-09-12)


Por:

Alberto Lettieri

En las últimas semanas, el debate sobre una eventual reforma constitucional que podría incluir una reelección presidencial sin restricciones adquirió un notorio protagonismo en la opinión pública. Los objetores a su realización han adoptado un discurso institucionalista que pretende identificar democracia con statu quo constitucional, adjudicando simultáneamente oscuras pretensiones y convicciones autoritarias.
Las razones esgrimidas son, básicamente, de dos clases: morales o éticas, y teóricas, apelando en este último caso a la obra y el pensamiento del gran arquitecto de la Constitución liberal-oligárquica de 1853, Juan Bautista Alberdi.

Constituciones y dogmas.

A diferencia de los textos dogmáticos, considerados sagrados por las religiones, y por lo tanto, inmodificables, ya que Dios o los profetas hablaron una vez y para siempre, convicción que conduce a sus sacerdotes y devotos a resistir sistemáticamente el cambio social, en la medida en que las nuevas prácticas entran en colisión con los fundamentos doctrinarios –divorcio, familias ensambladas o monoparentales, matrimonio igualitario, etc. constituyen ejemplos claros en este sentido–, las constituciones, para resultar eficaces, deben expresar adecuadamente la relación de fuerzas sociales, los proyectos y las expectativas predominantes en una sociedad, en los tiempos contemporáneos y no en los pretéritos, para evitar su caída en desuso o su contracción con los comportamientos o los consensos sociales vigentes. Los norteamericanos marchan a la cabeza de las sociedades que así lo entendieron, sin que esta decisión haya merecido sospechas de autoritarismo o de encubrimiento de propósitos oscuros. Por el contrario, sólo los pensadores reaccionarios han apostado a dificultar o tratar de impedir el cambio social manteniendo el inmovilismo constitucional, para mantener artificialmente la vigencia del antiguo régimen.

De este modo, la necesidad de una reforma que vaya mucho más allá de habilitar la reelección indefinida e incorpore los cambios operados en nuestro país a partir del 2003, no sólo en términos económicos o políticos, sino también en cuanto a fundamentos filosóficos de democratización, funciones sociales del Estado, privilegio de la dimensión nacional y popular, integración latinoamericana, distribución social de la riqueza, etc., se sostiene no sólo en una extensa biblioteca de prestigiosos políticos, sino también en los ejemplos históricos concretos y en un elemental sentido común que asocia la voluntad mayoritaria con el libre ejercicio de la soberanía popular.

Alberdi: las Constituciones como productos históricos.

Puesto que las impugnaciones teóricas a la posibilidad de una reforma en la actualidad se han inspirado en la obra de Alberdi, nada mejor que consultar al propio arquitecto de la Constitución de 1853, releyendo su obra paradigmática, Las Bases, escrita poco después de la caída de Rosas.
Desde un primer momento, Alberdi les juega una mala pasada a los “institucionalistas” actuales, al afirmar que las Constituciones deben expresar una “vocación política que está llamada siempre a satisfacer intereses y circunstancias” concretos, traduciendo adecuadamente las relaciones de fuerza existentes en la sociedad. Habida cuenta del equilibrio de fuerzas existente en 1852, consideraba que el éxito de un texto constitucional dependía de su capacidad para colmar las expectativas de la clase dominante –la oligarquía agroexportadora–, combinando fundamentos básicos del liberalismo con una matriz estatal autoritaria y adecuada para instrumentar un agresivo proceso de cambios.

Para Alberdi, era “utopía el pensar que nuestras actuales constituciones, copiadas de los ensayos filosóficos que la Francia de 1789 no pudo realizar, se practiquen por nuestros pueblos, sin más antecedente político que doscientos años de coloniaje obscuro y abyecto. Utopía –concluía– es pensar que podamos realizar la república representativa (…) si no alteramos o modificamos profundamente la masa o pasta de que se compone nuestro pueblo hispanoamericano”.

Sin embargo, no podían faltar esos principios e instituciones liberales como fundamentos de una Constitución que debía oficiar, a su juicio, como carta de presentación de un Estado “civilizado” y confiable ante la comunidad internacional. La estrategia adoptada consistió en retacear a las clases subalternas los derechos y garantías que les aseguraba la norma, con el fin de favorecer la sobreexplotación y la concentración de la riqueza. Esta arquitectura autoritaria fue definida como “República Posible”, y únicamente debería dejar paso a la “República Verdadera” una vez que el cambio se hubiera concretado y modificado las relaciones de fuerza en la sociedad. Por esa razón, advertía que la “constitución próxima (1853) tiene una misión de circunstancias, no hay que olvidarlo. Sería poco juicioso aspirar a satisfacer de una sola vez todas las necesidades de la República. Es necesario reconocer que sólo debe constituirse por ahora cierto número de cosas, y dejar el resto para después.”

Alberdi y la reforma constitucional.

Alberdi consideraba que el éxito de una constitución derivaba de su permanencia. Sin embargo, aceptaba que el cambio social debía acompañarse de una indispensable reforma. Contextos históricos en que “todos convienen en que las ideas llamadas a presidir el gobierno y la política de nuestros días son otras que las practicadas hasta hoy. Sin embargo, las leyes fundamentales, que son la regla de conducta y dirección del gobierno, permanecen las mismas que antes. Su conclusión era taxativa: “Demos colocación a estas ideas en las leyes fundamentales del país –alentaba–, hagamos de ellas las bases obligatorias del gobierno, de la legislación y de la política.” Es decir, no debía adecuarse la realidad a la constitución, sino la constitución a la realidad.

Constitución y conducción.

“¿Qué será de la Confederación Argentina el día que le falte su actual Presidente (Urquiza)?” –se preguntaba Alberdi–. Si la constitución es adecuada y oficia como carta de navegación confiable para una sociedad, bastará con un nuevo capitán que sepa observarla para garantizar el rumbo. Sin embargo, esto no era una norma universal. En “la vida de las naciones se han visto desenlaces que tuvieron necesidad de un hombre especial para verificarse. ¿Quién sabe si la Constitución que ha hecho la grandeza de los Estados Unidos hubiese llegado a ser una realidad, sin el influjo de la persona de Washington? Muy peligroso es equivocarse en dar por llegada la hora precisa de emancipar la obra del autor, porque un error en ese punto puede ser desastroso”.

La nave del Estado nacional y popular avanza incontenible en la Argentina actual, conducida con mano firme y segura. Mantener la vigencia de los principios individualistas y autoritarios –en clave liberal-conservadora, consagrados en 1853, o neoliberal (1994)– constituye un grosero despropósito, en abierta contradicción con la teoría política, las experiencias históricas y hasta con un elemental sentido común. Se ha demostrado cómo la opinión de los “institucionalistas” actuales confronta groseramente con la del propio Alberdi, al cual inopinadamente invocan. Por si esto fuera poco, el tucumano nos provee de una última definición de constitución como “revolución codificada”, que permite describir de maravillas el próximo cimiento a colocar en el proceso de construcción de una sociedad. definitivamente democrática.

Publicado en :

http://www.infonews.com/2012/09/02/politica-36749-alberdi-y-la-reforma-constitucional.php

sábado, 1 de septiembre de 2012

El modelo económico de la Constitución, por Dante Augusto Palma (para Revista “Veintitrés” el 23-08-12)



“Frente al capitalismo moderno, ya no se plantea la disyuntiva entre economía libre o economía dirigida sino que el interrogante versa sobre quién dirigirá la economía y hacia qué fin” (Arturo Sampay)

A 18 años de la sanción de la última reforma constitucional en Argentina, se va instalando en el debate público la posibilidad de que el oficialismo promueva una nueva transformación del texto fundacional. Desde la oposición, claro está, interpretan que este avance se encuentra movido más por las dificultades que el kirchnerismo posee en su interior al momento de garantizar la sucesión en 2015, mientras que la respuesta, no oficial, pero sí de grupos o referentes que acompañan el actual proceso, es que el cambio histórico que se ha producido en la Argentina en los últimos 10 años debe plasmarse en un texto constitucional que garantice la perdurabilidad de lo conseguido.

Dicho esto, una lectura algo superficial podría indicar que este tipo de debate no es novedoso y que muchas veces, aunque por distintas razones, a lo largo de la historia de nuestro país, se han propuesto reformas constitucionales. De hecho, aquel texto inicial de 1853 sufrió cambios en 1860, 1866, 1898, 1957 y 1994. Sin embargo estas transformaciones no fueron estructurales ni afectaron el espíritu de la Constitución. Por tomar un ejemplo, en la reforma de 1898 por razones de crecimiento poblacional se cambió aquella norma que indicaba que debía haber un diputado cada 20000 personas y también se alteró la regla que indicaba que los Ministerios debían ser 5. En la de 1957, más allá de su importancia, solamente se agregó un artículo (el 14 bis) y en la de 1994, entre otras cosas, se le dio jerarquía institucional a tratados internacionales vinculados a Derechos Humanos, se creó el senador por minoría y la figura del Jefe de Gabinete, y se redujo la extensión del mandato presidencial de 6 a 4 años aunque se incluyó la posibilidad de una reelección inmediata.

Ahora bien, el kirchnerismo, guste o no, ha realizado una serie de transformaciones de carácter estructural que se han concretizado a través de la ley ordinaria, esto es, sin tener que recurrir a una reforma constitucional. Tales transformaciones llevan a algunos a afirmar que se está en un contexto análogo al que se vivió durante el primer peronismo y que conllevó la única reforma constitucional que afectaba los principios de aquella de impronta alberdiana, esto es, la reforma de 1949 ideada por Arturo Sampay que fue derogada un año después del golpe de la autodenominada “Revolución libertadora”.

Pero además, el caso de la Argentina actual podría incluirse en el natural proceso de reformas constitucionales que se vienen sucediendo en Latinoamérica a partir de los nuevos textos fundacionales de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Más allá de las especificidades de cada país, se trata de aquellos pueblos que más han sufrido los embates del neoliberalismo en los años 90 y que han decidido, a partir del siglo XXI, recurrir a liderazgos que han intentado recuperar la idea de un Estado vigoroso. Algunos autores enmarcan esta ola de reformas en lo que denominan “Nuevo constitucionalismo latinoamericano” y, no casualmente, lo vinculan con los procesos de trasformación que bajo el paraguas del llamado “Constitucionalismo social” de mediados del siglo XX, produjo profundas transformaciones en muchos países. En esta línea, por ejemplo, Gargarella y Courtis afirman que la primera ola de reformas se vinculaba al contexto pos crisis de 1929 y la consecuente puesta en tela de juicio de los principios económicos liberales que llevaron a esa debacle. En ese contexto, la respuesta en lo económico fue el auge de políticas keynesianas y en lo jurídico la ampliación de la participación política y la inclusión de los derechos sociales y económicos que eran exigidos desde hacía décadas en las luchas de los trabajadores socialistas, comunistas y anarquistas. En este sentido, siempre en el ámbito latinoamericano, a la ya mencionada reforma de 1949 en Argentina se puede sumar la de Costa Rica en ese mismo año y anteriormente la de Brasil (1937), Bolivia (1938), Cuba (1940) y Ecuador (1945).

Ahora bien, más allá de esta historización, como bien indican los autores recién mencionados, hay una pregunta que debe responder cualquier proceso constituyente, esto es: ¿Cuál es el problema existente en el orden ya constituido que es necesario resolver a través de una Reforma Constitucional? Para comprender mejor este interrogante sirven de ejemplo los casos mencionados anteriormente pues en la década del 30 y el 40 lo que había que resolver era el problema de la “inserción democrática” de los nuevos actores que aparecían como parte de eso que se conoció como “democracia de masas”. Por otra parte, más cercano en el tiempo, por ejemplo, la reforma en Bolivia en 2009, sirvió para visibilizar una importante cantidad de población indígena que estuvo históricamente subsumida a las decisiones de las minorías occidentalizadas. ¿Pero hay, en la Argentina, algún asunto de tal magnitud? Muchos dirán que no, sin embargo bien cabe interrogarse si es un tema menor que la matriz del liberalismo económico se encuentre enraizada en la Constitución de manera tal que cualquier política de un gobierno popular acabe teniendo límites invulnerables. En otras palabras, podríamos estar ante en el caso de una Constitución cuyo espíritu vaya en contra de los intereses populares, al fin de cuenta, el único poder constituyente legítimo. ¿Pero es esto así? ¿Acaso una Constitución puede imponer límites a la política económica de un gobierno legítimo y con amplio apoyo? Para indagar en tal interrogante bien cabe consultar al ya mencionado Alberdi, factótum de la Constitución de 1853. Para ello me serviré de un texto que el tucumano publicara en 1854, titulado Sistema económico y Rentístico de la Confederación Argentina. Allí, para escándalo de los liberales actuales, Alberdi no sólo reconoce que la Constitución no es neutral en materia de orden económico sino que, de hecho, considera necesario explicitar y sistematizar los principios económicos que ésta defiende. Así, en la introducción del texto mencionado afirma: “Y sobre todo porque están dados ya en la Constitución los principios en cuyo sentido se han de resolver todas las cuestiones económicas del dominio de la legislación y de la política argentina” (…). Al legislador, al hombre de Estado, al publicista, al escritor, sólo toca estudiar los principios económicos adoptados por la Constitución, para tomarlos por guía obligatoria en todos los trabajos de legislación orgánica y reglamentaria. Ellos no pueden seguir otros principios, ni otra doctrina económica que los adoptados ya en la Constitución (…) La Constitución Federal Argentina contiene un sistema completo de política económica”.

Explicitada la idea de que la Constitución Argentina presupone un modelo económico queda ahora responder cuál es ese modelo. Y aquí, nuestro autor, lo aclara sin ningún tipo de ambages: “En medio del ruido de la independencia de América, y en vísperas de la revolución francesa de 1789, Adam Smith proclamó la omnipotencia y la dignidad del trabajo; del trabajo libre, del trabajo en todas sus aplicaciones -agricultura, comercio, fábricas- como el principio esencial de toda riqueza (…). Esta escuela [económica iniciada con Smith], tan íntima, como se ve, con la revolución de América, por su bandera y por la época de su nacimiento (…), a esta escuela de libertad pertenece la doctrina económica de la Constitución Argentina, y fuera de ella no se deben buscar comentarios ni medios auxiliares para la sanción del derecho orgánico de esa Constitución”. Dicho esto, resulta claro cuál será el lugar que la Constitución le da a la posibilidad de intervención estatal en la economía o a algún tipo de política económica activa del Estado en pos de una redistribución de la riqueza: “En efecto, ¿quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza? El gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza. (…) En este sentido, ¿qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Para que no queden dudas, algunas líneas más adelante, Alberdi, aclara “La Constitución argentina de 1853 es la codificación de la doctrina que acabo de exponer en pocas palabras”.

En síntesis, es de esperar que aquellos más interesados en mantener el statu quo promuevan la idea de que la posibilidad de una reforma constitucional obedece solamente al intento kirchnerista de eternizarse en el poder. Será responsabilidad de aquellos a los que nos interesan los cambios estructurales mostrar que una reforma constitucional debe ser bastante más que eso.

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