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22 oct 2026
La diplomacia, en su estado más puro, rara vez se trata de construir puentes; se trata de calcular meticulosamente cómo cruzar los puentes del enemigo antes de que este los detone.
En un encuentro reciente con los recién graduados que ingresan al Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov dictó lo que solo puede describirse como una cátedra de crudo realismo geopolítico. Lejos de discursos idealistas sobre la paz mundial, el mensaje a la nueva generación fue contundente: han entrado a la arena internacional en el momento exacto en que la hegemonía occidental colapsa, y deben estar preparados para una lucha sin cuartel en múltiples frentes, desde la guerra mediática hasta la arquitectura de seguridad euroasiática.
Como advertía Maquiavelo, quien construye sobre promesas ajenas construye sobre lodo. Lavrov desmanteló brutalmente la ilusión de que el reciente pacto del diésel con Estados Unidos y la llegada de enviados como Kushner o Witkoff signifiquen una verdadera reconciliación. "La política es sucia", declaró abiertamente, recordando cómo EE. UU. utiliza los acuerdos económicos como simples herramientas tácticas para estabilizar sus propios mercados antes de las elecciones. La advertencia central que resonó en el ministerio fue definitiva: "Como fue hasta febrero de 2022 en nuestras relaciones con Occidente, nunca más volverá a ser así".
Estamos viendo la formación de una diplomacia diseñada para un mundo multipolar e implacable. ¿Está Rusia preparando a sus cuadros para un nuevo bloque euroasiático indomable, o se están encerrando en una paranoia institucionalizada permanente?

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