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domingo, 27 de septiembre de 2026

Democracia: voces sin oídos; salida sin bienvenida, por Dante Augusto Palma

En Grafton, USA, ña experiencia libertaria que acabó con un ciudad repleta de basura e invadida por los osos



Nick Land es el teórico más relevante de la denominada Ilustración oscura. Tan provocador como interesante aunque, por momentos, también ininteligible, el autor de Fanged noumena, fue virando sus posicionamientos desde el cyberpunk y una izquierda cuasiposmoderna con Nietzsche, Deleuze y Bataille como referentes, hasta transformarse en el corazón del movimiento neoreaccionario aceleracionista. Hoy en día es una suerte de pensador de culto afincado en China que ha pasado de los nichos académicos y la marginalidad de las redes a ser parte de los debates en los principales centros de poder.


En esta ocasión, me interesaría hacer algunas reflexiones críticas acerca de uno de sus planteos bajo la sospecha de que allí podríamos encontrar una de las claves para la harto trillada crisis de la democracia en Occidente. Para ello, puede ser útil repasar su artículo “Los neorreaccionarios se dirigen hacia la salida”, donde Land hace suya la ya famosa declaración de Peter Thiel, quien allá por 2009 afirmara “Yo no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.


La clave interpretativa aquí es más o menos clásica: la democracia es entendida en clave rousseauniana como representación de la voluntad popular, imposición de la igualdad por sobre la libertad y, en la lógica libertariana, expansión infinita del Estado. De todo esto hay que escapar y para expresar su punto de vista, ya en 2012, Land utilizaba una contraposición muy particular deudora de Albert Hirschman: 


“Frente al clásico Igualdad vs. Libertad, Voz vs. Salida es la alternativa en alza, y los libertarios están optando por una fuga sin voz. Patri Friedman comenta ‘Creemos que la libre salida es tan importante que la hemos postulado como el único Derecho Humano Universal’”.


Analizando en profundidad, observamos que Land entiende que lo propio de la democracia es la “voz” y allí incluye votar, protestar, organizarse políticamente, controlar y presionar a los gobiernos, participar del debate público. Pero lo más importante es que, según el autor, no debemos pasar por alto que todas estas características de la voz apuntan a un ciudadano que pertenece a un sistema y lo quiere cambiar desde adentro: quien protesta, quien argumenta, quien se organiza, etc., busca modificar el estado de cosas. No pretende salirse. Ejemplos de este tipo los vemos cada día en cada ciudad; ejemplos de quien decide salirse, no tantos, pero el más ilustre podría ser el de Diógenes, el cínico. Conocido como “el perro”, por comportarse como tal, su actitud era una afrenta a la cultura, a la vida en sociedad, al nomos. Dado el rol que ocupaba la palabra en la polis griega, Diógenes no participaba de los debates argumentando. Él simplemente ladraba. Y cuando se cansaba de ladrar y venía el invierno, se iba a otro sitio.        

  

Ese espíritu cínico es el que recupera Land para libertarios y neorreaccionarios: no se trata de cambiar la sociedad o el sistema desde adentro. Se trata simplemente de irse a otra jurisdicción. En las últimas décadas ha habidos sendos ejemplos de espíritus libertarianos, algunos más o menos ideologizados, que buscaron salidas, casi siempre quejándose de los impuestos y el paternalismo estatal para vivir en comunidades de átomos cuyo desenlace no fue el mejor. Una de ellas, Grafton, que dio lugar al libro A Libertarian Walks Into a Bear, de Matthew Hongoltz-Hetling, terminó convertida en una historia casi absurda de osos, basura y altercados insólitos, todo por la enorme dificultad para establecer mínimos acuerdos de cooperación y acción colectiva. 


En este punto, un par de aclaraciones necesarias: al igual que para Thiel, en Land, un Estado mundial sería el Anticristo. La razón es que sería imposible la salida. No habría Exit sino solo Voice. Llegados a este punto, podría preguntarse, ¿y cuál sería el problema que solo hubiera voz para modificar el sistema? Allí aparece el concepto de Catedral, esto es, la red de instituciones que produce y reproduce la ideología dominante de la sociedad contemporánea, especialmente universidades, medios de comunicación y burocracias culturales. Ellos son la Catedral y Land toma esta categoría de Curtis Yarvin para mostrar cómo en el mundo secularizado el progresismo nos impone sus dogmas, sus libros sagrados y sus santos. ¿Qué voz puede haber si la voz de los que protestan está modelada por el propio sistema? ¿Qué control, qué contraposición, qué cambio profundo puede surgir de allí? Las supuestas diferencias son internas al sistema, son “lo que el sistema permite” para fingir estar en movimiento. Parafraseando al poeta argentino Oliverio Girondo, “el telón cerrado simula un telón entreabierto”. 


Asimismo, un elemento que merecería más desarrollo pero que vale mencionar para entender las posibilidades de un Exit real: al igual que el ya mencionado Yarvin, Land cree que el gobierno debe reproducir la estructura jerárquica de una empresa con accionistas y un CEO que toma las decisiones. Lo más cercano a un gobierno absolutista donde los ciudadanos son clientes, consumidores y donde el Estado no pertenece al pueblo sino al gobernante. Esto no es una interpretación, es Land puro. Ser propietario de un Estado le da al soberano incentivo de protegerlo y darle bienestar a los consumidores y ganancias a los accionistas. ¿Qué hacer si no nos gusta? Irnos. Así es la lógica del mercado y los Estados estarían en una competencia hobbesiana de mercado: la empresa/Estado que me ofrece un “mejor producto” se verá beneficiada por tener más clientes. Y el Estado mal administrado por el soberano propietario iniciará una sangría. No habrá voz. El único regulador es la salida como cuando cambiamos de empresa de servicios porque hay una que nos ofrece una oferta mejor o porque la actual nos cobra mucho y funciona mal. La competencia (entre Estados entendidos como empresas), reemplaza al voto.   


Y a este punto quería llegar con el beneficio de estar reflexionando casi 15 años después del artículo de Land y, sobre todo, habiendo sido testigo del modo en que estas ideas pasaron a formar parte del ecosistema de candidatos que llegaron al gobierno, llámese Javier Milei y/o, en menor medida y con matices e internas, el Donald Trump 2.0. Sobre todo porque, como les decía al inicio, la contraposición entre Voz y Salida puede ayudarnos a entender, al menos en parte, la crisis de nuestras democracias.


Esquemáticamente, Land nos propone dos opciones. La voz: no me gusta el sistema, intento cambiarlo. La salida: no me gusta el sistema, entonces me voy. La democracia pretende garantizar fundamentalmente lo primero; el mundo competitivo que imagina Land pretende potenciar el segundo. Pero qué sucede cuando me quedo y no tengo voz o, lo que es peor, cuando la tengo, pero nadie me escucha. Esto es, formalmente el sistema me permite intentar cambiar todo lo que quiera, pero no existen los oídos receptores de ese reclamo y/o es el propio sistema el que lo mantiene anestesiado. Alguien podría sugerir que, entonces, es hora de salir. Es posible pero cómo y a dónde. Aquí la gran paradoja es que los que pueden salir son o los que lo tienen todo o los que no tienen nada que perder. Los primeros salen para evitar pagar impuestos; su salida es fiscal y la puerta la tienen abierta de por vida. Son siempre bienvenidos. En cuanto a los segundos, salen porque cualquier opción de mierda es mejor a la mierda en la que viven; su salida es vital. La puerta la tienen abierta en la medida en que trabajen de lo que los ciudadanos del país receptor no quieren trabajar. E incluso así, es probable que la puerta ya se esté cerrando. Bienvenidos no fueron nunca. En el mejor de los casos, aceptados como mal necesario.   

Estamos, entonces, ante sociedades que destruyen simultáneamente la Voz (por muda o por carencia de escucha) y la Salida (porque incluso los que pueden salir, salvo un grupo selecto, no son bienvenidos). No puedo transformar, pero tampoco me puedo ir; no puedo modificar las condiciones de desigualdad, pero tampoco tengo la libertad para buscar una alternativa. Estando adentro nadie me ve; estando afuera todos me señalan.


Dicho esto, incluso podría plantearse que no solo está fallando la democracia (la Voz) sino también el capitalismo que tampoco me permite salir. Es de suponer que Land respondería que este último falla por las regulaciones, porque no lo hemos liberado y todavía le retenemos su destino de aceleración, pero lo cierto es que las experiencias más o menos cercanas no están ofreciendo los mejores pronósticos, además de que la posibilidad de Salir parecería presuponer unas condiciones de hospitalidad y puertas abiertas que, paradójicamente, quienes defienden este tipo de enfoques libertarios en la actualidad, suelen rechazar, como si hubiera clientes de primera y de segunda e hiciera falta avanzar en el sacrilegio de intervenir en el mercado de competencia interestatal creando muros y cerrando puertas. 

Land presupone que hay algo inherente a la democracia que la transforma en un caso perdido. Por ello apuesta por la libertad entendida en el sentido libertariano. Cabría preguntarse qué sucede cuando un tiempo que parece ser más receptivo a este tipo de ideas, en paralelo ofrece cada vez menos posibilidades de escape. 


Si no hay salida, que al menos haya voz; y si no hay voz, que al menos haya salida. Porque quizá la verdadera crisis no consista en que nuestras sociedades hayan elegido entre Voice y Exit. Más bien, sospecho, la crisis aparece porque están comenzando a cerrarse ambas puertas al mismo tiempo.

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