Estamos hipercomunicados. Todo el tiempo. El celular es un compañero tan fiel como los zapatos. Hay infinidad de redes sociales de diverso tipo… Instagram, Tik Tok, X-Twitter, Facebook, Bluesky y otras menos conocidas-o al menos menos conocidas para mí-. Leemos, miramos, publicamos, estamos en contacto con miles de personas todos los días, pero a la vez estamos aislados. No solo no tenemos claro cuál es la real relevancia, el real alcance, de lo que publicamos, sino que ni siquiera sabemos si estamos en presencia de bots o IA. Incluso han aparecido videos con la voz y la cara de figuras conocidas que no fueron realizadas por ellas, que son producto de la IA.
La hipercomunicación nos aísla del mundo tridimensional, estamos con nuestro celular en medio de un desierto, porque aunque nos rodeen decenas de personas nos vinculamos más con esos contactos y canales de la red que con las personas con las que interactuamos.
Esta posibilidad de informarnos y comunicarnos tiene a la vez el corolario negativo de que quedamos expuestos…los cookies nos persiguen. Todo lo que hacemos queda registrado. Lo que borramos de Whatsapp queda en los archivos de la compañía. Saben que pensamos, que queremos, que nos gusta y que no. Buscamos el precio de una heladera, una cocina o un celular y nos bombardean con publicidades acerca de esos productos. Me ha pasado de estar leyendo el New York Times y que me aparezca la publicidad de un hotelito del media estrella de la zona del Faro de Mar del Plata donde me había alojado unos meses atrás. Nos envían publicidad A NOSOTROS, personalizada, así como You Tube analiza nuestros patrones de búsqueda y nos ofrece los videos que nos interesan. El algoritmo es implacable: observa, analiza, actúa.
Entramos en un submundo de consumo cultural que se reduce a lo que nos gusta. Construimos un mundo de contacto e informaciones que es nuestro mundo, lo que nos interesa, lo que queremos, y todo lo demás queda afuera.
Pero tampoco es un mundo completamente libre. Internet tiene, en la mayoría de los sitios, mecanismos de censura, que se observan en lugares como You Tube, X o Facebook, entre otros. Y no hablamos de bloquear contenidos claramente negativos sino los criterios muy subjetivos que consideran algunas cosas discursos de odio, y no tienen el mismo criterio si esos mismos hechos los realiza el bando opuesto. Lo mismo observamos en las restricciones que muestran las IA, que están fuertemente limitadas por su programación en algunas temáticas y figuras, pero esta limitación se aplica sólo a algunos casos específicos, y no a otros que son homólogos, que son equivalentes.
La censura existe, y la censura, más o menos tecnológica, genera un proceso de autocensura del que no sabe cuándo la Espada de Damocles de esas prohibiciones va a ser soltada sobre su cabeza. Hay una excelente película argentina de los tiempos del regreso a la democracia, allá por los años ’80, llamada EL PODER LA CENSURA, donde se ve a un equipo filmando una película totalmente apolítica, en tiempos del Proceso militar, y el director tiene un asesor de censura que le va indicando que escenas podrían ser vetadas por la dictadura militar de entonces, y ante la duda, prefieren no incluir esas escenas. Es decir, la autocensura termina censurando más que la censura misma.
Hoy la censura es más sutil… a veces You Tube te desmonetiza, otras el algoritmo te deja afuera y ese contenido no es ofrecido a nadie, pero a veces simplemente te cierran el canal, como le ha pasado a tantos.
La censura se profundiza y a veces no es nada discreta. En muchos lugares se han prohibido los medios de comunicación rusos, en Europa por ejemplo, o en la red de internet de la ciudad de Buenos Aires. ¿Por qué prohibir un canal?... Si un canal no te gusta, o no te parece serio, simplemente podés ignorarlo y no leerlo. Lo hago que infinidad de canales y medios. Pero…¿Prohibirlo?. No sólo es censura, es una censura grosera.
Y no sólo se prohíben canales, se prohíben personas. Cerrarle a alguien su canal de You Tube es el castigo menor. Es mucho más grave lo que hacen hoy los oligarcas autoritarios de la Comisión Europea, que prohíben PERSONAS, los condenan a no poder tener cuentas bancarias y no poder trasladarse por territorio europeo –una suerte de condena a muerte ejecutada en cámara lenta- con un proceso que ni siquiera es judicial, pues lo realiza el poder ejecutivo, en donde no se le da vista a la persona durante el proceso para que se defienda, y que no tiene casi mecanismo de apelación.
Los complicados mecanismos de espionaje y control de la población que realizaban los gobiernos autoritarios de otras épocas, hoy se hace fácilmente con el algoritmo.
Wolf Biermann, cantautor alemán, se hizo famoso por sus canciones criticando al gobierno del país donde vivía, la RDA, la Alemania comunista. Fue muy famosa la BALADA DE LA STASI, donde interpelaba al agente de la policía secreta de la Alemania comunista que lo espiaba, que no lo dejaba ir tranquilo al baño. Se quejaba de que no podía ni siquiera engañar a su mujer con una amante porque la STASI se enteraba. Hoy la STASI es el algoritmo, y otros mecanismos que les permiten saber lo que hacemos, lo que pensamos, lo que consumimos, lo que queremos.
¿1984?... Y si. El ojo del Gran Hermano nos vigila. Quizás podríamos cerrar estas reflexiones dedicándole al algoritmo, a ese gran ojo que nos mira, la última estrofa de LA BALADA DE LA STASI que Wolf Biermann le dedicaba al ubicuo agente que lo vigilaba:
“Así que, amigo mío, no me mires tan serio, anda, tómate otro café y vamos a charlar. Total, ya lo sabes todo, no hay ningún misterio, en este paraíso no hay nada que ocultar. Y cuando me muera y me lleven al cielo, seguro que en la puerta me vas a esperar, con tu abrigo de cuero y tu libreta en mano, para ver si en la gloria me porto bien o mal.”
Adrián Corbella, 22 de enero de 2026
La Balada de la Stasi
(Wolf
Biermann)
I A veces, por la mañana, cuando
estoy muy cansado todavía en medio del sueño, pero ya con el café entonces
entra el muchacho de la Stasi se quita el abrigo y el gorro, y se sirve un
café. No necesita llave para entrar en mi casa, pasa a través de la pared, como
un fantasma de oficina, como un espectro del socialismo, con su abrigo de cuero
y su mirada de acero.
Estribillo ¡Oh, qué bien que nos cuiden tanto!
¡Oh, qué bien que nos vigilen! No estamos solos, ni de día ni de noche, la
Stasi nos protege, la Stasi nos vigila.
II Cuando voy a la cocina a hacerme un
huevo, él ya está allí y me pregunta: "¿Cómo te va?" Me mira el
correo, lee mis cartas, y me dice: "Wolf, no escribas tantas
tonterías". Si voy al baño, él me espera en la puerta, y si me tardo
mucho, empieza a golpear: "¡Eh, Biermann! ¡No te quedes ahí escondido!
¡Que todavía tenemos mucho que investigar!"
III Sabe qué libros leo y qué discos
escucho, sabe con quién hablo y a quién quiero engañar. Conoce mis pecados, mis
miedos y mis sueños, y hasta lo que pienso antes de empezar a hablar. Si alguna
vez me siento solo y abandonado, sé que siempre hay alguien escuchando en la
pared. No necesito amigos, ni mujer, ni perro, ¡mientras tenga a mi agente,
todo irá muy bien!
IV Pero a veces me pregunto, mi
querido espía, tú que pasas la vida pendiente de mí: ¿Quién te vigila a ti
mientras tú me vigilas? ¿Quién escucha tus sueños cuando te vas a dormir? Tal
vez somos hermanos en este gran teatro, atados por el miedo y por la
obligación. Tú con tu micrófono, yo con mi guitarra, los dos prisioneros de la
misma nación.
V Así que, amigo mío, no me mires tan
serio, anda, tómate otro café y vamos a charlar. Total, ya lo sabes todo, no
hay ningún misterio, en este paraíso no hay nada que ocultar. Y cuando me muera
y me lleven al cielo, seguro que en la puerta me vas a esperar, con tu abrigo
de cuero y tu libreta en mano, para ver si en la gloria me porto bien o mal.
Y siempre hay una solución contra algoritmos y otras presencias fantasmales...


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