Algunos meses atrás, a propósito del nuevo libro del filósofo de origen coreano Byung-Chul Han, Sobre Dios, resumíamos el eje del texto a partir de su idea más potente: no es que Dios haya muerto.
El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.
Vinculado a la siempre anunciada inminente muerte del peronismo, esa inversión de los términos producida por Han me llevó a preguntarme, en términos análogos, si, más que una muerte del peronismo, la llegada y permanencia de Milei expresaba que lo que ha muerto es la sociedad a la que el peronismo representaba.
Si esta hipótesis es correcta, lo que estamos analizando como causa, sería más bien el efecto de un proceso subterráneo que pocos supieron/quisieron ver. La ley laboral aprobada este verano, por ejemplo, no sería el puntapié para el inicio de una nueva Argentina, digamos, en la que los trabajadores “ya no tienen derechos”, sino la expresión, en la letra de la ley, de lo que en buena medida venía ocurriendo, esto es: cada vez son menos los trabajadores formales que gozan de esos derechos.
De aquí que cayera en saco roto una campaña bajo el lema “vienen por tus derechos” dirigida a ciudadanos que carecían de los mismos. Y algo peor: no solo esa campaña fue vista con impavidez por los presuntos destinatarios, sino que fue interpretada como lo que probablemente haya sido: un slogan que hablaba de “derechos” para no hablar de “prebendas”, llevada adelante por quienes, justamente, no querían perderlas. Ya es un lugar común pero cuando la gran mayoría de los argentinos tiene más de un trabajo porque el trabajo ya no garantiza dejar la pobreza; cuando los sindicatos a duras penas son capaces de resistir un fenómeno que, en alguna medida, los trasciende y tiene que ver con las transformaciones que el nuevo capitalismo impuso en el mundo del trabajo (por no hablar de lo que vendría ahora con la IA), es difícil que un discurso que hable de los trabajadores como columna vertebral represente algo (o represente mayorías).
Algo parecido podría decirse de la exigencia del fin de la inflación, que a quien más jode es al que no llega a fin de mes y no a quien, con capacidad de ahorro, puede anticipar gastos. Seamos buenos: la inflación no es un problema en el mundo. Solo un selecto grupo de países de tercer o cuarto orden la padece. Adjudicarlo a empresarios malignos es cándido y ofende la inteligencia, no porque Argentina carezca de ellos, sino, justamente, porque empresarios hijos de puta hay en todo el mundo, pero solo hay inflación en Argentina. Por cierto, el problema ya existía con CFK, más allá de que las paritarias, como mínimo, emparejaran. La gente así lo entendió y lo entendió antes que el peronismo, al menos antes que el sector que ha hegemonizado al peronismo y cree que defender a CFK es no exponer que también había problemas que no necesariamente obedecían a “Los Buitres”.
En la misma línea, la necesidad de una política de seguridad más punitivista como respuesta al flagelo de la inseguridad y la violencia social, tampoco es el origen de un proyecto distópico diseñado por Milei y Peter Thiel, sino un reclamo mayoritario de los sectores populares que son quienes más la sufren.
Por último, y la lista no es exhaustiva, claro, los denominados “planes sociales” no eran criticados solo por la derecha y la clase media tilinga. También eran mal vistos por los laburantes que asocian ingresos con esfuerzo y con trabajo; también con el mérito, por cierto, para horror del mundo progre que quiere convencerlos de que la meritocracia es fascista y de que la única carrera que debemos correr es la carrera por demostrar quién es más víctima de algo. Por cierto, estos valores se hicieron carne en los sectores populares por el peronismo y no por leer a Max Weber y el espíritu del protestantismo.
¿Que la sociedad haya cambiado supone que las políticas públicas y el discurso hiperideologizado de Milei cesarán en su intento de moldearla o seguir transformándola en la línea de su pensamiento? Claro que no y, en todo caso, si puede lograrlo es algo que se verá con el tiempo. A lo que voy es a que si ese discurso hoy puede permear en un importante sector de la población, es porque existió una transformación previa que fue la condición de posibilidad para la llegada de Milei.
Entonces, es cierto que en su delirio místico el presidente tiene pretensiones refundacionales, pero, ayudado por el fracaso de los dos gobiernos inmediatamente anteriores, en especial, el que le precedió, el “que venga cualquiera” como reemplazo del “que se vayan todos”, fue el sentimiento que se canalizó a través de Milei, es decir, fue un sentimiento previo a su arribo a la administración.
De aquí que llame la atención cuando uno escucha “vienen a destruir la Argentina”. Es probable que así sea, pero semejante título no debe hacernos olvidar que la Argentina ya estaba “bastante” destruida. Claro que merecería más elaboración, pero como síntesis: cuando en plena pandemia, el gobierno del Frente de Todos lanza el IFE para aquellos ciudadanos que no recibían ingresos/ayudas estatales formales, y, de repente, aparecen casi 10 millones de personas a exigirlo, es difícil seguir sosteniendo que sos el gobierno del Estado presente, pero, sobre todo, es de miope no darse cuenta que algo está roto y que el modelo de sociedad al que ese discurso pretendía interpelar, ya no existe más.
A tal punto podría decirse que la sociedad ha cambiado, que fue especialmente el progresismo quien más impulsó una ingeniería social basada en la idea de que “todo es cultural” y de que, cuando la ideología y la realidad chocan, la que debe adaptarse es la realidad. A esta altura, y con todo lo transitado, es casi un episodio menor, pero recordemos que había sectores que, desde oficinas del Estado, es decir, de arriba hacia abajo, intentaban imponer que debíamos hablar con la E y que, en caso de no hacerlo, estábamos contra los derechos humanos.
Para finalizar, de lo dicho hasta aquí parece seguirse un llamamiento al surgimiento de un ala, llamemos, “liberal” del peronismo. Pero no es el caso, o no es la única interpretación posible. Entre la rigidez ideológica y la genuflexión absoluta al estado de cosas con fines electorales, hay un sinfín de caminos intermedios. El propio Perón entendía que, aunque sin renunciar a los principios, la doctrina debía actualizarse.
De modo que, si de llamamiento se trata, en todo caso, que sea una apelación a tratar, primeramente, de comprender el mundo y comprender la sociedad a la que se pretende representar. Esto no supone ser vehículos de unos valores de mierda o aceptar que los valores de una sociedad son buenos per se. De hecho, la representación, para bien o para mal, no es un espejo de los representados, tiene también un resto que permite al representante proponer, guiar y, eventualmente, transformar, idealmente, a través de la persuasión.
Pero el primer paso es comprender lo que se quiere representar. Si esto no sucede, el peronismo podrá continuar, pero le seguirá hablando a una sociedad que ya no existe más.


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