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miércoles, 29 de abril de 2020

Geopolítica del antivirus, por Bibiana Ruiz y Juan Pablo Suárez (para "Revista Crisis" del 29-04-20)


Los Estados Unidos y China transformaron a la Organización Mundial de la Salud, institución que debería coordinar la “narración sanitaria” de la pandemia, en un territorio de intrigas internacionales donde se cruzan acusaciones sobre el origen del virus, la manipulación de datos y el control político de su actual director, el etíope Tedros Ghebreyesus.

POR: BIBIANA RUIZ - JUAN PABLO SUÁREZ
ILUSTRACIONES: EZEQUIEL GARCÍA
29 DE ABRIL DE 2020

Amigable y tranquilo, junta los papeles, sonríe y se despide con un “los veo mañana”. Así termina cada conferencia el doctor Tedros Ghebreyesus, el primer africano en dirigir la Organización Mundial de la Salud (OMS). A diario, el planeta entero toma nota de sus recomendaciones transmitidas en directo desde Ginebra. Sin embargo, la OMS, una institución acostumbrada a mantenerse alejada de las controversias a pesar de operar históricamente en el territorio inestable del multilateralismo, viene transitando una década difícil. Con los aportes de las cuotas de los estados en declive, es cada vez más dependiente de la filantropía de diversas fundaciones privadas que, como contrapartida, inciden de manera abierta en su agenda. En consecuencia, a la OMS se la critica por izquierda, señalando sus conflictos de intereses con multinacionales y laboratorios, y también se la critica por derecha, por la ineficiencia de su burocracia o la supuesta influencia china o rusa sobre sus autoridades.

Al final del día, estar al frente de este organismo dependiente de las Naciones Unidas significa dirigir un ente que emplea alrededor de ocho mil personas, está integrado por 194 estados, cuenta con 150 representaciones y un presupuesto anual de 4000 millones de dólares. Por esto mismo, parte de la estrategia de la OMS es más diplomática que sanitaria. “Imagine que administra una empresa con seis oficinas regionales que eligen a sus propios jefes y que no le informan a usted sino a sus respectivos despachos. Esa es la estructura de la OMS”, dice la periodista Natalie Huet en una nota donde profundiza los detalles de la rosca interna del organismo.

Nada de esto (o tal vez, precisamente, por causa de todo esto) pudo proteger a la OMS de transformarse, además, en el centro de una intriga geopolítica entre los Estados Unidos y China, que en medio de la pandemia global provocada por el COVID 19 miden las acciones en Europa como el nuevo escenario en el cual disputar su poder. Mientras estas dos potencias inician una serie de acusaciones cruzadas sobre el origen del virus, Italia y España, dos de los países más afectados por la enfermedad, han recibido más ayuda en material médico proveniente de China que lo esperado por la Unión Europea.

El hombre que llegó de etiopía

Tedros Adhanom Ghebreyesus, exdiplomático y exministro de Salud de Etiopía, es el primer director general de la OMS que no fue elegido a dedo por un consejo sino por votación abierta de todos los países miembros, lo que hizo que la rosca aumentara de manera significativa. El Dr. Tedros, como prefiere que lo llamen, prometió un liderazgo enérgico y avanzó con determinación al principio de su gestión, con el impulso a la Cobertura Universal de Salud. Tedros llegó como favorito de China y de la administración estadounidense del expresidente de los EE. UU. Barack Obama, e incluso con el apoyo abrumador de los países en desarrollo. Pero el actual presidente Donald Trump no estuvo nunca entre sus festejantes.

En noviembre del año pasado, Tedros admitió en una entrevista que “el mundo no está preparado para la gripe pandémica, somos muy vulnerables”, y que “los países con sistemas de salud débiles impactan al mundo entero” porque “somos tan fuertes como el eslabón más débil”. Por lo tanto, explicaba Tedros, “necesitamos invertir en preparación, en solidaridad, para que todo el mundo esté preparado”. Como señala Federico Kukso, la pandemia por el COVID 19 no es ningún cisne negro. En 2018, también Laurie Garret, autora de La plaga que viene (1996), advertía en El mundo sabe que se acerca una pandemia apocalíptica que los epidemiólogos denuncian este peligro desde los años 90, citando el estudio encargado en 2019 por las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial como el último de los pronósticos ignorados. Ahí se informaba que, por diversos factores, el riesgo iba en aumento y la muerte de hasta 80 millones de personas era una “amenaza muy real”. Ahora, en medio de las acusaciones entre las dos grandes potencias políticas de occidente y oriente, la desordenada respuesta de cada país frente a la pandemia parece confirmar su observación.

Estados Unidos versus China

En un paper publicado en The American Historical Review, la académica Heidi Tworek recuerda que durante el período de entreguerras, naciones e imperios rivales coordinaron la creación de un sistema internacional de comunicaciones sanitarias y aceptaron la “intrusión” de la inteligencia epidemiológica de la organización precursora de la OMS en la Liga de las Naciones. De hecho, Alemania continuó enviando información aun después de que Adolf Hitler retirara al país de la Liga en 1933. Pero si la cooperación en salud en un periodo tan crítico fue posible, ¿la posibilidad de una respuesta global coordinada en el presente debe darse por descontada? La reciente decisión de Donald Trump de suspender la financiación a la OMS por parte de los EE.UU. muestra una perspectiva más sombría.

Para Gabriel Puricelli, sociólogo y coordinador del Programa Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, es posible que la OMS salga debilitada de este conflicto: “Si hay algo que es claro en la política exterior de Trump, es que desprecia el multilateralismo. Todas las instituciones clásicas del multilateralismo han sufrido bajo Trump, varias de ellas materialmente, como el caso de la OMS. Aunque, finalmente, también hay que estar atentos al papel que puedan jugar en esta coyuntura no solo otros países sino también algunos filántropos individuales. Hay que poner esto entre paréntesis, porque puede terminar no siendo así en esta coyuntura tan especial y cambiante que estamos viviendo".

Según Puricelli, está claro que para Trump hay una preocupación permanente respecto del ascenso de China, pero no hay una política consistente para gestionar ese ascenso. En este sentido, la lógica de cierre de los EE.UU sobre sí mismo puede tener el efecto paradójico de acelerar su declinación, sobre todo porque erosiona la legitimidad de su propia política internacional. Para China, en cambio, con un tipo de ascenso con la paciencia como base estratégica, la crisis sirve como un paso más. El hecho de que en medio de la pandemia haya podido administrar informativamente la gravedad de la crisis, ocultando inicialmente el problema para luego elegir el momento de hacerlo público una vez definida la estrategia para enfrentarlo, hace que China se desvíe mucho menos de su camino de lo que se están desviando a otros países. En este punto, el modelo estadounidense y el modelo chino para atravesar la crisis parece inevitablemente destinado al enfrentamiento. “Mientras que para los otros actores internacionales su propia situación ante el COVID-19 resulta mucho más problemática e incluso es potencialmente destructiva para el proyecto europeo, para los EE. UU. la pandemia está revelando todas las debilidades de su liderazgo o de la falta de pretensión de liderazgo”, explica Puricelli.


Discursos y conspiranoia

En medio de la peste, mientras tanto, cada quien elige la narrativa que más lo representa. ¿Se trata de un experimento de control social? ¿El infectado es el enemigo? ¿Los débiles deben morir para el triunfo de los fuertes? ¿La Tierra ya no nos pertenece y este es el fin del capitalismo? La pregunta central, en realidad, es si existe un derecho a narrar la pandemia. Y de ser así, ¿quién está apto para ejercerlo? Pensados para tomar un papel fundamental en esta parte de la historia, los reportes diarios de la OMS deberían organizar la narrativa sanitaria de la pandemia. ¿Pero qué ocurre si todos hablan pero nadie escucha a los que saben?

Ernesto Resnik es biólogo molecular y dirige el desarrollo de anticuerpos monoclonales para una empresa de biotecnología multinacional. Consultado sobre el rol y la velocidad de acción de la OMS, aclara que no es epidemiólogo pero sí le parece que la organización declaró tarde la pandemia y alertó poco, para lo cual remite a un artículo que explica que si bien la OMS identificó la gravedad del problema temprano, falló en actuar en consecuencia. Por lo tanto, explica Resnik, se trató de una falla colectiva de las instituciones sanitarias y científicas tanto de los EE.UU. como de Europa, que consideraron que este era un “problema chino” con una improbable llegada peligrosa al resto del mundo.

Sin duda, durante la pandemia pueden escucharse y leerse declaraciones asombrosas sobre el origen del virus, tanto de un lado como del otro. China llegó a mencionar que se trataba de un producto de la inteligencia militar estadounidense, mientras que Trump acusó directamente a un laboratorio mandarín. Al respecto, Resnik explica que el origen del COVID 19 nunca fue un tema de controversias, sino que “volvió ahora de la mano de la agenda política de Trump. A muy poco de declararse el problema, en febrero de 2020, por lo menos cuatro trabajos científicos independientes concluyeron que el virus no fue una creación humana, es decir, no hay indicios de que el virus haya sido ‘retocado’ con tecnología de recombinación genética”.

Esperanza inmune

En el último tiempo, sin embargo, los discursos conspirativos y las declaraciones irresponsables de distintos mandatarios debilitaron la credibilidad de las instituciones que necesitan coordinar acciones globales para enfrentar la enfermedad. Aún así, a la respuesta política a la pandemia se sobrepuso la respuesta científica. Y nadie mejor que Resnik para explicarlo: “Si en la mayoría de los países desarrollados la respuesta política fue lenta, torpe y rayana en lo incompetente, la respuesta científico-médica ha sido excepcional, rápida, masiva y con un énfasis colaborativo nunca visto antes. Las empresas dejaron de lado las patentes mientras que las universidades y los institutos pusieron todo el personal necesario para pensar y desarrollar respuestas rápidas”. Los hechos, por ahora, demuestran que la cooperación científica en la investigación de la pandemia no tiene precedentes y, cada vez más, la asistencia sanitaria global tiende a la concordia. “Hoy tenemos la esperanza de una vacuna en tiempo récord. Hay no menos de setenta experimentos en desarrollo en todo el mundo, muchos de los cuales fueron iniciados en enero, apenas se conoció la secuencia genética del virus, cuando en el mundo todavía se creía que era solo un problema en China”, dice Resnik.

Mientras tanto, la OMS lucha en pleno brote contra el desplome del viejo principio de cooperación internacional, ya que muchos países se retiran de la mesa para concentrarse en sus propias estrategias individuales bajo la estela de la batalla política-sanitaria entre los EE.UU. y China. Es por esta razón, también, que a diferencia de otros organismos multilaterales afectados por desempeños aún más dudosos, como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de la Salud sí está en declive. En un artículo publicado en Project Syndicate, Arancha González Laya, la actual ministra de Asuntos Exteriores de España, menciona la urgencia de un nuevo marco institucional multilateral que debiera estar basado en una Organización Mundial de la Salud renovada y reformada. El objetivo es consensuar un mandato más amplio y con mayor autoridad, con la capacidad de imponer sus protocolos y movilizar los recursos que sean necesarios. Veremos.

Publicado en:
https://revistacrisis.com.ar/notas/geopolitica-del-antivirus

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