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sábado, 8 de abril de 2017

El tumor, por Luis Bruschtein (para "Página 12" del 08-04-17)



(Imagen: DyN)

Por Luis Bruschtein

La escena sangrienta parece más una sala de torturas de la dictadura que un quirófano y la metáfora del tumor que es necesario extirpar era la que usaba la dictadura para justificar su política de terror. El editorial de La Nación del miércoles parecía escrito por un demente: “Durante 12 años se generó, desarrolló y ocultó un tumor gigantesco en el cuerpo social de la República. Ahora que llega el momento de extirparlo, se irrumpe en el quirófano y se acusa al cirujano de crueldad, pues el enfermo lucía mucho mejor cuando aún estaba en su casa, bien diferente que ahora, con un tajo en el abdomen, respiración artificial y las crueles manchas de la sangre.” Es lo que dice el editorial “El paro del miedo”. Cirujano-militares-tumor-militantes-sangre-sangre-sangre, la metáfora se expande hacia el pasado y da miedo: el editorial, no el paro.

La furia del autor convertida en furia del diario se transmite a sus lectores y explica esa marcha de 25 mil personas del primero de abril en respaldo al gobierno, muchos de cuyos personajes furibundos hicieron el festín de fotógrafos y camarógrafos. Fue una marcha pobre, que ni siquiera representó a la mayoría de los votos de la alianza Cambiemos. Hipólito Irigoyen y Diagonal Sur estaban vacías. En su mayoría expresaba al ala más recalcitrante y conservadora de Cambiemos. Impresionó la furia y el desprecio, el aire de superioridad, pero sobre todo el odio. El mismo odio que destiló La Nación el día previo al paro de la CGT, que también se puede leer en algunos editorialistas de Clarín y escuchar en locutores de radio y televisión.

La del 1A fue la voz de un sector de la población en la que Mauricio Macri se inspira. En el imponente paro del jueves se hizo escuchar otra voz, o mejor dicho un estruendoso silencio. No se movió ni una hoja. Parecía la ciudad después de la bomba de neutrones. El microcentro, la avenida 9 de Julio o Constitución eran zonas muertas. Hacía muchos años que no se veía un paro con ese consenso.

A varios se les soltó la cadena. En TN, dos locutores recriminaron desde el estudio a su compañera que estaba en la calle porque había utilizado la palabra “represión” para dar cuenta de la represión de Gendarmería en Panamericana. La periodista no se dio por vencida. Y además increpó a Eugenio Burzaco, secretario de Seguridad:”¿No le da vergüenza reprimir a mujeres y chicos” Burzaco le respondió:”No vengas a victimizarte”. 


En una manifestación se expresa la gente que se moviliza, 200 o 300 mil personas, o un millón, como las que participaron en los cinco días que se hicieron actos en todo el país contra el gobierno durante el mes de marzo. En un paro tan masivo como el del jueves, son millones de personas las que suman sus decisiones. Excede, incluso, a la movilización. Algunos las contraponen. En realidad se complementan y en el caso del paro del jueves la masividad potenció esa fuerza. Dejó un mensaje claro. En todos los actos que hubo en marzo, el macrismo salió a despotricar, pero el paro lo destempló, como ese editorial de La Nación o la descarrilada parcialidad de varios de los periodistas del multimedio Clarín. El paro rompió muchas caretas. El mes de marzo fue de caretas caídas, con los derechos humanos, con la educación pública, con la emergencia social y el feminismo. El discurso progremacrista de algunos periodistas que operan para oficialismo se quedó sin espacio. Y la frutilla del postre fue el paro.

La sangre estaba hirviendo en todos los ámbitos del oficialismo. El paro se hizo el mismo día que el presidente inauguró en Buenos Aires su mini Davos  para atraer, según la propaganda oficial, a mil representantes de las empresas más importantes del mundo. Esa era la imagen fuerza que buscaba el macrismo: mil empresarios de todo el mundo, deseosos de invertir en Argentina. Pero las primeras planas fueron para un paro que plasmó un sentimiento muy mayoritario de oposición a las políticas económicas del gobierno, en el que estaban incluidos seguramente muchos de los que lo votaron. El paro se fagocitó esa costosa reunión cuidadosamente preparada. Sin quererlo, Macri trajo a esos mil empresarios para que asistan a la demostración más impresionante de rechazo a sus medidas económicas. Hubo aplausos al discurso neoliberal radicalizado del presidente, pero esos aplausos sonaron con un dejo de piedad. Y más de un invitado declaró que la situación social en Argentina no era la más indicada para inversiones a largo plazo. Es la idea predominante: la inversión interna bruta se redujo cinco por ciento y más aún la inversión externa. El paro fue reflejo de esa realidad y no de la que presentó Macri a los empresarios, que aplauden sus discursos, pero no invierten un peso.

Macri  cree en la propaganda y lo cubre y respalda la corporación mediática que demostró su poder de fuego en la oposición al kirchnerismo y ahora con su persecución. La campaña de descalificación a todos los jugadores de la oposición incluye ahora el intento de disminuir la importancia del paro y la fuerza de las movilizaciones contra el gobierno realizadas durante el mes de marzo. La familia Kirchner, sindicalistas, docentes y dirigentes históricos de los derechos humanos se convierten en mafias, vagos y corruptos. No es nada personal, es la forma de hacer política de una derecha que no gana por sus méritos sino por la destrucción de quienes piensan diferente y actúan en consecuencia.

El entorno de Macri trató de contraponer la figura del empresario presidente, al que todavía le asigna una imagen positiva de 52 puntos en la CABA, contra la de los dirigentes sindicales. Hicieron circular una encuesta que demostraba que la mayoría de los porteños quería trabajar y que veían al paro no en defensa de los trabajadores, sino contra Macri. En ese galimatías, lo real es que hubo otros paros, con climas todavía más cargados y que no se sintieron tanto. En esos paros hubo gente que se las arregló para trabajar, en medios de transporte truchos o puestos por las empresas. En este paro el gobierno de la ciudad puso un servicio de transporte y no fue nadie. Solamente los jerárquicos. En otros paros hubo ataques a colectivos que circulaban y muchos kioscos abiertos. Esta vez ni circularon ni hubo kioscos.

Por su concepción de la economía, Macri no puede ceder al reclamo que se expresó en el paro. El respaldo masivo de la medida de fuerza se lo hace más difícil. Macri prometió que bajaría el déficit fiscal y la inflación con un shock de confianza que provocaría una lluvia de inversiones. Todo eso fue al revés: la inflación ha sido durante su gobierno más del doble de la que hubo durante los últimos años del kirchnerismo y ya va más de un año, o sea que no es un rebote, sino que es producida por sus políticas. El déficit también se duplicó porque desfinanciaron al Estado: de poco más de dos puntos que había al final del kirchnerismo, ahora es casi de cinco puntos. Más de cuatro puntos se considera situación de crisis. Desde su encuadre neoliberal Macri tiene que bajar el “gasto” público para bajar el déficit y tiene que bajar los salarios para bajar la inflación. No puede aflojar. Encima el sector empresario que lo respalda le exige que aliviane impuestos.
No hay un Macri progresista zen. Es lo que es. Va a endurecer el discurso y tratará de dividir. Buscará líneas de negociación con cada gremio que no afecten las paritarias a la baja que necesita y cortará el gasto en todo lo que signifique presencia del Estado. Es una tarea difícil para un año electoral. Pero perdió todo el primer año. El efecto de shock nunca se produjo y ya no cuenta con el factor sorpresa por lo nuevo. Incluso desde su lugar, la depresión de la actividad económica inducida por su gobierno se puede convertir en crónica como sucedió en otras épocas.

Macri está convencido que un 40 por ciento de los argentinos tiene un pensamiento de derecha, individualista, clasista y patriarcal. Calcula que al endurecer su discurso en ese sentido, consolida su liderazgo en esa porción. Pero es un cálculo exagerado y teórico. No tiene 40, sino con mucha suerte un 30 por ciento propio, lo que sacó en primera vuelta. Aún así, gran parte de ese porcentaje no piensa en partidos a derecha o izquierda sino que va a reaccionar según le afecte su situación económica. Muchos de los que decidieron no trabajar el jueves, lo votaron y volverían a hacerlo si les fuera bien, pero la economía macrista no cierra y arrastra al gobierno a una encrucijada difícil si la imagen del paro, como rechazo de la política económica, se traslada al voto.


Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/30528-el-tumor

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