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domingo, 19 de mayo de 2024

Kant: del homenaje al abandono, por Dante Augusto Palma

 



Con la excusa de haberse cumplido 300 años del nacimiento del filósofo Immanuel Kant, decenas de artículos y homenajes a lo largo del mundo nos ofrecen la posibilidad de revisar algunas de sus principales categorías, en particular aquellas vinculadas a la moral y a la política. 

Efectivamente, si bien la filosofía del nacido en Königsberg (Prusia), hoy Kaliningrado, trató de responder qué es el Hombre desde diferentes perspectivas, no es casual que su idea de “paz perpetua” esté siendo invocada para reflexionar específicamente sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia, como así también para repensar la tensión entre soberanía nacional y entidades supranacionales en el marco de, por ejemplo, la Unión Europea. 

Si agregamos que, entre otros tantos aspectos, Kant también desarrolló una filosofía de la historia a través de la cual sentó su posición acerca de la posibilidad del progreso humano, brindó fundamentos para lo que luego sería la legislación en torno a los Derechos Humanos y estableció los marcos para la discusión pública vigentes en las repúblicas liberales actuales, notaremos que no hay prácticamente tema inherente a lo político en la actualidad que pueda pasar por alto el cosmopolitismo kantiano.  

Con todo, y dado que ya pueden encontrar panoramas completos de la filosofía kantiana en notas como las del profesor Roberto Rodríguez Aramayo en The Objective quisiera que nos centremos en un aspecto menos desarrollado pero necesario para repensar algunas de las características de las sociedades occidentales actuales.

Centrémonos en ese breve texto que Kant publica en 1784 y que se titula “¿Qué es la ilustración?” Como su título lo indica, el autor de Crítica de la razón pura, intenta establecer allí una definición que permita caracterizar lo propio de aquel siglo de las luces sin el cual Occidente no sería lo que es. Y lo hace con una definición particular: 


“La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía del otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo sin la tutela de otro. ¡Sapere Aude! [¡Atrévete a saber!] Ten el valor de servirte de tu propia razón: he aquí el lema de la ilustración”.     


Aun si tomamos en cuenta que este texto se da en el marco de la necesidad de emanciparse de la tutela de la religión y que en él se dedica un párrafo elogioso a la libertad religiosa ofrecida por Federico II, un verdadero “príncipe ilustrado”, el mensaje se extiende más allá y es un llamamiento a pensar por nosotros mismos y a liberarnos de cualquier tutela en general. 

Pero, claro está, Kant sabe que los tutores harán todo lo posible por asustarnos y exponernos los peligros que podrían surgir si somos nosotros los que tomamos las decisiones; incluso en el párrafo siguiente advierte que tanto se ha hecho carne este hábito de obedecer a los tutores, que los hombres han adoptado una suerte de “segunda naturaleza” de sumisión y obediencia aceptando como un hecho su presunta incapacidad para la toma de decisiones libres y racionales. 

A propósito, y en ocasión de otro centenario, en este caso, los 200 años de la publicación del texto de Kant, en 1984 aparece un artículo de Michel Foucault que retoma el desarrollo kantiano y que lleva, de hecho, el mismo título. 

Allí Foucault toma la idea de “emancipación” para mostrar que, según Kant, la ilustración sería, justamente, un proceso de abandono de la minoría de edad; dejar de estar tutelados, valerse de la propia razón y, con ello, emanciparse, sería así una forma de entrar “en la adultez” y de transformarnos en seres autónomos y, por lo tanto, responsables de nuestras acciones. 

Dado que tanto Kant en su momento, como Foucault en 1984, admitían que el proyecto de la ilustración estaba lejos de haberse cumplido, cabe reflotar la pregunta a 40 años de la publicación del texto del autor de Las palabras y las cosas. Y, en ese punto, es necesario advertir que hay pocas razones para el optimismo. 

Porque no se trata solamente de no haber cumplido el proyecto. Es mucho peor que eso: se ha renegado del mismo y se ha instituido una alternativa antiilustrada con la irrupción de todo tipo de irracionalismos que no provienen mayoritariamente de la religión, cuya influencia en Occidente continúa en declive. Entonces, no solo hay nuevos tutelajes que operan más o menos solapadamente; hay una reivindicación de la irresponsabilidad y una celebrada infantilización de la sociedad. 

Porque hoy nadie quiere atreverse a saber y prefiere su cámara de eco siempre confortable; la tutela la hace el algoritmo y, si con ello no alcanzara, tenemos toda una burocracia adicta a crear legislación al servicio de quien se sienta ofendido.  

Mientras tanto, la razón es acusada de esconder eurocentrismo, patriarcado, especismo antropocentrista y todo tipo de normativismos que atentan contra la diferencia. De aquí que el sentimiento del yo emerja como único criterio de verdad, el “atrévete a saber” sea sustituido por “el atrévete a sentir” y la emancipación sea reemplazada por el reclamo constante. De esta manera, ya no se trata de alcanzar una mayoría de edad. Ni siquiera aparece como objetivo ideal. Más bien se trata de sostenerse en la minoría de edad que reclama a un otro que siempre es el responsable de las penurias y los límites, como hacíamos todos con nuestros padres cuando éramos niños; mantenernos como acreedores, víctimas sin responsabilidad alguna que señalan con el dedo al malo de la película.

Como indicábamos al principio, es de celebrar que con la excusa de los 300 años del nacimiento de Kant aprovechemos la oportunidad para servirnos de sus ideas en materias urgentes. Mencionamos ya sus aportes para una discusión sobre el diseño institucional de una entidad supranacional como la UE, su concepción de la razón pública y la política de Derechos Humanos, pero siendo más específicos podríamos agregar su propuesta de un derecho de gentes que, entre otras cosas, establezca límites a lo que se puede hacer en una guerra, su republicanismo y un sinfín de elementos que han sido determinantes para una gran cantidad de legislación y de avances en lo que a la convivencia respecta. 

Sin embargo, muy poco se ha dicho acerca de este abandono del proyecto de la ilustración que tiene en Kant a, probablemente, su máximo referente. Todos sabemos que en nombre de la razón se han justificado grandes atrocidades y que es necesario comprender que la racionalidad interactúa con los valores del tiempo histórico, pero la apuesta a la irracionalidad y a la promoción de una actitud infantil e irresponsable no está ofreciendo mejores resultados. Al contrario. 

Por ello, antes que homenajes de ocasión, una buena manera de reivindicar a Kant sería retomar críticamente ese proyecto de la ilustración; hacerlo evaluando sus errores y sus desviaciones para que lo único que debamos abandonar sea, de una vez y para siempre, ese lugar tan confortable de seguir actuando como si fuéramos niños.

lunes, 5 de abril de 2021

Foucault y la política, por Juan Chaneton


Juan Chaneton

jchaneton022@gmail.com


No pienses   que  uno tiene  que  estar  triste  para  ser

 militante,   incluso

 si  aquello   contra lo  que  uno  está  luchando   es  abominable. 

Es  la  conexión 

del  deseo  con  la  realidad   (y  no  su  retirada 

hacia  formas  de  representación)   lo  que  posee   fuerza  revolucionaria.

Michel Foucault


El nazismo fue,  desde una mirada,  la marca líder de un genocidio occidental.  China, por ejemplo, no es pasible de ser acusada de exterminio masivo de seres humanos por alegadas razones de raza, religión, ideología o nacionalidad.  Hasta la dinastía Ming, es decir, hasta el siglo XIV, las guerras tribales eran constantes entre hordas que asolaban los valles del Hoang-Ho (río Amarillo) y del Yangtse Kiang (río Azul).  Después, una larga quietud feudal se consolidó en el país por los siglos subsiguientes. En cualquier caso, ningún extravío criminal le es imputable, a lo largo de su historia,  al país de Confucio. Al parecer, sus gobernantes, por aquellos siglos,  sólo se aficionaban a la extravagancia:  construían murallas desmesuradas o  quemaban libros (Borges dixit).

Anotamos que, ya en nuestra contemporaneidad, Francia  -por su parte y en otro orden-  se entregó,  en la segunda posguerra y durante sus sucesivos cuarenta  años,  a debates académicos de una profundidad, brillo y variedad francamente asombrosos,  en los cuales latían, subterránea y subrepticiamente, unas preguntas esenciales para la humanidad a las que, al parecer, ninguna reflexión podía suministrar  siquiera un remedo de respuesta:  la procedencia, el sentido, los saberes, la razón, el cogito, el "gran encierro" de la locura, el nacimiento de la clínica,  lo inefable preexistente, el  lenguaje sin sujeto, Lacan,  Althusser,  el humanismo y el terror  según Merleau Ponty,  Foucault contra Sartre, Derrida contra Foucault, dizque esas y algunas otras eran las partituras y sus intérpretes. 

Daba la sensación de que esa intelectualidad, avergonzada ante la reciente defección, salía a decirle al mundo que Francia no era sólo Vichy, la colaboración inaceptable y la traición indecible, sino que también y sobre todo, era la potencia del pensamiento, que los nazis habían querido ahogar y que ahora, resiliente y reluctante y emergiendo de las cenizas de la guerra, propalaba la buena nueva de que hay otras actividades prácticas que pueden hacer de la existencia algo justificable y, sobre todo,  que la moral  -otra moral-   era, todavía, opción asequible para la humanidad.

Lo específico del nazismo es que arribó a un límite que parecía inalcanzable y que, por ello, ha tornado infructuoso todo intento de resignificarlo en términos no digamos justificatorios sino, incluso, que atenúen su inherente barbarie. La Inquisición cristiana ha podido ser contextuada de modo que hay quienes  -como Henry Kamen-  dicen que, en España,  no sólo era bien vista por el pueblo sino que su procedimiento facilitaba, al condenado al auto de fe, las opciones por castigos diferentes a la quema en el poste. Modernamente, Hollywood logró hacer de una empresa criminal una epopeya: la "conquista" del Oeste. Pero con el nazismo no hay tutía: es el descenso a lo más profundo del barro del Aqueronte, a más abajo de su lecho,  y es el regreso a más atrás del sapiens, al mudo reino de los instintos.

Tal vez por eso  -tal vez no sólo por eso-  el siglo XX francés de aquella posguerra alumbró una reflexión filosófica tan potente que el diapasón y sus ecos llegan hasta hoy, pues hoy están presentes  -presentes incluso como grito del ausente, de lo que clama ser dicho y nadie dice-  temas y debates sustantivos para el futuro pero que ya vivían, como polémica, como combate, como discurso y como prácticas políticas, en aquella Francia intelectual que empezó con Merleau Ponty, Sartre y Canguilhem y siguió luego con Foucault, Barthes, Deleuze y Derrida, y la lista  no es taxativa sino enunciativa.

En ese ayer  -como hoy-  pretendía vigencia casi excluyente una práctica iluminada por una teoría que querían, ambas, dar cuenta del ser de la sociedad y del ser de la psiquis. Era  -como dice Foucault-  el proyecto utópico de los '30 (Weimar) retomado esta vez al nivel de la práctica histórica. Pero esa visión de las cosas  -marxista y freudiana-  fue impugnada por generaciones nuevas y lo que se produjo, entonces, fue " ... un movimiento hacia luchas políticas que ya no se conformaban al modelo prescrito por la tradición marxista" (del Prefacio de Michel Foucault a la edición estadounidense de Antiedipo, de Gilles Deleuze  y Felix Guattari).


Es muy claro que principalmente Foucault inclinaba su cántaro rebosante de un agua corrosiva  para verterlo en la corriente de la crítica a teorías que gozaban del prestigio de las cosas solemnes y dadas por ciertas sin demasiada indagación y  reverenciadas,  más que nada, por los  "efectos de poder" que se desprendían de los honorables púlpitos desde los cuales era proferida la palabra. Sobre todo él, el autor de Las palabras y las cosas, comenzaba a derruir unos lugares comunes que lejos de ir en pos de la liberación de los espíritus, de la feliz  transformación de la política o de la eficacia de  la "cura", en realidad lo que suscitaban era más sujetación y más reproducción de las condiciones que hacían posible esa sujetación.


Así, en La verdad y las formas jurídicas (esas conferencias originadas en Brasil en 1973), Foucault leerá el complejo de Edipo no ya en clave psicoanalítica  -a la que deslegitima de manera contundente-  sino en registro propiamemte político: a esa tragedia griega no hay que traducirla en términos  de una estructura fundamental de la experiencia psíquica (eso, pretenden los psicoanalistas, es el complejo de Edipo) sino, más bien, advertir en ella el modo preciso en que el poder se despliega para nombrar la infracción y sentenciar al infractor. Es el poder y la política lo que está en juego allí, no el sujeto y su deseo.


Sin embargo, la terrenalidad del recuento histórico exige ajustar la lente para ver todo, no sólo lo que luce primigenio y evidente sino, fundamentalmente, también lo otro, lo que yace difuminado u oculto, tanto en los discursos como en las prácticas,  tanto de ayer como de hoy.


Fue también Foucault el que dijo que la política no debía buscar, excluyentemente, ni el poder ni la verdad porque ambas totalizaciones conducen, inexorablemente, al naufragio de la libertad (prefacio a Antiedipo). Cuando decía eso, Foucault escribía Poder y Verdad y, con esa grafía, esos significantes lucían, en el contexto de su discurso, un poco sofocantes.


Cómo fue que  el filósofo francés pudo concebir la dimensión política  semivacía de poder y de verdad es un lugar de su discurso que nos puede deparar iluminaciones eficaces y tal vez  fecundas. Quizás haya sido Nietzsche quien latía, susurrante, en las entrañas de su pensamiento. Foucault tropezó con su propia forma de concebir la política: pecó de estrategismo y no captó bien la inmediatez del corto plazo. Aun cuando ese estrategismo fue, también, el que le permitió ofrecerle al mundo anticipaciones deslumbrantes.


Irán, el país persa  -y su epopeya de 1979  en adelante-, es el fragoroso y espectacular escenario  -uno de ellos-  en el que Foucault exhibió, urbi et orbi, la bella y conmovedora virtud de su compromiso, el compromiso de su acción militante, como si estuviera siguiendo allí, en ese punto, nada menos que a su "enemigo", nada menos que a Jean-Paul Sartre, paradigma del intelectual jugado al todo cuando a su alrededor otros optaban por sólo un poco o, llanamente,  preferían la nada.


Aplaudió Foucault sin reservas al ayatollah Khomeini y celebró su regreso al país después del largo exilio a que lo había sometido la brutal dictadura proestadounidense de Reza Pahlevi. Y cuando la deriva autoritaria ya era un hecho y se consolidaba la teocracia islámica  (a los ojos de un Occidente que nunca había estado seguro de si prefería al sha o a los mullahs), Foucault fue blanco de una inquina  impiadosa, hiriente y, en medida mayoritaria, proveniente de quienes lo que en realidad no le perdonaban, era su superioridad intelectual y su ingreso  -una década antes y en un pie de igualdad con Hyppolite, Dumézil y otros ilustres-  al Collège de France. En ese momento, Foucault  -lúcido y valiente-  se podía defender. Y lo hizo.


Lo que en aquellos años estaba ocurriendo en Irán  (y esto fue lo que no pudo advertir Foucault) era un movimiento de la Historia, no un movimiento de la Voluntad. Pero había que ser marxista para darse cuenta de eso. Y no cualquier marxista sino uno que, además, contara con la inteligencia, la erudición, la originalidad y, en última instancia, el genio de Foucault, y no uno de esos de bajo calado, sin vuelo y sin ángel  -a lo Garaudy, tal vez-  que pululaban en torno de los templos del saber francés en esos años '70 y que eran los que Foucault conocía y contra los cuales destilaba su odio y sus diatribas. Lo que ocurría en Teherán no era un seísmo causado por la ira de ningún superhombre, sino la obstinada regularidad con que el conflicto entre las clases sociales se hace presente, de tanto en tanto, en los asuntos humanos, aunque a veces  ese conflicto ingrese al escenario un tanto disimulado  con brillante pedrería y abigarrados atavíos, en el caso iraní, con los de una intensa religiosidad.


Foucault no era un hombre de religión. No fueron ni la mística ni el rito los que condujeron su reflexión por los senderos de un apoyo "acrítico" a Khomeini. Foucault sabía que las religiones ofrecen consuelo, no libertad.  Sabía que ir a buscar libertad en las religiones es la cuadratura de un círculo que, además, es vicioso. Las religiones, a lo sumo, ofrecen la "verdadera" libertad, y ya sabemos que cuando a la verdad hay que encomillarla es porque estamos, en el mejor de los casos, ante una ilusión y, en el peor, ante una estafa. No hay religión que no exija ponerse de rodillas ante los dioses de su mundo ideal, de modo simétrico a como los hombres han vivido  de hinojos,  en su mundo real, ante jefes, señores, dignatarios y patrones.


Pero el acierto definitivamente apodíctico de Foucault reside, de modo sorprendente,  en el señalamiento que  -siempre sobre la "cuestión iraní"-  hace Didier Eribon en su indispensable biografía del maestro.  Al profesor de Amiens no se le pasa por alto el fundamento último que daba Foucault sobre su posición favorable a la revuelta popular que, "desde abajo", había dado al traste con una dictadura occidentalista en el peor de los sentidos.  Veamos.


Hoy, en 2021, podemos referirnos a Irán diciendo que su importancia histórica tal vez no obedezca a su conformidad con un modelo revolucionario reconocido. Más bien será debido a la posibilidad que tendrá de alterar los datos históricos de Medio Oriente y, por ende, el equilibrio estratégico mundial. Su singularidad, que hasta ahora constituyó su fuerza, probablemente se convierta luego en su potencia expansiva. En efecto, es como movimiento islámico que puede incendiar toda la región derribando los regímenes más inestables e inquietando a los más sólidos.  El Islam  -que no es solamente una religión sino un modo de vida, una pertenencia a una historia y a una cultura-  probablemente constituya, a escala de cientos de millones de hombres, un gigantesco polvorín (¡ ... !).


Lo que antecede lo escribimos nosotros hoy, pero vamos a decir ahora que a todo ese párrafo le hemos suprimido las comillas. Ese párrafo, en realidad, fue escrito, así, textual, por Michel Foucault hace cuarenta años bajo la forma de un artículo periodístico para el  Corriere della sera del 13 de febrero de 1979, según nos los hace saber Didier Eribon. Es fácil captar que hay allí razones  -sobradas razones-  para el asombro. Es casi una adivinación lo de Foucault. Por eso puede decir Eribon: " ... su interpretación de la revolución iraní como la primera insurrección de envergadura contra el sistema globalizado, su insistencia en el papel político que el Islam iba a estar llamado a desempeñar en la escena internacional, etc., traducen una lucidez casi premonitoria en todo caso a la inversa de la ceguera que le imputaron" (D.E.; "Michel Foucault", El cuenco de plata, Bs. As., 2020, pp. 360-361).


Así entonces, echarle en cara que no previó la  inmediata deriva confesional del proceso iraní es como exigirle que adivine dos veces lo que otros no pueden prever ni una.  A fin de cuentas, hizo lo que muy bien puede esperarse de un filósofo: atisbó el futuro y el presente lo dejó a la consideración de los políticos que, aunque descifrarlo es su trabajo, también se equivocaron. Y los pocos que acertaron lo hicieron apoyados más en el prejuicio antimusulmán que en el análisis acucioso y objetivo de los hechos.


Y hay que cerrar este círculo casi fantástico aclarando algo que clama por sí solo su puesta a punto: el presunto   "totalitarismo" iraní lo es en la visión occidental de las cosas. Pero el Islam no pierde el sueño por Danton ni por Voltaire, ni quiere abrevar en la Revolución Francesa, ni dedica su tiempo a escudriñar las obsesiones reprimidas de Hannah Arendt. Como dice Eribon, se trata de "una revolución que escapaba de la política o, en todo caso, de las categorías de la política occidental".  Eso es así. Las lapidaciones, en un caso, y la pedofilia a escondidas o el asesinato de bebés, en otro,  son taras de unas religiones, pero no son el Islam ni el Cristianismo.


Y la calidad y humanidad de la biografía que escribió Didier Eribon   -dicho sea  no de paso sino en lugar principal-   hace de ella un imprescindible documento de nuestro tiempo si lo que se quiere es interrogar al siglo XX para saber cuánto de aquel pasado nos acecha en nuestro futuro.


Una década después, cuando los fragores de aquella incursión de Foucault por las cosas de Medio Oriente ya eran un recuerdo, el filósofo va a reincidir en una concepción de la política militante  a la que  también  se entregará a fondo.


La voluntad y la moral han solido trocarse un poco, en la teoría y la práctica de Foucault,  en dimensiones metafísicas, pues una y otra han podido ser absolutizadas hasta privarlas de todo vínculo con la terrenalidad de la política. No hay ni tiempos, ni contextos,  ni formas, ni ritmos, ni  "timing" alguno que valga tener en cuenta a la hora de fijar una posición pública sobre un asunto de interés general. En Polonia, a fines de 1981, una revolución de color de aquella época toca a su fin: el sindicato Solidarnosc es ilegalizado y su mentor, Lech Walesa, un hombre vinculado orgánica e ideológicamente a su connacional, el Papa Karol Wojtyla, es encarcelado.


Foucault sabe que volver a la democracia y volver al capitalismo no es lo mismo. Pero él advierte lo insoportable y lo inaceptable inmediatos: Jaruzelski ha reprimido en Polonia, Jaruzelski es un general del ejército polaco y  en Polonia hay una dictadura a la que hay que abatir. En esa visión de las cosas  -y en lo que hará a partir de ahora-   lo secunda Pierre Bourdieu.


En Francia, por esos días de glamour rosa pálido,  hay un gobierno flamante y socialista. Gobierna la "gauche". Gobierna Mitterrand. El ministro de relaciones exteriores, el socialista Claude Cheysson, ha dicho que la represión al pueblo polaco es un asunto interno de Polonia y que Francia no se inmiscuye en los asuntos internos de otros países. La prestigiosa e internacionalmente admirada intelectualidad francesa rompe con Mitterrand y su gobierno por esa razón; rompe a causa de esa declaración de prescindencia; rompe así, de entrada no más. Gilles Deleuze, histórico amigo personal de Foucault, se niega a firmar la solicitada que denuncia la represión y la actitud del gobierno francés frente a la represión en Polonia.  Su argumento: es demasiado pronto para ponerle palos en la rueda a un gobierno que recién empieza. Jack Lang, el ministro de Cultura, se indigna con los firmantes. Acusa a Yves Montand de duplicidad pues en el pasado viajó a la Unión Soviética. El actor contesta que precisamente porque viajó supo que en la URSS había una dictadura. Lang ha dicho ya que los descontentos son payasos, deshonestos e hipócritas. No sabe  -o no se acuerda-  que Mitterrand tiene un "pasado" en el cual es mejor no hurgar: la derecha se pregunta qué hizo el Presidente durante el nazismo. El gobierno sigue adelante con la segunda parte de su posición política frente a la crisis en el país comunista: convoca a una masiva manifestación de apoyo al pueblo polaco en la Opera de París. A esa manifestación van a asistir ... Foucault y Bourdieu (¡!). Moraleja: cuando se es gobierno la incomodidad con lo que no nos gusta se maneja de forma diferente a cuando no se es gobierno. No obstante cabe la pregunta, casi retórica:  si Bourdieu y Foucault no hubieran amplificado el grito,  ¿el gobierno habría convocado a la Opera?  Pero se trata, más bien, de una pregunta para Didier Eribon, francés y actor joven de aquellos sucesos.  La política, a fin de cuentas, es tan abstrusa e indescifrable como la filosofía. O eso parece.


Si bien se mira, este melodrama francés de aquel siglo era una disputa entre gente  que compartía, en el fondo, un antisovietismo militante. No hay que olvidar que el contexto mundial de entonces era la guerra fría; y en esa guerra tanto Foucault como Mitterrand estaban unidos por el tenue hilo de la complicidad.  La prosa de la política suele ser más escabrosa que la prosa del mundo;  así como las palabras y  las cosas, a veces,  parecen vivir en el espacio hiperbólico en el que una cuarta dimensión le confiere a la realidad un aspecto inconcebible,  así dicen los matemáticos, así lo dice Andrew Wiles, aquel que descifró el teorema de Fermat.


La breve síntesis y el cierre de esta nota resumen su actualidad y lo mucho de ella que, pese a las apariencias en contrario, está imbricado en nuestro presente.


Occidente no puede liderar la historia de la Humanidad en pos del inmediato futuro multipolar y de los mediatos  y eventuales escenarios poscapitalistas. Su historia particular es una historia de violencia e incomprensión y desprecio por lo distinto; y la especie, para sobrevivir, empieza a buscar la coordinación de esfuerzos para asegurar la paz y desterrar las guerras involucrando, en ese esfuerzo, a todas las voces, a todas las culturas, a todos los pueblos, a mayorías y minorías raciales, nacionales, sexuales y de género. Los que dicen suscribir este programa y, a un tiempo, venden armas, no tienen cabida en la casa común. Los que venden armas, en el mundo, son los  gobiernos, en particular, el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica (SIPRI https://armstrade.sipri.org/armstrade/page/values.php). Y no las venden para la defensa de nadie. Las venden porque esa industria es insumo principal para el funcionamiento de su economía, además de para jugar la baza final en la partida ya perdida de la prolongación del hegemonismo.


Occidente es el genocidio nazi pero también es todo el brillo y el rico discurrir de su filosofía.  No obstante, las preguntas que ésta se hizo a sí misma también se las hicieron y se las hacen los pensadores  de Persia, de Oriente y del mundo hindú. El saber  -todo el saber, incluso el saber político-  no es lo que Occidente dice que es el saber. Otras culturas tal vez sean más sabias que la nuestra.


Las luchas políticas del siglo XX  -en todo el mundo, incluso en América Latina-  vivieron en un formato "obrero y popular" que abrevaba en la así llamada tradición marxista-leninista. Pero ya con el "mayo francés" empiezan a despuntar nuevos actores y nuevas dinámicas de tales luchas. Esa asonada, con acusado protagonismo del movimiento estudiantil,  puede ser vista como el "neolítico" en la protohistoria de las actuales luchas populares en las cuales los "movimientos sociales" constituyen un actor central. Nada desmiente ni desactualiza, in totum, a aquella tradición. Sólo se redefinen  las  estrategias de construcción implicadas en ella  en función de las nuevas realidades económicas y sociales que está configurando la globalización.


El nudo del debate conceptual de hoy en Argentina y en América Latina radica en el tipo y la naturaleza de las construcciones que es preciso acometer para hacer de la política una praxis liberadora y, en el largo plazo, alumbradora de formas sustitutas del capitalismo. Y eso también, y principalmente, era lo que se discutía en el siglo XX, tanto en Europa como en Latinoamérica.

Las nuevas formas de hacer política propias del siglo XXI se hallan prefiguradas en esos desarrollos teóricos de aquellos intelectuales del siglo XX. Ellos buscaban lo que no se veía pero se sabía que podía existir porque la teoría así lo indicaba, como  ocurre hoy en la Física con la materia oscura. Y así como,  ayer y allá,  los partidos políticos reputadamente representativos fueron provisoriamente desmentidos en esa representatividad y contestados en la acción práctica, pues emergieron nuevos sujetos (estudiantes, minorías raciales, nacionales y sociales), así también, hoy y aquí, la tradición política  -fulminada por algunas voces con el mote de  "la vieja política"-  se las ha tenido que ver con unas formaciones sociales multitudinarias y abigarradas que optan por la acción directa y que disputan, con los partidos, la teoría y la práctica de la política, y que redefinen, en clave renovadamente progresista, los objetivos "finales" de la nueva sociedad anhelada: la democracia y la libertad. La representración parlamentaria acotada a los partidos es expulsiva, antidemocrática y anacrónica.


Hay discursos y prácticas que atraviesan el propio ámbito progresivo y antisistémico que, aunque expresan unos valores antitéticos a la ideología del lucro, del mercado y de la violencia represiva del Estado, también reproducen las lógicas de poder del enemigo burgués al que dicen combatir.  La separación de las dimensiones ética y moral, por un lado,  de la práctica política, por el otro, constituye  -junto a su epifenómeno, los privilegios y la corrupción- una de las manifestaciones del modo en que aquella perversión reproductiva del poder dominante se aloja en las sentinas y sumideros que corroen por dentro la eficacia de los programas populares tanto para obtener consenso como para transformar la realidad.


No es en la filosofía europea, en suma  -o no solamente en ella-  que se inspiraría, prioritariamente, el nuevo programa democrático  global. Se inspirará en las realidades nacionales  de los pueblos. Bien entendido que Guatemala, Paraguay o Argentina, por caso, nada tienen que aportar, en soledad, al caudaloso torrente de la historia humana que busca desembocar en el mar de la libertad, y que el futuro de esos pueblos sólo se asemejará a algo plausible  sólo si se lo concibe en conjunción con la cultura y la tradición a la que pertenecen  (América Latina) que, a su vez, nació como tal de un desgarramiento originario y ancestral: el exterminio de unos pueblos que igual han llegado hasta hoy con sus  innegociables  exigencias de justicia histórica. La integración de una América Latina plurinacional y pluricultural ha de divisarse, al final del camino, como una aspiración existencial de nuestros pueblos, es decir, de nosotros mismos.


La práctica política, entonces, lejos de reclamar su uso por "profesionales", ha de ser, cada vez más, y como decía Paul-Michel Foucault, " ... un intensificador del pensamiento; y el análisis (político)  un multiplicador de las formas y dominios para la intervención de la acción política ...". 


Los  ocho párrafos anteriores vienen a decir que,  como éste es un in memoriam a destiempo y  a deshoras pero igualmente legítimo por Michel Foucault , el mejor homenaje que le podemos rendir es apropiárnoslo  en todo lo que él nos suscita como reflexión disparada por su pensamiento filosófico y político y haciéndolo hablar para nosotros.  Toda discusión franca y abierta con el legado de este pensador de  Occidente siempre será una feliz y fructífera ocurrencia, así como toda consideración  sesgada, improcedente y estéril orientada a mancharlo nunca será más que el homenaje que la mediocridad rinde al genio, Wilde dixit. 

Y a modo de post scriptum decimos que sólo "tomando el poder" Foucault podía aspirar a ser escuchado. Sólo ingresando a la École Normal Supérieur y sólo formando parte de la élite intelectual de Francia, de la más prestigiosa institución del saber filosófico europeo   -el Collège de France-,  su denuncia del poder como causa del sometimiento humano iba a calar a las profundidades adecuadas   -en los programas de estudio y en la agenda política de esa Francia de su época-   como para que Occidente supiera que había una reflexión y un lenguaje que empezaba a decir que aquellas "relaciones sociales  de producción" que el siglo XIX  había visto emerger en su dimensión económica, tenían, también  -y esencialmente-,  la forma fenoménica del PODER,  pues no sólo había que advertirlas en los vínculos entre patronos y obreros sino que esas relaciones de producción también estaban allí,  transfiguradas pero vivas, en los vínculos que los seres humanos establecen  en la familia, en la escuela, en la academia, en  todas esas  transitorias instituciones  en fin,  y  la sola pertenencia al Collège de France  dotaba al discurso de sus miembros del poder necesario como para ser escuchados. 

Esto no roza a Foucault, antes bien, lo ratifica en su sabiduría al tiempo que le pone un límite al horizontalismo basista  (proceder alegre y bullanguero, pero ineficaz e inconducente)  y, sobre todo,  confirma que la dialéctica, esa de la cual abominan los metafísicos de todas las edades geológicas  y de todas las especies genealógicas, sigue ahí, permanece, pues, en realidad, lo que permanece es la vida y el ser, y la dialéctica no es del orden de las teorías ni de las doctrinas, la dialéctica, siempre y solamente, ES, como ES la realidad.

Foucault, en suma, no ingresa a la "gesta izquierdista" (Eribon) para adherir a ella sino para atravesarla imbuyéndose, de ese modo,  de sus contenidos más íntimos, vivos y fructuosos. No es la primera vez que se deja arrastrar hacia territorios cuyo ethos oculto procura develar. Así supo lo que era la locura, la clínica, el poder. Estar de paso en geografías crípticas  para iluminarlas con su andar exquisito fue, para él, un método de conocimiento.  

Para nosotros, un activo y una felicidad. 

Y vaya, entonces, como una suerte de  pespunte lúdico que suscitaría, tal vez,  de su parte, un  gesto burlón,  este ruego: Lux æterna dona eis, Domine ... 

Amén.


sábado, 22 de julio de 2017

COYUNTURA NACIONAL Y GLOBALIZACIÓN: EL PODER EN DISPUTA, por Daniel Mojica (para "Cuestión Cultural" de julio de 2017)






“Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coersión alguna por cuanto amarían su servidumbre”
Aldous Huxley, “Un mundo feliz”, Prólogo

Los argentinos tenemos que reflexionar sobre nuestra realidad nacional más allá de la coyuntura. Dentro del contexto regional y aún analizando en profundidad la llamada globalización y sus consecuencias locales.

Tal vez sea la forma de acabar con lo que algunos analistas llaman “la teoría del péndulo”. Que hace referencia a la rotación entre gobiernos populares que son derrocados por dictaduras, golpes judiciales que imponen gobiernos neo liberales, o como en nuestro país, que asumen de manera democrática luego de una estafa electoral; esto es mintiendo a los electores anunciando medidas en beneficio de las mayorías y cuando asumen hacen todo lo contrario. Como ejemplo de estafa al pueblo podemos mencionar la elección de Carlos Saúl Menem (1989), quien prometió “salariazo y revolución productiva” y el actual gobierno que anunció que no devaluaría, que cuidaría el empleo, generaría nuevos puestos de trabajo y buscaría llegar a “pobreza cero”. Para en realidad generar un descalabro social, económico y psicológico de proporciones aún desconocidas.

Quiero significar con esta introducción, que si enfocamos en la persona del actual presidente y aún de su alianza de gobierno, la causa del empobrecimiento, cierre de fuentes de trabajo, endeudamiento serial y entrega de los recursos nacionales, estaremos apenas acariciando la punta del iceberg.

Estas políticas llevadas adelante con una brutal represión a las protestas, ataque a las organizaciones sindicales, sociales y de derechos humanos y con amplio apoyo mediático corporativo, hay que inscribirlas dentro de las políticas globales de lo que en otras épocas nombrábamos como imperialismo y lo identificábamos con la política exterior de Estados Unidos.

Hoy el proyecto global de dominación excede a un país. Está en manos de conglomerados económicos y financieros que ostentan un poder que supera a los gobiernos. Un poder extraterritorial que descansa en pocas corporaciones.

Esta breve descripción no tiene por objeto desmoralizar sino resignificar las estrategias, y por lo tanto las tácticas del campo nacional y popular para enfrentar con medidas apropiadas a semejante enemigo del bienestar de los pueblos.
El objetivo de todo poder con ansias de dominación es dividir a quien pretende dominar. El gobierno de la nueva alianza, Cambiemos Pro-Radical, es sólo y nada menos que un instrumento de ese inmenso poder corporativo que pretende doblegar de una vez por todas la resistencia popular, que durante más de 70 años estuvo y aún está en el Peronismo.
Por eso mismo no es casual que desde 1955 a la fecha el objetivo de todos los proyectos colonizadores es destruir o “domesticar” al peronismo. Por ser la columna vertebral del Movimiento Nacional de Liberación.

Un recuento de esos intentos, el decreto 4161 (Dictadura Aramburu-Rojas) de proscripción y persecución de Perón y el peronismo, sus símbolos y todo lo que se refiera al mismo, y los fusilamientos de los que intentaron resistir.

En 1964 el intento de Augusto Timoteo Vandor de crear un “peronismo sin Perón”. Esa iniciativa que no prosperó como tal, sin embargo, tuvo una descendencia a lo largo de los años en todos aquellos personajes que se pusieron la camiseta del peronismo, pero sin reivindicar en la práctica las banderas históricas del Movimiento creado por Perón.

Hemos visto un triste desfile de dirigentes que se nombraban peronistas y que acompañaron todos los intentos de licuar la raíz revolucionaria que le dio origen y sustento histórico. Estos personeros de la mentira y el engaño al pueblo es fácil identificarlos, se llenan la boca hablando de Perón, pero no llevan a la práctica durante su trayectoria política ninguna de las premisas que marcan a fuego al peronismo como proyecto liberador. Son los que pregonan “un Perón sin peronismo”, que utilizan la “cáscara del partido Justicialista” para sus propios intereses personales y no para la causa del pueblo, que no es otra que la liberación nacional. Única forma de lograr “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria”, que es construyendo una Patria Justa, Libre y Soberana.
La realidad nacional y regional imponen superar, trascender, ampliar los límites de lo partidario. Mediante el frentismo que caracterizó desde su nacimiento al peronismo, reconstruir el Movimiento Nacional.
Creo que hoy una de las trampas de este sistema global es “fortalecer los partidos políticos”. Esa consigna que repiten algunos dirigentes nacionales, encierra una limitación peligrosa: encerrarse en los límites rígidos de tradiciones políticas que impiden la confluencia en un gran Frente Nacional y Popular, que no es otra cosa que revivir el Movimiento Nacional de Liberación.
De lo que se trata en definitiva es la construcción de poder. Un poder popular que permita salir del sometimiento y subordinación a intereses ajenos al bienestar y desarrollo de la Nación.



UNA MIRADA AL VIEJO CONTINENTE

Si observamos la realidad europea podemos ver claramente el desgaste y pérdida de identidad de los partidos políticos populares. Esto se evidencia en España con el Partido Socialista que ya no se diferencia en su práctica política del Partido Popular, en ejercicio del gobierno. Pasa lo mismo en Francia. Al igual que en el Reino Unido con el Partido Laborista.
Lo que la socialdemocracia europea significó luego de la segunda guerra con la construcción del estado de bienestar fue borrado del continente con el fuerte viento de los años ochenta y el Consenso de Washington.
La caída del muro de Berlín y el derrumbe del comunismo soviético dejó al mundo en manos de la potencia capitalista.
También quedaron atrás los tiempos en que las izquierdas nombraban al “imperialismo como fase superior del capitalismo”.
La globalización superó las peores expectativas respecto de la dominación de los pueblos a manos de los países más poderosos.
La realidad nos muestra que hay conglomerados económicos y financieros que están por encima de la naciones mismas.
Es desde esa perspectiva que debemos analizar nuestro presente regional y nacional. Para desde ese trascendental cambio político y tecnológico elaborar las estrategias que lleven a nuestros pueblos a la liberación.

Que no es como se imaginó en la década del 60 ni en la del 70.

Por estas razones, si pensamos que el problema nacional es Cambiemos erraremos la estrategia. Esto nos lleva a tener que planificar tácticas para recuperar el gobierno, como paso previo a recuperar el poder. Que llevará mucho más tiempo.


LA CUESTIÓN DEL PODER

“...el poder no se da, no se intercambia ni se retoma, sino que se ejerce y solo existe en acto...” “...el poder...es...ante todo, una relación de fuerzas,” 
Michel Foucault, Genealogía del racismo

Tenemos que admitir que nos sorprendió la celeridad y profundidad de las medidas anti populares del gobierno Pro-Radical que conduce Mauricio Macri. Esperábamos si, un gobierno liberal más, que llevara adelante las políticas típicas de ese cuño.
En cambio nos encontramos con un proyecto que sigue una línea histórica iniciada en los tiempos del “fraude patriótico” y que primero Hipólito Yrigoyen vino a revertir y que Juan Domingo Perón vino a sepultar con la promulgación de la Constitución Nacional de 1949. Que institucionalizó la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Justicia Social. Así sobrevino 1955 y los intentos que mencioné más arriba, de destruir al peronismo.
Este gobierno viene a intentar cerrar ese ciclo histórico de bienestar popular, que resurgió desde el 25 de Mayo de 2003 durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Y a generar un espacio de “peronismo domesticado” que se sume a “la gobernabilidad” del sistema de poder establecido.

Recordemos que ya durante esos años, sobre todo luego de la muerte de Néstor Kirchner, se trató de diferenciar al kirchnerismo del peronismo. Ya el ex presidente decía “nos llaman kirchneristas para bajarnos el precio, somos peronistas”.
Esta fue un nuevo intento de dividir el campo popular, montado seguramente en errores cometidos durante esos doce años. Pero si miramos con atención las políticas llevadas adelante en esos años el balance es notoriamente favorable a los sectores populares.
Hoy el eje del ataque es hacia la figura de la presidenta mandato cumplido Cristina Fernández de Kirchner, porque es la única dirigente política con el apoyo popular necesario para oponerse a este proyecto de disolución nacional.
Nótese que dije “apoyo popular necesario”, pero no suficiente.
Acá viene la importancia que adquiere la demonización, estigmatización y catarata de denuncias mediático judiciales sin ninguna prueba fehaciente para desgastar y limar la imagen y el afecto popular de la ex presidenta.

Creo que doctora Fernández de Kirchner hizo una adecuada lectura del momento histórico que atravesamos y en consecuencia elaboró la estrategia electoral que anunció.

¿POR QUÉ TANTA VIOLENCIA DESDE EL ESTADO?
Decíamos más arriba citando a Foucault que “el poder se ejerce”, entonces si el poder se ejercita, el semiólogo se pregunta “...¿Qué es este ejercicio, en qué consiste, cual es su mecánica?...” y se responde “...el poder es esencialmente el que reprime, el poder reprime por naturaleza, a los instintos, a una clase, a individuos...”  (M. Foucault, “Genealogía del racismo”)

Este gobierno desde su misma asunción le apunta a los trabajadores, con despidos, cierre de fuentes de trabajo y represión de las protestas sociales.
También decía la cita más arriba que “...el poder...es...ante todo, una relación de fuerzas,” entonces, siguiendo al autor “...debería ser analizado en términos de lucha, de enfrentamientos, y de guerra...” Esto explicaría la virulencia de los ataques oficiales a los docentes, a los científicos, a las organizaciones sindicales, a los jueces y fiscales que no se subordinan.
Si bien los funcionarios no lo hicieron explícito. Los periodistas del conglomerado mediático financiero que fungen como voceros de la administración de Cambiemos, en más de una oportunidad definieron su tarea como “periodismo de guerra”.

Si continuamos con la mirada de Foucault, su análisis del poder, extrae varias conclusiones que nos pueden servir para comprender las políticas que lleva adelante Mauricio Macri desde que asumió el gobierno.
“Una primera hipótesis...la mecánica del poder es esencialmente represiva, una segunda hipótesis que consiste en decir que el poder es guerra, la guerra continuada por otros medios”. Invirtiendo de esta manera la afirmación de Clausewicz. Según Carl Von Clausewicz (filósofo, militar, autor del libro “De la guerra”) la guerra es la continuación de la política con otros medios.
De seguir este razonamiento, la pregunta que surge es ¿con quién está en guerra el sector que representa el gobierno de Cambiemos?
No sería desacertado responder que está en guerra con los trabajadores, sus organizaciones sindicales y con el peronismo del cual el movimiento obrero es la columna vertebral.

Acá surge una paradoja, porque el blanco preferido de la ofensiva mediática judicial y gubernativa es contra la persona de Cristina Fernández de Kirchner. Precisamente a quien los dirigentes que se dicen peronistas y apoyan la “gobernabilidad” y no ponen “palos en la rueda” a las medidas anti populares del gobierno tildan de “no peronista”.

A continuación, y para intentar comprender la virulencia del estado contra los sectores populares, voy a copiar una extensa cita que viene a cuento de lo que quiero demostrar.


Dice en “Genealogía del racismo” su autor: “La inversión de la tesis de Clausewicz quiere decir tres cosas: en primer lugar que las relaciones de poder que funcionan en una sociedad...se injertan esencialmente en una relación de fuerzas establecida en un determinado momento, históricamente precisable, de la guerra”, (digo, este momento de la “guerra” fueron las elecciones de 2015) sigue la cita: “Y si es verdad que el poder político detiene la guerra, hace reinar o intenta hacer reinar una paz en la sociedad civil, no es para suspender los efectos de la guerra o para neutralizar el desequilibrio que se manifestó en la batalla final...” (aclaro que la “batalla final” sería el resultado de aquellas elecciones) continúa la cita “El poder político en esta hipótesis, tiene de hecho el papel de inscribir perpetuamente, a través de una guerra silenciosa, la relación de fuerza en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y otros”.
Por eso no detiene su ofensiva contra todos los sectores que no se les subordinan.
Un claro ejemplo que pone a las claras, por si hiciera falta, que no respetan los preceptos constitucionales y los mecanismos que establece para remover ciertos funcionarios autárquicos y sin dependencia del Poder Ejecutivo, es el inusitado ataque a la Procuradora de la Nación.


Una última apreciación en este primer tramo en el que pretendí mirar la coyuntura actual desde la mirada de Michel Foucault sobre el poder en su “Genealogía del Racismo”.

Al finalizar su conferencia expresa que se pueden oponer dos grandes sistemas de análisis del poder. Uno “se articula en torno del poder como derecho originario que se cede y constituye la soberanía, y en torno a un contrato como matriz del poder político” que es el que han tomado como modelo países como el nuestro. Donde el contrato se desprende del resultado electoral y el ganador se compromete a llevar a cabo lo que prometió y por eso se lo vota (este es el contrato roto desde el primer momento por el actual presidente, lo que significó una estafa electoral a la ciudadanía). Pero sigamos al autor en su razonamiento: “El poder así constituido corre el riesgo de hacerse opresión cuando se sobrepasa a sí mismo, es decir, cuando va más allá de los términos del contrato. Poder-contrato, con la opresión como límite o, más bien como la superación del límite”.

Queda a las claras como resultado del análisis expuesto que estamos ante un gobierno elegido de manera democrática, que de manera unilateral ha roto con la sociedad, el contrato por el que fue electo. Por algo en la jura de toma de posesión del mando presidencial, la forma elegida es: 
‘Yo,... juro por Dios Nuestro Señor y estos Santos Evangelios, desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de presidente (o vicepresidente) de la Nación, y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación Argentina. Si así no lo hiciere, Dios y la Nación me lo demanden”.
Recordemos además que Mauricio Macri suprimió “patriotismo” y en su lugar nombró “honestidad”

La pregunta que surge espontánea es: ¿Cómo demanda la Nación? Porque resulta evidente que no cumplió con “observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación Argentina”.


Daniel Mojica
Escritor Miembro de COMUNA
www.cuestioncultural.blogspot.com.ar
Columnista político de "Tejiendo Redes"  Radio Gráfica


Publicado en:
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