Cubierta
Portada
Dedicatoria
Agradecimientos
Introducción. La deconstrucción de un mito
Capítulo 1. La otra Tierra Prometida: la inmigración judía en
Argentina
De “rusos” y “turcos” a criollos
Del Hotel de Inmigrantes, pasando por el conventillo, hacia la
clase media alta
La sombra del golpe militar de junio de 1943
Capítulo 2. Los orígenes de la mácula fascista: la neutralidad
argentina en la Segunda Guerra Mundial y la entrada de nazis en la
posguerra
Inmigración y educación católica: Los desafíos de los argentinos
judíos
La Argentina, ¿“paraíso de fugitivos nazis”?
Capítulo 3. La OIA: sección judía del Partido Peronista
Pablo Manguel: el hombre clave de la OIA
Blum: el rabino peronista
El enfrentamiento de Perón con la Iglesia y la libertad de
cultos
Clérigos, nacionalistas y la campaña antisemita
Desperonizando una colectividad: la sombra de la Revolución
Libertadora
Amram Blum: la principal víctima
Capítulo 4. El peronismo frente al nuevo estado judío
Entre presiones conflictivas: la abstención argentina
Conflictos personales y disputas ideológicas
Las demandas nacionales judías y la “tercera posición”
Júbilo ante el establecimiento del Estado judío
Desacuerdos en el Ministerio de Relaciones Exteriores israelí
Apoyando a Israel frente al antisemitismo en la Unión Soviética
Intereses económicos complementarios
Capítulo 5. Apoyo de los intelectuales y de los medios: los casos
de César Tiempo y Jaime Yankelevich
Los intelectuales y el peronismo
César tiempo: el judío porteño
El equipo editorial de La Prensa: en pro de la inclusión y el
pluralismo
Esperando el regreso del peronismo
La televisión al servicio del peronismo
Primeros pasos en Argentina
Ingreso en la radiofonía
Expansión e integración
Entre el Estado y la radio
El peronismo, los medios y la radio
Conflicto y adaptación al cargo
Gestionando la llegada de la televisión
Capítulo 6. Apoyo sindical y empresarial: de Ángel Perelman a José
Ber Gelbard
Gelbard, el peronismo y la burguesía nacional
Capítulo 7. El justicialismo visto por los israelíes, 1946-1976
La imagen del primer peronismo en Israel
El reverso de una imagen
Exilio forzado y retorno
El peronismo despierta temores de ser antisemita
La masacre de Ezeiza
Perón es elegido presidente
La sombra de López Rega
La muerte de Perón
La bailarina, del cabaret a la Casa Rosada
La inclusividad étnica del populismo peronista
Fuentes
Álbum de imágenes
Créditos
Sobre el autor
Rein, Raanan
Los muchachos peronistas judíos. - 1a ed. - Buenos Aires : Sudamericana, 2015
(Historia)
EBook.
ISBN 978-950-07-5398-2
1. Ensayo histórico. I. Título
CDD 982
Edición en formato digital: septiembre de 2015
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial
Humberto I 555, Buenos Aires.
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Fotografías de Roberto Elissalde, Archivo de la Academia Nacional
de la Historia, Archivo General de la Nación y Biblioteca Nacional.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser
reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida
por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por
ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético,
electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por
escrito de la editorial.
ISBN 978-950-07-5398-2
Conversión a formato digital: Libresque
www.megustaleer.com.ar
AGRADECIMIENTOS
El presente libro supone la culminación de un viaje empezado hace
20 años con la presentación de una ponencia sobre la imagen del primer
peronismo en el Estado de Israel durante el congreso organizado por la
Latin American Jewish Studies Association, en México, en 1995. A lo
largo de este viaje he acumulado muchas deudas con bibliotecarios y
archivistas, colegas y estudiantes, amigos y familiares. Cada uno
contribuyó de una u otra forma a la elaboración de ciertos conceptos, a
la búsqueda de material inédito o a la realización de un proyecto de
historia oral. No voy a poder nombrarlos a todos.
Quiero agradecer en primer lugar a Jorge Gelman, quien me alentó a
escribir este libro después de publicarme Los Bohemios de Villa Crespo:
Judíos y fútbol en la Argentina (2012) en la colección Nudos de la
Historia Argentina, que él dirigió para Sudamericana. Claudio Panella,
de la Universidad Nacional de La Plata, ha colaborado conmigo en varios
proyectos relacionados con el primer peronismo. Su apoyo y colaboración
han sido invalorables.
Tengo una particular deuda de gratitud con Jeffrey Lesser, de la
Universidad de Emory, David Sheinin, de la Universidad de Trent,
Federico Finchelstein, de la New School, y José Moya, de Barnard
College, por un diálogo intelectual inspirador y continuo sobre temas de
inmigración, etnicidad, diáspora y transnacionalismo. Daniel Anchorena
ha sido durante muchos años no solamente mi editor sino también un amigo
cercano. En distintas etapas de este proyecto mantuve interesantes
conversaciones con Manuela Fingueret, Saúl Sosnowski, Mirta Kupfermink,
Adriana Brodsky, Edna Aizenberg, Mariano Plotkin, Emmanuel Kahan,
Alejandro Dujovne, Benjamin Bryce y Nerina Visacovsky.
Susana Brauner, Fabián Bosoer, Santiago Senén González, Gustavo
Nicolás Contereras, Adrián Krupnik, Diego Rosemberg, César Tcach, Andrea
Matallana, Beatriz Gurevich, Ariel Kocik me ayudaron a conseguir
material importante para esta investigación. Julián Blejmar me ayudó en
la preparación del capítulo sobre Gelbard. Agradezco a Rosalie Sitman,
de la Universidad de Tel Aviv, que siempre me acompaña en mis estudios
sobre la Argentina del siglo XX. Mi gratitud también a varios de mis
estudiantes, del pasado y del presente: Efraim Davidi, Ariel Noyjovich,
Tzvi Tal, Uri Rosenheck, Mollie Lewis Nouwen, Ariel Svarch, Ilan Diner,
Maayan Pasamanik y Omri Elmaleh por su ayuda para ubicar varias de las
fuentes utilizadas en esta investigación. También agradezco a Eliezer
Nowodworski y Pablo Bornstein por la ayuda para preparar la versión en
castellano de este texto. Igualmente me gustaría transmitir mi
agradecimiento a todos las personas que he entrevistado a lo largo de
los años y son mencionados en este libro.
Por último, y no menos importante, quiero agradecer a mi esposa
Mónica, nacida en Villa Crespo, a mis hijos Omer y Noa y a las familias
Walovnik, Frid y Bichman que siempre me abren sus puertas (y corazones)
en mis estadías de investigación en Buenos Aires.
En la Universidad de Tel Aviv tuve el apoyo del Centro S. Daniel
Abraham de Estudios Internacionales y Regionales y de la cátedra Elías
Sourasky de Estudios Iberoamericanos. A todos ellos quiero agradecer el
haber hecho posible este libro.
INTRODUCCIÓN:
LA DECONSTRUCCIÓN DE UN MITO
A principios de agosto de 2014 fui invitado a participar en un
debate que tuvo como eje la figura de Juan Domingo Perón y sus vínculos
con la colectividad judeoargentina. La discusión se realizó en el salón
principal de Tzavta, el club sionista progresista localizado,
precisamente, en la calle Perón al 3.600 de la ciudad de Buenos Aires.
Según la nota publicada después por el periódico Nueva Sión, el evento
se caracterizó por “una asistencia de público inédita”.(1)
No era
necesariamente mi propia conferencia en esta reunión
la que atrajo a
tanta gente, sino
la posibilidad de un debate acerca de si el fundador
del movimiento justicialista y su gobierno eran antisemitas o no, un
tema que a casi 70 años de su primera presidencia todavía genera fuertes
polémicas dentro y fuera de la comunidad.
Muchos de los asistentes quedaron sorprendidos por los “diez
mandamientos” (que en realidad eran once) presentados por mí en aquella
oportunidad. Parecía que en su mente estaba grabada aún la propaganda
electoral de la Unión Democrática de fines del año 1945 y principios de
1946, según la cual Perón era nazifascista. El régimen que estableció
Perón después de su triunfo electoral era supuestamente antisemita y,
por lo tanto, los argentinos de origen judío debían ser necesariamente
hostiles al justicialismo. Estos mitos están bien arraigados en la
conciencia colectiva de amplios sectores de la sociedad argentina. Y son
precisamente estos mitos a los que el presente libro viene a desafiar.
En forma telegráfica, los argumentos que expuse fueron los
siguientes: primero, que
Perón no era nazi. Esta imputación, basada
fundamentalmente en la política de neutralidad durante la Segunda Guerra
Mundial seguida por el gobierno que él integró antes de ser presidente,
es falsa. En realidad, la tardía declaración de guerra al Eje se
relaciona con dos aspectos inherentes a la diplomacia argentina. Por un
lado, la tradición de neutralidad en conflictos internacionales, apoyada
mayoritariamente por la población de ese país, tal como ya había
sucedido durante la Primera Guerra Mundial; y por el otro, que la
neutralidad argentina tenía una importancia vital para Gran Bretaña, su
principal cliente comercial en esos años, ya que una declaración de
guerra a Alemania hubiera puesto en serio peligro el envío de trigo y
carne por mar, que fue un aporte vital para la supervivencia de la
población británica.
El
segundo argumento: que
Perón no era fascista. Pasó algún
tiempo en Italia a fines de la década de los 30 para especializarse en
alpinismo, pero muy alejado de Roma y el centro de los acontecimientos
políticos; no se codeaba con jerarcas del régimen. Sin ninguna duda su
pensamiento era nacionalista y contenía elementos autoritarios, pero eso
no significa que fuera fascista. Además, en el contexto de la posguerra
mundial era inviable planificar un régimen fascista. Y llegó entonces
el
tercer argumento: enfatizando el carácter heterogéneo del peronismo,
me referí a la mezcla de influencias políticas e ideológicas en su
formación. Si bien el
nacionalismo de extrema derecha influyó, no era la
única fuente. El
pensamiento social de la Iglesia, así como
corrientes
socialistas de diversos matices, también dejaron su impronta. Al momento
de caracterizar al primer peronismo, para ponerlo en alguna categoría
teórica,
insistí en el concepto de populismo que sigue siendo mucho más
relevante que el de fascismo para entender este fenómeno.
La
cuarta afirmación fue que
Perón no era antisemita. Si uno lee
sus numerosos discursos en contra del antisemitismo durante sus dos
primeras presidencias se da cuenta de inmediato de que ningún otro
presidente antes de la llegada de Perón al poder expresaba de forma tan
clara, tajante y contundente, su rechazo a la discriminación contra los
judíos. Lo mismo vale para Eva Duarte de Perón. En varios de sus
discursos, Evita intentaba plantear la tesis de que de hecho la
oligarquía era la que mantenía actitudes antisemitas, pero no el
peronismo.
El régimen peronista tampoco fue antisemita. Durante la década
peronista se registraron menos incidentes antisemitas que en cualquier
otro período de todo el siglo XX. Muchos judíos a finales de los años 40
y principios de los 50 ingresaron a la burocracia estatal, y lograron
cargos más importantes que los alcanzados anteriormente. Por lo tanto,
el
sexto argumento refutaba la idea de que la comunidad judía era en su
totalidad hostil al peronismo. Una mirada tajante al respecto enfrenta
la falsa imagen de una colectividad homogénea, cuando, por un lado, la
mayoría de los judíos nunca se han afiliado a las instituciones
comunitarias, y por otro, la comunidad siempre se caracterizó por su
posición heterogénea respecto de cualquier tema político, social,
económico o cultural.
No fueron pocos los judíos que apoyaron al naciente peronismo
desde las primeras horas. Su número creció a medida que el régimen se
afianzaba en el poder, y a raíz de la reelección de Perón en noviembre
de 1951. En esos momentos, la Segunda Guerra Mundial empezaba a quedar
atrás. Además, estaba bien claro que el peronismo no era un fenómeno
pasajero y, sobre todo, que un número nada desdeñable de judíos
cambiaban su opinión al ver sus políticas económicas y sociales, que
beneficiaban a muchos argentinos judíos de las clases media y media
baja.
Pero también, la lucha permanente en contra del antisemitismo y el
alejamiento de gente de extrema derecha de cargos importantes
contribuyeron al creciente apoyo brindado al gobierno.
Luego abordé el rol de la Organización Israelita Argentina (OIA),
abiertamente cercana al peronismo. Algunos suelen describirla como un
grupo de marginales dentro de la comunidad, buscando una oportunidad
para jugar un papel más protagónico. Había entre ellos, obviamente,
oportunistas o gente marginal, pero muchos otros entraron en la OIA por
distintos motivos: por identificarse con el concepto de justicia social o
con las políticas económicas y sociales del peronismo, o por querer
integrarse y respaldar a un movimiento que tenía un apoyo mayoritario en
la sociedad argentina.
El vínculo del gobierno nacional con el Estado de Israel siempre
revestía importancia para muchos de los argentinos judíos. En el caso de
Perón, las relaciones entre el gobierno argentino y el nuevo Estado
judío fueron excelentes. Si bien Argentina se abstuvo en la votación en
la ONU que decidió la partición de Palestina y la creación del Estado de
Israel, pocos meses después fue el primer país latinoamericano en
establecer una embajada en Israel y el primer país latinoamericano en
firmar un acuerdo comercial con el nuevo Estado. De hecho, una de las
mejores décadas de las relaciones bilaterales fue precisamente la de la
presidencia de Perón(2).
El décimo argumento daba cuenta del
intento del establishment
judío de borrar de la memoria colectiva el apoyo brindado por muchos
judíos al primer peronismo, apenas fue expulsado del poder. La
dirigencia de las instituciones judías hizo un esfuerzo en línea con las
nuevas circunstancias políticas de ese momento. Y, por último,
en el
undécimo argumento, sostuve que
Perón fue el primer mandatario argentino
que legitimó el mosaico de identidades de distintos grupos étnicos en
su país. Él no vio ninguna incompatibilidad entre ser un buen argentino,
ser un buen judío, y dar apoyo al sionismo o al Estado de Israel. Para
él, cualquier argentino de origen español podía apoyar a su madre
patria, España, cualquier argentino de origen italiano podía apoyar a
Italia, y cualquier argentino de origen judío podía apoyar al Estado de
Israel. En los discursos de Perón en esta etapa no hubo ninguna
referencia a una supuesta “doble lealtad”, una acusación muy común desde
la extrema derecha en Argentina a lo largo del siglo XX.
Estos argumentos, que voy a presentar en detalle en los
siguientes capítulos, provocaron un fuerte debate en aquella noche del
invierno argentino. Se trataba de un público variopinto, que incluía
tanto a investigadores en la materia, historiadores, estudiantes y
personas interesadas en la temática, como a quienes habían vivido
aquella época, los que desde su testimonio daban cuenta de sus vivencias
personales. En el encuentro también estuvieron presentes militantes y
diputados del peronismo, y hasta participaron dos de los hijos de Pablo
Manguel (el dirigente de la OIA nombrado primer embajador argentino en
Israel), uno de ellos, Juan Domingo, nacido en Tel Aviv. Según una nota
publicada al día siguiente, mi conferencia “suscitó contrapuntos
interesantes en el intercambio, entre aquellas miradas centradas en lo
autobiográfico y las fundadas en investigaciones historiográficas, y no
faltó acaloramiento y pasión en el debate, entre quienes veían a un
Perón cuasi nazi y fascista y aquellos que coincidían con la mirada de
Raanan Rein”.
Una semana después me invitaron al Círculo de Legisladores para
encontrarme con un grupo de exsenadores y exdiputados peronistas,
incluyendo algunos veteranos como Rodolfo Decker, jefe de la mayoría
peronista en el congreso nacional a partir de junio de 1946, o Duilio
Brunello, que colaboró estrechamente con José Ber Gelbard en la
Confederación General Económica (CGE). En esa reunión hablaron también
la vicepresidenta del Congreso Metropolitano del Partido Justicialista,
Raquel Cecilia Kelly Kismer de Olmos, y la exdiputada Ana Kessler. Ambas
se conocieron a mediados de los años ochenta como militantes
justicialistas, y contaban cómo la gente, judía o no, reaccionaba con
sorpresa al conocer a “una judía peronista”, como si se tratara de un
fenómeno insólito.
Efectivamente, según la historiografía tradicional, a lo largo de
la década peronista (1946-1955) Juan Perón fracasó en su intento de
conseguir el apoyo de sectores significativos de la comunidad judía
argentina, pese a sus esfuerzos por erradicar el antisemitismo y a pesar
de haber cultivado relaciones estrechas con el Estado de Israel. La
mayoría de los argentinos de origen judío, nos dicen los comentaristas e
historiadores, continuaron siendo hostiles a Perón. Los numerosos
esfuerzos de Perón por conquistar a la colectividad no rindieron,
supuestamente, los frutos esperados. A poco tiempo de finalizada la
Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó a conocerse la magnitud de la
hecatombe de los judíos en el Viejo Continente, los judíos argentinos,
oriundos en su mayoría de las zonas devastadas en Europa Oriental y
Central, mostraban una comprensible sensibilidad hacia un gobierno con
varias características que recordaban a los recientemente derrotados
países del Eje. El apoyo de círculos nacionalistas y antisemitas a Perón
en los inicios de su carrera política, especialmente la Alianza
Libertadora Nacionalista, y su pacto con la Iglesia Católica en la
segunda mitad de los cuarenta, solo contribuían a tal impresión. La
identidad política de numerosos judíos (pertenecientes a grupos
demócratas liberales o de izquierda), así como su identidad
socioeconómica (muchos pertenecían a las capas medias de la sociedad
argentina), los llevó a manifestar sus reservas respecto del régimen,
que desarrollaba crecientes tendencias autoritarias y se identificaba
con la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera argentina.
El hecho de que Perón fuera convirtiendo gradualmente la lucha contra el
antisemitismo en parte integral de su política no logró modificar la
suspicacia de muchos judíos hacia su gobierno.
Este cuadro no es falso, pero es sumamente unidimensional y no
refleja correctamente una realidad mucho más compleja. En la
inauguración de la sede de la OIA en la avenida Corrientes al 2000, en
agosto de 1948, su presidente Sujer Matrajt dijo:
“Perón no es solo el
celoso gestor de nuestra soberanía política sino también el gobernante
que en un mundo dominado por la intolerancia supo levantar en la
Argentina la antorcha de la consideración y del respeto hacia todas las
colectividades que integran la nación, alejando de esta tierra el
fantasma de la persecución y de la intolerancia”.
Perón, por su parte,
manifestó en ese acto: “¿Cómo podría aceptarse, cómo podría explicarse,
que hubiera antisemitismo en la Argentina. En la Argentina no debe haber
más que una clase de hombres. Hombres que trabajen por el bien
nacional, sin distinciones [...] Por esta razón [...] mientras yo sea
presidente de la República, nadie perseguirá a nadie” (3).
El diario El
Argentino tituló su reseña sobre este acontecimiento: “Quedó incorporada
al peronismo la Organización Israelita Argentina”.
Con pocos días de diferencia, Evita expresó conceptos similares:
“En nuestro país los únicos que han hecho separatismos de clases y de
religiones han sido los representantes de la oligarquía nefasta que han
gobernado durante cincuenta años nuestro país. Los causantes del
antisemitismo fueron los gobernantes que envenenaron al pueblo con
teorías falsas, hasta que llegó con Perón la hora de proclamar que todos
somos iguales”(4). Mediante este tipo de muestras de simpatía hacia los
judíos, el matrimonio Perón intentaba desafiar a las élites argentinas
tradicionales, que no se habían caracterizado por su apertura hacia los
judíos.
La OIA no logró desafiar el liderazgo de la DAIA, pero sí sirvió
como un importante mediador entre las autoridades nacionales y la
colectividad, y consiguió gestionar ante el gobierno beneficios
colectivos para los argentinos judíos, promoviendo intereses étnicos y
religiosos comunitarios. La mayoría de los dirigentes de la OIA
pertenecía a la primera generación de inmigrantes judíos de Europa
Oriental. Algunos estaban muy involucrados con la colectividad, el
sionismo e Israel, pero se identificaban como argentinos y judíos antes
que como judíos y argentinos. Abogaban por la integración social a
través del peronismo, sin renunciar a los componentes judío y sionista
de su identidad. En su mayoría siguieron siendo leales a Perón y al
movimiento justicialista, también después de caer su gobierno, lo que
constituye una prueba adicional de que la relación que tenían con el
justicialismo no fue mero oportunismo. Muchos pagaron durante la
Revolución Libertadora un alto precio por dicho apoyo al peronismo.
Es cierto que la mayoría de los dirigentes de las organizaciones
judías tenía sus reservas hacia el movimiento y el gobierno
justicialistas, pero no todos. Lo interesante, y poco conocido, es el
hecho de que el mismo presidente de la DAIA, Ricardo Dubrovsky, llegó a
afiliarse al Partido Peronista. A mediados de 1953 Dubrovsky fue
designado profesor titular de la cátedra de Obstetricia en la
Universidad de Buenos Aires. La dirigencia del Hospital Israelita
también apoyaba al gobierno peronista y sus políticas
económico-sociales. Dentro de la comunidad judía organizada, pero aún
más importante y menos estudiado, entre mucha gente común, no afiliada a
las instituciones comunitarias judías (que después de todo
representaban a una minoría de los argentinos judíos), había apoyo o
identificación con este movimiento social y político cuyo impacto en la
sociedad argentina ha sido duradero.
El peronismo, que dividió a la
sociedad entre sus adherentes y sus oponentes, causó divisiones
similares también entre los argentinos de origen judío, aunque entre
estos últimos los simpatizantes del gobierno nunca fueron mayoría.
La columna vertebral del peronismo eran los sindicatos, y
distintos dirigentes judíos en el movimiento trabajador no solamente se
identificaban con el naciente movimiento político sino que también
tuvieron un papel importante en la movilización del apoyo popular al
peronismo. Ángel Perelman, fundador en 1943 y primer secretario general
de la Unión Obrera Metalúrgica, es reconocido por su aporte a las
manifestaciones obreras del 17 de octubre de 1945, que dieron origen a
la coalición política que ganó las elecciones generales de febrero de
1946. Un aporte similar le correspondió a
Ángel Yampolsky, secretario
general del Sindicato Autónomo del Frigorífico La Negra de Avellaneda y
uno de los fundadores del Partido Laborista. A
Rafael Kogan, uno de los
fundadores de la Unión Ferroviaria y su secretario gerente, hay que
darle mucho crédito por el apoyo que este importante gremio le daba a
Perón.
Abraham Krislavin, que llegó a ser subsecretario en el Ministerio
del Interior, y
David Diskin, ambos del Sindicato de Empleados de
Comercio, servirían después también como importantes nexos entre el
gobierno peronista y varias personas y grupos judíos.
El populismo argentino fue una coalición policlasista que reunía
no solamente al movimiento obrero organizado y a sectores de las fuerzas
armadas, sino también a nuevos industriales, sobre todo fabricantes de
alternativas a los productos importados para el mercado local, junto con
élites comerciales provinciales. Entre estos grupos se encontraban
también hombres de negocios y empresarios judíos favorecidos por el
peronismo y su política proteccionista de la industria nacional. Este
fue el caso en las ramas de la industria textil y del vestido, cueros,
muebles, alimentos y otros productos de consumo. Un ejemplo claro de
movilidad social y económica puede verse en la figura de
José Ber
Gelbard, que llegó a la Argentina con sus padres desde Polonia, prosperó
como comerciante en la provincia de Catamarca y se convirtió luego en
la figura dominante de la Confederación General Económica, de tendencia
peronista, durante casi dos décadas. Julio Broner e Israel Dujovne son
otros ejemplos de argentinos de origen judío que acompañaron a Gelbard
en esa trayectoria.
Hablando de gente de negocios y su apoyo al peronismo, habría que
mencionar también al magnate de los medios de comunicación,
Jaime
Yankelevich. Yankelevich jugó un papel central en el surgimiento y
desarrollo de la radiofonía comercial en Argentina y fue también el
iniciador de la televisión en el país (el “día de la lealtad popular” de
1951 fue también el día de la inauguración de la televisión en
Argentina). Su historia es la de un hombre que se hizo a sí mismo
pasando rápidamente de humilde inmigrante a rico empresario, dueño de
Radio Belgrano, fundador de la primera Cadena Argentina de Broadcasting y
director general de la radio del Estado Nacional durante el primer
peronismo. Hubo quienes vieron la actitud positiva de Evita hacia los
judíos como una muestra de gratitud hacia el dueño de Radio Belgrano,
desde donde ella fue catapultada a la fama. En 1943 comenzó a difundir
desde aquella emisora un programa sobre mujeres célebres de la historia.
Es notable el apoyo brindado al peronismo por intelectuales
judíos, como los que integraron el equipo responsable del suplemento
cultural del diario La Prensa, después de que el gobierno peronista lo
expropiara y lo pusiese en manos de la CGT (5).
Este equipo editorial
estaba compuesto por intelectuales argentinos de ese origen, incluyendo
al director del mismo,
Israel Zeitlin (conocido por su seudónimo César
Tiempo), Bernardo Ezequiel Koremblit, León Benarós y Julia Prilutzky
Farny. En su corta vida, de 1952 a 1955, La Prensa publicó a más autores
argentinos judíos que el diario La Nación en cincuenta años. Entre
otros intelectuales judíos que mostraban simpatía hacia el peronismo,
cabe mencionar a
Bernardo Kordon y a Fernando Valentín (seudónimo de
Abraham Valentín Schprejer), autor de El día de octubre, una de las
pocas obras literarias sobre el entramado profundo del 17 de octubre de
1945.
Cabe destacar que en las colonias agrícolas hebreas de Santa Fe y
Entre Ríos el Partido Peronista ganó la mayoría de los votos en las
elecciones presidenciales de noviembre de 1951. Aun en ciudades y
provincias no necesariamente consideradas peronistas, como Córdoba,
había destacados militantes justicialistas de origen judío, como el
diputado
José Alexencier o Raúl Bercovich Rodríguez. Curiosamente, hasta
la sucursal cordobesa del movimiento juvenil sionista, conocida como
Lamerjav, cambió su nombre a “Eva Perón” en 1954. Vemos también
funcionarios judíos en distintos organismos estatales, como la
Cancillería (
Pablo Manguel, el primer embajador de Argentina en Israel,
Ezequiel Zabotinsky, quien lo remplazó en ese cargo, o Israel Jabbaz,
miembro de la delegación argentina en la ONU cuando se discutió la
partición de Palestina y el establecimiento del Estado de Israel), donde
prácticamente no habían podido entrar anteriormente. En este sentido,
el primer peronismo significó un paso adicional para los judíos en su
esfuerzo por superar el techo de cristal en distintos ámbitos de la vida
pública.
La figura que simbolizó para muchos antiperonistas el lazo entre
Perón y los argentinos judíos fue la del joven rabino Amram Blum, que
encabezaba el tribunal rabínico de la comunidad. Perón lo designó como
asesor suyo en cuestiones religiosas y en 1952, en una ceremonia en el
templo de la calle Paso, auspiciada por la OIA, Blum llegó a pronunciar
una oración por el restablecimiento de la salud de Evita. Las gestiones
de Blum aseguraron que por primera vez en el país se otorgara asueto
para los conscriptos judíos en las festividades religiosas de Año Nuevo
(Rosh Hashaná) y del Día del Perdón (Yom Kipur). Blum inauguró también
la cátedra de Estudios Hebraicos en la Facultad de Filosofía y Letras de
la Universidad de Buenos Aires, “fruto de la inspiración de su
Excelencia el Jefe de Estado”.
Y uno de los gestos más notables hacia el Estado de Israel
—aparte de un acuerdo comercial bilateral que beneficiaba a dicho
Estado— fueron los envíos de ropa y medicinas a los campos de nuevos
inmigrantes en Israel, a través de la Fundación Eva Perón.
En su visita a
la Argentina, en abril de 1951, la ministra israelí de Trabajo, Golda
Meir, agradeció personalmente a Evita las donaciones enviadas por la
Fundación.
Sin embargo, la dirigencia de las instituciones judías
comunitarias, una y otra vez, ha hecho un esfuerzo sistemático para
borrar un fenómeno que no le parecía conveniente. A partir de setiembre
de 1955, hizo cuanto pudo para desdibujar la memoria del apoyo al
peronismo de ciertos sectores de la colectividad judeoargentina. De
hecho, una vez derrocado el régimen peronista, los esfuerzos para
desperonizar a la colectividad judía tuvieron un éxito mayor que el
conseguido por el nuevo régimen con la sociedad argentina en general.
Una frase frecuentemente empleada dice que “los judíos tienen una larga
memoria”. Quizá. Pero su memoria, como la de otros grupos étnicos y
sociales, es selectiva. En la memoria colectiva de los argentinos
judíos, así como en la historiografía, se borró casi por completo el
hecho de que no fueron pocos los judíos que sí apoyaron a Perón y al
movimiento justicialista en las décadas de 1940 y 1950.
Este libro pretende recobrar las voces silenciadas de los
argentinos de origen judío que apoyaron al primer peronismo. Pero
pretende hacer por lo menos dos aportes adicionales. Primero, el
análisis de las relaciones entre Perón y la colectividad judeoargentina
muestra que el poder de intervención del gobierno peronista en ciertas
áreas y sectores de la sociedad civil tuvo límites más marcados de lo
que se suele reconocer. La capacidad que demostraron las asociaciones
judías para defender su autonomía frente a la acción estatal, que
intentaba movilizarlos y peronizarlos, muestra los límites del paradigma
interpretativo con el que tradicionalmente se tiende a pensar la
naturaleza de las relaciones entre el peronismo y la sociedad civil.
Segundo,
uno de los argumentos que pretendo presentar aquí es que
antes del surgimiento del peronismo los judíos no eran considerados
parte de la polis, la civitas o el demos de la nación argentina,
imaginada por sus élites gobernantes con poco asidero en las realidades
sociales y demográficas. Es más, en parte bajo influencias católicas, no
solamente se excluía a ciertos sectores sociales, sino también a
importantes sectores étnicos. La concesión de la ciudadanía formal a
todos los grupos indígenas e inmigrantes carecía de gran significado en
una sociedad con elecciones fraudulentas, en la que las élites miraban
de una manera condescendiente a la cultura popular o la de los
inmigrantes.
Fue el peronismo, en parte bajo influencia socialista, el
que aceleró en forma notable los procesos que darían cabida a un nuevo
significado social, político y cultural de la ciudadanía. A través de la
rehabilitación de la cultura popular y del folclore, de sus intentos
por reescribir la historia nacional, y mediante la inclusión de diversas
minorías étnicas que hasta el momento habían estado en los márgenes de
la nación argentina, como era el caso de árabes y judíos, el peronismo
transformó a muchos de estos “ciudadanos imaginarios” en parte integral
de la sociedad. Los esfuerzos de Perón por redefinir la ciudadanía se
reflejaron en sus políticas destinadas a reconocer el reclamo legítimo
de las identidades étnicas colectivas, que eran múltiples, y a
redistribuir el patrimonio nacional. Justamente, al no considerar sus
derechos como individuales, sino colectivos, fue que pavimentó en cierta
medida el camino hacia la Argentina multicultural de la actualidad.
Referencuas:
1 Ariel Abramovic, “Perón y los judíos”, Nueva Sión online, 13.8.2014.
2 Raanan Rein, Argentina, Israel y los judíos. Buenos Aires: Lumiere, 2007, 2ª ed.
3 Mundo Israelita, 21.8.1948, 29.8.1948; DAIA, El pensamiento
del presidente Perón sobre el pueblo judío. Buenos Aires: DAIA, 1954,
15; DAIA, Perón y el pueblo judío. Buenos Aires: DAIA, 1974, 11;
American Jewish Year Book (en adelante AJYB), Vol. 50 (1948-1949), 270.
4 DAIA, “Medio siglo de lucha por una Argentina sin
discriminaciones”, en: Todo es Historia, Suplemento, 1985, 10; Juan José
Sebreli, La cuestión judía en la Argentina. Buenos Aires: Tiempo
Contemporáneo, 1973, 156.
5 Raanan Rein y Claudio Panella (comp.), Cultura para todos:
el suplemento cultural de La Prensa cegetista (1951-1955). Buenos Aires:
Biblioteca Nacional, 2013.
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