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miércoles, 20 de mayo de 2020

El insólito debate sobre Ramón Carrillo nazi, por "Página 12" del 19-05-20

Juan Domingó Perón, Eva Perón y Ramón Carrillo 

PRO y medios en otra producción conjunta

La versión de que el sanitarista aparecería en un billete que ni siquiera va a aparecer desató una reveladora polémica sobre su pasado. Reveladora por exhibir cómo opera la oposición en plena pandemia para debilitar al gobierno con discusiones disparatadas. 


El insólito debate empezó con una noticia desmentida.

Primero se corrió la voz de que aparecería un billete de 5000 pesos, algo que fue enseguida desmentido por el propio Presidente. Más allá de que el billete no verá la luz próximamente, se publicó que el Banco Central tenía previsto que, cuando se hiciera, llevaría las imágenes del sanitarista Ramón Carrillo y la médica Cecilia Grierson, dos figuras centrales de la medicina nacional. En línea con el presente pandémico, se supone que el Instituto Malbrán ilustraba el reverso.

Hasta allí, todo más o menos normal, hasta la decisión de los medios de ignorar la desmentida oficial a una versión periodística.


Lo insólito surgió cuando el domingo Shimon Samuels y Ariel Gelblung, directivos del Centro Simón Wiesenthal para América latina, rechazaron la supuesta elección de Ramón Carrillo para el billete por sus aún más supuestas inclinaciones nazis. El tema fue retomado en seguida por el ex Secretario de Derechos Humanos de Mauricio Macri, Claudio Avruj, y por un poco diplomático tuit de la embajadora de Israel en la Argentina, Galit Ronen. “Cuando decimos ´Nunca más' refiriendo al Holocausto, no hace sentido conmemorar alguien que, por lo menos, fue un simpatizante con esta ideología", opinó Ronen sin entrar en precisiones.


Además de haber sido la mano derecha de Rubén Beraja, Avruj es dueño de la agencia de noticias de la colectividad judía Vis-a-vis junto a Guillermo Yanco, la pareja de la ex ministra y actual titular del PRO, Patricia Bullrich. La versión latinoamericana del Centro Wiesenthal también tiene una larga historia de colaboración con el PRO en sus intentos de transformar, contra toda evidencia disponible, la muerte de Nisman en un crimen de estado.

(Entre paréntesis, el mediático embajador del Reino Unido, Mark Kent, sumó uno de sus habituales tuits a la confusión general: "El nazismo fue el mayor mal del siglo XX. Condujo al Holocausto. La muerte de millones de inocentes. No debemos conmemorar a nadie que participó en este terrible episodio".)

La mano del PRO

La respuesta llegó primero por otro sector de la comunidad, el Llamamiento Argentino Judío, que en un comunicado repudió el “agravio a la memoria del Dr. Ramón Carrillo”. Califica de infames a las acusaciones de Avruj y la considera “una repetida afrenta a la memoria histórica de nuestra Patria, cuyo último objetivo busca asociar en forma inadmisible al movimiento nacional y popular con el fascismo. Llama poderosamente la atención, además, que la Embajadora del Estado de Israel haya decidido involucrarse en un tema vinculado a la imagen de un billete bancario argentino, sin siquiera requerir información académica a reconocidos historiadores israelíes como Raanan Rein”.

La mención al historiador no es inocente. Rein es actualmente el vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv, donde además fundó y dirige el Centro Daniel Abraham de Estudios Internacionales y Regionales. Especializado en historia argentina, especialmente la del peronismo, también es miembro de la Academia Argentina de Historia además de antiguo presidente de la Asociación Latinoamericana de Estudios Judíos. Tiene más de 30 libros publicados (entre ellos Los muchachos peronistas judíos y Los muchachos peronistas árabes) y centenares de artículos en revistas académicas.

El Llamamiento Argentino Judío también distribuyó una nota de su autoría sobre el tema, que merece ser reproducida completa:

Los pecados de Ramón Carrillo

Por Raanan Rein

Nacido en Ucrania en 1898, Salomón Chichilnisky llegó con su familia desde Odessa a la Argentina a principios del siglo XX en el marco del plan de la colonización agrícola del Barón Mauricio Hirsch, que buscaba solucionar el problema de las penurias judías en el imperio ruso.

Desde la colonia de Palmar Yatay, en Entre Ríos, empezó la trayectoria que lo llevó por el Colegio Nacional de San Isidro a la Universidad Nacional del Litoral en Rosario. Ya médico, en 1937 Salomón atendió a Ramón Carrillo por la hipertensión y le salvó la vida. Ambos colegas, paciente y terapeuta, trabaron una sólida amistad y Chichilnisky se transformó en un estrecho colaborador del ministro de Salud en el primer gobierno peronista. Entre los cargos que ocupó se destaca el de Director General del Servicio Nacional de Extensión Hospitalaria y Hospital a Domicilio. Lo de la supuesta admiración de Carrillo por Hitler nunca surgió en la larga amistad entre ambos.

¿De dónde surgió esta acusación contra Carrillo como admirador del Führer? Ante todo, por la misma lógica que hace que si Perón estaba en Italia en tiempos de Mussolini, entonces necesariamente se convirtió en fascista. Entonces, si Carrillo visitó Alemania en los años treinta ¿no significaría necesariamente que se convirtió en nazi? La respuesta simple es no, tanto en lo que concierne a Perón como en lo referente a Carrillo. Por su brillante carrera académica, la UBA otorgó a Carrillo una beca de dos años para perfeccionar sus conocimientos en neurocirugía en Europa. Recorrió instituciones médicas en Ámsterdam, París y Berlín. Es probable que en Alemania haya presenciado un mitin con Hitler, como cuenta en sus trabajos la historiadora Karina Ramacciotti.

En 1933 Carrillo ya estaba de regreso en Buenos Aires. En su viaje, logró escuchar la oratoria de un dirigente alemán en sus inicios políticos. En aquel momento la mayoría de la gente no podía imaginar cómo iba a evolucionar la política del nacionalsocialismo a lo largo de los años 30, ni hablar de la Guerra Mundial, sus consecuencias catastróficas ni la hecatombe del pueblo judío. En 1935 Winston Churchill todavía pudo escribir: “Es en este misterio del futuro que la Historia declarará a Hitler como un monstruo o como un héroe”. ¿Eso significaría que tenemos que considerarlo a Churchill como tolerante hacia Hitler y el nazismo?


Pero hay tres razones adicionales para esta acusación contra Carrillo y es necesario contextualizarlas para no caer en un anacronismo o en un intento de imponer ideas y conceptos de principios del siglo XXI a las posiciones de figuras públicas del pasado. Carrillo apoyó la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial. Pero esta posición la compartía aparentemente la mayoría de los argentinos. ¿Era pro nazi esta mayoría? Cuatro presidentes, dos civiles y dos militares, favorecieron esta política por diversas razones. Y de hecho, esta línea, que a partir de 1942 enfrentó a la Argentina con los EE.UU., servía los intereses de los británicos y aportaba a la supervivencia de la población civil bombardeada por los alemanes, con envíos de víveres desde puertos argentinos. Si hubiera declarado la Guerra contra el Tercer Reich, los submarinos alemanes hubieran torpedeado los barcos en su camino hacia las islas británicas.

Y finalmente, Carrillo está implicado en la entrada a la Argentina de un oficial danés de las SS, Carl Peter Vaernet, que había trabajado en el campo de concentración de Buchenwald, experimentando con hormonas para “curar” la homosexualidad. Al menos 13 personas murieron con estos tratamientos. Demasiados criminales entraron en la Argentina, escapando de posibles juicios contra ellos en Europa. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el esfuerzo por reclutar científicos terminada la contienda fue común a muchos países y en este caso quizá haya influenciado la pertenencia de Carrillo a la escuela de neurobiología germano-argentina. Pero a Carrillo hay que evaluarlo ante todo por el lugar clave que ocupó dentro de la administración pública peronista por ocho años y su aporte crucial al desarrollo del sistema sanitario, la promoción de la medicina social, la construcción de cientos de hospitales, la reducción de la mortalidad infantil o de los muertos por tuberculosis. Por estos logros merece un homenaje; si tiene que ser sobre un billete o no, ya es otra historia. (Versión castellana: Eliezer Nowodworski)

¿Qué hizo Carrillo?
Además del artículo de Rein, el Llamamiento también distribuyó un largo reportaje al médico sanitarista Efraín Venzaquen, realizado en 2014 por Víctor Ramos y reproducido por el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico. Se titula “La historia de Ramón Carrillo es la de un héroe y un mártir” y en él el entrevistado considera que “hay un antes y un después en la historia de la salud pública argentina desde la asunción del peronismo y el nombramiento del Dr. Ramón Carrillo como secretario de Salud en 1946 y elevando la estructura a rango de ministerio y designándolo ministro en 1949”.

–¿Qué nos puede contar del Dr. Ramón Carrillo?


–Ramón Carrillo fue a la salud pública lo que Sarmiento fue a la educación. Nació en Añatuya, Santiago del Estero, el 7 de marzo de 1906, y fue compañero de Homero Manzi en la escuela primaria. Eso los vinculó más tarde con el grupo de FORJA, que gestó la expresión más alta del pensamiento nacional desde 1935 hasta la asunción del peronismo al cual se sumaron. La historia de Carrillo es la historia de un héroe y un mártir. Llegó a Buenos Aires en 1924 con sólo 17 años, a los 36 años ya era profesor titular de la Facultad de Medicina, de la que sería decano muy brevemente, luego se convirtió el mejor ministro de Salud de la historia argentina y por último murió perseguido, difamado y abandonado en un lejano paraje de Brasil acosado por terribles dolores físicos y del alma. Fue el más alto defensor de la creación de un sistema público de salud, que aún hoy no tenemos. Durante su gestión (1946-1954) creó más de 240 nuevos centros asistenciales, duplicando el número de camas hospitalarias y llevando la asistencia a los lugares donde antes no existía. 


Pero por sobre todas las cosas intentó planificar las políticas de salud ordenando los recursos y convenciendo a otros actores para que participen en cuanto les corresponda. Así fue que junto al máximo especialista en paludismo, el Dr. Juan Carlos Alvarado, lograron eliminar este mal del territorio argentino. Ante la falta de apoyo de los médicos tradicionales para su estrategia, Carrillo salía a fumigar en un Jeep. Es importante destacar que tantas innovaciones le valieron hacerse de muchos enemigos poderosos. Con la muerte de Evita, en 1952, pierde a su mejor aliada y posteriormente renuncia en 1954. Para Carrillo la salud era un bien social inseparable del bienestar general, esto lo acercaba a Perón pero no le ahorraba enemigos. Su frase más famosa lo dice todo: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, a la angustia y al infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”. Obviamente esto no era bien visto ni por los que se negaban a distribuir la riqueza ni ante quienes pretendían, y aún pretenden, cercar a la medicina en tecnicismos academicistas de cura de enfermedades.

El regalo

Otras respuestas llegaron de la mano del nieto homónimo de Ramón Carrillo, quien también por Twitter mostró una placa de regalo que le hizo a su abuelo, en 1954, el ministro de Salud israelí. En ella se lee: “A Ramón Carrillo, ministro de la Salud Pública de la República Argentina. Un pequeño recuerdo de la Salud Pública del Estado de Israel. Joseph Berlin. Jerusalem 3-V-1954.”



Resulta por lo menos curioso que la polémica sobre el “nazismo” de Carrillo recién apareciera estos días, cuando tantos hospitales e instalaciones médicas llevan su nombre. Obligado a exiliarse por la “Revolución Libertadora”, el creador del sistema sanitario argentino murió en la miseria en Belem do Pará, Brasil, el 20 de diciembre de 1956 con apenas 50 años.

El recorrido desde su Santiago del Estero natal a su muerte aparece minuciosamente retratado en la obra de su biógrafa, la historiadora Charo López Marsano. De sus trabajos, que merecen una lectura detallada , surgen la mayoría de los datos que estos días se conocieron.

También vale la pena revisar un trabajo mucho menos ambicioso de Matías Cañueto, "Configuraciones de Género en Argentina (1930-1955)" , presentado en las Jornadas de Cuerpo y Cultura de la Universidad Nacional de La Plata, realizadas en mayo de 2008. En este artículo, que contrapone las visiones de Ramón Carrillo con las de Eva Perón, aparecen varias de las menciones que los críticos del sanitarista tomarán para ejemplificar su supuesto "nazismo".

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/266788-el-insolito-debate-sobre-ramon-carrillo-nazi

miércoles, 4 de marzo de 2020

RAANAN REIN: "Perón creó un nuevo concepto de ciudadanía que abrió las puertas a las comunidades étnicas.Fue el hito que marcó el camino a una sociedad multiétnica y multirreligiosa en Argentina"


















Publicado en:
https://twitter.com/Tano2412/status/1234647093555453953

INFORMACIÓN RELACIONADA:

LOS MUCHACHOS PERONISTAS JUDÍOS

jueves, 3 de enero de 2019

PROPONEN PONER “HÉCTOR TIMERMAN” A “ÁNGEL GALLARDO”



En un texto anónimo que circula en las redes sociales, se propone poner el nombre de Héctor Timerman a la avenida y la estación de subte llamadas Ángel Gallardo. El autor/a propone quitar el nombre de Gallardo por haber sido Canciller (como Timerman) y por su condición notoriamente antisemita y filofascista.
El texto sostiene: “Lo propongo desde ya (…) que la Avenida Ángel Gallardo, y la Estacion de Subte  B que hoy se llaman ‘Ángel Gallardo’ se pasen a llamar ‘Canciller Héctor Timerman’. Ángel Gallardo fue canciller del gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear. Pero también fue uno de los fundadores de la fascista ‘Liga Patriotica Argentina’ que actuó como grupo parapolicial en la ‘Semana Tragica’ de 1919, y particularmente , en el único ‘pogrom’ que hubo en la Argentina, en el barrio de Once, donde 170 judíos fueron asesinados solo por ser judíos. Ángel Gallardo era un notorio antisemita. Siendo Ministro de Relaciones Exteriores, sin causa injurio a un funcionario de la cancillería, por ser judío, lo desplazó de su puesto, y ante la queja del afectado, de apellido Antokoletz (como la madre de Plaza de Mayo, Adela Antokoletz), Gallardo le dijo ‘Ud., por más que tenga carta de ciudadanía,  sigue siendo un judío’. Según Gallardo, un judío no podía ser funcionario de la Cancillería Argentina... por eso propongo, cuando volvamos al poder en la Ciudad, que la Avenida  y la Estacion de Subte Ángel Gallardo pasen a llamarse ‘Canciller Héctor Timerman’ “.

Muchas veces ha habido polémicas respecto a la relación entre el peronismo y la colectividad judía. Al respecto el historiador israelí Raanan Rein escribió “Los muchachos peronistas judíos” donde analiza la fuerte vinculación entre el primer peronismo y la colectividad judía. Timerman, como Gelbard y tantos otros, fue parte de esa tradición.

INFORMACIÓN RELACIONADA:







jueves, 3 de septiembre de 2015

LOS MUCHACHOS PERONISTAS JUDIOS, por Raanan Rein (Extracto de "Los Muchachos Peronistas Judíos", Sudamericana, 2015)

  Arriba: Tapa del libro de Raanan Rein "Los muchachos peronistas judíos. Los argentinos judíos y el apoyo al Justicialismo", Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2015

LOS MUCHACHOS PERONISTAS  

JUDÍOS

por Raanan Rein

Historiador Israelí especializado en el peronismo



Fragmento del 1er capítulo

Cubierta Portada Dedicatoria Agradecimientos Introducción. La deconstrucción de un mito Capítulo 1. La otra Tierra Prometida: la inmigración judía en Argentina De “rusos” y “turcos” a criollos Del Hotel de Inmigrantes, pasando por el conventillo, hacia la clase media alta La sombra del golpe militar de junio de 1943 Capítulo 2. Los orígenes de la mácula fascista: la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial y la entrada de nazis en la posguerra Inmigración y educación católica: Los desafíos de los argentinos judíos La Argentina, ¿“paraíso de fugitivos nazis”? Capítulo 3. La OIA: sección judía del Partido Peronista Pablo Manguel: el hombre clave de la OIA Blum: el rabino peronista El enfrentamiento de Perón con la Iglesia y la libertad de cultos Clérigos, nacionalistas y la campaña antisemita Desperonizando una colectividad: la sombra de la Revolución Libertadora Amram Blum: la principal víctima Capítulo 4. El peronismo frente al nuevo estado judío Entre presiones conflictivas: la abstención argentina Conflictos personales y disputas ideológicas Las demandas nacionales judías y la “tercera posición” Júbilo ante el establecimiento del Estado judío Desacuerdos en el Ministerio de Relaciones Exteriores israelí Apoyando a Israel frente al antisemitismo en la Unión Soviética Intereses económicos complementarios Capítulo 5. Apoyo de los intelectuales y de los medios: los casos de César Tiempo y Jaime Yankelevich Los intelectuales y el peronismo César tiempo: el judío porteño El equipo editorial de La Prensa: en pro de la inclusión y el pluralismo Esperando el regreso del peronismo La televisión al servicio del peronismo Primeros pasos en Argentina Ingreso en la radiofonía Expansión e integración Entre el Estado y la radio El peronismo, los medios y la radio Conflicto y adaptación al cargo Gestionando la llegada de la televisión Capítulo 6. Apoyo sindical y empresarial: de Ángel Perelman a José Ber Gelbard Gelbard, el peronismo y la burguesía nacional Capítulo 7. El justicialismo visto por los israelíes, 1946-1976 La imagen del primer peronismo en Israel El reverso de una imagen Exilio forzado y retorno El peronismo despierta temores de ser antisemita La masacre de Ezeiza Perón es elegido presidente La sombra de López Rega La muerte de Perón La bailarina, del cabaret a la Casa Rosada La inclusividad étnica del populismo peronista Fuentes Álbum de imágenes Créditos Sobre el autor Rein, Raanan
Los muchachos peronistas judíos. - 1a ed. - Buenos Aires : Sudamericana, 2015
(Historia)
EBook.
ISBN 978-950-07-5398-2
1. Ensayo histórico. I. Título
CDD 982
Edición en formato digital: septiembre de 2015
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial
Humberto I 555, Buenos Aires.
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Fotografías de Roberto Elissalde, Archivo de la Academia Nacional de la Historia, Archivo General de la Nación y Biblioteca Nacional.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.
ISBN 978-950-07-5398-2
Conversión a formato digital: Libresque
www.megustaleer.com.ar

AGRADECIMIENTOS

El presente libro supone la culminación de un viaje empezado hace 20 años con la presentación de una ponencia sobre la imagen del primer peronismo en el Estado de Israel durante el congreso organizado por la Latin American Jewish Studies Association, en México, en 1995. A lo largo de este viaje he acumulado muchas deudas con bibliotecarios y archivistas, colegas y estudiantes, amigos y familiares. Cada uno contribuyó de una u otra forma a la elaboración de ciertos conceptos, a la búsqueda de material inédito o a la realización de un proyecto de historia oral. No voy a poder nombrarlos a todos.
Quiero agradecer en primer lugar a Jorge Gelman, quien me alentó a escribir este libro después de publicarme Los Bohemios de Villa Crespo: Judíos y fútbol en la Argentina (2012) en la colección Nudos de la Historia Argentina, que él dirigió para Sudamericana. Claudio Panella, de la Universidad Nacional de La Plata, ha colaborado conmigo en varios proyectos relacionados con el primer peronismo. Su apoyo y colaboración han sido invalorables.
Tengo una particular deuda de gratitud con Jeffrey Lesser, de la Universidad de Emory, David Sheinin, de la Universidad de Trent, Federico Finchelstein, de la New School, y José Moya, de Barnard College, por un diálogo intelectual inspirador y continuo sobre temas de inmigración, etnicidad, diáspora y transnacionalismo. Daniel Anchorena ha sido durante muchos años no solamente mi editor sino también un amigo cercano. En distintas etapas de este proyecto mantuve interesantes conversaciones con Manuela Fingueret, Saúl Sosnowski, Mirta Kupfermink, Adriana Brodsky, Edna Aizenberg, Mariano Plotkin, Emmanuel Kahan, Alejandro Dujovne, Benjamin Bryce y Nerina Visacovsky.
Susana Brauner, Fabián Bosoer, Santiago Senén González, Gustavo Nicolás Contereras, Adrián Krupnik, Diego Rosemberg, César Tcach, Andrea Matallana, Beatriz Gurevich, Ariel Kocik me ayudaron a conseguir material importante para esta investigación. Julián Blejmar me ayudó en la preparación del capítulo sobre Gelbard. Agradezco a Rosalie Sitman, de la Universidad de Tel Aviv, que siempre me acompaña en mis estudios sobre la Argentina del siglo XX. Mi gratitud también a varios de mis estudiantes, del pasado y del presente: Efraim Davidi, Ariel Noyjovich, Tzvi Tal, Uri Rosenheck, Mollie Lewis Nouwen, Ariel Svarch, Ilan Diner, Maayan Pasamanik y Omri Elmaleh por su ayuda para ubicar varias de las fuentes utilizadas en esta investigación. También agradezco a Eliezer Nowodworski y Pablo Bornstein por la ayuda para preparar la versión en castellano de este texto. Igualmente me gustaría transmitir mi agradecimiento a todos las personas que he entrevistado a lo largo de los años y son mencionados en este libro.
Por último, y no menos importante, quiero agradecer a mi esposa Mónica, nacida en Villa Crespo, a mis hijos Omer y Noa y a las familias Walovnik, Frid y Bichman que siempre me abren sus puertas (y corazones) en mis estadías de investigación en Buenos Aires.
En la Universidad de Tel Aviv tuve el apoyo del Centro S. Daniel Abraham de Estudios Internacionales y Regionales y de la cátedra Elías Sourasky de Estudios Iberoamericanos. A todos ellos quiero agradecer el haber hecho posible este libro.

INTRODUCCIÓN:


LA DECONSTRUCCIÓN DE UN MITO

A principios de agosto de 2014 fui invitado a participar en un debate que tuvo como eje la figura de Juan Domingo Perón y sus vínculos con la colectividad judeoargentina. La discusión se realizó en el salón principal de Tzavta, el club sionista progresista localizado, precisamente, en la calle Perón al 3.600 de la ciudad de Buenos Aires. Según la nota publicada después por el periódico Nueva Sión, el evento se caracterizó por “una asistencia de público inédita”.(1)
No era necesariamente mi propia conferencia en esta reunión la que atrajo a tanta gente, sino la posibilidad de un debate acerca de si el fundador del movimiento justicialista y su gobierno eran antisemitas o no, un tema que a casi 70 años de su primera presidencia todavía genera fuertes polémicas dentro y fuera de la comunidad.
Muchos de los asistentes quedaron sorprendidos por los “diez mandamientos” (que en realidad eran once) presentados por mí en aquella oportunidad. Parecía que en su mente estaba grabada aún la propaganda electoral de la Unión Democrática de fines del año 1945 y principios de 1946, según la cual Perón era nazifascista. El régimen que estableció Perón después de su triunfo electoral era supuestamente antisemita y, por lo tanto, los argentinos de origen judío debían ser necesariamente hostiles al justicialismo. Estos mitos están bien arraigados en la conciencia colectiva de amplios sectores de la sociedad argentina. Y son precisamente estos mitos a los que el presente libro viene a desafiar.
En forma telegráfica, los argumentos que expuse fueron los siguientes: primero, que Perón no era nazi. Esta imputación, basada fundamentalmente en la política de neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial seguida por el gobierno que él integró antes de ser presidente, es falsa. En realidad, la tardía declaración de guerra al Eje se relaciona con dos aspectos inherentes a la diplomacia argentina. Por un lado, la tradición de neutralidad en conflictos internacionales, apoyada mayoritariamente por la población de ese país, tal como ya había sucedido durante la Primera Guerra Mundial; y por el otro, que la neutralidad argentina tenía una importancia vital para Gran Bretaña, su principal cliente comercial en esos años, ya que una declaración de guerra a Alemania hubiera puesto en serio peligro el envío de trigo y carne por mar, que fue un aporte vital para la supervivencia de la población británica.
El segundo argumento: que Perón no era fascista. Pasó algún tiempo en Italia a fines de la década de los 30 para especializarse en alpinismo, pero muy alejado de Roma y el centro de los acontecimientos políticos; no se codeaba con jerarcas del régimen. Sin ninguna duda su pensamiento era nacionalista y contenía elementos autoritarios, pero eso no significa que fuera fascista. Además, en el contexto de la posguerra mundial era inviable planificar un régimen fascista. Y llegó entonces el tercer argumento: enfatizando el carácter heterogéneo del peronismo, me referí a la mezcla de influencias políticas e ideológicas en su formación. Si bien el nacionalismo de extrema derecha influyó, no era la única fuente. El pensamiento social de la Iglesia, así como corrientes socialistas de diversos matices, también dejaron su impronta. Al momento de caracterizar al primer peronismo, para ponerlo en alguna categoría teórica, insistí en el concepto de populismo que sigue siendo mucho más relevante que el de fascismo para entender este fenómeno.
La cuarta afirmación fue que Perón no era antisemita. Si uno lee sus numerosos discursos en contra del antisemitismo durante sus dos primeras presidencias se da cuenta de inmediato de que ningún otro presidente antes de la llegada de Perón al poder expresaba de forma tan clara, tajante y contundente, su rechazo a la discriminación contra los judíos. Lo mismo vale para Eva Duarte de Perón. En varios de sus discursos, Evita intentaba plantear la tesis de que de hecho la oligarquía era la que mantenía actitudes antisemitas, pero no el peronismo.
El régimen peronista tampoco fue antisemita. Durante la década peronista se registraron menos incidentes antisemitas que en cualquier otro período de todo el siglo XX. Muchos judíos a finales de los años 40 y principios de los 50 ingresaron a la burocracia estatal, y lograron cargos más importantes que los alcanzados anteriormente. Por lo tanto, el sexto argumento refutaba la idea de que la comunidad judía era en su totalidad hostil al peronismo. Una mirada tajante al respecto enfrenta la falsa imagen de una colectividad homogénea, cuando, por un lado, la mayoría de los judíos nunca se han afiliado a las instituciones comunitarias, y por otro, la comunidad siempre se caracterizó por su posición heterogénea respecto de cualquier tema político, social, económico o cultural.
No fueron pocos los judíos que apoyaron al naciente peronismo desde las primeras horas. Su número creció a medida que el régimen se afianzaba en el poder, y a raíz de la reelección de Perón en noviembre de 1951. En esos momentos, la Segunda Guerra Mundial empezaba a quedar atrás. Además, estaba bien claro que el peronismo no era un fenómeno pasajero y, sobre todo, que un número nada desdeñable de judíos cambiaban su opinión al ver sus políticas económicas y sociales, que beneficiaban a muchos argentinos judíos de las clases media y media baja. Pero también, la lucha permanente en contra del antisemitismo y el alejamiento de gente de extrema derecha de cargos importantes contribuyeron al creciente apoyo brindado al gobierno.
Luego abordé el rol de la Organización Israelita Argentina (OIA), abiertamente cercana al peronismo. Algunos suelen describirla como un grupo de marginales dentro de la comunidad, buscando una oportunidad para jugar un papel más protagónico. Había entre ellos, obviamente, oportunistas o gente marginal, pero muchos otros entraron en la OIA por distintos motivos: por identificarse con el concepto de justicia social o con las políticas económicas y sociales del peronismo, o por querer integrarse y respaldar a un movimiento que tenía un apoyo mayoritario en la sociedad argentina.
El vínculo del gobierno nacional con el Estado de Israel siempre revestía importancia para muchos de los argentinos judíos. En el caso de Perón, las relaciones entre el gobierno argentino y el nuevo Estado judío fueron excelentes. Si bien Argentina se abstuvo en la votación en la ONU que decidió la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel, pocos meses después fue el primer país latinoamericano en establecer una embajada en Israel y el primer país latinoamericano en firmar un acuerdo comercial con el nuevo Estado. De hecho, una de las mejores décadas de las relaciones bilaterales fue precisamente la de la presidencia de Perón(2).
El décimo argumento daba cuenta del intento del establishment judío de borrar de la memoria colectiva el apoyo brindado por muchos judíos al primer peronismo, apenas fue expulsado del poder. La dirigencia de las instituciones judías hizo un esfuerzo en línea con las nuevas circunstancias políticas de ese momento. Y, por último, en el undécimo argumento, sostuve que Perón fue el primer mandatario argentino que legitimó el mosaico de identidades de distintos grupos étnicos en su país. Él no vio ninguna incompatibilidad entre ser un buen argentino, ser un buen judío, y dar apoyo al sionismo o al Estado de Israel. Para él, cualquier argentino de origen español podía apoyar a su madre patria, España, cualquier argentino de origen italiano podía apoyar a Italia, y cual­quier argentino de origen judío podía apoyar al Estado de Israel. En los discursos de Perón en esta etapa no hubo ninguna referencia a una supuesta “doble lealtad”, una acusación muy común desde la extrema derecha en Argentina a lo largo del siglo XX.
Estos argumentos, que voy a presentar en detalle en los siguientes capítulos, provocaron un fuerte debate en aquella noche del invierno argentino. Se trataba de un público variopinto, que incluía tanto a investigadores en la materia, historiadores, estudiantes y personas interesadas en la temática, como a quienes habían vivido aquella época, los que desde su testimonio daban cuenta de sus vivencias personales. En el encuentro también estuvieron presentes militantes y diputados del peronismo, y hasta participaron dos de los hijos de Pablo Manguel (el dirigente de la OIA nombrado primer embajador argentino en Israel), uno de ellos, Juan Domingo, nacido en Tel Aviv. Según una nota publicada al día siguiente, mi conferencia “suscitó contrapuntos interesantes en el intercambio, entre aquellas miradas centradas en lo autobiográfico y las fundadas en investigaciones historiográficas, y no faltó acaloramiento y pasión en el debate, entre quienes veían a un Perón cuasi nazi y fascista y aquellos que coincidían con la mirada de Raanan Rein”.
Una semana después me invitaron al Círculo de Legisladores para encontrarme con un grupo de exsenadores y exdiputados peronistas, incluyendo algunos veteranos como Rodolfo Decker, jefe de la mayoría peronista en el congreso nacional a partir de junio de 1946, o Duilio Brunello, que colaboró estrechamente con José Ber Gelbard en la Confederación General Económica (CGE). En esa reunión hablaron también la vicepresidenta del Congreso Metropolitano del Partido Justicialista, Raquel Cecilia Kelly Kismer de Olmos, y la exdiputada Ana Kessler. Ambas se conocieron a mediados de los años ochenta como militantes justicialistas, y contaban cómo la gente, judía o no, reaccionaba con sorpresa al conocer a “una judía peronista”, como si se tratara de un fenómeno insólito.
Efectivamente, según la historiografía tradicional, a lo largo de la década peronista (1946-1955) Juan Perón fracasó en su intento de conseguir el apoyo de sectores significativos de la comunidad judía argentina, pese a sus esfuerzos por erradicar el antisemitismo y a pesar de haber cultivado relaciones estrechas con el Estado de Israel. La mayoría de los argentinos de origen judío, nos dicen los comentaristas e historiadores, continuaron siendo hostiles a Perón. Los numerosos esfuerzos de Perón por conquistar a la colectividad no rindieron, supuestamente, los frutos esperados. A poco tiempo de finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó a conocerse la magnitud de la hecatombe de los judíos en el Viejo Continente, los judíos argentinos, oriundos en su mayoría de las zonas devastadas en Europa Oriental y Central, mostraban una comprensible sensibilidad hacia un gobierno con varias características que recordaban a los recientemente derrotados países del Eje. El apoyo de círculos nacionalistas y antisemitas a Perón en los inicios de su carrera política, especialmente la Alianza Libertadora Nacionalista, y su pacto con la Iglesia Católica en la segunda mitad de los cuarenta, solo contribuían a tal impresión. La identidad política de numerosos judíos (pertenecientes a grupos demócratas liberales o de izquierda), así como su identidad socioeconómica (muchos pertenecían a las capas medias de la sociedad argentina), los llevó a manifestar sus reservas respecto del régimen, que desarrollaba crecientes tendencias autoritarias y se identificaba con la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera argentina. El hecho de que Perón fuera convirtiendo gradualmente la lucha contra el antisemitismo en parte integral de su política no logró modificar la suspicacia de muchos judíos hacia su gobierno.
Este cuadro no es falso, pero es sumamente unidimensional y no refleja correctamente una realidad mucho más compleja. En la inauguración de la sede de la OIA en la avenida Corrientes al 2000, en agosto de 1948, su presidente Sujer Matrajt dijo: 
“Perón no es solo el celoso gestor de nuestra soberanía política sino también el gobernante que en un mundo dominado por la intolerancia supo levantar en la Argentina la antorcha de la consideración y del respeto hacia todas las colectividades que integran la nación, alejando de esta tierra el fantasma de la persecución y de la intolerancia”. 
Perón, por su parte, manifestó en ese acto: “¿Cómo podría aceptarse, cómo podría explicarse, que hubiera antisemitismo en la Argentina. En la Argentina no debe haber más que una clase de hombres. Hombres que trabajen por el bien nacional, sin distinciones [...] Por esta razón [...] mientras yo sea presidente de la República, nadie perseguirá a nadie” (3).
El diario El Argentino tituló su reseña sobre este acontecimiento: “Quedó incorporada al peronismo la Organización Israelita Argentina”.
Con pocos días de diferencia, Evita expresó conceptos similares: “En nuestro país los únicos que han hecho separatismos de clases y de religiones han sido los representantes de la oligarquía nefasta que han gobernado durante cincuenta años nuestro país. Los causantes del antisemitismo fueron los gobernantes que envenenaron al pueblo con teorías falsas, hasta que llegó con Perón la hora de proclamar que todos somos iguales”(4). Mediante este tipo de muestras de simpatía hacia los judíos, el matrimonio Perón intentaba desafiar a las élites argentinas tradicionales, que no se habían caracterizado por su apertura hacia los judíos.
La OIA no logró desafiar el liderazgo de la DAIA, pero sí sirvió como un importante mediador entre las autoridades nacionales y la colectividad, y consiguió gestionar ante el gobierno beneficios colectivos para los argentinos judíos, promoviendo intereses étnicos y religiosos comunitarios. La mayoría de los dirigentes de la OIA pertenecía a la primera generación de inmigrantes judíos de Europa Oriental. Algunos estaban muy involucrados con la colectividad, el sionismo e Israel, pero se identificaban como argentinos y judíos antes que como judíos y argentinos. Abogaban por la integración social a través del peronismo, sin renunciar a los componentes judío y sionista de su identidad. En su mayoría siguieron siendo leales a Perón y al movimiento justicialista, también después de caer su gobierno, lo que constituye una prueba adicional de que la relación que tenían con el justicialismo no fue mero oportunismo. Muchos pagaron durante la Revolución Libertadora un alto precio por dicho apoyo al peronismo.
Es cierto que la mayoría de los dirigentes de las organizaciones judías tenía sus reservas hacia el movimiento y el gobierno justicialistas, pero no todos. Lo interesante, y poco conocido, es el hecho de que el mismo presidente de la DAIA, Ricardo Dubrovsky, llegó a afiliarse al Partido Peronista. A mediados de 1953 Dubrovsky fue designado profesor titular de la cátedra de Obstetricia en la Universidad de Buenos Aires. La dirigencia del Hospital Israelita también apoyaba al gobierno peronista y sus políticas económico-sociales. Dentro de la comunidad judía organizada, pero aún más importante y menos estudiado, entre mucha gente común, no afiliada a las instituciones comunitarias judías (que después de todo representaban a una minoría de los argentinos judíos), había apoyo o identificación con este movimiento social y político cuyo impacto en la sociedad argentina ha sido duradero. El peronismo, que dividió a la sociedad entre sus adherentes y sus oponentes, causó divisiones similares también entre los argentinos de origen judío, aunque entre estos últimos los simpatizantes del gobierno nunca fueron mayoría.
La columna vertebral del peronismo eran los sindicatos, y distintos dirigentes judíos en el movimiento trabajador no solamente se identificaban con el naciente movimiento político sino que también tuvieron un papel importante en la movilización del apoyo popular al peronismo. Ángel Perelman, fundador en 1943 y primer secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, es reconocido por su aporte a las manifestaciones obreras del 17 de octubre de 1945, que dieron origen a la coalición política que ganó las elecciones generales de febrero de 1946. Un aporte similar le correspondió a Ángel Yampolsky, secretario general del Sindicato Autónomo del Frigorífico La Negra de Avellaneda y uno de los fundadores del Partido Laborista. A Rafael Kogan, uno de los fundadores de la Unión Ferroviaria y su secretario gerente, hay que darle mucho crédito por el apoyo que este importante gremio le daba a Perón. Abraham Krislavin, que llegó a ser subsecretario en el Ministerio del Interior, y David Diskin, ambos del Sindicato de Empleados de Comercio, servirían después también como importantes nexos entre el gobierno peronista y varias personas y grupos judíos.
El populismo argentino fue una coalición policlasista que reunía no solamente al movimiento obrero organizado y a sectores de las fuerzas armadas, sino también a nuevos industriales, sobre todo fabricantes de alternativas a los productos importados para el mercado local, junto con élites comerciales provinciales. Entre estos grupos se encontraban también hombres de negocios y empresarios judíos favorecidos por el peronismo y su política proteccionista de la industria nacional. Este fue el caso en las ramas de la industria textil y del vestido, cueros, muebles, alimentos y otros productos de consumo. Un ejemplo claro de movilidad social y económica puede verse en la figura de José Ber Gelbard, que llegó a la Argentina con sus padres desde Polonia, prosperó como comerciante en la provincia de Catamarca y se convirtió luego en la figura dominante de la Confederación General Económica, de tendencia peronista, durante casi dos décadas. Julio Broner e Israel Dujovne son otros ejemplos de argentinos de origen judío que acompañaron a Gelbard en esa trayectoria.
Hablando de gente de negocios y su apoyo al peronismo, habría que mencionar también al magnate de los medios de comunicación, Jaime Yankelevich. Yankelevich jugó un papel central en el surgimiento y desarrollo de la radiofonía comercial en Argentina y fue también el iniciador de la televisión en el país (el “día de la lealtad popular” de 1951 fue también el día de la inauguración de la televisión en Argentina). Su historia es la de un hombre que se hizo a sí mismo pasando rápidamente de humilde inmigrante a rico empresario, dueño de Radio Belgrano, fundador de la primera Cadena Argentina de Broadcasting y director general de la radio del Estado Nacional durante el primer peronismo. Hubo quienes vieron la actitud positiva de Evita hacia los judíos como una muestra de gratitud hacia el dueño de Radio Belgrano, desde donde ella fue catapultada a la fama. En 1943 comenzó a difundir desde aquella emisora un programa sobre mujeres célebres de la historia.
Es notable el apoyo brindado al peronismo por intelectuales judíos, como los que integraron el equipo responsable del suplemento cultural del diario La Prensa, después de que el gobierno peronista lo expropiara y lo pusiese en manos de la CGT (5).
Este equipo editorial estaba compuesto por intelectuales argentinos de ese origen, incluyendo al director del mismo, Israel Zeitlin (conocido por su seudónimo César Tiempo), Bernardo Ezequiel Koremblit, León Benarós y Julia Prilutzky Farny. En su corta vida, de 1952 a 1955, La Prensa publicó a más autores argentinos judíos que el diario La Nación en cincuenta años. Entre otros intelectuales judíos que mostraban simpatía hacia el peronismo, cabe mencionar a Bernardo Kordon y a Fernando Valentín (seudónimo de Abraham Valentín Schprejer), autor de El día de octubre, una de las pocas obras literarias sobre el entramado profundo del 17 de octubre de 1945.
Cabe destacar que en las colonias agrícolas hebreas de Santa Fe y Entre Ríos el Partido Peronista ganó la mayoría de los votos en las elecciones presidenciales de noviembre de 1951. Aun en ciudades y provincias no necesariamente consideradas peronistas, como Córdoba, había destacados militantes justicialistas de origen judío, como el diputado José Alexencier o Raúl Bercovich Rodríguez. Curiosamente, hasta la sucursal cordobesa del movimiento juvenil sionista, conocida como Lamerjav, cambió su nombre a “Eva Perón” en 1954. Vemos también funcionarios judíos en distintos organismos estatales, como la Cancillería (Pablo Manguel, el primer embajador de Argentina en Israel, Ezequiel Zabotinsky, quien lo remplazó en ese cargo, o Israel Jabbaz, miembro de la delegación argentina en la ONU cuando se discutió la partición de Palestina y el establecimiento del Estado de Israel), donde prácticamente no habían podido entrar anteriormente. En este sentido, el primer peronismo significó un paso adicional para los judíos en su esfuerzo por superar el techo de cristal en distintos ámbitos de la vida pública.
La figura que simbolizó para muchos antiperonistas el lazo entre Perón y los argentinos judíos fue la del joven rabino Amram Blum, que encabezaba el tribunal rabínico de la comunidad. Perón lo designó como asesor suyo en cuestiones religiosas y en 1952, en una ceremonia en el templo de la calle Paso, auspiciada por la OIA, Blum llegó a pronunciar una oración por el restablecimiento de la salud de Evita. Las gestiones de Blum aseguraron que por primera vez en el país se otorgara asueto para los conscriptos judíos en las festividades religiosas de Año Nuevo (Rosh Hashaná) y del Día del Perdón (Yom Kipur). Blum inauguró también la cátedra de Estudios Hebraicos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, “fruto de la inspiración de su Excelencia el Jefe de Estado”.
Y uno de los gestos más notables hacia el Estado de Israel —aparte de un acuerdo comercial bilateral que beneficiaba a dicho Estado— fueron los envíos de ropa y medicinas a los campos de nuevos inmigrantes en Israel, a través de la Fundación Eva Perón. En su visita a la Argentina, en abril de 1951, la ministra israelí de Trabajo, Golda Meir, agradeció personalmente a Evita las donaciones enviadas por la Fundación.
Sin embargo, la dirigencia de las instituciones judías comunitarias, una y otra vez, ha hecho un esfuerzo sistemático para borrar un fenómeno que no le parecía conveniente. A partir de setiembre de 1955, hizo cuanto pudo para desdibujar la memoria del apoyo al peronismo de ciertos sectores de la colectividad judeoargentina. De hecho, una vez derrocado el régimen peronista, los esfuerzos para desperonizar a la colectividad judía tuvieron un éxito mayor que el conseguido por el nuevo régimen con la sociedad argentina en general. Una frase frecuentemente empleada dice que “los judíos tienen una larga memoria”. Quizá. Pero su memoria, como la de otros grupos étnicos y sociales, es selectiva. En la memoria colectiva de los argentinos judíos, así como en la historiografía, se borró casi por completo el hecho de que no fueron pocos los judíos que sí apoyaron a Perón y al movimiento justicialista en las décadas de 1940 y 1950.
Este libro pretende recobrar las voces silenciadas de los argentinos de origen judío que apoyaron al primer peronismo. Pero pretende hacer por lo menos dos aportes adicionales. Primero, el análisis de las relaciones entre Perón y la colectividad judeoargentina muestra que el poder de intervención del gobierno peronista en ciertas áreas y sectores de la sociedad civil tuvo límites más marcados de lo que se suele reconocer. La capacidad que demostraron las asociaciones judías para defender su autonomía frente a la acción estatal, que intentaba movilizarlos y peronizarlos, muestra los límites del paradigma interpretativo con el que tradicionalmente se tiende a pensar la naturaleza de las relaciones entre el peronismo y la sociedad civil.
Segundo, uno de los argumentos que pretendo presentar aquí es que antes del surgimiento del peronismo los judíos no eran considerados parte de la polis, la civitas o el demos de la nación argentina, imaginada por sus élites gobernantes con poco asidero en las realidades sociales y demográficas. Es más, en parte bajo influencias católicas, no solamente se excluía a ciertos sectores sociales, sino también a importantes sectores étnicos. La concesión de la ciudadanía formal a todos los grupos indígenas e inmigrantes carecía de gran significado en una sociedad con elecciones fraudulentas, en la que las élites miraban de una manera condescendiente a la cultura popular o la de los inmigrantes. Fue el peronismo, en parte bajo influencia socialista, el que aceleró en forma notable los procesos que darían cabida a un nuevo significado social, político y cultural de la ciudadanía. A través de la rehabilitación de la cultura popular y del folclore, de sus intentos por reescribir la historia nacional, y mediante la inclusión de diversas minorías étnicas que hasta el momento habían estado en los márgenes de la nación argentina, como era el caso de árabes y judíos, el peronismo transformó a muchos de estos “ciudadanos imaginarios” en parte integral de la sociedad. Los esfuerzos de Perón por redefinir la ciudadanía se reflejaron en sus políticas destinadas a reconocer el reclamo legítimo de las identidades étnicas colectivas, que eran múltiples, y a redistribuir el patrimonio nacional. Justamente, al no considerar sus derechos como individuales, sino colectivos, fue que pavimentó en cierta medida el camino hacia la Argentina multicultural de la actualidad.

Referencuas:
1 Ariel Abramovic, “Perón y los judíos”, Nueva Sión online, 13.8.2014.
2 Raanan Rein, Argentina, Israel y los judíos. Buenos Aires: Lumiere, 2007, 2ª ed.
3 Mundo Israelita, 21.8.1948, 29.8.1948; DAIA, El pensamiento del presidente Perón sobre el pueblo judío. Buenos Aires: DAIA, 1954, 15; DAIA, Perón y el pueblo judío. Buenos Aires: DAIA, 1974, 11; American Jewish Year Book (en adelante AJYB), Vol. 50 (1948-1949), 270.
4 DAIA, “Medio siglo de lucha por una Argentina sin discriminaciones”, en: Todo es Historia, Suplemento, 1985, 10; Juan José Sebreli, La cuestión judía en la Argentina. Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo, 1973, 156.
5 Raanan Rein y Claudio Panella (comp.), Cultura para todos: el suplemento cultural de La Prensa cegetista (1951-1955). Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2013.

Publicado en:
 http://www.megustaleer.com.ar/libros/los-muchachos-peronistas-judios/9789500753548/fragmento/

sábado, 29 de agosto de 2015

LOS JUDIOS DEL PERONISMO, por Verónica Engler (para "Página 12" del 24-08-15)


EL HISTORIADOR ISRAELI RAANAN REIN REVELA UN COSTADO POCO EXPLORADO DEL JUSTICIALISMO


El investigador vino a Buenos Aires a presentar Los muchachos judíos peronistas, un libro que rescata la voz de los judíos que formaron parte activa del peronismo. En esta entrevista explica que fueron muchos más que los que se cree y cuenta por qué fueron ocultados por la historiografía oficial sobre la comunidad judía argentina.

 Por Verónica Engler

Cuando llega a la entrevista dice “hoy es un día peronista”, y se ríe. Se refiere al día soleado y templado del invierno porteño que le ha tocado. La frase, aclara, fue acuñada por Luis Elías Sojit, un argentino de origen judío, que fue un cronista deportivo muy popular en las décadas del cuarenta y cincuenta. El historiador israelí Raanan Rein ya es un habitué de muchos reductos porteños, sobre todo de Villa Crespo, que es el barrio en el que generalmente se aloja cuando viene a Buenos Aires, al menos una vez al año.

Raanan Rein es uno de los investigadores extranjeros que más ha publicado sobre peronismo, en el último cuarto de siglo fueron más de veinte libros (en castellano), algunos en los que él ofició como compilador. Su derrotero, a esta altura, ya resulta bastante conocido para el público local: en realidad todo comenzó con la historia de España, especialmente la dictadura franquista, en sus años de estudio de pregrado. Y cuando tuvo que elegir tema para su tesis doctoral, optó por la relaciones entre España y Argentina durante la década peronista. Ese fue el germen, pero también en el inicio de su pasión por los temas de nuestro país está su esposa y colega, argentina ella. “Decidí trabajar sobre la historia argentina porque esta sociedad de inmigrantes, que siempre está en búsqueda de su identidad colectiva, me fascinó. Y como quería trabajar sobre la segunda mitad del siglo veinte, era casi imprescindible estudiar el fenómeno peronista”.

Desde que comenzó con sus investigaciones Rein se ha dedicado a derribar mitos en torno al peronismo: como el de la buena relación entre Perón y Franco, o el de la Argentina peronista como “refugio” de criminales nazis, o el del antisemitismo peronista o inclusive el de la relación directa de Perón con las masas. En esta ocasión Rein vino a Buenos Aires a presentar “Los muchachos judíos peronistas”, un libro en donde se propuso rescatar la voz de los judíos que formaron parte activa del peronismo, que no fueron tan pocos como hasta ahora hacía pensar la historiografía oficial sobre la comunidad judía argentina.


–¿Cómo surge esta investigación en la que usted se propone rebatir una idea muy difundida que indica una supuesta hostilidad de la comunidad judía hacia el peronismo?

–Yo me considero un historiador de la Argentina, no de los judíos en Argentina. Cuando trabajo sobre los judíos en este país los estudio como argentinos, mientras que los especialistas en historia judía piensan primero y sobre todo en los judíos en este país como judíos. Y por eso yo insisto en emplear el término argentinojudíos y no judíoargentinos. Y las mismas divisiones, los mismos conflictos, las rivalidades, la polarización que caracterizan a la sociedad argentina en su conjunto, se notan también entre los argentinojudíos. Lo que sucedió es que con el correr de los años me encontré con muchos testimonios acerca de la supuesta hostilidad de toda la comunidad judía hacia el peronismo. Pero al mismo tiempo, de vez en cuando, me encontré con comentarios del tipo: “éste que sí militaba en el primer peronismo”, “el otro sindicalista que estaba apoyando el justicialismo en sus inicios antes de la llegada de Perón al poder”, entonces no podía reconciliar esta imagen tan común acerca de la hostilidad judía hacia el peronismo. Por eso decidí volver a las fuentes, como hacen los historiadores, y busqué material acerca de argentinos judíos que apoyaban al peronismo en los años cuarenta y cincuenta. Ahora, debo aclarar al principio una cosa: la historiografía de las experiencias judías en Argentina padece de unas ausencias muy notables, porque se ha enfocado solamente en los judíos afiliados a las instituciones comunitarias. Sin embargo, la mayoría de los judíos en este país, como la mayoría de los judíos en Estados Unidos por ejemplo, nunca se han afiliado a las instituciones comunitarias, así que sabemos muy poco acerca de estos miles y miles de argentinos de origen judío, y de sus aportes en la esfera económica, social y cultural.

–¿Por qué no se quería hablar de la participación judía en el peronismo?

–A veces porque en las publicaciones comunitarias no se hacía mención a esta gente, alguna gente importante. Así que estuve buscando en documentación relacionada con el movimiento, con los intelectuales judíos en este país. Y de repente descubrí una gran variedad de individuos y grupos que sí apoyaban al peronismo, y que tenían un papel importante en la movilización del apoyo al peronismo o en la elaboración de la doctrina peronista. Y también me encontré con que todo el mundo, por diferentes motivos, prefería no hablar demasiado del aporte judío al movimiento peronista. Entre los judíos porque la comunidad organizada estaba dominada por sectores no afines al peronismo, y entre los peronistas algunos no se sentían cómodos en mencionar el apoyo judío a este movimiento popular. Si se observa, por ejemplo, los sindicatos de principios de los años cuarenta, el sindicato más importante del país de aquellos años fue la Unión Ferroviaria, cuyo secretario general era Rafael Kogan. El puso todo el peso de este sindicato, que era fuerte en el movimiento trabajador, para que apoyara al secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón. Pero yo no conozco casi ningún trabajo que mencione el papel de Rafael Kogan en esta movilización. En la rama de los metalúrgicos estaba Angel Perelman, que tenía su importancia. Y había otros judíos que tenían puestos clave en distintos sindicatos. No solamente apoyaban al peronismo, sino que trabajaban para movilizar el apoyo al naciente movimiento.
–Sucede lo mismo con los intelectuales argentinos judíos, ¿no?

–Sí, el caso más notable es el de César Tiempo (Israel Zeitlin). Y es interesante, precisamente, para reforzar mi argumento acerca del esfuerzo sistemático por parte de la comunidad judía organizada para borrar la memoria de estos judíos que apoyaron el peronismo. César Tiempo fue uno de los judíos intelectuales más importantes de este país en el siglo veinte. En los años treinta, como joven intelectual, enfrentaba al director general de la Biblioteca Nacional Hugo Wast (o Gustavo Martínez Zuviría), por su antisemitismo, y se transformó en héroe en la colectividad judía, lo invitaban a cualquier evento. El fue un intelectual favorecido por las instituciones judías durante los años treinta y cuarenta, pero una vez que acepta el cargo de director del suplemento cultural del diario La Prensa, expropiado por el gobierno peronista, empiezan a boicotearlo. Y una vez que cae el régimen de Perón, en 1955, dejan de invitarlo a conferencias en las instituciones judías, dejan de invitarlo a participar de eventos comunitarios, no comentan sus libros en las revistas judeoargentinas. Recién vuelve a algún protagonismo con el regreso de Perón en 1973. Algunos de los intelectuales judíos que estaban trabajando con él en el suplemento cultural borraron de su biografía el hecho de que estaban trabajando ahí, en el suplemento cultural del diario La Prensa.

–¿Por qué el mito de un Perón antisemita o filonazi trasciende las décadas habiendo pruebas que indican lo contrario, como por ejemplo el hecho de que durante el primer peronismo fue cuando menos incidentes antisemitas hubo que en cualquier otro período del siglo veinte, además de que fue la época en que muchos judíos ingresaron a la burocracia estatal y lograron cargos más importantes que los alcanzados anteriormente?


–La idea de Perón antisemita tiene que ver con varios motivos, primero el hecho de que en su campaña electoral, de fines de 1945 y principios del 1946 estaba apoyado, entre otros, por la Alianza Libertadora Nacionalista, muy conocida por su antisemitismo en aquel momento. Sin embargo, una vez que llega al poder, en el ’46, de a poco comienzan a alejarse los nacionalistas de extrema derecha del movimiento peronista y los que se quedan como la Alianza se transforman en, por lo menos, menos antisemitas. Entonces, este es un motivo, el apoyo inicial de grupos de extrema derecha al naciente peronismo. Después, como la gente tiene memoria corta, cuando habla de peronismo piensa sobre todo en el peronismo de los setenta, y en el peronismo de los setenta se notaba un creciente peso e influencia por un lado del ala izquierda, y por otro lado del ala de la extrema derecha con personajes nefastos como López Rega. Pero estos tipos y estas expresiones antisemitas no existían en el primer peronismo, y la gente tiende a reescribir la historia de los cuarenta y los cincuenta en clave de los setenta. La otra razón tiene que ver con el discurso político y distintos conceptos que se utilizan, hoy en día cuando uno quiere denigrar a un político lo va a llamar fascista, aunque muchas veces no tiene nada que ver con el fascismo, o autoritario, o extremista, o por otro lado estalinista, o antisemita. El uso tan común, simplista, de estos términos hace que cuando la presidenta (Cristina Fernández de Kirchner) dice algo la tilden como antisemita, algo que me parece ridículo con una presencia judía notable en el gobierno o en el Frente para la Victoria. Me parece un uso lamentable que no ayuda a entender el pasado, y si uno no entiende el pasado, no puede entender el presente.

–El caso de la Organización Israelita Argentina (OIA) es diferente al de otras instituciones comunitarias, ¿me puede contar cómo fue su relación con el peronismo?

La OIA de hecho fue la sección judía del Partido Peronista. En ese sentido, me hace acordar también a la sección judía del Partido Comunista, que tenía sus publicaciones en idish. Entonces, en este sentido, no es algo novedoso en Argentina. Y la idea era movilizar el apoyo de este grupo de inmigrantes, que tenía mucho para beneficiarse de las políticas económicas y sociales del peronismo. No era un grupo mayoritario dentro de la política judía, pero sí tenía más peso e importancia de lo que se solía pensar. Uno de los problemas, uno de los desafíos que tenemos que enfrentar como historiadores es la falta de documentación acerca de distintas organizaciones peronistas, entre ellas también la judía. Los documentos fueron destruidos, o por los mismos peronistas una vez que cae Perón por miedo de la represión, o por parte de los miembros de la Revolución Libertadora, o por las nuevas autoridades. No tenemos listas de los miembros, no tenemos documentos acerca de las filiales de la OIA en el interior del país, acerca de las actividades femeninas, y por lo tanto yo junté toda la información que pude, pero reconozco que el cuadro todavía no es completo. Pero me impresionó que cuando la OIA celebró un evento importante en 1953 más de cien instituciones judías adhirieron, esto parece significativo. En algunas instituciones judías, como el Hospital Israelita, la OIA tenía una importancia crucial. Uno de los datos que incluyo en el libro, y que hasta ahora nadie conocía, es el hecho de que el mismo presidente de la DAIA, Ricardo Dubrovsky, se afilió al Partido Peronista. Pueden decir que lo hizo para conseguir una cátedra en la UBA. Pero cuando uno no quiere reconocer que muchos judíos sí apoyaban al peronismo se puede decir que buscaban enriquecerse o que buscaban protagonismo.

–Usted plantea en el libro que antes del surgimiento del peronismo los judíos no eran considerados parte de la polis o el demos de la nación argentina por sus élites gobernantes, y que lo que se produce durante el peronismo es la ampliación de ciudadanía hacia diferentes grupos étnicos, entre ellos los judíos.

–Exactamente, yo creo que es ésta una de las conclusiones más importantes, que de hecho el peronismo abrió las puertas hacia la Argentina multicultural de hoy en día. El peronismo desafió este mito liberal del crisol de razas según el cual los grupos de inmigrantes tenían que dejar de lado sus rasgos culturales y transformarse en argentinos como cualquier otro. El peronismo no puso demasiado énfasis en los derechos individuales en el sentido liberal, pero sí puso énfasis en los derechos grupales. Y los distintos grupos de inmigrantes estaban reconocidos como argentinos y sus lazos con sus madres patrias recibió por primera vez una legitimación por parte del Estado. A diferencia de la extrema derecha argentina, que al hablar de la doble lealtad puso en cuestión la argentinidad de distintos grupos de inmigrantes, sobre todo de los judíos; el primer peronismo y Perón mismo no vio ninguna contradicción entre la argentinidad o la condición argentina de estos inmigrantes y sus lazos, en el caso de los judíos, con el sionismo o el Estado de Israel. Perón llegó a decir en algún discurso que un buen judío argentino debe apoyar el Estado de Israel. Y Perón dio los mismos discursos en marcos comunitarios de argentinoárabes, y también apoyó mucho la integración de estos argentinos de origen árabe, el movimiento peronista alentó sus lazos con Siria, el Líbano y otros países. Y vi por lo menos un par de discursos de Perón de aquellos años en marcos comunitarios de argentinojaponeses, y es lo mismo. Es decir, estas puertas hacia la Argentina de hoy en día que es multicultural, en muchos sentidos, tiene los genes de las políticas peronistas de aquellos años.

–¿Cómo puede definir a los muchachos judíos peronistas de ese primer peronismo?

Esta identidad manifiesta un argentino orgulloso, que es también un judío orgulloso, que no quiere y no cree que son contradictorias su identidad judía y su identidad argentina. En ese sentido, se trata de muchachos pioneros en una elaboración inicial de esta propuesta identitaria nueva en la Argentina de los años cuarenta. Este es el tema fundamental, las políticas de identidad. Perón ofreció una alternativa a esta identidad híbrida.

–¿Y cómo eran las muchachas judías peronistas?

–Es una pregunta excelente, pero tengo una respuesta que no es completa porque no tenemos suficiente información. Sabemos que las esposas de los dirigentes de la OIA estaban involucradas, que desde Clara Maguidovich, la esposa del ministro del interior Angel Borlenghi, pasando por las esposas de Pablo Manguel y Sujer Matrajt, ellas sí estaban involucradas en estas actividades. Además sabemos de distintas expresiones de solidaridad de varias organizaciones judías hacia la figura de Evita. Mucho más de eso, lamentablemente, no sabemos. Espero que otros investigadores o investigadoras tengan más suerte que yo en encontrar documentación relevante para arrojar luz sobre esta cuestión.

Publicado en:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-280469-2015-08-29.html