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lunes, 22 de diciembre de 2025

¿Policrisis?, ¿Interregno?, ¿Tiempo Liminal?. por Álvaro García Linera (para "Página 12" del 21-12-25)




   Por Álvaro García Linera


 21 de diciembre de 2025

                                                                                                                                                                    Crisis económica. Estanflación. Fragmentación geoeconómica. 

Guerras arancelarias. Desglobalización. 

Ocaso de la unipolaridad. 

Crisis climática. 

Desafección democrática. 



Todo esto está sucediendo simultáneamente hoy en el mundo, con distintas intensidades y combinaciones según el país que elijamos.


¿Como entender lo que sucede? ¿Es el “fin de los tiempos”? ¿De la civilización? Para comprender lo que sucede han surgido varios conceptos de apoyo


Uno de ellos es el de “policrisis”.


Recuperando un término formulado por Morin en los años 90s, el profesor A. Tooze, ha propuesto la categoría de policrisis para referirse al momento excepcional y caótico que actualmente está viviendo el mundo. Posteriormente el Foro Económico Mundial de Davos y el Banco Mundial, han adoptado el término para hacer sus evaluaciones sobre la situación global actual.



En su acepción simple, policrisis hace referencia a la convergencia de muchas crisis independientes ocurriendo simultáneamente, superponiéndose y retroalimentándose entre ellas. En particular, es la manera de nombrar la perplejidad general que estas perturbaciones provocan y la pérdida de confianza en los dispositivos de conocimiento que se tienen para descifrar el porvenir. 


Pero, como el propio Tooze lo reconoce, es una “teoría débil” que no permite “especificar los factores que impulsan” las crisis ni mucho menos “el peso específico” de cada una de ellas. Lo que a la larga resulta “confuso e inútil” (Chartbook, # 407).


Interregno

Fue Gramsci quien retomó esta categoría usada para designar los complejos e irregulares tiempos que emergen del fin de un soberano hasta la entronización de uno nuevo (del latín “inter”, entre; “regnum” reinado), para designar ese ínterin histórico de la “muerte de las viejas ideologías” que mantenían el consenso social de las clases dominantes. Por ello, es el tiempo en que esas clases dejan de ser dirigentes y quedan solo como dominantes; como detentadoras de la “pura fuerza de la coerción” (Cuaderno 3, 34).


Si bien es un momento de tránsito de una forma de legitimación a otra, el interregno señala una “crisis de autoridad” pero cuya resolución históricamente normal queda “bloqueada”. Las masas populares se “separan” de la ideología dominante pero no para abrazar inmediatamente otra; sino para sumergirse en un “escepticismo generalizado” hacia todas las “teorías y fórmulas generales”. Así, en medio de esta “muerte de las viejas ideologías”, lo que prevalece como cohesión social es el vínculo del “puro hecho económico” y el “cinismo” descarnado en política.


Si bien “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”, es ahí cuando surgen, necesariamente, las condiciones para la “formación de una nueva cultura”. Y él creía que sería la socialista.


El problema de este potente concepto es que deja de lado la economía.


Tiempo Liminal

Inicialmente, la liminalidad fue propuesta por los antropólogos Gennet y Turner para estudiar el tránsito a estados estructurales de la vida de un pueblo, como la guerra o la escasez. Es un tiempo de disolución y descomposición de las normas prevalecientes en el que lo viejo y lo nuevo “no están ni vivos ni muertos, por un lado, y a la vez están vivos y muertos, por otro” (Turner, 1964).


Nosotros utilizamos el concepto de tiempo liminal para caracterizar la manera subjetiva y colectiva con la que todos los actores sociales experimentan la dirección del tiempo histórico de sus vidas en momentos de transición de un régimen mundial de acumulación económica y legitimación política, a otro.


Señala el cierre de una época y el inicio de una nueva, pero no como tránsito gradual, ni como una apacible mezcla anfibia; sino como un vacío, una desesperante ausencia íntima. Es un corte abrupto en la experiencia del sentido del tiempo y deja a las personas sin sustituto imaginado ni premonición plausible durante varios años, quizá décadas.


Este tiempo liminal tiene 4 componentes estructurales:


1. Crisis económica general


No hay crepúsculo de creencias sociales sin deterioro del soporte material económico que lo arropó. Cuando la economía crece, los ingresos monetarios mejoran, la movilidad social, rápida o lenta, es verificable y las jerarquías de reconocimiento se afianzan, las adhesiones morales entre gobernantes y gobernados son estables. Esto se diluye cuando hay una parálisis del ascenso social, una caída del estatus, un recorte de la capacidad de gasto o un freno a la asequibilidad a los bienes socialmente disponibles. Es decir, cuando emerge una crisis económica.


2. Divergencia de elites


Cuando el estancamiento económico se prolonga, las elites empresariales y políticas rompen sus acuerdos previos que encausaron la bonanza. Divergen en cómo salir de la crisis, dando lugar a una mutación de los bloques de poder con propensión hegemónica.


Las derechas se escoran a la extrema derecha proponiendo regresar a la pura lealtad neoliberal de los “ajustes macro” y el disciplinamiento de las clases populares. Otras, propugnarán levantar murallas arancelarias para recuperar protagonismo manufacturero; pero manteniendo para adentro el uso neoliberal de los recursos públicos estatales. Las izquierdas y progresismos saldrán de su marginalidad y podrán hallar oídos receptores con la aplicación de nuevos caminos para mejorar la economía y los ingresos populares: subir impuestos a las grandes empresas, incentivar la demanda con gasto público, desplegar políticas neo-industrialistas, etc.


Si los primeros fallan, las políticas de izquierda podrán llegar a los gobiernos. Pero si la izquierda falla, la venganza será feroz y las derechas revanchistas buscaran terminar con cualquier atisbo de oposición popular. Por ello, lo más probable es que se asista a oleadas y contraoleadas simultáneas de proyectos enfrentados.


3. Suspensión del tiempo histórico


En medio de este declive y malestar general, los viejos sistemas de legitimación se desploman y fragmentan en cámara lenta.


Al no haber un mañana que imaginariamente mejore el presente, tampoco hay un camino, recto o tortuoso, mediante el cual acortar los dilemas del presente con respecto al bienestar imaginado. Entonces el tiempo histórico desaparece, pues este supone un flujo, turbulento o discontinuo, pero dirigido hacia un horizonte, una meta, un destino. Ante el vacío de porvenir, la sociedad se sumerge en la experiencia corporal de un tiempo suspendido, carente de flujo con respecto a fines; navegando en un presente sin sentido y dilatado hasta el infinito.


4. Disponibilidad social


Sin embargo, ninguna sociedad puede vivir indefinidamente en la incertidumbre estratégica.


Por ello, al estupor y desasosiego social, en algún momento le ha de seguir abruptamente, una disponibilidad cognitiva a revocar viejas narrativas y a aferrarse a unas nuevas, las que sean, pero con las que sea factible encontrar soluciones a las ansiedades y necesidades que agobian. Será el momento de la cristalización de un nuevo sistema de creencias que viene acompañado de un nuevo modelo de acumulación económica que dé verosimilitud a sus expectativas.


La apertura cognitiva no tiene rumbo preestablecido ni fecha anticipada. Puede tomar caminos conservadores, por ejemplo, variantes posfacistas; o también reformistas o inclusive, revolucionarias. La lucha política de ese momento, de cómo y con qué hayan concurrido las fuerzas políticas y económicas a esa disponibilidad cognitiva de la sociedad, influirá en la naturaleza del nuevo ciclo del tiempo histórico.


Mas eso, vendrá después. Por ahora, el mundo está apenas en medio de esta vorágine liminal.


*Artículo publicado en simultáneo con la revista Red de España.



Publicado en:

https://www.pagina12.com.ar/2025/12/21/policrisis-interregno-tiempo-liminal/

lunes, 15 de octubre de 2018

Bolsonaro: tres hipótesis y una sospecha, por Atilio Borón (para "Página 12" del 15-10-18)



Por Atilio A. Boron

La sorprendente performance electoral de Jair Mesías Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil suscita numerosos interrogantes. Sorprende  la meteórica evolución de su intención de voto hasta llegar a arañar la mayoría absoluta.  Y no fue el atentado lo que lo catapultó la posibilidad de ganar en primera vuelta. Veamos: en los últimos dos años su intención de voto fluctuó alrededor del 15 por ciento, pese a que está próximo a cumplir 28 años consecutivos como diputado federal (y  con sólo tres proyectos de ley presentados a lo largo de estos años). Ergo, no es un "outsider" y mucho menos la personificación de la “nueva política". Es un astuto impostor, nada más.  A comienzos de Julio su intención de voto era del 17 por ciento: el 22 de Agosto, Datafolha marcaba un 22 por ciento. El 6 de Septiembre sufre el atentado y pocos días después las preferencias crecieron ligeramente hasta alcanzar un 24 y un par de semanas después subía al 26 por ciento. En resumen: un módico aumento de 9  puntos porcentuales entre comienzos de Julio y mediados de Septiembre. Pero a escasos días de las elecciones su intención de voto trepó al 41 y en las elecciones obtuvo el 46 por ciento de los votos válidos. En resumen: en un mes prácticamente duplicó su caudal electoral. ¿Cómo explicar este irresistible ascenso de un personaje que durante casi treinta años jamás había salido de los sótanos  de la política brasileña? A continuación ofreceré tres claves interpretativas.

I

Primero, Bolsonaro tuvo éxito en aparecer como el hombre que puede restaurar el orden en un país que, según pregonan los voceros del establishment, fue desquiciado por la corrupción y la demagogia instaurada por los gobiernos del PT y cuyas secuelas son la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el narcotráfico, los sobornos, la revuelta de las minorías sexuales, la tolerancia ante la homosexualidad y la degradación del papel de la mujer, extraída de sus roles tradicionales. El escándalo del Lava Jato y el desastroso gobierno de Michel Temer acentuaron los rasgos más negativos de esta situación, que en la percepción de los sectores más conservadores de la sociedad brasileña llegó a extremos inimaginables. En un país donde el orden es un valor supremo – recordar que la frase estampada en la bandera de Brasil es "Orden y Progreso"- y que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, el “desorden” producido por la irrupción de las “turbas plebeyas” desata en las clases dominantes y las capas medias subordinadas a su hegemonía una incandescente mezcla de pánico y odio, suficiente como para volcarlas en apoyo de quienquiera que sea percibido con las credenciales requeridas para restaurar el orden subvertido. En el desierto lunar de la derecha brasileña, que concurrió con seis candidatos a la elección presidencial y ninguno superó el 5 % de los votos, nadie mejor que el inescrupuloso y transgresor Bolsonaro, capaz de infringir todas las normas de la "corrección política" para realizar esta tarea de limpieza y remoción de legados políticos contestatarios. El ex capitán del Ejército, eligió como compañero de fórmula a Antonio Hamilton Mourau, un muy reaccionario general retirado que pese a sus orígenes indígenas cree necesario “blanquear la raza” y que no tuvo empachos en declarar que “Brasil está lastrado por una herencia producto de la indolencia de los indígenas y del espíritu taimado de los africanos".  Ambos son, en resumidas cuentas, la reencarnación de la dictadura militar de 1964 pero catapultada al gobierno no por la prepotencia de las armas sino por la voluntad de una población envenenada por los grandes medios de comunicación y que, hasta ahora, a dos semanas de la segunda vuelta, parece decidida a votar por sus verdugos.

 Ahora bien: ¿por qué la burguesía brasileña se inclinó a favor de Bolsonaro?  Algunas pistas para entender esta deriva las ofrece Marx en un brillante pasaje de El 18 Brumario de Luis Bonaparte. En él describió en los siguientes términos la reacción de la burguesía ante la progresiva descomposición del orden social y el desborde del bajo pueblo movilizado en la Francia de 1852: “se comprende que en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”[1] Pocas analogías históricas pueden ser más aleccionadoras que esta para entender el súbito apoyo de las clases dominantes brasileñas -enfurecidas y espantadas por el debilitamiento de una secular jerarquía social anclada en los legados de la esclavitud y la colonia- a un psicópata impresentable como Bolsonaro. O para comprender el auge de la Bolsa de Sao Paulo luego de su victoria en la primera vuelta y el júbilo de la canalla mediática, encabezada por la Cadena O Globo. Todo este bloque dominante suplicó, jadeante y como un loco, que alguien viniese a poner fin tanto descalabro. Y allí estaba Bolsonaro.

Y es que como lo observara Antonio Gramsci en un célebre pasaje de sus Cuadernos, en situaciones de “crisis orgánica” cuando se produce una ruptura en la articulación existente entre las clases dominantes y sus representantes políticos e intelectuales (los ya mencionados más arriba, ninguno de los cuales obtuvo siquiera el 5 por ciento de los votos) la burguesía y sus clases aliadas rápidamente se desembarazan de sus voceros y operadores tradicionales y corren en busca de una figura providencial que les permita sortear los desafíos del momento. “El tránsito de las tropas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único que mejor representa y retoma los intereses y las necesidades de la clase en su conjunto” –observa el italiano- “es un fenómeno orgánico y normal, aún cuando su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante por comparación a los tiempos tranquilos del pasado: esto representa la fusión de todo un grupo social (las clases dominantes, NdA) bajo una única dirección concebida como la sola capaz de resolver un problema dominante existencial y alejar un peligro mortal.”[2]

Esto fue precisamente lo ocurrido en Brasil una vez que sus clases dominantes comprobaran la obsolescencia de sus fuerzas políticas y liderazgos tradicionales, la bancarrota de los Cardoso, Temer, Neves, Serra, Sarney, Alckmin y compañía, lo que las llevó a la desesperada búsqueda del  providencial mesías exigido para restaurar el orden desquiciado por la demagogia petista y la insumisión de las masas y que, a su vez, les permitiera ganar tiempo para reorganizarse políticamente y crear una fuerza y un liderazgo políticos más a tono con sus necesidades sin el riesgo de imprevisibilidad inherente al liderazgo de Bolsonaro. Pero por el momento, lo importante para las clases dominantes brasileñas: subrayamos, lo único importante, es acabar definitivamente con el legado de los gobiernos del PT y sus aliados.  Conocido el derrumbe de sus candidatos en las encuestas pre-electorales, incluyendo al delfín de Fernando H. Cardoso, el gobernador del estado de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, aquéllas necesitaban tiempo para pergeñar una nueva fórmula política. Una eventual victoria de Bolsonaro se lo proporcionaría, y hacia él volcaron todo su apoyo en las últimas semanas de la campaña.

II

Segundo, Bolsonaro fue favorecido por el cambio en la cultura política de las clases y capas populares que las tornó receptivas a un discurso que apenas unos años antes hubiera sido motivo de burlas, desoído o repudiado en las barriadas populares del Brasil, para ni hablar en los ambientes de las capas medias más educadas.  La crisis económica y social y la ruptura de los lazos de integración comunitaria en las favelas, potenciadas por la falta de educación política de las masas -una tarea que según Frei Betto el PT jamás se propuso como acompañamiento a sus políticas de promoción social- junto a la gravísima crisis institucional y política del país prepararon el terreno para un cambio de mentalidad en donde el llamamiento al orden y la apelación a la “mano dura” afloraron  como propuestas sensatas y razonables para enfrentar una situación muy crítica en los suburbios populares y que los medios del establishment agigantaban pintándola con rasgos estremecedores.

¿Es éste un rasgo exclusivo del Brasil? No. Todos los gobiernos latinoamericanos del ciclo político iniciado a fines del siglo pasado con el ascenso de Hugo Chávez cayeron en el error de creer que sacar de la pobreza a millones de familias las convertiría inexorablemente en portadoras de una nueva cultura solidaria, comunitaria, inmunizada ante el espejismo del consumismo, y por lo tanto propensa a respaldar los proyectos reformistas. Sin embargo, como en la Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, en Brasil también una buena parte de los beneficiarios de las políticas de inclusión de los gobiernos del PT fue captada por el discurso del orden de la burguesía y las capas medias -atemorizadas y llenas de resentimiento por la activación del campo popular que hizo abandono de su tradicional quietismo- y pregonado de modo abrumador por la prensa hegemónica con el auxilio de las iglesias evangélicas. Estas hicieron lo que el PT y la izquierda no supo o no quiso hacer: organizar y concientizar, en clave reaccionaria, a las comunidades más vulnerables rescatadas de la pobreza extrema por los gobiernos de Lula y Dilma. Y lo hicieron reforzando los valores tradicionales en relación al papel de la mujer, la identidad de género y el aborto y promoviendo una cosmovisión reaccionaria, autoculpabilizadora de los pobres y esperanzada en el papel salvífico de la religión e, incidentalmente, de un oscuro político oportunamente bautizado y renacido como un buen cristiano en Mayo del 2016  en las mismísimas aguas del río Jordán, ¡donde San Juan Bautista hiciera lo propio con Jesucristo! La piadosa imagen de Bolsonaro sumergido en las aguas del río fue masivamente difundida a través de los medios y lo rodeó con el aura que necesitaba para aparecer como el Mesías  que llegaba para poner fin al desquicio moral, social y político producido por Lula y sus seguidores. Esta prédica se difundía no sólo a través de los medios de comunicación hegemónicos -sino sobre todo por la Record TV, propiedad de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios y segunda en audiencia detrás de la Cadena O Globo- sino que también se reproducía en sus más de seis mil templos establecidos en todo Brasil, una cifra abrumadoramente superior al número de locales que cualquier partido político jamás tuvo en ese país.[3] Resumiendo: se verificó, como antes en Argentina y en cierta medida también en Brasil, la inesperada “revuelta de los incluidos” en contra de los gobiernos progresistas que promovieron esas políticas de integración social en la región.[4]

III

Una tercera línea de interpretación dice relación con el eficaz -y por supuesto, nefasto- papel  de los medios hegemónicos en el linchamiento mediático de Lula y todo lo que éste representa. En este sentido el papel de la Cadena O Globo y, en menor medida, el de Record TV, ha sido de capital importancia, pero no le van en zaga la prensa gráfica y por supuesto una muy  aceitada utilización masiva de las redes sociales activadas por un enorme ejército de militantes y trolls. Las riquísimas iglesias evangélicas disponen de dinero más que suficiente para sostener esta letal infantería comunicacional. Toda esta artillería mediática ha venido desde hace años descargando un torrente de informaciones difamatorias y “fake news” (para cuya elaboración y diseminación ya existen numerosos programas disponibles en la web) que a lo largo del tiempo fueron erosionando la valoración de las políticas de inclusión social del PT y la credibilidad y honorabilidad de sus principales dirigentes, comenzando por Lula. La farsa jurídica mediante el cual se lo condenó, sin pruebas, a pasar largos años de cárcel no mereció crítica alguna de la prensa hegemónica, que previamente había maliciosa y minuciosamente atacado la imagen pública del ex presidente y sus colaboradores. El Lava Jato sirvió para arrojar un pesado manto de desprestigio sobre toda la clase política, no sólo los líderes del PT, y ciertos sectores del gran empresariado. Prueba de ello fue la decepcionante performance de los candidatos de la derecha en la primera vuelta, cosa que anotáramos más arriba.

Pero toda esta movida, la segunda etapa del golpe institucional cuya primera fase fue la destitución de Dilma Rousseff, debía culminar con la detención e ilegal condena de Lula y su proscripción como candidato, única forma de frustrar su seguro retorno al Palacio del Planalto. El efecto combinado de una justicia corrupta y unos medios cuya misión hace rato dejó de ser otra cosa que manipular y “formatear” la conciencia del gran público aseguró ese resultado y, sobre todo, el quietismo dentro de las propias filas de simpatizantes y militantes petistas que sólo en escaso número se movilizaron y tomaron las calles para impedir la consumación de esta maniobra. La complicidad de la justicia electoral en un proceso que tiene grandes chances de desembocar en el derrumbe de la democracia brasileña y la instauración de un nuevo tipo de dictadura militar es tan inmensa como inocultable. Jueces y fiscales, con la ayuda de los medios, arrasaron con los derechos políticos del ex presidente, lo encerraron física y mediáticamente en su cárcel de Curitiba al prohibirle grabar audios o videos apoyando a la fórmula Haddad-D'Avila e inclusive vetaron la realización de una entrevista acordada con la Folha de Sao Paulo. En términos prácticos la justicia fue un operador más de Bolsonaro, y los pedidos o reclamos de su comité de campaña apenas tardaban horas para convertirse en aberrantes decisiones judiciales. Por eso la justicia, los medios y los legisladores corruptos que avalaron todo este fraudulento proceso son los verdugos que están a punto de destruir a la frágil democracia brasileña, que en treinta y tres años no pudo emanciparse del permanente chantaje de la derecha y su instrumento militar.

Va de suyo que este perverso tridente reaccionario y bastión antidemocrático es convenientemente entrenado y promovido por Estados Unidos a través de numerosos programas de “buenas prácticas” donde se les enseña a jueces, fiscales, legisladores y periodistas de la región a desempeñar sus funciones de manera “apropiada". En el caso de la justicia uno de sus más aventajados alumnos es el Juez Sergio Moro, que perpetró un colosal retroceso del derecho moderno al condenar a Lula a la cárcel no por las pruebas -que no tenía, como él mismo lo reconoció- sino por su convicción de que el ex presidente era culpable y había recibido un departamento como parte de un soborno. ¡Condena sin pruebas y por la sola convicción del juez!  La legión de periodistas que mienten y difaman a diario a lo largo y a lo ancho del continente también son entrenados en Estados Unidos para hacerlo "profesionalmente", en lo que sería la versión civil de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Si antes, durante décadas se entrenó a los militares latinoamericanos a torturar, matar y desaparecer ciudadanas y ciudadanos sospechados de ser un peligro para el mantenimiento del orden social vigente hoy se entrena a jueces, fiscales y “paraperiodistas” (tan letales para las democracias como los “paramilitares”) a mentir, ocultar, difamar y destruir a quienes no se plieguen a los mandatos del imperio. Lo mismo ocurre con los legisladores y, en cierta menor medida, con los académicos.

IV

Las interpretaciones ofrecidas hasta aquí tienen por objetivo ofrecer algunos antecedentes que ayuden a la elaboración de hipótesis más específicas y precisas que den cuenta del sorprendente ascenso de Bolsonaro en las preferencias electorales de los brasileños. El hilo conductor del argumento revela la trama de una gigantesca conspiración pergeñada por la burguesía local, el imperialismo y sus personeros en los medios y en la política que va desde la ilegal destitución de Dilma pasando por la no menos ilegal condena y encarcelamiento de Lula hasta la emisión, días atrás, de los falsos certificados médicos que le permiten al mediocre Bolsonaro rehuir el debate con su contrincante que, sin duda alguna, le haría perder muchos votos. Toda la institucionalidad del estado burgués así como las clases dominantes y sus representantes políticos y su emporio mediático se prestan para concretar esta gigantesca estafa al pueblo brasileño. Y en este sentido no podríamos dejar de proponer como hipótesis adicional que tal vez el avasallante éxito electoral de un farsante como Bolsonaro pueda responder, al menos en parte, a un sofisticado fraude electrónico que pudo haberle agregado un 4 o 5 por ciento más de votos a los que legítimamente había obtenido. No estamos diciendo aquí que ganó gracias a un fraude electrónico -como ocurriera en la elección presidencial que en 1988 consagró el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas en México y tantas otras, dentro y fuera de América Latina- sino que sería imprudente y temerario descartar esa posibilidad. Sobre todo cuando se sabe que a diferencia del venezolano el sistema electoral brasileño no emite un comprobante en soporte papel del voto emitido en la urna electrónica, lo cual facilita enormemente la posibilidad de manipular los resultados. Es sorprendente que esto no haya sido considerado por los sectores democráticos en Brasil habida cuenta de la existencia de varios antecedentes en América Latina y en otras partes del mundo en donde la voluntad popular fue desvirtuada por el voto electrónico. Por algo países como Alemania, Holanda, Noruega, Irlanda, Reino Unido, Francia, Finlandia y Suecia han prohibido expresamente el voto electrónico. ¿Por qué no pensar que la pasmosa performance electoral de Bolsonaro podría haber sido potenciada –si bien sólo en parte, insistimos- por el hackeo de la informática electoral?

NOTAS:[1] En Obras Escogidas de Marx y Engels (Moscú: Editorial Progreso, 1966), Tomo I, pp. 307-308.
[2] Note Sul Machiavelli, sulla política e sullo stato moderno (Giulio Einaudi Editore, 1966), pp.50-51.
[3] El nada casual crecimiento de las iglesias evangélicas y su conexión con los designios de Washington quedan patentemente reflejados en el artículo de Miles Christi, “El Informe Rockefeller”. Sectas y apoyo del gobierno de Estados Unidos contra la Iglesia Católica”,  disponible en  http://mileschristimex.blogspot.com/2015/10/el-informe-rockefeller.html


[4] Cf. Gustavo Veiga, "El día en que 'Bolso-nazi' fue bautizado 'Mesías' ", en Página/12, 8 Octubre 2018, en  https://www.pagina12.com.ar/147320-el-dia-en-que-bolso-nazi-fue-bautizado-messias . Luego del bautizo Bolsonaro añadió la palabra Mesías después de su primer nombre, Jair. Las diferentes denominaciones evangélicas, asegura Veiga, "controlan una quinta parte de la Cámara de Diputados y en su conjunto orillan el 29 por ciento de la población."    

Publicado en:
https://www.pagina12.com.ar/148978-bolsonaro-tres-hipotesis-y-una-sospecha

viernes, 1 de enero de 2016

ANTONIO GRAMSCI: "ODIO A LOS INDIFERENTES", por "Marxismo crítico" del 15-10-11

por Antonio Gramsci


Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

11 de febrero de 1917

Indifferenti1

Odio gli indifferenti. Credo come Federico Hebbel che “vivere vuol dire essere partigiani”.2 Non possono esistere i solamente uomini, gli estranei alla città. Chi vive veramente non può non essere cittadino, e parteggiare. Indifferenza è abulia, è parassitismo, è vigliaccheria, non è vita. Perciò odio gli indifferenti.

L’indifferenza è il peso morto della storia. E’ la palla di piombo per il novatore, è la materia inerte in cui affogano spesso gli entusiasmi più splendenti, è la palude che recinge la vecchia città e la difende meglio delle mura più salde, meglio dei petti dei suoi guerrieri, perché inghiottisce nei suoi gorghi limosi gli assalitori, e li decima e li scora e qualche volta li fa desistere dall’impresa eroica. L’indifferenza opera potentemente nella storia. Opera passivamente, ma opera. E’ la fatalità; e ciò su cui non si può contare; è ciò che sconvolge i programmi, che rovescia i piani meglio costruiti; è la materia bruta che si ribella all’intelligenza e la strozza. Ciò che succede, il male che si abbatte su tutti, il possibile bene che un atto eroico (di valore universale) può generare, non è tanto dovuto all’iniziativa dei pochi che operano, quanto all’indifferenza, all’assenteismo dei molti. Ciò che avviene, non avviene tanto perché alcuni vogliono che avvenga, quanto perché la massa degli uomini abdica alla sua volontà, lascia fare, lascia aggruppare i nodi che poi solo la spada potrà tagliare, lascia promulgare le leggi che poi solo la rivolta farà abrogare, lascia salire al potere gli uomini che poi solo un ammutinamento potrà rovesciare. La fatalità che sembra dominare la storia non è altro appunto che apparenza illusoria di questa indifferenza, di questo assenteismo. Dei fatti maturano nell’ombra, poche mani, non sorvegliate da nessun controllo, tessono la tela della vita collettiva, e la massa ignora, perché non se ne preoccupa. I destini di un’epoca sono manipolati a seconda delle visioni ristrette, degli scopi immediati, delle ambizioni e passioni personali di piccoli gruppi attivi, e la massa degli uomini ignora, perché non se ne preoccupa. Ma i fatti che hanno maturato vengono a sfociare; ma la tela tessuta nell’ombra arriva a compimento: e allora sembra sia la fatalità a travolgere tutto e tutti, sembra che la storia non sia che un enorme fenomeno naturale, un’eruzione, un terremoto, del quale rimangono vittima tutti, chi ha voluto e chi non ha voluto, chi sapeva e chi non sapeva, chi era stato attivo e chi indifferente. E questo ultimo si irrita, vorrebbe sottrarsi alle conseguenze, vorrebbe apparisse chiaro che egli non ha voluto, che egli non è responsabile. Alcuni piagnucolano pietosamente, altri bestemmiano oscenamente, ma nessuno o pochi si domandano: se avessi anch’io fatto il mio dovere, se avessi cercato di far valere la mia volontà, il mio consiglio, sarebbe successo ciò che è successo? Ma nessuno o pochi si fanno una colpa della loro indifferenza, del loro scetticismo, del non aver dato il loro braccio e la loro attività a quei gruppi di cittadini che, appunto per evitare quel tal male, combattevano, di procurare quel tal bene si proponevano.

I più di costoro, invece, ad avvenimenti compiuti, preferiscono parlare di fallimenti ideali, di programmi definitivamente crollati e di altre simili piacevolezze. Ricominciano così la loro assenza da ogni responsabilità. E non già che non vedano chiaro nelle cose, e che qualche volta non siano capaci di prospettare bellissime soluzioni dei problemi più urgenti, o di quelli che, pur richiedendo ampia preparazione e tempo, sono tuttavia altrettanto urgenti. Ma queste soluzioni rimangono bellissimamente infeconde, ma questo contributo alla vita collettiva non è animato da alcuna luce morale; è prodotto di curiosità intellettuale, non di pungente senso di una responsabilità storica che vuole tutti attivi nella vita, che non ammette agnosticismi e indifferenze di nessun genere.

Odio gli indifferenti anche per ciò che mi dà noia il loro piagnisteo di eterni innocenti. Domando conto ad ognuno di essi del come ha svolto il compito che la vita gli ha posto e gli pone quotidianamente, di ciò che ha fatto e specialmente di ciò che non ha fatto. E sento di poter essere inesorabile, di non dover sprecare la mia pietà, di non dover spartire con loro le mie lacrime. Sono partigiano, vivo, sento nelle coscienze virili della mia parte già pulsare l’attività della città futura che la mia parte sta costruendo. E in essa la catena sociale non pesa su pochi, in essa ogni cosa che succede non è dovuta al caso, alla fatalità, ma è intelligente opera dei cittadini. Non c’èin essa nessuno che stia alla finestra a guardare mentre i pochi si sacrificano, si svenano nel sacrifizio; e colui che sta alla finestra, in agguato, voglia usufruire del poco bene che l’attività di pochi procura e sfoghi la sua delusione vituperando il sacrificato, lo svenato perché non è riuscito nel suo intento.

Vivo, sono partigiano. Perciò odio chi non parteggia, odio gli indifferenti.

Notas: [1] Publicado en La Città futura, 1, febbraio del 1917:1-1 [2] Cfr. Friedrich Hebbel, Diario, trad. e introduzione di Scipio Slataper, Carabba, Lanciano 19I2 (“Cultura dell’anima”), p. 82: “Vivere significa esser partigiani” (riflessione n. 2127). Questo stesso pensiero di Hebbel era stato pubblicato nel numero del “Grido del Popolo” del 27 maggio 1916, insieme con le seguenti due “riflessioni” tratte dalla medesima opera: ” 1. Un prigioniero è un predicatore della libertà. 2. Alla gioventù si rimprovera spesso di credere che il mondo cominci appena con essa. Ma la vecchiaia crede anche più spesso che il mondo cessi con lei. Cos’è peggio? ”

Traducción: Hugo R. Mancuso

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