Los emergentes plantaron bandera en Estados Unidos
Por Jorge Cicuttin, desde Nueva York
Dilma y
Cristina protagonizaron en la ONU la rebelión de los países en
desarrollo que instalaron una nueva agenda en el corazón del poder
global. La declinación del imperio americano, cepo a la voracidad
financiera y cómo será el nuevo mapa del poder mundial.
Llegó con unos apuntes en sus manos. Se alcanzaba a ver
la letra manuscrita, grande, parecían notas recién escritas. Los
discursos anteriores se extendieron más de lo previsto, el organigrama
llevaba casi dos horas de retraso. Ella fue una de las últimas en hablar
esa jornada. El avión presidencial la esperaba para retornar esa misma
noche a Buenos Aires. Aclaró: “Mejor así, al hablar comenzada la reunión
se puede interactuar, argumentar contra otras ponencias”.
Y
claro que lo hizo. Desde el atril de la Asamblea General de las
Naciones Unidas, Cristina Fernández de Kirchner acusó a las grandes
potencias –fundamentalmente al dueño de casa, Barack Obama– de sostener
un “doble estándar” en su política internacional, los trató de
hipócritas, desnudó los intereses de los países fabricantes de armas y
del lobby financiero, e interpeló a uno de los países más poderosos de
Medio Oriente, quien debe darle una pronta respuesta a su reclamo si no
desea dejar en evidencia un discurso vacío y falso.
El
mismo día, pero unas horas antes, al abrir el fuego en la Asamblea, la
presidenta brasileña acusó a Washington, delante de decenas de jefes de
Estado y reyes, de utilizar la amenaza terrorista para espiar a
gobiernos y empresas extranjeras.
Dos discursos muy duros
que el presidente del país más poderoso del mundo debió soportar en su
propia casa. En la noche anterior, ambas mandatarias habían desistido de
ir a la recepción de gala que Obama y su esposa, Michelle, ofrecían en
el lujoso Waldorf Astoria de Manhattan. Las dos mujeres estaban a esa
misma hora en el primer piso del hotel Saint Regis, intercambiando ideas
sobre las posiciones que iban a adoptar al día siguiente en el edificio
de Naciones Unidas.
En la 68ª Asamblea General de la ONU
se habló de la guerra y la paz, se dieron advertencias, se reconoció que
los gobiernos poderosos pueden proteger una dictadura en otro país si
conviene a sus intereses económicos y políticos, se anunció que tal o
cual mandatario no deben seguir al frente de su país. Fue un encuentro
duro, muy interesante, poco diplomático. Y entre tantas demostraciones
de poder, estas dos mujeres se plantaron ante el más poderoso y
reclamaron cambios en la agenda internacional. Cristina y Dilma, la
Argentina y Brasil, marcaron una “rebelión” que sobrepasó las
expectativas de un encuentro preparado para que el dueño de casa
expusiera sus condiciones al resto. Los tiempos cambiaron, a tal punto
que su discurso parecía ser el más extenso con sus cuarenta minutos –el
protocolo de la ONU solicitaba 15 minutos por mandatario–, hasta que en
la noche la presidenta argentina habló por 45 minutos.
Barack
Obama llegaba golpeado a este encuentro en Nueva York. Con pérdida de
poder interno, con un Congreso que deja maltrecho a su promocionada
reforma del sistema de salud, con una crisis económica que no termina de
irse y un desaire en el plano internacional de sus habituales aliados
que le dieron la espalda a su proclama guerrera contra Siria. Entonces
sacó pecho y, argumentando que “Estados Unidos es excepcional”, reafirmó
su papel de gendarme del mundo y ratificó que está dispuesto a utilizar
la fuerza militar para defender los intereses de Washington en el
mundo.
Pero antes de su discurso, el dueño de casa debió
escuchar los durísimos cuestionamientos de Dilma Rousseff, quien antes
de llegar a la ONU había anticipado que suspendía su visita oficial a
Washington prevista para fines de octubre. “Estamos ante un caso grave
de violación de los derechos humanos y de las libertades civiles; de la
invasión y captura de informaciones, de falta de respeto a la soberanía
nacional de mi país”, expresó la presidenta, ya que no se trató de un
espionaje circunscripto “al ámbito político –como lo fue la intervención
de sus teléfonos y direcciones de correo electrónico y los de varias
embajadas–, sino que alcanzó a informaciones empresariales muchas veces
de alto valor económico e incluso estratégico”, como Petrobras.
La
contestación a Obama, quien esperaba en una oficina cercana a que
terminara el discurso la brasileña, fue directa: “Jamás una soberanía
puede garantizarse en detrimento de otra”, enfatizó, al rebatir el
argumento de su par norteamericano de que el espionaje está justificado
por la lucha contra el terrorismo.
Lo hecho por los servicios de inteligencia norteamericanos, sentenció, “son actitudes inadmisibles”.
Tal
como lo había expresado también Cristina Fernández de Kirchner, el
espionaje cibernético –que el ex topo de la CIA, hoy refugiado en Rusia,
Edward Snowden, reveló con lujo de detalles– no termina en Brasil sino
que se replica contra la Argentina y la mayoría de los países del mundo.
Por eso Dilma insistió en la ONU con que el espionaje masivo trasciende
la mera relación bilateral entre Brasil y los Estados Unidos para
afectar a toda la comunidad internacional, “y de ella exige respuesta”.
Exigió al secretario general Ban Ki-moon que asuma la responsabilidad de
“desempeñar un papel de liderazgo en el esfuerzo por regular el
comportamiento de los Estados” frente a las nuevas tecnologías.
Si
Dilma abrió la sesión del martes de la Asamblea General, quien habló
casi en último lugar del día fue Cristina. Y la “pasión” con la que
habló –ella utilizó esa palabra, haciendo referencia al papa Francisco–
fue de la mano con la dureza y claridad de definición hacia la actitud
de los países más poderosos en la arena de la política internacional.
Acusó,
sin medias palabras, de aplicar “un doble estándar” a Estados Unidos y a
Gran Bretaña, exigiendo de otros países actitudes que ellos
históricamente no han llevado adelante. Atacó a la industria
armamentista de los países del Norte, a estos verdaderos señores de la
guerra que siguen armando a la oposición siria al mismo tiempo que los
gobiernos de esas naciones hacen llamados públicos a terminar con la
sangrienta guerra civil. “Recién ahora, cuando descubren que se
utilizaron armas químicas hablan de una crisis en Siria. La crisis en
Siria estaba desde hace dos años y medio, de los 150 mil muertos, el 99
por ciento fueron por armas convencionales, no químicas. ¿Qué diferencia
hay entre estos muertos?”, se preguntó la presidenta argentina.
Recordó
que armas químicas se han utilizado en otros tiempos y en otras
guerras. “Miren las consecuencias que las bombas atómicas que cayeron
sobre Nagasaki e Hiroshima tuvieron durante años sobre la población
japonesa, y el uso del napalm en Vietnam”, dijo, apuntando al doble
estándar norteamericano.
“No hay guerras justas, sólo la paz es justa”, sentenció la mandataria argentina.
En
distintas partes de su discurso, Cristina se plantó frente a este doble
estándar de Washington, aprovechando la “honestidad brutal” que expuso
Obama en partes de su alocución. Esa que utilizó para reconocer que los
Estados Unidos pueden mantener relaciones con países gobernados por
dictadores si esos gobiernos protegen los intereses norteamericanos.
Sobre otros a los que consideran dictadores, no tendrán consideración.
Por eso señaló que el mundo debe decidir si quiere vivir bajo el espanto
de las “fosas comunes”. Esta frase fue retomada por CFK: “Nosotros
estamos descubriendo fosas comunes con los restos de los miles de
desaparecidos de la dictadura cívico-militar. Cuánto nos hubiera gustado
que tantos discursos condenando dictadores hubieran estado en aquella
época. Pero en medio de la Guerra Fría éramos víctimas de los
dictadores” que protegían otros gobiernos del Norte, denunció Cristina.
“Hay que acabar con este doble estándar”, dijo.
Las
palabras de Cristina y Dilma fueron de las más duras que tuvieron que
soportar los poderosos que estaban sentados en la ONU. A su modo, más
campechano pero no menos crudo, otro que vino del Sur, el uruguayo José
“Pepe” Mujica, pidió por Malvinas y por Cuba, llamó a terminar con una
civilización “del despilfarro”, y a terminar con las hipocresías. “Soy
del Sur y vengo del Sur a esta Asamblea. Mis errores son hijos de mi
tiempo. No vivo para cobrar cuentas. Cargo con los restos del
colonialismo en Malvinas. De bloqueos inútiles a Cuba. Cargo con una
gigantesca deuda social, con la necesidad de vender la Amazonía,
nuestros mares y ríos”, comenzó el mandatario. “Soy del Sur y cargo con
la vigilancia electrónica que no hace otra cosa que sembrar
desconfianza”, insistió en referencia a los programas de espionaje
estadounidenses en varios países, entre ellos Brasil. También se lamentó
de que la humanidad haya “sacrificado a los viejos dioses inmateriales”
y haya ocupado “el templo con el dios mercado”.
Con
crudeza, habló de cómo se discrimina a los países más pequeños, como es
el Uruguay, desde la mirada del Norte: “Donde se reparten los recursos y
se toman decisiones, no entramos ni para servir café”, acusó.
No
fue una Asamblea más esta que se vivió en estos soleados primeros días
de otoño en Manhattan. Se escucharon voces apasionadas, fuertes,
contundentes, que denunciaron las hipocresías del poder del Norte. La
aplicación de “un doble estándar” a la hora de definir qué y quiénes
pueden hacer determinadas cosas, fue algo que se escuchó claramente en
el recinto de las Naciones Unidas. Se denunciaron las máscaras del
poder. Justamente en una ciudad y en un país donde se respira ese poder
en cada paso y en cada calle de Manhattan.
Cristina
Fernández y Dilma Rousseff fueron de las voces más contundentes y
precisas de esa rebelión. Y los dueños del mundo escucharon.
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Las frases de Cristina
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“Ese instrumento (Consejo de Seguridad) que funcionó desde 1945, hoy se
ha demostrado absolutamente antifuncional y obsoleto no solamente
frente a la cuestión siria, sino también ante otros frentes contra la
paz y contra la inseguridad en el mundo”.
- “Resulta casi
absurdo que no nos dejen pagar en un mundo que se cae, en una Europa
devastada. A menos que nos quieran castigar”.
- “Que no se
confunda nuestra profunda convicción con las normas del derecho
internacional, tampoco se confunda nuestra paciencia con ingenuidad o
estupidez” (en relación al memorándum de Irán).
- “Hoy los
millones de argentinos no tienen por qué pagar la fiesta de los
lobbistas que participan en campañas políticas y ponen plata en las
campañas de los políticos aquí”.
- “Este no es un problema
de Argentina, es un problema del mundo. Somos víctimas seriales de los
lobbistas, de los fondos buitre”.
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Frases de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff
-
“Jamás una soberanía puede sostenerse en detrimento de otra soberanía.
Jamás el derecho a la seguridad de los ciudadanos de un país se podrá
garantizar con la violación de la seguridad de otros ciudadanos”.
-
“Estamos ante un caso grave de violación de los derechos humanos y de
las libertades civiles, de invasión y captura de informaciones sigilosas
relativas a actividades empresarias y, sobre todo, de falta de respeto a
la soberanía nacional”.
- “Semejante injerencia es un
quebrantamiento del derecho internacional y una afrenta a los principios
de las relaciones entre los países, especialmente si son amigos. Le
transmitimos al gobierno norteamericano nuestra protesta, exigiendo
explicaciones, disculpas y garantías de que estos procedimientos no se
repetirán”.
- “La crisis en Siria conmueve y provoca
indignación. Dos años y medio de pérdidas de vidas y destrucción
causaron el mayor desastre humanitario de este siglo. No hay salida
militar. La única solución es la negociación, el diálogo, el
entendimiento”.
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Opinión
“Una agenda diferente”
Por Gabriel Puricelli
Coordinador de Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas
Las
exposiciones de Dilma Rousseff y Cristina Fernández buscaron definir
una agenda diferente a la de las potencias hegemónicas pero desde
visiones diferentes. En el caso de Brasil, la Asamblea de Naciones
Unidas fue el corolario de la ofensiva diplomática que puso en marcha
como respuesta al espionaje llevado adelante por Estados Unidos. El
discurso de Dilma ratificó a Brasil como una nación con poder regional y
en una situación de autonomía. Sin embargo, no se mostró como la voz
que representa a toda la región.
En el caso de la
Argentina, se vio más condicionada por lo que había sido su
participación en la Asamblea del año pasado, cuando presentó su oferta
de diálogo con Irán. Ahora, Cristina Fernández estaba obligada a pasar
en limpio lo que se había avanzado en ese sentido y lo real es que había
poco para mostrar.
Es difícil establecer si la omisión
argentina al espionaje en Brasil fue un olvido de la Presidenta o si
estuvo premeditado. Lo que no hay que perder de vista es que ambos
países tienen diferencias de criterio con respecto a la constitución del
Consejo de Seguridad y por lo tanto no es descabellado pensar que la
Presidenta argentina no quiso quedar tan alineada con Brasil en el foro
de Naciones Unidas.
El papel de Estados Unidos quedó
desdibujado en esta Asamblea a partir de no haber podido imponer su
voluntad en el conflicto sirio. De todas maneras, por esto no hay que
creer que haya dejado de ser la principal potencia mundial, ya que lo
que prima en el concierto mundial es la cuestión militar y en ese
aspecto Estados Unidos sigue siendo el país hegemónico.
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