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lunes, 7 de febrero de 2022

Máximo Kirchner y la quimera de gobernar sin costos, por Martín Rodríguez (para "El Diarioar" del 06-02-22)

 




@Tintalimon

Perdón que interrumpa

por Martin Rodríguez 

6 de febrero de 2022


Ocurrió el acuerdo externo, vino el desacuerdo interno. Del acuerdo con el Fondo a la renuncia de Máximo. Se cierra momentáneamente la puerta con el Fondo, se abren los quilombos de la casa propia. A la decisión de Máximo le faltó olfatear el clima. Sus razones, los engaños de los que dice sentirse víctima o la falta de “contención”, suenan a argumentos demasiado encerrados en el mundo privilegiado de palacio. Que Guzmán, que las mentiras, que ya se quería ir, que propuso a Cafiero. Y así todo lo que se echó a rodar. Pero algo de ese desajuste de fondo está en un viejo ADN kirchnerista. El sueño de gobernar sin costos, como suele decir Luciano Chiconi, cuya consecuencia fuerza a una mayor individuación política o elitización. Yo no firmo. Que la Historia diga que nunca ajusté. Que no toqué una sola tarifa. “Una política del yo”, escribió Juan Di Loreto.


El límite de gobernar sin malas noticias también se juega en las palabras, disociándolas de la realidad. Como cuando Kicillof a la devaluación del 2014 la llamó “deslizamiento cambiario”. Los problemas se acumulan igual, los llames como los llames. El sueño de gobernar sin costos es también, paulatina y paradójicamente, dejar de gobernar. Aún cuando con toda lógica se intente gobernar al menor costo. Si el kirchnerismo quiso enseñar que se gobierna en el conflicto, lo que se “ganó” en intensidad ideológica se perdió en desgaste: gobernar sin resultados. Y algo peor: concebir una realidad dada, cada vez menos transformable. Una agenda de temas infinitos, irresolubles. Batallas culturales en el cielo con diamantes. El acuerdo es el tamaño de la crisis. Dónde estamos parados, ante quién y con qué. Sabino Vaca Narvaja, el embajador argentino en China, cuya trayectoria se liga al núcleo kirchnerista, en una larga entrevista con este diario tradujo previamente la necesidad de ese acuerdo con el Fondo. Aníbal Fernández y Sergio Berni fueron contundentes en el apoyo al acuerdo consumado. Esos políticos, casi siempre tan atados a sus estilos, también funcionan con razonamientos de Estado. Vivimos entre las mil caras de la crisis. El acuerdo con el Fondo, entonces, es también mojar el gato: saber el tamaño de las cosas de las que estamos hablando.


Algo es cierto: la presidencia de un bloque de Diputados (el lugar al que Máximo renunció) es un lugar de síntesis. Síntesis no es una palabra kirchnerista. ¿Podía Máximo argumentar en nombre del bloque y tender el puente necesario con la oposición para que apoye el acuerdo? ¿Tener razón o conducir? Ya ocurrió con el presupuesto. No supo (no quiso o no pudo) encontrar el tono en que pudiera integrar a su consideración el llamado a la razón de Estado con que se suelen aprobar los presupuestos. La renuncia de Máximo sincera su sensibilidad a ser corrido por izquierda. Una exagerada vulnerabilidad a ciertas narrativas. El problema no es tanto el límite ideológico de un gobierno que tiene un condicionamiento entre deuda y Pandemia atroz sino el límite de los liderazgos. Y la síntesis la impone la realidad y sus juegos de equilibrios. Porque la economía son las dos cosas: el bolsillo de la gente y las arcas del Estado, el acuerdo con el FMI y los sindicatos, el pueblo y la macro. 


Máximo no sintetiza: expresa un sector al que llaman “socio mayoritario”, en cuyo ejercicio deposita una custodia ideológica que en su firmeza, a la vez, corre el riesgo de obturar el funcionamiento práctico ante una realidad que no es fija, pero que cada vez parece más ajena. Si hay una frase hecha, un lugar común, es el que dice que la política es la herramienta para transformar la realidad. Lo puede decir desde Mauricio Macri hasta Luis Zamora. Lo que no dice la frase es que si no la transforma la política, la realidad se transforma sola. Crece la pobreza, la inflación, la informalidad laboral, y en consecuencia el kirchnerismo corre el riesgo de ser una fuerza conservadora que defiende un estado de cosas del presente contra “la amenaza de un futuro más negro” y quedar fijada a este presente, que es tan duro. Porque la mayor eficacia discursiva del anti peronismo quizás se instala en una idea: el presente es peronista, pero el futuro es nuestro. 


El acuerdo estará en marcha, se supone que se juntarán los votos para la “ley de Sostenibilidad de la Deuda Púbica”, y viene el después. La sociedad también sabe por vieja que el default es la otra cara de una desgracia que reproduce en escala las mismas desigualdades: ¿quién tiene espaldas para aguantarlo? ¿Quién la liga en una devaluación? En los bolsillos también caben la letra chica del acuerdo. Un político para armar del siglo XXI debería contener una primera línea: un oído en el Pueblo, otro en la Macroeconomía.


Guzmán, el único ministro no procastinado


Hay indicios de que comienza una campaña de deforestación sobre Guzmán. La crítica sobre qué le dijo a quién o cuándo y qué día exacto de hace un año y medio este mismo acuerdo pudo ser firmado según no se sabe qué cálculo conforma un tipo de repaso muy diario del lunes que se aviva también en el fuego de muchos albertistas que ahora prefieren hacer trascender sus sinceros enojos con él, pero tal vez para mitigar otros enojos a los que les temen más. Versiones de versiones sobre enconos con el ministro desde muchas direcciones, no exclusivamente kirchneristas, y de un acuerdo del que hay apenas indicios. En un extremo de ese runrún se llegó a decir que “engañó a todos”. Guzmán es un rara avis de la era albertista: no fue procrastinado. Manejó los hilos de una negociación sin ser el súper ministro de Economía. Fue hasta ahora el ministro de la Deuda Externa. Los conducidos por Máximo de hecho manejan PAMI, ANSES, Energía: y eso son varios puntos del PBI. ¿El problema con Guzmán es cuánto poder tiene o directamente que tenga algún poder? ¿Y mucho de ese enojo con el ministro (sobre su egoísmo o individualismo), acaso él mismo lo montó sobre el mandato presidencial de luz verde para hacer la suya y no rendir demasiadas cuentas durante el largo proceso de negociación? 


Todo esto ocurre en un contexto de paradoja política: la fuerza que metió al país en el berenjenal de la deuda ganó las últimas elecciones legislativas. Una encuesta publicada en Ámbito Financiero mostró que sólo un 40% percibe que fue el macrismo el que tomó la deuda. Se conocieron detalles de lo que le dijo Máximo a Alberto. Poder al desnudo: te pusimos ahí. Pero si cada uno de esos a los que “otros” hicieron llegar hubieran sido sólo leales a esos “otros” no habría Historia. La traición, como la lucha de clases, es el motor. A Kirchner, para el caso, Duhalde lo hizo presidente. Traicionar a Duhalde, pensó Kirchner, era su derecho. Duhalde mismo, que esperaba esa daga, lo dijo: en el peronismo existe un día de la lealtad y 364 días de la traición. Los roles son intercambiables, las historias no se repiten, y la crisis Argentina no está para un gran teatro de la política. Soluciones o nada. 


Los morlacos 


El diablo sabe por viejo: no hay memoria de un “acuerdo con el Fondo” con final feliz. Nadie asocia la sigla del Fondo a una alegría. La foto viene sin sonrisas. Guzmán lo quiso explicar así en una entrevista con el diario La Nación: “Nadie en nuestra fuerza política puede estar alegre con tener al FMI en la Argentina, pero es una realidad”. El FMI es parte de la valija pesada con la que entramos a la democracia. Deuda, Malvinas, desaparecidos, ajuste, Fondo Monetario Internacional. FMI: una sigla, un siglo encima. Las Viudas e Hijas lo ponían en el estribillo de un hit de aquella primavera. Una curiosidad del rock: muchas canciones donde el tema es el dinero. Los Beatles tenían un gran repertorio alrededor del bolsillo. Baby you’re a rich man. Hijos de la clase obrera. El joven Lennon subido a un árbol, esperando a que lleguen los marineros de los barcos que traen discos al puerto de Liverpool: discos comprados en el mercado negro y que esos jóvenes conozcan el rock and roll del otro lado del mar. Llegar al rock regateando. Así lo recordó su hermana en una biografía. Pero… el dinero no puede comprarme, amor. 


Nuestros Auténticos Decadentes resumieron una filosofía nacional: “El dinero no es todo, ¡pero cómo ayuda!”. Y tenemos el libro de Juan Carlos Torre, el libro del momento, que en tiempo pasado nos cuenta algo del presente. La Argentina vista desde el quinto piso del ministerio de Economía. Torre lo expresa casi con un dejo melancólico, el residuo sentimental que un hombre de las ciencias sociales no puede evacuar de su corazón: confiesa que miraba desde la ventana a las personas de a pie caminar alrededor del ministerio y sentía que estaba en la sala de máquinas que podía transformar esas vidas. El hormigueo curioso de las personas yendo y viniendo por las calles. Imaginemos despachantes de aduana, cadetes, procuradores, oficiales de justicia, policías y servicios, bancarios, vendedores ambulantes, personal de limpieza, tacheros, corredores de seguros. Todos los climas alrededor del dinero, y el hormigueo de sus ideas detrás. En ese vértigo mesiánico del testigo escribe. La lengua de las cosas. 


¡Hablen más de plata! Alberto Fernández, dice un cuadro peronista que lo conoce bien, cometió un error: “No explicó por cadena a qué cosas concretas el pueblo se expone con un default”. No es un error “comunicacional”, es que frente a la crisis que desató la insólita renuncia de Máximo Kirchner, el presidente sólo se expuso otra vez a los tira-centros de “los medios propios” porque el Frente de Todos es una interna que les tapa el bosque a todos. Cada vez más interna en el Frente, cada vez más gente (votos) afuera del Frente. 


Una de las preguntas clásicas debería ser: ¿por qué los economistas liberales son más populares que los de izquierda? Una respuesta rápida: porque hablan de plata. De guita, teca. Piensan en billetes, hablan desde el bolsillo. El dilema repetido mil veces: entrás a un casamiento, tenés que elegir mesa, ¿te sentás en la de Carlos Melconián o en la de Carlos Heller? Juan Carlos De Pablo arrastra el tono de mil batallas perdidas de tachero porteño al que le pagaste el viaje y con los anteojos colgando pierde cinco minutos más redondeándote una idea de cómo organizar un presupuesto. Somos los nietos de Doña Rosa. Somos monos con navaja. Gastamos en pesos, soñamos en dólares. Ni la dictadura pudo callar el comentario y la crítica sobre su economía. A “Canción de Alicia en el país” Charly tuvo que colgarle metáforas por los cuatro costados, pero a la economía de Joe le entró al hueso: José Mercado compra todo importado. Cuando apareció el billete de mil, en 2017, Irene Amuchástegui reflexionó sobre las palabras y los billetes. Escribió: “Del lunfardo tanguero a la lírica tumbera, el cancionero nacional cristaliza un repertorio de palabras y expresiones de uso familiar o alternativo, registradas o no por la Real Academia, que el dinero produjo y sigue inspirando”. La plata echa aceite a la lengua. Leemos más: “‘Es curioso que existan tantos nombres femeninos para el dinero: guita, mosca, mosqueta, teca, chala, menega, meneguina, biyuya, tarasca, ventolina, tela, torta…’, enumera de memoria Otilia Da Veiga, presidenta de la Academia Porteña del Lunfardo. Y agrega: ‘Si vas por mi barrio, Parque Patricios, y más al sur, también la llaman la viva’”. Sergio, un amigo taxista, subido al auto hace cuarenta años, que vio pasar billetes de todos los colores y es dueño de una tonada porteña en extinción, mientras hace fila en el Hospital Fernández para retirar su medicación, me recuerda dos palabras que no parecen estar en la nota de Irene: el morlaco y la lana. Una más linda que la otra. “Me hiciste acordar a ese tango que cantaba Julio Sosa”, me dice Sergio y canta: 


Hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta


los morlacos del otario los tirás a la marchanta


como juega el gato maula con el mísero ratón.


“Mano a mano”, letra del gigante Celedonio Flores. “También se lo llamaba el vento, el vento de la guita o también las chirolas”, me apunta Sergio. 


El economista Ricardo Rotsztein (que conoce los pasillos de palacio) escribió en revista Panamá: “El sistema nervioso de la economía argentina es de color verde. Si las reservas del Banco Central están de color verde manzana, todos nos ponemos nerviosos. En cambio si se ponen de color verde esperanza, los argentinos dormimos tranquilos”. En el informe técnico elaborado tras el primer préstamo al gobierno de Macri, en plena zozobra del 2018, el FMI propuso suba de retenciones y control de capitales. ¡El Fondo estaba a la izquierda de Macri!; para quien la apertura del cepo era -como diría José Natanson- su acto en la ESMA. El hecho simbólico que marca la piedra de toque de cada gobierno. Cortar la cinta, bajar el cuadro de Marcó del Pont, abrir el cepo y que los dólares vuelen. Rotsztein dice: “El FMI es a los países lo que Favaloro era para todos nosotros: mejor nunca tener que ir a verlo pero si lo llegás a necesitar mejor que esté disponible para atenderte”. 


¿Qué creés que piensa la gente del acuerdo?, le pregunté a Jorge, presidente de una cooperativa de reciclado en Villa Soldati. “Mirá, yo en lo personal pienso que por lo menos alivia. Que el país puede empezar a marchar dentro de todo, pero hay que esperar. Después la gente la verdad que no sé. La gente está tan comprometida en rebuscársela día a día que en eso capaz no está ni enterada. La mayoría de la población de acá, de los barrios populares, por no decir villa, ni se entera de eso. Pero bueno, estaría bueno hacer una encuesta”. Las encuestas ya se hacen y pescan en el río revuelto de esa indiferencia que describe Jorge. 


MR


Publicado en:

https://www.eldiarioar.com/politica/maximo-kirchner-quimera-gobernar-costos_129_8721583.html?s=08

sábado, 8 de julio de 2017

El moyanismo social, por Martín Rodríguez* (para "Le Monde Diplomatique" nro.216 de junio de 2017)

¿LOS SECTORES POPULARES SON ANTI MACRISTAS?


Si bien es cierto que el apoyo a Cambiemos es mayor entre los estratos altos, esta regularidad presenta excepciones. Un amplio sector de la clase trabajadora, el moyanismo social, hace años dejó de sentirse representado por el kirchnerismo.


na nueva leyenda nació tras el triunfo de Cambiemos y tuvo su rápida identificación en la verba progresista: los pobres son todos anti macristas y el macrismo administra privilegios como una expresión pura de la clase alta. Ergo: sus votantes tienen la misma procedencia que sus funcionarios. Pero esta afirmación es incorrecta. Si así fuera, no hubiera ganado con el 51% de los votos en el balotaje; ni siquiera hubiera obtenido el resultado de la primera vuelta. Las elecciones de 2015 vinieron a presentar un apoyo popular al macrismo.

En conversación con el sociólogo Ignacio Ramírez, buscamos algo más sobre este dato incómodo para cualquier marxista ortodoxo: que efectivamente trabajadores y sectores humildes votaron por Cambiemos y hoy lo seguirían haciendo. Si bien es cierto que el apoyo a Cambiemos crece a medida que uno trepa en la pirámide socio-económica y se encoge a medida que se desciende –y la inversa sería la correlación constitutiva del peronismo– las cosas no son tan sencillas. “A esa regularidad se le escapan excepciones –dice Ignacio– que tienen que ver con un fenómeno no sólo argentino, que es la erosión de ciertas lealtades partidarias. El marxista hablaría de ‘falsa conciencia’, se preguntaría qué hace un trabajador votando al macrismo”, remata.

En principio hay que buscar algunos ingredientes en la coyuntura del 2015 para entender ese voto cruzado, pero ya tenemos una respuesta parcial: el debilitamiento de la fidelidad partidaria. La vieja fidelidad del “nunca hice política, siempre fui peronista”, que se presenta como “natural” y mayoritaria, parece debilitada; ya no existe el “pueblo peronista”, esa vieja y querida mitad más uno. A pesar de ser un fenómeno global, en Argentina, con el kirchnerismo primero y con el macrismo después, nacieron identidades de minorías fuertes y en tensión. Diríamos que el kirchnerismo dotó de una “estructura de sentimientos” a la clásica “estructura de poder peronista” (una actualización doctrinaria), y el macrismo ocupó el espectro del voto radical y republicano, por empezar. ¿Pero cómo se logran las mayorías?

En las innumerables marchas sindicales, sobre todo las de la CGT, donde la presencia del trabajador formal es mayor que en las de la CTA, cuesta encontrar jóvenes trabajadores que canten la Marcha Peronista. Muchos no la saben. Incluso en Camioneros, gremio de mística notable, el canto es concreto: se defiende al gremio, la pertenencia. No hay una marchita; hay decenas de marchitas como decenas de ramas de la producción persistan. El canto ordenado y universal lo ofrecen más bien las organizaciones políticas, los partidos de izquierda, las juvenilias militantes que nacieron en la década kirchnerista.

“Es necesario entender la propuesta y el discurso de Cambiemos como algo que evidentemente incluye alguna contraseña popular que hace posible el lazo de este gobierno tan homogéneo en su staff con el voto de sectores medios bajos y de trabajadores”, completa Ignacio Ramírez. No se trata de encontrar razones para dar la razón, sino de indagar en los votos populares a un proyecto liberal que promete y cumple el daño social de sus políticas. Se trata de comprender de qué estuvo hecho ese triunfo y de qué está hecha esta gobernabilidad. Como decía el sociólogo Ricardo Sidicaro en los años 90: “¿Por qué los excluidos votan por sus excluidores?”.

Soy cordobés

Entre las razones coyunturales también podríamos anotar algunos aspectos de histórica “mala praxis” política del kirchnerismo. Ejemplo: mucho se habló de la abrumadora cantidad de votos cordobeses decisivos para el triunfo de Macri pero menos de la cerrazón política y el aislamiento entre el gobierno de De la Sota y el de Cristina que llegó al punto de cercenar la ayuda de la Gendarmería Nacional en las rebeliones policiales de 2013.

Tras la victoria de Cambiemos en 2015, el periodista cordobés Dante Leguizamón escribió para revista Anfibia un ensayo (“Cordobesismo”) donde sacó punta de este defecto político: “Los beneficiados por las políticas del gobierno nacional en los últimos 12 años fueron millones. Fuimos millones. Además de las iniciativas obvias y no por ello menos maravillosas (Ley de Medios, Matrimonio Igualitario, Procrear, etc) lo cierto es que la idea de aislar a los gobernantes cordobeses (De la Sota-Schiaretti-De la Sota) produjo una batalla narrativa que supo utilizar con mucha más lucidez el conservadurismo cordobés que el kirchnerismo nacional. Doy ejemplos: la Asignación Universal por Hijo se aplicó en Córdoba como en todo el país, pero los beneficiarios todavía hoy creen que es un beneficio del gobierno provincial”.

Ese gobierno nacional con estilo centralista excluyó de su horizonte narrativo a miles de cordobeses que fueron objetivamente beneficiarios de políticas públicas pero que se sintieron amparados en su gobierno provincial contra el “unitarismo kirchnerista”. Tal como plantea Leguizamón , el gobierno provincial pudo pasar políticas del gobierno nacional como propias porque –como argumenta la antropóloga Julieta Quirós (1)– el kirchnerismo en Córdoba y en los interiores peronistas tuvo dificultades para armar “territorio” más allá o más acá de las grandes ciudades y sus agrupaciones políticas; más bien tejió una “base” con alfileres, colgada de las sedes provinciales de los ministerios nacionales y de las agrupaciones con sede central en Buenos Aires. En definitiva “fue demasiado e incorregiblemente porteño en sus representantes y emisarios, en su lenguaje y sus ceremonias, en sus modos y modales de hablar” señala Quirós.

El kirchnerismo, en resumen, rompió diálogos sobre los que el macrismo compuso su “mayoría”: 1) el del interior más productivo (el ejemplo cordobés, pero también Santa Fe, el interior bonaerense, la derrota en Mendoza); 2) el del trabajador meritocrático. Un discurso productivista, laborioso, anti Estado. Veamos.

Soy lo que soy

Clifford Geertz acuñó el término “descripción densa” para dar cuenta de cómo, entre otras cosas, la gente se autopercibe. Hace años que circula una autopercepción argentina bajo la forma de una bella leyenda estadística: el 80% nos autopercibimos de clase media. El antropólogo Pablo Semán habla a su vez de la existencia de un moyanismo social, algo así como una forma de caracterizar al gen aspiracional argentino. En palabras de Semán: “El moyanismo social es un sector de las clases trabajadoras, que no son las de más bajos ingresos, y que tienen la adhesión a un proyecto social que es la mejora de su propia vida a través del trabajo, y que en el panorama político argentino fueron beneficiados por políticas del kirchnerismo, a la vez que ignorados y simbólicamente agredidos en temas como seguridad, migración y jerarquías. Piensan que ellos se rompen más el lomo que otra gente que es más pobre que ellos y que recibe beneficios del gobierno que ellos no”. Están fuera, digamos, de la pedagogía progresista que arrastra explicaciones complejas. Dice Semán: “No son los ‘agremiados’ de Moyano, sino los que representa el discurso de Moyano en su ruptura con el kirchnerismo en el segundo mandato de Cristina, que se condensaba en el famoso impuesto a las ganancias”.

La política bonaerense a partir de 2013 perdió un bloque de la representación del FPV cuya cima había alcanzado en 2011: la clase media baja, el “aspiracional” de Semán. Eso que quizás iba a expresar mejor Scioli o algunos de los intendentes más populares. ¿Con qué se quedó el FPV en la figura prístina de Cristina? Con el progresismo y el tercer cordón. Becarios del Conicet y Asignación Universal por Hijo (AUH) para graficarlo. Progres y pobres. Pero ese segmento vecinal medio bajo, no progresista, que se movilizó hacia arriba pero que no adjudicó esa movilidad a algo que no sea el “mérito propio” (movilidad individual ascendente), amante del “no le debo nada a nadie”, punitivista, que sufre la inseguridad, que es vecino o cercano a las villas, a los que “cobran planes”, que asocia progreso a “privatizar su vida” (pasar de la prestación pública a la obra social, de la obra social a la prepaga), porque asocia progreso con sacarse el Estado de encima, que “sufre” los paros docentes, que paga Mínimo No Imponible y no ve la hora de dejar de hacerlo. De esa capa white trash nació Sergio Tomás Massa (como expresión del fracaso peronista) y brilló vestido de afrikáner, haciendo política subido a los techos de los barrios del Gran Buenos Aires, como si fuera el presidente de la Asociación del Rifle que le dice a cada ciudadano argentino: cuidate y yo te cuido. Esa Argentina con mucha escolaridad incompleta, de capacitación forzada, cuentapropista, que anhela una “normalidad” (que quizás nunca existió).

Veamos como ejemplo dos resultados electorales del GBA: San Fernando y San Miguel. Ahí, en la primera vuelta presidencial, ganó Massa. Esos votos, en el balotaje, fueron en abrumadora mayoría a parar a Macri.

“¡Andá a laburar!”

En el reciente estudio “El clientelismo político”, de Gabriel Vommaro y Hélène Combes, se historiza y problematiza el clientelismo, poniendo el foco en las miradas externas a las prácticas políticas que se engloban bajo ese nombre. En este libro los autores repasan el modo en que las clases medias, los medios de comunicación y algunas elites fijan desde afuera la condensación de muchos males contemporáneos con tal de no ver, dicen, la expresión de la voluntad popular. En Argentina la traducción de esto es la pregunta: ¿cómo puede ser que la mayoría de los pobres aún voten al peronismo? Y no sólo eso: la concepción entonces de que el clientelismo produce pobreza para controlarla. La retroalimenta. El clientelismo como razón histórica de la pobreza, los “usos del Estado”, y no el capitalismo, la economía de mercado, la división internacional del trabajo.

Sin embargo aún resta conocer más en detalle el modo en que esas prácticas conviven con miradas “externas” producidas desde el mismo barrio pobre; las miradas de los vecinos de los “beneficiarios”, los que dicen “la familia X lo que pasa es que tiene un primo en el municipio, un tío en la política”. Tenemos “la voz del cliente”, pero se nos pierde la voz del vecino del cliente, un runrún que masculla su exclusión doble. Digamos: el clientelismo aparece en los medios de comunicación, en la boca de contados y desprestigiados académicos que no apretaron F5 y no actualizaron doctrina social y en la conversación política de una parte de la clase media. Pero también aparece en la conversación con vecinos de esos “clientes” de los “sectores populares”. Esa irrupción es más esporádica. No es que nadie de cuenta de ella: muchos medios y cronistas en sus informes lo hacen, incluso en el libro de Vommaro y Combes se registra esa voz en un estudio en el municipio de Morón, las “quejas”. El discurso anti político, anti estatal y anti clientelar es también un discurso popular.

El gobierno con su control de piquetes y orden público, con su discurso anti sindical y la elección de Baradel como villano, con la nominación de “planes” a la política social (cuando la AUH, principal política social del país, no es un “plan”), con el reemplazo de la palabra “derechos” por la palabra “beneficiarios”, con el chiste sobre choripanes y micros, rima con esa vieja voz popular y desconfiada de la anti política. Como la cita de Durán Barba: el gobierno se niega a ser el pedagogo de la “gente común”, pero, en tal caso, se deja pedagogizar por ella. Si la sociedad dice planes, dice planes; si la sociedad dice choris, dice choris; y así. Esa cesión de la pedagogía social en el “común” es una clave para entender la base de popularidad resistente a las políticas dañinas de sus condiciones de vida.

Educame

Pero estos sectores, ¿votaron a CFK? Muchos seguro formaron parte de ese 54% de 2011. ¿Qué pasó después? Comenzó a haber cosas que obstruían, impedían o estorbaban más esa posibilidad de estar mejor. Soy esto, quiero estar mejor. Se puede pero hay cosas que no tienen que estar más. Ganancias, por ejemplo. ¿Se volvieron antikirchneristas? No del modo cultural del lector de La Nación, a pesar de que Lanata articuló el modo popular de esa anti política en el espectáculo de las denuncias de corrupción y produjo una erosión, subestimada por el kirchnerismo (con la figura de Boudou como el “nouveau riche” populista). Quizás el problema fue que, de una manera inversamente proporcional, a medida que el gobierno cristinista se desenganchó de sus demandas, recalentó su intensidad. Una agenda dominada por temas como la reforma judicial o el acuerdo con Irán transformaron a un gobierno percibido en la “autonomía de la política” en un escenario recalentado por los medios y las difusiones sistemáticas de denuncias.

Toda la teoría del “círculo rojo” de Durán Barba es una suerte de credo en el hombre común, “el elector gris”. El Jaimito de la política argentina escribió en su libro El arte de ganar esta declaración de principios: “La gente común tiene sus propias ambiciones y su propio concepto de felicidad. El candidato no es dueño de la verdad y no está para educar a los electores, ni para juzgarlos. Necesita dialogar con ellos para comprender sus puntos de vista y, sobre todo, obtener sus votos.”

Una tarde del mes pasado, desde su cuenta de Twitter, el humorista oficial Alfredo Casero difunde el breve video donde un trabajador rural recoge cebollas mientras le habla al Presidente y despotrica contra los vagos que cobran planes del Estado. Trabajar, trabajar. Pisa la tierra húmeda, camina, se hunde en ella y habla entrecortado por el esfuerzo de la tarea, pero parece gozar de ese esfuerzo, ufanarse. Golpea en un momento la bolsa con orgullo. La Argentina laboriosa. Como el sembrador de Van Gogh, el sol agrario atrás. Sobre ese revanchismo cultural que no reconoce fronteras de clase, que une a patrones y empleados, se monta la pedagogía de un gobierno hablado entre esas voces furiosas. 

1. Julieta Quirós, “Una hidra de siete cabezas. Peronismo en Córdoba, interconocimiento y voto hacia el fin del ciclo kirchnerista”, Corpus, Mendoza, 2016.

* Periodista.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Publicado en:
http://www.eldiplo.org/index.php/archivo/216-quien-apoya-al-gobierno/el-moyanismo-social/

domingo, 10 de julio de 2011

EL LUGAR DE "LA CÁMPORA" : ARRIESGAR PARA IR POR MÁS, por Martín Rodríguez (para "Miradas al Sur", 03-07-11)

Arriba : Jóvenes movilizados. Lo que viene es construir una hoja de ruta sobre lo que falta
(Foto de Gianni Buono)


Miradas al Sur. Año 4. Edición número 163. Domingo 03 de julio de 2011
Por
Martín Rodríguez
octubre@miradasalsur.com


¿Realismo político o “correr por izquierda”?


Los nuevos son menos de lo que parece y más de lo que se esperaba. El cierre de listas fue leído para apurar la sensación de que el peronismo es “extraño” al ciclo kirchnerista. Y la frutilla de esa lectura es la nómina de jóvenes camporistas que abultaron las listas en puntos claves. Rápido de reflejos en este zigzagueo cultural que envuelve al peronismo, Artemio López salió al cruce con un post en su blog donde pone blanco sobre negro esta realidad efectiva: sólo dos nombres juveniles y camporistas rellenan los primeros 16 lugares de la lista de diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires. Se sumaban ahí al extrapartidario Jorge Rivas, de estirpe socialista. Y un cuadro más, el más joven de todos, Facundo Moyano.


Obsesión: la militancia de La Cámpora.


¿Quién puteó “del lado de adentro”? ¿Quién dijo “Che, esto a Macri no se lo permitiríamos”? Es difícil pensar que esto esté en la mente de un militante camporista frente a la reciente noche de hidrantes que se comieron los docentes santacruceños. Más allá del trayecto del conflicto docente del sur, de sus lagunas, de sus callejones sin salida, etc., la bandera de no represión a la protesta social tiene un espíritu universal que debe alcanzar –justamente– la protección de cualquier protesta social. Los ojos obsesivos sobre la conducta de la Policía Metropolitana mantienen la fibra de un activo militante porteño incapaz de salirse de las casillas por una realidad política que exceda el perímetro trazado entre la gestión de Macri y las tapas de Clarín. La cultura de la juventud kirchnerista acompaña rígidamente, copia modos orgánicos duros, jura lealtades, teje internas en su interior y permanece incólume en el espíritu paradójico de un proyecto cuyos gestos visibles hacen creer una verdad que muchas veces es verdad: democratiza hacia afuera y disciplina hacia adentro. El kirchnerismo ofrece una agenda mucho más liberal que la microcultura política de sus nuevos cuadros ordenaditos que acompañan marchas de fumones o del orgullo gay con disciplina militante. ¿Qué tiene en el bolsillo un militante? Muchas cosas; pero no una hoja de ruta que diseñe conquistas sobre las deudas pendientes. Es difícil encontrarle un libro en el morral cuya primera edición tenga menos de cuarenta años.


Vayamos al grano.


El cierre de Cristina demostró su poder. Reforzó en términos bien rígidos su perfil ideológico. Y mostró que su ubicación como puente entre generaciones es algo más que una dulce metáfora, más bien una realidad, mucho más modesta y sensata que lo que las repercusiones desproporcionadas sobre “los nombres del cierre”. No fue tanta la inclusión de jóvenes en el frondoso árbol de las listas locales, provinciales y nacionales, pero evidentemente fue mucho más de lo que se esperaba. Aunque también ocurrió que a veces ganaron la inercia y el respeto al trabajo ya hecho, como las necrológicas ya escritas sobre figuras que aún no murieron pero “es como si”. Es decir: era lógica y previsible la inclusión de nombres nuevos, y el efecto Cámpora ya estaba escrito antes de su confirmación. Adentro del Gobierno, el cierre se expresó con la lógica cruel de la política, que venció a la organización y rompió con el poroteo y las lógicas más clásicas de la representación y la legitimidad.


Conjugaciones.


Cristina se asegura intérpretes sólidos del devenir ideológico de su gobierno. Tan capaces de defender los saltos hacia adelante como de justificar en otros momentos la dieta del sapo que hay que tragar cuando las posiciones se necesitan conservadoras.Esa conjugación es la que foguea la maduración de la experiencia joven kirchnerista, una ilusión que se adoba con híper realismo y que irá decantando no exactamente en un huevo de la serpiente para el futuro (no va a dejar a miles de jóvenes radicalizados), sino una gran masa de jóvenes que aprendieron las reglas del juego y del orden.Esa militancia es conservadora para los que persiguen ideales, pero es conservacionista desde el punto de vista de la política, son jóvenes –pocos, muchos– regulados por un proyecto cuya fuerza se guía en algo así como no estar dispuestos a perder sus conquistas simbólicas, sus nuevas palabras, su relato, y –a pesar de los blackberrys que tapan el bosque– un proyecto colectivo. Todo lo otro oscuro –que es central en la política y que el manejo de las cajas “les revela”, en el mejor de los casos– es un poder permanente.La desilusión porque estos chicos de clase media “no corren por izquierda” al Gobierno es paradójica, porque ésa es su ruptura incluso con el setentismo. Las visiones paternalistas ejercen sobre esos jóvenes una suerte de doble vínculo (que es como cuando alguien te dice “sé espontáneo”), la interpelación paradójica de quienes piden que se olviden de los ’70 pero simultáneamente piden que también “corran por izquierda” y modulen su “qué pasa, General”.

¿Qué demostró La Cámpora hasta ahora? Una enorme convocatoria alrededor de cuadros con vocación y consumo de poder. Ahora precisa demostrar su capacidad de producción de poder. Y eso se hace con algo más que obediencia: con saltos sin red, con riesgo, con capacidad por poner en crisis las posibilidades del proyecto. Para que “nunca menos”, hay que ir siempre por más.

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