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lunes, 18 de abril de 2022

Putin, como Stalin, por Juan Chaneton (para "Va con firma" del 16-04-22)




A occidente, en particular a los Estados Unidos, les convendría que Putin no se pareciera a Stalin, pues de lo contrario y a lo que parece, tendrían perdida la guerra.


Juan Chaneton *

jchaneton022@gmail.com


Rusos y moldavos lucharon juntos, en el pasado siglo, contra el nazismo. Lo hicieron bajo la bandera de la Unión Soviética y el 9 de mayo conmemora la victoria del Ejército Rojo sobre las hordas hitlerianas. Mantener viva esa memoria es obligación moral de los pueblos eslavos y, sobre todo, es del interés más directo y sustancial de la humanidad porque el nazismo fue el epítome del horror y del crimen y qué hacer con su recuerdo nos concierne a todos, incluso a nosotros, sudacas.


La cinta de San Jorge es el símbolo de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi y es una condecoración militar originada en el imperio de los zares y mantenida como tal por la URSS y la actual Federación Rusa.


Sin embargo y como parte de la bochornosa ola de mentiras desatada por los medios de prensa occidentales y por los periodistas que les sirven, el Parlamento de Moldavia aprobó, el 14 de abril, la prohibición de llevar puesta o guardada la cinta de San Jorge y de usar los símbolos V y Z, estableciendo multas por su uso de 245 a 490 dólares para las personas físicas; de 490 a 980 dólares para los funcionarios públicos y de 490 a 1.630 dólares para las personas jurídicas.


Moldavia es un país de poco más de 30 mil Km² enclavado entre Rumania y Ucrania y sin salida al mar Negro pese a estar situado a menos de 40 Km de sus costas. Todavía están frescas en la memoria de los moldavos las promesas preelectorales que hizo la actual presidenta, Maia Sandu, de continuar permitiendo la celebración del 9 de mayo como Día de la Victoria.


La actitud rusófoba de los dirigentes moldavos se explica no sólo a la luz de la decadencia moral que aqueja a Estados Unidos y Europa, sino también -y principalmente- si se atiende a los intereses de clase de las élites gobernantes que no atinan a nada más que al encolumnamiento servil detrás de la potencia americana, lejos de toda autonomía e independencia nacionales, como alucinado recurso para conservar su estatuto de privilegio al interior de sus propios países.


Pero es también la ignorancia histórica la que se une al interés de clase para barruntar peligro en la personalidad propia, en el orgullo nacional y, en última instancia, en el multilateralismo. La dictadura periodística que padece, en esta desgraciada coyuntura, el orbe occidental concibe a Vladimir Putin como un hombre "comunista" y, en el límite, como un émulo de Stalin.


La ignorancia proviene no del hecho de que no sepan que esto es mentira, porque saben que lo es. Lo asombroso resulta del hecho de que puedan estar imaginando un efecto político nocivo para sus enemigos a causa de estas campañas mediáticas, pues ellas hacen mella sólo en profanos e incultos de todas las layas que son los que fatigan, a estas horas, los medios de prensa occidentales y les suministran combustible ideológico para seguir repitiendo siempre, con goebbeliana pertinacia, las rutinarias letanías presuntamente descalificadoras.


La ignorancia proviene de que, lisa y llanamente, no saben qué cosa hizo Stalin en la historia y qué vínculos mantuvo, en vida, con los estadistas occidentales de su época, éstos sí hombres a los que, sin lugar a la menor duda, se los puede calificar de estadistas, tan lejos de medianías como Biden, Zelensky o los europeos actuales.


El caso es que, si Putin es un sosia de Stalin, en ello va más y mejor elogio y virtud que descalificación proferida por provectos mentales, por lo menos si nos atenemos a las opiniones de, por caso, Winston Churchill, quien algo sabía acerca de ese menester que consistía en hallarse no ya frente a una guerra sino a una amenaza existencial cuando la maquinaria militar nazi estaba en su punto de máxima eficacia y el Reino estaba quebrado y desarmado.


Dice Churchill (La Segunda Guerra Mundial. Compilación de textos de W.Ch. efectuada por Denis Kelly; El Ateneo, Bs. As., 2021; trad, de Alejandra Devoto): "Fui al Kremlin y me reuní con el gran jefe revolucionario y profundo estadista y militar ruso con el que mantendría, durante los tres años siguientes, una relación estrecha, rigurosa, pero siempre emocionante y a veces, incluso, amistosa" (p.668).


En una de las reuniones que mantuvo allí, le reveló a Stalin el propósito del Reino Unido y de EE.UU. de iniciar la "Operación Antorcha" (invasión del norte de África). En dicho encuentro participaron, por la parte inglesa, además de Churchill, Averell Harriman y el embajador en Moscú, y por la parte soviética, Stalin, Mólotov y Voroshílov. Cuenta entonces Churchill que "... me dio la impresión de que Stalin captaba de pronto las ventajas estratégicas de la «Antorcha»... Esta declaración tan notable me dejó muy impresionado porque demostraba que el dictador ruso había captado de forma rápida y completa un problema que hasta entonces le era desconocido. Quedaban muy pocas personas capaces de comprender en tan poco tiempo los motivos con los que llevábamos tantos meses lidiando, y él lo captó en un santiamén" (p 672).


Francamente y si las cosas son como las dice Churchill, a occidente, en particular a los Estados Unidos, les convendría que Putin no se pareciera a Stalin, pues de lo contrario y a lo que parece, tendrían perdida la guerra.


Y por último, un país que eligió una vez a Winston Churchill y ahora es "conducido" por Boris Johnson, ¿qué clase de neurosis colectiva está atravesando?


Muy mal eso de invadir Ucrania, nos apresuramos a salir al paso de los apresurados. Muy mal eso de asesinar a 14 mil civiles, como hizo el ejército de Ucrania en el Donbáss ruso antes de que empezara la guerra. Muy mal eso de provocar a Rusia rodeándola de países miembros de la OTAN cuando está en juego la existencia de la humanidad. Muy mal eso de hacer de Malvinas una base militar de la OTAN. Muy mal eso de enseñar en las escuelas de Ucrania que Zelensky y Hitler son dos patriotas de sus respectivos tiempos históricos. Muy mal eso de que los criminales de Azov sigan existiendo y no hayan sido enviados al infierno por algún obús ruso, bielorruso, húngaro o de la Cruz Roja.


Churchill también dijo, alguna vez, que "Si Hitler invade el infierno, yo voy a empezar a hablar bien del Diablo".


Putin no invadió el infierno. Invadió a la Alemania nazi.



(*) Abogado, periodista, escritor.


Publicado en:

https://www.vaconfirma.com.ar/?articulos_seccion_719/id_14669/putin-como-stalin


sábado, 1 de enero de 2022

De nazis y liberales: una breve visita a Carl Schmitt, por Juan Chaneton (para "VA CON FIRMA" del 25-12-21)




La democracia no es convivir con el enemigo; la democracia es suprimir al enemigo para que la democracia sea posible. La democracia nunca es, sino que siempre está tendiendo a ser. Hay una lucha por la democracia, al modo en que Ihering concebía una “lucha por el derecho”.


por Juan Chaneton *

jchaneton022@gmail.com

La voluntad del líder o la voluntad de la ley, that's the issue. Pero that's the issue tal como lo plantea la derecha. Porque este issue -este viejo asunto- viene siendo la trampa en la cual tropiezan los progresistas de hoy pero en la cual no tropezaban los progresistas de ayer. Esa trampa -resumible en la fórmula ley o dictadura- tiene mucho de chantaje. En esa trampa, en ese cimiento fraudulento, descansa el orden jurídico liberal.


I.-


La voluntad del líder parece ser (parece ser, decimos; lo hacen parecer así los medios de comunicación) el dato denso de, por caso, la política nicaragüense, voluntad del líder que, sedicentemente, excluye a la ley. En Venezuela, asimismo, Chávez encarnaba similar acción política en pugna con el derecho; ahora, en el país del Orinoco, parece estar consolidándose un andamiaje legal que, no obstante, es impugnado por Washington y sus satélites latinoamericanos. No hay voluntad excluyente del líder ahora; por el contrario, en Venezuela tienden a consolidarse instituciones ratificadas en elecciones libres, pero igual a la metrópoli y a sus funcionarios en América Latina no les vienen bien esas instituciones. En Cuba, por fin, hay legalidad socialista (Estado de derecho socialista, reténgase esto) desde hace medio siglo, pero como no es un Estado de derecho funcional a la geopolítica continental norteamericana, tampoco les viene bien. En los tres casos -Nicaragua, Venezuela, Cuba-, Estados Unidos trabaja a favor del golpe de Estado. Un caso de derechos humanos, por cierto. Vivanco... ¡teléfono...! Pero Arturo Vivanco, CEO de Washington DC para gestionar la agenda de derechos humanos en América Latina, no contesta. Ha de ser porque Honduras, a estas horas, desvela su sueño.


La democracia no es convivir con el enemigo; la democracia es suprimir al enemigo para que la democracia sea posible. La democracia nunca es, sino que siempre está tendiendo a ser. Hay una lucha por la democracia, al modo en que Ihering concebía una “lucha por el derecho”.


Recientemente, Trump convocó a la turba. La convocó al golpe de Estado. Su actitud no tuvo en cuenta la formalidad constitucional. Él sabía que su convocatoria a asaltar el Capitolio enervaba las formas legales, pero lo que le importaba era fundar un hecho nuevo a partir del cual comenzara a fluir un nuevo derecho: hubo fraude, decían el magnate y su tribu, y hay que convocar a nuevas elecciones. Eso quería Trump.


Eso es una especie de decisionismo que evoca a Carl Schmitt pero no es, exactamente, Carl Schmitt. Por detrás o por debajo de Carl Schmitt no hay ninguna norma jurídica. La juridicidad del decisionismo es exterior al derecho, es una juridicidad política, si cabe. O, de otro modo, el atributo originario que pretende para sí el decisionismo nunca es la juridicidad sino la legitimidad. El acto político crea derecho. Y si queremos hallar la piedra fundamental del decisionismo político como creador de derecho deberemos irnos del espacio jurídico: en la base de la juridicidad schmittiana está Schopenhauer y, en el límite, Nietzsche. Schmitt se decía cristiano y tomista, pero su vida no fue, precisamente, una suma de aciertos en materia de decires. Sin embargo, no vamos a entrar ahí porque el texto está encerrado en sus márgenes, en su caja, en sus dimensiones gráficas y, por ello, no hay espacio para mayores profundizaciones.


En derecho hay, por lo menos, dos polémicas célebres: Savigny-Ihering y Schmitt-Kelsen, con la singularísima nota de que ni los primeros ni los segundos polemizaron nunca si por "polemizar" entendemos discusión pública y coetánea. El autor de La lucha por el derecho no conoció a Savigny y cuando Schmitt refutaba a Kelsen éste no había publicado aún su Teoría pura del derecho1, si bien lo esencial de su doctrina -contra la cual rompe lanzas el jurista nazi- ya circulaba en textos previos. El dato de que estos polemistas ni siquiera se conocieran, sin embargo y como queda dicho, no desvirtúa la existencia de las respectivas polémicas. Las posiciones de unos y otros eran polares e inconciliables: para que haya posesión hace falta el corpus y el animus, dictaminaba Savigny; alcanza y sobra con el segundo, declaraba Ihering. Una norma jurídica sólo puede nacer de otra norma jurídica -decía Hans Kelsen-; esto no es así, sostuvo Carl Schmitt, y el estado de excepción es la prueba. Desarrollamos el tópico más abajo.


Y con esto hemos entrado de lleno en el tema de esta nota, que no es otro que indagar en las derivas probables del poder político en América Latina.


¿Se puede ser decisionista sin ser nazi? O lo que es lo mismo: ¿es necesariamente nazi quien sostiene la validez teórica de ciertos conceptos schmittianos referidos a la política y el poder? 2


Daniel Rafecas nos presenta al sujeto. "Carl Schmitt (1888-1985) fue un jurista alemán de extracción católica y de reconocido prestigio en círculos académicos conservadores ganado en las primeras décadas del siglo XX, que adhirió en forma relativamente temprana al nazismo afiliándose al partido el 1° de mayo de 1933".3 Y agrega que la obra de Schmitt es parte de un conjunto de trabajos de autores profundamente antiliberales que “… encontraron un fermento propicio para difundir sus invectivas antidemocráticas debido al desprestigio que ostentaban el parlamentarismo y las demás instituciones de la República de Weimar entre las élites políticas y económicas y también en buena parte de la clase media.”


El decisionismo es, en el límite, abolir, mediante una decisión de poder, la totalidad de un sistema político y, con él, la totalidad del sistema jurídico que le es anejo. El cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, en Argentina, escuchó las voces del obispo Lue proponiendo no avanzar en ninguna ruptura del tipo señalado; la del ciudadano Castelli planteando hacerlo; y la del secretario Paso diciendo que Buenos Aires debía obrar, transitoriamente, en nombre de todas las provincias y ad referéndum de lo que éstas, ulteriormente, decidieran. Había, allí, una tensión de opuestos, y la contradicción se resolvió, en su aspecto formal, tres días más tarde: el 25 de ese mes las Provincias se autodotaban de gobierno propio.


Pero era una resolución sólo formal de un problema que requería de la materialidad de los hechos. La decisión política de fundar un nuevo orden derogando el sistema político anterior y su juridicidad -que hallaba su antecedente en los referidos cabildos de 1810- tendría lugar en Tucumán en 1816.


La situación de excepcionalidad imponía a esos políticos argentinos de principios del siglo XIX obrar como lo hacían. “La excepción es un concepto general de la teoría del Estado que implica la facultad en principio ilimitada que tiene el soberano para dictar la suspensión del orden vigente en su totalidad”. Eso lo dice Carl Schmitt, en los albores del siglo XX (Teología política). Aplica bastante bien a lo que hacía el Congreso que presidió Laprida en los albores del siglo XIX.


Por su parte, la Segunda Declaración de La Habana, en 1962, abolió el capitalismo, instauró el socialismo y fundó un nuevo orden jurídico y echó las bases sobre las cuales debería comenzar a fraguarse otro orden cultural. El sistema político anterior no sólo fue suspendido sino que fue desterrado para siempre de Cuba y de la sociedad cubana. Otra vez Carl Schmitt, aquí.


Las verdades históricas son verdades una sola vez, dice el jurista nazi. Eso está por verse, digo yo, pero lo que sí ya se ha visto es que la decisión política es el dato esencial del orden jurídico porque es su origen y fundamento. El ejemplo de aquel ayer remoto y el de este ayer más próximo dan cuenta del fenómeno decisionista. La decisión crea un orden político de cuya naturaleza nada puede decirse por el solo hecho de que su ürsprung (origen) sea la autoridad. 4Para abrir juicio acerca de dicha naturaleza del orden político no debemos fijarnos en la decisión sino en qué, cuáles y cuántas son las consecuencias que al país (a su sociedad y a su Estado) ha irrogado el nuevo orden social creado por la decisión. Pero, ojo aquí. Si midiéramos esas consecuencias sólo con la vara de la comida en la mesa nos estaríamos equivocando. Hitler garantizó la comida en la mesa de los alemanes. De los alemanes "arios", se dirá. Sí, de los arios, categoría que incluía a la clase obrera, que lo apoyó masivamente. La historia del "éxito" nazi es la historia del fracaso de la socialdemocracia.


La mencionada polémica Schmitt-Kelsen aguarda su turno aquí pero diremos todavía dos cosas. Nunca será poco el celo que se ponga en deslindar responsabilidades ideológicas cuando de disertar sobre Carl Schmitt se trata. En ese sentido, hemos delineado una llamada (2) a la cual, ahora, agregamos la siguiente tirada de Kahn: "Si se quiere que hoy sea útil tener un diálogo teórico con Schmitt se deben dejar a un lado el contexto local de su obra, la crisis de Weimar y las creencias y prácticas políticas personales del jurista. Las contribuciones teóricas duraderas tienen su origen en circunstancias locales pero no dependen de ellas. De hecho, se pierde el aspecto filosófico y se le falta el respeto al intelectual de la política si se destaca el contexto por encima del contenido"5 Es esta declaración del profesor de la escuela de derecho de Yale la que nos parece razonable y oportuna.


En segundo lugar, la utilidad práctica que revisten hoy estos debates estriba en que la dilucidación de lo esencial nos conducirá a la conclusión de que el concepto de "Estado de derecho", si bien es unívoco, no es único. Esto quiere decir que, por un lado, el concepto de Estado de derecho es uno solo: es el sometimiento de los individuos y del Estado al orden jurídico vigente (univocidad). Pero ese orden jurídico, que hoy es uno y determinado, mañana puede cambiar, para bien o para mal, por efecto de la decisión política (no hay un único Estado de derecho).


II.-


En el escenario social de América Latina hace ya más de dos décadas que se tensan dos formaciones políticas cuyos perfiles son más definidos que la identidad de la base social que les da soporte. Se trata de coaliciones nítidamente de centroizquierda y de centroderecha que, sin embargo, están enraizadas en la sociedad de modo más lábil y trémulo que la fisonomía que ostentan como actores políticos. Sin embargo, en esa labilidad de su anclaje se juega lo esencial del futuro que aguarda, en América Latina, al sistema político.


Lo que ocurre con las coaliciones de centroderecha importa menos, a los fines de esta reflexión, que lo que ocurre con sus homólogas de centroizquierda. Aquéllas pugnan por conservar el sistema político basado en unas constituciones que, de un modo u otro, consagran la estabilidad de ese sistema político. A lo sumo y como dato novedoso, a esas coaliciones de centroderecha les han surgido, más a su derecha, competidores que, si bien se mira, no son competidores más que de tipo electoral pero que, de última, no son sino reaseguros pro-mercado ante la eventualidad -cada vez menos evanescente y más tangible- de que las fuerzas sociales del progresismo y la izquierda crezcan y exorbiten hacia el conjunto poniendo en discusión el tema de la hegemonía al interior de la sociedad.


Si esto es así, el nudo del asunto está en otra parte y el problema del poder político pasaría a jugarse en la convulsa dinámica que afecta a las fuerzas de centroizquierda, tanto en Argentina como en el resto del continente. Sobre todo, la clave está en la salud del vínculo que une a los partidos de centroizquierda con su base social en el contexto de una dinámica de “alternancia” que dura ya demasiado tiempo y al cabo de la cual ni los pueblos viven mejor ni los países son más soberanos. Las convocatorias a celebrar la “democracia” son plausibles pero a condición de que se sepa que, junto con la democracia, se está celebrando, provisoriamente, aquella alternancia fraudulenta.


Retomemos el encuadre de derecho público que guía estas reflexiones. Una norma jurídica -como decía Kelsen- sólo puede nacer de otra norma jurídica. Consecuentemente con ello, la alternancia en el gobierno de unos y otros no sería más que la realización del postulado kelseniano: dicha alternancia es, en el plano del sistema político, lo que la sucesividad de las normas es en el sistema jurídico. Lo que realiza la derecha en el poder es diferente a lo que realiza el progresismo en el poder pero en un punto coinciden: el ordenamiento jurídico es el reglamento en cuyo marco se juega el partido.


De modo que si Kelsen estuviera equivocado también podría decirse, consecuentemente, que reposa sobre un error la absolutización de ese reglamento. Ese reglamento no es otro que el así llamado Estado de derecho que, lo hemos dicho recién, implica que a la ley se someten todos: individuos y Estado.


Pero mediante la voluntad política se puede fundar un nuevo Estado de derecho, dice Schmitt. Si así no fuera no se podría explicar el concepto de soberanía, agrega. Kelsen destierra este concepto del ámbito jurídico: es un concepto político y, por lo tanto, “impuro” y ajeno al derecho, dice. Pero no es un buen método expulsar de la ciencia jurídica todo lo que no se puede explicar, refuta Schmitt.


La soberanía no sólo existe sino que es un fenómeno esencialmente jurídico -dice el jurista nacionalsocialista-; para agregar enseguida que es el concepto de Estado de excepción la prueba de la existencia de la soberanía. Schmitt no se refiere a los estados de emergencia que prevén todas las constituciones sino al verdadero Estado de excepción.


El verdadero Estado de excepción implica la suspensión total del orden político y jurídico vigente y su sustitución por otro orden político-jurídico. El único que puede decretar el Estado de excepción es el soberano y es verdaderamente soberano quien puede decidir sobre el Estado de excepción.


El soberano y la excepción, así, son, en la concepción jurídica y política de Schmitt, todo. “Lo normal no demuestra nada, la excepción lo demuestra todo; la excepción no sólo confirma la regla sino que la regla sólo vive gracias a la excepción”. Claro que aquí habría que señalarle, al metafísico Schmitt, que la dialéctica cierra lo que él deja a la intemperie y, por ende, abierto al error: la excepción, sin la regla, no existe.


El orden jurídico-político occidental reposa (si, tal como dice Kelsen, Estado y ordenamiento jurídico son idénticos) en la Constitución. Pero la Constitución es un cimiento demasiado endeble como para soportar sin mengua ciertos vientos de la historia. Si demasiado rígida, puede quebrarse. Si demasiado flexible, se le pierde el respeto. Pero incluso su flexibilidad, a veces, tampoco alcanza para lograr un Estado estable. Esto ocurre porque ese cimiento trémulo sobre el que vive el moderno Estado constitucional se halla atravesado por una tensión: el principio jurídico de la supremacía constitucional y el principio político de la soberanía popular. El primero de esos principios implica que la Constitución es intocable y que, a lo sumo, sólo puede reformarse por el procedimiento que ella misma fija. El segundo, por el contrario, dice que es el pueblo el llamado a reformarla, no tiene cortapisa alguna para tal cometido y puede, incluso, abrogarla y, sobre otras bases, fundar un nuevo Estado constitucional refrendado por la asamblea constituyente.


Las derechas del mundo occidental abominan de esto último. Cierto progresismo, también. Ambos temen por la libertad. En el caso de la derecha, se entiende: defiende la conservación del orden social. En el caso del progresismo, habría que instarlo a que reflexione, al menos un poco, sobre la función que están llamadas a jugar, en lo concerniente al capítulo de la libertad, las nuevas tecnologías basadas en el algoritmo. No hay que temer ningún advenimiento del totalitarismo de cara al futuro. Planificación y libertad ha sido, hasta ahora, la contradicción irresoluble que ha conducido al fracaso a las experiencias anticapitalistas, pero en esa resolución todavía no han dicho lo suyo aquellas tecnologías que conducen a la inteligencia artificial aplicada a la producción.


Si bien se mira, aquella abominación de las derechas tanto como las dudas de cierto progresismo implican desconfianza y temor a la decisión del pueblo. Es un estado de inquietud ante el soberano y ante la soberanía popular. Es un horror al “caos”. Pero se trata de fantasías de un imaginario. Hay otras. Por caso, en El Zahir se postula que la vigilia y el sueño no difieren. No hay que temer, entonces, a las pesadillas. Tampoco al despertar. Sólo se trata de soñar. Si soñamos que somos libres, seremos libres todos, no sólo unos pocos. Tal vez en ese Zahir esté cifrado el nombre de Dios, quién sabe. Sólo cierto dogmatismo un tanto bizarro no tiene registro, todavía, del potencial revolucionario que vive en la prosa de ciertos intelectuales orgánicos del antiperonismo militante. Verdad inintencional, diría Adorno.


III.-


Ya hemos exhibido dos ejemplos históricos de decisionismo. Resta saber qué está pasando y qué puede seguir aconteciendo en nuestro país. Recientemente ha dicho Elisa Carrió que en la Argentina la opción es de fierro: “contrato moral o que se vayan todos”. Eso dijo. Pero tal contrato es imposible. Lo otro, en cambio, no.


Se trata de una retórica que no inventó Carrió, ni mucho menos. Desde el fondo de la historia las élites vienen fulminando de demagogia y corrupción a todo actor político que irrumpa en el Olimpo dirigente con ínfulas y programa como para abrirle la puerta de ese Olimpo a todos haciéndolo, de ese modo, menos selectivo, expulsivo y exclusivista, pues todo eso es la actividad política partidaria en la Argentina y no sólo en la Argentina. Los relevos generacionales están bien controlados y administrados por los partidos, instituciones fundamentales del sistema democrático según el artículo 38 de nuestra Magna Epístola.


Sin embargo, esta jerarquía constitucional de que gozan los partidos es reciente: data de 1994. En el siglo XIX y bien entrado el XX se consideraba que los partidos eran enemigos del sistema político pues se los veía como corporaciones con intereses propios que interferían el libre vínculo entre pueblo y gobierno. Esto ocurría no sólo en la Argentina, por supuesto, las élites argentinas rara vez han sido originales y por lo general han preferido y decidido copiar y, convenientemente, copiar al que maneja la consola, a los Estados Unidos, donde George Washington y John Adams habían aborrecido, antes que nadie, a los partidos.


Fue sólo con el tiempo que las clases dirigentes se dieron cuenta de que nada mejor que estas seudocorporaciones para administrar la protesta social de modo que todo siga más o menos igual que antes de la protesta. Ya Hume, en su Ensayo sobre los partidos, había iniciado el camino de la mediatización del pueblo como decisor en los asuntos públicos. Pero de Hume cabe decir lo mismo que él decía de Berkeley: sus argumentos no admiten la menor réplica y no producen la menor convicción, Borges dixit.


Sin la decisión del soberano no habrá manera de evitar el abismo neoliberal que conduce a las democracias restringidas y, con ello y al cabo, a la excrecencia fascistoide en Argentina y en América Latina. La decisión del soberano se confunde, aquí, con la reforma constitucional, aunque la excede; una reforma constitucional cuyo objeto político no deberá ser, de ninguna manera, aceitar los mecanismos para mejorar una gobernabilidad fraudulenta que sólo resultaría funcional a los que encuentran dificultades para convencer a la población de que sus penurias tienen que ver con el “déficit fiscal” y no con el patrón productivo de la economía criolla.6


El objeto de la reforma constitucional pendiente, en cambio, no deberá ser, sin medias tintas, mejorar la gobernabilidad sino transformarla; y esto no significa mejorar el sistema político, sino expulsarlo de la realidad sustituyéndolo por otro. La representación popular en el Parlamento no abdica de su esencia clasista por el hecho de que un cartonero/a se siente en una banca. No se trata de entrar el sistema, sino de salir de él. Lo siento por los progresistas que ven en el sistema una salida laboral. Pero, de ese modo, están estafando a los conurbanos, a los cartoneros, a los pobres, aunque se sienten en la banca diciendo que esos pobres y desheredados de la tierra, de los mares y de los cielos… son su desvelo. Nadie, por otra parte, les cree cuando dicen eso.


Ahora bien, la reforma pudo hacerse en el '94 porque la derrota del campo popular no sólo era reciente sino que, además, el mercado y la ortodoxia como modelo económico y la superestructura cultural y de valores que le es inherente, estaban en pleno proceso de despliegue y consolidación. Era eso que se llamó “menemismo”. No había movimientos sociales, o los que había exhibían la endeblez de lo bisoño; la clase obrera resistía las privatizaciones desde posiciones defensivas y frecuentemente estafada por sus conducciones; y, en el nivel continental, no surgían todavía impugnaciones alternativas a aquel fundamentalismo de mercado.


Esa reforma del '94 puso en discusión temas neurálgicos y muy sensibles para la estabilidad sistémica (vgr., si la asamblea constituyente era soberana o debía atenerse a lo pautado en una agenda previa contenida en una creación ex nihilo fraguada entre Alfonsín y Menem; esa agenda fue el entonces así llamado “núcleo de coincidencias básicas”). Fueron discusiones tranquilas que, sin embargo, podrían haber dado lugar a rupturas epistemológicas sangrientas anticipatorias del 2001, para decirlo en términos un poco irónicos. Pero el caso es que en la calle no había nadie. Lo más ruidoso fue la renuncia del obispo Monseñor doctor Jaime Francisco de Nevares y Casares a su banca de constituyente.


Pero si ayer y por las razones expuestas, el sistema político concedió la posibilidad de la reforma, hoy es dudoso que lo haga, por lo menos que lo haga de buen grado, pues el riesgo de exorbitancias hacia imprevisibilidades inconducentes (o conducentes a escenarios de riesgo sistémico) es, hoy, una realidad que no existía en aquel año '94.


Así, las opciones se van achicando en número, tanto para la centroderecha como para la centroizquierda, que se debaten, a una y cada una de ellas, en crisis de confianza y representación que generan, a su turno, turgencias heteróclitas emperifolladas con jubón y pedrería olorosos a “segundo imperio”, en el caso de la extrema derecha ignorante y rústica; y, en el otro rincón del tinglado, embriones de lecturas de la crisis -y de políticas para procesarla y resolverla- que hacen de la soberanía nacional y de la transferencia de propiedad y de la ampliación de derechos, así como del multilateralismo en escala internacional, el único programa racional en la época de la globalización y esperanzador de cara al futuro. Soberanxs, de eso se trata, a pesar de la “x”.


La globalización anula crecientemente lo que constituyó la novedad y la fuerza del liberalismo finisecular para terminar con los totalitarismos: la separación de lo privado y lo público y, con ello, su epifenómeno, la diferenciación entre lo estatal y lo societal. La totalización liberticida resulta, así, inherente a la concentración propia de la globalización. En ese marco, la representación política tradicional aparece molestada por cuestionamientos que contribuyen a configurar un escenario de equilibrio inestable y con tendencia a deslizarse hacia el límite de lo políticamente correcto.


Y el mejor futuro en América Latina, en consecuencia, sería -y esto mezcla lo conjetural y lo lúdico- que la experiencia de Honduras, con la izquierda retomando el gobierno, se extendiera a Brasil. Dilma Rousseff acaba de decir que sin Lula nada será posible en nuestro continente. Pero un Brasil restaurando el antineoliberalismo -y la opción antihegemónica que eso implica- echaría por tierra el juego de abalorios que el Departamento de Estado tejió y coronó con éxito en el gigante del sur: impeachment a Dilma-cárcel a Lula-Bolsonaro presidente.


Con todo, y aun admitiendo que una derrota de dimensión estratégica para los Estados Unidos podría hacerse realidad sin que ese país en declive apele al delito público para frenar lo indetenible, aun en ese caso, los pueblos y gobiernos democráticos y soberanistas de América Latina se verán ante una encrucijada similar a la de Edipo: matar a Layo, con la ventaja de que, en nuestro caso, sabemos de antemano que ese rey no sólo no es nuestro padre sino que es el enemigo jurado de todo cuanto anhelamos. Si, por el contrario, la “relación de fuerzas” no permitiera más que una remozada convivencia con las derechas en el marco del “Estado de derecho”, pues en ese caso habrá que prepararse para asumir el desdoroso rol de umbral de una nueva restauración neoliberal pero en escala ampliada en términos de libertades muertas y derechos conculcados para la inmensa mayoría de la población. Si quieres, entonces, evitar la guerra, prepárate para defenderte eficazmente de tus enemigos pues ellos vienen -vendrán siempre- en pos de ponerte de rodillas, podría ser el aforismo renuente al epitafio.


IV.-


Las inestables posiciones de sujeto que -según Laclau- ya no instalan ni al obrero en el lugar del obrero ni al burgués en el lugar del burgués, no por ello, sin embargo -decimos nosotros-, “desinstalan” a la derecha del lugar de la derecha, del lugar de ese actor que podrá ser muy post-sujeto y muy pos-político7 pero que sigue, sin hesitar y sin escrúpulos, obliterando el libre juego de una democracia que dice honrar.


La libertad tiene que ver con la libertad del trabajo. Trabajo libre o trabajo asalariado es el par polar constitutivo de un programa libertario a futuro. Los reparos que provoca el decisionismo y su asimilación al totalitarismo tienen que ver con la ignorancia de esta cuestión. El algoritmo y la inteligencia artificial -lo hemos dicho más arriba- no son actores neutros en la elaboración de una visión doctrinaria de lo que podría ser la libertad humana. El decisionismo schmittiano, por cierto, no perdía el sueño por la libertad humana. Pero no todo decisionismo tiene, necesariamente, que abrevar en Carl Schmitt.


Lo que viene, como dato epocal duro es, como dice Jorge Dotti, la vivencia del proceso de secularización moderna como el tiempo del nacimiento, apogeo y declinación o, tal vez, muerte de la estatalidad.8 Pero esa estatalidad muere sofocada por las manos de la dictadura corporativa mundial. Y es preciso, entonces, oponerle algún otro tipo de estatalidad pues en ello va la vida humana o la inhumanidad de la esclavitud para la especie. Y este es el punto en el que cabe volver sobre la decisión y su necesidad histórica (necesidad como anhelo y como racionalidad que en el devenir se realiza).


El Estado de excepción se justifica por la soberanía, no por la norma. Por eso consignábamos más arriba la crítica de Schmitt a Kelsen. Éste se equivoca cuando dice que una norma jurídica no puede nacer más que de otra norma jurídica: el Estado de excepción no nace de ninguna norma jurídica sino de la decisión política. A lo que agregamos algo que Schmitt no dice: los conflictos se resuelven en la normalidad, no en la excepción. La excepción, cuando es verdadera, sólo funda la nueva normalidad en el seno de la cual se van a resolver los nuevos conflictos y los conflictos que la normalidad anterior no pudo o no quiso resolver. Y el “Estado de derecho” -el estado de derecho neoliberal- es una normalidad del tipo de las que no están llamadas a resolver lo esencial del conflicto sino a perpetuarlo en beneficio de una parte de la sociedad y en perjuicio de la otra parte. El Estado de derecho neoliberal, sin quererlo, frota su lámpara y convoca a la decisión. Los tiempos son los tiempos y el tiempo dirá lo suyo, y los decires del tiempo suelen ser verdades de plomo derretido.


Creo que me voy a detener aquí. Estas reflexiones han transitado, en tramos sustantivos, asidas al preciso texto de Silvia Schwarzböck que lleva por título Schmitt, Marx y Argentina. Una lectura estético-política de la lectura de Jorge Dotti.9 Dice Schwarzböck: “Una vanguardia artística nunca es … un programa radical restringido al arte: la voluntad de traspasar los límites del arte, de tener efectos sociales fuera de su círculo, es, precisamente, lo que hace de su programa, casi por definición, un programa estético-político”.


De modo similar y en simetría especular, podría decirse que una vanguardia política nunca es un programa radical restringido a la política: la voluntad de traspasar los límites de la política y de tener efectos más allá de sí misma, más allá de la política y en el seno de la vida humana misma es, precisamente, lo que hace de su programa, del programa político de la vanguardia (cuando ésta es verdadera y no una estafa), un programa político pero, fundamentalmente, un programa estético.


Esto es lo que nunca podrán comprender ni los nazis ni los liberales. Esta ignorancia es lo que, finalmente, tiende a empujarlos fuera de la Historia.

NOTAS:

1Teología Política, de Schmitt, fue publicado en 1922. Teoría pura del derecho, de Kelsen, data de 1934.


2 Cuando decimos esto, no nos referimos a las criminales apologías de Hitler y el nazismo que fueron fruto y elixir espiritual de Schmitt (del tipo de aquel texto que escribió en 1934 y que tituló «El führer defiende el derecho», en el que justificaba la así llamada “noche de los cuchillos largos”), sino a sus desarrollos de teoría política contenidos en la aludida discusión con Kelsen y en sus obras capitales sobre el tema del poder, a saber: El concepto de lo político; Teología política; Legalidad y Legitimidad; también a sus meandros existenciales como los contenidos en sus escritos en prisión reunidos en el texto Ex captivitate salus. Hacemos la salvedad de que tampoco opinamos que, en estos textos, Schmitt tiene razón, aun cuando su comprensión del decisionismo vinculada a los conceptos de soberanía y Estado de excepción no ha encontrado, hasta hoy, refutaciones convincentes. Es eludir el problema decir que el decisionismo es un error, un disparate o la negación del derecho con argumentos del tipo Schmitt traicionó a Kelsen, Schmitt era antisemita, Schmitt era nazi, Schmitt era amigo y protegido de Göring y de Julius Streicher, y así siguiendo. Lo que hay que hacer es demostrar que la decisión no funda el sistema político, no que los decisores son malas personas.


3 Daniel Rafecas,https://es.scribd.com/document/367161820/La-ciencia-del-Derecho-y-el-advenimiento-del-nazismo-el-perturbador-ejemplo-de-Carl-Schmitt.


4 Respecto del decisionismo schmittiano como concepto de teoría política es preciso fijar señalamientos que constituyen mucho más que un mero matiz diferenciador: el decisionismo existe pero, al contrario de lo que pensaba Schmitt, no hace la Historia. El decisionismo ha existido y seguirá existiendo, y los ejemplos que menciona esta nota al comienzo dan cuenta de ello. Pero hay que decir que, en la escritura de Schmitt, el acto del decisor es abstracto de tan libre, es puro conatus spinoziano que funda un orden como podría fundar otro, que marcha en una dirección histórica como podría hacerlo en otra dirección, que organiza el nazismo como podría refundar la Serenissima veneciana o decretar el comunismo. Schmitt cita más de una vez a Lenín, pero en su caso -decimos nosotros- no es el líder ruso el que, en última instancia, actúa, sino la clase. Esto no niega la decisión, antes bien, la considera en el marco de la relación dialéctica con el proyecto histórico que la decisión sirve y realiza. Schmitt es filosóficamente idealista y, como tal, está convencido de que la voluntad humana hace la Historia. La vida no muestra eso.


5Paul W. Kahn: Political theology: four new chapters on the concept of sovereignty; Columbia University Press, 2001.


6 El problema económico argentino no es de déficit fiscal sino de patrón productivo. Si fuera lo primero, habría que equilibrar las cuentas reduciendo el gasto: menos jubilaciones, menos industria aeroespacial, menos Conicet, menos educación, menos salud, y de ese modo… a brindar por la Argentina primaria vendedora de commodities. Si lo segundo, nuestro norte es la industrialización todavía pendiente, todavía posible, que es el único sinónimo de prosperidad general al que puede aspirar la Argentina. Aun si se equilibraran las cuentas -como proponen Larreta, Macri, Espert y Milei, que en esto no tienen diferencias-, una economía vendedora de productos sin valor agregado pronto volvería a ser deficitaria.


7La terminología es de Ernesto Laclau.


8 La representación teológico-política en Carl Schmitt; Jorge E. Dotti;).


9http://revistas.filo.uba.ar/index.php/avatares/article/view/278/143




(*) Abogado, periodista, escritor.


Publicado en:

https://www.vaconfirma.com.ar/?articulos_seccion_719/id_14620/de-nazis-y-liberales-una-breve-visita-a-carl-schmitt

lunes, 22 de noviembre de 2021

Neuquén es una provincia, no un país, por Juan Chaneton (para "Río Negro" del 12-11-21)



POR JUAN CHANETON*


NOVIEMBRE 12, 2021


Los hidrocarburos son nuestros, así sea que los amenace el gobierno nacional o los mapuches. Esta es la síntesis del programa “federalista” que el señor Jorge Sapag acaba de explicitar hace poco, en declaraciones a LU5, radio Neuquén, con argumentos por cierto endebles. Se entiende que así proceda el ex gobernador: los recursos financian el régimen político familiar que hizo su presentación en la provincia allá por 1963. Más tiempo que Ortega en Nicaragua o Maduro en Venezuela.


Dice Sapag que “… la seguridad pública es responsabilidad concurrente de Nación y provincia”. Eso no es así. La concurrencia implica competencias originarias, lo cual no es el caso, porque la competencia originaria, en materia de seguridad interior, es de las provincias (art. 121 CN).


La ley de seguridad interior (24.059/92) recepta esto y consagra la colaboración y complementariedad entre ambos órdenes (provincial y nacional) cuando una situación de hecho configure un atentado a la seguridad interior. Pero complementariedad no es concurrencia. Éste es, como queda dicho, un concepto técnico con base en la doctrina.


Con ese mismo criterio erróneo, la propiedad, uso y beneficios de la explotación hidrocarburífera sería “concurrente” con Nación, pero aquí Sapag no quiere concurrencia sino primacía localista.


Neuquén es una provincia integrada a la Nación bajo un régimen federal. Ello no le da discrecionalidad alguna en materia de administración de los recursos naturales, que pertenecen a la Argentina, no a Neuquén. No hay que malinterpretar el art. 124 de la CN. Los gobernadores son agentes naturales del gobierno nacional para hacer cumplir la constitución y las leyes de la Nación (art. 128 CN).


En este marco, la Secretaría de Energía asume facultades constitucionales que no deberían suscitar discusión alguna, mucho menos una que se envuelve en ya gastadas banderas de fementido federalismo. Otorgar permisos de exploración y explotación y actividades anejas es atribución de esa Secretaría, indispensable si lo que se quiere es contar con una coherente y unificada política hidrocarburífera que funcione en armonía con el conjunto de políticas nacionales en pos de un proyecto de país. Y no se diga, aquí, que este gobierno carece de tal proyecto. En todo caso, a este país lo han gobernado, en los últimos cien años, radicales, peronistas y militares.


Hablar, como lo hace Sapag, de “invasión” a Neuquén por parte del gobierno nacional, es un disparate anclado en visiones que, por lo menos, son equivocadas. El “dominio originario” del art. 124 de la CN se respeta en el marco de la coparticipación federal -que también es constitucional- pero no implica que la Nación esté obligada a ceder su atribución de gobernar para todo el país entregando a cada provincia la facultad de determinar quién, cómo, dónde y cuándo explora y explota los recursos. Eso es anarquía, que mucho repudia el ex gobernador cuando se trata de los mapuches pero que reclama como virtud republicana cuando se trata de cuidar el financiamiento del régimen político provincial.


El proyecto del Ejecutivo podrá mejorarse pero, en términos generales, es bueno. Claro que para acceder a sus beneficios hay que aportar algo, en el caso, inversiones. No se entiende por qué Sapag se opone a que estas inversiones sean de 1500 millones de dólares en cinco años y pretenda que ese compromiso de progreso y beneficio para la actividad sea sólo de 300 millones en el mismo lapso. Así se benefician las empresas solamente.


En cuanto a las bravuconadas tipo patrón de estancia referidas a cómo debe actuar la justicia en Neuquén sólo cabe preguntarle quién es él para prorrumpir en un decir tan poco republicano. Salvo que crea que, por ser quién es, está por encima de la ley. Yo no me creo por encima de la ley, ni en Neuquén ni en mi país, la Argentina.


Por último, a los mapuches truchos, con un caño. Tiene razón ahí, Sapag. Pero no con el caño del fusil. En Argentina no hay pena de muerte. Si la quieren, deberán tener lo que hay que tener para ir al congreso y presentar el respectivo proyecto de ley que modifique el código penal. Pero mandar al frente a la policía para que ejecute en los hechos lo que la ley prohíbe es una ruindad propia de los que no tienen lo que hay que tener para, desde una banca, proponer lo que su corazoncito les dicta.


Creo haber dicho, alguna vez, que no tengo objeción de principio a la reelección indefinida de los gobernantes. Soy rousseauniano aquí. Al fin y al cabo, el régimen neuquino ha decantado, también, a lo largo de los años, sus cosas buenas. Pero el propio Sapag, en vez de mejorarlo, lo empeora. Lo empeora con declaraciones como las que han dado pábulo a esta azorada apelación a la alzada, a la opinión pública.


* Abogado, periodista y escritor.



Publicado en:

https://www.rionegro.com.ar/neuquen-es-una-provincia-no-un-pais-2033241/

jueves, 4 de noviembre de 2021

Mapuches, por Juan Chaneton (para "La Tecla Eñe" del 25-10-21)




Foto: Reuters, I. Alvarado.


Los grupos empresarios/comunicacionales junto a sectores de la oposición política, quieren instalar la certeza de que «los mapuches son terroristas». Es el primer paso para volver sobre aquello a lo que no renuncian: la sanción de una ley específica para «luchar contra el terrorismo». La Argentina marca rumbos en materia de lucha contra el terrorismo. De modo que no hay que definir tal concepto buscando, aviesamente, incluir en él al accionar pacífico de los pueblos mapuches ni para deslegitimar este accionar identificándolo, mediante el uso constante de las fake news, con un accionar terrorista.


Por Juan Chaneton*


(para La Tecl@ Eñe)


Por el art. 16 de la ley  de seguridad interior, la gobernadora Arabela Carreras (que asumió el 10 de diciembre de 2019) podría haberse dirigido al presidente de la Nación para reclamarle la celebración de un convenio que habilitara la coordinación de información e inteligencia entre los órganos ad hoc de las fuerzas de seguridad nacionales y los específicos de la provincia de Río Negro. Tuvo tiempo, la señora, pero no hizo nada y ahora se acuerda: le echa la culpa al gobierno nacional que lo único que está haciendo es cumplir con las leyes de seguridad interior (24.059/92), de defensa nacional (23.554/88) y de inteligencia nacional (25.520/01), que las tres funcionan en modo holístico, constituyen un todo inescindible e impiden, con claridad meridiana, el uso de Ejército, Marina y Fuerza Aérea en tareas de seguridad interior, no está de más recordarlo como sano ejercicio de prolepsis ya que siempre puede haber, al acecho, «teóricos» de la unificación de seguridad interior y defensa nacional.


En efecto, un disparate como el formulado por el político macrista Miguel Pichetto (en Bariloche hay un «intento separatista», dijo) podría estar implicando el tácito reclamo de aplicación de la ley de defensa nacional, en cuyo caso a los autores de los desmanes ocurridos en El Bolsón se les estaría subiendo el precio pues, de ese modo, esos mapuches (reales o plantados) expresarían a una nación que atenta contra la Nación argentina; o, dicho a la inversa, como los mapuches son una nación independiente que ataca a la Argentina, hay que aplicar la ley de defensa nacional. Pero esos son embelecos fraguados no en la Boca  -como decía Borges- sino en la fértil imaginación de caranchos carroñeros en busca de rédito político. Veamos.


La seguridad interior, de conformidad con los principios derivados de la organización constitucional, se encuentra reglada mediante leyes nacionales y provinciales  (dest. ntro.) referidas a la materia, con vigencia en cada jurisdicción, y por la propia ley de seguridad interior, que tendrá carácter de convenio, en cuanto a la acción coordinada interjurisdiccional con aquellas provincias que adhieran a la misma.


Esto es lo que, textualmente, establece el art. 5° de la mencionada ley. Entre los «principios derivados de la organización constitucional», el primero es el que taxativamente establece el Título Segundo de la CN (art. 121) referido a los gobiernos de provincia: éstas conservan para sí todo el poder no delegado al gobierno nacional. Allí, en ese plexo de potestades que conservan las provincias, está el poder (y la obligación) de regular y hacerse cargo de la seguridad local mediante su instrumento, las policías provinciales.


Esto es lo que le dijo el Presidente a la gobernadora de Río Negro  en carta del 20 de octubre pasado saludándola atentamente, sin otro particular y con todo afecto.


Sólo cabe la actuación conjunta de fuerzas federales y provinciales cuando la seguridad interior se halla amenazada.  Ahora bien, la propia ley 24059/92 define la seguridad interior como «la situación de hecho basada en el derecho en la cual se encuentran resguardadas la libertad, la vida y el patrimonio de los habitantes, sus derechos y garantías y la plena vigencia de las instituciones del sistema representativo, republicano y federal que establece la Constitución Nacional» (art. 2°).


Un curioso engendro llamado RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) que supo aparecer hace unos años cuando la coyuntura política lo hacía necesario para esmerilar al gobierno de entonces, vuelve a aparecer ahora en vísperas electorales. Este sello ignoto y sospechoso incendia con espectacularidad  ampliada por  los canales TN y LN, pero ello no alcanza, con toda evidencia, para encuadrar el desmán en el referido artículo 2° de la LSI: no es la seguridad interior lo que está en riesgo en El Bolsón y alrededores. Hay delincuentes, allí, que cometen delitos comunes (no federales) y es la policía de Río Negro la que tiene la obligación de actuar y la justicia de Río Negro la que, igualmente, puede intervenir ahora y lo deberá  hacer oportunamente.


Aun así, y en ejercicio de sus facultades, el presidente de la Nación optó por poner a disposición de la gobernadora instrumental humano y equipo para que sea el propio decisor provincial el que disponga de su uso como mejor lo considere. No hay delito federal alguno, no está comprometida la seguridad interior de los argentinos y el gobierno nacional  -como lo dice el Presidente-  no tiene como función, en el caso, reforzar el control en las rutas nacionales o brindar mayor seguridad en esa región del país: eso compete a la provincia porque la ley y el sistema federal de organización política así lo impone y determina.



Foto del diario La Nación.

Ahora bien, miremos más de cerca el asunto y en relación con el todo. Con Molinos Río de la Plata monopolizando la producción y distribución de alimentos, la inflación en el país está asegurada. Y con los grupos Clarín y La Nación diciendo que la culpa de la inflación es del gobierno, el resultado de las próximas elecciones está cantado. Del mismo modo, con esos grupos mintiendo a sol y sombra acerca de lo que pasa en Río Negro y exhibiendo como prueba de sus mentiras incendios de dudoso origen, lo cierto es que, a estas horas, son muchos  -incluso los afines-  que se preguntan por qué a Rosario (estragada por el narco, delito federal) sí se envían tropas y a Bariloche (afectada por unos delincuentes comunes amplificados por Clarín y La Nación) no se envían esas tropas. Gabriela Cerrutti (tal vez el nombramiento más feliz que haya producido el Presidente en las últimas semanas) debe salir a ejercer su know how como flamante vocera.


Del mismo modo, el embajador en Chile dijo  -con razón, sentido de lo justo y sentido común-  que denegar la libertad condicional a Jones Huala sobre la base de su pertenencia a una etnia determinada y no sobre la base de sus actos es una aberración jurídica y moral. El embajador no pidió la libertad del detenido ni lo asistió legalmente, no obstante lo cual, Clarín y La Nación, a los que se suma un pasquín digital que opera en el cuadrante Washington-Tel Aviv, dicen que Rafael Bielsa pidió la libertad de Jones Huala. Otra vez, teléfono para Cerrutti, aquí.


En suma, los mapuches, si mapuches en serio y no mapuches truchos, dicen Mari Mari a la hora de sentarse a dialogar, y lo que quieren es sentarse a dialogar  -no incendiar-  para discutir la propiedad de la tierra, una propiedad y una discusión que no tiene nada de maximalista ni de comunista, sino que se trata de una discusión que pone sobre la mesa el hecho de que ellos vivían allí antes de que «el mercado» descubriera el potencial de negocios privados que encierran esas tierras, esa mapu poblada, desde el origen de los tiempos, por esas che, por esas gentes aborígenes.


El reconocimiento de la preexistencia de los pueblos aborígenes  está en la Constitución (art. 75, inc. 17).  Y el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) dice que los Estados parte tienen la obligación de «… consultar a los pueblos interesados, mediante procedimientos apropiados, y en particular a través de sus instituciones representativas, cada vez que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectarles directamente.”


El último 8 de abril, la Corte Suprema ha reconocido el derecho de los pueblos mapuches a la propiedad de sus tierras. Ellos reclamaban que no se creara el municipio de Villa Pehuenia, en Neuquén, y si bien la Corte no accedió a ello, si ordenó la constitución de un mecanismo de consulta permanente (mesa de diálogo) para determinar políticas y tomar decisiones que involucren los derechos de esos pueblos originarios. Se cumple, de ese modo, con el recién referido art. 169 de la OIT. En este fallo de la Corte, Rosenkrantz votó en disidencia.  Fundamento: «pueblo» argentino hay uno solo y darle «privilegios» a una etnia es, más o menos, un injusto universal. Pichetto es de esta misma opinión.


Todo lleva a concluir que quieren instalar la certeza de que «los mapuches son terroristas». Es el primer paso para volver sobre aquello a lo que no renuncian: la sanción de una ley específica para «luchar contra el terrorismo». Pero no hace falta  -de más está decirlo- una ley  antiterrorista. La Argentina marca rumbos en materia de lucha contra el terrorismo. De modo que no hay que definir tal concepto buscando, aviesamente, incluir en él al accionar pacífico de los pueblos mapuches ni para deslegitimar este accionar identificándolo, mediante el uso constante de las fake news, con un accionar terrorista que nadie se molesta en investigar si, por si acaso, no se trata de operaciones de los servicios de inteligencia interesados en sembrar, en el «hemisferio occidental», la semillita de la guerra, del caos, del separatismo y, en suma, de unos escenarios geopolíticamente convenientes para quienes tienen como lineamiento estratégico de política exterior  la fragmentación y la desunión de América Latina.



La Argentina marca rumbos -decimos- en materia de lucha contra el terrorismo. En nota al pie consignamos todos los tratados internacionales que nuestro país ha firmado en la materia. Allí, en esos tratados, en cada uno de ellos, hay una definición de terrorismo que es la que debe interesar a un país verdaderamente soberano (1). No hay que redefinir el concepto de terrorismo  -como siempre está queriendo hacer Pichetto).  En todo caso, hay que recurrir, por vía de remisión, a los tratados internacionales firmados o ratificados por la Argentina y que contienen la referida definición. Con la legislación que hay alcanza y sobra para luchar contra las «nuevas amenazas».


Y no olvidar nunca que se avecinan tiempos en que todo verdadero luchador por los derechos humanos deberá tener presente siempre el art. 4° de la ley de defensa nacional: » … Para dilucidar las cuestiones atinentes a la defensa nacional, se deberá tener permanentemente en cuenta la diferencia fundamental que separa a la defensa nacional de la seguridad interior. La seguridad interior será regida por una ley especial».


(1)  Los instrumentos internacionales en la materia suscriptos hasta hoy por la Argentina son:


 a) Convenio para la represión del apoderamiento ilícito de aeronaves; La Haya, 16/12/1970, ratificado por ley 18.730.


 b) Convenio para la represión de actos ilícitos contra la seguridad de la aviación civil; Montreal, 23/9/1971, ratificado por ley 17.793.


 c) Convenio sobre la prevención y el castigo de delitos contra personas internacionalmente protegidas, inclusive los agentes diplomáticos. Aprobado por la Asamblea General de la ONU el 14/12/1973, ratificado por ley 22.509.


 d) Convención Internacional contra la toma de rehenes. Aprobada por la Asamblea General de la ONU el 17/12/1979, ratificada por ley 23.956.


 e) Convenio sobre la protección física de los materiales nucleares; Viena, 3/3/1980,  ratificado por ley 23.620.


 f) Protocolo para la represión de actos ilícitos de violencia en los aeropuertos que prestan servicios a la aviación civil internacional, complementario del Convenio para la represión de actos ilícitos contra la seguridad de la aviación civil; Montreal, 22/2/1988, ratificado por ley 23.915.


 g) Convenio para la represión de actos ilícitos contra la seguridad de la navegación marítima; Roma, 19/3/1988, ratificado por ley 24.209.


 h) Protocolo para la represión de actos ilícitos  contra la seguridad de las plataformas fijas emplazadas en la plataforma continental; Roma, 10/3/1988, ratificado por ley 24.209.


 i)  Convenio internacional para la represión de los atentados terroristas cometidos con bombas. Asamblea General de la ONU, 15/12/1997, ratificado por ley 25.762.


 j)  Convenio Internacional para la represión de la financiación del terrorismo. ONU, 9/12/1999; en consideración para su ratificación.


Buenos Aires, 25 de octubre de 2021.


*Abogado, periodista y escritor.


jchaneton022@gmail.com


Publicado en:

https://lateclaenerevista.com/mapuches-por-juan-chaneton/

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Un estado del alma, por Juan Chaneton (para "El Comunista" del 22-09-21)



A las fugaces horas en que este texto empieza a escribirse,  han trascendido los nombres del nuevo gabinete que acompañará al presidente Alberto Fernández en este «segundo tramo» de su gestión. Las comillas vienen al caso porque la carta de Cristina titulada Como siempre … sinceramente, ha obrado, en la coyuntura, como un parteaguas que tal vez resulte saludable.


Por Juan Chaneton*


*jchaneton022@gmail.com


Toda crisis es una oportunidad, valga el socorrido eslogan, y Alberto Fernández afronta una crisis de la cual podría salir fortalecido para enfrentar con éxito el test de noviembre. Fortalecido quiere decir sólo eso: fortalecido.  Pues todavía habría que ver si el Toddy alcanza para tallarla como rey de la selva en los dos años que faltan hasta las generales de 2023.


Una afirmación de previo y especial pronunciamiento es la siguiente: que el gobierno mejore los guarismos electorales recientes no depende de cambiar un gabinete sino de hacer llegar, al pueblo que sufre, que es la mitad de los habitantes del país, las mejoras de tipo integral en su calidad de vida que ha venido reclamando en los últimos dos años. Ha de tratarse de mejoras tangibles, no de aumento de las dádivas, y esto no por  principalísimas razones morales sino también porque hay que contar con mayorías parlamentarias si se quiere avanzar, hacia los dos años restantes, por el camino de «Néstor», como dice el Presidente, y no por el de «Héctor» (Magnetto, dueño del Grupo Clarín), como también dice el Presidente.


El resultado de las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) no nos sorprendió mucho.  Oportunamente, nos preguntamos quién ganaba si ganaba Alberto y quién si lo hacía  Tolosa Paz (su candidata  a primera diputada por la provincia de Buenos Aires), lo cual era una manera de dudar, una civilizada manera  de dudar. Había mal olor y ello se debía a que, en el marco de una gestión vacilante en términos de la macroeconomía, adicionalmente se violentaban las reglas del histrionismo eficaz que exige la política para que ésta sea creíble: las vacunas vip y el jolgorio en Olivos fueron, así y aquí, el ilegítimo concúbito que terminó aportando lo suyo al descrédito de una gestión. El pueblo sospechó que algunos no eran honestos y que tampoco lo parecían.


No es del caso preguntarse cómo puede un pueblo jugar el futuro de un país en función de hechos como ésos, y lo que sí resulta del caso es saber que sin ley de medios no habrá Cristo que opere el milagro de fijar, en la conciencia media de la sociedad, un sentido común fundado en una cierta racionalidad. Y también hay que saber que, si no contamos con ley de medios, los políticos que gobiernan y los periodistas que posan de afines deberían cuidarse de mostrar su lado ventajero, ni siquiera les pedimos que no lo sean, al que nace barrigón es al  ñudo que lo fajen.  Y, en tercer lugar, hay que saber  -esto es ya repetido-  que las pequeñas miserias morales habrán jugado su papel en el resultado de las Paso  pero lo esencial,  en ese resultado, ha sido un rumbo que ni por asomo consulta en su hoja de ruta el enfrentamiento con los factores reales de poder de la Argentina.


La insólita derrota precipitó una discusión pública.  Esa discusión pública tuvo en la carta de Cristina el dato duro: yo diije que así se perdía  -dijo la vicepresidenta-  y se perdió; me aseguraron que se ganaba y no se ganó. Una vez más, tuvo razón.


Alberto Fernández está incómodo con la ex Presidenta soplándole en la nuca. Pero es su retranca la causa de tal hálito. Cuando le ofrecieron la candidatura a Presidente, él podía haber dicho no; si dijo sí, debe privilegiar, a una, el programa inclusivo, industrialista y soberanista, junto a la tradición y el legado de «Néstor» que  -según dice el mismo Fernández-  ha sido el mejor Presidente desde 1983  hasta hoy y que habría hecho poco y nada parecido a  lo que  Fernández ha estado haciendo en los dos años que lleva en la Rosada.


Sin embargo, hay que decir que la cosecha de votos que acaba de obtener la derecha de Juntos  no es mayor que  lo que recaudó esa coalición en 2019. El FdT pierde porque los propios, enojados, no fueron a votar.  Entonces, si no hay desplazamiento de votos hacia la derecha y si el oficialismo sufrió una merma de más de dos millones y medio porque la gente afín prefirió no ir a votar esta vez, es plausible considerar que, en noviembre, el FdT pueda ganar. Ganaría Alberto Fernández. ¿Y qué haría Alberto Fernández en los próximos dos años para evitar que Larreta sea el próximo presidente? Ese es el nudo de la cuestión.


En rigor, recuperando el favor de los propios en noviembre se puede empatar. Para ganar, al Frente de Todos lo tienen que votar los no propios que lo votaron en octubre de 2019 y que ahora dijeron: así como vamos, preferimos a la derecha.  Los que dicen eso son los pobres de clase media y de clase baja. Cambiar, no obstante, cuando cambiar significa cambiar de políticas y de ejecutores de esas políticas, no parece sencillo si el tiempo con que se cuenta es de apenas dos años. O tal vez se pueda. Pero Alberto Fernández es un spenceriano evolucionista.


El riesgo del asistencialismo en modo intenso es palmario. Un electorado que ha sabido y podido ponerle un parate a un gobierno que, en su percepción de las cosas cotidianas, lo dañaba, es un electorado que parece estar pensando. De modo que si lo de las Paso no fue un reflejo irracional  sino una masiva movida de advertencia, ese actor social colectivo e inasible -pero presente e insoslayable-  es una sociedad que, pese a sus penurias   -o tal vez a causa de ellas-,  razona y no se queda en el corto plazo.  A ese electorado, entonces, no se lo engaña con asistencialismo de apuro. Si no se ve esto se corre el riesgo de que «la gente» agarre  los pesos que le van a dar y luego vuelva a votar a la derecha.


Lo que está diciendo a gritos la clase media, la clase obrera, los pobres, los no tan pobres, los marginados y las juventudes que atraviesan todos los estratos sociales, es que ellos no se dedican a la política pero sí pretenden planificar sus vidas y su felicidad posible y que, para eso, necesitan que los políticos   -que sí  se dedican a eso-   pongan en funcionamiento la bomba de achique de la angustia cotidiana y aseguren un futuro estable o al menos, un comienzo de futuro y que, por eso, es indignante y humillante que les vengan a dar plata porque perdieron una elección, la misma plata que no tendrían necesidad de darla ahora, como una gracia, si antes hubieran tenido un proyecto de país  (que siempre incluye la inmediata elevación del nivel de vida),  pues en dos años que estuvieron orejeando tres cartones, como una zorra vieja y cansada, no despuntaron nunca ni siquiera un remedo de proyecto.  El «compre argentino» no es un proyecto de país. Eso es viejo y ya fracasó.


Cristina, sin decir nada de esto, salió a romper con esto, con este miserable «esto».  La política es una selva llena de fieras salvajes. Y a la política no hay que pedirle lo que se le pide  a las adoratrices del divino claustro sino lo que recetaba Maquiavelo: que te odien y te teman, preferible a que te amen.


Pero lo que está sucediendo en la Argentina en los últimos meses no puede sino causar asombro y llamar a una reflexión que, ni con buena ni con mala voluntad, encuentra explicaciones plausibles y convincentes para tanta zozobra.


El peronismo nunca le pudo ganar, en términos estratégicos,  a la derecha porque no ganarle a la derecha hace a la esencia del peronismo. El peronismo necesita a la derecha siempre viva para seguir siendo peronismo. Esto lo entienden a la perfección  Pérsico y Navarro. Y si no lo entienden su actividad política coincide con la teoría aunque ellos no lo sepan.  La actividad de esos dirigentes, así, sería  práctica, no praxis, porque es una actividad que se desarrolla sin conciencia de su función social y de los efectos sociales de esa función: el Movimiento Evita es una formación política culturalmente conservadora que va, todo el tiempo, en pos de la estabilidad política del sistema total. Su base social  masiva y cuantiosa garantiza, hasta hoy,  esa función, pero es masa crítica dificultosamente maniobrable. El adverbio de modo en esta afirmación  es el núcleo incandescente de la situación social descripta pues puede devenir punto de fuga de una entropía energizable hacia la derecha del arco político. Ello no ha ocurrido hasta hoy en la medida en que el out-put de los planes y  la vianda descomprime el subsistema «conurbano» dentro del sistema «movimiento popular», pero todo tiende inercialmente a que el combo sufrimiento-decepción-indignación devengan in-put no procesable en la dinámica entrópica, con lo cual entraría en fase crítica la política en la medida en que a la violenta explosión social probable no la podría absorber un sistema político percibido como «causa» de los efectos existenciales  del combo recién aludido. Sería el turno de algún experimento fascistoide.


Entre los que votan drácula porque odian peronismo y los que no votan a los que les causan el hambre de todos los días, el resultado quedó sellado a cal y canto: ganó el proyecto Larreta y el proyecto Milei sorprendió a todos. Digresión: sospecho que Milei no es un muchacho sano y bueno que un día se dijo a sí mismo  voy a dejar de peinarme  y voy a salir a luchar contra la casta porque me duele mi país. Sospecho -con probabilidades de equivocarme-  que Milei es un conato de proyecto  diseñado afuera y plantado por los agregados de inteligencia de alguna embajada como ensayo que está siendo generalizado en América Latina según las particularidades de cada país.  La finanza de su «emprendimiento» político y el suyo propio para cuando el fracaso lo envuelva en su basto lienzo de arpillera habrán de decirnos algo al respecto. Se verá. Los «treinta gloriosos» en todo caso, que conoció el capitalismo occidental y japonés entre 1945 y 1975, fueron obra del matrimonio entre socialdemocracia y mercado y no un logro de ese charlatán contumaz llamado Friedrich Hayek a quien sólo le llegó su cuarto de hora cuando aquel matrimonio entró en crisis y fue la hora de la espada empuñada por beneméritos mosqueteros como Thatcher o Pinochet. Cuarto de hora que, no obstante, duró menos de quince minutos confirmando aquello de que gris es la teoría de los ricos pero verde es el árbol de la vida de los pobres.


La derecha no es un proyecto, es un estado del alma, acaba de decir Noé Jitrik. Larreta y la derecha,  a estas horas poselectorales, agradecidos. En modo espera, la formación espectral Juntos aplica el dogma político por excelencia: cuando el enemigo se está equivocando, no lo interrumpas, Napoleón dixit.


Pero el problema es que el objetivo histórico de la derecha, en esta etapa del desarrollo mundial del capitalismo, no es ganar una elección sino poner de rodillas, de una vez y para siempre, al movimiento popular, sometiéndolo hasta degradarlo al zombie. La derecha, como el odio, es un estado del alma.


El progresismo, a su turno, en la Argentina por lo menos, viene siendo una forma de la especulación oportunista, un refugio de derrotados o un venero de excelentes intenciones.


Sólo el antisistema, el no-capitalismo, será, también, un estado del alma, del alma de los trabajadores y el pueblo, en este caso. Será también su proyecto. El «su» de ellos. De los trabajadores y el pueblo.


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https://elcomunista.net/2021/09/22/un-estado-del-alma/