Entre las víctimas y los victimarios existieron una infinita cantidad
de grises.Están quienes colaboraron con los perpetradores activamente
desde un lugar de poder, hasta los que lo hicieron desde el llano,
delatando a un vecino, mirando hacia otro lado cuando alguien necesitaba
protección. Pero también están, y son muchos, los que sin ser héroes,
ni militantes, ni haber trascendido más allá de su esfera privada, se
jugaron la vida para esconder a alguien, ayudaron a un amigo a escapar,
callaron cuando les vinieron a preguntar.
Las salas de parto suelen ser un laboratorio de la condición humana, y
allí también se expresó la sociedad en todos sus claroscuros:
enfermeras anónimas que escondieron un papelito que les daba una
prisionera con un número de teléfono y así ubicaron a una familia para
entregarles un bebé. Y médicos y enfermeras que sin que nadie se los
exigiera formaron parte de la máquina del terror.
Lo que quedó claro es que siempre, aún en el más difícil de los
infiernos, había una opción moral. Y muchos la ejercitaron y tal vez
sean esos millones de gestos mundanos, anónimos, lo que nos permitió
sobrevivir como sociedad, lo que renovó el pacto civilizatorio.
Después del genocidio nazi, Karl Jasper dividió en cuatro la
“cuestión de la culpa”. En ese tratado, tomado como base para los
debates posteriores a las grandes tragedias históricas desde entonces,
aparece en primer plano la culpa judicial, penal, que será juzgada en
tribunales y sobre la que recaerá la fuerza del código penal con su
sentencia por los delitos cometidos. Está también la culpa política: es
la de todos aquellos que por acción u omisión dieron las órdenes o las
herramientas para que el genocidio se llevara adelante. Y están también
las responsabilidades sociales, y finalmente las morales. Las primeras
refieren a las condiciones sociales que hicieron posible que los lazos
mínimos de la comunidad se rompieran y un vecino pudiera convertirse en
enemigo del otro. Y las morales, que implican el cataclismo
civilizatorio por el cual en un determinado momento se rompen los lazos
básicos de solidaridad, de compasión, de unión entre la raza humana.
Cada sociedad, en determinados momentos históricos, va resolviendo
esas escalas de acuerdo a su saber y entender, y a las condiciones
sociales y políticas que se lo permiten.
Los gobiernos van tomando la representación de ese momento para convertirlo en voz desde el estado.
Cuando el gobierno radical habló del pacto militar-sindical estaba
eligiendo mirar una parte de la historia, hacer foco sobre un momento de
esa compleja relación entre la sociedad civil y los militares. Sin duda
porque tenía que ver con la batalla política que estaba dando en ese
momento. Pero también seguramente porque era lo que la sociedad podía
admitir, el paso que podía dar.
Después de la teoría de los dos demonios de los primeros años de la
democracia, o la de la reconciliación nacional del gobierno menemista,
tuvo lugar el proceso más profundo y transformador de construcción de
memoria colectiva de la mano de los gobiernos de Néstor y Cristina
Kichner.
Sucedió sin duda por el trabajo incansable y permanente de los
organismos de derechos humanos, pero al hacerse voz y acción desde el
estado tuvo un enorme poder de reconstrucción de los cimientos mismos de
nuestra nacionalidad.
La culpa dejó de vagar como una melancólica sombra sobre todos y
todas, y se encarnó en quienes fueron los perpetradores a través de los
juicios, la cárcel común, la condena, las sentencias. Cada uno de esos
actos fue aliviando a la sociedad en su conjunto de la enorme carga de
ser la heredera de una comunidad que había permitido esa catástrofe.
Fue después de ese enorme acto reivindicatorio de los juicios que
llegó el pacto simbólico a través del cuadro de Videla, de la Esma como
museo de la memori. Y justicia y símbolos parieron la discusión sobre
responsabilidades y complicidades civiles, donde se fijó
definitivamente un nuevo umbral.
Ese umbral, no es una cuestión judiciable, por eso para él no rige el
principio de inocencia y los intrincados vericuetos de los tribunales.
Tiene que ver con valores, con certezas, tiene que ver con el pacto de
confianza entre instituciones y ciudadanos.
Esos parámetros son injustos en lo individual muchas veces, porque
están basado en un bien superior, en un bien colectivo: sobre qué
memoria, sobre qué lectura de la memoria se está construyendo la nueva
argentina.
Ese relato llevó sin duda a enormes arbitrariedades y falsedades como
acusar a todos los periodistas de tener “las manos manchadas de sangre”
por trabajar en un medio que fue cómplice durante la dictadura militar
de negocios que recién ahora salen a la luz, o sostener acusaciones como
hechos ciertos cuando estaban en proceso de investigación.
Un relato donde la mayor acusación política que se puede realizar, y
que se usa indiscrimina y muchas veces injustamente, es “ser cómplice”
de la dictadura, corre barreras y fija nuevos umbrales. Para bien, y
para mal.
En la vida social, como en la individual, suele ser difícil sostenerse a la altura de los parámetros que uno mismo fijó.
No hubiera sido tan dolorosa la obediencia debida y el punto final,
si no hubieran sido hijas del mismo Raúl Alfonsín que encabezó el juicio
a las Juntas y dio forma al Nunca Más. ¿Qué era lo que la sociedad
estaba dispuesta a acompañar en ese momento? ¿Lo uno o lo otro? El
límite de lo posible suele ser un diálogo entre la comunidad y el
estado, entre las instituciones y la opinión pública. Si ese límite
puede estirarse hasta forjar un nuevo umbral, ¿a quién corresponde
decidir que se debe descender de allí? ¿A quién corresponde decidir que
la sociedad ahora va a retirarse de los casilleros conquistados?
Cuando se creó la nueva policía metropolitana en la Ciudad de Buenos
Aires, reclamamos que nadie, nadie, que hubiera estado activo en alguna
fuerza de seguridad durante la dictadura militar formara parte. Era sin
duda injusto para quienes eran muy jóvenes en ese momento, o no habían
tenido una actuación destacada. Pero partíamos de la convicción de que
la nueva argentina que estábamos fundando sobre el acuerdo colectivo del
Nunca Más lo necesitaba. Porque habían compartido planes de estudio,
porque habían formado parte de una institución donde sus jefes, sus
compañeros mayores, formaban parte del estado del terror, porque, por lo
menos, habían sido camaradas de quienes habían cometido delitos y eso
marcaba un piso que no queríamos atravesar.
Estas son las humildes reflexiones que me acompañaron estos días frente al debate por la designación de Milani.
Las transformaciones económicas, sociales y culturales llevadas
adelante por este gobierno han cambiado el corazón de la Argentina
moderna y nadie podrá discutir que esta sociedad es hoy mucho más justa,
más igualitaria, más defensora de los derechos colectivos e
individuales que hace una década atrás.
Pero todo eso no hubiera sido posible, si el marco simbólico en que
se llevaron adelante no hubiera sido la política de derechos humanos, la
política de verdad, justicia y memoria, la inflexibilidad para sostener
un nuevo umbral sobre valores democráticos.
Ese umbral, es el que hoy no pasa la designación de Milani. Y, por eso, es tan doloroso.
* Gabriela Cerruti es legisladora porteña por Nuevo Encuentro, Partido aliado del FpV
Publicado en:
http://www.infonews.com/2013/12/22/politica-115864-por-que-nos-duele-milani-pliego-de-milani.php