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jueves, 23 de enero de 2025

Augusto Augústulo Trump, por Jorge Majfud (para “Rebelión” y “Página 12” del 21-01-25)


Por Jorge Majfud

21 de enero de 2025 


Desde Jacksonville, Florida


Una generación antes de Cristo, Augusto liquidó la República romana apelando a la religión, presentándose como el preferido de Apolo, poniendo al senado bajo su autoridad y convirtiéndose en el primer emperador romano. Promovió la natalidad en las clases altas, el moralismo tradicionalista y la literatura patriótica, como la Eneida de Virgilio, escrita por encargo, un clásico de la propaganda política basada en hechos inexistentes sobre la pasada grandeza de Roma.


Augusto capitalizó la inestabilidad social del momento con un carismático, demagógico y estratégico discurso de hacer Roma grande de nuevo bajo el símbolo del Águila dorada. Medio milenio más tarde, Augústulo fue el último emperador del Imperio de Occidente, derrotado por los bárbaros germanos.


El Imperio americano, el más poderoso de la historia de la humanidad, probablemente sea también el más breve. Ha sustentado ese título por un décimo del tiempo que duró el Imperio romano en Europa y por un centésimo de lo que duró el Imperio de Oriente.


Por su parte, China terminará con esa rara excepción histórica llamada el “Siglo de la humillación” y volverá a ser la mayor potencia económica, como lo ha sido por milenios. Esperamos que lo aprendido por China de esos cien años no la convierta en un imperio tipo franco-anglosajón y continúe su más antigua tradición de no someter pueblos del otro lado del planeta.


Es probable que Trump sea Augusto y Augústulo al mismo tiempo. Podríamos desear que el reemplazo de hegemonías no cumpla con la violenta Trampa de Tucídides, como no lo cumplió el reemplazo de Gran Bretaña por Estados Unidos, pero en ese caso había una continuidad estratégica del capitalismo anglosajón. La hegemonía pasó de un aliado al otro. 


Ahora las diferencias son sustanciales y, sobre todo, la obsesión anglosajona por no permitir ninguna competencia global nos promete un conflicto mayor. Noroccidente se encuentra enfrentando no solo a un nuevo ejemplo de éxito, el de China comunista, sino también a su propia pobreza nacional y a su derrumbe internacional. Ya no solo exporta violencia, como lo ha hecho históricamente, sino que la consume en su mercado interno. Como solución, apela a la narrativa de estilo religioso de siempre, negadora de cualquier evidencia en contra.


Uno de sus sermones más recientes ha sido justificar el éxito del socialismo chino con el capitalismo de Estado norteamericano, a pesar de que las corporaciones chinas están por debajo del gobierno comunista, mientras en Occidente están por encima y a pesar de que la economía china está planificada por el gobierno, no por las corporaciones. China posee una economía de mercado (algo que el capitalismo no inventó, sino que limitó) pero no es un país capitalista. Es un país comunista en un mundo todavía capitalista.


Más allá de su poder material, lo que a Noroccidente le preocupa es lo que lo ha movido por generaciones: la necesitad de abortar ejemplos de éxito que no sea “El único modelo posible”: el capitalismo corporativo. El éxito anglosajón no se basó en el capitalismo, sino en el imperialismo ultramarino. Los países capitalistas que cumplieron la función de proveedores coloniales a precio de miseria, fueron más capitalistas que Estados Unidos.


Ahora el ejemplo del éxito anglo-capitalista comienza a degradarse por la pérdida de poder global y por sus graves contradicciones internas, propias del capitalismo, y afloran de forma cruda: casi un millón de personas viviendo en las calles de Estados Unidos; epidemias de adicción y muertes por sobredosis; masacres periódicas; odio étnico para disimular una despiadada lucha de clase; estudiantes endeudados hasta convertirse en esclavos indenture; diferencias sociales en aumento; criminalidad que no puede ser reducida; fascismo en ascenso y reconocimiento, hasta hace pocos años impensable, de que la democracia liberal (el circo político de la plutocracia) ya no sirve; reconocimiento (ahora desde la derecha pobre y de los capitalistas ricos) de que la democracia no funciona y nunca funcionó; de que los oligarcas han tomado Washington, ahora sin máscaras, para terminar de secuestrar eso que se llamaba democracia y multiplicar sus arcas invirtiendo en las guerras del fin del mundo…


Ahora, si por un lado la política del ejemplo exitoso (la derecha, por ponerlo de una forma simplificada) y las narrativas sobre la democracia y la libertad han entrado en estado de pánico y catarsis de confesión, por el otro (la izquierda), algunos tabúes y tótems se han quebrado para siempre. Por ejemplo, de repente millones de estadounidenses comienzan a considerar obviedades, como:


1. El patriotismo es otra forma de silenciar la verdad y mantener la justicia con los ojos vendados.


2. El problema no es la democracia, sino su substituto: el secuestro de todo un país y del mundo por parte de la oligarquía tecno-financiera anglosajona.


3. El fracaso del dogma neoliberal de que las corporaciones privadas lo hacen mejor y más barato.


4. La criminalidad y corrupción descontrolada de los gobiernos paralelos, como la NSA, la CIA, Wall Street y Silicon Valley.


5. El quiebre del consenso sobre el rol bondadoso del Imperio. Antes de la confirmación de Marco Rubio como Secretario de Estado, mientras era esposado en el Capitolio, un activista gritó lo que piensan millones: “Rubio es un sediento de sangre… sólo quiere mantenernos en un estado de guerra perpetua; liberen a Cuba de las sanciones que matan gente. Libertad para Palestina”. Otros excombatientes fueron arrestados por gritarle a Blinken: “Necesitamos dinero aquí, no para bombardear niños en Gaza”.


6. La compra de políticos, senadores y representantes por parte de los mayores lobbies en Washington. En enero de 2025, el senador Bernie Sanders, refiriéndose a Netanyahu y el lobby israelí AIPAC, dijo: “la mayoría de los estadounidenses no quiere que apoyemos un gobierno que mata niños; pero si lo dices, te vas a enfrentar al AIPAC y otros millonarios y vas a perder las elecciones… Muchos senadores me dicen ‘Dios, lo que está haciendo Netanyahu es monstruoso, pero no puedo votar en contra porque van a destruir mi carrera política’. Saben que si no se complace a las corporaciones, perderán las elecciones…”


Ninguna de estas críticas e ideas son nuevas. Muchos venimos escribiendo sobre esto desde los años 90. No desde antes porque no habíamos nacido. Lo nuevo es que, al mismo tiempo que la política fascista de los superricos toma el poder en la Casa Blanca, apoyados por una mayoría de la población consumidora de sus productos, una nueva y creciente minoría ha salido del closet con una mayor conciencia de la de fato lucha de clases.


Hoy lunes 20 asumió otra vez Donald Trump. Solo su rosto adusto dice mucho. Ni sus seguidores están esperanzados. Como diría Jorge Luis Borges, no los une el amor, sino el espanto. Como escribió la italiana Oriana Fallaci en 2001 y criticamos como el inicio de una Era peligrosa (“El lento suicidio de Occidente” 2002), los une “la rabia y el orgullo”.


Ahora, tampoco debemos perder de vista que cuanto más progresa la derecha nacionalista, fascista y feudocapitalista, más se hace evidente un quiebre que recurra a la izquierda, como siempre―y, como nunca desde hace un siglo, de una forma radical.


Publicado en:

https://rebelion.org/augusto-trump/


jueves, 1 de diciembre de 2016

EE.UU., UN PUEBLO PERTURBADO, por Fernando Braga Menéndez (para "Página 12" del 30-11-16)




(Foto: AFP)

Por: Fernando Braga Menéndez

Gran parte del pueblo norteamericano está actuando a partir de una sorda y creciente desesperación, producto de la encerrona en la que lo está acorralando su propio sistema de vida. Su reciente conducta electoral es suficiente síntoma.
Llegaron a las elecciones con candidatos que no los enamoraban y terminaron instalando un presidente burdo, estrafalario, imprevisible y peligroso. Una de las tantas paradojas que dispara esta situación es que se supone que quien reivindicará a los trabajadores pobres y desocupados será un multimillonario ultraderechista, ególatra e individualista, al que nunca se supo que le interesaran los pobres. Aunque quizás sea cierto, porque se supone –aunque no se dice– que salvaría a esos americanos que están sin trabajo ni salario, perjudicando a los trabajadores de los países más pobres y periféricos. Es sabido que EE.UU., cuando se encuentra en aprietos, exporta sus lacras a las naciones más débiles.
El americano común sabe que EE.UU., la potencia N°1 del planeta, cuenta hoy con 40 millones de pobres y que él, de la noche a la mañana, sorpresivamente, puede ingresar en ese ejército. También sabe que con la crisis de las sub-prime nueve millones de familias perdieron sus viviendas (y no olvida que esa fue una estafa gigantesca pergeñada por los grandes bancos, aquellos que supieron simbolizar un mundo severo de levita y galeras negras, que fuera otrora tan sólido, confiable y admirado). Sabe que el 4 por ciento hiper-privilegiado de la población dispone del 78 por ciento de los bienes, riquezas e ingresos del país, y el 96 por ciento restante debe repartirse el 22 por ciento.
Además, viven obsesionados por las deslocalizaciones, que es la fuga de fábricas y empresas a geografías muy lejanas en busca de bajos salarios. En quince años 49.700 empresas migraron a Asia con ese criterio. Aprendieron también cómo las amenazas de deslocalizaciones ponen de rodillas a sus sindicatos obreros, y así ya no tienen reivindicación que negociar ni derecho que defender. Saben que los norteamericanos que trabajan en “servicios” (por ejemplo cajera de supermercado) festejan y se sienten a salvo porque ese, su supermercado, no se mudará a Bangladesh o Indonesia. Pero los desocupados de otras deslocalizaciones, más temprano que tarde, golpearán las puertas de ese supermercado para ofrecerse por menor salario, y ella –aún sin deslocalización– terminará igual perdiendo su sueldo o, en el mejor de los casos, se lo bajarán.
  EE.UU. fue el dueño del mundo durante 150 años y ni qué hablar de los últimos 50 años del siglo XX. Hacían lo que querían, se entrometieron groseramente en la vida privada e interna de todos los países, escudados y autojustificados en la abyecta idea del Destino Manifiesto (la Divina Providencia habría decidido que los yanquis –debido a sus increíbles virtudes WASP– guiarían a todos los pueblos del mundo por la buena senda). Esa fantasía de la propia supremacía, hoy hace más conflictiva y dolorosa esta larga y lenta decadencia. Lenta sí, no olvidemos que se han refugiado en un poderío militar infinito que, si bien no garantiza la eternización de su reinado, les asegura tener aterrorizado y extorsionado al planeta por un tiempo más.
Los sectores más cultos y honestos de EE.UU., no dispuestos a autoengañarse, registran que son la sociedad con más desequilibrados que salen a matar gente a tiros y al azar, con más consumo de cocaína, barbitúricos, tranquilizantes y estimulantes per cápita, con más obesos cada 100.000 hab., con más gente encerrada en calabozos (2.400.000, 40 por ciento de negros, siendo que son el 6 por ciento de la población), con asesinatos arbitrarios de negros por policías que no reciben condena y son aprobados secretamente por vastos sectores de la población. También registran indicios más sutiles: que hoy, la miserable China de hace apenas 50 años es la locomotora del mundo o, por ejemplo, que General Electric, esa compañía tan querida, fundada por Tomás Alva Edison, que produjo con orgullo durante décadas desde satélites espaciales o turbinas para grandes aeronaves hasta secadores de pelo, ha decidido dejar de producir y dedicarse a la especulación financiera. Siguen cobrando derechos sobre patentes que todavía no vencieron, pero se gana más desde los asépticos despachos de Wall Street, concibiendo maquiavélicos aprietes sobre deudas reales o ficticias de los 150 países más pobres que hay en el mundo. Sin fabricar nada y sin miles de obreros e ingenieros en aquellas sucias fábricas, enormes y ruidosas.
EE.UU. siente la amenaza. Puede deberse al fin de su reinado, al ocaso del capitalismo o a la decadencia de Occidente.
Los sujetos intimidados o asustados –sean países, imperios, o personas– se atrincheran y potencian sus aspectos más reaccionarios, o buscan escapatorias tomando decisiones extravagantes. Bajo estos dos esquemas se debe interpretar hoy al pueblo norteamericano eligiendo a Donald Trump.
  Pasar de golpe de un presidente negro a un fanático racista, habla de cierto desequilibrio de una sociedad.
  Los americanos que se interesan en la historia universal hoy sienten escalofríos cuando llegan a la caída del Imperio Romano en el siglo IV de nuestra era.
  Eran la única superpotencia hegemónica del mundo en ese momento, su brecha entre ricos y pobres se ensanchaba de manera alarmante, las autoridades se elegían sólo entre los más poderosos, el presupuesto militar era impresionante y mantenerlo empobrecía al país, intentaban fortalecer al Imperio con permanentes guerras de conquista y saqueo de las riquezas de otros pueblos, instalaban costosas bases militares en territorios lejanos, distraían de ese derrumbe entreteniendo a la gente con circo y arrojando cristianos a los leones, cambiaron un ejército formado por hombres del pueblo por la contratación de mercenarios, los indocumentados podían ganar la ciudadanía romana a cambio de ir a las guerras, etc, etc. Es comprensible que el actual ciudadano americano que estudia la historia sienta escalofríos.

* Miembro de IDEAL, Instituto de Estudios de América Latina.

PUBLICADO EN:
https://www.pagina12.com.ar/5996-ee-uu-un-pueblo-perturbado