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viernes, 14 de abril de 2017

Europa, de Aldo Moro a Melenchon, por Juan Chaneton (para "Mirando hacia adentro")



por Juan Chaneton

Un fantasma recorre Europa: el fantasma de la Francia Insumisa (LFI), marca registrada por el izquierdista Jean-Luc Mélenchon para aspirar a la presidencia de su país en las elecciones del próximo 23 de abril. 

 
Si bien se mira, Francia fue siempre “insumisa”; desde los tiempos de Robespierre, podría decirse. Claro que también es cierto que a todo Robespierre le llega su Napoleón. El fenómeno es curioso, sin embargo.
La última vez que la izquierda marxista europea devino opción electoral significativa fue en los años ‘70/’80 con Georges Marchais, secretario general de un Partido Comunista que llegó a contar con el segundo mayor número de afiliados (en Occidente) sólo detrás del italiano PCI. Eran los tiempos, ya remotos, de la bipolaridad mundial.
Junto con la implosión de la URSS y el abrupto final de aquel “parti communiste”, comenzó también el eclipse de la socialdemocracia francesa, cuyo canto de cisne fueron los  catorce años del ilustre  François Mitterrand en el poder. Y la deriva de aquel Partido Socialista  -cuyo padre espiritual fue el dignísimo  Jean Jaurés-  hasta arribar al lodazal ideológico en que se debate hoy, abrió un proceso de lenta decadencia que condujo a su fragmentación actual capitalizada, también paulatinamente, por una derecha ubicada a la derecha de los conservadores tradicionales. Jean-Marie Le Pen y ahora su hija Marine irrumpieron como dato duro y fuerte en el panorama político francés. Hoy, el Front Nationale (FN) que fundó Jean-Marie es  -según las encuestas-  candidato casi seguro a disputar el ballottage con el conservador tradicional Emmanuelle Macron.
Como la salida a la crisis “por derecha” no es sólo un suceso francés sino paneuropeo (allí están Geert Wilders, en Holanda; Norbert Hofer, en Austria;  la señora Frauke Petry y su Alternativa para Alemania; el Amanecer Dorado en Grecia; Fuerza Nueva en Italia; los Verdaderos Finlandeses, de Timo Soini; el Partido Popular Danés y los Demócratas Suecos, de Björn Söder), la curiosidad que señalamos estriba en que el desencanto del electorado  con la partidocracia de Francia podría saldarse también “por izquierda”, lo cual entra en el terreno de las posibilidades aun cuando no en el de lo probable pero, de todos modos, constituye un llamado de atención para la “vieja Europa”, sobre todo debido al potencial de “contagio” a todo el continente que siempre tienen estos fenómenos.
La anomalía de pesadilla que para el sistema institucional galo significaría un hipotético escenario de segunda vuelta entre el fascismo moderado (hay aquí, tal vez, oxímoron) de Le Pen y el presunto marxismo de Mélenchon, sería digna de figurar en la bitácora de las teratologías más escandalosas. A los observadores los espanta el programa que atribuyen a ambos eventuales contendientes “del extremo”: proteccionismo económico, eurofobia y un eventual “Frexit”, es decir, la salida de Francia de la Unión Europea (UE).
Pero tal vez el problema no radique tanto allí y el susto tenga sustento en otras probabilidades menos expuestas al escrutinio y escondidas en los pliegues y repliegues de las estrategias y del largo plazo.
No titulaban fuerte los medios europeos mientras el Frente Nacional daba bien en las “enquêtes” pero con Mélenchon en el fondo de la tabla. Claman al cielo ahora porque la foto lo da tercero y en ascenso y a pocos puntos de Le Pen y Macron. Ello pone sobre la mesa un interrogante duro si los hay: dónde y con qué convicción jugaría Francia, en el plano global, si un devenido presidente Jean-Luc Mélenchon posara sus asentaderas, como correspondería, en el primer sillón de L’Élisée.
Y aquí las cuentas son claras. Mélenchon conduce, muy probablemente, a una entente ideologizada Paris-Moscú-Pekín, en tanto con el pragmatismo de Le Pen  -tironeos mediante-  todo se puede negociar. Para los EE.UU. no es lo mismo Podemos en España que “La Francia Insumisa” en el corazón de Europa.
Francia es el corazón de Europa y la OTAN es el corazón de la defensa de Occidente. Aldo Moro, en los ’70, no pudo llevar a cabo aquel “compromiso histórico” entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista pues ello significaba que un país de la órbita soviética formara parte de la alianza militar occidental. Las cosas no han cambiado tanto en este punto. Es comprensible el espanto de la derecha. Y tal vez el del mismo Mélenchon.
Pero, hasta hoy, lo más probable, es una final entre Macron y Le Pen lo cual, aunque menor, no deja de ser un problema.

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