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lunes, 29 de octubre de 2012

Cabalgando contra el viento, por Ricardo Forster (para “INFOnews” del 27-10-12)



Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana, cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad, primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron nada intocado y sin perturbar.

 
Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo, con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de novedades.
Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional que vino a romper la lógica de la continuidad. Raras y hasta insólitas las épocas que ofrecen el espectáculo de la ruptura y de la mutación; raros los tiempos signados por la llegada imprevista de quien viene a quebrar la inercia y a enloquecer a la propia historia, redefiniendo las formas de lo establecido y de lo aceptado. Extraña la época que muestra que las formas eternas del poder sufren, también, la embestida de lo inesperado, de aquello que abre una brecha en las filas cerradas de lo inexorable que, en el giro del siglo pasado, llevaba la impronta aparentemente irrebasable del neoliberalismo.
Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital, que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había servido para reproducir y sostener los intereses corporativos, reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado, del litigio por la igualdad.
En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido. Pudimos redescubrir la cuestión social tan ninguneada e invisibilizada en los noventa; recogimos conceptos extraviados o perdidos entre los libros guardados en los anaqueles más lejanos de nuestras bibliotecas, volvimos a hablar de igualdad, de distribución de la riqueza, del papel del Estado, de América Latina, de justicia social, de capitalismo, de emancipación y de pueblo, abandonando los eufemismos y las frases formateadas por los ideólogos del mercado.

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La retórica del “autoritarismo”, por Edgardo Mocca (para “Página 12” del 28-10-12)



El uso de la palabra “autoritarismo” ha alcanzado entre nosotros un nivel de intensidad con pocos antecedentes relativamente cercanos. Se emplea mayormente, claro está, para referirse al gobierno nacional. A veces se emplean como sinónimo otros términos –dictadura, totalitarismo, despotismo– cuyo significado teórico-político es bien diverso pero cuyo plano de apelación emocional es más o menos equivalente.
La palabra del caso puede referirse a una conducta circunstancial, en este caso de un gobierno, o puede indicar la existencia de una práctica sistemática, un rasgo esencial de ese gobierno. También sería necesario separar el significado teórico del término de otros usos, en diferentes contextos discursivos, para aludir a determinadas conductas sociales: por ejemplo, cuando se habla del “autoritarismo” en la manera de dirigirse alguien a un semejante. Estas precisiones valen para decir que, cuando en la Argentina de hoy se habla de “gobierno autoritario” no se lo nombra así para designar alguna conducta ocasional o en referencia a cuestiones formales, sino para aludir a un rasgo esencial y constitutivo de las actuales autoridades políticas.
No se habla, entonces, de un “tipo de gobierno” (tipos de política dentro de un determinado orden institucional), sino de un “tipo de régimen” (modo institucional de organizarse la comunidad política). La diferenciación no es, como parece, una exquisitez teórica; es sustancial. Porque entraña una consecuencia muy importante: si lo que se cuestiona es un tipo de gobierno, el problema a resolver será cómo cambiarlo por las vías constitucionales establecidas; en cambio, los regímenes no se suplantan siguiendo las propias reglas de cada uno, sino violentando esas reglas. Así, el paso del régimen autoritario a la democracia es el triunfo de los sectores partidarios de esta última sobre el viejo régimen sobre la base de reglas ajenas a éste, mientras que el paso de la democracia al autoritarismo es algún modo de anular la vigencia de las instituciones democráticas.
A esta altura puede verse la enorme gravedad que supone la irresponsable circulación de la palabra, tan desdichadamente habitual en el vocabulario de algunos líderes políticos y de casi todos los editorialistas de los medios de comunicación dominantes. En ese lenguaje está implícito que quien lo utiliza no reconoce legitimidad democrática al gobierno adversario. Acepta a lo sumo su “legitimidad electoral de origen” pero no la legitimidad de su “ejercicio del poder”. ¿En qué consiste lo principal de la idea? Consiste en servir de marco interpretativo principal de la situación política. Es un molde en el que entra cada uno de los actos de gobierno y cada una de las escenas a que estos actos dan lugar. En nuestro caso se expresa así: toda la acción de gobierno, desde la estatización de los fondos jubilatorios hasta la expropiación del paquete accionario mayoritario de YPF, pasando por la reforma de la carta orgánica del Banco Central y el reclamo de que el Poder Judicial designe jueces naturales según lo previsto por la ley, se explica por una tendencia congénita del Poder Ejecutivo a concentrar la suma del poder público y a prescindir de todo contrapeso jurídico o político. La expropiación por medio de una ley es “confiscación”, la regulación económica es “atropello a la libertad”, los juicios a la barbarie del terrorismo de Estado, mera acción sectaria en procura de venganza.
Tal definición del marco político tiene consecuencias ominosas. La más grave de ellas es la ruptura del contrato democrático, que presupone mutuo reconocimiento entre los actores políticos. Y esa ruptura facilita el retorno a la escena pública de viejos lenguajes que añoran los tiempos de la dictadura militar y reviven las épocas más terribles de nuestra sociedad. En el terreno de las tácticas partidarias, la retórica del autoritarismo contiene una paradoja: la afirmación de la existencia de un régimen de esas características parece indicar que la unidad de todo cuanto se le opone es una imperiosa demanda política. Así, en efecto, lo sostienen los editorialistas de las cadenas dominantes, quienes amonestan recurrentemente a los líderes opositores por no estar a la altura de esa supuesta demanda social unificadora. Pero para que esa unidad fuera viable haría falta que cada una de las fuerzas opositoras considerara la derrota del gobierno como un objetivo más importante que la propia victoria. Para que esa conducta fuera viable haría falta algo más que la retórica antiautoritaria: haría falta que efectivamente existiera la percepción social de la existencia de un régimen autoritario.
Curiosamente, uno de los efectos más dañinos de esta retórica es el que impacta en la propia oposición política. Con el libreto antiautoritario, los grandes medios de comunicación han articulado un discurso antikirchnerista que se ha mostrado tan capaz para promover climas de asfixia e indignación política en algunos sectores, como impotente a la hora de la propia construcción política. Es inevitable que así sea: el griterío contra el “gobierno autoritario” no se lleva bien con las rutinas ni los calendarios electorales. Se sitúa en el punto más extremo de la enemistad política, en el lugar en el que “el otro” no es una propuesta y una orientación a discutir y a superar sino que es el mal político absoluto a combatir y destruir. Es una mirada más eficaz para alentar escenas de crisis terminal y sublevaciones que para acumular recursos político-electorales. Por otro lado, el propio sufragio universal queda comprometido en su virtualidad: de ese sufragio, ejercido con total libertad surgió este gobierno al que se denuncia como ilegítimo. Es decir, del sufragio ya no se esperan soluciones porque el sufragio es parte del problema. Así se insinúa en ciertos testimonios recogidos en el cacerolazo porteño de septiembre que, ante la pregunta sobre por qué la mayoría votaba a Cristina Kirchner, respondían que el Gobierno ganaba elecciones sobre la base del clientelismo social. Se cierra así el círculo argumental: al autoritarismo no se lo derrota con las mismas armas con las que domina, es necesario un acto original de fuerza que restablezca el orden democrático. Frases de ese tipo jalonaron el comienzo de todos y cada uno de los golpes de Estado de nuestro siglo XX.
Gran parte de la oposición argentina manifestó su entusiasmo por la candidatura de Capriles en Venezuela. Por primera vez emergió un candidato capaz de desafiar seriamente y con posibilidades de triunfo al gobierno de Chávez, justamente al que se considera el prototipo original del supuesto autoritarismo kirchnerista. Ese entusiasmo no fue acompañado de una reflexión sobre las condiciones en que Capriles creció como alternativa electoral. No percibieron que las elecciones venezolanas de este año vinieron a cerrar –por lo menos provisoriamente– el ciclo político signado por el hecho de que un amplio espectro político no reconocía la legitimidad democrática del gobierno de Chávez; una actitud que tuvo su correlato estratégico en el virtual retiro de esas fuerzas del escenario parlamentario y de la disputa electoral. El candidato antichavista se colocó en una posición de enfrentamiento verbal muy fuerte con el presidente pero, al mismo tiempo, reconoció su legitimidad e incluso se manifestó a favor de muchas de las políticas que puso en práctica. El primer resultado visible de ese cambio, de ese cierre de ciclo, fue el avance electoral de la oposición que, en consecuencia, creció en la disposición de recursos políticos y también en el capital de credibilidad pública indispensable para aspirar a ser gobierno. El otro resultado, el más importante, es el del fortalecimiento de la democracia en Venezuela.
La oposición argentina es “precaprilista”. Ha decidido jugar todo su capital a una línea discursiva que sigue dócilmente al estado de ánimo de sectores sociales minoritarios, para los que el actual gobierno significa una pesadilla. En consecuencia, construyen su agenda sobre la base del guión editorial de los grandes medios que es, en última instancia, el que impulsa la idea de un “amplio frente contra el autoritarismo”, una curiosa variedad del viejo frente antifascista que se impulsaba en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Es muy difícil que este bloque genere una fuerte alternativa electoral. La única posibilidad de emparejar el campo de juego de la lucha política consiste en el abandono de ese estéril campo de juego retórico y construir en su lugar una fórmula política que pueda presentarse como la mejor alternativa dentro del régimen en el que vivimos: el de la democracia que recuperamos hace casi 30 años y ha sobrevivido exitosamente a principios de este siglo a la catástrofe de un proyecto político.

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Recuerdos de norte a sur, por Nicolás Lantos (para “Página 12” del 28-10-12)






HUBO ACTOS MASIVOS EN TODO EL PAIS EN HOMENAJE A NESTOR KIRCHNER

La actividad principal se realizó en Parque Lezama. La Plaza de Mayo también se pobló. Hubo acciones solidarias durante todo el día.

por Nicolás Lantos

La consigna era multiplicar los homenajes. Como una forma de intentar abarcar la inmensa huella que dejó Néstor Kirchner, pero también con una clara intención política: no dejar costillas al descubierto que empañen la jornada con cálculos mezquinos y comparaciones odiosas. Y la apuesta doble salió doblemente bien: las actividades se sucedieron desde los primeros minutos de ayer hasta la medianoche, en cada pueblo, ciudad y provincia, con epicentro en dos lugares de la ciudad de Buenos Aires: el Parque Lezama, cuyo auditorio rebasó de militantes de las fuerzas agrupadas alrededor del lema Unidos y Organizados, que armaron un acto festivo, familiar y de baja intensidad política; y frente a la Casa Rosada, donde –a pesar de que no estaba en los planes del oficialismo– los autoconvocados terminaron llenando la Plaza de Mayo en una manifestación más informal, sumando en todo el país decenas de miles de participantes. Río Gallegos, donde CFK compartió una jornada con sus familiares más cercanos, sin hacer apariciones públicas, fue el otro epicentro importante de los actos por el segundo aniversario de la muerte del ex presidente.
Historia de dos plazas
Entre la Casa Rosada y Parque Lezama hay unas veinte cuadras, que coinciden, grosso modo, con la calle central que atraviesa el barrio de San Telmo. Ayer, la fauna habitual de turistas y paseantes alternaba con grupos de militantes que se cruzaban de una a otra plaza, en los dos sentidos. Se los podía reconocer por las banderas, las remeras con el rostro de Kirchner o el logo de sus agrupaciones y los cantitos, que surcaban la calle Defensa de una punta a otra, llevando y trayendo rumores y noticias de ambos actos.
En Lezama, luego de que los intelectuales de Carta Abierta hicieran la apertura, el escenario, montado de espaldas a la avenida Paseo Colón, quedó en manos de los músicos. Mientras que las gradas estaban colonizadas por las columnas de las agrupaciones kirchneristas, en su mayoría provenientes de múltiples actividades solidarias que se realizaron en distintos puntos de la ciudad durante el día, el pasto quedaba reservado para grupos de amigos, parejas y familias. El mate fue un protagonista de la jornada, aunque los vendedores ambulantes de cerveza hicieron su negocio con ayuda del calor. Cada tanto soplaba el viento trayendo alivio y haciendo bailar las banderas de La Cámpora, el Movimiento Evita, Nuevo Encuentro, el Peronismo Militante, la Descamisados y la Martín Fierro, Vatayón, Tupac Amaru y otros espacios que se sumaron a la convocatoria.
Todo alrededor se montó una serie de carpas donde las distintas agrupaciones ofrecían estampar tu remera, repartían flyers y posters alegóricos o vendían tazas con la leyenda “Clarín miente”. Entre fotos de Evita y paquetes de garrapiñada, algunos funcionarios se tomaban fotos y firmaban autógrafos mientras que otros, menos célebres, paseaban con su familia, las manos enchastradas de compartir algodón de azúcar con sus hijos. Cerca del escenario se improvisó con dos carpas un bunker donde alternaban funcionarios y dirigentes, intercambiando información sobre lo que sucedía en la otra plaza: que son mil, dos mil, tres mil, que si se llena hay que ir para allá, que están todos viniendo.
Lo cierto es que para cuando caía la tarde la Plaza de Mayo se había poblado de autoconvocados que prefirieron omitir la convocatoria oficial y de curiosos que habían ido de un lugar al otro. Allí, de frente a la Casa Rosada, miles de manifestantes le dedicaron cantitos al ex presidente y a CFK, entre vendedores de pingüinos de peluche y ofrendas de flores que fueron dejadas contra las rejas, tal como lo habían hecho dos años antes. Recién al rato de la caída del sol las dos plazas comenzaron a vaciarse lentamente, como con fiaca.
Que florezcan mil actos
Además de las decenas de miles de manifestantes que coincidieron ayer por la tarde en Parque Lezama y en Plaza de Mayo, otros tantos hicieron lo propio en actividades y jornadas solidarias en homenaje a Néstor Kirchner que se llevaron a cabo en todo el país. Frente al mausoleo donde están los restos del ex presidente, en Río Gallegos, miles de personas se concentraron para saludarlo en el fin de una larga jornada que incluyó una misa en su memoria y actividades solidarias. Según informaron fuentes oficiales, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y familiares cercanos tuvieron una ceremonia privada allí en las primeras horas del sábado. La mandataria se recluyó luego en su residencia a pasar la jornada sin actividad pública.
En el conurbano bonaerense fueron varios los funcionarios del Gobierno nacional que se desdoblaron para participar de actividades rememorativas. Fue el caso del flamante titular del Afsca, Martín Sabbatella, que se recluyó en su pago chico, Morón, donde participó de varias actividades solidarias. El vicepresidente Amado Boudou, por su parte, recorrió la zona sur, partiendo desde el estadio de Racing, club del que Néstor Kirchner era hincha. En La Plata, donde el ex mandatario se forjó como militante, la forma de recordarlo fue a través de trabajos solidarios en barrios necesitados.
En el interior, los homenajes quedaron en manos de los gobernadores e intendentes afines al kirchnerismo. Cada cual en su pago chico dispuso sus propias actividades. Desde Jujuy, donde en los festejos quedaron en evidencia las diferencias entre la Tupac Amaru y el justicialismo que responde al mandatario provincial, Eduardo Fellner; hasta Tierra del Fuego, donde los organizadores se sorprendieron por la magra convocatoria, hasta que les avisaron que más de un centenar de militantes de esa provincia habían salido en caravana hacia Río Gallegos para plegarse a los actos que se llevaron a cabo en la ciudad natal del ex presidente.

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La derecha está aburrida, por Eduardo Aliverti (para “Marca de Radio” y “Página 12” del 29-10-12)








Ni siquiera la foto de Moyano y Macri conmovió un escenario político prácticamente inmóvil. Ante la impresentabilidad de esa yunta, y aunque el retrato era imposible de ocultar, los medios opositores optaron por desvanecer el impacto. Pero eso, a su vez, les significó tratar de estremecer a través de cuestiones que no le mueven un pelo a casi nadie. Es éste un buen punto de partida para echarle una mirada, ya persistente, al conjunto del panorama.
La noticia más trascendente de la semana fue la aprobación del nuevo régimen de administración de riesgos del trabajo. Por su peso en sí, en tanto es relativo a un área muy sensible del campo laboral; pero también porque es susceptible de críticas en ese plano, donde el kirchnerismo –con razón– se jacta de ostentar algunos de sus mejores blasones. Y son críticas que aparecen fundamentadas. No se discute lo positivo de actualizar y agilizar el cobro de los montos indemnizatorios. Pero la eliminación de la denominada “doble vía”, por la cual el trabajador tenía el derecho de demandar a su empleador ante la Justicia, aun cuando hubiera cobrado la indemnización de su ART, no es algo de lo que el oficialismo pueda precisamente enorgullecerse. Y mucho menos lo es que, para el caso de que el laburante opte por la jugada de máxima, se haya establecido la competencia del fuero Civil y no del Laboral. La ley sancionada barre con lo que Mario Wainfeld bien definió como uno de los puntos cardinales del justicialismo, cual es la preeminencia de los Tribunales de Trabajo que creó Perón cuando, a mediados del siglo pasado, conducía la Secretaría de Trabajo y Previsión. Sirvió como herramienta democrática para compensar las desigualdades ínsitas a la relación entre trabajador y patronal. Mandar laburantes al fuero civil, que exime de mayores comentarios sobre la concepción ideológica de (muchos de) sus jueces, efectivamente es hacer jugar de visitante al más débil. El colega rotuló a este engendro como una “ley corta”, que mantiene la deuda de no ser atendida por una más larga capaz de haber contemplado la prevención y seguridad laborales. Porque, a ver si nos entendemos: la ley actúa cuando el daño ya está hecho, cuando el trabajador ya perdió un brazo o una pierna, o sufrió una afección incapacitante. La Presidenta reconoció este déficit, al señalar que el instrumento sancionado era sólo un primer paso, pero de todas maneras no se explica por qué no empezaron al revés o con la ley más larga. Y si no se explica, quiere decir que mejor no explicarlo. No por nada, vamos, no hubo siquiera un atisbo de festejo, sino apenas tibios aplausos de circunstancia, cuando la bancada oficialista alcanzó la aprobación.
Sin embargo, sucede que en esa misma deficiencia está escondida –solamente para quien no quiera verlo– la tremenda carencia de opciones que sufre la oposición. O, más que eso aunque termine siendo idéntico, la encerrona en que está atrapada. Porque resulta que, al tratarse, la ley, de un hecho en que el kirchnerismo puede ser corrido legítimamente por izquierda, no pueden hacerlo de tan corridos que están a la derecha. Y entonces el episodio no les despertó la ocurrencia de aprovecharlo contra los K porque, ¿cómo hacen para denigrar a una ley con tintes pro patronales, digamos para ser suaves, si lo que viven cuestionando con furia es que éste es un Gobierno que no ofrece seguridad jurídica, que nos aísla del mundo, que espanta las inversiones y que hasta nos lleva al comunismo? ¿Cómo hacen? A lo sumo se registró la firma de alguno que marcó la contradicción gubernamental entre “el relato” nac&pop y lo consentido el miércoles en Diputados, pero no hubo ni grandes títulos ni coberturas destacadas en los medios opositores. No pueden. Están presos de su propia lógica, nuevamente. Una lógica que radica en darle carácter de peligrosísima a la vocación transformadora del kirchnerismo, cuando el apriete de las medidas oficiales, antes o además que por ahí, pasa por afectar a los intereses corporativos de un grupo comunicacional. En verdad es razonable (genera pudor remarcarlo) que la realidad, cualquiera sea la interpretación dada al término, no deba reducirse al enfrentamiento entre el Gobierno y Clarín. Pero es igual de cierto que, en la coyuntura, lo político-expreso se manifiesta a través de esa antítesis. Salvo esa corporación, Clarín, y algún que otro discurseador periodístico amarrado entre el mitrismo posmoderno y revistas vendehumo, el Gobierno no tiene contendientes. Esos que tiene tuvieron que dedicarse, por ejemplo pero no el ejemplo menor, a evaporar la foto de Macri con Moyano. Y a operar como afrenta que la Fragata Libertad siga interdicta en un puerto africano, y que trajeron a la mayoría de sus tripulantes a hurtadillas a la medianoche. Erigieron su relato en base a denunciar una nueva “desmalvinización”. “Estamos ocultando a nuestros heroicos marineros” fue la construcción de sentido de los medios opositores. O sea: si es por atracción mediática, un embole. Si no era eso, no había con qué porque la foto del camionero y el dandy es repulsiva. Y la ley de ART, quedó dicho, les juega en contra para producir semántica anti K.
Como escribió un colega que milita en las filas opositoras: entre la plana superior de los radicales, el PRO y el peronismo no kirchnerista, siendo que el astillamiento de la oposición no parece tener retorno, el único objetivo sería que en 2013 consigan números capaces de entorpecer que la Presidenta vaya por otro período. Y la segunda meta es que eso abra una crisis en el oficialismo, que, hasta donde se sabe, carece de plan B. Tal cual dijo el colega, si no la sacan a Cristina de la cancha, el partido del 2015 se les puede hacer imposible. El problema, o su solución, consisten en el porqué de una Cristina 2015 a la que sería inverosímil vencer. Siempre –obligatorio reiterarlo– según lo reconoce la propia oposición, y tanto la dirigencial como la mediática. Es en ese aspecto que corresponde insistir con algunas preguntas que, por razones diversas, son cuidadosamente evitadas. ¿Por qué no hay oposición, excepto la periodística? ¿Es cosa abstracta, producto de generación espontánea, que los radicales estén partidos en tres pedazos y refugiados, sin votos de proyección nacional, en un griterío de jefes municipales y referentes sueltos? ¿Es sólo porque el trabajo no se cuenta entre las adicciones de Macri que el PRO no puede crecer por fuera de la geografía porteña? ¿Es nada más que la vocación provinciana lo que impide que los socialistas se extiendan más allá de Santa Fe? ¿Son los vedetismos de sindicalistas, progres gorilas, cineastas, cómicos, pitonisas, ambiguos, personajes mediáticos, lo que obstaculiza que puedan conseguirse un Capriles vernáculo, así sea para juntar un mamarracho en condiciones de ponerle raya al kirchnerismo? ¿Es eso? ¿O es que –interrogante un tanto insistente en este espacio, admite el firmante– no poseen ni encuentran la fórmula para proponer una alternativa de modelo capitalista mejor que el existente hace ya doce años largos? Una variante es creer que sí disponen de la pócima. Pero sin chance alguna de exponerla porque les significa desnudar que al cabo se trataría de retroceder a los ’90 para, encima, ir a contramano de los vientos que soplan en la región. No deja de ser notable la falta de puntualización de esta obviedad, porque sucede lo antedicho. Se habla, y es irrebatible, de que la oposición no existe; de que no puede articular más que tácticas de acuerdos parlamentarios sobre temas que al grueso social no le van ni le vienen; de que está discapacitada para promover una figura unificadora, a ese fin de ensamblar al espanto contra Cristina. Pero nunca se indaga en los motivos de esa invalidez, que no es de ahora ni de ayer. Vienen de derrota en derrota, hace ya un ciclo más extenso que el del primer peronismo. Y cuando ocurrió la excepción de haber ganado, contra la 125 y en su expresión electoral de 2009, tampoco supieron conformar no ya una potencialidad avasallante, sino tan sólo una fuerza ligeramente presentable que tuviese un papel destacado en el Congreso. Otra vez, otra enésima vez: ¿cuál es la causa de que no se interrogue por qué no pueden? ¿No será que la oposición no existe gracias a los méritos del oficialismo? ¿Y que el verdadero problema es la inviabilidad de reconocerlo?
La cuestión es que la derecha está aburrida. No sabe por dónde entrar. La fragata no es. La ley de ART, tampoco. El abuso de la cadena nacional ya fue. Los dólares que faltan para viajar al exterior ya fueron.
Muchachos, busquen otras cosas cautivantes. Y si no las encuentran, pregúntense eso del porqué.


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