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miércoles, 17 de octubre de 2012

Fechas y cosas peronistas, por Carlos Barragán (para “Diario Registrado” del 17-10-12)



Nací un año después de Fito. El primer presidente que recuerdo es Lanusse, dicen que a los niños les cae bien la figura del presidente apenas comprenden de qué se trata. Y Lanusse me caía bien. Un niño no sabe muchísimas cosas que ocurren en el mundo que habita. Aprendí las fechas patrias en la escuela, las fechas patrias más –en la calle- una fecha misteriosa que al parecer era tan importante como las oficiales, pero se trataba de una fecha prohibida o maldita. Había sido el día en que miles de obreros cruzaron toda la ciudad para mojarse las patas en una fuente con un poco de agua.

Para hablar de algunas cosas en mi casa se bajaba la voz, era para decir “el que te jedi”, que era alguien que no recibía simpatías en casa, pero que igual no se nombraba ni para insultarlo por el miedo a ser confundido con alguien que sí quisiera al que te jedi. Porque yo nací y crecí con media población de mi país perseguida, prohibida y fusilada. Un país donde se creía que había micrófonos en las casas, o que sin micrófonos alguien podía denunciarte por pronunciar una palabra. El que te jedi vivía en Puerta de Hierro y aquello sonaba espeluznante y a la vez olímpico: quién sino alguien muy importante y poderoso podía vivir en un lugar llamado Puerta de Hierro.

Y un día hubo elecciones como una irregularidad que rompía la normalidad de la vida ciudadana. Y después el de la palabra volvió, hubo más elecciones, movilizaciones, murió el viejo hombre, y volvieron los del pasado, y vinieron otros, y murieron miles y miles más.

Y me fui enterando de a poco, como podía, de aquella maldición, de cómo había comenzado la maldición de mi país. Con la felicidad de millones que por primera vez tuvieron nombre, dignidad y gobierno que los defendiera. Con el cariño de millones por Perón y por Evita, el diminutivo amoroso por esa chica de 30 años que se peleaba con medio mundo para darles algo y mucho a quienes no tenían nada. Supe de los días salvajes y los días de alegría, de las muchas victorias y de la gran derrota de las bombas. Pero durante mucho tiempo creí, me educaron en eso, que todo se trataba de demagogia. Que “darle” a aquel pueblo era una manera de mantenerlo estúpido, contento y cautivo. Tiempo después supe que al pueblo no se le da nada, que en todo caso se le devuelve.

Al final del exterminio el país nunca volvió a ser el que fue. A la prohibición, persecución y muertes se le sumó la instauración de una maquinaria de deshumanizar. Lo humano se suspendió durante algunos años eternos y fuimos salpicados por una sangre que no puede lavarse. Entonces me fui enterando de más cuestiones. De los que corrieron hacia la plaza para resistir las bombas, los que aguantaron la proscripción, los que callaron para sobrevivir, los que silenciaron su dolor y su dignidad, los que no pudieron guardarla y dieron su vida, los que después quisieron volver del silencio oponiendo violencia a la violencia.

Y me seguí enterando de a poco mientras me ponía viejo. Porque el misterio del peronismo es grande y lo guardan con celo. Pero pude entender que no hay otra idea política en mi país que hable de felicidad y bienestar tanto como el peronismo que inventó el que te jedi. Felicidad como horizonte humano real y realizable, bienestar como derecho. Felicidad del pan dulce y la bicicleta, felicidad del marchar juntos, felicidad de los días azules que son peronistas, felicidad de conquistar espacios para manejar la propia vida, felicidad del grito y los dedos en ve, felicidad del choripán y el humo y las consignas gritadas al unísono. Bienestar de puertas adentro, de los hijos con la panza llena, el guardapolvo planchado, la casa propia, la mujer compañera, y afuera el delegado que pelea por uno y todos por él, y el bienestar de organizarse y unirse en asados o huelgas o fechas que memoran días inolvidables.

Y me fui enterando que el peronismo es pecador, que no exige esfuerzos ni contriciones, ni pureza ni austeridad en pos de un futuro de perfección. Que no hay un más allá, un cielo aquí en la tierra donde después, mucho después de restringirnos y de aguantar la respiración y transpirar sin pedir agua nos tocará vivir. No hay un paraíso peronista porque su cielo es el azul terrestre, el paraíso es la unión y la felicidad humanas, y el Bien es con minúsculas el bienestar de una sociedad más justa. Ni siquiera justa, sino más justa, que no es poco si uno ve con cuántos dolores se paga cada justicia nueva o recuperada.

Y me fui enterando en estos años que después de andar a pie atravesando decenas de kilómetros, haciendo camino por lo que uno cree, no hay nada más parecido a esto que llamamos peronismo que una fuente con un poco de agua para meter las patas. Una fuente prohibida y custodiada por los escandalizados de la historia. Los que no caminan porque ya llegaron, y con el culo en sus sillones esperan que el mundo, con sus mujeres, hombres, fábricas, campos y mares, les siga dando todos sus frutos a ellos. Ellos que a pesar de tener tanto, no tienen fechas para recordarse a sí mismos con alegría.

Por eso cuando veo las banderas entre los humos de los chorizos, cuando el perfil de Evita ondea bajo el azul del cielo, cuando miles de dedos en ve se levantan para gritar, cuando los pañuelos blancos recuerdan a los miles que murieron por querer estar ahí, cuando el ruido de los camiones se mezcla con la marcha, cuando la juventud adolescente y bailarina se nombra a sí misma con los nombres de los que pusieron el cuero, cuando veo que los viejos que fueron perseguidos vuelven a esa misma marea con los mismos anhelos que hace décadas, entonce siento que tengo país, un aire que es mío y yo de él, y todos ellos míos y yo de ellos.
Y eso me gusta y me hace sentir bien. Creo que me están pasando cosas peronistas.

Epílogo:
Sospecho que quizá algún día que no puedo precisar -y sin darme cuenta- tuve mi propio 17 de Octubre. Un 17 de Octubre personal y en solitario. O quizá fueron varios 17 de Octubre que se me fueron sumando. Pero no lo sé.
Son los misterios de esta historia que siempre está acechándonos entre el humo de los chorizos y la alegría. Y los nombres de personas queridas, las que están y las que no están, las largas peleas compartidas, las angustias, las risas, los vinos, las noches en vela, las lágrimas, los hijos, los abrazos, la vida.
Cosas peronistas que me están pasando todos los días.

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