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viernes, 30 de enero de 2015

UNA CADENA PARA CONTENER A LAS BESTIAS, por Gustavo Rosa (para "Apuntes Discontinuos" del 28-01-15)





Desde que se conoció la muerte del fiscal, los carroñeros y sus acólitos comenzaron a exigir por todos los medios la sumisa y arrepentida voz de La Presidenta. Ellos, que siempre han despreciado las Cadenas Nacionales, ahora necesitaban una para nutrir sus dicterios. Pero CFK ha dicho muchas veces que no esperen de ella palabras de ocasión ni declaraciones vacías. Para eso están los demás. Cuando Cristina habla, no es sólo para dar condolencias. Ella esperó, pero cuando abrió la boca lo hizo para apostar al futuro, sin dejar de recuperar el pasado. Eso es sabiduría y compromiso: la palabra para construir. Por eso es una estadista: porque piensa, evalúa y espera el momento oportuno para intervenir. Por eso es Ella y no los otros. Para actuar como los otros, están los otros. Para decir sandeces y vociferar palabras huecas hay un abundante elenco estable siempre funcional a la desestabilización del país.
¿Para qué quería la diputada Laura Alonso un discurso presidencial? ¿Para tildar como “monstruo” a Nuestra Primera Mandataria porque no dio el pésame a los familiares de Nisman? Cuando se requieren declaraciones insustanciales está Macri, su jefe no-político, que siempre recita algunas frases de catálogo para salir del paso ante cualquier ocasión. CFK nunca va a satisfacer las demandas de los insatisfechos porque sabe que siempre mostrarán sus dientes. Y no es que tema a la contundente dentadura de estos personajes, más apropiada para una paródica peli de terror que para actores políticos. Quien tiene el timón en sus manos debe preocuparse por el rumbo y no por las altisonantes voces de las horrorosas sirenas.
¿Laura Alonso viene a calificar como monstruo al otro? Y no estamos hablando de su belleza, sino de la forma en que logra mutar las facciones de su rostro al punto de pesadilla cuando aflora tanto odio acumulado. Si hablamos de monstruos, la oposición está plagada de ellos. Los que pisotean los intereses del país para satisfacer la avidez del establishment no son otra cosa que bestias destructivas. Los que van a pedir órdenes a la embajada de EEUU y rinden cuenta de sus acciones a los buitres merecen con honores el calificativo que la diputada destinó a Cristina. Y los que pretenden conquistar cargos electorales para dar su espalda al pueblo y facilitar el accionar de los angurrientos, también.
Ni hablar de los eternos candidatos que se prenden con uñas y dientes a cualquier operación mediática. Ahora falta que salgan con un cartel que rece “Yo soy Pachter”, Lagomarsino o cualquiera que puedan erigir como víctimas del régimen. A lo largo de estos años y después de unos minutos de cámara cada tanto, terminan siendo cualquier cosa menos lo que deberían ser. El Concejo Deliberante del Partido de la Costa decidió cambiar el nombre de la calle Salta, ingreso a La Lucila del Mar, por el del fiscal Nisman, iniciativa impulsada y aprobada por radicales y massistas. Los kirchneristas rechazaron el proyecto, no por desalmados, sino porque no son oportunistas. Ése es el pésame que exigen, el gesto instantáneo sin ningún contenido: descartar el nombre de una provincia y reemplazarlo por el de un personaje que no ha actuado como héroe, precisamente.
El ritmo del verano
Tampoco Massa será un héroe. Ni Macri, Bullrich, Stolbizer y unos cuantos más que bailan al ritmo del clarín. Binner ya perdió los pasos y pronto estará condenado al olvido. Ni el adoquín de una cortada merecerá su nombre. Hasta el lunes a la tarde, estos saltimbanquis clamaban por profundos cambios en la Secretaría de Inteligencia, porque pensaron que Cristina no se iba a atrever a meter el dedo en semejante llaga. Pero se atrevió y todos enloquecieron. Después de mofarse por la silla de ruedas y el vestido blanco, comenzaron a vomitar ese incontenible veneno que los conduce a tan notorias contradicciones. Los poderosos esperaban una confesión, un pedido de disculpas, un gesto de sumisión. Pero la inmovilidad sólo está ocasionada por un tobillo dañado y no porque haya decidido hacer la plancha durante los once meses que quedan de su mandato.
“A mí no me van a extorsionar –afirmó CFK el lunes- no me van intimidar, no les tengo miedo, que digan lo que quieran, que los jueces me citen, no me van a hacer mover un centímetro de lo que siempre he pensado”. Lejos de la docilidad que esperaban, La Presidenta redobló la apuesta: descartó la SI –ex SIDE- y presentó la AFI, Agencia Federal de Inteligencia. Los suspicaces considerarán esto como un simple cambio de nombre y cuando se cansen de esta cantinela, recitarán generalidades sobre la desconfianza e insistirán con la demonización de la Jefa de Fiscales, Alejandra Gils Carbó. Tan obvios que hasta nos hacen parecer adivinos. Tan torpes que hasta toman una posición sin tener idea de nada. Binner y Macri encabezan esta categoría, pues ni siquiera logran disimular la ignorancia que los desborda al abordar cualquier tema. Los otros no se quedan tan atrás: mentirosos, contradictorios, conspiradores, destituyentes, demagogos. En todo esto y en mucho más se han convertido por abandonar la política y zambullirse en la servidumbre.
Que nadie interprete esto como un intento de construir un discurso único. Nadie quiere que todos acuerden en todo con el ideario kirchnerista, que le digan a cada cosa que propone CFK, sino que sean más comprometidos con los intereses del país, que sean más honestos, serios, racionales, autónomos. Que sean más políticos y menos marionetas. Que comprendan que, en el hipotético caso de alcanzar la presidencia, con tanto servilismo conducirán el país a las ruinas de las que estamos saliendo. Salvo Macri, que forma parte de ese poder avariento, los demás serán mayordomos y felpudos que servirán en bandeja de plata nuestra dignidad, nuestra soberanía, nuestras riquezas.
¿Todavía no entienden que cuando sirven a un Amo tan monstruoso se vuelven oscuros peleles, descartables en cuanto pierdan funcionalidad; que no le hacen ningún bien al país con esa obediencia debida; que no son representantes del pueblo sino peones de los poderosos? ¿Tanto les cuesta entender eso o saben que no tienen retorno? Tal vez ya hayan advertido que un milímetro que muevan su posición los condenará al silencio, como ocurrió con Stolbizer hace no mucho tiempo. Está claro que la diputada comprendió la lógica y ha decidido abandonar sus últimos principios para continuar ocupando un sillón en los estudios televisivos, en lugar de la banca del Congreso.
No. Todavía no han comprendido y parece que jamás lo harán. Por eso están cada vez más solos. Quien se sienta movilizado por estos personajes debería echar una mirada a su propio corazón y descubrir qué habita en su interior, si el desprecio o la esperanza. Si es el desprecio, estamos condenados a que un manojo de individuos nos conduzca con su prejuicioso voto a los tortuosos laberintos que ya hemos padecido. Si es la esperanza, alguna vez deberán reconocer cuánto se equivocaron al coronar a semejantes candidatos. Porque la esperanza nunca es individual, sino siempre colectiva: nadie se salva solo, sino en comunidad. Un país se construye con los sueños de la mayoría y no con las ambiciones de una minoría. Muchos ya lo hemos entendido; un esfuercito más y tendremos la victoria asegurada.

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